Lo diré ya mismo, para que quede claro desde el principio: Transcrepuscular me ha parecido una buena novela.

Para empezar, Emilio Bueso parece haber aprendido a escribir y ya no es el narrador torpe, ramplón y un tanto ajeno a la gramática que veíamos en Cenital. De hecho, el tono adoptado en esta nueva novela, lacónico y directo, está conseguido y funciona perfectamente a lo largo de toda la narración, a pesar de algún desliz ocasional en el que el narrador en primera persona utiliza expresiones o términos que más parecen propios del autor que del personaje.

Estamos ante una novela de aventuras que sigue el esquema clásico de la búsqueda y aprovecha el viaje del héroe para presentarnos un mundo exótico y una interesante colección de personajes. Todo ello narrado con buen pulso, sin que el ritmo decaiga y consiguiendo enganchar al lector con facilidad. La novela tiene mucho de pasapáginas (y lo digo sin ningún matiz peyorativo): mantiene interesado al lector en todo momento, lo incita a seguir leyendo y no lo suelta hasta el final.

Uno de los aspectos más importantes a la hora de escribir una novela es encontrar la «respiración» adecuada de la misma. Algunas novelas respiran frenéticas como un colibrí y otras lo hacen pausadamente como un gran cetáceo. Encontrar la respiración adecuada (y saber, además, en qué momento quebrar su ritmo, cuando pararla, acelerarla o ralentizarla) es uno de los desafíos más difíciles de cualquier novelista y sin duda Bueso sale triunfante en este caso. Transcrepuscular tiene un ritmo preciso y bien medido que se acomoda perfectamente a las exigencias narrativas de la historia que nos cuenta.

El mundo descrito es interesante y éxótico. Ni de lejos resulta tan original como se nos ha querido vender desde la publicidad editorial (y hablaremos de ello luego), pero no cabe duda de que tras lo que vemos hay un más que meritorio trabajo de creación de escenario (me niego a decir worldbuilding, como si el castellano estuviera huérfano de términos adecuados para describir ese acto). Escenario, por otro lado, que el autor consigue dotar de verosimilitud sin problemas.

En cierto modo utiliza la misma técnica que Franz Kafka en La metamorfosis: básicamente narra lo más extraordinario y estrambótico como si fuera algo cotidiano y perfectamente normal y lo hace lo bastante bien para que al lector le sea verosímil ese extraño mundo por el que transita y, al mismo tiempo, quede maravillado por su exotismo. En ese aspecto, el laconismo del narrador en primera persona es todo un acierto, ya que ayuda a presentar de la forma adecuada al lector elementos que para este son exóticos pero que le resultan cotidianos al narrador, y la novela navega con confianza y seguridad por esa tensión entre familiaridad y extrañamiento que debería ser uno de los pilares fundamentales de la fantasía épica (o, como en este caso, de la ciencia ficción que usa los arquetipos y elementos de la fantasía épica).

Los personajes están, por lo general, bien diseñados y desarrollados y aunque encajan con determinados arquetipos narrativos tienen la suficiente personalidad propia para no ser meros clichés.

Especialmente interesante es el Trapo, uno de los grandes aciertos de la novela y sin duda su personaje más potente, complejo y mejor construido.

Por el contrario, hay que situar en el debe al supuesto protagonista, ese trasunto de samurai castrado que, además, ejerce de narrador. A pesar de ser su voz la que cuenta la historia es quizá el personaje cuya personalidad está menos definida, como si en ocasiones no fuera más que un simple notario de los acontecimientos y no se sintiera involucrado en ellos.

El resto de los personajes nos son descritos con mayor o menor detalle en función de lo que la trama exija y, por lo general, están caracterizados de una forma adecuada y eficaz. La sociedad en la que viven, por otro lado, es descrita con grandes pinceladas, sin entrar en detalles, lo suficiente para comprender su funcionamiento a grandes rasgos y querer saber algo más de sus entresijos.

Hay que advertir que Transcrepuscular narra simplemente la primera parte de una historia más larga y, esperamos, más elaborada. Cumple a la perfección su misión de presentarnos un mundo y unos personajes y deja al lector lo bastante interesado para desear leer las dos siguientes entregas de la saga.

La novela ha sido calificada de «ida de pinza» aquí y allá en algunos medios, algo que tengo que decir que no comprendo. Estamos ante una novela en un escenario de ciencia ficción que usa los temas, clichés y ambientación de la fantasía épica y tira como motor argumental del viaje iniciático, uno de los arquetipos más antiguos de ese tipo de literatura. Llena de elementos interesantes, cierto, como la idea de la simbiosis con diversas especies, y con paisajes claramente chocantes, como ese día que dura unos pocos minutos (suponemos que a causa de la libración del planeta) o las tormentas causadas por la diferencia de temperatura entre la cara nocturna y diurna del planeta. Sí, aquí no hay dragones sino insectos y moluscos gigantes. Y sí, todo eso nos produce una cierta extrañeza… que, por otro lado, es lo mínimo que le pido como lector a una historia de aliento épico en un escenario exótico: que me sorprenda, me muestre un mundo nuevo y sepa utilizar de forma inteligente y novedosa los arquetipos narrativos que maneja.

