¿Eres de esos lectores de fantasía que necesitan que el escenario sea presentado con maniático detalle, que requieren que todos y cada uno de los acontecimientos le sean narrados pormenorizadamente, que exigen saber hasta el más nimio y oscuro de los pensamientos que le pasan por la cabeza, no solo a los protagonistas, sino hasta al más insignificante de los secundarios?

Si la respuesta es que sí, entonces deberías mantenerte alejado de esta novela. No es para ti.

Por el contrario, si estás dispuesto a disfrutar de una excelente aventura fantástica, llena de exotismo, acción, reflexiones interesantes, giros inesperados pero consecuentes y una mirada amplia que lo abarca todo sin caer en la minucia descriptiva, bienvenido, te lo vas a pasar de maravilla con La gracia de los Reyes.

La novela es, desde luego, un soplo de aire fresco, no solo por el desparpajo con el que aborda la historia (o quizá debería decir «las historias», porque a menudo la trama central no es más que un armazón del que van colgando pequeños relatos individuales) sino por su empeño decidido y voluntario de nadar a contracorriente de lo que se estila en el panorama actual de la fantasía épica.

Ya su ambientación, netamente oriental, nos da un toque de atención. Mientras el tronco central de género sigue empeñado en revisitar una y otra vez un entorno seudomedieval de inspiración europea, Liu se acerca a las tradiciones chinas (y me atrevería a decir que no solo chinas, a la vista de ciertos detalles) para crear su escenario y su trama. Al mismo tiempo, transforma y reelabora el modelo del que parte, lo contamina de otras culturas y leyendas, lo descontextualiza y recontextualiza para convertirlo en algo enteramente propio que tiene la virtud de parecerle al lector, independientemente de la cultura a la que pertenezca, exótico y familiar al mismo tiempo.

No diré gran cosa del argumento de la novela. El armazón estructural sobre el que cuelga es sumamente sencillo: la narración de la rebelión contra un naciente imperio por parte de los estados previamente conquistados. Eso le permite al autor incorporar multitud de personajes y anécdotas que va enhebrando a ritmo endiablado, basculando el peso narrativo de un lugar a otro según convenga. Nada nuevo bajo el sol, me diréis. No seré yo quien os contradiga.

Lo que hace especial esta novela, entre otras muchas cosas, es el tono y el aliento narrativo, que se aleja totalmente de lo que el lector contemporáneo está acostumbrado. Y es que La gracia de los Reyes está escrita, no como una novela actual, sino como una crónica, y utilizo la palabra en el sentido narrativo y medieval, no en el periodístico y contemporáneo.

De hecho, pese a la evidente inspiración china de buena parte del escenario y la peripecia, el modo de encarar la historia recuerda en más de una ocasión el Heike Monogatari japonés e incluso en algunos momentos se pueden percibir ecos de crónicas medievales europeas… o quizá de su reelaboración para la literatura popular del siglo XX de la mano de Tolkien en El Silmarillion.

Es posible que eso dificulte la entrada en la novela. Acostumbrados a una narrativa más pausada, más centrada en el personaje y su psicología, puede parecer chocante al principio, hasta que a las pocas páginas uno se acostumbra sin problemas a esa forma de narrar y se deja llevar por la peripecia.

Pese a lo mencionado en el párrafo anterior, Liu no descuida la construcción de sus personajes. Al contrario, han sido creados con detalle y coherencia y se comportan como seres vivos reales y complejos. La diferencia es que pocas veces entramos en su cabeza (y, desde luego, nunca hacemos una gira turística en la que asistimos a la menor de las nimiedades que puedan pensar) y son construidos más por su comportamiento y su interacción con otros personajes que por sus procesos mentales.

Tengo que confesar que es muy probable que hubiera tardado más en acercarme a esta novela (aunque habría acabado llegando a ella, los relatos cortos de Liu leídos hasta ahora me parecen magníficos) de no haber asistido a la charla que el autor dio en Salamanca sobre la misma. Tras oír sus opiniones, que comparto en buena medida, sobre algunos de los principales defectos de la hipertrofiada fantasía épica actual, decidí que tenía que darle una oportunidad a esta novela.

No me he arrepentido.

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