Nora es una privilegiada. Su trabajo como guardaespaldas («polizo») de una de las principales familias empresariales de Madrid (y del mundo) le ha permitido escapar de su destino de clase baja y disfrutar de diversos lujos que de otro modo no estarían a su alcance. Con una relación estable y un prometedor futuro en su profesión, todo parece ir como la seda. Hasta que un día le retiran el suelo bajo los pies y su mundo da un vuelco total. En ese momento empieza a ver el mundo tal como es, comprende la mentira en la que está basada la sociedad y se abre camino con uñas y dientes para sobrevivir en un universo que de pronto le es hostil y ansía su muerte.

Con estos mimbres narrativos (no muy distintos en su planteamiento de los que usaron Pohl y Kornbluth en Mercaderes del espacio, por poner un ejemplo clásico) Eduardo Vaquerizo construye una novela de ritmo trepidante, en la que resulta casi imposible dejar de leer y donde la peripecia avanza como un tren a toda máquina. Con la estructura, el ritmo y la ambientación de un thriller tecnológico de acción, la novela no da descanso al lector y se va deslizando hacia su inevitable final con una precisión y una fluidez nada frecuentes. En todo momento, Eduardo mantiene sujetas las riendas de la trama y no permite que esta se desboque, llevándola exactamente por donde le interesa, sin perder fuelle ni errar el rumbo. La información que el lector necesita para comprender el escenario le es suministrada poco a poco, sobre la marcha, sin interrumpir nunca el ritmo de la novela, de modo que el lector puede sumergirse en la historia desde la primera página e ir asimilando a medida que lee las diversas pinceladas que le dibujan el escenario, tanto en lo social como en lo tecnológico.

En este último aspecto, la tecnología es tan creíble y plausible que no me sorprendería encontrármela pasado mañana en cualquier tienda de informática o, por qué no, en unos grandes almacenes. Por otro lado, el uso de todos esos elementos tecnológicos está perfectamente dosificado en la novela, viene siempre a cuento y ayuda a dibujar con contundencia un futuro muy posible. Mención especial merece la llamada «consola», un gadget de realidad aumentada (entre otras cosas) que se convertirá en un elemento central de la trama en ciertos momentos.

El panorama social que se nos dibuja, por otro lado, no es menos creíble y plausible. En realidad, podríamos decir que la diferencia con nuestro presente es mínima. Se han llevado a su extremo diversas tendencias actuales que el lector reconocerá sin problemas: la diferencia cada vez mayor entre ricos y pobres, la desaparición gradual de la clase media, el poder de los lobbies empresariales para decidir las políticas gubernamentales, la desaparición cuidadosamente planeada de la conciencia de clase entre las clases bajas… Añadamos a todo esto unas pinceladas de conspiración global y un planeta cuyos recursos están cercanos al agotamiento y tenemos el escenario que Eduardo nos plantea en Nos mienten.

Como ya he dicho, se va dibujando poco a poco, sin prisas, sin detener nunca el ritmo de la historia y dejando que el lector se vaya empapando paulatinamente de lo que le rodea. Al respecto no puedo por menos que destacar el minimalismo expresivo y la economía de medios narrativos de que hace gala el autor (no está nada mal para alguien que fue llamado «Eduardo Adjetivizo» al principio de su carrera) que ayudan en gran medida a que la historia fluya como debe y a que los acontecimientos queden fijados con contundencia en la mente del lector. Con esa tercera persona en presente que narra lo ocurrido en tono casi aséptico, Eduardo demuestra que a menudo menos es más y que no son necesarios barrocos alardes descriptivos para poner al lector en situación y en antecedentes. De hecho, la sencillez y frialdad con la que se narran los acontecimientos hacen que el impacto emocional en el lector sea mucho mayor.

No estamos ante una novela de denuncia. Eduardo es un escritor demasiado inteligente para caer en esa trampa panfletaria. Aunque sí estamos, sin duda, ante una novela que denuncia, cosa bien distinta. Una novela que nunca olvida su naturaleza de tal, de ficción, de creación narrativa, y que tiene en mente presente en todo momento el que debería ser el primer mandamiento de cualquier creador: «no aburrirás».

Quizá es eso lo que no se le ha perdonado, a tenor de ciertas críticas sobre la novela que he leído. Pues parece que a algunos les ha molestado el hecho de que, sin renunciar a la disección social, a la especulación política y a las cargas de profundidad ideológicas, la novela es, por encima de todo, sumamente entretenida y fácil de leer.

Y está condenadamente bien escrita. De hecho, después de asistir a la torpeza narrativa y estilística de algunas visiones cenitales del mundo por venir, incomprensiblemente aupadas por cierto sector de la crítica a un podio que no merecen y cuyo valor como novela es más coyuntural que literario, Nos mienten es todo un soplo de aire fresco y toda una lección de cómo usar de forma inteligente la narrativa de género para plantear ciertas preguntas.

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