Coleccionismo y repetición
Lunes, Junio 2nd, 2008 Pertenece a Superman, Visto y oído | 6 comentarios »- El mismo día, hace un año: Citas citables: El cuero cabelludo de Custer
Soy un fan y una de las mayores maldiciones que padece un fan es el completismo.
En el caso concreto de Superman, la maldición me llevó a hacerme en su día con cosas tan absolutamente infumables como Superman IV o Supergirl (difícil decidir cuál de las dos es peor película, ciertamente), por poner sólo dos ejemplos.
Otra faceta de esa maldición es comprar una y otra vez lo mismo, en distintos formatos. No recuerdo cuántes veces habré comprado la trilogía original de Star Wars pero creo que son (contando VHS y DVD -y me libré del laser disc por los pelos-) como media docena, al menos. Y me temo que volveré a picar cuando una nueva “edición definitiva” salga al mercado. O cuando me pase al Blue Ray o al formato de vídeo que se lleve en ese momento.
Con los comics también me ocurre. Normalmente cuando me hago con la nueva edición, suelo desprenderme de la antigua regalándosela a algún amigo. Prefiero hacer eso a vender los tebeos: el dinero que sacaría no iba a ser gran cosa y regalándoselo a alguien que sé que le gusta tengo la seguridad de que cae en buenas manos. Otras veces, sin embargo (y confieso que no sé muy bien por qué) conservo ambas ediciones y no es infrecuente en mi biblioteca encontrar el mismo cómic en inglés y en castellano.
Creo que el tebeo que más veces he comprado ha sido Crisis en Tierras Infinitas (responsable, en buena medida, de que volviera a comprar comics tras un paréntesis de casi diez años y uno de los principales culpables de que, tras años ser fan de Marvel, acabara volviéndome a DC). Tuve la edición en doce comic-books que hizo Zinco en su día. Conseguí el trade paperback en inglés algunos años más tarde. Me hice con la edición mejicana de Vid. Compré el tomo que sacó Norma. Y, para rematar, no hace mucho que he comprado la edición Absolute que ha hecho Planeta. Añadamos a eso el poster que domina mi sala de estar (boceto de George Pérez y acabado de Alex Ross, la misma ilustración que sirve de portada a las últimas ediciones del cómic, reproducida en lo que viene a ser aproximadamente el formato y tamaño de una puerta) y no hace falta ser ningún genio para llegar a la conclusión de que Crisis en Tierras Infinitas es, para mí, el mejor tebeo de superhéroes al estilo clásico (o sea, de los de toda la vida, antes de que Moore llegase a darle un empujón y unos cuantos meneos al asunto) que jamás se ha publicado.
Pero como decía, generalmente, a medida que consigo una nueva edición (casi siempre la edición en el idioma original) voy deshaciéndome de las antiguas. Simple cuestión de espacio.
Gracias a eso, el hijo de mi buen amigo Javier Cuevas va teniendo el Superman post-Crisis primorosamente encuadernado en tapa dura, a medida que me voy comprando el Man of Steel que DC reedita con cuentagotas. Otros amigos fueron consiguiendo los Cuatro Fantásticos de Byrne en agónicas entregas: más o menos al mismo ritmo que yo me iba haciendo con los tomos americanos. Otro tanto ocurrió con Sandman. Y con unos cuantos más.
Luego está el material de coleccionismo puro y duro. Comics que probablemente no leeré nunca pero que quiero tener. ¿Absurdo? Bueno, ya dije que estaba sujeto a una maldición.
Hablo de cosas como los Superman Archives o los Action Comics Archives (a los que se sumará en breve el World’s Finest Archives), donde se recopila en estricto orden cronológico todo lo publicado en esas dos series desde 1938 hasta (es de esperar) hoy en día, recogido en lujosos (y no precisamente baratos) tomos en tapa dura.
Ya he dicho que segurarmente nunca leeré esas cosas. Puede que acuda a ellas cuando necesite consultar algo o deje de vez en cuando vagar la vista por sus páginas. Pero, de verdad, ponerme a leer todos esos tebeos de Superman de los años cuarenta… Uf, no. Si ya de crío cuando los leía en las gloriosas traducciones de Novaro (ya sabéis esa versión hispana del universo DC donde Batman era Bruno Díaz o Flecha Verde, Oliverio Reina) me parecían simplotas y repetitivas, no quiero ni pensar qué me parecerán ahora.
¿Que por qué los compro? Porque tienen interés como documento para comprender la evolución de uno de mis personajes de cómic favoritos. Porque nunca se sabe cuándo puedo necesitar consultar tal o cual historia o ver cuándo apareció por primera vez este personaje o el otro. Porque…
Por completismo, qué coño.
El mismo motivo por el que voy coleccionando los gruesos volúmenes que recogen las tiras diarias y las páginas dominicales de Superman. El mismo por el que tengo varios tomitos de la infame y horrísona edición de Bruguera (algunos la recordaréis: aquélla donde los comics eran recoloreados por la propia editorial española con un resultado que…). El mismo por el que he conseguido, tras haberlos perdido en el paso de la infancia a la adolescencia, unos cuantos comic-books (tanto de la primera edición que respetaba las dimensiones del original, como de la siguiente, que reducía a la mitad el tamaño del tebeo) de Novaro y varios tomos recopilatorios de la misma editorial. El mismo por el que tengo dos libritos que recogen todas las portadas de Action Comics desde 1938 hasta mediados de los ochenta. El mismo por el que tengo varias novelas de Superman. El mismo por el que tengo una edición facsímil del Superman número uno pese a tener eso mismo en la edición de los Archives. Y el mismo por el que, en fin, no hace ni dos días me he comprado el tomazo -no se le puede llamar de otra manera- de La muerte de Superman (pese a que ya tengo ese material en el mismo idioma y bastante bien encuadernado) y el volumen con las cuatro historias que Alan Moore escribió del Hombre de Acero, aunque las tenía ya, en inglés y en castellano.
Soy fan de Superman desde que empecé a leer tebeos. No recuerdo a qué edad, pero posiblemente con siete u ocho años. Lo curioso es que ya entonces sus historias me parecían ñoñas y simplotas (gran parte del material que caía entonces en mis manos era de los años cuarenta y el más moderno, de los setenta, no es que fuera una maravilla, para qué engañarnos) y me molaba mucho más el universo Marvel que el DC. Pero, pese a todo, Superman era mi superhéroe favorito. Tenía algo. Algo poderoso e icónico que hacía que siguiera interesándome por sus comics pese a que no fueran, ni de lejos, de los mejores.
Algo que me ha llevado a que algo más de un tercio de mi biblioteca de tebeos esté relacionado de un modo u otro con el Hombre de Acero. Muchos de esos comics no son gran cosa, algunos son infectamente malos y otros son buenos. Unos pocos, muy buenos. Como pasa con casi todo en esta vida.
Debería hacer un esfuerzo y quedarme sólo con lo bueno.
Pero no puedo. Ya os lo dicho. Soy un fan. Y soy compulsivamente completista.
Es mi maldición.
Aunque, lo confieso, tampoco me causa muchos problemas. En realidad, me lo paso muy bien con ella.
© 2008, Rodolfo Martínez
La muerte de Superman. El cómic
Lunes, Abril 28th, 2008 Pertenece a Superman, Visto y oído | Sin comentar »- El mismo día, hace tres años: A la altura de las circunstancias
Decía, al hablar del DVD, que el cómic original de La muerte de Superman no era “una obra maestra ni de lejos”. Y ciertamente, no lo es. Sin embargo, en este caso la memoria me jugó una mala pasada. Y es curioso, porque lo normal es que las trampas de la nostalgia te hagan recordar las cosas como algo mucho mejor de lo que eran en realidad y lo que ha pasado aquí es justo lo contrario.
No sé si este puñado de números de las colecciones regulares del Hombre de Acero están destinadas a pasar a la Historia (así, con mayúsculas) del noveno arte. Seguramente no.
Tampoco es que me importe mucho.
