Hulk… como que no
Miércoles, Junio 25th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 2 comentarios »- El mismo día, hace un año: Algunas camisetas (1)
- El mismo día, hace dos años: Pistoletazo de salida ,
- El mismo día, hace dos años: La parte alta del ciclo
Quizá tenía puestas mis expectativas demasiado altas. Al fin y al cabo, la versión que Ang Lee había hecho de Hulk me había gustado mucho. Y, por otro lado, tras haber visto hace unas semanas la primera muestra de esta nueva hornada de adaptaciones de Marvel, Iron Man, confieso que esperaba otra cosa.
¿El resultado?
Este nuevo Hulk me ha resultado aburrido. Me he pasado buena parte de la película preguntándome cuánto más iba a durar aquello y mirando continuamente el reloj. Las partes en que no había acción me apestaban a telefilm cutre (de hecho, pensaba una y otra vez en la serie de TV de Hulk, que siempre me pareció bastante infecta) y las partes en que sí la había eran quizá más insufribles aún: apenas se veía nada y te enterabas de lo que pasaba con dificultad.
Vamos, la película fue, para mí, una continua invitación al bostezo. Tanto, que casi aplaudo en esos escasos segundos en que Tony Stark entra por la puerta y dice que está buscando peña para hacer un grupo.
Me gustó el montaje (ágil y comprensible) del origen del personaje, que tiene lugar durante los títulos de crédito. Y la parte brasileña de la película me resultó llevadera. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo.
No sé cuáles eran las pretensiones de los responsables del producto. Se ha dicho por ahí que se trataba de alejarse lo más posible de la versión de Ang Lee y dar a los fans lo que estos reclamaron en su día y no obtuvieron. Bueno, sin duda se aparta bastante del Hulk de Eric Bana: donde ésta nos presentaba unos personajes interesantes con unos conflictos que hacían avanzar la historia, aquí tenemos psicología ramplona de serie de TV de los 70, y un ritmo similar. En cuanto a lo que reclamaban los fans… sí, vale, este Hulk es más grande y más bestia que el anterior, así que supongo que estarán contentos.
Lo peor es ver a un puñado de buenos actores al servicio de una cosa tan cutrilla como ésta. Bueno, no, qué demonios, lo peor es ver demasiado en algunos momentos y no ver casi nada en otros. O, directamente, lo peor es la película en sí.
© 2008, Rodolfo Martínez
Revisitando el Whedonverso
Miércoles, Mayo 28th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 22 comentarios »- El mismo día, hace un año: Venga, hombre, hasta la cocina
- El mismo día, hace tres años: Es un trabajo para...
Recientemente me he puesto de nuevo a ver Buffy. Y, claro, al llegar la cuarta temporada surgió la disyuntiva: ¿Qué hacemos con Angel? ¿Esperamos a terminar la serie principal y luego le damos caña al spin-off? ¿Las vamos alternando? Y, de ser así, ¿cómo?
Ver primero una temporada completa de Buffy y luego otra de Angel no nos parecía buena idea. Ir alternando un capítulo de una con otro de la otra, aunque parecía lo ideal, implicaba cambiar el disco en el reproductor con cada capítulo, a menos que tuviéramos dos DVDs, que no era el caso. Así que al final tiramos por la calle de enmedio: un disco de Buffy y otro de Angel. Y así hasta el final.
Ver así las dos series ha servido para darme cuenta de que están más relacionadas de lo que creía y que la memoria me había jugado una mala pasada, pues me había quedado con la idea de que las conexiones entre las dos eran escasas y sin demasiada importantacia.
El ejemplo perfecto puede ser el capítulo de la quinta temporada de Buffy donde Spike le cuenta cómo mató a su primera Cazadora en China, durante la revuelta de los boxers. Ahora bien, eso sucede en 1900, cuando Ángel ya había recuperado el alma y era, por tanto, un vampiro “bueno”. Sin embargo, vemos al cuarteto completo (Darla, Drusila, Ángel y Spike) paseando como predadores satisfechos en medio de las revueltas.
Luego, llega al episodio correspondiente de Angel y enseguida me doy cuenta de lo que ha pasado: en efecto, el personaje ya tiene alma y si aparece en China es en un intento desesperado de volver a ser el que era. Trata de engañar a Darla (y sobre todo a sí mismo) y convencerla de que puede volver a ser el de antes, tenga alma o no. Fracasa, evidentemente.
