Como muchos otros niños de mi generación, mi primer acercamiento al personaje de Tarzán fue a través del cine, concretamente a través de las películas protagonizadas por Johnny Weissmuller, el más popular de los tarzanes cinematográficos y responsable del famoso grito que se ha convertido en marca de fábrica del personaje. Vistas hoy, confieso que lo más memorable de esas películas me parece la presencia de Maureen O’Sullivan como Jane.

No fue el único, recuerdo algunas películas de Lex Barker y varias más, en la época de esplendor, por así decir, del explotation europeo, de diversa factura y resultado.

Como sea, casi todas estas producciones cinematográficas daban la misma visión de Tarzán: un tipo tosco, que apenas sabía hablar y de instintos primarios. Básicamente un salvaje poco sofisticado de increíbles aptitudes atléticas. Sus aventuras tendían a ser más bien rutinarias: por lo general, un hombre blanco (o una expedición de ellos) irrumpía en el Edén tarzanesco con aviesas intenciones. Tarzán, llevado por su ingenuidad o por sus deseos de no contrariar a Jane, confiaba en él y acababa poniendo en peligro su vida. Con la afortunada intervención de algún animal (ya fuera Chita, ya fuera un elefante amigo que acudía a la llamada de socorro del señor de la selva) conseguía liberarse y, no sin antes enfrentarse a un enorme cocodrilo de plástico y saltar de árbol en árbol usando varios trapecios circenses estratégicamente situados, tomaba cumplida venganza sobre los malvados blancos.

Cuál sería mi sorpresa cuando un día descubrí, en la biblioteca de mis padres, la edición de Círculo de Lectores de la primera de las novelas, Tarzán de los monos. Encuadernada en tapa dura y con unas hermosas ilustraciones de Ballestar, enseguida llamó mi atención y no pasó mucho tiempo antes de ponerme a leerla.

No tardé en descubrir que el Tarzán literario se parecía al cinematográfico en poco más que el aspecto y uno o dos elementos de ambientación. El Tarzán creado por Burroughs, si bien criado por monos, acababa aprendiendo a leer por sí mismo usando los libros infantiles de la cabaña de sus padres muertos, aprendía sobre el mundo de los hombres civilizados y sus costumbres y era, en general, un individuo mucho más sofisticado que su equivalente en la pantalla. De hecho, cuando termina la primera novela, Tarzán habla con fluidez inglés y francés (además, por supuesto, de la lengua de los monos gigantes que lo criaron y varios dialectos de la selva) y se mueve por la civilización humana con total soltura, aunque no ha perdido su naturaleza salvaje.

Y yo me preguntaba, ¿por qué? ¿Por qué esa simplificación grosera en el cine de un personaje que, para mi mente infantil, tenía un potencial enorme?

Potencial que acabaría descubriendo del todo cuando, merced a un amigo que me fue prestando las siguientes novelas, iría descubriendo más y más sobre Tarzán y su entorno. Recuerdo que las novelas eran de su padre y que las guardaba bajo llave en un estante cerrado en el salón de su casa, como si fueran su tesoro más preciado, y que la idea de prestarlas, y mucho menos a un niño, no le hacía demasiada gracia. Era toda una odisea acercarnos allí mi amigo y yo cuando no estaba su padre, abrir el estante y coger una o dos novelas, que luego leía con extremo cuidado de no dejar marca alguna para devolverlas a su lugar al cabo de unos días y hacerme con otra más. Recuerdo que eran las ediciones de Gustavo Gili, una editorial barcelonesa de la época, y que las portadas solían ser normalmente fotogramas coloreados de alguna película de Weissmuller o, mucho menos a menudo, Barker.

Las tres primeras novelas discurrían por un entorno aventurero más o menos realista (siempre que pensemos que es realista hablar de una especie de grandes antropoides con lenguaje articulado y de un niño, criado por ellos, que aprende a leer por sí mismo simplemente ojeando unos manuales escolares), pero a partir de determinado momento, cuando aparece la ciudad perdida de Opar, la cosa cambia y las aventuras tarzanescas dan un giro hacia el pulp más desenfrenado y se llenan de elementos fantásticos: ciudades perdidas llenas de oro, valles en los que el tiempo se ha detenido y están llenos de monstruos y animales míticos, descendientes de legionarios romanos que siguen viviendo como si aún estuvieran en la antigua Roma, caballeros medievales atrapados desde tiempos inmemoriales en zonas aisladas, civilizaciones semi humanas en las que, curiosamente, el macho de la especie es un bruto peludo y simiesco pero la hembra suele ser una mujer de belleza apabullante, como la sacerdotisa de Opar… El África de Tarzán está repleta de misterios, aventuras y lugares fabulosos. Todo un filón del que el cine podría haber echado mano en lugar de limitares al «Yo, Tarzán, tú Jane» y a repetir una y otra vez el mismo esquema narrativo (¿cuántas veces caía el mismo porteador negro, pobre hombre, por la montaña? ¿A cuántos cocodrilos de goma acuchillaba Tarzán? ¿Cuántas veces caía víctima de su ingenuidad para ser rescatado por uno de sus amigos animales?).

Nunca entendí esa cortedad de miras del cine. Cierto que en producciones más recientes se ha intentado dar una imagen del personaje más cercana a los libros, pero también es cierto que el resultado no ha sido en general muy positivo.

Entretanto, yo seguía recorriendo ese África misteriosa y llena de maravillas en compañía de John Clayton, ese hombre que tan cómodo se encontraba en Londres ejerciendo de Lord Greystoke como en la selva pavoneándose ante los otros monos. Y disfrutando de cada página, de cada nuevo enemigo, de cada sorpresa, de cada nuevo secundario que se añadía, cada nueva ciudad perdida, cada nuevo anacronismo, cada…

El África de Burroughs es puro pulp, lo que no tiene nada de extraño, ya que fue en ese tipo de literatura en el que se movió toda su vida, ya fuera con el ciclo de Barsoom, el de Venus o el de Pellucidar. De hecho, anticipándose a modas más modernas, tuvo la visión comercial de mover sus héroes de un ciclo narrativo a otro y crear cossovers entre ellos, como cuando Tarzán acaba visitando Pellucidar, sin ir más lejos.

Las aventuras de Tarzán, el de verdad, no esas pálidas imitaciones, groseras, tontas y simplistas que hemos visto en las pantallas todos estos años, fueron uno de mis fetiches de la infancia. Aún hoy, cuando he conseguido (en distintas ediciones y en diferentes estados de conservación) reunir todas las novelas que Burroughs escribió sobre el personaje, siguen siendo una lectura fascinante. Llena de tópicos, cierto, con villanos a menudo ridículos y personajes de una pieza y sin demasiadas complicaciones, pero llena al mismo tiempo de maravilla, fantasía, misterio y emoción. Pulp en estado puro, sin pretender ser otra cosa y sin necesidad de pedir disculpas por ello.

Para la mayoría de los aficionados a la ciencia ficción es el ciclo de Barsoom, protagonizado por John Carter, su favorito de entre la obra de Burroughs. En mi caso, tengo que confesar que mi corazón se inclina hacia Tarzán de los monos, John Clayton, Lord Greystoke, marido de Jane Porter, señor de los Waziri, padre de Korak, amo de Jad-bal la, el león de oro y muchas otras cosas que me dejo en el tintero.

 

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