El libro

En 1948, un joven aficionado llamado Marty Greenberg (no confundir con el Martin H. Greenberg que, años más tarde, compilaría varias antologías con Asimov) crea una pequeña empresa editorial, llamada Gnome Press, y decide que sería buena idea recopilar en formato de libro algunas de las series más populares que han aparecido en las revistas de ciencia ficción.

Ya no hablamos de una simple antología, sino de lo que se acaba conociendo como fix-up: un grupo de relatos que comparten un escenario común, cuando no una cierta conexión argumental que va pasando de un cuento a otro; o, dicho de otro modo, una serie de relatos. Es una fórmula que la ciencia ficción lleva un tiempo probando y la idea de agrupar todos esos relatos dispersos en uno o varios libros es tan evidente que resulta sorprendente que a nadie se le haya ocurrido todavía.

De hecho, la pequeña editorial de Greenberg publicará durante los años cincuenta un buen montón de libros, buena parte de los cuales no tardan en convertirse en clásicos del género. Baste mencionar, por centrarnos sólo en unos pocos, obras como Ciudad de Clifford Simak, el Conan de Robert E. Howard, Mutante de Henry Kuttner (aunque aparece con el pseudónimo de Lewis Padgett, con el que Kuttner y su mujer, C. L. Moore, firmaban a menudo sus obras), Los hijos de Matusalén de Heinlein o Preludio al espacio de Arthur C. Clarke.

Y, por supuesto, Yo, robot, Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación de Isaac Asimov.

Cuando Asimov firma el contrato con Gnome Press para Yo, robot es muy probable que no espere que su libro sea un superventas. De hecho, es posible que no confíe en que se venda demasiado, no solo porque hablamos de una pequeña editorial sin grandes medios, sino porque, debió de pensar, la gente ya había leído esos relatos en la revista, ¿para qué iban a pagar por tenerlos todos en un solo volumen? Quizá que el principal motivo por el que acepta reunir sus cuentos de robots en un libro sea por pura satisfacción personal.

En cualquier caso, no se limita a tomar sus cuentos de robots, ordenarlos como crea conveniente y entregárselos al editor. Para que el libro funcione como una unidad escribe una nueva historia que, en cierta forma, engloba todas las demás y funciona como pretexto para ir presentando cada uno de los cuentos. Es un método muy común en los fix-up de relatos y Asimov no sería el único en usarlo. Eso hace aparecer el libro como una especie de «semi novela» y lo vuelve, o esa es la idea, más atractivo para el público.

Ese supuesto atractivo extra existe cuando la historia que sirve de enlace tiene sentido por sí misma y no se limita a ser una excusa. En el caso de Yo, robot, Asimov decide acertadamente usar a Susan Calvin como hilo conductor de todo el libro: un periodista acude a entrevistarla cuando ya es anciana y la ácida robopsicóloga irá recordando las viejas historias de robots, ya sea de forma directa por haber estado involucrada en ellas, ya de forma indirecta por haber conocido a alguno de los involucrados (como es el caso de Powell y Donovan). De hecho, Asimov modifica el primer cuento, «Robbie», y le añade varios párrafos en los que presenta a una jovencísima Susan Calvin que participa de refilón en la historia.

Como he dicho, usar a la robopsicóloga como hilo conductor es todo un acierto: su personalidad está presente de este modo durante todo el libro y lo dota de una estructura creíble y coherente y una lógica interna que lo hace funcionar como una unidad narrativa.

Es curioso que, al final del libro, Asimov mate a Susan Calvin (la entrevista tiene lugar cuando la doctora ya es una anciana y el periodista termina diciendo que muere poco después), como si no pensara volver a usar el personaje. ¿Se había cansado quizá de los cuentos de robots, como le pasó en su momento con la Fundación, o simplemente pensaba que la doctora ya no tenía gran cosa que aportar a la serie… o tal vez le pareció un buen recurso dramático en ese momento y no se planteó sus consecuencias a posteriori?

Difícil saberlo. Lo que sí es cierto es que Susan Calvin volverá y, de hecho, estará presente a lo largo de toda la vida de Asimov. De un modo esporádico (a veces con varios años entre cuento y cuento) pero sin irse jamás del todo. De hecho, el último cuento que escribió sobre Susan Calvin, «Visiones de robot», apareció en 1990, apenas dos años antes de la muerte de Asimov.