Y, mientras van pasando los episodios y los personajes y su entorno se van volviendo más complejos y más interesante, voy dándome cuenta de unas cuantas cosas que, en realidad ya sabía, pero en las que no me había parado a pensar últimamente.
Como el hecho de que aunque me gusta Buffy, la serie, encuentro a Buffy, el personaje, completamente odioso y, a menudo, hostiable por muchas de sus reacciones (su comportamiento con Ángel cuando éste intenta salvar a Faith de sí misma podría ser un ejemplo perfecto de lo niña estúpida, mimada y malcriada que es a menudo la Cazavampiros). Así que tiene su mérito que Whedon haya sido capaz de hacer una serie que me gusta y me engancha (y me gusta y me engancha cada vez más a medida que se va volviendo más compleja y va profundizando más en el alma de los personajes) a pesar de que no soporto a su protagonista.
Con Angel me pasa algo parecido, si bien en un grado bastante menor. Su pose de “alma atormentada” (ese resabio de vampiro sensible a lo Anne Rice que, lo reconozco, me repatea profundamente; cuánto daño ha hecho esa señora al mito vampírico) resulta irritante, cierto, pero el hecho de que todos los personajes de la serie -empezando por el propio Ángel- ironicen continuamente con ello y se lo tomen de vez en cuando a cachondeo, lo hace más soportable.
La segunda cosa que se me hace evidente en este segundo visionado de ambas series, es el modo magistral en que Joss Whedon maneja los clichés y los estereotipos. Jugando continuamente con ellos, dándoles las vueltas, buscándoles las esquinas y consiguiendo sacar algo nuevo y fresco de situaciones y personajes que no pueden ser más tópicos en muchas ocasiones. Whedon es un maestro del cliché y, sobre todo, es un maestro en el difícil arte de conseguir que los clichés parezcan novedodos y originales.
Y por último (no lo es, pero tampoco me voy a tirar el día entero hablando del asunto) he confirmado que el personaje más conseguido y con más potencial de ambas series -y hay personajes estupendos, sobre todo entre los distintos grupos de sidekicks que rodean a los héroes- es, sin la menor duda, Spike. De lejos. Y además, demuestra que toda esa cháchara de que cuando te transformas en vampiro pierdes el alma y tu yo es sustituido por un demonio con tus recuerdos, es una soberana chorrada. Si algo demuestra Spike a medida que la serie va avanzando (y su reacción ante la muerte de la madre de Buffy es un ejemplo clarísimo) es que tiene alma -léase “conciencia”, para aquellos a los que el palabro les de unas connotaciones demasiado religiosas- mucho antes de que se ponga a intentar recuperarla. En realidad, hasta podríamos decir que el mismo hecho de que intente recuperarla implica que ya la tiene.

Lo más curioso es que el personaje haya tenido que esperar para desarrollar del todo su verdadero potencial hasta el final de su participación en las dos series. Porque es en la séptima temporada de Buffy y en la quinta de Angel donde Spike se desarrolla por completo y consigue, en más de una ocasión, robarles las series a sus dos protagonistas.
No quiero decir que antes no fuera un buen personaje: su potencial está claro desde su primera aparición en Buffy cuando, tras meses de generar expectativas en torno a la temible amenaza que va a representar el Ungido, llega Spike y se deshace de él en menos tiempo del que tarda en pestañear (capítulo , por cierto, que es un ejemplo perfecto de la mala idea que destila Whedon y una muestra de lo mucho que le gusta jugar a cargarse las expectativas y a desorientar al espectador). Spike es un personaje que va creciendo poco a poco: desde sus primeras apariciones, donde es poco más que una fuerza destructiva y malévola, se va volviendo cada vez más complejo hasta el extremo de acabar aceptando (a regañadientes y echando pestes a cada paso del camino; al fin y al cabo es Spike) el incómodo papel de héroe a su pesar que parece haberle asignado el destino. Es en ese momento cuando alcanza su verdadera estatura y, como decía antes, casi les roba ambas series a sus protagonistas.
Por supuesto, no hace falta mencionar que lo que he confirmado con este nuevo visionado es lo condenadamente buenas que son las dos series y lo condenadamente bueno que es Whedon.
¿Y ahora? ¿Tal vez una nueva revisión de Firefly seguida del visionado de Serenity? Quién sabe.