Lo que recoge esta saga es, en pocas palabras, una de las mejores etapas de Superman. Seguramente el momento en que mejor ha estado definido el propio personaje y sus motivaciones, al igual que su entorno y todo cuanto lo rodeaba. Quizá porque quienes se encargaban de las cuatro colecciones que entonces había de Superman (Superman, Action Comics, Man of Steel y Man of Tomorrow) formaban un equipo creativo que estaba poniendo toda la carne en el asador -buena parte de ellos, sino todos, habían sido fans del Supes antes de meterse profesionalmente en el mundo del cómic- y al frente de todos estaba un coordinador (editor, según la terminología americana) que sabía lo que estaba haciendo y sentía verdadero entusiamo por el personaje.
Evidentemente, todo eso no habría sido posible sin el trabajo previo de John Byrne, que siete años antes había renovado la mitología de Superman y, sobre todo, había introducido una serie de cambios en Clark Kent que lo habían convertido, de una especie de parodia torpe y ridícula, en un personaje creíble y con unas motivaciones asumibles. Byrne no estaba solo y, si bien la mayor parte del mérito es suyo, también estaban ahí Marv Wolfman -que siempre es el gran olvidado en estas cuestiones- y Jerry Ordway, que empezó como simple dibujante pero no tardó en aportar sus propias ideas y acabó convirtiéndose, con el tiempo, en uno de los mejores guionistas de Superman.
Tras la marcha de Byrne, Roger Stern y Ordway (junto a George Pérez que, aunque no permaneció demasiado tiempo en el universo de Superman, se las apañó para incorporar unas cuantas cosas interesantes sobre su herencia kryptoniana) siguieron refinando las ideas aportadas por Byrne y construyeron un entorno cada vez más complejo e interesante. Especialmente Ordway quien, centrándose sobre todo en los secundarios de la serie y reaprovechando conceptos creados en su día por Jack Kirby, fue definiendo una galería de secundarios de lujo que arropaban, y a veces eclipsaban, a Superman.
Tras unos inicios algo vacilantes, los guionistas post-Byrne usaron precisamente la última historia que éste escribió antes de dejar la serie (donde Superman, por primera vez, actuaba de juez, jurado y verdugo y mataba a tres supercriminales kryptonianos de un universo alternativo) para construir una serie de acontecimientos que desembocarian en la Saga del Exilio. Es allí donde empiezan a arrancar con seguridad tanto Stern como Ordway (acompañados durante un breve periodo, como ya he dicho, por George Pérez) y empiezan a demostrar lo mucho que son capaces de enriquecer el universo de Superman. Dan Jurgens se uniría por aquella época a la serie y, poco a poco, empezaría a desarrollas sus propios conceptos.
Algo más tarde llegaría Louise Simonson, y con ella se completaría el cuarteto de guionistas que, juntos, se convirtieron en el equipo que mejor ha sabido tratar al Último Hijo de Krypton en su larga historia. No creo que sea exagerado decir que, en el lapso que media entre la marcha de Byrne en 1988 y la boda de Lois y Clark en 1996, las colecciones de Superman fueron, de lejos, la mejor serie regular de superhéroes que había en el mercado.
Mike Carlin fue el responsable de coordinar todo esto y de hacer que, en esa época, las cuatro series mensuales distintas de Superman funcionaran como una única serie semanal (de hecho, aparte de la numeración propia de cada serie, había otra, correlativa, que iba pasando de una a otra): el equipo creativo variaba de un título a otro, pero la continuidad argumental se mantenía y, si bien cada tándem guionista-dibujante tenía unas predilecciones bastante marcadas y se centraba en un tipo de historias concretas, todos ellos colaboraban en la historia general y aportaban sus propias ideas al conjunto.
Y al decir todos, quiero decir todos. Eran los cuatro guionistas los que escribían cada número, pero en las reuniones anuales que Carlin convocaba y coordinaba, participaba todo el equipo creativo y todas las ideas eran discutidas y tomadas en consideración, vinieran de donde vinieran. Eso creó una sinergia que desde entonces, me temo, no se ha repetido en las series de Superman.
La culminación de todo eso fue, precisamente, esta Muerte de Superman, una historia en tres actos de la que la muerte del personaje era sólo el primero y, como reconocían los guionistas, el menos interesante. “Vale, matamos a Superman”, dijo uno de ellos. “Y luego, ¿qué hacemos?”.
En Funeral por un amigo (el nudo de la trilogía, por así decir) se especulaba con lo que ocurría en un mundo sin Superman. Estábamos en 1992, una época donde el héroe que triunfaba era una suerte de antihéroe de psique torturada que disparaba primero y preguntaba después. Superman parecía, pues, un modelo heroico obsoleto, un ideal pasado de moda. ¿Y qué le ocurre de pronto al mundo cuando ese ideal pasado de moda desaparece?
La conclusión llegaba con El reinado de los superhombres, donde se presentaban cuatro candidatos al manto heroico del Hombre de Acero. Los aficionados sabíamos que, en el fondo, ninguno de ellos era el original. Que éste estaba en alguna parte aguardando el momento para volver. El Último Hijo de Krypton, Steel, el Cyborg y Superboy se revelarían todos, en mayor o menos medida, como fraudulentos y uno de ellos, de hecho, sería el verdadero y temible enemigo a batir.

Así fue. Durante casi un año, la trama fue llegando a su conclusión natural y las pistas que íbamos viendo encajaron como sabíamos que harían hasta desembocar en un desenlace a su altura. El verdadero Superman regresaba de entre los muertos y era como si nunca se hubiera ido: allí estaba, el más incansable boy-scout del universo, incapaz de darse por vencido por mal que estuvieran las cosas y siempre dispuesto a ver la esperanza allí donde no parecía haber ninguna. En la arrasada ciudad de Coast City se enfrentaba a su mayor desafío y salía triunfante, listo para regresar a un mundo que lo reclamaba, aunque no lo supiera.
Muchas cosas habían cambiado, en Metrópolis y en el mundo, durante su ausencia. Él mismo, en cierto modo, no había salido indemne de la experiencia: al fin y al cabo, había comprobado que era mortal (por más que no fuera una “muerte definitiva”, como no lo suelen ser las de los héroes). Acontecimientos posteriores (como la “sobrecarga” de sus poderes o incluso la pérdida de los mismos, por no mencionar su conversión en un ser de energía y su “desdoblamiento” en un Superman Rojo y otro Azul) intentarían darle nuevos giros de tuerca al personaje, pero no siempre serían los más acertados y, de hecho, al final se acabaría volviendo una y otra vez a la imagen clásica, al icono original.
El equipo creativo se mantuvo aún algún tiempo más y, aunque intentaron repetir algo parecido a la muerte del Hombre de Acero -al menos en términos mediáticos- con la boda entre Clark y Lois (por cierto, que eso siempre ha sido una de las cosas que más me han gustado del Superman post-Crisis: es Clark quien consigue a Lois y no Superman), ya no era lo mismo. Con los años, guionistas y dibujantes fueron llegando y marchándose de las series del Hombre de Acero y confieso que, en los últimos tiempos, las he seguido con más desgana que otra cosa. De hecho, lo último que recuerdo haber leído (en lugar de limitarme simplemente a ojearlo) es ya del año 2000, cuando Lex Luthor ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos en el Universo DC. Y, cuando Carlin dejó de ser editor de los títulos de Superman y éstos dejaron de tener continuidad unos con otros, me temo que mi interés decayó más aún.
Volver a leer esta saga completa (aprovechando el tomo -tomazo, más bien- que Planeta ha sacado siguiendo la nueva edición americana) ha sido una gozada, ciertamente. No es, como he dicho, el mejor tebeo de superhéroes que jamás se ha escrito, ni tampoco creo que lo pretendiera. Pero es una buena historia, construida con cuidado y con amor y contada con habilidad.
Que no es poco.