Leído hoy, Yo, robot es un libro irregular, con un puñado de cuentos bastante buenos (los de Powell y Donovan), varios que, siendo sinceros, resultan prescindibles («Robbie» o «El conflicto evitable») y dos o tres (como «¡Fuga!» o «El pequeño robot perdido») que podemos situar sin problemas entre sus mejores cuentos de robots. En realidad, el libro funciona como tal (por encima de la calidad de cada relato individual) gracias a la historia-puente que lo vertebra; no sólo por el modo en ayuda a matizar aún más el personaje de Susan Calvin, sino porque le da una unidad argumental y de estructura que no habría tenido si hubiera sido una simple recopilación de cuentos de robots.

Si Un guijarro en el cielo, como primera novela, justifica que uno se sienta razonablemente orgulloso de haberla escrito, Yo, robot, como primera recopilación de relatos, no es tampoco un mal volumen. Podríamos decir que los dos primeros libros de Asimov en el mercado son una carta de presentación más que aceptable.

También podríamos decir que prometen, más que dan. Que nos presentan las semillas de lo que será el autor en el futuro, más que los frutos.

 

Los relatos

El  primer cuento de robots que escribió Asimov, y el primero en aparecer en el libro, es «Robbie», un relato que Asimov intentó presentar a Campbell, pero que este rechazó (y su amigo Fred Pohl, como ya había hecho en otras ocasiones, le explicó previamente por qué el editor de Astounding no lo iba a aceptar) y que terminaría apareciendo bajo el título de «Strange Playfellow» (Extraño compañero de juegos) en otra de las revistas que había en la época.

Aunque a lo largo de la historia no se mencionan de forma explícita las famosas tres leyes de la robótica (es posible que por aquella época aún no estuvieran formuladas de un modo concreto y detallado), el comportamiento de su niñera artificial sí que encaja con ellas. Sin duda, su presentación del robot como una simple pieza de maquinaria, regida por un programa que dicta su comportamiento y, por tanto, alejado de los dos clichés imperantes en la época en el tratamiento de los robots (los que el propio Asimov describe como «el robot como amenaza» y «el robot como pathos»), es bastante original e inaugura (sin saberlo en aquel momento y seguramente sin pretenderlo) un giro bastante radical en ese tipo de historias. Con el tiempo, serían otros cuentos de Asimov los responsables de dirigir ese giro, pero entretanto «Robbie» no es una mala carta de presentación.

Cierto que el relato tiene un claro bajón de ritmo hacia la mitad y que resulta demasiado sentimental en ocasiones (no llega a caer en lo sensiblero, pero lo roza). Pero en el haber tiene elementos que compensan con creces sus defectos.

No sólo la relación entre la niña y su robótica niñera está magistralmente descrita, sino que a lo largo de todo el relato hay una distante y casi imperceptible ironía que le da a la historia una fuerza que un tono más emotivo, más «implicado» emocionalmente, no habría conseguido. La familia que nos presenta en el relato, por otra parte, es curiosamente disfuncional en más de un aspecto y, de hecho, el retrato que traza de una familia americana de clase media se acerca a la caricatura en más de un momento.

Aunque Asimov no es consciente de ello, está incorporando a su forma de narrar elementos tomados de P. G. Woodehouse, el humorista británico del principios del siglo XX. Poco a poco, esos elementos se irían haciendo más visibles en su modo de escribir y, en algunos casos, Asimov llegaría a escribir cuentos totalmente «woodhousianos».

«¡Embustero!» y «Razonamiento» son los siguientes relatos de robots que publica Asimov. En ambos cuentos quedan establecidas la mayoría de las características de ese tipo de tipo de historias. Aunque en ellos aún no se mencionan de forma explícita las tres leyes de la robótica, van quedando claras cuáles son estas dentro del propio desarrollo de los relatos.

«¡Embustero!» es la primera aparición de Susan Calvin, uno de los más famosos (y mejor construidos) personajes de Asimov. Lo curioso es que la Calvin que vemos aquí es un tanto distinta a la que aparecerá en cuentos posteriores: más frágil, menos incisiva y, sobre todo, bastante más cerca de un cierto estereotipo femenino de la época de lo que lo será después. De hecho, parece claro que Asimov no tenía en mente seguir escribiendo historias con ella: la crea para ese relato porque la trama le exige un personaje de esas características y no será hasta algún tiempo después cuando le dé verdadera dimensión humana.

