Por supuesto, hubo muchos más fanzines en la década pasada aparte de los que he comentado en esta serie. Como ya dije en su momento, esto no pretendía ser un repaso ni exhaustivo ni objetivo a las publicaciones amateurs de los noventa dedicadas al fantástico, sino más bien una crónica puramente personal de mi relación con algunas de ellas.

Si me he dejado fuera alguna, eso no quiere decir que fuera menos importante que aquéllas de las que sí he hablado: simplemente, mi relación con ella no fue lo bastante cercana para que tuviera cabida aquí.

Aclarado esto, me ha parecido buena idea cerrar esta serie con una suerte de cajón de sastre, algo a medio camino entre el anecdotario y la enumeración caótica que quizá sirva para darle un poco más de profundidad al panorama que he ido trazando hasta ahora. O quizá no, a lo mejor sólo lo vuelve todo más confuso, quién sabe.

Decía que hubo más fanzines aparte de los que he estado comentando. Y algunos de ellos no usaban el papel como soporte. Estaba el veterano Axxon, por supuesto, que si no recuerdo mal, empezó distribuyéndose por medio algunas de las BBS de la época, entre ellas El libro de Arena. Hoy sobrevive en la web y parece seguir gozando de buena salud.

Kernel BEM fue un proyecto personal de Pedro Jorge Romero. No sólo creó el fanzine electrónico, sino el lenguaje que lo soportaba y que permitía componerlo. Se llamaba magazine compiler, estaba creado en C++, si no recuerdo mal, y básicamente permitía aplicarle formateo a un texto mediante una serie de sencillos comandos. Algo no muy distinto del html, en realidad.

Kernel BEM duró pocos números. Fue un intento de tener un apoyo digital de BEM y de incluir en él textos que, por su extensión, no tenían cabida en el fanzine de papel y, seguramente, fue un experimento que se adelantó a su tiempo.

Ad Astra, en cambio, duró mucho más. Y, de hecho, llegó a tener una versión en web que sobrevivió algunos años. Se distribuía originalmente en disquete y, por lo que recuerdo, al principio salió con bastante regularidad. En sus páginas virtuales había un poco de todo y quizá lo que más recuerdan ahora los veteranos fue la polémica (que no sé si ellos iniciaron, pero sin duda sí que la aprovecharon bien a fondo) referente a si Xavier Riesco Riquelme era o no un pseudónimo de Pedro Jorge Romero.

Mientras tanto, seguía con nosotros un superviviente de tiempos mejores: Uribe, la hoja informativa de Agustín Jaureguízar que, sin grandes alardes, venía publicándose desde los años ochenta y que sobrevivió durante la década siguiente.

Bucanero fue un fanzine de vida efímera; aunque suficiente para permitirme publicar en su número dedicado al cyberpunk mi cuento “Mensajero de Dios”.

A finales de la década salieron varios proyectos nuevos, como La plaga, Pulp Magazine o El melocotón mecánico. Todos ellos pasaron a mejor vida, aunque el último se reconvirtió en Valis y luego dio origen a la actual editorial AJEC.

Y estaba Taquión, el fanzine que nunca vimos. Unos dicen que porque pasó tan rápido ante nuestros ojos que no fuimos capaces de percibirlo. Otros, que porque en realidad había retrocedido en el tiempo y se había convertido en la publicación hegemónica en un pasado alternativo.

Y, por supuesto, Gigamesh. Había sido un fanzine durante los ochenta. Y, a finales de esa década, Alejo Cuervo había decidido dar el salto a revista profesional. El primer número llegó a tener distribución en quioscos (dicen las malas lenguas que Alejo llegó a tirar unos veinte mil ejemplares, buena parte de los cuales se tuvo que acabar comiendo) y el número dos salió poco después. Sin embargo, el tres se hizo esperar. Y esperar. Y esperar. Y esperar.

Hasta que fue un chiste recurrente en el fandom comentar aquello de: “¿Te acuerdas del episodio de Star Trek: la nueva generación en el que Picard recibía el número 3 de Gigamesh recién salido de imprenta?”. Luego, Julián Díez se puso al frente de la revista y uno sus compromiso personales fue que ésta tuviera una periodicidad digna de ese nombre. Le costó, pero acabó consiguiéndolo.

