Soy muy poco reflexivo cuando escribo. Lo que no quiere decir que no reflexione después; que una vez acabada la novela o el relato no intente descubrir el proceso por el que introduje en él ciertos elementos de cierta manera y no otros de otra manera distinta. A menudo, y eso es curioso, se me escapan muchas cosas, y no es la primera vez que un lector, con un comentario sagaz, me hace darme cuenta de por qué hice lo que hice.

Una de las cosas en las que he caído últimamente es que en mi obra prácticamente no hay ninguna mujer-florero, ninguna damisela en apuros que sirve simplemente para que el héroe de turno la rescate y se la lleve como premio. No es completamente cierto. He creado personajes femeninos que acaban siendo capturadas por el villano y rescatadas por el héroe correspondiente, pero no lo es menos que incluso ellas (como pueden ser la Isabel de El abismo en el espejo o la Laura de Fieramente humano) distan mucho de encajar con el estereotipo de princesa en su torre esperando que el caballero de turno la rescate del temible dragón. De hecho, en algunos casos, acaban siendo ellas las que derrotan al dragón (de nuevo, la Isabel de El abismo en el espejo es un caso claro).

La mayoría de mis personajes femeninos se las apañan muy bien por sí mismas, saben resolver sus propios problemas, no suelen necesitar que nadie venga a rescatarlas y son capaces de abrirse paso por sí mismas en un mundo hostil. Pienso ahora en la Paula de Este incómodo ropaje, policía de homicidios; la Uve de Las astillas de Yavé, detective privado; la Itasu y la Mizuni de El jardín de la memoria, capitán y comandante, respectivamente, de un regimiento imperial; la Katia de Jormungand, espía y líder de una expedición de primer contacto; la Cara de Este relámpago, esta locura, ciberpirata y ladrona de datos; La Andrea de El sueño del Rey Rojo, otra detective privada… Todas ellas tienen sus diferencias pero todas comparten ciertos elementos comunes, como su terquedad, su independencia, su decisión de no rendirse jamás. A menudo son mujeres que ocupan espacios de poder, puestos de responsabilidad; y cuando no es así, es porque son demasiado independientes para encajar en ciertos esquemas y organizaciones. Van por la vida a lo suyo, y no necesitan de otro para ser definidas y saber lo que quieren.

Si alguien me preguntase por qué elijo ese tipo de personajes femeninos, mi respuesta sería muy simple: «porque son los personajes femeninos que me gustan.» Ya está, listo, para qué complicarnos más la vida si, total, no hace falta. Me gustan esos personajes femeninos más que otros, no le demos más vueltas.

Hasta que llega el simpático de turno y me pregunta por qué me gustan esos y no otros.

Podría limitarme a encogerme de hombros y decir: «yo qué sé.». En la interpretación de Les Luthiers eso viene a querer decir: «lo sé, pero por humildad, no lo digo.» Y es que mi bonhomía me pierde, reconozcámoslo.

O también podría dejar de hacerme el gracioso, echar la vista atrás, notar ciertas cosas y reflexionar sobre ellas. Como, por ejemplo, el hecho de a lo largo de mi vida, casi desde niño, me he visto rodeado de mujeres fuertes, independientes y con su propia forma de ver las cosas.

Bueno, ya está, ahora sí, hemos dado con ello, aquí lo dejamos. A lo largo de mi vida me he topado una y otra vez con ese tipo de mujer y eso ha moldeado mis gustos, tanto en la vida como en la literatura. Dejémoslo ahí.

Pero, ¿por qué me he topado una y otra vez con mujeres así? Había las mismas posibilidades de que me topase con otro tipo de mujeres. O con ninguna. O con todos los tipos posibles. ¿Realmente me he topado (algo que implica que yo no he tenido nada que ver con el hecho y ha sido cosa del puro azar) o es que las he ido buscando así?

Y si es lo segundo, ¿por qué?

Bueno, aquí es donde seguramente los freudianos empezarán a salivar de anticipación y a frotarse las manos. Pero como a las charlatanadas de Freud le doy más o menos la misma validez que a la homeopatía, eso no me quita el sueño. Así que sigamos.

Prácticamente desde que tengo memoria, desde mi más tierna infancia, recuerdo que mis padres trabajaban fuera de casa. Los dos. De hecho, mi padre y mi madre trabajaban en la misma empresa, pero eso es ahora irrelevante. Fui creciendo con ese modelo frente a los ojos y, para mí, para el niño «esponja que todo lo absorbe sin reflexión previa» que era, el modelo se convirtió rápidamente en lo normal, en el estándar, en la situación lógica, normal y natural. Tenía un padre y una madre y los dos trabajaban por las mañanas y estaban en casa por las tardes. Y cuando estaban en casa los dos colaboraban por igual en ayudarnos con los deberes a mi hermana y a mí, darnos de merendar o de cenar o limpiar el apartamento o hacer la compra o lo que fuese.

