Si nadie lo remedia, a finales de año publicaré una nueva novela. No es ciencia ficción y no encaja tampoco en el tipo de fantasía (oscura, urbana, contemporánea) que suelo hacer. Podríamos decir que se trata de fantasía épica, pero confieso que sigo prefiriendo el viejo término «espadas y brujería» que en su día acuñó, si no recuerdo mal, Fritz Leiber.

Hace unos años me dio por ponerme a traducir los relatos de Robert E. Howard sobre Conan el cimerio, su más famoso personaje y al que sin duda dedicó sus mejores esfuerzos en sus años finales. La idea era, y es, ofrecer al público en castellano una versión no adulterada de ese material, presentar los relatos tal como Howard los escribió sin retoques ni añadidos posteriores, ya fueran de Sprague de Camp o de otras personas. En ello estoy todavía, a falta de un tercio para terminar, y espero que el primer volumen se publique el año que viene en Sportula.

Una cosa acaba llevando a la otra. Mientras traducía «La reina de la Costa Negra», el relato en que se cuenta una parte del tiempo que Conan fue corsario en el barco de Belit, no podía dejar de pensar en el hueco de tres años que había entre el primer capítulo del cuento y el resto. Y empecé a darle vueltas a la idea de rellenar ese hueco.

Una parte de mí, lo confieso, lo consideraba innecesario. Ya en su día, Roy Thomas se había encargado de hacerlo de forma magistral en las páginas de la adaptación del bárbaro al cómic. Y encima tuvo las narices de hacerlo «en tiempo real»: si Conan y Belit estuvieron juntos tres años, durante tres años los comics de Marvel publicaron sus aventuras. ¿Acaso iba a poder hacerlo yo mejor? Seguramente no, me decía.

Y sin embargo…

Sin embargo, en junio de 2015 abandonaba de pronto La sombra del adepto (la cuarta entrega de El adepto de la Reina) y empezaba a escribir, sin estar muy seguro de que llegaría a buen puerto, los primeros capítulos de una novela de Conan. Así, Yáxtor Brandan, el adepto empírico al servicio de la Reina de Alboné, se vio postergado en favor del bárbaro héroe de espada y brujería.

Confieso que estaba casi convencido de que la cosa quedaría en nada. Escribiría un par de capítulos, perdería fuelle enseguida, y lo dejaría para pasar a otra cosa.

No fue así.

Rematé la novela en marzo de 2016, diez meses después. Me había puesto a la tarea con la idea de escribir algo ligero, de menos de trescientas páginas, pero acabé con algo más de quinientas, un buen montón de personajes (propios y ajenos) y unas cuantas subtramas más de las que había previsto originalmente. Si en mi caso casi siempre es cierta la famosa frase de Tolkien («This tale grew in the telling»: la historia fue creciendo a medida que se contaba) pocas veces lo ha sido tanto como en esta ocasión.

Por si fuera poco, es una especie de colaboración póstuma con Howard, ya que arranca con el primer capítulo de «La reina de la Costa Negra» para luego seguir con mi propia historia y desembocar en los capítulos finales del relato de Howard. De hecho, el libro aparecerá firmado por los dos, lo cual es totalmente lógico: La novela tiene cuarenta y ocho capítulos más un prólogo y un epílogo y de esos cincuenta items, un diez por ciento son de Howard, por no mencionar la creación del personaje y su entorno.

Se llama La canción de Belit y, como he dicho, se publicará a finales de año.

Podríamos preguntarnos si ha merecido la pena el tiempo dedicado a escribirla. Quiero decir, a mi edad debería ser un poco más sensato, ¿no? Debería suponer que, no importa lo bien que lo haga, los que me midan con el autor original van a encontrar mi obra inferior y nunca apreciarán el resultado como lo habrían apreciado de haber sido una obra más «personal»; nada importará que jure y perjure que este trabajo es para mí tan personal como cualquier otro, siempre lo verán como algo no del todo mío. El esfuerzo, la ilusión y el talento (el mucho o poco que tenga) que le haya dedicado a esa novela será, casi seguramente, irrelevante. Siempre se la considerará un trabajo menor dentro de mi producción, un capricho, nada importante. Así pues, ¿no es un trabajo malgastado?

Todo eso pasó por mi cabeza cuando empecé a escribir La canción de Belit, creedme. Así pues, ¿por qué lo hice?

