La perla, una fábula
Tenía once años, lo recuerdo muy bien, cuando leí mi primera novela de John Steinbeck. Cuando, en realidad, me la leyeron.
Sí, lo he escrito bien.
6º de EGB. 1976. Clase de lengua.
Y el profesor (un hombre al que nunca agradeceré lo bastante el modo en que convirtió mi infantil amor por la literatura en algo que sólo puede ser descrito como pasión) dedicó varias clases a leernos en voz alta una novela corta llamada La Perla.
No creo que le llevara muchas clases. Al fin y al cabo, ya lo he dicho, es una novela corta, casi un cuento largo. Y, en cierto modo, es precisamente eso, un cuento, una fábula. La historia de un pescador que un día encuentra la perla perfecta y el modo en que ésta cambia completamente su mundo. Y no para bien.
Inútil es decir que la historia me impresionó.
En parte (aunque eso lo supe mucho después, cuando volví a leerla -o quizá debería decir que la leí por primera vez- y reflexioné sobre ella) por lo bien que estaban construidos todos los personajes, no importaba lo arquetípicos que fueran. Con dos pinceladas, rápidas y precisas, Steinbeck era capaz de hacer que creyéramos reales a los participantes en aquel drama. Que los sintiéramos.
Y en parte, sin duda, por la sencillez aparente con la que todo estaba narrado. Usando sólo las palabras precisas para que la historia fluyera y para que los acontecimientos se desarrollasen ante nuestros ojos de un modo natural, inevitable. Para que, en suma, nos metiéramos en la historia como si fuéramos un personaje más.
Desde aquel momento John Steinbeck se convirtió en uno de mis escritores favoritos. O quizá debería decir que estaba destinado a convertirse en uno. Al fin y al cabo, pasaron varios años antes de que volviera a leer nada suyo. Y, cuando lo hice, el resultado no pudo ser más contundente. Era Las uvas de la ira, claro, seguramente su mejor novela; y confieso que si acabé leyéndola fue porque hacía poco que había visto la versión cinematográfica que John Ford había realizado.
En ella, Steinbeck narra las desventuras de una familia de campesinos que, en medio de la Depresión, pierden sus tierras y se ven obligados a emigrar a California para buscar trabajo como temporeros. Y era, y lo sigue siendo, una de las novelas más duras, desgarradoras y humanas que jamás he leído. La sensibilidad y la contundencia con la que Steinbeck se asomaba al corazón y al alma de los perdedores, de los desheredados, era asombrosa; pero lo era más aún el que fuera capaz de conseguir eso sin un solo atisbo de sensiblería fácil o compasión cursi-buenista. El novelista no nos ahorraba nada, ni bueno ni malo, y sus personajes estaban muy lejos de ser santos o de resultar inocentes. Eran, simplemente, seres humanos, con todas sus miserias y grandezas, que habían tenido mala suerte.
Luego llegaron, claro, Al Este del Edén, Cannery Row (y su "remake": Jueves, dulce día), De ratones y hombres o incluso su intento de adaptar La Morte D'Artur de Mallory al lenguaje del siglo XX y que acabaría siendo publicado de forma póstuma. Y unas cuantas novelas más.
Nunca he podido evitar la comparación entre Hemingway y Steinbeck. Injusta, sin duda, como todas las comparaciones. Y en ella, siempre ha salido mejor parado el segundo. No puedo evitar encontrar mucho de pose en Hemingway, sobre todo en el de las novelas. Sin embargo, Steinbeck me resulta auténtico en cada palabra que escribe, en cada línea, en cada página. Sí, ya lo he dicho, es una comparación injusta, seguramente. Y lo es desde el momento mismo en que el terreno natural de Hemingway es el relato y el de Steinbeck la novela. Comparar, por tanto, las novelas de ambos es hacer trampa, en cierto modo.
Pese a todo...
Es tentador comparar las dos historias más parecidas de los dos. La perla y El viejo el mar. Ambas son fábulas, ambas adoptan el formato de novela corta y en ambas está presente la lucha del hombre por dominar la naturaleza.
El problema es que no me creo del todo El viejo y el mar. Sí, por supuesto que la peripecia de ese pescador es apasionante, como lo es su empecinamiento, su negativa a darse por vencido, le cueste lo que le cueste. Y sin duda Hemingway describe magistralmente todo eso. Pero... no acabo de creérmelo. No por completo. Todo me parece un poco de cartón-piedra, por así decir, un poco demasiado espectacular para ser cierto. En cambio, en La perla ni siquiera me planteo si me estoy creyendo la historia o no: estoy demasiado metido en ella para pararme a pensar en esas tonterías.
En tiempos oscuros la gente es guiada mejor por la religión, como en una noche negra como boca de lobo un ciego es el mejor guía; conoce los caminos y senderos mejor que un hombre que puede ver. Cuando llega la luz del día, sin embargo, es una tontería usar hombres viejos y ciegos como guías.Heinrich Heine
Cien años de soledad, el culebrón definitivo
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Así empezaba lo que, sin duda, es el mejor culebrón jamás escrito. Y, con esa sola frase, Gabriel García Márquez estaba prefigurando, en cierto modo, lo que sería la estructura del libro; una estructura en la que el tiempo se movería en espiral y donde los acontecimientos, reinventados desde el recuerdo, cobrarían una naturaleza mítica.
De hecho, el manejo del fluir temporal es una de las constantes de García Márquez como narrador. El fluir temporal manejado como una maquinaría de precisión en Crónica de una muerte anunciada, o como un animal caótico, imparable y desbordante en El otoño del Patriarca. En la historia de la familia Buendía, el tiempo es en cierto modo un laberinto, tal vez un río lleno de meandros que en ocasiones vuelve a su curso anterior o se desparrama por un delta interminable que, pese a todo, no impedirá que desemboque en el mar.
Nada sabía yo de eso cuando, con diecisiete años, me senté a leer aquella novela llamada Cien años de soledad. Sabía, eso sí, que a su autor acababan de concederle el Premio Nobel de literatura, que era colombiano y que cultivaba aquello que tan de moda había estado en los años setenta y a lo que la crítica llamaba "realismo mágico". Una etiqueta que no tardó mucho en convertirse en un cajón de sastre en el que meter toda la narrativa latinoamericana y que, por tanto, acabó perdiendo la mucha o poca utilidad que hubiera podido tener.