© 2008, Rodolfo Martínez
Indy convence… a algunos
Lunes, Mayo 26th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Paternalismo
- El mismo día, hace tres años: Detectives, guerras y poetas
Una vez más, división de opiniones en el visionado colectivo de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, como ya pasó en su día con el Superman Returns de Brian Singer.
De hecho, si queréis leer un comentario bastante negativo de la película, no tenéis más que asomaros por El trasgu probabilista de Instanton para haceros una idea de lo que sintió el sector que estaba situado más a la izquierda (en la fila, se entiende) mientras veíamos la película.
Al sector “derechista”, en cambio, la película nos gustó y nos convenció, sin problemas: entramos por ella desde el primer minuto y no nos costó nada mantener la suspensión incredulidad que el film exigía -más quizá que en anteriores entregas, cierto-. Nos gustó la historia llena de peripecias un tanto absurdas -como debe ser-, nos gustó la recreación (deliberadamente anacrónica e irreal) de una época, nos gustó el hijo de Indy, nos gustó el ritmo de la película y nos encantó Marion. Y, en general (pese a que encontramos un tanto anticlimático el momento de “resolución del enigma”) nos lo pasamos muy bien durante el tiempo que duró la película.
¿Factor nostalgia, como algunos indican? ¿Le perdonamos al profesor Jones cosas que no le perdonaríamos a otro personaje? No lo sé. Creo que no es así. Sin duda el factor nostalgia es un elemento más que añadir al disfrute, pero sólo uno más y ni siquiera determinante.
¿Es esta, pese a todo, la peor de las cuatro entregas? Pues no lo tengo muy claro. Habría que hacer un visionado de la saga completa para poder decidirlo. Y sospecho que, llegado el caso, el resultado tampoco resultaría determinante.
Puro espectáculo, sin duda.Y más de lo mismo, también sin la menor duda. Pero precisamente de eso se trataba, claro.
© 2008, Rodolfo Martínez
Blue Harvest
Viernes, Mayo 23rd, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 8 comentarios »- El mismo día, hace un año: El sueño del rey rojo
No recuerdo ni cuándo fue la primera vez que vi Padre de familia, ni qué episodio era. Pero sí que recuerdo que no me podía creer lo que estaba viendo.
Obvio es decir que no tardé en convertirme en un fan de la serie. Su humor surrealista, cínico, cañero (burro, en realidad, tan burro que a veces resulta increíble) y totalmente iconoclasta me atrapó desde el primero momento, por no mencionar esos personajes totalmente “impresentables” (empezando, por supuesto, por Peter Griffin, uno de los ejemplares de ser humano más mezquinos, hedonistas, egoístas y tarados que he visto en mucho tiempo, todo un orgullo para la especie) o esos momentos en que parece que los guionistas se han fumado hasta las cenizas de su padre o bebido hasta el agua de los floreros y se les va la pinza por donde menos te esperas. Creo que la serie terminó de ganarme el día en que me di cuenta de que el alcalde del pueblo no sólo se llamaba Adam West (como el actor que encarnó a Batman en la televisión en los años sesenta) sino que, además, estaba interpretado por Adam West.
Sin duda es una serie que no habría sido posible de no haber sido por otras que abrieron camino antes que ella. Y el modelo más evidente (aunque ni de lejos la única serie de animación pionera en este aspecto) es Los Simpson, con la que comparte varias características, como que ambas estén articuladas alrededor de un núcleo familiar o cuenten a menudo con apariciones de personajes del “mundo real”, a veces interpretados por sí mismos. Pero allá donde Los Simpson juega con los estereotipos, la hipocresía social y las apariencias bajo las que se ocultan “cosas chungas”, Padre de Familia revienta directamente todo eso eso, como si la sutileza fuera una cosa para pusilánimes. De hecho, y aunque parezca un contrasentido, es esa falta de sutileza uno de las grandes bazas de la serie.
En Blue Harvest, nos cuentan su personalísima visión de la primera película de Star Wars, y , sin dejar de ser un episodio más de Padre de Familia, con todas sus características habituales, se convierte en una estupenda revisitación, a mitad de camino entre la irreverencia desenfrenada y el amor incondicional de fan, de la saga de George Lucas.
El episodio está lleno de momentos impagables, explotando con habilidad los clichés más evidentes de Star Wars y los fallos argumentales de la primera película, en una combinación extraña pero que al mismo tiempo funciona. Porque, por un lado, no tienen piedad con el original que parodian, pero al mismo tiempo queda claro que Blue Harvest es la obra de un fan que conoce a la perfección Star Wars y siente verdadera pasion por ella.
