Hacía tiempo que tenía ganas de hincarle el diente a algo de Guillem López, del que tenía muy buenas referencias por parte de personas en cuyo criterio confío. He empezado por La polilla en la casa del humo, aprovechando que es uno de los finalistas este año del premio Celsius, que otorga la Semana Negra de Gijón a la mejor novela de ciencia ficción o fantasía publicada el año anterior a la concesión del galardón.

La he devorado en muy poco tiempo. Lo cual no es extraño porque apenas llega a las ciento setenta páginas. Pero, curiosamente, son ciento setenta páginas tan densas que podrían dar para varias novelas de quinientas.

Guillem López nos dibuja en su novela un paisaje que no sé si llamar distópico, apocalíptico o simplemente, terrible: la humanidad hacinada en un pozo, viviendo en una miseria continua, sin ver nunca la luz del sol y condenados a una muerte temprana trabajando en unas minas sin propósito aparente. Fango, deshechos, sudor e implantes biomecánicos en una situación que no tiene ni salida ni futuro. Pero hasta en el infierno hay jerarquías, y la aspiración de aquellos que están en lo más bajo, su sueño secreto, puede ser sencillamente ascender unos peldaños y poder disfrutar de una comida que no haya que disputársela a las ratas.

La novela esta narrada casi en su totalidad en primera persona, con un extraordinario uso del lenguaje que consigue lo que a priori parece una mezcla casi imposible entre un tremendo minimalismo expresivo y una facilidad asombrosa para atrapar emocionalmente al lector. Por otro lado, no ahorra detalles escabrosos en el camino hacia la cumbre de su protagonista y una y otra vez ahonda, con un bisturí afilado, en los aspectos más miserables y mezquinos del ser humano. No debería ser una novela fácil de leer por lo descarnado de lo que narra, pero gracias a un estilo vibrante y de una eficacia narrativa sorprendente enseguida lleva al lector, lo desee este o no, de una página a otra con absurda facilidad.

López es, ante todo, un narrador eficaz que se entrega sin condiciones a lo que cuenta y que no se pasa el tiempo sentado al lado del lector y susurrándole una y otra vez al oído «mira lo bien que lo hago, ¿a que lo hago bien?» como hacen otros. De hecho, escribe tan bien que el lector ni siquiera nota lo bien que escribe. Todas y cada una de las palabras que hay en el texto están ahí porque tienen que estar para que la historia nos llegue con más eficacia, nos conmueva con más profundidad y nos sacuda con más fuerza y, por tanto, su virtuasismo estilístico está siempre al servicio de lo narrado y no pretende erigirse en protagonista.

A lo largo de su lectura me ha parecido oír ecos de la novela picaresca española, con la cual La polilla en la casa del humo, creo yo, comparte muchos puntos en común, aunque ignoro si el autor sigue de forma consciente o involuntaria esa tradición: el narrador de baja extracción que cuenta su vida en primera persona; el modo en que usa su ingenio (o lo intenta) para ascender socialmente, ya tenga que mentir, robar, estafar o lo que se tercie; y, especialmente el hecho de que se pasa buena parte de la historia corriendo para no llegar a ninguna parte… o, para ser más exactos, para volver al punto de partida.

En resumen, una estupenda novela. Sin duda de lo mejor que ha caído en mis manos en los últimos años. Sospecho que no será la última que lea de Guillem López.

Deja un comentario