© 2008, Rodolfo Martínez
La muerte de Superman. El DVD
Miércoles, Abril 23rd, 2008 Pertenece a Superman, Visto y oído | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Territorio incierto: Elric de Melniboné, de Roy Thomas y P. Craig Russell
- El mismo día, hace tres años: Familia no hay más que una
Como comentaba en la entrada anterior, este sábado me hice con el DVD de La muerte de Superman (Superman Doomsday, según reza el título original), una adaptación bastante libre del cómic que en 1992 intentó sacudir un poco las colecciones del Hombre de Acero y subir las ventas de sus tebeos. Mediáticamente, la saga fue un éxito: logró que los periódicos generalistas hablaran de la noticia casi como si comentasen la muerte de una persona real y, al menos durante un tiempo, las distintas colecciones dedicadas a Superman revitalizaron sus ventas.
Artísticamente no fue un mal trabajo. Mike Carlin (por aquel entonces editor de los tebeos de Superman) supo coordinar a la perfección un equipo de guionistas y dibujantes comprometidos en dar lo mejor de sí mismos en su trabajo. No es una obra maestra ni de lejos, pero sí que es un cómic de superhéroes bastante satisfactorio y bien narrado (Marvel intentó hacer poco después algo parecido en las colecciones de Spider-man, pero cuanto menos se diga de aquella Saga de los clones, mucho mejor). Durante varios meses se jugó con el misterio de cuál de los cuatro nuevos “supermanes” que surgieron tras la muerte del original sería el definitivo sólo para descubrir (como muchos ya sospechábamos) que ninguno de ellos lo era y el auténtico, el de verdad, estaba por algún lugar, oculto entre bastidores y esperando el momento de volver a la vida, como así fue.
Este largometraje de dibujos animados, como digo, adapta esa saga, con abundantes modificaciones y simplificando bastante la historia. Si bien la primera parte (el enfrentamiento con Juicio Final y la muerte del héroe) sigue bastante de cerca el cómic original, a partir de ahí, la trama de la resurrección y el juego de cuál-es-el-auténtico-superman van más por libre y, como he dicho, de un modo bastante más sencillo que en el cómic original.
Pese a todo, no es un mal largometraje: los mitos del Hombre de Acero y las relaciones de éste con su entorno están bien utilizados y la historia fluye de un modo adecuado. Sin ser una maravilla, se deja ver con agrado y resulta bastante satisfactoria.
Las voces de los personajes son, al menos en el idioma original, un aliciente más. Superman está encarnado por Adam Baldwin, Lois Lane por Anne Heche y Lex Luthor por un James Masters que, sin el impostado acento inglés de su personaje en Buffy, tardó en hacérseme reconocible. Tanto Baldwin como Heche encarcan con convicción sus personajes, pero sin duda el mejor de los tres es Masters, que da voz de un modo totalmente creíble al mayor enemigo de Superman. Destacar, de paso, un brevísimo cameo de Kevin Smith.
No es un hito del cine de animación, pero sí es un buen largometraje sobre el Hombre de Acero, que sabe recoger adecuadamente lo mejor del cómic y, al mismo tiempo, venderlo de un modo que resulte asequible a todos los espectadores, sean fans del tebeo original o no.
© 2008, Rodolfo Martínez
El Superman II de Richard Donner
Miércoles, Diciembre 13th, 2006 Pertenece a Superman, Visto y oído | 7 comentarios »
Superman II Siempre me había parecido una película más bien irregular, con momentos que me gustaban mucho junto a otros francamente olvidables, por no mencionar que me daba la sensación de que había cosas en el guión que no terminaban de encajar. Cuando, unos años después de verla por primera vez, oí la historia de que en realidad Donner había empezado a rodarla y luego lo habían echado y sustituido por Richard Lester, las cosas empezaron a encajarme y comprendí la diferencia de tonos y de forma de narrar que había notado de un modo inconsciente.
Luego supe que, en realidad, a Donner le faltaba poco para terminar la película cuando los Salkind decidieron despedirlo y que, de hecho, había bastantes secuencias rodadas con Marlon Brando que no se pudieron usar a causa del contencioso que el actor tenía con la productora —arguyendo que se lo había contratado no para una, sino para dos películas, quería que se le pagase el doble: doce milloncetes de dólares de la época en total— y que tuvieron que volver a filmarse con Susannah York. El material rodado por Lester (sumando las secuencias nuevas más el material que volvió a filmar y que ya había filmado previamente Donner) viene a ser un treinta por ciento de la película que vimos finalmente en el cine; una cantidad lo bastante significativa para poder suponer sin temor a equivocarse que el Superman II planeado originalmente iba a ser muy distinto.
Durante mucho tiempo, los fans especularon con cómo habría podido ser esa película, ese Superman II concebido de acuerdo a la idea original de Donner.
La llegada de las nuevas tecnologías ha permitido en los últimos años recuperar momentos cinematográficos que se creían perdidos y ponerlos al alcance de los aficionados a un precio asequible. Lo cual no siempre es bueno. En realidad, siempre he pensado que, en el fondo, no queremos que se cumplan nuestros deseos, que preferimos seguir especulando no vaya a ser que el sueño hecho realidad no resista comparación con lo que habíamos imaginado.
¿Está a la altura de nuestras expectativas el Superman II “real” de Donner o era superior el que había en nuestra mente?
Supongo que cada cual tendrá una respuesta distinta a esa pregunta. La mía es que sí, que está a la altura y hace que, por fin, me reconcilie con una película que me había tenido oscilando todo este tiempo entre el placer y el descontento.
No hará falta que explique que estoy hablando de la edición en DVD que incluye las cinco películas del Hombre de Acero para la pantalla grande —en sus distintas versiones—, además de mucho material adicional (y de episodios completos de la serie de animación de los Fleisher o del serial cinematográfico de George Reeves). Y supongo que tampoco será necesario añadir que lo primero que he hecho tras hacerme con “la caja” ha sido ver ese Superman II del que llevo un rato hablando.
Soy consciente de que no estoy viendo exactamente el Superman II que Donner quería. Hasta donde ha sido posible (buscando y rebuscando por todas partes el material filmado originalmente y, en ocasiones, usando pruebas de pantalla de los actores) ha intentado recrear la película, pero estoy seguro de que no siempre le ha sido posible (algunas secuencias se habrán perdido; en otros casos ha tenido que echar mano, por narices, del material filmado por Lester, como en el caso de la lucha entre Superman y los tres supervillanos en las calles de Metropolis). Así que en realidad estamos ante algo que no es del todo lo que el director planeó, sino lo que el tiempo y las circunstancias le han permitido reconstruir.
¿Estamos ante una película distinta a la que vimos en su momento? Sí y no. La historia es sustancialmente la misma, pero esta versión “restaurada” a los propósitos originales de su director permite comprender mejor muchos de los elementos narrativos que en su momento me parecieron fuera de lugar o forzados. Al mismo tiempo, la relación con el anterior film es ahora mucho más consistente y creíble. De hecho, ya no es la explosión de la bomba atómica de París (escena que desaparece en la nueva versión) lo que saca a los supercriminales de la Zona Fantasma, sino el misil lanzado por Luthor que Superman desvía al espacio en la primera película. Este nuevo montaje está lleno de momentos como este, donde se nos hace referencia a la primera entrega o, simplemente, se nos muestran las consecuencias de los acontecimientos ocurridos en ella; haciendo de este modo que ambos films funcionen como una sola historia en dos partes, algo que la versión anterior no terminaba de conseguir por completo.
Como he dicho, la historia es sustancialmente la misma, aunque despojada de buena parte de los momentos cómico-zafios que Lester había introducido y con una trama mucho más coherente y menos forzada. Ojo, la bufonadas de Lester me resultaban simpáticas, no lo niego, pero no terminaban de pegar con el tono del resto de la película ni, mucho menos, con el de la primera. Tienen más sentido en Superman III, dirigida por Lester desde el principio, y que ya se desliza con claridad hacia la semi-parodia desde la secuencia inicial.