Eso que, que supongo que es algo perfectamente normal hoy día (o debería serlo, pero no me voy a meter en berenjenales), era insólito en la España de finales de los años sesenta y principios de los setenta del pasado siglo. Diría incluso que sumamente insólito. Que, encima, mi madre fuera ascendiendo y con los años acabase ocupando un puesto de responsabilidad en la empresa, era más insólito todavía.

Pero no para mí. Repito, para mí era lo normal, el estándar. Algo sobre lo que ni piensas ni te lo cuestionas por un momento: es el modo «natural» en que se ordenan las cosas. Por tanto, eran las madres de mis amigos las que resultaban extrañas al pasarse todo el día en casa; no la mía.

Añadamos a eso, que mi madre ya por entonces tenía muy claras sus ideas y que no era de esas personas que se limitaban a decirte que tenías razón cuando pensaba que habías dicho una soberana tontería, no importaba el colgajo que tuvieras entre las piernas o lo imponente de tu apariencia. De hecho, algunos de mis recuerdos de infancia son momentos en que mi madre está discutiendo con los miembros varones de su grupo de amigos mientras las demás mujeres guardan silencio; algunas sin duda escandalizadas por ese comportamiento tan poco femenino; otras, sospecho, secretamente encantadas al ver que alguien se atrevía a hacer lo que ellas hubiesen deseado.

(Hago aquí un inciso. Durante todo artículo prácticamente no hablaré de mi padre, lo cual puede llevar al lector a conclusiones equivocadas. No quisiera tal cosa. Estas líneas van de lo que van y, por tanto, es mi madre la protagonista, pero no quiero perder la ocasión de decir que, en aquellos años, había que ser una persona muy madura y segura de sí misma para convivir con una mujer como era mi madre y no dejarse llevar por un montón de presiones sociales que, estoy convencido, tiraban de él hacia otros caminos. No me cabe la menor duda de que mi padre tuvo que oír de otros hombres cosas del estilo de «¿cómo dejas que tu mujer se comporte así? Si fuera la mía, le cruzaba la cara» en más de una ocasión. Tampoco me cabe la menor duda de que nunca hizo el menor caso de esos gilipollas.)

Cuando tuve edad suficiente para fijarme en las mujeres de ese modo que es el responsable de que no nos hayamos extinguido como especie, fue inevitable, supongo, que me sintiera atraído por un cierto tipo de mujer, por lo que yo (a aquellas alturas de un modo totalmente inconsciente) consideraba el estándar.

(¿Complejo de Edipo? Bueno, el complejo de Edipo, como tantas otras mamarrachadas freudianas no es más que la patologización absurda de un hecho totalmente normal y nada patológico: somos primates, aprendemos imitando lo que vemos y creamos pautas de comportamiento y pensamiento a través de esa imitación.)

Lógicamente, cuando empecé a escribir era inevitable que mi mente de escritor acabara tendiendo hacia cierto tipo de personaje femenino. Aunque no lo recuerdo, seguro que en mis primeros intentos narrativos utilicé clichés como el de la princesa en su torre o la heroína raptada por el villano. No lo recuerdo, repito, pero si tenemos en cuenta que casi todos cuando empezamos tiramos de clichés y estereotipos es muy probable que así lo hiciera. Aunque echando la vista atrás, recuerdo algunas de las cosas que escribí en la adolescencia y ya entonces había en mis relatos un cierto tipo de mujer. Quizá no era aún dominante, pero ahí estaba.

Dicho de otro modo, ese estándar de mi infancia, eso que yo entonces consideraba, sencillamente «lo normal» y a lo que no le daba ni le he dado nunca la menor importancia, fue definitivo y definitorio para que fuera, no solo el escritor que soy, sino la persona que soy.

Decía que nunca le he dado la menor importancia. Tampoco le he dado nunca las gracias a mi madre por ser como es y haber vivido como lo ha hecho. Me gusta ser la persona que soy. Cambiaría algunas cosas, por supuesto; y mejoraría otras. Pero en general, me gusta bastante ser como soy y hasta me siento un pelín orgulloso (orgullo tonto, estoy seguro) de algunos aspectos de mi personalidad.

Nos construimos a nosotros mismos a partir de una amalgama de influencias vitales (sin olvidar los factores genéticos, por supuesto, que influyen mucho más de lo que algunos piensan, aunque tal vez menos de lo que otros creen) y lo que somos se lo debemos a una cantidad innumerable de personas, situaciones y experiencias. A todas las que se cruzan en nuestro camino, en realidad.

Pero algunas son más importantes que otras. Y a menudo son las más importantes aquellas en las que no reparamos, tal vez porque su influencia ha sido tan directa y al mismo tiempo tan cotidiana, que ha pasado desapercibida.

Así que quizá ha llegado el momento (y, de paso, ya tengo respuesta cuando algún lector me pregunte por cualquier aspecto de lo que escribo: «la culpa es de mi madre, que me educó así»).

Gracias, mamá.

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