Hablaba en un post previo de mi recopilación en inglés The Road to Nowhere, que será publicada en 2018 por NewCon Press.

También comentaba que no era la primera vez que me traducía a mí mismo al inglés. Lo había hecho ya con The Queen’s Adept (El adepto de la Reina) y algún que otro relato. Algo más recientemente lo he hecho con Faces from the Past (Los rostros del pasado), la novela del ciclo de El adepto de la Reina, escrita a cuatro manos con Felicidad Martínez. Como hago normalmente, he buscado a un nativo para que revise mi traducción y en este caso ha sido Rachel S. Cordasco quien ha aceptado el reto y, tal como esperaba, ha hecho un excelente trabajo.

Lo curioso del asunto es que cuando me traduzco a mí mismo no tengo la sensación de estar traduciendo, sino volviendo a escribir, pero de otra manera, la misma novela. De hecho, durante el proceso de traducción en ocasiones descubro cosas que me gustaría cambiar. Y así lo hago. Si alguien compara la versión inglesa y española de mis textos, verá que están lejos de decir lo mismo: párrafos con abundantes modificaciones de una versión a otra, frases que desaparecen en la versión inglesa, otras que no estaban en la versión original en castellano o escenas que se desarrollan de forma ligeramente distinta según en qué idioma leamos la novela o el relato. Digamos que mientras traduzco aprovecho también para revisarme y realizar cambios. No porque crea, necesariamente, que esas partes de la versión española no están bien, sino porque a menudo tengo la sensación de que ganarían en inglés si se dijeran de otro modo.

Pondré un ejemplo, muy sencillo e incluso tonto, pero creo que sirve para ilustrar mi propósito. En Los rostros del pasado, hay un momento donde el protagonista, Yáxtor Brandan, va a ir acompañado de su mentor a una fiesta diplomática. He aquí el fragmento en la versión original:

Shércroft enarcó una ceja al verlo llegar. Luego, con un ademán fluido, lo hizo pasar y le mostró lo que había preparado.

Yáxtor frunció el ceño ante aquella orgía de colores y texturas.

—¿Qué…?

—Ah, joven Brandan. Definitivamente, debes ponerte al día con las costumbres de Ashgramor. Lo harás más tarde o más temprano, estoy seguro, aunque nos habría venido bien en esta ocasión que hubiera sido temprano. No importa. Lo que en Alboné entendemos por discreción, sobriedad y buen gusto, en Ashgramor se considera aburrido, fúnebre y nefasto. Su concepto de lo que es un traje de etiqueta, como puedes ver, resulta un tanto pintoresco y colorido.

—Y chillón —añadió Yáxtor—, sobre todo chillón.

—Sin duda. El cromatismo desenfrenado les alegra el corazón. Aunque viviendo en la tierra agreste en la que viven, quién puede culparlos. En cualquier caso, te aseguro que estos son los ropajes que necesitamos para pasar desapercibidos esta noche.

Y he aquí el mismo fragmento en Faces from the Past:

Shércroft raised an eyebrow when he saw him. Then, with a smooth gesture, let him enter the room and showed him what he had prepared.

Yáxtor frowned at the sight of that orgy of colours and textures.

“What the…?”

“Ah, young Brandan. Yes, it is time you got in touch with Ashgramor customs.

“You mean ‘costumes’.”

Shércroft looked at him until the young adept said:

“I’m sorry. Go on, please.”

“I am positive that in no time you will be an expert, though it would have come in handy if you already were. It does not matter. Those things that we consider the pinnacle of discretion, sobriety and good taste here in Alboné, in Ashgramor they see as boring, funereal and unlucky. Their idea of what a dress suit should be, as you can see, is rather colourful.”

“And gaudy,” said Yáxtor. “Don’t forget gaudy.”

“Indeed. Frantic colour combination lightens their hearts. Who can blame them when you consider the wild and dry land where they live. Anyway, these are the clothes we need to pass unnoticed tonight.”

Si comparamos ambas versiones, veremos que son en esencia lo mismo, salvo por las tres frases que he destacado en inglés poniéndolas en cursiva y negrita y que aparecen insertadas entre lo que en el original eran dos frases seguidas de Shércroft, sin interrupción alguna por parte de Yáxtor. El motivo de que ese breve intercambio verbal no exista en el original es muy sencillo: el juego de palabras entre «costumbres» (customs) y «disfraces» (costumes) solo es posible en inglés y solo se me ocurrió, lógicamente, mientras estaba traduciendo la novela.

Es solo un ejemplo, quizá incluso tonto (sí, no es el mejor juego de palabras del mundo), pero creo que da una idea bastante clara de lo que quiero decir, del modo en que trabajo cuando me traduzco a mí mismo y de la sensación que tengo de que no estoy traduciendo nada, sino escribiendo la misma novela en otro idioma y eso me lleva, curiosamente, a tomar decisiones narrativas ligeramente distintas en algunos momentos.

¿Es una traición al original lo que hago, aunque sea con permiso del autor (en este caso yo mismo)? Tal vez, no diré que no. Y, por  supuesto, cuando traduzco a otros autores nunca me tomo esas libertades y procuro ser lo más fiel posible al original (aunque también intento huir de la literalidad lo máximo posible).

Pero cuando me traduzco a mí mismo no tengo esos escrúpulos. Busco que el texto sea lo mejor posible (siempre a mi entender, claro) en el idioma en el que estoy escribiendo. Y decisiones que en español me parecen perfectamente lógicas en cuanto a cómo contar las cosas, en inglés descubro que no son las más adecuadas y que es mejor acercarse a la historia de otro modo. ¿Por qué? Ni idea. Como en otras tantas cosas en mi vida, actúo movido por puro instinto.

La consecuencia curiosa de todo esto es que si algún día llega a existir un crítico que se interese lo suficiente por mi obra para comparar la versión original con mis traducciones de la misma al inglés, va a quedarse bastante desconcertado al ver todas esas discrepancias.

Confieso, por otro lado, que la idea de desconcertar a los críticos no me resulta precisamente desagradable.

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