De los cambios que se han hecho, el primero, y quizá el menos relevante, es el modo en que Lois descubre la identidad secreta de Superman. Supongo que es cuestión de gustos, pero esta nueva secuencia (recuperada —como bien se aprecia por el peinado distinto y las diferentes gafas que lleva Clark— a partir de una prueba de pantalla) me convence bastante más que la que vimos en su momento. Entre otras cosas, hace que Lois participe activamente en el desvelamiento del asunto, en lugar de limitarse a ser todo un tropezón por parte del torpón de Clark.
Algo más adelante tiene lugar lo que, más que un cambio, es un trastocamiento del fluir temporal: pues ahora Superman y Lois hacen el amor antes de que el primero pierda los poderes (con lo que, puestos a especular, podría quedar justificado uno de los momentos más discutibles del Superman Returns de Singer). Y no, no es no es una idea de última hora de Donner, o un intento de cambiar las cosas sólo para demostrar que lo que él iba a hacer era muy distinto a lo que hizo Lester: cuando Superman habla con Jor-el y le dice que quiere comprometerse con una humana aunque para ello tenga que renunciar a sus poderes, Lois asiste a la escena vestida únicamente con la camiseta de Superman. Es fácil suponer que para entonces ya han tenido una cierta “intimidad”.
Pero los cambios realmente importantes están casi todos en las secuencias que se desarrollan en la Fortaleza de la Soledad, y especialmente en el modo en que Superman pierde y posteriormente recupera sus poderes. En los diálogos entre el Último Hijo de Krypton y su padre se ahonda en la relación entre ambos (esbozada en el film anterior) y se explica por fin la enigmática frase de “el padre se convertirá en el hijo; y el hijo, en el padre”.
Uno de los mejores momentos de la película es cuando Superman habla con el fantasma electrónico de Jor-el y éste le revela que, para poder comprometerse con una humana, debe renunciar a ser lo que es. Frente a la conversación un tanto sentimentaloide con Lara que habíamos visto en el cine, asistimos aquí a un Jor-el que sabe que su hijo está cometiendo un error, pero sabe también, como cualquier padre, que debe dejar que cometa sus propias equivocaciones.
El otro momento cumbre, emotivo sin ser caer en lo fácil, es la contrapartida del que acabo de mencionar: el Jor-el fantasmal devolviendo sus poderes al Hombre de Acero, sacrificando en el proceso todo cuando queda de él y, por tanto, de Krypton para dárselo a su hijo. Y resolviendo, de paso, uno de los momentos argumentalmente más débiles de la versión anterior.
A punto de acabar la película, estamos ante una Fortaleza de la Soledad destruida y una Lois conocedora de la identidad de Superman. Un final así no sería nada novedoso en estos tiempos (no después de que Lois y Clark se casaran en los comis y en la televisión) pero por aquel entonces habría parecido una herejía: al fin y al cabo se suponía que una de las constantes del personaje es esa Lois enamorada eternamente de Superman y eternamente burlona hacia Clark. Por lo tanto, el Hombre de Acero debe volver a dejarlo todo como estaba y para ello recurre de nuevo a la artimaña de hacer retroceder el tiempo, al igual que en la película anterior. No es la solución más brillante (si ya me pareció una tontería en el primer Superman, imaginaos ahora) pero al menos es coherente con lo narrado hasta el momento y, en cierto modo, cierra la historia de forma adecuada.
Pocos cambios más hay. Básicamente supresiones del material rodado por Lester: toda la secuencia de París, como he dicho y, gracias sean dadas a los cielos, el ridículo duelo de superpoderes en la Fortaleza de la Soledad, donde Superman y Zod y sus secuaces de sacaban de la manga habilidades a cual más tonta y absurda.
(Es curioso porque siempre sospeché que esas dos secuencias eran de Lester y no de Donner. Y no por ningún brillante rapto de sagacidad: simplemente, hace tiempo que me di cuenta de que el peinado que Superman lleva en esas secuencias es distinto al del resto de la película —el pelo no se ondula del mismo modo y el rizo sobre la frente no está igual— y eso me llevó a pensar que habían sido rodadas posteriormente. A veces ser un friki obsesivo sirve para algo.)
Hemos tenido que esperar casi treinta años, pero ahora, por fin, las dos primeras películas de Superman forman la unidad temática y narrativa que se pretendió que formaran. La espera ha sido larga, pero ha merecido la pena.
© 2006, Rodolfo Martínez
El Superman de los Fleischer
Viernes, Octubre 6th, 2006 Pertenece a Citas citables, Superman | Sin comentar »
Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que el primer largometraje de animación iba a ser Los viajes de Gulliver en lugar de Blancanieves y los siete enanitos. Cuentan esos mismos hombres que alguien de la competencia se las arregló para crear problemas sindicales en los estudios Fleischer lo bastante graves para que retrasaran su producción, de modo que la película de los estudios Disney se estrenó antes. Así, la historia que conocemos es la del ascenso irrefrenable de Disney y el paulatino hundimiento de Fleischer, pero bien pudo haber sido la contraria.
Hay un epílogo irónico a todo esto: y es el hecho de que, años más tarde, Disney contrataría al sobrino de Max Fleischer, Richard, para que dirigiera la versión en imagen real de 20.000 leguas de viaje submarino. ¿Fue una especie de desagravio simbólico, una coincidencia, una burla del enemigo caído? Nunca lo sabremos.
Lo que sí sabemos es que, a principios de los años cuarenta, los Estudios Fleischer vivían un furor creativo que estuvo a punto de ponerlos a la cabeza de la industria de animación americana. Y una prueba de ello son los dos seriales que adaptaron por primera vez las aventuras de Superman a la pantalla.
Vistos hoy, estos episodios se nos caen de puro ingenuos y simplistas (basta echarles un vistazo a algunos de los títulos de la serie); lo mismo, por cierto, que les pasa a los comic-books de aquella época. Pero, al contrario que éstos, la serie de dibujos animados dedicada al Hombre de Acero aún puede ser vista y disfrutada sin rubor porque, prescindiendo de argumentos más o menos conseguidos, guiones más o menos complejos o personajes mejor o peor delineados, visualmente aún puede compararse —a más de cincuenta años vista— con los mejores productos de animación del cine actual.
El Superman de Fleischer se mueve, respira, vive y vuela con una gracia, una naturalidad, una fluidez que sólo volveremos a encontrar treinta años más tarde en las primera películas protagonizadas por Christopher Reeve. Lo que el equipo técnico a las órdenes de Richard Donner y los Salkind lograrían merced a un derroche interminable de efectos especiales y técnicas cinematográficas (y sus buenas dosis de ingenio e improvisación sobre la marcha, todo hay que decirlo), aquí se consigue gracias a muchas horas de trabajo en el tablero de dibujo (logrando un diseño visual de los personajes que marcará —casi me atrevería a decir que para siempre— cualquier acercamiento posterior a los mismos) y una dedicación artesanal (casi medieval por lo detallada y obsesiva) empeñada en lograr que los movimientos de los personajes animados fueran lo más naturales y fluidos posibles. No es de extrañar que el primer episodio costase la friolera de cincuenta mil dólares (de 1941) y los siguientes salieran a treinta mil cada uno.
La estrella de Max y Dave Fleischer, como hemos dicho, iría apagándose paulatinamente, pero no así su influencia entre animadores posteriores y, especialmente, en el entorno visual del universo del Hombre de Acero. Superman es un personaje que, si bien vive lo fundamental de su vida tras las cubiertas en cuatricromía de los cuadernillos del comic-book, no ha tenido el menor empacho en nutrirse de lo aportado por otros medios y en utilizar tales aportaciones para enriquecer sus mitos. Por mencionar sólo dos, la kryptonita y Lex Luthor (ambos elementos fundamentales de su mitología desde casi siempre) aparecieron por primera vez, no en las páginas del cómic, sino en los seriales de radio. El cómic, sin embargo, los incorporó y los hizo suyos hasta el extremo de que difícilmente hoy concebimos a Superman sin ellos.