No me importaba demasiado. En aquel momento, sin nada nuevo que leer, me dispuse a hincarle el diente a aquella novela que algún amigo le había dejado a mi padre.
Y no pude parar.
Era increíble. Lo que me estaba contando aquel tipo eran las aventuras y desventuras de una familia apellidada Buendía con una obstinada tendencia a llamar Aureliano y José Arcadio a sus miembros varones y una mala suerte a prueba de bomba. Generación tras generación, los Buendía iban pasando por la historia, creándola y sufriéndola a un tiempo y, mientras los hombres de la familia se empecinaban en las locuras que hacían el que el mundo cambiase, las mujeres eran las que lo mantenían unido e impedían que se deshiciera en mil pedazos mientras cambiaba.
Todo empezaba en un tiempo por determinar, en un momento fluido e impreciso en el que ni los años parecían discurrir de un modo muy regular y donde las épocas se entremezclaban de un modo confuso. Luego, lentamente, parecíamos entrar en la historia (momento marcado por la llegada de Apolinar Moscote, el enviado del remoto gobierno de la nación, al pueblo de Macondo) y, a medida que la narración avanzaba íbamos recorriendo un siglo XIX bastante sangriento para desembocar en un XX que no lo era menos. De algún modo, hacia el final, el tiempo se desgastaba, perdía fuelle y todo se movía por una bruma a medio definir que presagiaba un final cercano y cansino. Y luego, en las últimas páginas, mientras el huracán bíblico arrasaba Macondo para siempre, el último de la estirpe descifraba su destino en los manuscritos ininteligibles de Melquiades y comprendía que ni él ni su familia tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra.
Era un cuento. Un cuento de sangre y de amor, de violencia y soledad, de intrigas y guerras.
Un culebrón, ya lo he dicho.
Un culebrón escrito desde la nostalgia y el puro placer de contar, de narrar.
Y se notaba.
En cada maldita página. En cada párrafo. En cada frase.
Lo que estaba haciendo allí García Márquez era reconstruir en clave de novela su mitología personal. El universo de ficción que, seguramente, había ido tomando forma en su cabeza durante la infancia, nacido de las charlas con su abuelo, de las conversaciones con las mujeres de la casa, de los rumores del pueblo y, en general, de cotilleos, recuerdos y agravios no olvidados. Puedo imaginarme a ese niño solitario e imaginativo espantado por las cosas que oía contar como si fueran reales y construyendo en su cabeza, sin saberlo, su propia realidad.
Una realidad que tardaría en cobrar una forma concreta y definida. Que intentaría asomar una y otra vez en lo que el joven Gabo escribía (en La hojarasca, su primera novela; en muchos de sus cuentos como "Los funerales de la Mamá Grande"; incluso en pequeños atisbos de sus otras novelas más realistas, más "con los pies en la tierra", como La mala hora o El Coronel no tiene quien le escriba) pero que nunca llegaba a tomar cuerpo del todo. No fue hasta que leyó La Metamorfosis de Kafka que comprendió cómo tenía que hacer las cosas si quería tener éxito. Cuando leyó "al despertar aquella mañana Gregorio Samsa descubrió que se había convertido en un enorme escarabajo" entendió que la clave para contar acontecimientos inverosímiles y hacerlos parecer reales era narrarlos como si lo fueran. De un modo cotidiano, sin darles importancia.
-Carajo -dijo-, de modo que así es como se hace.
Kafka estaba haciendo lo mismo que sus innumerables tías habían hecho cuando él era pequeño. Cuando se contaban entre ellas los rumores del pueblo y, seguramente, los embellecían con sus propias fantasías, lo hacían de un modo tranquilo, sin regodearse en lo increíble, sino aceptándolo como normal y natural.
Y eso fue lo que él hizo. Convirtió los chismes de su infancia (historias reales en muchos casos, rumores en otros, anécdotas "realzadas" por el rencor o la nostalgia en su mayoría) en material de leyenda y lo hizo parecer creíble por el método simple (¡ja!) de contarlo sin darle importancia.
Escribió, básicamente, un culebrón. Una historia de pasión, venganza, intriga, empresas imposibles, hombres indomables y mujeres firmes como rocas. Una historia en la que uso todos y cada uno de los recursos de la novela popular, sin ruborizarse ni pedir perdón por ello. Una historia que por fuerza tuvo que ser un revulsivo en su momento, pues devolvió el placer de narrar bien, de contar un buen cuento en un momento en que la novela atravesaba lo que parecía un callejón sin salida. Una historia que se vuelve universal a fuerza de trabajar una y otra vez con el más "local" de los materiales: tus propios recuerdos de la infancia.
Un culebrón, ¿ya lo he dicho? El mejor de los culebrones.
¿Quiere casarse conmigo? ¿Cuánto dinero le dejó su marido? Responda primero a lo segundo.Groucho Marx
Recetario irlandés
Siempre me he preguntado si el Ulises de Joyce era realmente una novela, si no sería más bien un recetario, un manual, una especie de libro de texto.
Y en ese caso, en vez de Ulises, tal vez habría sido mejor titularlo Manual enciclopédico y compendio exhaustivo de técnicas narrativas, ilustrado con varios ejemplos prácticos situados en un día de primavera en Dublín.
Eso, sin duda, habría evitado varias confusiones. Y alguna que otra indigestión.
El cosmos es todo lo que fue, es o será.Carl Sagan
De vuelta en Macondo
Tendría unos diecisiete años cuando leí la frase por primera vez:
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Y, a partir de ese momento, no pude parar de leer. Desde entonces, Cien años de soledad se ha convertido en una de mis novelas fetiche, y he vuelto a leerla este pasado fin de semana. Después de acabar La carretera, de Cormac McCarthy, sentí que necesitaba algo que me levantara el ánimo, algo que me emocionara, me divirtiera y me hiciera olvidarme de todo durante unas horas. El resultado es que acabé leyendo una vez más (ya he perdido la cuenta de cuántas son) la novela de García Márquez.