Algo que queda perfectamente claro en los extras que acompañan al DVD en el que se ha editado Blue Harvest, donde vemos a Seth McFarlene, el creador de la serie, entrevistando a George Lucas y dejando claro, no sólo que conoce el universo de Star Wars casi mejor que su creador, sino que se lo está pasando de miedo allí, sentado frente a Lucas y tratando de no babear de entusiasmo.
Mis momentos favoritos del episodio (todo el mundo tendrá los suyos, por supuesto), son estos tres:
- La aparición de Peter Griffin (que encarna a Han Solo) diciendo: “Soy Han Solo, el único actor que no ha visto su carrera arruinada por esta película”.
- El momento en que Luke (Chris) y Han llevan a Chewbacca (Brian) al bloque de celdas y en el ascensor suena una versión -para ascensor, evidentemente- de la ominosa Marcha Imperial.
- Cuando las tropas de asalto del imperio matan, no sólo a los tíos de Luke, sino a John Williams y a toda la Orquesta Sinfónica de Londres y Luke se lamenta amargamente: “Dios mío, ahora tendremos que seguir el resto de la película con Danny Elfman”.
Destacar entre los extras del DVD (además de la elegante camiseta, por supuesto) la recopilación de las distintas escenas de la serie donde se ha hecho referencia a Star Wars en algún momento. Son unas cuantas, y algunas resultan impagables.
Y, por supuesto, el teaser de la secuela: Something, Something, Something Dark Side. Esperemos que no tarde.
© 2008, Rodolfo Martínez
Iron Man
Lunes, Mayo 12th, 2008 Pertenece a Dentro de la viñeta, Imágenes en acción, Visto y oído | 5 comentarios »- El mismo día, hace tres años: Un caso de identidad
Mi primera reacción cuando se informó de que Marvel, en lugar de franquiciar sus personajes para la gran pantalla, iba a mantener el control creativo de los mismos, fue pensar algo así como “se masca la tragedia”. Si a eso unimos que Iron Man nunca ha sido uno de mis personajes de cómic favoritos (me gustaba como miembro de Los Vengadores, pero sus aventuras en solitario no me decían gran cosa), digamos que iba a ver esta película con bastante desconfianza y esperando tragarme un truño más de tantos, pese al entusiasmo y expectación de algunos amigos, sobre todo Sergio Iglesias.
Así que he salido del cine gratamente sorprendido. Muy gratamente, de hecho. La película me funciona y, lo más importante, me funciona durante todo su metraje: no se viene estrepitosamente abajo en el momento en que Tony Stark se mete en la armadura y los CGIs empiezan a adueñarse de la pantalla, sino que mantiene sin problemas el nivel que iba teniendo hasta entonces.
Ciertamente, buena parte del mérito es de Robert Downey Jr., uno de los mayores aciertos de casting que he visto últimamente en las adaptaciones de cómic de superhéroes a la pantalla. Hay momentos en que la película funciona exclusivamente gracias a él y al aire de “voy de requetesobrao” con el que ha encarado la interpretación de Tony Stark.
En general, la película me ha parecido bastante digna y bien llevada y no me han dolido los seis euros y pico que he tenido que pagar. El intento, por otro lado, de hacer una especie de trasvase de todo el universo Marvel a la gran pantalla, no pasa, de momento, de ser una curiosidad que hará sonreír al fan de los comics pero que, si se mantiene y se agranda de la forma correcta (hasta desembocar, suponemos, en esa adaptación de Los Vengadores de la que se habla últimamente), puede ser un atractivo más de esta nueva tanda de adaptaciones marvelitas.
El personaje está bien actualizado y sus características básicas se han respetado en la adaptación. En lo visual, la armadura funciona sorprendentemente bien (confieso que la idea de ver en pantalla a un tío con una armadura roja y amarilla me ponía los pelos como escarpias) y la historia, pese a su sencillez, o quizá precisamente por eso, fluye de un modo adecuado y desemboca en un final correcto. Tiene un cierto aire de “episodio piloto” que mantienen a menudo las primeras adaptaciones de un superhéroe a la pantalla, pero parece que los responsables de este Iron Man han aprendido la lección de Batman Begins y han sabido convertir el origen del héroe, en lugar de una molesta excrecencia que hay que narrar para que nos enteremos de qué pasa, en algo interesante de por sí.