Del mismo modo han sido muchos los dibujantes que se han enfrentado al Hombre de Acero influidos por el modo en que Max Fleischer lo representó en la pantalla animada. Por mencionar sólo un ejemplo relativamente reciente: échenle un vistazo a la obra Los mejores del mundo y comprenderán enseguida que Steve Rude tenía muy en mente el Superman de los estudios Fleischer cuando dibujaba el suyo.
Para los fans de Superman estos episodios son imprescindibles si quieren comprender buena parte de la historia visual posterior del personaje. Para los aficionados al cine de dibujos animados también, pues los acercará a una forma de hacer animación que, sin ayuda de ordenadores ni potentes gráficos digitales, fue capaz de crear productos de auténtico lujo con sólo un par de herramientas: el trabajo duro y la creatividad.
En estos dos DVDs se recoge completo el serial original. De hecho, en el primero podremos ver todos los episodios, tanto los realizados directamente bajo la batuta de Max y Dave Fleischer como aquellos hechos por los estudios pero sin que los hermanos Felisher estuvieran al frente. En el segundo, el titulado «The lost episodes», aparecen sólo estos últimos.
El motivo de tan extraña edición es bien simple: en realidad el DVD que recoge los «episodios perdidos» se editó antes que el que incluye la serie completa y por una compañía distinta.
Por lo demás, ambos DVDs vienen desprovistos de material adicional (por no incluir ni siquiera se incluyen los créditos de la serie), lo que es una auténtica lástima. Además de que resulta incomprensible si tenemos en cuenta que la anterior edición del mismo material (en un formato tan poco propenso a esas cosas como el VHS) sí que lo incorporaba.
Aparecido originalmente en Bibliopolis, crítica en la red.
© 2004, 2006, Rodolfo Martínez
La aventura continúa
Martes, Agosto 1st, 2006 Pertenece a Superman, Visto y oído | Sin comentar »
Si en la edición DVD de la película anterior la Warner Bros. decidió echar la casa por la ventana e incluir una cantidad ingente de extras y una estupenda remasterización de la película original, aquí volvió a su cicatería de siempre y se limitó a incluir un trailer de Superman II.
Por lo demás estamos ante una película irregular, en cuanto a ritmo narrativo y resultados visuales. Buena parte de ella había sido rodada a la vez que la primera parte y con Richard Donner detrás de las cámaras (aunque no quede rastro alguno de su nombre en los créditos del film) mientras que el resto es dirigido por un Richard Lester que aún no se deja llevar del todo por su tendencia la desmitificación paródica, pero que nos da muestras de ella en algunos momentos, especialmente las secuencias de la fuga de Luthor de la cárcel o la entrevista de éste con los tres supervillanos escapados de la Zona Fantasma. Si a eso unimos que los Salkind decidieron reducir costes y tiempo de rodaje nos encontramos con una película en la que, junto a grandes momentos, hay otros absolutamente prescindibles.
También es visible, mucho más que en la película anterior, el hecho evidente de que los guionistas poco saben o quieren saber del tebeo de superhéroes: así, ni Superman ni sus tres enemigos tienen el menor problema en sacarse poderes de la manga allí donde la situación lo requiera. Por no mencionar agujeros argumentales por los que cabría un planeta entero: una vez que Superman renuncia a sus poderes ¿cómo se las apañan él y Lois para regresar del Polo Norte a Metrópolis? O mejor aún, ¿cómo se las arregla Clark para volver caminando a la Fortaleza de la Soledad en el espacio de unos pocos días y sin morirse de frío e inanición ahora que es un simple mortal?
La película se salva, sin embargo, por la ternura, no exenta de humor, con la que explora la personalidad de Clark Kent y su amor por Lois Lane. Es curioso, por cierto, que en el guión original, el momento en que Lois descubre la identidad secreta de Superman estuviera narrado de otro modo, mucho más ingenioso, aunque menos intimista que lo que pasó finalmente a la pantalla. (Podemos ver la secuencia original en una de las pruebas de cámara que se incluyen en los extras de la película anterior).
Por otro lado Superman II tiene uno de los mejores momentos de la saga: la lucha entre el Hombre de Acero y los tres supervillanos usando las calles de Manhattan (perdón, Metrópolis) como campo de batalla. Un auténtico tour de force de efectos especiales muy bien resuelto que, de paso, debió financiar media película, vista la cantidad de publicidad que llena la pantalla en esos momentos.
Estamos, pues, ante una producción irregular que junto a grandes momentos incorpora otros prescindibles e incluso torpes. A eso podemos unir el hecho de que la historia traiciona la personalidad original de Superman, al incumplir su juramento de no quitar jamás una vida (permite que los tres supervillanos se congelen en el Polo Norte, una vez perdidos sus poderes) o hacer que Clark se tome la revancha contra un matón barato que lo había apalizado cuando era un humano normal.
Pese a todo la película es aún una digna secuela del primer Superman y se deja ver con agrado. Algo que no ocurriría con la siguiente entrega de la serie (pese a algunas secuencias impagables cuando Superman se vuelve “malo” o la antológica y extraordinaria pelea en el cementerio de coches entre Kent y Superman) por no decir nada de ese engendro que es Superman IV: en busca de la paz, donde la Cannon entra en danza después de haber comprado los derechos del personaje a los Salkind y, siguiendo la tónica habitual de la productora, realizan una película cutre, baratona y mal llevada, de la que apenas podemos salvar una interesante premisa argumental (obra del propio Reeve) mal resuelta en el guión definitivo.
© 2006, Rodolfo Martínez
Ha vuelto
Jueves, Julio 13th, 2006 Pertenece a Superman, Visto y oído | 7 comentarios »- El mismo día, hace un año: Encrucijada
Vaya por delante que desconozco qué críticas ha tenido la película de Brian Singer e ignoro cómo está funcionando en taquilla. Presumo, sin embargo, que ni tendrá muy buenas críticas ni será precisamente un blockbuster.
No hace falta decir que me ha encantado.
La película me gana desde el primer minuto, desde el momento en que se usa el viejo tema de John Williams y en la pantalla aparecen los títulos de crédito recreando los originales de la versión de 1978. En ese momento comprendo que estoy ante la obra de un fan, de un superfriki que, de pronto, se ha encontrado con que alguien le paga, no sólo por jugar con su personaje favorito, sino por hacer un remake de una de sus películas-fetiche. Como si toda la película no fuera más que una colosal obra de fan fiction para cuya financiación alguien ha conseguido engañar a un estudio de cine.
Superman Returns, por más que nos lo quieran vender como una secuela (que también lo es, al menos de las dos primeras películas) es, ante todo, un remake del film original de Richard Donner en el que la trama, los diálogos y hasta los encuadres de cámara están continuamente jugando a hacer referencias al original.
Toda la película es un eco de la de 1978, como si lo ocurrido en ésta hubiera resonado a través del tiempo. Y, a la vez, es una continuación (como ya dije, de las dos primeras: pues obvia la tercera y contradice exlícitamente la cuarta) que se preocupa por ser coherente con el material original e intenta que los personajes sean consistentes con lo ocurrido previamente.
A muchos esto puede irritarles. Otros simplemente lo encontrarán una muestra más de la escandalosa falta de imaginación del cine comercial de hoy en día. A mí, sin embargo, me funciona, y toda esa acumulación de referencias, ecos y toques de atención al film original hacen que para mí la película cobre una dimensión especial. Un juego metarreferencial que consigue el resultado de meterme más hondo en la historia que me están contando y al mismo tiempo, envidiar furibundamente a Singer por haber podido darse el capricho de hacer realidad el sueño de un fan.
Al mismo tiempo, es mucho más fiel al personaje del tebeo, a sus motivaciones y entorno de lo que lo era el material antiguo. Y sobre todo, no comete la torpeza de creer que, por ser una película de superhéroes, todo vale y Superman puede sacarse poderes de la manga según le convenga. De hecho, las muestras de las habilidades superheroicas del Hombre de Acero no pasan de tres o cuatro: aparte de la inevitable capacidad de volar y la superfuerza, tenemos las ya clásicas visión de rayos X, visión calorífica y, en una breve escena, super aliento.