Y sigue funcionándome como la primera vez, por supuesto. El modo magistral en que el autor colombiano usa todos los recursos de la literatura popular, la manera en que juega con el tiempo, la forma en que va dando vida, como sin darle importancia, como si fuera lo más natural del mundo, como si se estuviese limitando a contar algo que vio, a una realidad enorme, desmesurada, caótica y vital... todo se alía para construir lo que, sin duda, es el mejor culebrón del pasado siglo.
Porque Cien años de soledad no oculta su naturaleza de folletín, de novela-río. Y, de hecho, juega una y otra vez con esa idea y codifica en esa estructura toda la nostalgia de la infancia y la juventud que García Márquez descargó en la novela. El modo en que buena parte de los capítulos terminan en lo que hoy llamamos cliff-hanger, o las frases con las que arrancan otros, son sintomáticas.
¿Quién, tras leer El coronel Aureliano Buenía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos o Llovió durante cuatro años, once meses y dos días puede resistirse a continuar, a seguir adelante, a saber qué pasó y cómo y por qué?
El modo en que al autor juega con el tiempo es magistral. Con el fluir temporal por un lado, evitando una y otra vez el desarrollo lineal de los acontecimientos, convirtiendo el trascurrir de las cosas en una especie de espiral que avanza hacia el futuro, pero nunca en línea recta. Algo que repetiría de un modo más caótico y desmesurado en El otoño del Patriarca y de una forma medida al milímetro, convertida en un mecanismo de precisión en Crónica de una muerte anunciada.
Pero también en el modo en que la historia va fluyendo. Cuando la novela empieza estamos en un tiempo mítico, en el que los años no se cuentan y todo parece suceder entremezclado, sin un orden concreto. Estamos en los tiempos de leyenda, de la fundación de la ciudad, en una suerte de prehistoria legendaria en la que todo tiene un aura remota y fabulosa, una especie de versión caribeña de Las mil y una noches. Luego, en el momento en que aparece Apolinar Moscote (y, con él, la idea del remoto gobierno de la nación), la novela entra en el siglo XIX, Aureliano Buendía da un paso al frente y se convierte en el guerrero implacable que acaba luchando contra sí mismo y encuentra la paz en la soledad de sus pescaditos de oro.
De pronto dejamos el territorio de la leyenda brumosa e imprecisa para entrar en la historia cercana, en la crónica de la vida de nuestros abuelos, tal vez. Y, antes de que nos demos cuenta, nos damos de narices con el siglo XX, mientras Macondo se va desmoronando a nuestro alrededor y el último Buendía descubre que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.
Sobre esos tres periodos (la remota leyenda, el pasado cercano, y el presente) García Márquez construye el exorcismo de sus fantasmas de infancia que es, en realidad, Cien años de soledad. La habilidad del autor, su sabiduría de narrador de casta, está en tomar lo más particular (su propia nostalgia, sus miedos infantiles, la tradición oral de su familia) y haberlo convertido en algo universal, cercano y fascinante.
Esta novela es, de hecho, la culminación de un ciclo. Macondo (y con él ciertas figuras y momentos, como el coronel Aureliano Buendía o las guerras civiles) había estado presente en su narrativa casi desde el principio. Sin atreverse a contar la historia que realmente quería, García Márquez había dado vueltas a su alrededor en La hojarasca, "Los funerales de la Mamá Grande" y buena parte de sus cuentos. Con Cien años de soledad encuentra la voz que estaba buscando (esa voz cuya clave le dio Kafka con el arranque de La metamorfosis: contar lo maravilloso como si fuera cotidiano) y escribe por fin la novela de la que, estoy seguro, quería librarse desde hacía tiempo.
Y al hacerlo nos ha regalado un juguete tremendo, divertido, que no concede pausa al lector y que deja la impresión de ser más real que la "verdadera" realidad.
Dentro de unos años volveré a leer Cien años de soledad. Y otra vez, estoy seguro, me dejaré atrapar por su magia como si fuera la primera vez.
Vamos, la gente puede usar las estádisticas para probar cualquier cosa, Kent. El 14% de la gente lo sabe.Homer Simpson
La carretera… casi
He tardado algo más de un año en leerla. Estaba allí, en la pila, pero entre una cosa y otra la he ido dejando. De hecho, empezaba a pensar que allí se quedaría para siempre.
Este fin de semana, por fin, me he puesto con La carretera, de Cormac McCarthy.
¿Es todo lo que me habían dicho? Sí, sin duda.
Y sin embargo...
Confieso que sentí una cierta decepción cuando llegué al final del libro.
Estamos ante una novela que invita (casi diríamos, que obliga) a la desesperación. El panorama desolador y sin salida que va presentando ante nuestros ojos no deja muchas opcionas. Una página tras otra vamos siguiendo a los personajes por ese mundo agonizante y enfermizo y, cuanto más nos adentramos en él, la esperanza se va convirtiendo en algo fútil, vacío. Una ilusión para seguir adelante pero que en el fondo sabemos que es falsa.
Y, de pronto, llegamos a las dos últimas páginas.
Y aparece de repente un resquicio. Una posibilidad. Quizá, pese a todo, haya esperanza.
Confieso que esas dos últimas páginas me han molestado. Me han sacado del libro. De pronto, he tenido la sensación de que estaba frente a un artificio y que el autor se acababa de sacar un conejo de la chistera. Hasta ese momento me había sumergido en el paisaje de desolación que la novela había ido dibujando ante mí. Lo había hecho sin hacer preguntas, dejándome arrastrar, entrando en ese mundo moribundo y atroz como si fuera algo real.
Y las últimas páginas me sacan de él. Me devuelven a la realidad, me dicen que lo que acabo de leer -de vivir, en cierto modo- es falso, un truco, una mentira. Que estoy a salvo.
Y sí, me ha molestado.
Porque me ha sabido a cobardía. Como si el autor (y me sorprende de McCarthy) no hubiera tenido la valentía de seguir hasta el final, no hubiera podido continuar hasta la conclusión inevitable, sin esperanza ni salida, y hubiera necesitado darse un respiro a nosotros y a sí mismo.
Un respiro que, en el contexto de la novela, huele a falso. Apesta a postizo.
