El año pasado, durante la presentación en el Festival Celsius de Avilés de la edición 20 aniversario de La sonrisa del gato, alguien me preguntó cuándo volvería a escribir ciencia ficción. Hasta donde recuerdo, mi respuesta fue, más o menos, como sigue:

Hay dos respuestas.

La fácil, que no es mentira, pero no es toda la verdad, es que nunca he dejado de hacerlo, porque mi fantasía es tan racionalista que acaba siendo ciencia ficción disfrazada de fantasía.

La más complicada es que, aunque me gustaría volver a escribir ciencia ficción, me cuesta trabajo. Y uno de los motivos, quizá el principal, es que tengo miedo. Tengo miedo de no estar a la altura de la ciencia ficción que se hace ahora, de haberme quedado anticuado y desfasado, de no ser capaz de adaptarme a los tiempos.

Eso dije en esencia, aunque supongo que al recordarlo ahora lo habré adornado un poquito y habré reordenado las frases para que todo quede mejor explicado. Pero básicamente esas fueron mis palabras.

No son del todo ciertas, porque sí que he escrito en los últimos tiempos algún relato de ciencia ficción, como «En el ático» (para la antología distópica Mañana todavía) o «A Tale of No City» (para la antología de ciencia ficción en torno a la ciudad condal Barcelona Tales).

Pero es verdad que la última novela de ciencia ficción que escribí fue El sueño del rey rojo, y han pasado más de trece años de su publicación. Lo que he hecho en los últimos tiempos ha sido fantasía oscura (como en Fieramente humano o Las astillas de Yavé) o mi inclasificable saga de espionaje e intriga El adepto de la Reina, que juega en buena medida con la ambigüedad y deja que sea el lector quien decida si está leyendo CF o fantasía.

Y es verdad que mi fantasía es tan racionalista que acaba siendo casi ciencia ficción. No creo en lo sobrenatural, de modo que cuando lo uso no puedo evitar buscarle una explicación racional y asumir que eso que llamamos «sobrenatural» simplemente obedece a unas leyes del universo que aún no conocemos o que no comprendemos del todo. De hecho, la misma expresión «sobrenatural» me parece una aberración, una contradicción de términos. Creo, como dijo Carl Sagan, que el cosmos es cuanto existe, ha existido o existirá. Por tanto no puede haber nada que escape a las leyes de la naturaleza. Si nos parece que es así, solo puede ser porque no conocemos bien esas leyes.

Pero al grano.

Es cierto que uno de los motivos por los que hace años que no escribo ciencia ficción, al menos una novela, es porque tengo miedo de estar fuera de onda, pasado de moda. Veo la ciencia ficción que se viene haciendo en los último cinco o diez años y me quedo con la sensación de que me han pasado por la izquierda y de que soy incapaz de hacer algo así, de que si lo intentase no estaría a la altura. Tengo que aclarar que no desprecio esa ciencia ficción más moderna, al contrario, me parece brillante y muy bien ejecutada. Y, aunque en términos estrictamente narrativos no tengo miedo alguno a salir malparado de la comparación, cuando hablamos de carga especulativa, de reflexión incisiva sobre el mundo, de ser capaz de despertar momentos, conceptos e imágenes llenos de sentido de la maravilla, me quedo con la sensación de que no voy a ser capaz de hacerlo tan bien como esos malditos jovenzuelos arribistas.

Y sin embargo, heme aquí con unas ciento cincuenta páginas de una nueva novela. De ciencia ficción. Con elementos distópicos y, quizá, incluso apocalípticos. Con toques cyberpunk (no sería yo mismo si mi ciencia ficción no tuviera algún elemento cyberpunk) y con el protagonismo compartido por tres o cuatro personajes con motivaciones, pensamiento y objetivos dispares.

¿De quién es la culpa? ¿Quién o qué ha hecho que, pese a mis temores de no estar a la altura de las generaciones más jóvenes, me haya puesto con una nueva novela de ciencia ficción? Bueno, si retrocedo en el tiempo, el primer culpable es Ricard Ruiz, quien me encargó un relato para su antología distópica Mañana todavía allá por 2013. Cuando acepté el encargo no estaba muy seguro de ser capaz de pergeñar algo que encajase en esos parámetros, pero me las apañé para crear una historia que, aunque muy de refilón, sí que podía ser considerada distópica.

Se llamaba «En el ático» y ya durante las presentación de la antología (de nuevo en el Celsius, si no recuerdo mal) comenté que en ese cuento tal vez había el embrión de una nueva novela. En aquel momento no estaba del todo convencido, pero sí que tenía la sensación de que con el relato no había agotado, ni de lejos, las posibilidades que aquel escenario futuro y los personajes residentes en él me ofrecían.

Hay otro culpable. Quizá incluso a un nivel más profundo que Ricard. No diré quién es de momento, pero si algún día se publica la novela, lo sabréis.

Como sea, el tiempo fue pasando. Escribí otras cosas. Releí «En el ático». Escribí un nuevo relato ambientado en otra planta del mismo edificio titulado «Piso 27», que acabaría apareciendo en la revista Delirio. Seguí escribiendo otras cosas. Releí ambos relatos. Pensé en una nueva subtrama, imaginé posibles nuevos personajes, empecé a tener un pequeño vislumbre  de cuál podía ser el esqueleto narrativo en el que se cimentase la novela que, cada vez estaba más seguro, podía salir de allí. En cierto momento decidí, además, que llevaría la situación social que estaba dibujando en la novela hasta sus últimas consecuencias. Literalmente.

Y aquí estoy, con ciento y pico páginas de novela entre las manos, la trama cada vez más perfilada y el final perfectamente claro, encarrilando los personajes y las situaciones hacia donde deben ir y, de paso, explorando con algo más de detalle aquel mundo que creé en 2013 para «En el ático».

No tengo ni idea de cómo será acogida la novela cuando se publique, si estará o no a la altura de la ciencia ficción que se hace ahora, si estará pasada de moda, irá con el momento o se adelantará a su tiempo. No me importa. Como siempre que me pasa cuando me pongo en serio con una nueva novela, lo único que me interesa es la novela en sí y el modo en que me estoy enfrentando a elementos nuevos, tanto en lo narrativo como en lo especulativo. Ahora mismo, el único que tiene que estar satisfecho de lo que estoy haciendo soy yo mismo. Ya llegará el momento de pensar en todas esas otras cosas cuando la acabe. Ahora no me parecen más que trivialidades.

Quién sabe, a lo mejor lo son.

Deja un comentario