Por otro lado, «¡Embustero!» inaugura lo que será una de las características fundamentales de muchos de los cuentos de robots de Asimov: una vez establecidas las tres leyes de la robótica y el modo en que actúan, hay que ponerlas a prueba de alguna forma, tantear sus límites y, con el tiempo, ir más allá. En este caso, la capacidad telepática del robot que aparece en el relato redefine el concepto de «daño» para la programación robótica y acaba situando a la máquina en un callejón sin salida.

Más interesante es «Razonamiento», donde hacen su aparición Gregory Powell y Mike Donovan, enfrentados a un robot que, a pura fuerza de razonamiento, ha deducido la existencia de Dios y cuál es su papel en el universo, con la consecuencia de que considera a los hombres un experimento fallido de la divinidad, el primer intento de construir una criatura racional que, por supuesto, culmina en los robots. Es un relato humorístico bastante bien llevado bajo que el que hay una sátira consciente y un tanto demoledora de la religión y el modo en que la creencia influye en la percepción del universo.

Con «Robbie», «¡Embustero!» y «Razonamiento», Asimov ya podía decir con toda justificación que tenía una serie en marcha. Los tres relatos comparten los suficientes elementos de escenario (aparte del evidente uso de los robots) para ser considerados parte de una serie y, además, desconozco si por pura suerte o de forma deliberada, Asimov ha creado esas primeras historias de un modo lo bastante abierto para que sea una serie de duración indefinida. Con las premisas que ha elegido, puede pasarse el resto de su vida escribiendo cuentos de robots (en cierto modo lo hizo, podríamos decir) o abandonarlos en cuanto el público se canse de ellos sin que la serie se resienta o se quede a medias. No hay un lazo argumental que los una y que, por tanto, esté pidiendo un desarrollo o una conclusión: sólo elementos de ambientación y, por supuesto, los robots y el modo en que son afectados por las tres leyes de la robótica.

En aquel momento, tal como el mismo Asimov reconoce, en su fuero interno eran Powell y Donovan los protagonistas humanos de la serie: de carácter simpático y decidido, incluso algo campechano, creados para que el lector empatizara con ellos sin problemas, parecían la elección obvia. Paseando de un lado a otro del sistema solar para probar nuevos modelos de robots y solucionar los problemas que se presentasen, todo parecía indicar que estaban llamados a convertirse en una de las creaciones más exitosas de Asimov.

Podríamos decir que los cuentos de Powell y Donovan son un caso de fan fiction. John W. Campbell Jr., antes de iniciar su labor como director de Astounding y abandonar la literatura casi por completo, había escrito unos cuantos relatos de ciencia ficción. El más memorable es, seguramente, «¿Quién anda ahí?», que sería el origen de la película El enigma de otro mundo y de su remake (La cosa) a manos de John Carpenter, mucho más cercano al original literario que la primera versión.

Campbell tenía una serie bastante exitosa cuyos protagonistas, Penton y Blake, recorrían el sistema solar conociendo distintas especies en cada planeta y resolviendo con ingenio situaciones apuradas. A Asimov le gustaba mucho esa serie cuando aún era un joven que se limitaba a leer ciencia ficción y, sin duda, sus historias de Powell y Donovan son en buena medida la obra de un fan que está haciendo su propia versión de lo que tanto le ha gustado.

En cualquier caso, no tardó en verse que Powell y Donovan no iban a ser el hilo conductor de la serie de los robots. Ambos se convierten enseguida en poco más que una nota a pie de página (una nota vital y agradable, cierto) y el protagonismo les es robado casi sin que se den cuenta por esa Susan Calvin que está llamada a convertirse en uno de los mejores personajes asimovianos.

En febrero de 1942, se publica «El robot AL-76 se extravía», que Asimov prefiere no incluir en Yo, robot a causa de su carácter humorístico. Lo cierto es que, con humor o sin él, es un relato flojo que poco o nada aporta a la serie.

«Círculo vicioso», sin embargo, es bastante más satisfactorio. Es una nueva entrega de la breve serie protagonizada por Powell y Donovan y, como en todos los relatos de estos dos personajes, se trata de buscarles las vueltas a las tres leyes de la robótica; será en esta historia, por cierto, donde aparezcan citadas por primera vez de forma explícita. Los cuentos de este estilo (una especie de relato-puzle en el que hay que ir encajando las piezas poco a poco hasta llegar a la resolución final) se le daban bastante bien a Asimov y «Círculo vicioso» no es un mal ejemplo. La situación está bien planteada, el relato tiene cierto toque de humor sin pretender ser gracioso a toda costa y el enigma está resuelto con ingenio.

