En 2014 y con destino al periódico oficial del festival, «A quemarropa», la Semana Negra de Gijón me pidió un breve artículo sobre las distopías. Un año después de su publicación original, me ha parecido un buen momento  para recuperarlo en este blog.

Como todas las literaturas, la ciencia ficción es hija de su tiempo. Y, por tanto, construye sus ficciones y especulaciones a partir del presente. Es un espejo del mundo en el que ha sido creada, como siempre es el arte. Si la novela negra utiliza un microcosmos de sangre y violencia para reflejar el macrocosmos de la realidad y el terror acude a nuestros miedos más profundos para mostrarnos cómo somos en lo más hondo y la novela histórica usa el pasado como reflejo y reflexión del presente, la ciencia ficción hace lo propio con el futuro; no con intención profética, sino simplemente especulativa, reflexiva o crítica.

Y, a veces, como desahogo, como grito articulado en forma de historia, como catarsis ante un presente que parece un callejón sin salida. Y el futuro que construye entonces es negro, desesperado, un reflejo deformado que amplifica lo peor de nuestro presente y que se pone ante nuestros ojos como advertencia.

Fue Tomás Moro quien inventó el término «utopía» en la obra del mismo nombre. Término que, en principio, significa «lugar inexistente» y que no tardó en derivar hacia la presentación de una sociedad ideal en la que los problemas de la humanidad habían sido solucionados. De hecho, el adjetivo «utópico» ha pasado al lenguaje común como descripción de aquello que es infinitamente bueno y totalmente imposible.

Pero no todas las utopías literarias fueron, por hacer un chiste fácil, utópicas. Algunas no tardaron en presentarnos no una sociedad ideal sino todo lo contrario: un mundo represivo que era, en cierta forma, un callejón sin salida social. A este tipo de historias se las denominó en un principio «anti utopías», pero no tardó en acuñarse en término más ufónico «distopía» para categorizarlas.

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La distopía ha estado presente en la ciencia ficción casi desde sus inicios. H G Wells (el verdadero padre de la ciencia ficción, al menos para para quien esto escribe) usó elementos claramente distópicos en varias de sus novelas.

En La máquina del tiempo (1895) nos muestra una sociedad en un remoto futuro cuya apariencia no puede ser más idílica, pero no tardamos en ver que bajo los pacíficos e indolentes Elois habitan los Morlocks, auténticos dueños del mundo que usan como ganado a los Elois.

En Cuando el dormido despierte (1899) asistimos a una aparente utopía en la que el hambre y la enfermedad han sido erradicados… a costa de ser esclavos de las grandes multinacionales y de que solo cuente la economía; otros planteamientos, como la ética, han quedado obsoletos. Tema, por otro lado, que es uno de los clichés habituales del cyberpunk. No es extraño que Wells lo anticipase, dado que anticipó buena parte de los temas principales de lo que sería la posterior ciencia ficción: el viaje en el tiempo, la invasión extraterrestre, la manipulación genética, las mutaciones…

Yevgueni Zamiatin crea en Nosotros (1922) una distopía en la que el Estado controla los aspectos más personales del ciudadano, llegando a gobernar incluso su pensamiento. De este modo, el individuo desaparece para convertirse en un simple número.

La obra de Zamiatin influiría notablemente en posteriores autores, especialmente en Aldous Huxley, cuyo Un mundo feliz (1932) le debe mucho al ruso. Huxley nos presenta un futuro donde los individuos son alterados científicamente desde el nacimiento para condicionar su futuro profesional y crear «humanos especializados», dejando de lado sus propias capacidades intrínsecas e incluso su libre albedrío. Estas criaturas son mantenidas en un estado de permanente satisfacción a base de drogas, sexo y diversiones. El viejo «pan y circo» romano pasado por el tamiz de la ciencia ficción.