Vamos, que sí, que me ha gustado. Y, de hecho, me ha pasado algo que no me pasaba últimamente en el cine: salí de la película con ganas de volver a verla.
PSTADATA 1: Sí, el trailer de la nueva de Indy -emitido antes de Iron Man- mola que te cagas y me tuvo babeando de emoción como un crío durante toda su proyección.
POSTADA 2: Me temo, hablando de trailers, que Speed Racer va a ir a verla su padre. Yo no, en todo caso.
© 2008, Rodolfo Martínez
¿Quién engañó a Roger Rabbit?: otra realidad
Miércoles, Marzo 5th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: El abismo te devuelve la mirada
Los años no han sido del todo amables con esta película en ciertos aspectos. A su técnica de fusión de imagen real con dibujos animados, en su día novesosa y espectacular, hoy se le ven las costuras con facilidad. De hecho, producciones posteriores (como Space Jam) usarían esa técnica de un modo más eficaz. Los años no pasan en balde, ciertamente.
Pese a eso, la película me sigue pareciendo uno de los grandes momentos del cine fantástico. La premisa de la historia es tan simple, tan evidente una vez la has visto que sólo a un genio podía habérsele ocurrido: asumir que los cartoons son seres reales capaces de interactuar con los humanos. Y de interactuar en todos los aspectos, por más que la vocación de “película familiar” del film nos impida verlo de forma explícita. Porque si a Jessica Rabbit la “han dibujado así”, como ella misma reconoce, es evidente que no ha sido para proporcionar a los niños unas horas de infantil entretenimiento.
Sin duda la película podría haber ido mucho más lejos con su premisa, en lugar de limitarse a jugar con un par de ideas y homenajear al cine negro (un homenaje que sin embargo no termina de funcionar a causa del color; pero de haberla hecho en blanco y negro habría sido la parte de los “dibus” la que no habría funcionado). Y, en cierto modo, transita en una especie de tierra de nadie en la que no parece decidirse entre hacer un producto más adulto u orientarase directamente por lo infantil. Pero, a pesar de todo, funciona, gracias un guión muy bien medido, una buena dirección y, sobre todo, un gran acierto en el casting, tanto en lo que se refiere a la parte real como a la dibujada. La confluencia entre ambos mundos queda creíble incluso hoy, cuando nos damos cuenta de que “canta”.
Aunque quizá son más de dos mundos los que confluyen en la película.
Hay humanos y cartoons, es cierto. Pero hay algo más. Porque Roger Rabbit es una criatura dulce e ingenua, totalmente Disney, que sin embargo trabaja en su programa con un co-protagonisa claramente Warner como es Baby Herman (Roger es DC y Herman, Marvel, podríamos decir, para los aficionados al cómic). Esa curiosa fusión entre dos de las más importantes -y a menudo divergentes- corrientes en la animación del siglo pasado, acaba resultando no sólo armónica y natural sino que Zemeckis y su equipo se las apañan para que nos pase desapercibida durante toda la película y sea sólo después cuando nos demos cuenta.
La película está llena de buenos momentos y tiene un par de reflexiones (medio en serio medio en broma, como hay que hacer las reflexiones para que no nos resulten indigestas) bastante interesantes sobre la ficción y el entretenimiento. Pero confieso que, con los años, no son momentos concretos los que recuerdo (más allá, por supuesto, de la aparición de Jessica) sino, sobre todo el universo en el que se desarrolla la película.
Y, de hecho, cada vez que la veo, tengo la sensación de que lo que pasa en ella no es fantasía: de que las cosas eran así en los estudios de cine de la época y los cartoons eran seres reales.
Ya sólo por eso, merece la pena.
© 2008, Rodolfo Martínez
Carnivale, lo mejor de Clive Barker
Viernes, Enero 18th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 6 comentarios »- El mismo día, hace un año: Curiouser and curiouser
Gabriel Bermúdez escribió, con “Cuestión de oportunidades”, el mejor relato de Robert Sheckley. Amenábar hizo la mejor película de Philip K. Dick con Abre los ojos. El mejor film de Star Trek es, sin duda, Galaxy Quest. Stanley Donnen filmó uno de los mejores Hitchcocks con Charada. John Carpenter supo captar como nadie el espíritu del mejor Lovecraft con En la boca del miedo.
Y Carnivale es, sin la mejor duda, de lo mejorcito que he podido ver o leer salido de la imaginación de Clive Barker… sólo que, como en los ejemplos anteriores, Barker no ha intervenido para nada en su concepción, al menos que yo sepa.