«¡Fuga!» (rebautizado por Campbell como «Fuga paradójica» y restaurado su título original cuando se incluye en Yo, robot) es un nuevo relato de robots con Powell y Donovan, con la salvedad de aquí Susan Calvin vuelve a hacer su aparición. Y ahora sí que podemos decir que es para quedarse.

La historia sigue la fórmula de los otros cuentos de robots: buscarle las cosquillas a alguna de las tres leyes de la robótica y ver cómo solucionar una situación aparentemente irresoluble.

Visto hoy, sin embargo, quizá el principal punto de interés del relato es el modo en que Susan Calvin, con su sola presencia, convierte en secundarios a Powell y Donovan, hasta entonces concebidos como protagonistas de la serie. De un plumazo, Asimov crea su mejor personaje femenino (como ya dijimos, la Susan Calvin que aparece en «¡Embustero!» es poco más que un esbozo de lo que llegaría a ser) y, aunque en posteriores relatos la irá definiendo con más detalle, es en «¡Fuga!» donde establece sus principales características.

Susan Calvin es fuerte, decidida, enormemente inteligente y, sobre todo, consciente de que está rodeada de hombres menos inteligentes que ella que saben que lo son pero jamás lo reconocerán. La consecuencia es que está frustrada tanto emocional como sexualmente (en parte porque los hombres que podrían estar a su altura nunca la verán como objeto de deseo y en parte porque los que podrían verla así jamás estarán a su altura) y, por tanto, acaba desviando sus afectos hacia los robots, cosificando en cierta manera a los humanos y ascendiendo al rango de personas a los autómatas. Susan Calvin es una outsider que nunca formará parte del sistema, por más que el sistema la necesite para funcionar; que quisiera integrarse en él pero no está dispuesta a hacerlo en las condiciones que el sistema le ofrece. La alternativa es la soledad y la frustración y los únicos que verán sus verdaderas emociones son los hijos que nunca ha tenido y los amantes que quisiera tener: los robots. Y, de hecho, los únicos humanos por los que se permite sentir una respuesta emocional cálida son sospechosos de ser robots en realidad, como veremos más adelante.

«¡Fuga!», por otro lado, está revestido de una suave pátina humorística casi imperceptible que hace que sea uno de esos relatos que se te quedan grabados enseguida y que, al terminar, te dejan muy buen sabor de boca: delirante es toda la secuencia de Powell y Donovan experimentando alucinaciones en un estado cercano a la muerte, y claramente humorístico el modo en que el ordenador de US Robots & Mechanical Men se convierte en un genio malicioso (se vuelve un poco loco, por así decir) para evitar que una contradicción lógica le acabe friendo los circuitos. Un humor del estilo de P.G. Woodehouse, un autor que, como ya hemos dicho más arriba, es una de las influencias reconocidas y reconocibles de Asimov.

El siguiente relato de robots que aparece publicado es «Prueba circunstancial» y Powell y Donovan parecen haber desaparecido del mapa y está claro que es Susan Calvin la protagonista de la serie. ¿Y a qué se enfrenta ahora? A un político, honrado y escrupuloso, al que su rival acusa de ser un robot.

El cuento profundiza aún más en la personalidad de Susan Calvin quien, paso a paso, va convirtiéndose uno de los mejores personajes de Asimov. Cuando queda claro que el político en cuestión es un ser humano (ha sido capaz de golpear a otro hombre, cosa que un robot no podría hacer nunca a causa de la Primera Ley) ella es la única que ve la posible trampa y da con el modo en un robot podría haber trucado todo el asunto.

Pero no le importa. No sólo eso, en el fondo lo prefiere. Los robots, dice, son fiables: diseñados para servir al hombre, para no hacerle daño jamás, para cumplir sus órdenes (pero nunca a costa de hacer daño a otros seres humanos), son en realidad todo lo que un ser humano decente debería ser. Y el ser humano más decente del planeta es, concluye Calvin, un robot.

Es la primera vez (tras su arranque de fría y fiera venganza por la humillación sufrida en «¡Embustero!») en que vemos a Susan Calvin mostrar una respuesta emocional de algún tipo. Con Stephen Byerley, el político que podría ser un robot, es cálida, es amable y está dispuesta a apoyarlo hasta el final. Y es así porque está convencida de que sus rivales tienen razón y es un robot.