Tenía mis duda con el casting antes de entrar a verla. Más allá de Kevin Spacey, que me parecía una estupenda elección para Luthor, el resto de los actores elegidos para encarnar a los distintos personajes no eran muy santo de mi devoción. Sin embargo, Spacey no consigue dar la talla (imitando continuamente a Hackman, pero sin llegar a su altura), mientras que el desconocido Brandon Routh hace un Superman creíble y un Clark Kent más que pasable. Sólo le reprocharía su manía de estar posando para la cámara en muchas de las escenas de vuelo, que a veces convierten su interpretación del Hombre de Acero en un ejercicio de narcisismo.
Decía antes que no creo que la película vaya a recibir buenas críticas ni a ser un boom de taquilla. En cierto modo, nada a contracorriente. El ritmo del film es deliberadamente pausado (como ya lo era el de Donner) y su tono tiende a lo intimista más de una vez, alejándola de otras adaptaciones de superhéroes de cómic de ritmo trepidante y donde la acción se impone sobre la historia. Esta es una película para ver con calma, para disfrutar con tranquilidad y dejar que nos gane poco a poco.
Conmigo lo ha conseguido.
Como anécdota diré que ayer fuimos diez personas a verla. A los cinco situados en la fila siete, nos gustó, en distintos grados. A los situados en la ocho, le pareció un bodrio y un truño como hacía tiempo que no veían uno.
Quedáis avisados.
Y yo quedo esperando a la edición en DVD para darme el gustazo de verla tranquilamente en casa una y otra vez.
POSTADA: A la pregunta que me hacía a mí mismo en el post anterior, tengo que responder que no, que este Superman no ha conseguido hacerme olvidar a Christopher Reeve. De hecho, una de sus virtudes fue hacer que lo tuviera en mente continuamente, pues a veces Singer parecía empeñado en buscar el ángulo de cámara adecuado o la iluminación correcta para que Brandon Routh nos pareciera una versión más joven de Reeve. En cuanto a las secuencias de vuelo, no están mal en general, pero la gracia con la que se movía Christopher Reeve, su elegancia y naturalidad aún siguen inalcanzadas.
© 2006, Rodolfo Martínez
Usted creerá que un hombre puede volar
Miércoles, Julio 12th, 2006 Pertenece a Superman, Visto y oído | Sin comentar »A la espera de ir esta noche a ver el Superman returns de Brian Singer, rescato un comentario que hice hace unos años sobre la primera película de Christopher Reeve, dirigida por Richard Donner.
Por muchos años que pasen y por muchas versiones para la pantalla que se hagan de El Hombre de Acero (veremos qué pasa con lo que nos ha preparado Brian Singer), será difícil volver a experimentar esa increíble necesidad de exclamar, casi sin querer: “¡Pero sí es Superman!” que uno sintió la primera vez que vio a Christopher Reeve en el famoso traje azul y rojo. Ya solo por eso, por haber encontrado en el mundo real la viva imagen del Último Hijo de Krypton y su alter ego terrestre, la adaptación cinematográfica de Superman realizada en 1978 por Richard Donner merecería pasar a la historia.
Pero además estamos ante una buena película, dirigida y narrada con pulso firme, una de las más cuidadas de la época: un casting tremendamente adecuado, un diseño de producción detallado, imaginativo y creíble, y un guión (pese a fallos inevitables que comentaré más adelante) que se desarrolla con fluidez, sin sobresaltos, llevándonos de paseo por los primeros treinta años de vida de El Hombre de Acero, y haciendo que compartamos con él su increíble viaje de Krypton a la Tierra, su adolescencia como el introvertido Clark Kent, y su madurez como Superman.
Los fallos de guión vienen motivados por el hecho de que ninguno de los guionistas es precisamente un aficionado al cómic de superhéroes: conocen a Superman, por supuesto, como icono cultural y tienen una vaga idea de lo que es el universo cuatricolor del comic-book, pero parecen pensar que, al tratarse de un superhéroe, todo vale, y por tanto sus poderes no necesitan tener ninguna coherencia interna ni límite alguno: pueden sacarse habilidades superheroicas de la manga en el momento mismo en que las necesiten. Algo que será mucho más evidente en la secuela: Superman II: la aventura continúa. De las dos películas restantes (especialmente aquella horrible En busca por la paz de la cuarta), cuanto menos se diga, será mucho mejor.
El responsable de que la película funcione es, por un lado, Christopher Reeve, capaz de hacernos creer que Superman y Clark Kent son dos personas distintas con un sencillo cambio de peinado, unas gafas que le tapan media cara y el hecho simple, pero quizá no tan evidente, de enfrentarse a la interpretación de ambos papeles como si fueran dos personajes distintos, cada uno con sus propias motivaciones y deseos. Su interpretación de Superman está llena de fuerza y de nobleza, pero no está ausente de la misma el sentido del humor necesario para no volver repelente al personaje: sus secuencias de vuelo funcionan, no solo por el cuidado en los aspectos técnicos con el que fueron realizadas, sino porque nos creemos que Christopher Reeve es capaz de volar: cada uno de sus movimientos en el aire está lleno de gracia y naturalidad, como si hubiera nacido para lo que está haciendo. Alguien definió una vez a Superman como el “Nijinsky del aire”, y viendo a Reeve volar, uno no puede evitar estar de acuerdo con la definición. Su Clark Kent, por otro lado, torpe, ridículo y tímido, es también lo suficientemente entrañable para no caer en la caricatura desaforada (algo que sí ocurriría en películas posteriores), consiguiendo de ese modo un equilibrio muy difícil.
El otro artífice de que la película funcionara en su día y aún hoy nos siga enganchando a la butaca es su director, Richard Donner, quien desde el principio se planteó la filmación de Superman como el mayor reto de su carrera y se enfrentó a ella con un ansia perfeccionista que hizo que el rodaje se prolongara más de un año, pero que obtuvo los resultados deseados: cada plano del filme está cuidado al máximo, perfectamente engarzado con el anterior y el siguiente, y la película fluye con una naturalidad que es muy de agradecer y que consigue que el espectador, pese a lo inverosímil de toda la historia, se crea lo que está viendo en la pantalla. Por desgracia, ese perfeccionismo haría que los Salkind, productores de la película, decidieran prescindir de él para entregas posteriores y dejaran el proyecto en manos de Richard Lester, director menos problemático y que no se salía del presupuesto. Lester tiene cierta tendencia a caer en la parodia desmitificadora (baste ver su versión de Los tres mosqueteros o su Royal Flash, por no hablar de su larga colaboración con Peter Sellers o sus dos películas de los Beatles) y aunque en la segunda película eso no se nota demasiado (buena parte de ella —de hecho, casi toda, o eso se afirma— había sido rodada a la vez que la primera y estaba, por tanto, dirigida por Donner) en la tercera entrega del ciclo, ayudado por la presencia de Richard Prior como contrapunto cómico, eso ya es completamente evidente.
La trama, por otro lado está muy inteligentemente estructurada en tres actos que se diferencian con facilidad. El primero, que narra la muerte de Krypton y el viaje del joven Kal-el a la Tierra, es pura ciencia ficción (y por sí mismo uno de los mejores momentos de space opera que vio el cine de aquella época). El segundo contará la adolescencia de Clark y es una revisitación deliberada y nostálgica de la América de Norman Rockwell. Finalmente, el tercero se adentra ya dentro del género de superhéroes y lleva la historia a su conclusión.
