Tuve oportunidad de conocer a Ian Whates en el Festival Celsius en Avilés en 2015, gracias a los buenos oficios de Ian Watson, quien decidió que era buena idea que nos conociéramos. No tengo claro, vistos los resultados, que fuera tan buena, pero me temo que ya es tarde.

Ian Whates es un conocido escritor de ciencia ficción y fantasía en Gran Bretaña, además de ser el propietario de NewCon Press, una prestigiosa editorial independiente inglesa. El hecho de ser ambos escritores metidos a editores (y, sobre todo, el que tanto Ian como Helen, su esposa, fueran dos personas encantadoras que decidieron no tener en cuenta mi proverbial timidez que a menudo me hace parecer distante y poco amistoso) hizo que conectásemos con facilidad.

Cuando nos conocimos hacía algún tiempo que me había traducido a mí mismo una novela al inglés (The Queen’s Adept) y la había publicado en Sportula. El resultado comercial, teniendo en cuenta que nadie había oído hablar de Sportula como editorial en el mundo anglosajón y que yo mismo soy totalmente desconocido para el lector angloparlante, no había sido malo. De hecho, fue lo bastante positivo para animarme a seguir incluyendo algún que otro libro en inglés en el catálogo de Sportula, esta vez antologías de otros autores como el Castles in Spain o la versión en inglés de Terra Nova. Tampoco fue mala la recepción de Cat’s Whirld, la traducción que Steve Redwood realizó de mi primer libro, La sonrisa del gato, y que también publiqué en Sportula como parte del vigésimo aniversario de la publicación original de la novela.

Ian pretendía preparar una antología para la Convención Europea de Ciencia Ficción de 2016, que tendría lugar en Barcelona, con relatos sobre la ciudad condal de diversos autores, tanto españoles como extranjeros. Se acercó a mí para ver si estaba interesado en participar en Barcelona Tales, que así se titularía el libro, y acepté sin dudarlo. El resultado fue «A Tale of No City». Era la primera vez que escribía una pieza de ficción directamente en inglés y el proceso fue fascinante. Ian fue lo bastante amable para decirme, no solo que le había gustado el relato, sino que mi inglés era excelente y que sus revisiones y correcciones eran de la misma naturaleza que las que le habría hecho a cualquier autor nativo angloparlante.

¿Mentía? ¿Estaba simplemente animándome? Quizá o quizá no. Aunque me gustaría creer que no, que estaba siendo sincero. Vanidad por mi parte, sin duda.

El caso es que sus palabras me hicieron retomar un proyecto que había considerado unos años atrás y que había ido realizando en tiempos muertos, sin poner demasiado empeño. Ahora volví sobre él con ganas y las pilas puestas y no paré hasta terminar. ¿De qué hablo? Básicamente de recopilar mis mejores relatos de ciencia ficción y luego traducirlos yo mismo al inglés.

Cuando acabé fue inevitable que le enviase el libro a Ian; parecía la opción lógica. Cierto, podría haber publicado la recopilación en Sportula como había hecho con otros libros. Pero evidentemente, resultaba más atractiva la idea de hacerlo con un editor que ya tuviera presencia en el mercado anglosajón e incluso un cierto prestigio.

Curiosamente, mientras yo le hablaba de mi recopilación, él a su vez me hablaba de la suya y me comentaba que estaba buscando editor español para ella. Leí sus relatos y enseguida decidí que quería ser yo quien publicase a Ian Whates en español por primera vez; era una oportunidad que no podía dejar pasar, vista la calidad del material que estaba leyendo. Así fue como nació Torres de Babel, su primer libro en castellano, publicado por Sportula este mismo año.

Ian tardó bastante más en leer mis relatos y confieso que me tuvo el corazón en vilo en más de una ocasión. El tiempo iba pasando y aunque de vez en cuando me hablaba del asunto (me decía que había empezado, o que ya había leído unos cuantos relatos o que esperaba terminar en breve), no tenía feedback alguno por su parte en cuanto a si le estaba interesando lo que estaba leyendo o no. O, para ser más exactos, si le estaba interesando lo suficiente para publicarlo.

Al fin y al cabo, no tenía garantía alguna al respecto… ni tenía por qué tenerla. No había habido ningún «intercambio de cromos» entre ambos. Publiqué el libro de Ian porque me parecía bueno y era una buena oportunidad editorial para mí. Y, lógicamente, él siempre tuvo claro que no tenía la menor obligación de «corresponderme», por así decir.

El caso es que pasé unos cuantos meses con cierta zozobra. Intuía que la cosa no iba mal (Ian seguía leyendo los relatos, cosa que no habría hecho de haberlos encontrado malos) pero no tenía certeza alguna.

La incertidumbre desapareció hace unos días, cuando Ian me envió de vuelta mi original con sus revisiones y me sugirió varias posibilidades acerca de la portada. Añadía, además, que no me inquietara demasiado por las revisiones que encontraría en el texto y que la mayoría de estas eran menores, destinadas más a mejorar que a corregir.

De paso, sugería un título para el libro (yo le había dado varios, aunque ninguno me convencía del todo): The Road to Nowhere, que me encantó en cuanto lo vi . Me gustaba cómo sonaba, daba una buena idea de lo que el lector podía encontrar y, además de contener una clara referencia a uno de los relatos («La carretera», o sea, «The Road»), remitía a una de mis canciones favoritas de Talking Heads. Ya que estamos, hasta despertaba ecos de la obra de teatro (y posterior película) de Fernando Fernán Gómez El viaje a ninguna parte, sobre la vida de los cómicos de la legua en la España franquista. La carrera de un escritor es también, de alguna manera, un camino que no lleva a ninguna parte, un viaje sin destino, donde lo importante es el viaje en sí y que, en cierto modo, no termina nunca.

Si nada se tuerce, el libro será publicado por NewCon Press en 2018. Veremos qué pasa entonces y cómo es recibido por el público angloparlante.

Mientras tanto, seguimos yendo de camino a ninguna parte, como siempre, y disfrutando de cada etapa del viaje.

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