Estamos ante un relato que plantea varios dilemas morales, unas cuantas preguntas espinosas. También aparenta resolverlas, si damos por bueno el razonamiento de Susan Calvin. Sin embargo, ¿lo es? ¿Es preferible ser tutelados por un benévolo robot que no tiene otra prioridad que nuestro bienestar o somos lo bastante adultos para cuidar de nosotros mismos? Incluso, aunque no lo seamos, ¿no tenemos acaso derecho a ser los artífices de nuestro propio destino, aunque eso nos conduzca al desastre?

La respuesta a esas preguntas tendrá ocupado a Asimov durante buena parte de su carrera como escritor de ciencia ficción. De hecho, en este relato en el que un posible robot acabará llegando a coordinador mundial (Presidente Planetario, como si dijéramos) está el embrión de ese futuro R. Daneel Olivaw que dirigirá en la sombra el destino de la humanidad durante más de veinte mil años.

Claro que aún falta mucho tiempo para que Asimov decida unir sus dos series de ciencia ficción más populares en una sola y haga que el vínculo entre ambas sea R. Daneel. De hecho, aún faltan unos años para que R. Daneel sea creado como contrapunto de Elijah Baley.

«Pequeño robot perdido», el cuento que Asimov publica en 1947, es de nuevo protagonizado por Susan Calvin. Y en él vamos viendo nuevos aspectos de la doctora, esta vez más directamente relacionados con su profesión de robopsicóloga.

De hecho, Calvin comprende el proceso mental de los robots como nadie y, durante todo el cuento, es capaz de manipularlos de un modo maestro.

El relato, por otro lado, es una historia de misterio (como lo va siendo poco a poco mucho de lo que Asimov escribe, ya sea o no ciencia ficción) y, durante todo su desarrollo, la tensión dramática se mantiene de un modo envidiable. A medida que el cerco al robot extraviado se va estrechando y los intentos de éste por no ser localizado se van volviendo más y más desesperados, el ritmo de la historia se va acercando cada vez más al de un thriller y, cuando llega la conclusión y salta la trampa, casi respiramos aliviados. Como en los mejores momentos de Hitchcok, Asimov ha sabido construir una relato de intriga y suspense trepidante y ha ido subiendo en él la intensidad dramática sin perder en ningún momento ni el pulso ni el ritmo de la historia ni, mucho menos, el desenlace hacia el que tiene que precipitarse.

Creo que se puede decir sin temor a equivocarse que «Pequeño robot perdido» es el mejor de los cuentos de robots que Asimov escribe en los años cuarenta.

El último de los relatos incluidos en Yo, robot es «El conflicto evitable», una continuación en cierta medida de «Prueba circunstancial»; aquí vemos a Stephen Byerley (el supuesto robot camuflado de humano) convertido en coordinador mundial del planeta Tierra y acudiendo a Susan Calvin para que investigue lo que parece ser un mal funcionamiento de los superordenadores que gestionan los recursos del globo. Es una historia que narrativamente no está entre lo mejor de su autor: la peripecia es mínima y se sostiene en una idea que no resulta ni especialmente atractiva ni muy memorable. No es un mal relato, porque para entonces Asimov tiene oficio suficiente para mantener el interés en casi cualquier cosa que escriba, pero no está a la altura de otros cuentos de robots anteriores y ni siquiera Susan Calvin consigue brillar demasiado en él.

Quizá lo más interesante es que en «El conflicto evitable» está el embrión de lo que, andando el tiempo, se convertiría en la Ley Cero de la robótica. Pues las máquinas todopoderosas que gestionan el planeta tienen en cuenta, no el bien del ser humano individual, sino de la Humanidad como conjunto, una idea sobre la que Asimov volvería años más tarde, cuando empiece a trabajar en la unificación de la serie de los robots con el ciclo de la Fundación.

 

Conclusión

Comentemos algunas de las características principales de los relatos asimovianos de robots. La primera es el esquema argumental que, con pequeñas variaciones, se mantendrá durante todos ellos: una vez establecidas las tres leyes fundamentales que rigen el comportamiento del robot, las distintas historias tendrán como objetivo ponerlas a prueba, buscar los huecos por los que algo se puede colar y, en general, jugar con su interpretación e implementación.