En cualquier caso estamos ante una de las películas clave del cine fantástico de los setenta y que aún hoy puede ser vista con agrado y, en ocasiones, con un cierto sentido de la maravilla que es muy de agradecer. Todo ello realizado de una forma puramente artesanal, mucho antes de la llegada de los efectos especiales digitales, y cuando los técnicos tenían que improvisar con las técnicas existentes o inventárselas sobre la marcha. Es muy de agradecer, además, que está edición recupere buena parte de las secuencias que, en su momento, fueron eliminadas del montaje original, algunas de ellas de forma incomprensible: como la conversación entre Superman y Jor-el después de la primera aparición pública del primero, donde se nos muestra a un Hombre de Acero incómodo ante su popularidad, pero sin poder evitar disfrutar de ella, haciendo así más humano al personaje.
Por lo demás, esta edición en DVD ha puesto un especial cuidado en los extras que acompañan a la película. Algo que, cuando salió a la venta, no era nada frecuente, pues la Warner Bros. se solía mostrar más que cicatera en ese aspecto con sus DVDs. Entre esos extras encontramos un acceso directo a todas las secuencias eliminadas de la versión original de la película, tanto las que se incorporan a esta nueva versión como las que no. Un completísimo reportaje sobre el rodaje de la película (en el que hablan prácticamente todos los implicados en el proyecto), varias pruebas de casting o algunos diseños de producción completan este DVD imprescindible para cualquier aficionado al cine fantástico.
© 2006, Rodolfo Martínez
Mis novelas de Superman
Domingo, Julio 2nd, 2006 Pertenece a Superman, Visto y oído | 3 comentarios »Desde que tengo memoria (o sea, unos cinco minutos atrás, según mis malévolos detractores), Superman siempre ha sido mi personaje fetiche.
Y si lo pienso un poco es extraño. No lo es que me gustase el tebeo de super héroes: al fin y al cabo tenía todos los ingredientes para despertar la imaginación del niño solitario que yo era hace más de treinta años. No, lo sorprendente es que me gustase alguien como Superman y más teniendo en cuenta lo tontos y simplotes que eran por aquel entonces sus tebeos.
Yo era fan de la Marvel. Ese era el universo de super héroes que me gustaba: mayor que la vida misma, como un culebrón interminable, lleno de personajes atormentados, “sucios”, héroes con los pies de barro en su mayoria.
Pero pese a eso, mi personaje (no el único, por supuesto, allí estaba aquel Spiderman con cuya identidad civil de empolloncete dado de lado por todos podía sentirme identificado, o la antorcha humana, el otro adolescente de la Marvel que era justo el polo opuesto y que, supongo, me atraía por todo lo que no podía ser) era Superman. No sé muy bien por qué: quizá porque podía volar y, de algún modo, lo hacía mejor que nadie; tal vez porque era capaz casi de cualquier cosa; o por su uniforme en colores básicos y brillantes; o por los decorados de space opera por los que se movía muchas veces. O, finalmente, por una mezcla de todo ello.
Quizá incluso por la burla oculta a la humanidad que representaba el personaje de Clark Kent. Quien sabe. Por aquel entonces yo tenía ocho años y todo aquello ni me importaba ni lo sabía. Sólo sabía que Superman molaba. Molaba más que ningún otro super héroe.
Y con los años eso no ha cambiado. A medida que fui creciendo (excepto durante el paréntesis de casi diez años -entre los 15 y los 25- en que dejé de leer comics) Superman siguió siendo mi personaje fetiche. Y siempre intenté conseguir todo el material que pude de él. Los tebeos, por supuesto, las películas cuando el VHS y posteriormente el DVD me las hicieron accesibles, las series de animación, alguna serie de TV en imagen real, figuritas varias, algún que otro póster, una baraja merced a los buenos oficios de mi amigo Iván Olmedo, las inevitables camisetas con el pentágono con la “S”… y las novelas.
No tengo ni idea de cuántas novelas se han escrito sobre Superman, aunque supongo que unas cuantas. De esas, tengo unas pocas. Creo que todas (o prácticamente) las que se han editado en España.
Repasémoslas.
Empezamos por Superman, el último hijo de Krypton, de Elliot S. Maggin. Una novela que, pese a la foto de cubierta, no tenía nada que ver con la primera película de Christoher Reeve. Estaba escrita por alguien que había sido guionista de los tebeos del personaje durante bastantes años y que, por tanto, conocía bastante bien el entonces embrionario universo DC (multiverso, en realidad, pero esa es otra historia). En esta novela Maggin sitúa al personaje en el mismo entorno que lo tebeos de entonces (los setenta): Clark Kent convertido en presentador del telediario, Luthor como un villano de opereta que hasta usaba mallas ajustadas (de color lila y verde, así, discretito) y con toda la parafernalia espacial de la DC a su disposición: el Cuerpo de Linternas Verdes -que son mencionados en la novela- o los Guardianes del Universo -uno de los cuales aparece en ella-.
No es una novela especialmente memorable (no nos engañemos, ninguna de las que voy a comentar lo es), pero la historia funciona, no está demasiado mal narrada y aprovecha bastante bien el entorno y los mitos de entonces del Hombre de Acero. (Y digo “de entonces”, porque desde aquella época las cosas han cambiado mucho. Empezando por la personalidad de Clark Kent, que ha sufrido una transformación radical. De hecho, siempre que veo esa parte de Kill Bill donde Carradine hace un análisis de los tebeos de Superman no puedo evitar preguntarme cuándo fue la última vez que Tarantino se leyó un cómic del Hombre de Acero; hace un montón de tiempo, a juzgar por lo que dice).
La siguiente en entrar en danza es la novelización de una película, concretamente, Superman III, escrita por William Kotzwinkle quien, por aquel entonces, tenía entre su curriculum el haber adaptado a novela la película de Spielberg E.T, el extraterreste. Ahora mismo, si las referencias no me engañan, es un escritor con un cierto prestigio dentro de la CF, pero por aquel entonces (supongo que estaría empezando) parece que su especialidad era hacer de machaca para quien quisiera encargarle algo.
Hay que reconocer que el hombre se tomó su trabajo con cierto desparpajo y bastante desenfado. El resultado es una novela muy divertida y que se deja leer pese a caer en los típicos errrores que comete alguien cuando se enfrenta al género de super héroes sin tener muy claras sus reglas: pensar que, ya que es Superman, vale todo y que uno no necesita justificar las cosas. Eso no era culpa de Kotzwinkle, por supuesto, ya estaba en el guión del que partía, pero algunos de sus comentarios demuestran una profunda ignorancia del género y del personaje. Resulta especialmente irritante en la secuencia en que Clark Kent “sale” del cuerpo de un Superman malvado y se enfrenta a él en el cementerio de coches. Allí afirma que, como al fin y al cabo, Superman no es otra cosa que la energía de todas las almas de Krypton concentradas en un solo cuerpo, puede hacer sin problemas esas cosas. Comentario ridículo donde los haya, pero que no empaña una novela, como he dicho, contada con desparpajo y hasta cierto “salero”.
De las dos siguientes novelas hay poco que comentar, la verdad. Ambas narran más o menos lo mismo (o al menos acontecimientos ocurridos en la misma época) y son una traslación a la narrativa escrita de lo que por aquel entonces estaba pasando en los tebeos de Superman: su muerte a manos de la criatura llamada Juicio Final.
Supongo que la mayoría lo recodaréis. Fue hace unos dieciséis años, más o menos y fue uno de esos escasos momentos en los que la prensa generalista de gran tirada habló del tebeo de super héroes. No me resultó sorprendente: en cierto modo Superman siempre ha sido un icono que ha desbordado el medio en el que nació y personas que nunca se han acercado a más de un kilómetro de un cómic, conocen el personaje, o al menos sus señas distintivas más evidentes.
