Allá por 2013 traduje y publiqué posteriormente en Sportula El signo de los cuatro, la segunda de las novelas que Arthur Conan Doyle escribió protagonizadas por Sherlock Holmes. Andando el tiempo, allá por 2016, volví sobre esa traducción y la convertí en una edición anotada que, por supuesto, publiqué también en Sportula.

¿Por qué Sherlock Holmes? ¿Y por qué precisamente El signo de los cuatro? Los que me conocen saben bien cuál es la respuesta a la primera pregunta. No en vano el personaje de Arthur Conan Doyle lleva obsesionándome desde antes de la adolescencia y no es casual que haya escrito cuatro novelas en las que el detective de Baker Street es uno de los principales personajes, recientemente recogidas en el volumen omnibus Los archivos perdidos de Sherlock Holmes.

En cuanto a la segunda pregunta…

Una vez que tomé la decisión de iniciar una línea de clásicos dentro de Sportula, la presencia de Sherlock Holmes estaba asegurada. Que fuera, incluso, su perfil afilado el que hiciera de punta de lanza era más obvio aún. Pero, ¿por qué empezar con la segunda de sus novelas, por qué no con la primera, Estudio en Escarlata, o con la más famosa y más conseguida, El perro de los Baskerville, o incluso con una recopilación de sus mejores historias cortas?

Estudio en escarlata tiene el mérito de ser la presentación en sociedad de Holmes, mientras que El perro de los Baskerville es, sin duda la mejor y más compleja de las novelas del detective. El valle del terror, por otro lado, cuenta con el atractivo de ser una historia tardía, publicada por entregas entre 1914 y 1915 y que, además, está inspirada (al menos su segunda parte) en la historia real de los Molly Maguires.

Tanto Estudio en escarlata como El valle de terror hacen trampa, en cierto modo. En ambos casos se trata del ensamblaje de dos novelas cortas que cuentan historias muy distintas y cuya relación es relativamente tenue. En el caso de Estudio en Escarlata tenemos, por un lado, la investigación del misterio y, por el otro, un relato de ambientación mormona que tiene mucho de western y que se desarrolla varios años antes. El hilo conductor es que el asesino de la primera parte está vengándose de algo que ocurrió en la segunda pero, en realidad, podrían ser perfectamente dos historias separadas. Lo mismo ocurre con El valle del terror, donde a la resolución del misterio sigue un flashback que ocupa la segunda mitad del libro y que es un relato independiente aunque, de nuevo, hay una pequeña relación, ya que lo que el personaje central hace en esta segunda mitad es el motivo por el que su vida estará amenazada en la primera. No son malas novelas y esa especie de fix-up que componen no carece de interés, pero son artefactos extraños y da la impresión, especialmente en la primera de ellas, de que Conan Doyle no confiaba demasiado en sus capacidades para llevar adelante una historia larga y por eso usa este subterfugio de ensamblar dos más cortas.

En El valle del terror, mi hipótesis personal es que lo que de verdad le pedía el cuerpo a Conan Doyle era escribir sobre lo ocurrido en los Estados Unidos con los Molly Maguires, una organización secreta de tintes anarquistas (o lo que en el siglo XIX se tenía por anarquista, que era todo aquello que se saliera del orden establecido y aspirara a conseguir algún derecho para la clase trabajadora) que fue un verdadero poder en la sombra en muchos de los lugares donde estuvo implantada. Así que usa a Sherlock Holmes como una suerte de reclamo, como un modo de hacer que la novela llegue a más lectores de los que habría llegado sin la figura del detective en ella.

En cuanto a El perro de los Baskerville, es la novela más ambiciosa de su autor, desde luego, la más lograda y la más compleja. Pero… pero lo cierto es que Sherlock Holmes está ausente durante buena parte de sus páginas y son la tragedia familiar de los Baskerville y las pesquisas del doctor Watson las que llevan el peso de la historia. Eso no la hace peor novela; como he dicho, me parece la mejor, y el subterfugio de hacer desaparecer a Holmes de escena ayuda mucho a que lo sea, curiosamente. Pero resulta un poco frustrante para el admirador del detective pasar páginas y páginas y no ver al objeto de su admiración por parte alguna.