Todo eso Transcrepuscular lo cumple con creces, sin duda. Pero hablar de «ida de pinza» en una novela que, por otra parte, transcurre por unos cauces narrativos totalmente clásicos lo encuentro fuera de lugar.

En diversos medios se han comentado algunas de las que podrían ser las referencias e influencias principales de la novela. Se ha mencionado, por ejemplo, Invernáculo de Aldiss o el Hom de Carlos Giménez (a su vez adaptación sui generis de la novela de Aldiss).

Sin estar del todo en desacuerdo, no puedo por menos que comentar, sin embargo, el que a mí me parece el principal referente (o quizá tendría que decir «antecedente») que hay tras esta novela. Sea deliberada o casual, no puedo por menos que encontrar una relación muy clara entre Transcrepuscular (por temática, por giros argumentales, por lo chocante del escenario, por ciertos personajes e incluso en ocasiones por el estilo) y las primeras obras de Gabriel Bermúdez Castillo, como Viaje a un planeta Wu-Wei o El señor de la rueda.

Tanto Transcrepuscular como las novelas mencionadas de Bermúdez nos presentan situaciones extrañas y exóticas como si fueran absolutamente cotidianas y normales; en ambos casos el estilo es lacónico, directo y no es ajeno a cierta ironía con tintes de sátira social y se nos relata una historia de ciencia ficción usando arquetipos habituales de la fantasía. Un personaje como el Trapo no desentonaría en Wu-Wei, igual que puedo imaginarme perfectamente al Manchurri (un Manchurri a lomos de un gigantesco escarabajo, claro) trashumando por el mundo de Transcrepuscular y llevando las noticias y los chismes de un sitio a otro. Hay más ejemplos de lo que afirmo, pero creo que estos son suficientes. Desconozco si Bueso ha leído a Bermúdez, pero en todo caso es irrelevante: las concomitancias están ahí y son fácilmente discernibles, sea consciente de ellas el autor o no.

Por otro lado, ¿es Transcrepuscular la octava maravilla que se nos ha intentado vender, esa cima nunca antes alcanzada en el fantástico español, la primera que puede medirse en pie de igualdad con lo más granado de la ciencia ficción y fantasía internacionales? Ni de lejos. Es simplemente una buena novela, lo cual no es poco. Y sí, puede medirse sin complejos con cualquier otra buena novela del género, ya sea española, americana o cingalesa… como muchas otras obras anteriores a ella que se han producido en nuestro país y, estoy seguro, como muchas otras posteriores.

¿Es tan profundamente original en sus planteamientos como se nos ha dicho? El uso de esquemas y ambientación de fantasía épica trasladados a un escenario de ciencia ficción es de agradecer, pero eso en sí mismo de original no tiene nada y lleva haciéndose, al menos, desde los años sesenta, si no antes (¿alguien se acuerda de Anne McCafrey, por citar solo un nombre?).

En cuanto al tan cacareado biopunk, echémosle un vistazo a unos cuantos números de la mítica revista de cómic europeo de ciencia ficción Métal Hurlant, que tuvo su mayor momento de esplendor en los años ochenta o a ciertos elementos del vídeo juego clásico Space Craft o a las primeras novelas de China Miéville (¿habrá algo más biopunk que La estación de la calle Perdido?). Vamos que ese bio-planteamiento de Transcrepuscular de novedoso tiene poco y lleva siendo usado por otros autores una buena friolera de años.

Por otro lado me gustaría hablar sin tampoco extenderme demasiado sobre los comentarios despectivos de Bueso sobre varios autores de fantasía internacional, tachándolos de perezosos a la hora de diseñar y desarrollar el escenario y exigiendo que se describa «la mecánica celeste, el ciclo del nitrógeno el del carbono y cómo estamos orbitando alrededor de la estrella».

En primer lugar, siempre he pensado que si una persona, para hablar bien de sí misma, necesita echar mierda sobre los demás, algo falla en ella.

Por lo demás, me temo que Bueso confunde el trabajo que puede haber tras la creación de un escenario con lo interesante, verosímil y atractivo que luego este le pueda parecer al público. Si X tiene más suerte o más talento que Z y, currándoselo menos, consigue mejores resultados que Z, mejor para X. Lo que importa es el resultado final: que el mundo secundario creado resulte lo bastante real, verosímil e interesante para el lector, haya tras su creación diez minutos de trabajo o toda una vida de cálculos.

Vamos, que un poco de memoria histórica de vez en cuando y algo de perspectiva sobre las cosas igual no vendrían mal.

En todo caso, recapitulo diciendo que Transcrepuscular me ha parecido buena novela, entretenida e interesante, narrada con buen ritmo y que deja al lector con ganas de más. Una agradable sorpresa en todos los sentidos.

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