¿Recomiendo pese a todo la novela? Sin la menor duda. Es dura, desgarradora, implacable. Y es, desde luego, una gran novela.
Sin embargo, para mí acaba un par de páginas antes del lugar en el que el autor ha decidido poner el final. Acaba con muerte, con desesperación y con la sensación de que no hay salida y estamos condenados. Que la esperanza no existe, sólo la muerte.
Lo prefiero así, la verdad.
Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate para morir.La princesa prometida
Los enjoyados tronos de la tierra: la aventura fantástica moderna
César Mallorquí ha coordinado, para Revista de Literatura, un número especial dedicado a la novela de aventuras. Mi contribución fue un breve artículo sobre la literatura de aventuras (en su vertiente fantástica) en la época moderna. César me pidió también una selección de mis diez novelas de aventuras favoritas.
Helos aquí, ambos, artículo y selección:
Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades, y los años de aparición de los hijos de Aryas, hubo una edad no soñada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas: Nemedia, Ophir, Brythunia, Hyperborea, Zamora, con sus mujeres de cabellos negros y sus torres de terrorífico misterio; Zingara, con sus caballeros; Koth, que hace frontera con las tierras de pastos de Shem; Estigia, con sus tumbas guardadas por sombras; Hyrkania, cuyos jinetes llevan acero, seda y oro. Pero el más orgulloso reino del mundo es Aquilonia, que reina suprema en el dormido occidente.
Y allí llegó Conan, el Cimmerio, cabello negro, adustos ojos, espada en mano, ladrón, asaltante, asesino, de grandes tristezas y grandes alegrías, preparado para pisotear con sus pies calzados con sandalias los enjoyados tronos de la Tierra.
Las crónicas nemedias
Es en el siglo XIX donde la novela de aventuras nace tal como la conocemos. Tiene sentido; el XIX es, en buena medida, el siglo de las grandes exploraciones y descubrimientos. El mundo, parecía, podía estar lleno de lugares maravillosos aún por descubrir, donde quizá civilizaciones milenarias ocultarían sus secretos, o antiguas ruinas abrirían sus misterios al esforzado explorador.
La selva africana, el bosque amazónico, las islas del Pacífico o del Índico, la remota Antártida...
Quizá, quién sabe, en alguno de aquellos lugares el tiempo había quedado atrapado en una burbuja y aún existían los dinosaurios, o los grandes mamíferos extintos, o incluso los cavernícolas. Arthur Conan Doyle, en El mundo perdido, explora esa idea de la mano de uno de sus personajes más estrambóticos (y no es que Sherlock Holmes fuera un prodigio de normalidad): el profesor Challenger, individuo de aspecto brutal, casi simiesco que, sin embargo, esconde tras esa tosca apariencia a la mejor mente científica de su época. El mundo perdido es quizá la novela de Conan Doyle que más veces ha sido llevada a la pantalla (tanto al cine como a la televisión) y, por supuesto, esa idea del entorno que ha quedado aislado del resto del planeta y donde permanecen atrapados vestigios de épocas pasadas será usada una y otra vez por distintos autores, tanto de la época como posteriores. De hecho, en los actuales comics de superhéroes tenemos un descendiente muy claro del mundo perdido de Doyle: la Tierra Salvaje, una especie de paraíso tropical enclavado en medio de la Antártida y donde los distintos superhéroes que acaben llegando a él encontrarán de todo: dinosaurios, tribus salvajes, insectos gigantescos...
Aunque quizá el más destacado explorador de los "mundos ocultos" del siglo XIX sea H. Ridder Haggard, creador del explorador Allan Quatermain y cuya novela Las minas del Rey Salomón es, sin duda una de las más populares de su tiempo. Curiosamente, Quatermain nos es presentado como un hombre ya bien adentrado en la madurez, que ha visto quizá su mejor momento, algo que las distintas versiones cinematográficas han obviado siempre, presentándonos un Quatermain joven y vital que, tarde o temprano, acabará teniendo una historia de amor con el personaje femenino de turno.
En Ella y su continuación, Ayesha, Haggard nos presenta una mujer eternamente joven que ha esperado pacientemente durante siglos la reencarnación de su amado. La historia, como no podía ser menos, termina trágicamente.
Claro epígono de los escritores de aventuras decimonónicos, Edgard Rice Burroughs puebla el África de su Tarzán de misteriosos reinos y lugares asombrosos: desde la ciudad perdida de Opar ---vestigio de la desaparecida Atlántida--- a valles ocultos en los que viven los descendientes de los Cruzados (manteniendo las tradiciones y hasta el lenguaje de la Edad Media) pasando por recónditos rincones donde aún sobrevive una antigua Legión Romana. El universo en el que Burroughs hace moverse a su personaje más famoso, imaginativo, rico, a veces desbordante, siempre lleno de maravillas, es sin duda muy superior al que estamos acostumbrados a ver en las adaptaciones cinematográficas, donde Tarzán es invariablemente un bruto incapaz de conjugar un solo verbo y las amenazas a las que el rey de la jungla hace frente son, una y otra vez, el rapto de Jane por parte de alguna tribu nativa o, como mucho, de algún codicioso explorador blanco.
El Tarzán literario, por el contrario, desborda imaginación. Es aventura en estado puro, sin complicaciones y sin demasiadas preocupaciones por la coherencia. A medida que la serie va avanzando, el África allí descrita se va volviendo más rica y compleja, por no mencionar que Tarzán es, de partida, un personaje bastante más sofisticado que el tosco salvaje blanco en taparrabos que estamos acostumbrados a ver en el cine.
Un descendiente de Tarzán es, en cierto modo, el Conan creado por Robert E. Howard en los años treinta del siglo XX. En cierto modo, Conan es un Tarzán más primario y menos sofisticado, con su punto de amoralidad y pragmatismo, y el tipo de aventuras en las que se ve envuelto guardan más de una deuda y de dos con las creaciones de Burroughs.
En esa época nace lo que se ha dado en llamar "fantasía heroica" (o, en ocasiones, "espadas y brujería"), un subgénero que se desarrolla en los años treinta sobre todo a través de las revistas pulp. Howard no es el inventor del género, pero sin duda sí su máximo exponente en esa época: incluso en sus relatos más tópicos y manidos, sabía imprimir a sus historias un ritmo y un colorido que compensaban con creces su estilo en ocasiones descuidado.
