En realidad, siendo exactos, veintitrés años, porque fue en 1993 cuando escribí una novelita holmesiana de poco más de cien páginas titulada La sabiduría de los muertos, que ganaría el Premio Asturias de Novela en 1995 y sería publicada al año siguiente por la Fundación Dolores Medio. Ahí empezó todo.

Claro que, si nos ponemos estrictos, habría que volver la vista atrás, mucho más atrás, a mi primer contacto con el personaje de Arthur Conan Doyle y su mundo. Pero, de momento, dejémoslo en 1996 para así poder usar el redondo número de veinte años. Por aquel entonces tenía treinta y uno y, confesémoslo, no tenía ni pajolera idea de lo que iban a ser las dos siguientes décadas. Hacía cábalas sobre mi futuro, supongo que como todo el mundo, pero también como todo el mundo, nunca acerté en nada de lo que me pasó en los años siguientes, ni en lo bueno ni en lo malo.

O, como dicen que dijo John Lennon: «La vida es aquello que te pasa mientras te empeñas en hacer otros planes».

Veinte años, decía, 1996. Ocho más tarde, La sabiduría de los muertos encontraba nuevo editor en Luis García Prado y su sello Bibliópolis bajo el título de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. No solo eso, descubrí que me seguía apeteciendo escribir sobre Sherlock Holmes, que aún tenia cosas que contar sobre él. De ahí salieron tres novelas más: Sherlock Holmes y las huellas del poeta, Sherlock Holmes y la boca de infierno y Sherlock Holmes y el heredero de Nadie.

Creo que fue allá por 2008, cuando se publicaba la cuarta y última novela, que le comenté a Luis García Prado, medio en serio medio en broma, que si la cosa iba bien y algún día alguien recogía todo mi material holmesiano en un un solo volumen, en una de esas «ediciones omnibus» tan frecuentes en el mundo anglosajón como escasas en nuestro país, hasta tenía un título.

—¿Cuál? —preguntó Luis.

—El archivo perdido de Sherlock Holmes —respondí yo. Me parecía un buen título que hasta tenía resonancias canónicas, ya que el último libro de relatos holmesianos que publicó Conan Doyle fue, precisamente, El archivo de Sherlock Holmes.

—¿Y por qué «el archivo» —me dijo Luis—. ¿Por qué no, mejor, «los archivos»?

Tenía razón y me di cuenta enseguida. Así que almacené la información en mi mente y allí quedó, dando vueltas mientras los años pasaban, seguía escribiendo y publicando y hasta abría mi propia editorial, Sportula, en la que acabé reeditando yo mismo mis cuatro novelas holmesianas. El círculo se había cerrado, podríamos decir.

¿O no?

La idea del compendio, del omnibus, seguía en mi cabeza y no renunciaba a ella. Decidí probar primero con otra parte de mi obra, con la ciencia ficción que había escrito en los noventa y que se ambientaba toda en el mismo escenario. De hecho, la última novela de ese ciclo, escrita en 2001, llevaba inédita desde entonces. Así que me decidí y publiqué en Sportula Drímar, el ciclo completo. Decidí incluir en él todo lo que había escrito de Drímar, tanto publicado como inédito… o al menos, todo lo que conservaba, ya que algunas cosas se habían perdido con el correr de los años. Fue una edición exclusivamente en ebook que incorporaba abundante material extra sobre Drímar que no se podía encontrar en ningún otro lugar: cuentos primerizos que nunca fueron publicados, reflexiones sobre la evolución del escenario, algún mapa…

El experimento funcionó bien y la reacción del público fue positiva. Pero en cierto modo, había hecho trampa. Era una edición en ebook, lo que implicaba que podía hacer un libro tan largo como quisiera sin correr demasiados riesgos, ya que los costes no iban a aumentar con el número de páginas. ¿Podría hacer lo mismo en papel? ¿Me atrevería?

Mientras le daba vueltas a la idea, llegó 2015 y se cumplieron veinte años desde la publicación de La sonrisa del gato, mi primera novela. Decidí reeditarla, añadiéndole además las historias relacionadas con ella: el cuento «Mensajero de Dios» y la novela corta «Un jinete solitario». No contento con eso, preparé una versión en inglés: Steve Redwood la tradujo a la lengua de Shakespeare y fue publicada como Cat’s Whirld. Para rematar el cumpleaños, John Serrano compuso una banda sonora para la novela.

Pero ahí estaba 2016. Otro aniversario, otros veinte años, ahora desde la publicación original de La sabiduría de los muertos.

¿Qué hacer?

No tuve que pensármelo mucho, en realidad. La idea del omnibus holmesiano nunca me había abandonado. Y, si no lo preparaba para el veinte aniversario de la primera novela, no lo haría nunca. Así que me puse manos a la obra. Por suerte, la tecnología de impresión bajo demanda permite un control de costes y de tiradas que el offset tradicional no, así que podía ajustar bien las cosas para no pillarme los dedos y, pese a todo, sacar adelante ese volumen unitario con todo mi Holmes. Eso, unido al interés que despertó la nueva edición y a que fueron muchos los que quisieron adquirir el libro por adelantado, hizo que los riesgos de editar algo así fueran mucho menores.

El resultado estará en las librerías el 12 de diciembre y ya ha llegado a aquellos que decidieron reservar su ejemplar por adelantado. Más de 1200 páginas en papel que incluyen mis cuatro novelas holmesianas, ahora ordenadas de acuerdo a la cronología interna del personaje, más abundante material extra. Cuando en 2008 comenté el asunto, era un sueño lejano, algo que deseaba que pasase pero en lo que prefería no pensar demasiado en serio.

El sueño se ha cumplido. Los archivos perdidos de Sherlock Holmes es una realidad palpable. Y tan palpable, un buen ladrillo de libro que contiene unos cuantos años de mi vida como escritor. No sé cómo será su carrera comercial, aunque las vibraciones son buenas, pero eso es ahora lo de menos. El libro está ahí, existe, es una realidad y está al alcance de los lectores, sean estos muchos o pocos.

Ahora sí lo puedo decir. El círculo se ha cerrado. Sherlock Holmes, mi Sherlock Holmes, ha llegado definitivamente a casa para quedarse tras un largo y accidentado viaje. Y espero que siga conmigo muchos años.

Y con vosotros.

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