Pero, también como en los ejemplos anteriores, esta serie de televisión captura el espíritu de la obra de Clive Barker mejor de lo que el propio Barker lo supo hacer con sus irregulares adaptaciones cinematográficas, algunas dirigidas por él mismo. O incluso, si me apuráis, con algunas de sus novelas.
Estamos en Estados Unidos, inmersos en la América más profunda y en uno de los momentos más bajos de la Depresión. Una feria ambulante (el “Carnivale” que da título a la serie) recoge a un joven destripaterrones que acaba de perder a su madre y que podría tener algún oscuro secreto. Poco a poco, a medida que la feria va recorriendo esa América deprimida, sucia y provinciana, la serie va dejándonos ver el derrotero por el que va a ir: a mitad de camino entre el costumbrismo más descarnado (es inevitable la referencia a Freaks, la película de Tod Browning que aquí se conoció como La parada de los monstruos) y la fantasía oscura con imaginería apocalíptica.
La serie no carece de altibajos y, especialmente en la segunda temporada, hay algunos capítulos que rompen su ritmo (de por sí tranquilo, pero que aquí amenaza con volverse plomizo) y que cometen el pecado de aportar poca información relevante o no hacer avanzar apenas la trama. Pese a esos pequeños baches, Carnivale es de lo mejorcito que he podido ver dentro del fantástico audiovisual, y sobre todo en el difícil y resbaladizo subgénero del terror (si es que existe realmente algo como el terror, en tanto que género, pero eso ya es otra historia).
Son muchos los momentos intensos que tiene la serie, y no me voy a detener a ahora en comentarlos. Aunque no puedo por menos de recordar el final del episodio titulado Babylon, casi en el ecuador de la primera temporada, que es de lo más escalofriante que he podido ver en mucho tiempo en mi pantalla. Y no porque nos muestre nada visualmente desagradable. En realidad, ese final al que me refiero es una imagen de unos pocos segundos en los que no vemos nada más amenazador e inquietante que una mujer tras una ventana. Y, sin embargo, gracias al contexto que rodea ese momento (fundamentalmente a todo lo que ha ocurrido en el episodio) la intensa sensación de desasosiego y mal rollo con la que te deja es algo que hacía tiempo que no experimentaba ni con el cine ni con la literatura.

Lo mejor de la serie, sin duda, es la excelente ambientación (en la que la forma en que están iluminadas las escenas no es el factor menos importante) y el modo paulatino en que las dos tramas paralelas que la articulan se van enhebrando hasta que el final resulta casi inevitable. El ritmo, como ya dije, es tranquilo, y vamos descubriendo lo que ocurre poco a poco, en pequeños atisbos aquí y allá, sin que sea necesario nunca detener la historia para darnos información: ésta se va transmitiendo de un modo natural, como si el presente narrativo y el pasado de los personajes fuera una sola cosa, en cierto modo.
Y, a medida que la serie va avanzando, se va volviendo cada vez más “barkeriana” (por estética, pero también por temática y por el modo de tratar los personajes y situaciones) , como si sus responsables se hubieran inspirado en algunas ideas y momentos (ese atisbo del futuro que tiene el personaje protagonista contemplando la explosión atómica en Alamogordo, por ejemplo) de El gran espectáculo secreto y de algunos de sus cuentos más sombríos e inquietantes.
Hace ya un tiempo que es vox populi que la creatividad en lo audiovisual, tras huir de Hollywood, parece haberse refugiado en el mundo de la televisión. No sé cuánto durará esta bonanza de buenas series, con ideas interesantes, realizadas con cuidado y respeto por el espectador (y, si no se arregla pronto la huelga de guionistas, las perspectivas no van a ser muy buenas, me temo), pero mientras tanto, Carnivale es otro ejemplo de lo que puede dar de sí el medio televisivo cuando se lo utiliza bien y sin miedo.
Un magnífico ejemplo, en realidad.
© 2008, Rodolfo Martínez
Con trampa y cartón
Domingo, Enero 6th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 1 comentario »- El mismo día, hace un año: De reformas, una vez más
Hace unas semanas vi por fin Planet Terror, el capricho de Robert Rodríguez que forma parte del capricho aún mayor llamado Grindhouse donde él y su amigo Quentin Tarantino han decidido dar rienda suelta (una vez más) a su gusto por el cine de serie B (y a veces, de serie Z) de los 70.