Por el contrario, nadie puede negar que el protagonista absoluto de El signo de los cuatro es Sherlock Holmes, que se convierte desde la primera página en la prima dona de la historia sin competencia posible. Y no mediante el truco barato de hacer que los demás personajes carezcan de interés, pues todos tienen sus momentos de brillo y están adecuadamente caracterizados, aunque sea con pinceladas rápidas y casi impresionistas: Watson con sus dudas y sus sentimientos, Athelney Jones con su arrogancia, Mary Morstan con sus modales tranquilos y su dignidad ante la adversidad, Thaddeus Sholto con sus tics de hipocondriaco y, por supuesto, Jonathan Small, que es la sombra que nunca se ve en toda la novela y se revela en las últimas páginas como un personaje complejo y difícilmente clasificable. En ese plantel de buenos personajes, Holmes destaca casi sin esforzarse con, como dijo una vez Raymond Chandler: «una personalidad llamativa y media docena de líneas de diálogo magníficas.»

A mi entender, es en El signo de los cuatro donde mejor se destilan las claves del detective de Baker Street, en una historia construida para que brille sin competencia desde la primera página, donde lo vemos tomar su dosis diaria de cocaína diluida al siete por ciento, y que es la que, en cierto modo, termina de sentar las bases definitivas de lo que será a partir de entonces la novela policiaca británica. Todo en la trama gira alrededor del misterio que se investiga y de las pesquisas que realiza el detective y el autor consigue mantener un ritmo casi perfecto a lo largo de toda la novela, construyéndola con la longitud justa, sin que le sobre o le falte una página y sin necesidad de contarnos una historia ajena para que el relato alcance la longitud adecuada. Hacia el final se nos narra lo ocurrido antes de que empiece el caso y se nos cuenta por qué los asesinos hicieron lo que hicieron, es cierto, pero la historia de Jonathan Small, aunque extensa, no es más que un capítulo más de la novela, el último, no una nueva novela.

Todo en esta historia es puro Sherlock Holmes. Conan Doyle utilizó a lo largo de los años a su detective para contar muchas otras cosas y, en ocasiones, Holmes y Watson no pasan de ser simples testigos de una historia que no es la suya (pensemos en «La inquilina del velo», por ejemplo) o una excusa para contar una historia de terror de tintes góticos (El perro de los Baskerville), pero aquí son ellos dos, el detective y el doctor, el centro de la historia, por más que estén investigando un misterio ajeno. Nunca Holmes ha sido el foco central de la narración como lo es en El signo de los cuatro y nunca Watson nos ha dado tantos detalles de su vida privada y de sus sentimientos como en esta novela.

Las características principales ya habían sido establecidas en Estudio en escarlata, es cierto: un crimen del que el detective no es testigo, la exploración cuidadosa del lugar de los hechos, las pequeñas conclusiones compartidas con Watson que van aclarando el misterio, la policía dando palos de ciego en todo el proceso y, por último, la trampa que el detective le tiende al criminal y donde el primero obtiene el triunfo, seguido de la exposición y aclaración de lo ocurrido.

En ese aspecto, nada nuevo aporta El signo de los cuatro. De hecho, buena parte de esos elementos ya habían sido establecidos años antes por Edgar Allan Poe en «Los crímenes de la calle Morgue».

Lo que la distingue de su predecesora es, para empezar, el ritmo de la narración, perfectamente dosificado y que va haciéndose más rápido poco a poco. Es, casi, como si fuera un tren que va saliendo de la estación muy despacio para ir ganando velocidad a medida que alcanza terreno despejado y que se desplaza a partir de entonces con la máquina toda potencia. No es un mal símil ya que el tren, concretamente el tren a vapor, es uno de los principales símbolos de la época a la que Holmes pertenece.