Hubo varios intentos de lanzar al mercado una revista profesional. Cyber Fantasy iba en esa línea, pero no llegó a durar más de cinco o seis números. Blade Runner Magazine debió de durar menos aún. Star Ficción (la edición española de Star Log) no lo hizo mucho más.

Y estaba Pórtico que, en realidad, era el boletín interno de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción (AEFCF) pero que a todos los efectos funcionaba como un fanzine más: publicaba cuentos, artículos, reseñas de libros… Años más tarde cambiaría de formato y de contenido y se parecería más a la imagen que uno tiene de un boletín interno de una asociación cultural y, finalmente, terminaría dando el paso al formato electrónico y se distribuiría en PDF… pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión, como dijo no sé quién no sé cuándo no sé dónde.

Aullidos, que si no recuerdo mal hacían Eduardo Escalante y Alfredo Liébana. Dedicado al terror y a eso que ahora se llama “fantasía oscura”.

Y, por supuesto, Opar, el fanzine dedicado a la literatura de aventuras. Tremendamente cuidado, muy elegante y con contenidos siempre interesantes llegó a tener una colección de libros.

No deberíamos olvidad los combozines de las HispaCones, dedicados a comentar lo que pasaba en la convención, dar cuenta de anécdotas y rumores y servir como complemento (y recuerdo de ellos) a los actos oficiales. El más memorable quizá fue el Papel mojado que preparó Julián Díez para la HispaCon de Santiago de 1999. Y quizá sería una iniciativa digna de recuperar para futuras convenciones.

Y, creedme, había unos cuantos más. Algunos no pasaron del primer número, otros —como el caso de Taquión, ya comentado— se quedaron en la mesa de diseño. Otros duraron un tiempo y tuvieron su número de fieles.

La mayoría han desaparecido. Algunos han ido dejando herederos o se han metamorfoseado: BEM es ahora una web de noticias; El fantasma / Artifex fue el embrión de Bibliópolis; El melocotón mecánico sirvió de banco de pruebas de AJEC Grupo Editor… Otros se han sumido en la larga noche sin dejar rastro, como no sea en nuestra memoria.

A finales de la década empezó a haber verdaderas revistas profesionales dedicadas al género (aunque a mi entender no fueron verdaderamente profesionales hasta que no empezaron a pagar a los colaboradores, cosa en la que Gigamesh fue pionera). Para sorpresa de muchos (que desde la desaparición de Nueva dimensión en 1983 vieron cómo los intentos de crear una revista comercial de CF se hundían uno tras otro) esas revistas encontraron su hueco en el mercado y, durante un tiempo al menos, funcionaron comercialmente. Es posible que eso marcara el declive de los fanzines: estos cumplieron una función, llenaron un hueco. Cuando ese hueco empezó a ser ocupado por los profesionales, las revistas hechas por aficionados empezaron a languidecer.

Internet, quizá, tuvo también mucho que ver en el asunto. Hoy por hoy no son raras las revistas virtuales, que cuelgan de algún portal o son el núcleo alrededor del que gira el portal. Axxon (que continúa su andadura), Kernel BEM y Ad Astra fueron pioneros en ese terreno.

O quizá la explicación es otra, totalmente distinta. Al fin y al cabo ni soy sociólogo ni historiador. Ni pretendo serlo.

Lo cierto es que todos esos fanzines ya no están con nosotros. Para los aficionados actuales seguramente aquellas publicaciones les parecerían toscas, sin gracia, un tanto cutres. Quizá tengan razón.

Para nosotros llenaron un hueco importante. Crearon y solventaron polémicas. Dieron su primera oportunidad a autores que hoy publican con regularidad. Se hicieron eco de lo que pasaba en el “mundo real” y ayudaron a que el fandom fuera creciendo y evolucionando. Sin ellos (sin todos ellos) nuestro mundillo de aficionados no sería lo que es hoy, tanto para bien como para mal.

Sin ellos, yo no sería lo que soy.

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