Y hace unos días vi la otra mitad del proyecto, el Death Proof de Tarantino.
No es que la película de Rodríguez me entusiasmase ni me pareciera una obra maestra, ni de lejos, pero tenía su gracia y, al menos, respetaba las normas que los dos directores se habían autoimpuesto: hacer un programa doble al estilo de los que veían siendo críos en cutres salas de cine. Como consumidor que fui de ese mismo tipo de películas en mi infancia, para mí el experimento tuvo su gracia, la película se me pasó en dos patadas y, si bien intrascendente, fue lo bastante divertida e ida de olla como para entretenerme un buen rato.
El filme de Tarantino, por el contrario, se me hizo insufrible casi enseguida. Buena parte de su metraje me pareció prescindible, repetitivo (había momentos en que creía estar asistiendo al diálogo inicial de Reservoir Dogs pero con los participantes travestidos en mujeres) y, algo que nunca me había pasado con su cine, aburridísimo. Para colmo de males, al contrario que su amiguete de travesuras cinematográficas, Tarantino se pasa por el forro las normas del proyecto y lo que empieza siendo un homenaje al cine de género más cutre de los años setenta (con transiciones de plano casposas, la cinta deteriorada, y secuencias mal ensambladas entre sí) de pronto se transmuta por completo y desaparece toda pretensión de ser fiel a las premisas del asunto. Coincidiendo con el cambio del color al blanco y negro, es como si estuviéramos viendo otra película, con un montaje totalmente distinto y una planificación de las secuencias que no tiene nada que ver con lo anterior. Como si Tarantino se hubiera cansado de pronto del juego y hubiera decidido hacer una vez más lo de siempre.
Y eso es lo que hace. La película se convierte en un refrito de momentos tarantinianos anteriores y se desliza por la pendiente del aburrimiento hasta casi el final. Un final que, pese a que la persecución que cierra el film es modélica y de lo mejorcito que uno ha podido ver en ese tipo de escenas, no consigue salvar el desastre que es la película.
Así que me temo que me quedo con el Planet Terror de Rodríguez. No me parece una maravilla, ya lo he dicho, pero al menos es un producto honrado y coherente con las premisas del proyecto. Entretiene, divierte por lo bruta que es y resulta perfectamente olvidable. Death Proof, por el contrario, es un producto pretencioso y aburrido que, aunque cuenta con dos o tres momentos excelentes, no consigue remontar el vuelo de forma adecuada.
Ah, se me olvidaba. No os perdáis los trailers que acompañan la película de Rodríguez. Especialmente el de Machete. Impagable.
© 2008, Rodolfo Martínez
24
Viernes, Noviembre 30th, 2007 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 7 comentarios »- El mismo día, hace un año: No son los de Jenofonte, pero no están mal
Estoy enganchado a las peripecias de Jack Bauer, lo confieso. Desde que vi la primera temporada, hará cosa de año y medio, me he convertido en un adicto a 24 y cada vez que termina una temporada, me quedo con ganas de más.
No suelo verla cuando la emiten: no tengo paciencia para esperar agónicamente semana a semana cada episodio. Así que normalmente aguardo a que haya terminado para ver completo en el menor tiempo posible (si todo va bien, en un fin de semana) qué es lo que ha hecho esta vez el amigo Jack en sólo veinticuatro horas.
La serie cada vez se vuelve más inverosímil, sin duda, más llena de pirotecnia y golpes de efecto. Supongo que es normal: al fin y al cabo, estamos ante un evidente “más difícil todavía” y cada temporada tiene que superar en emoción, intriga e intensidad a la anterior. Llegará un momento, supongo, en que la cosa se vuelva imposible. Pero espero que el momento tarde en llegar.
Y sí, como decía, la serie se va volviendo más inverosímil y más descabellada a medida que avanza el tiempo. Pero eso no sólo no me importa, sino que es un aliciente más. “A ver por dónde nos salen ahora” es una frase habitual mientras vemos 24.
Pero no es la única, al menos por mi parte. Porque confieso que la serie se está convirtiendo en una forma perfecta de descargar estrés. De hecho, es como si las peripecias de Jack Bauer mientras salva los Estados Unidos (o sea, el mundo) despertaran lo peor que hay en mí y no sólo me descubro a mí mismo animando al bueno de Jack en situaciones difíciles (”¡Matalos!” “¡Reviéntales la cabeza, Jack!” salen de mi boca con sorprendente facilidad) o lanzando expresiones admirativas ante sus proezas (”¡Qué gallu ye el chaval!” suele ser frecuente) sino que de pronto empiezo a lanzar peroratas en las que mi parte más violenta, clasista, racista y machista sale a pasearse con auténtico entusiasmo.