La novela empieza de forma pausada, con una charla entre nuestros dos protagonistas (charla que define a ambos a la perfección y es que Conan Doyle es un maestro a la hora de definir personajes mediante el diálogo) y va tomando velocidad lentamente con la llegada de la cliente, el viaje medio a ciegas por Londres, la conversación con Thaddeus Sholto, la llegada en medio de la noche a la mansión, el asesinato de Bartholomew Sholto, el registro de las habitaciones, las pesquisas de Holmes y Watson por las calles de Londres… y el fracaso en las mismas. El ritmo se interrumpe ahí de pronto, como si la novela se hubiera quedado sin respiración (o como si el tren temiera descarrilar, por seguir con el símil). En realidad, es al lector al que le falta el aliento, llevado por el misterio trepidante (y cada vez más fascinante) y esa ruptura del ritmo es totalmente necesaria para que podamos acomodarnos mejor en el asiento y tomar fuerzas para el asalto final.

Y qué asalto.

Porque lo que tiene lugar a continuación es una vertiginosa persecución por el Támesis que nada tiene que envidiar a la más frenética persecución de coches del cine actual y con la que la historia alcanza su clímax narrativo (y menudo clímax: el dardo que casi le da a Watson, Holmes disparando el revólver en medio de la noche, las dos lanchas a toda potencia por el río, los gritos, la agitación) para, finalmente, llegar a la necesaria coda que donde se atan los cabos sueltos y Jonathan Small cuenta su historia.

Holmes está, en todo momento, soberbio. Ve lo que nadie más ve, no hay detalle que se le escape y va siempre muy por delante de todos los demás personajes. Incluso cuando fracasa (cuando, por así decir, pierde el rastro y no parece poder encontrarlo de nuevo) no se rinde, no se deja ganar por la derrota y sigue adelante. Además, ese tropezón es la excusa perfecta para que salgan a escena los Irregulares de Baker Street, con el sucio tenientillo Wiggins al frente, una pandilla de harapientos golfillos callejeros (¿me aventuraré a mencionar una posible inspiración dickensiana?) que son las fuerzas oficiosas de policía al servicio de Sherlock Holmes.

Por supuesto, el lector sabe que ese revés (perfectamente dosificado narrativamente, pues coincide con la ruptura del ritmo anteriormente descrita) es momentáneo y que enseguida el detective de Baker Street estará tras la pista correcta y atrapará a los culpables. Así es, no sin antes mostrar su maestría para el disfraz y aprovechar una nueva oportunidad para burlarse de la policía oficial… y de su buen amigo Watson, al que, si lo pensamos un poco, habría que nombrar santo patrón de la paciencia.

El carácter de Holmes, por otro lado, es el que ya conocimos de Estudio en escarlata, pero es como si aquí, en esta nueva novela, su autor lo hubiera destilado y exprimido su esencia: excéntrico, arrogante, brillante, misógino, frío y altivo, una máquina de razonar impermeable a la emoción que, salvo por sus ocasionales e infantiles ataques de vanidad, casi no parece humano.  Un nuevo detalle genial de Conan Doyle y nada descabellado desde el punto de vista de la moderna psicología: que el campeón de la razón pura tenga la madurez emocional de un niño resulta bastante verosímil.

Y, en realidad, pese a sus pretensiones, no tardamos en ver que no es impermeable a otros ataques de emoción: durante la frenética persecución por el Támesis, nuestro detective deja de ser la fría máquina de razonar y se deja llevar por la pasión de la caza. En futuras historias lo veremos mostrar una inusitada compasión por las víctimas y una preocupación por el bienestar de su amigo y biógrafo que no casan nada con ese perfil frío y altivo que él mismo se ha construido y que usa como una máscara. Siempre he pensado que el señor Spok de Star Trek es uno de los numerosos hijos no acreditados del detective de Baker Street: con su pretensión de eliminar todo rastro de emoción de su carácter y su continuo fracaso en el empeño. De hecho, como Holmes, Spok muere y vuelve de la muerte, y en esa segunda vida vemos un personaje más centrado, capaz de aceptar sus emociones y de vivir con ellas aunque sean la lógica y la razón las que siguen guiando sus pasos. También cuando Holmes regresa en «La casa vacía» al mundo de los vivos es un personaje menos altivo, más seguro, capaz de tomarse en broma a sí mismo y que, aunque no lo dice explícitamente, no rechaza las emociones. ¿Es casual que Nicholas Meyer, autor de uno de los mejores pastiches holmesianos, Elemental, doctor Freud, tenga mucho que ver, como guionista y director, con ese Spok más maduro que acepta su lado emocional?