La fantasía heroica parte de una premisa muy sencilla. En lugar de ir a buscar civilizaciones perdidas o mundos encapsulados en el nuestro, construye una especie de universo alternativo en la que una suerte de Edad Media ficticia sirve de marco de referencia para mover por ella a sus héroes. Ese mundo pseudo-medieval puede ser un remoto pasado del nuestro, un futuro más remoto aún o, simplemente, otro universo.
Fritz Leiber, prolífico autor de ciencia ficción, tocaría el género de "espadas y brujería" con su ciclo de relatos dedicados a Fafhrd y el Ratonero Gris, aportando al asunto una cierta mirada irónica que no le venía mal.
Pero como decimos, el rey de la fantasía heroica en ese tiempo es Howard y, de todas sus creaciones, será Conan la que más fama (por desgracia, póstuma) le otorgue. La adaptación de las aventuras del personaje al cómic a principios de los años setenta y la recopilación del material de Howard en distintos libros incrementarán enormemente la popularidad de Conan. Las dos películas interpretadas por Arnold Schwarzenegger terminarían de hacer famoso al ceñudo bárbaro en todo el mundo.
Autores posteriores intentarían aprovechar el filón de Conan escribiendo pastiches, terminando relatos inconclusos de Howard o, incluso, transformando cuentos de otros personajes en historias de Conan.
Sin embargo, ninguno de los que después han tratado el personaje (salvo quizá Roy Thomas en su etapa como guionista en los comics del bárbaro) han podido competir con el material original. Con todos sus defectos, Howard era un narrador nato e instintivamente sabía cómo darle garra a una historia y hacérsela inolvidable al lector. Relatos como "Nacerá una bruja" y "La reina de la Costa Negra" o novelas como La hora del dragón son una lectura rápida y emocionante, que no concede descanso al lector: mundos poblados por personajes primarios llevados por pasiones primarias, enfrentados a lo imposible y vencedores a base de fuerza y determinación.
Durante mucho tiempo, este tipo de fantasía se considera, de un modo un tanto despectivo, la hermana pequeña de la literatura fantástica. Sin duda la mayoría de estas historias, escritas para el mercado de revistas populares, eran toscas, poco sofisticadas y, muchas veces, poco más que un héroe musculoso y simplón enfrentándose a alguna criatura babosa venida de más allá del tiempo y el espacio.
Sin embargo, entre todo eso encontramos pequeñas joyas. No sólo los relatos de Howard (y de éste, no sólo los de Conan: su ciclo de Bran Mak Morn, un caudillo picto en los tiempos de la dominación romana de Bretaña, es quizá de lo mejor que salió de su pluma), sino también obras como las ya citadas de Leiber o los relatos de Catherine L. Moore y Henry Kuttner, matrimonio de escritores que, tanto juntos como por separado, cultivaron no sólo la ciencia ficción sino también la fantasía de espadas y brujería.
Tendrían que llegar los años sesenta para que ese tipo de fantasía épica, de entorno seudomedieval se convirtiera en la corriente dominante del género.
La culpa es, por supuesto de El señor de los anillos, la descomunal novela de Tolkien que, para bien o para mal, ha marcado la fantasía de corte épico desde entonces.
Poco se puede decir de El señor de los anillos que no se haya dicho ya. Y sin duda su sombra sigue siendo alargada.
Bajo ella han surgido como setas docenas, quizá centenares de trilogías, heptalogías y series interminables que comparten como elementos comunes un mundo sumido en una Edad Media ficticia y a menudo idealizada y poblado de todo tipo de criaturas (elfos, enanos, orcos, trasgos, dragones, ya sean parlantes o no) y orientadas, en general, al público adolescente. De hecho, muchas de esas obras se han acabado convirtiendo en rentables y jugosas franquicias para sus propietarios.
Como botón de muestra, basta mencionar la serie de la Dragonlance, escrita originalmente por dos aficionados a los juegos de rol épicos (probablemente Dungeons & Dragons) que empezaron novelando una de sus partidas y acabaron escribiendo la trilogía Crónicas de la Dragonlance. El éxito de las Crónicas acabaría llevando a unas Leyendas, de los mismos autores y, a partir de ahí, la cosa se dispararía: Héroes de la Dragonlance, Preludios de la Dragonlance y libros unitarios dedicados a éste o aquel personaje secundario, en ocasiones escritos por los autores originales, y en otras muchas no.
Habría que destacar, dentro de esta corriente nacida al amparo de la obra de Tolkien, la obra de Javier Negrete. Su ciclo de Tramorea (formado, de momento, por La espada de fuego y El espíritu del mago) no tiene nada que envidiar en cuanto ritmo, colorido y emoción a los mejores productos que nos llegan de fuera. Negrete, escritor sólido y estilista brillante, ha sabido llevar el género a su terreno y escribir dos estupendas novelas de aventuras que merecen, sin la menor duda, el éxito que han obtenido.
Lo cierto es que, de un modo y otro, y tras más de medio siglo, la obra de Tolkien sigue dominando sobre buena parte de la fantasía, ya sea como influencia a seguir o modelo a evitar. O, incluso, como meta a batir.
El polaco Andrzej Sapkowski, con su ciclo dedicado al brujo Geralt de Rivia ha dado un giro inesperado a este tipo de historias. Usando, a menudo, los tópicos más rabiosos y los arquetipos más sobados, ha sabido proyectar sobre ellos una mirada nueva y original, a menudo irónica cuando no directamente mordaz. Con grandes dosis de ambigüedad moral, Sapkowski se mueve con facilidad por los tópicos de la fantasía heroica, dinamitándolos a su paso.
Pero, sin duda, el gran éxito de los últimos tiempos ha sido Canción de hielo y fuego, de George R.R. Martin. En el mundo imaginario que ha construido, Martin ha escrito (está escribiendo, de hecho) una novela-río totalmente excesiva, llena de personajes espléndidamente delineados.