Por un montón de motivos que quizá otro día mencione con más detalle. Pero, por encima de todos ellos, hay uno fundamental, sin el que los demás carecen de sentido, igual que carecería de sentido todo lo que he escrito en los últimos cuarenta años: era la novela que en aquel momento me pedía el cuerpo. Mi mente de narrador me pedía a gritos escribir exactamente esa historia y no otra. Y, creedme, si hubiera intentado escribir otra, simplemente no habría podido.

Al fin y al cabo, la razón última y definitiva por la que escribo (aunque, por supuesto, hay también una multitud de pequeñas razones) es porque me resulta la actividad más gratificante del mundo. Escribo por placer y escribo para mi propio placer, lo cual quizá no sea el motivo más noble para dedicarse a la literatura. Francamente, ni lo sé ni me importa. Es mi motivo, el que me hace sentarme frente a una pantalla en blanco y empezar a teclear como un poseso, el que hace que aproveche el menor momento (un viaje en autobús, un descanso de otras tareas, una charla especialmente aburrida en algunos ámbitos) para empezar a jugar en mi mente con la trama, los personajes y el escenario.

Así que si el cuerpo me pide una novela de Conan, eso es lo que escribiré, porque eso es exactamente lo que necesito escribir. Quizá no sea lo más inteligente o lo más oportuno, pero eso es irrelevante. En esos momentos, en los momentos en los que estoy enganchado escribiendo la novela, soy un yonqui de mi propia narrativa, soy mi propia Sherezade, que decía Stephen King en Misery (y el viejo maestro de Maine sabe mucho sobre esas cosas, creedme, amigos y vecinos) y necesito seguir contando, porque sé que de las próximas palabras que escriba dependerá mi vida, porque tengo que saber qué va a pasar, qué les va a ocurrir a esos personajes, qué forma definitiva tomará la historia y cómo se desarrollará y crecerá y se volverá más denso el escenario. Escribo para descubrir qué pasa, y disfruto como un loco cada paso del camino.

¿Hay algo más emocionante que eso, más gratificante? No lo creo. Aunque, como muchas otras cosas en esta vida, seguro que es una cuestión de puntos de vista.

En esos momentos, siento decirlo, los lectores no existís. No sois un factor a tener en cuenta. Existimos la novela que estoy escribiendo y yo mismo y el resto del universo se ha desvanecido y carece de importancia.

Así que me temo que era inevitable que acabase escribiendo esta novela y no otra.

¿Qué pasará con ella? ¿Cómo será recibida por los lectores? ¿Cómo la verá la crítica? ¿Qué se comentará, se dirá, se analizará, se criticará…? ¿Mucho, poco, nada? ¿Bien, mal, regular? Ni idea. Aunque puedo anticipar que sin duda habrá algún que otro troll que empezará a criticar con acidez (y lo que él considera ingenio) mi falta de inventiva y mi descaro por usar las creaciones de otros. Ya lo hicieron cuando escribí mis cuatro novelas sobre Sherlock Holmes. No hay motivo para que ahora vaya a ser distinto.

Como sea, no tengo la menor idea de la recepción que va a tener esta novela. Y en lo más hondo, confieso que no me importa demasiado. Preferiría que fuera recibida con entusiasmo antes que con indiferencia, por supuesto, y mejor si vende cientos de miles de ejemplares en lugar de unas docenas, faltaría más. Pero a la postre, lo que importa es que La canción de Belit está ahí, lista y terminada, la novela que quería escribir, exactamente esa y no otra, en ese momento; tan mía como cualquier otra cosa que haya escrito, nacida del corazón y con toda el alma puesta en ella.

El resto ya depende de vosotros, los lectores.

2 thoughts on “De pelo negro y mirada taciturna…

  1. La calidad de tu trabajo no debería medirse en función de si Conan es creación de Howard. Si fuera por ese motivo, no tendríamos “ciclo artúrico”, ya que ni Mallory ni tantos otros se hubiesen atrevido a recrear entornos o personajes que Chrétien de Troyes ya había utilizado. Además, tu trama no sería la de Roy Thomas, ¿o sí?

  2. Evidentemente, no. He hecho un esfuerzo tremendo, en realidad, para que Thomas y yo no coincidamos en nada, salvo aquello que especificó Howard, claro: como que pasaron juntos tres años y que en algún momento de los mismos, incendiaron la flota estigia.

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