Pero estoy divagando. Por usar un símil holmesiano, me he enredado en uno de los hilos secundarios de la madeja y he perdido el principal.

Retomémoslo, pues.

Conan Doyle sabe que un personaje como Holmes puede hacérsele insufrible al lector con facilidad, si no está adecuadamente equilibrado. De ahí sus breves estallidos de emoción o sus ataques de vanidad. No contento con eso, cuando el personaje está a punto de hacérsenos totalmente odioso nos sorprende y descoloca por completo con una delicada reflexión sobre la naturaleza humana musitada a media voz o compartida con Watson.

No puedo por menos que comentar el modo magistral en que todos los elementos literarios de la novela (el estilo, la definición de personajes, la descripción de ambientes, las digresiones filosóficas, las reflexiones morales, el ritmo, las subtramas, los secundarios) están siempre al servicio de la historia: no hay elementos superfluos, todo viene al caso y todo se crea para ayudar a avanzar la trama y hacer el relato más interesante e intrigante para el lector. Esos elementos que acabo de mencionar no son, nunca, un fin en sí mismos, sino un medio al servicio de lo realmente importante: la narración.

Esa eficacia narrativa, esa supeditación de todo lo demás a lo que se cuenta, es una de las claves literarias de los escritores populares del siglo XIX inglés (y, sin que sea una sorpresa para nadie, una de las cosas que hacen que sea uno de mis lugares literarios favoritos) y sin duda Conan Doyle es un maestro a la hora de entregarse a la historia y hacerla fascinante a ojos del lector.

Si hay que ponerle un pero a la trama es que la mayor parte del misterio queda claro para el lector antes de que se llegue al final. De hecho, en el momento en que Holmes pierde la pista, ya ha resuelto el caso, y el lector con él. En ese punto de la novela sabemos ya quién mató a Bartholomew Sholto y cómo lo hizo. Lo único que nos queda averiguar es por qué e incluso en eso nuestro detective tiene ciertas sospechas que no tarda en compartir con nosotros por medio de Watson.

La novela, como artefacto meramente policiaco, podría detenerse ahí, ya que prácticamente se han cerrado todos los cabos sueltos. Solo queda atrapar a los culpables. Narrativamente, sin embargo, debemos seguir hasta el final y Conan Doyle consigue mantenernos pegados a la historia más allá de la pura resolución del caso gracias a que ha sabido ir despertando nuestro interés con distintos detalles secundarios a lo largo de la trama y queremos saber cómo se cerrarán esas pequeñas historias dentro de la historia más grande: queremos saber qué pasa con Watson y Mary Morstan, queremos saber dónde se ocultan los culpables, queremos saber qué paso en las islas Andamán y por qué Jonathan Small ha hecho lo que ha hecho y, por supuesto, queremos saber quién se queda al final con el tesoro.

Esto rompe, es cierto, con la norma habitual del policiaco clásico, en el que la resolución del caso sucede en las últimas páginas. No podemos olvidar, por otra parte, que eso que ahora es un hecho común y establecido, no lo era en el momento de escribir El signo de los cuatro. Poe inventa el relato policiaco, es cierto, pero es Conan Doyle quien lo afina y lo va llevando a su formulación clásica con cada nueva historia de Holmes y va definiendo nuevas reglas sobre la marcha, perfilando las ya existentes y, en suma, probando sobre el terreno distintas soluciones.

En cierto modo, podríamos decir que en esta novela Conan Doyle inventa un nuevo género, relacionado con el policiaco pero distinto a él. Porque El signo de los cuatro se parece más, por ritmo, por peripecia, por resolución al thriller que a la novela-problema británica.