Usando como punto de partida la Guerra de las Rosas inglesa, Martin construye una historia de guerras, intrigas y misterio que atrapa al lector desde el principio y en la que usa con enorme habilidad, no sólo los recursos del folletín decimonónico, sino del culebrón televisivo (su heredero directo, al fin y al cabo). Cambiando continuamente el punto de vista de un personaje a otro y, por tanto, dándole vuelcos una y otra vez a las distintas situaciones, Martin ha conseguido enganchar a su descomunal saga a un buen montón de lectores a lo largo de todo el mundo. No es de extrañar: Canción de hielo y fuego está concebida, de un modo tremendamente inteligente, para atrapar al lector y hacerle desear más al final de cada volumen. Habrá que esperar, cierto es, a la conclusión de la saga para poder juzgarla como se merece, sin duda, pero mientras tanto cada novela resulta un viaje fascinante en sí misma y el destino final tal vez importe menos de lo que parece.
Diez aventuras imprescindibles (selección personal e intransferible):
- La colina de Watership, Richard Adams
Una historia de conejos. Sí, de conejos que dejan su madriguera ante una amenaza inminente y recorren la campiña inglesa saltando de peligro en peligro. Pese a su aspecto de cuento infantil, no os dejéis engañar: es pura épica, el equivalente de la Odisea o el Beowulf. Si los conejos escribieran cantares de gesta o sagas, La colina de Watership sería lo que compondrían. - El corsario negro, Emilio Salgari
Emilio de Boccanera, señor de Ventimiglia, metido a pirata para vengar el asesinato de sus hermanos y enamorado de la hija de su enemigo. Atado a una promesa imprudente y condenado a perder lo que ama. Seguramente, la mejor novela de Salgari, y fuente de inspiración para todas las historias posteriores de piratas caribeños. - El Hobbit, J. R. R. Tolkien
Aunque oscurecida por el éxito sin precedentes de su hermana mayor, El señor de los anillos, ésta sigue siendo sin duda la novela más divertida y entretenida de Tolkien. Aventura sin más pretensiones que la propia aventura, el libro engancha desde la primera página y Bilbo Bolsón (ese tranquilo hombrecillo burgués que se acaba convirtiendo, a su pesar, en un aventurero y que se guía una y otra vez por su sentido común y la consciencia de su propia pequeñez) es sin duda el mejor personaje creado por Tolkien. Su diálogo de enigmas con el dragón es uno de los mejores momentos de la novela. - La isla misteriosa, Julio Verne
Un grupo de náufragos abandonados a su suerte. El triunfo del hombre civilizado sobre la naturaleza y, entre bastidores, como una presencia que se siente durante toda la novela pero no se ve hasta el final, el legendario capitán Nemo. Quizá la mejor, a mi entender, del subgénero de "robinsones". - La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson
Stevenson jugando a ser niño, en cierta manera. Volviendo a su infancia y dejándose fascinar (y fascinándonos) por las historias de sanguinarios piratas. El acierto de hacer que su narrador sea un muchacho (y por tanto, mostrárnoslo todo desde su punto de vista) es sólo uno de los muchos que tiene esta novela, de factura prácticamente perfecta. ¿Quién no ha deseado conocer a Long John Silver o rescatar la Hispaniola de los piratas? - La liga de los caballeros extraordinarios, Alan Moore y Kevin O'Neil
Sí, sé que estoy haciendo trampa, pero en este cómic se recoge de un modo magistral toda la tradición aventurera del siglo XIX. El doctor Jekyll (y Mister Hyde), Alan Quatermain, Mina Harker, el capitán Nemo y el Hombre Invisible unen sus fuerzas contra el temible profesor Moriarty y un no menos temible doctor oriental en pos de una sustancia que desafía la gravedad. - La Odisea, Homero
La aventura definitiva. La vuelta a casa del héroe para encontrar, allí, el último escollo, el peligro definitivo. Ulises, armado sólo con su ingenio y su astucia, vence sobre hombres, semidioses y dioses, desciende a los infiernos, oye el canto de las sirenas, ciega al cíclope y, disfrazado de mendigo, vuelve a su propia casa y hace frente a los pretendientes de Penélope. - La princesa prometida, William Goldman
El manejo inteligente e irónico de los tópicos de la novela de aventuras y la novela romántica, el juego metaliterario que preside toda la historia y la complicidad que enseguida se consigue entre narrador y lector hacen de esta novela algo imprescindible. - Scaramouche, Rafael Sabatini
"Nació con el don de la risa, y convencido de que el mundo entero estaba loco". ¿Se puede iniciar una novela de un modo mejor? Tal vez, pero sería difícil. Sin duda una de las mejores novelas de capa y espada, con un personaje que tiene mucho de pícaro y que acabará convertido, contra su voluntad, en un héroe. - Los tres mosqueteros, Alejandro Dumas
Sigue siendo, sin la menor duda, la mejor obra de Dumas y una de las cumbres de la novela popular del siglo XIX. Peripecia continua que no concede descanso al lector, personajes inolvidables, un trasfondo histórico apasionante y una combinación casi perfecta de humor, tragedia, intrigas, aventura y suspense.
¿Qué haría si solo me quedaran seis meses de vida? Escribiría más rápido.Isaac Asimov
La leyenda de la piedra
El maestro Li (que tiene un pequeño defecto de carácter) y su antiguo cliente y ahora discípulo Buey Número Diez vuelven a recorrer una China que no fue (pero que tal vez debería haber sido) para investigar las extrañas muertes ocurridas en un monasterio budista y que parecen girar alrededor de la falsificación de un antiquísimo manuscrito. O quizá no.
¿Le suena a alguien ese inicio? ¿Quizá despierta ecos en la mente del lector y le trae a la memoria a un tal fray Guillermo de Baskerville y un segundo tomo de la poética de Aristóteles que no estamos muy seguros de que haya existido jamás? Si es así, el lector no anda muy desencaminado. O, a lo mejor, anda desencaminado del todo.