Por supuesto, la distopía más famosa es 1984 (1949) de George Orwell, que nos presenta un mundo en una guerra continua —y falsa— donde los ciudadanos tienen el deber y la obligación de ser felices mientras sirven a un todopoderoso estado representado por la figura del Hermano Mayor (sí, «Gran Hermano», como otras tantas expresiones que se han hecho comunes, es un caso de mala traducción) y en el que el pasado y el presente son continuamente cambiados y reescritos para acomodarse a la mitología estatal. Vista en principio como una simple crítica al estalinismo, la obra de Orwell va mucho más allá de eso y representa, sin duda, uno de los mayores y más desesperados gritos de rebeldía ante el totalitarismo que jamás se han escrito.

Recalco lo de «desesperado», porque si hay una constante en el género distópico es la idea de que no hay salida. Salvo contadas excepciones, el sistema vence y el callejón sin salida social que nos muestra la distopía se convierte en eterno. Winston Smith termina amando al Hermano Mayor, la revolución siempre pierde, la guerra es eterna y el odio es amor. Peor: la revolución es secretamente creada y alimentada por el sistema y utilizada por éste como válvula de escape.

La película Metrópolis (1927), de Fritz Lang, que es casi una distopía de manual en buena parte de su metraje, es una de las excepciones a esa regla. La falsa utopía que nos presenta (construida sobre el trabajo y la miseria de la clase trabajadora) acaba reconociendo sus errores y es capaz, pacíficamente, de poner coto a sus excesos. Ese final en el que «el corazón es el intermediario entre el cerebro y la mano» no es muy habitual en el género distópico. Y con razón: si algo nos muestra la historia es que no es precisamente a base de diálogo y buena voluntad como se sale de las situaciones de opresión.

A lo largo del tiempo, los elementos distópicos han ido variando en importancia en la ciencia ficción. Son escasos durante la Edad de Oro del género (los años Cuarenta del siglo XX), pero asoman con claridad en la década siguiente y no es casual que ésta esté presidida por el McCarthismo y su caza de brujas. Novelas como El síndico (1953) de Cyril Kornbluth o Mercaderes del espacio (1953) de Kornbluth y Frederick Pohl tienen claros elementos distópicos en las sociedades que presentan: la primera, dominada por la mafia; la segunda por el capitalismo desatado y sin frenos.

Podríamos decir que, en general, los elementos distópicos han estado siempre presentes en el género. No siempre han sido dominantes, pero nunca han desaparecido del todo. Y, a menudo, han dado algunas de las mejores obras de ciencia ficción, como las mencionadas previamente. O como La bomba increíble (1951) de Pedro Salinas, Farenheit 451 (1953) de Ray Bradbury, La naranja mecánica (1962) de Anthony Burgess, Los desposeídos (1974) de Ursula K. LeGuin, El jinete en la onda del shock (1975) de John Brunner, Salud mortal (1993) de Gabriel Bermúdez Castillo, Leyes de mercado (2004) de Richard Morgan…

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En los últimos tiempos, las obras con elementos distópicos empiezan a abundar. Lo demuestran recientes antologías como Mañana todavía (2014), en la que doce autores nos asomamos, desde el presente, a una docena de posibles futuros en los que no querríamos vivir. Incluso en campos ideológicamente neutros (al menos en apariencia: lo ideológicamente neutro no existe en ámbito humano alguno) como la literatura juvenil, lo distópico está pegando con fuerza y ahí está, sin ir más lejos, el éxito de Los juegos del hambre (2008), de Suzanne Collins.

¿Y por qué no? ¿Acaso no es lógico que la distopía tenga una presencia más fuerte en aquellas épocas en las que la amenaza del totalitarismo (ya sea desde los poderes políticos, los militares o los económicos) se hace mayor? ¿Es de extrañar, por tanto, que en esta convulsa segunda década del siglo XXI llena de ecos de algunos de los momentos más negros del XX, la distopía vuelva a estar de moda y goce de buena salud? ¿A alguien le puede sorprender que ante las perspectivas oscuras y desgarradoras del presente se nos muestren posibles futuros no menos terribles?

La ciencia ficción es hija de su tiempo, decía al principio. Y los oscuros futuros que muestran las distopías, el tenebroso reflejo del presente que nos ofrecen, son la mejor prueba de ello.

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