La primera novela, Superman ¿Qué hay detrás de Juicio Final?, estaba escrita por Louise Simonson, que era una de las guionistas que trabajaban por aquel entonces en el personaje. Para los que no estén al tanto de esas cosas, lo comento brevemente. En los años noventa del pasado siglo Superman tenía cuatro series mensuales de cómic: Superman, Action Comics (la revista donde apareció por primera vez el personaje, a finales de los años 30), Adventures of Superman y Superman, the Man of Steel. Cada serie tenía un equipo de guionista, dibujante, entintador y demás propio, pero merced al coordinador de las cuatro, Mike Carlin, compartían una característica que las hacía especiales: había continuidad argumental de un título al otro. De ese modo, era como si en lugar de tener cuatro series mensuales, el Hombre de Acero tuviera una única serie semanal. Evidentemente, los responsables de cada serie se centraban en argumentos propios e intentaban desarrollar las ideas que preferían, pero siempre había un respeto a la labor de los otros equipos y, sobre todo, un más que interesante trasvase de ideas entre todos, por no mencionar las distintas tramas que iban pasando de un título a otro. Eso hacía de Superman un personaje bastante atípico en la época: otros superhéroes tenían más de un título, pero normalmente, cada serie iba a su bola sin preocuparse de lo que pasase en las otras, más allá de lo mínimo para no contradecirlas.
Louise Simonson, como he dicho, guionizaba una de las series del Hombre de Acero, y fue la encargada de escribir la versión en novela de la muerte de Superman. Una de las dos versiones, debería, decir. La destinada al público lector más joven. Una suerte de versión en plan novela juvenil de lo que pasaba en el cómic por aquel entonces. Simonson cumplió de un modo ni muy brillante ni tampoco demasiado espantoso. Se limitó a narrar lo que pasaba en los tebeos sin complicarse mucho más las vida.
La otra versión que se hizo de lo mismo recayó en manos de Roger Stern, uno de los guionistas quizá no más brillantes, pero sí más competentes que ha dado el cómic de super héroes, por no mencionar que es todo un veterano que ha tratado casi cualquier personaje. Generalmente, sus propios compañeros de profesión alaban su memoria enciclopédica, capaz de saber qué estaba haciendo qué personaje en qué número de qué colección, sin importar lo antigua que sea. Además, siempre ha parecido condenado a “recoger la antorcha” de su amigo John Byrne. Lo hizo cuando éste dejó Los 4 Fantásticos y volvió a hacerlo cuando abandonó Superman.
Teóricamente, la novela de Stern estaba dirigida a un público más adulto. Es decir, daba más detalles de lo ocurrido y se metía a contar las cosas en un plan más best-sellero que la novela de Simonson. Pero tampoco era como para tirar cohetes. Los diálogos no eran malos (Stern siempre ha sido un excelente dialoguista) y la novela fluía de un modo más o menos adecuado. Pero no es, precisamente, una lectura para repetir. De hecho, salvo que uno tenga demasiado tiempo libre, ni siquiera es una lectura para emprender por primera vez. Mejor acudir a los tebeos, que contaban lo mismo y mucho mejor.
Esas son mis cuatro novelas de Superman. Creo que son cuantas hay en el mercado español, aunque puedo estar equivocado. Ninguna de ellas es gran cosa. Ni siquiera como literatura de consumo rápido pasan más allá del aprobado. Pero, qué demonios, son novelas de Superman. Era inevitable que me hiciera con ellas.
© 2006, Rodolfo Martínez
Una parte de la infancia perdida
Sábado, Marzo 25th, 2006 Pertenece a Mi misma mismidad, Nostalgias, Superman | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: El "conceto", señores, el "conceto"
Mi buen amigo Iván Olmedo ha justificado una vez más su existencia. Buscador incansable como es de curiosidades, merchandising perdido y extraños objetos de culto, ha dado con algo que yo debí haber tenido en su momento pero no tuve. Entró, valeroso y osado, riéndosele a la cara al peligro, en un ignoto quiosco de Gijón. En un rincón del lugar, recién remodelado, se apiñaba todo aquello que su anterior propietario no pudo vender con el paso de los años, incluídos esos misteriosos “sobres sorpresas” a quince pesetas que luego solían contener comics más bien cutrillos (si bien la versión de eso mismo en mi infancia me permitió -a veces la buena suerte existe- casi completar mi colección de tebeos de Zagor). Allí se topó con dos ejemplares de la baraja que, en 1979, el bueno de “Heráclito” (nótese el ingeniosísimo juego de palabras, como dijo no sé quién no sé cuándo no sé dónde) Fournier había editado tras el estreno del primer Superman de Christopher Reeve.
Eran tiempos anteriores a la invasión brutal (a veces maravillosa, otras agobiante) de merchandising que hoy vivimos. Como habría dicho Obi-wan Kenobi: “Un merchandising noble para tiempos más civilizados”. En cualquier caso, en aquella época, los objetos que salían al mercado favorecidos por el estreno de alguna película se podían contar con los dedos de una mano. El clásico álbum de cromos (uno de los antepasados más evidentes de las trading cards que ya ni siquiera necesitan un álbum en el que pegarse), tal vez algún tebeo, puede que un muñequito o dos, la banda sonora con mucha suerte… y, por supuesto, las barajas que a veces el señor Fournier editaba.
En aquella época yo era un niño ávido de todo aquello. Tuve el álbum de cromos de La guerra de las Galaxias, por supuesto (y, sí, el de Sandokán también, pero no vamos ahora a hablar de vergüenzas ocultas y vicios inconfesables) y me compré todo lo que pude encontrar sobre mis películas favoritas: me hice con los tebeos, con algunos de los muñecos, con revistas profusamente ilustradas donde se contaban todos los “secretos” del film, con las bandas sonoras en glorioso vinilo (ah, y cuando era un álbum doble, cómo molaba)…pero curiosamente, jamás intenté conseguir las barajas. Sé que las hubo, por supuesto. Las recuerdo. Pero por algún extraño motivo, nunca me dio por hacerme con ellas.
La generosidad de Iván Olmedo me ha permitido subsanar, al menos en parte, ese error. Cuando vio que en el ignoto quiosco había dos ejemplares de la baraja de Superman, ni corto ni perezoso pensó en mí y decidió que el otro mazo de cartas sería para mí. Supongo que con la esperanza, infundada, de que dejase de llamarlo “rata” o de meterme con él. Pobre.
Repasando las cartas, tengo la impresión de que esas cosas se editaban mucho mejor que sus equivalentes actuales. Puede que sea una trampa de la nostalgia, no lo sé. Al fin y al cabo, uno ronda (si es que, según las malas lenguas, no se ha adentrado ya con decisión) esa franja de edad donde todo lo del pasado empieza a parecerle maravilloso y se lanza a despotricar contra esos jóvenes advenedizos que no manifiestan respeto alguno por lo anterior. Espero, eso sí, no decir nunca aquello de “en mi época sí que nos sabíamos divertir”. Entre otras cosas porque, qué demonios, mi época es ésta. Y lo seguirá siendo hasta que me muera o no esté vivo, lo primero que pase.
Pero decía que repasando las cartas, no he podido por menos que fijarme en lo cuidada que es su edición. En el modo impecable en que, leídas en secuencia, resumen la película a través de unas cuantas imágenes muy bien seleccionadas, por no mencionar los textos, entre curiosos e ingenuos, que van dando cuenta de la historia. No me he parado a leer las reglas del juego que viene en la parte posterior de la primera carta: seguramente alguna variación de los muchos juegos de cartas que existían entonces. Porque sí, ha habido juegos de cartas anteriores al Magic, el Falling o el Money for lunch. Más baratos, por cierto y, al igual que ahora, tan divertidos o aburridos como lo fueran los jugadores. Sí, definitivamente empiezo a parecer un viejo cascarrabias, así que mejor voy abreviando antes de empezar a repartir bastonazos mientras me quejo a Odín de la falta de respeto por las canas de las nuevas generaciones.
Pues eso, que gracias a Iván he recuperado un trozo perdido de mi infancia. Nunca se lo agradeceré lo bastante (de hecho, jamás se me ocurriría agradecérselo, no vaya a ser que se lo crea y luego no haya quien le aguante), pero se ha ganado un hueco en mi corazoncito -ese que guardo en un frasco de formol junto al ordenador-, eso sin la menor duda.
Fotografías: © 2006, Rodolfo Martínez.