De hecho, si analizamos su argumento y el modo en que está implementado, vemos que no es muy distinto de la trama habitual de los best-sellers de intriga que llevan siendo favoritos de los lectores desde el siglo pasado. Como muestra, lean la persecución a lo largo del Támesis en el capítulo XI y verán que es el modelo sobre el cual se han construido la mayoría de las persecuciones ya sea con barcos, automóviles, helicópteros o a pie en las historias de intriga y acción. Lo único que le falta a El signo de los cuatro para ser un best-seller de intriga al uso es la sociedad secreta con ansias de dominación mundial.

Sin pretenderlo, sin saberlo, Conan Doyle crea una novela mestiza (como, por otra parte, son casi todos sus relatos de Sherlock Holmes) en la que el policiaco y el thriller van de la mano y ambos están perfectamente equilibrados.

Sin olvidar el costumbrismo. Conan Doyle fue uno de los escritores que mejor retrató su tiempo y su país, y en las páginas de El signo de los cuatro, dibuja un boceto de Londres lleno de vida y energía. Mientras Holmes y Watson siguen a Toby en busca de los asesinos, el autor nos lleva por las calles londinenses y nos va mostrando, a rápidos y eficaces retazos, la vida que las puebla.

Hay que mencionar también el modo magistral en que la novela se cierra sobre sí misma. Pues empieza con Holmes tomando su dosis diaria de cocaína (diluida al siete por ciento) y termina con el detective en la misma tesitura. De hecho, casi parece que la novela termina de modo tal que no deja posibilidad de continuación, de nuevas historias del detective, pues la historia personal de los personajes principales parece haber alcanzado su lógica conclusión narrativa: el matrimonio en un caso, la vuelta a los viejos hábitos en el otro, algo que se llega a decir explícitamente en las páginas finales.

En realidad, eso es lo que pretendía su autor, aunque las circunstancias harían que las cosas fuesen muy distintas.

En cuanto el doctor Watson ve a la futura cliente de su amigo, cae rendido ante ella y, a lo largo de buena parte de la novela, no deja de pensar en Mary Morstan. De hecho, una de las subtramas que más importancia tiene en la historia es, precisamente, el modo en que los sentimientos de Watson se van desarrollando y la forma en la que son, o no, correspondidos por el objeto de su afecto.

Conan Doyle había creado, sin siquiera sospecharlo, un personaje inolvidable, mayor que la vida misma, un icono. Ignorante de ese hecho y obsesionado por escribir la novela histórica definitiva (esfuerzo vano, lo único que consiguió fue convertirse en un voluntarioso imitador de Walter Scott), vuelve a utilizarlo con propósitos meramente crematísticos y sin pensar en ningún momento que está dando el segundo paso en lo que se convertirá en su principal camino como escritor durante el resto de su vida.

De hecho, la novela se cierra de forma que, como dije, no parece permitir continuaciones. Holmes es un personaje fascinante, es cierto, pero no es nada sin su fiel biógrafo, sin la voz, leal y admirada, que cuenta sus aventuras. Y cuando El signo de los cuatro termina, sabemos que Holmes y Watson ya no van a ser de nuevo compañeros de piso. Difícilmente el buen doctor podrá seguir compartiendo las aventuras de su amigo, mucho menos narrarlas.

Ah, pero no era el fin. Cuando el editor del Strand Magazine le hace una oferta algún tiempo después, nuestro autor no tarda en descubrir que librarse de Sherlock Holmes no es tan fácil como parece. Vuelve sobre el personaje, ahora usando la fórmula del relato largo o novela corta pero, al hacerlo, se encuentra con una dificultad aparentemente insalvable. Watson se casaba y se iba. ¿Quién iba a ser entonces el confiable narrador, dónde iba a encontrar una voz amiga y sincera como la suya para seguir contando las historias?

Se las arregla como puede, por supuesto, y en los siguientes relatos holmesianos veremos al autor haciendo a menudo auténticos juegos malabares para unir de nuevo a sus dos personajes. Pero eso ya sería tema para otro artículo. De momento, este breve análisis de El signo de los Cuatro ha llegado a su fin. Espero que haya sido de vuestro interés.

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