No sé qué es lo que tiene la serie, pero desde luego me libera de un montón de basura y tiene un efecto totalmente catártico para mí. Cuando termina la temporada me siento tranquilo, a gusto, relajado. Mucho mejor que si me hubiera tirado un fin de semana en uno de esos Spas de lujo (eso que en mis tiempos, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra y perseguían humanos con intenciones más bien lujuriosas hacia Raquel Welch -¿y quién no?- llamábamos “balneario”, pero bueno).
La serie no me gusta por eso, por supuesto. Me gusta por su ritmo endemoniado, por lo inverosímil de muchas de sus situaciones, por la propuesta de ciencia ficción (de política ficción, concretamente) que plantea y donde traza un interesante presente alternativo y un curioso futuro cercano del mundo, por los distintos personajes (sobre todo Jack, claro, pero también Chloe y muchos otros), por el aire de culebrón que a menudo adopta (culebrón de intriga política y culebrón de espionaje y culebrón de acción, pero culebrón al fin y al cabo, con todos los clichés que tiene el culebrón), por la idea de condensar todos los acontecimientos que uno vería normalmente a lo largo de un año en un solo día… por muchas cosas, en realidad.
Digamos que dejar desatada mi parte más bestia y más políticamente incorrecta es sólo un extra, un feliz añadido con el que no contaba.
Pero cómo mola.
© 2007, Rodolfo Martínez
Viva el derecho romano
Lunes, Octubre 29th, 2007 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 8 comentarios »- El mismo día, hace un año: Batman: de la estética de lo grotesco a las drag queens horteras
Recientemente me he visto entera la primera temporada de Boston Legal (sí, ya sé que anda por la cuarta). La serie me ha gustado. De hecho, va gustándome más a cada capítulo que veo. Y no paro de sorprenderme del excelente papel que hace William Shatner.
Pero lo que más acudía a mi cabeza a medida que la veía era el pensamiento de que teníamos mucha suerte por nuestro sistema legal. Con todos los fallos que tiene, y todas esas sentencias absurdas que a veces vemos por ahí, lo prefiero mil veces al sistema anglosajón basado en el derecho consuetudinario y los jurados populares. No es perfecto, ciertamente, pero al menos aquí tenemos leyes escritas que intentan abarcar todos los casos posibles y los jueces están obligados a fundamentar sus sentencias en base a esas leyes.
Soy consciente de que lo que vi era una serie de televisión y, por tanto, las situaciones estaban deliberadamente exageradas para que fueran más dramáticas. Pero, incluso restando eso, el sistema de juicios por jurados me sigue pareciendo una aberración. En nuestro país, un juez no puede condenar a un acusado simplemente porque le caiga mal, al menos en teoría. Y, cuando quiere hacerlo así, se ve obligado a justificar sus prejuicios en base a la ley existente. En un sistema de jurados como el americano, se puede fallar a un lado a otro dejándote llevar simplemente de tus simpatías o antipatías, y no tienes por qué justificar nada.
Hace unos años, si no me equivoco, que se lleva intentando introducir el sistema de jurados en nuestro país, al menos para cierto tipo de casos. Y, de hecho,recuerdo un caso bastante sonado donde el juez que supervisaba el proceso tuvo que anular la sentencia emitida por un jurado. Tal como lo vi, a la acusada se la había condenado por dos motivos básicos: era lesbiana y antipática. Eso fue suficiente para tener el jurado en contra. Las pruebas no importaban: la señora en cuestión caía mal y fue suficiente para que se fallase en su contra.
El argumento de “democratizar la justicia” que se ha esgrimido a veces para justificar el sistema de jurados siempre me ha parecido de un papanatismo extremo. ¿Qué demonios tiene que ver la democracia con eso? ¿O es que acabaremos llegando al extremo de cierto pueblo de Canadá que decidió por referendum que la torre que había en las afueras era “auténticamente vikinga”?
En fin, que me alegro de vivir en un país que tiene el derecho romano como base de su sistema legal. Y que siga así por muchos años.
© 2007, Rodolfo Martínez