En La leyenda de la piedra, Barry Hughart consigue otra novela delirante, divertida y llena de poder evocador, que no tiene nada que envidiar a Puente de pájaros, primer libro de la serie. Con un estilo sencillo y lleno de ironía, compone una trama disparatada llena de guiños irreverentes y sentido del humor a raudales. Desde el arranque a lo El nombre de la rosa que hemos comentado, pasando por un viaje a los diez infiernos (que puede haber sido real o puede no serlo, cosa que en realidad no podría importarnos menos, ante el modo brillante, temerario y descacharrante en que Li, Buey y el Muchacho Luna pasean por el infierno como si les perteneciera), una desternillante disquisición sobre el neoconfuncionismo, un rapto ante las mismas narices de un rey, la búsqueda de un asesino que lleva cientos de años muerto o el desentrañamiento de un misterio que no parece tener sentido, hasta desembocar en una epifanía algo irreverente, La leyenda de la piedra construye un juguete tan divertido como desquiciado.
El maestro Li y Buey Número Diez (esos estrambóticos Holmes y Watson chinos) no tardan en convertirse en cómplices del lector; en cuanto al resto de los personajes van de lo sublime a lo desquiciado, pasando a menudo por lo hiperbólico. La trama es, quizá, en algunos momentos algo previsible (el culpable se ve venir en cierto momento), pero eso no le quita interés a la novela. Al fin y al cabo, pese a que use alguno de los mecanismos del policiaco, lo importante en las novelas de Hughart no es descubrir quién lo hizo. Ni siquiera cómo. Más que el destino, importa el viaje y todo lo que te encuentras en cada etapa.
Si todos los logros de los científicos fueran eliminados mañana, no habría más médicos, sólo médicos brujos, ni transportes más rápidos que los caballos, ni computadoras, ni libros impresos, ni agricultura más avanzada que la de subsistencia. Si todos los logros de los teólogos fueran eliminados mañana, ¿notaría alguien la diferencia?Richard Dawkins
Zigzag
Un gol. Un gol en toda regla. Ésa era la frase que acudía a mi mente mientras leía esta novela de José Carlos Somoza: "Este tío les ha colado un gol, ha metido una novela de ciencia ficción hard en una editorial generalista y ni se han dado cuenta".
Bueno, no sé si es cierto que no se han dado cuenta. Desde luego, la etiqueta "ciencia ficción" está ausente en todo momento del libro, de la promoción que se le ha hecho y de las frasecitas publicitarias de rigor que lo envuelven, en una maniobra comercial bastante habitual en los últimos años que, por otro lado, no es que me parezca mal. Si no avisar al lector de que está leyendo ciencia ficción contribuye a que, efectivamente, la lea, por mí estupendo.
Pero vamos a lo que interesa.
En Zigzag José Carlos Somoza contruye una historia con evidente estructura de tecno-thriller a lo Crichton con más de un toque de terror, en una trama que gira alrededor de la posibilidad de ver el pasado y las consecuencias (terribles en este caso) que eso puede conllevar. Una idea que la ciencia ficción ha explotado durante años (me viene ahora a la memoria "El pasado muerto", el excelente cuento de Asimov que parte de una premisa no muy distinta) y que Somoza utiliza con habilidad para imbricar en ella a sus personajes.
La novela está bien construida, mejor narrada y con ritmo perfectamente dosificado (la estructura a base de flashbacks tiene mucho que ver con ello, sin duda) que consigue que uno se lea sus más de quinientas páginas en un suspiro. Quizá ciertas actitudes y algunas situaciones pequen de tópicas (las temibles corporaciones en la sombra, varios tics archisobados de villano), pero el autor se las apaña para sortear ese peligro gracias a su evidente habilidad narrativa y al modo en que consigue interesarnos siempre en la peripecia que narra y, sobre todo, en las cosas que se limita a sugerir y las distintas ambigüedades argumentales que plantea y que resuelve de un modo tan efectista como efectivo.
Y, por si fuera poco, la novela es ciencia ficción hard. En el más puro sentido. Y consigue serlo sin largos ladrillos expositivos ni interminables explicaciones divulgativas que ahoguen la trama y se carguen el ritmo de la novela. Al contrario, toda la parafernalia de física teórica que utiliza para justificar su visor del tiempo está perfectamente imbricada en la historia y no interrumpe su fluir en ningún momento. De hecho, mientras leía Zigzag no podía evitar pensar en Cronopaisaje de Benford y decirme a mí mismo una y otra vez que el escritor americano ya podía tomar de aquí unas cuantas lecciones narrativas.
He visto algunas críticas, en general desde dentro del fandom, que califican la novela de mala ciencia ficción. Incluso de fraude. Que acusan al autor de "oír campanas y no saber dónde". De no tener demasiada idea de la física que está utilizando y cometer abundantes errores de bulto en su descripción de la teoría de cuerdas. Aunque eso fuera cierto, eso no haría de Zigzag una mala novela, aunque sin duda sí mala ciencia ficción. Sin embargo, no creo que sea el caso. No soy ningún experto en física de cuerdas (y confieso, además, que cuando llegué a ese capítulo en Historia del tiempo de Hawking empezó, en palabras del gran Tony G., "a dolerme la migraña"), pero la física que Somoza utiliza en su novela me parecía plausible y, tras varias consultas con algún amigo que de eso sabe bastante más que yo (entre otras cosas porque es físico teórico) mis sospechas se vieron confirmadas.
La ciencia real que Somoza utiliza en su novela está bien utilizada. En cuanto a las especulaciones que realiza tomando como base esa ciencia real y la "ciencia ficticia" que construye a partir de ellas... bueno, es una novela de ciencia ficción, al fin y al cabo. Y sus especulaciones y extrapolaciones no son más descabelladas ni menos plausibles que las de otras novelas del género.
Cuando leí La llave del abismo (otra novela que ha sido calificada de mala sin paliativos por algunos supuestos críticos de dentro del fandom, y que estoy seguro de que de haber sido firmada por alguien "de dentro" habría sido recibida con auténtico alborozo) supe que el resto de la obra de Somoza no me iba a decepcionar. Tras Zigzag, y puesto que parezco empeñado en ir leyéndola en orden inverso, debería lanzarme sobre El detalle o La caja de marfil. Pero confieso que me apetece bastante más probar suerte con La dama número trece o Clara y la penumbra.
Ya veremos. Entretanto, Zigzag ha sido una lectura absorbente y trepidante de la primera página a la última.