Estas leyes, que han sido repetidas hasta la saciedad, son las siguientes:

  1. Un robot no hará daño a un ser humano ni permitirá, por inacción, que éste sufra daño.
  2. Un robot obedecerá las órdenes de un ser humano excepto si éstas entran en conflicto con la Primera Ley.
  3. Un robot salvaguardará su propia existencia excepto si esto entra en conflicto con la Primera o Segunda Ley.

Con estas tres sencillas premisas (Asimov siempre atribuyó su formulación explícita a Campbell, mientras que éste siempre insistió en que se debían totalmente a Asimov) se van construyendo las distintas historias. Y casi siempre parten de una aparente violación de alguna de las leyes (si un robot no puede dañar a un ser humano, ¿cómo es que uno parece haber matado a un hombre?, por ejemplo) para terminar la historia demostrando cómo éstas se han cumplido en todo momento. Son, en su mayoría, relatos-puzle, donde las distintas piezas del rompecabezas van encajando y el paisaje que, en principio, parece ambiguo queda totalmente claro con el ensamblaje de las últimas.

Son, en realidad, reglas éticas, más que leyes informáticas. De hecho, podríamos decir que son las leyes de comportamiento del buen ser humano. No tenemos más que reformularlas del siguiente modo:

  1. Un ser humano no hará daño a otro ni permitirá, por inacción, que éste sufra daño.
  2. Un ser humano obedecerá las leyes vigentes, excepto si éstas entran en conflicto con la Primera Ley.
  3. Un ser humano preservará su propia existencia, excepto si esto entra en conflicto con la Primera o Segunda Ley.

Evidentemente, la total aplicabilidad de esas tres normas de comportamiento ético es un tema como poco discutible. Pero sin duda son una buena base a partir de la que construir algo, y Asimov así lo veía. No tarda en encariñarse con sus criaturas y las muestra, casi siempre, como seres fundamentalmente decentes y altruistas. Se podrá discutir sobre el mérito de un comportamiento decente y altruista si uno se limita (y no puede hacerlo de otro modo) a seguir la programación implementada en sus circuitos; pero, claro, ¿acaso nosotros no seguimos la programación implementada en nuestros circuitos genéticos, por no mencionar la que la educación y el ambiente van grabando en nosotros durante nuestro desarrollo? Con el tiempo, a medida que los relatos de robots van evolucionando (y lo hace el propio Asimov como escritor) la distinción entre hombre y robot empezará a volverse difusa.

Otro elemento característico es que los robots siempre se nos presentan como máquinas, como herramientas industriales diseñadas para cumplir una función. Esto, que hoy nos parece de cajón, no lo era tanto en esa época, donde el robot tendía a ser presentado bien como una amenaza, bien como una criatura doliente en busca de redención. Asimov se señala a sí mismo como responsable de haber acabado con esas dos tendencias y haber inaugurado un nuevo modo de tratar literariamente a los robots. Aunque no puedo garantizar que eso sea cierto al cien por cien, tampoco he encontrado indicio alguno de lo contrario, así que doy por buena su afirmación.

Lo que resulta curioso es que, aunque elimina el concepto de «robot como amenaza», esa idea sigue presente (y lo seguirá durante toda la serie) en el modo en que el humano de la calle contempla a los robots. El llamado «complejo de Frankenstein» (que podría resumirse como el miedo del creador a ser reemplazado por su criatura) está presente en la mayoría de los cuentos de robots de Asimov y, en algunos casos, es el detonante narrativo para parte de ellos. Hablaremos de esto más a fondo cuando lleguemos a Bóvedas de acero, su primera novela de robots.

Por último, es de destacar que de todos sus cuentos de esa época, son curiosamente los de robots los que más desfasados se han quedado tecnológicamente. No por los propios robots, sino por la parafernalia tecnológica (y especialmente informática) que los rodea. Los ordenadores que aparecen en estos relatos son invariablemente máquinas enormes y poco versátiles a las que no se puede programar en lenguaje natural (hay que traducir las órdenes, a mano, a simbología matemática antes de dárselas al ordenador) y de capacidad bastante limitada. Resulta curiosa esa contradicción entre los robots (que no dejan de ser ordenadores móviles), criaturas inteligentes y versátiles a los que se puede programar de viva voz, y esos ordenadores pesados y engorrosos de programar que pueblan sus cuentos.


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