Debemos respetar la religión de los demás, pero sólo en el sentido y la medida en que respetamos su teoría de que su esposa es hermosa y sus hijos inteligentes.Henry Louis Mencken
Porta Coeli: La orden de santa Ceclina
Me acerqué a esta novela con bastante curiosidad. Había leído un par de relatos de Susana Vallejo hace ya algunos años y me habían parecido interesantes; eso, unido a la publicidad que había generado esta tetralogía fantástica, fueron el impulso inicial que me llevaron a comprarla.
El resultado ha sido un tanto desconcertante.
La novela está bien escrita y bien llevada, y avanza por las distintas peripecias a buen ritmo, con unos personajes que no están mal delineados y un entorno que rápidamente se va volviendo atractivo. Cierto que no vemos mucho ni muy detallado del periodo histórico en el que se desarrolla (principios del siglo XIV -la misma época de El nombre de la rosa, por cierto- en el norte de España), pero sí que hay lo suficiente para meternos en ambiente casi desde las primeras páginas y que el tránsito por ellas sea convincente. La irrupción de los elementos fantásticos en ese ambiente medieval, por otro lado, resulta casi natural y el lector la acepta sin mayores problemas.
Sin embargo, al terminar la lectura, me quedó la sensación de que, más que una novela, acababa de leer un prólogo, una introducción. Poco más que la presentación de un escenario y unos personajes y la introducción de unas cuantas premisas. Premisas, eso sí, que parecían interesantes e invitaban a continuar con los siguientes libros.
Eso me ha llevado a pensar que quizá Porta Coeli, la obra completa, no sea una serie de cuatro novelas, sino una única novela que ha sido dividida en cuatro, tal vez por comodidad editorial. Desconozco si es así, pero tras la lectura del primer volumen es la sensación que me queda, desde luego. Y el hecho de que los dos primeros volúmenes estén a la venta prácticamente al mismo tiempo quizá indica que las cosas van por esos derroteros.
Entretanto, el resultado tras leer La orden de santa Ceclina es que quiero saber más, que me interesa averiguar por dónde va a ir la historia y qué va a ocurrir tras esta introducción que sabe a poco. Así que supongo que, inevitablemente, me iré haciendo con los siguientes volúmenes.
El método, aunque sea indigesto y espeso, es más importante que los descubrimientos hechos por la ciencia.Carl Sagan
Mano de Galaxia
Desde que leí, hace ya unos cuantos años, Viaje a un planeta Wu-Wei y El señor de la rueda, Gabriel Bermúdez se convirtió en uno de mis autores-fetiche. Y no me he arrepentido. Incluso obras no totalmente logradas como El país del pasado o Salud mortal o novelas más bien menores como El hombre estrella, están llenas de momentos interesantes, aportan especulaciones sobre nuestro presente muy a tener en cuenta y destilan (a veces casi diría que rezuman) una mala leche y una socarronería considerables que hacen que la mirada que lanza sobre nuestro mundo sea siempre fresca y a menudo desasosegante.
La editorial Acervo publicó a finales de los ochenta una novela suya llamada Golconda. Recuerdo que cuando la leí me dejó un sabor bastante agridulce. La novela estaba llena de momentos potentes dignos del mejor Bermúdez, pero daba la sensación de que algo le faltaba y, además, terminaba abruptamente, dejando muy claro que estábamos ante la primera parte de una obra mayor.
No tardaría en enterarme de que esa obra mayor existía y se llamaba Mano de Galaxia. Y que su segunda parte, Haladriel, era considerablemente más voluminosa que Golconda. También sabría, andando el tiempo, que Acervo no sólo había mutilado sensiblemente la novela, sino que también había cambiado expresiones aquí y allá. Sintomático resultaba el título del capítulo inicial que pasó de llamarse "Las putas en la Universidad" a "Rameras en la Universidad".
Lo peor no era que la obra no viese la luz tal como quería su autor, aunque ya de por sí resultaba bastante malo, sino que la continuación no parecía que fuese a ser publicada jamás.
Años después de Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) desharía en parte el entuerto. Dentro de su proyecto e-Libris (que pretendía recuperar electrónicamente algunas de las obras fundamentales de los primeros tiempos de la ciencia ficción española, además de recobrar libros más cercanos en el tiempo que, por una cosa o por otra, no fueran de fácil acceso a los lectores) apareció completa Mano de Galaxia. Sin embargo, esa publicación electrónica tuvo, por sus propias características, una difusión minoritaria, así que podríamos decir con toda justicia que la novela estaba semi-inédita.
La Universidad de Zaragoza, dentro de su colección Clásicos Aragoneses ha hecho por fin lo que debió haberse hecho hace mucho tiempo y ha publicado, en dos volúmenes, la novela completa. Se trata de una edición universitaria que recoge, además de una exaustiva bibliografía y un estudio sobre la trayectoria de Bermúdez bastante completo, las distintas variantes entre las ediciones que tuvo el libro. Marcando con un color de letra distinto cada cosa, nos muestra las supresiones, los añadidos y las modificaciones que Golconda sufrió a manos de Acervo, hasta el extremo de que podemos decir que, prácticamente, lo que leimos entonces era otra novela.
¿Es la obra completa de lo mejor de Bermúdez, estamos ante un libro a la altura de sus grandes obras? Yo diría que sí. Mano de Galaxia es, sin la menor duda, una de las obras capitales de su autor y conserva toda la esencia, la capacidad de reflexión y la potente carga crítica de sus novelas fundamentales.
Desconozco la difusión que puede tener la iniciativa. Es, al fin y al cabo, una edición universitaria y es posible, por tanto, que su distribución comercial no la consiga hacer llegar a todos los lugares a los que debería. Espero que sea máxima, de todos modos. La novela lo merece. Y su autor, uno de los pocos nombres imprescindibles que ha dado la ciencia ficción española, no lo merece menos.
En tiempos oscuros la gente es guiada mejor por la religión, como en una noche negra como boca de lobo un ciego es el mejor guía; conoce los caminos y senderos mejor que un hombre que puede ver. Cuando llega la luz del día, sin embargo, es una tontería usar hombres viejos y ciegos como guías.Heinrich Heine









