Primer contacto
Viernes, Junio 27th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 2 comentarios »- El mismo día, hace un año: Territorio incierto: La guerra de los mundos, de Jeff Wayne
- El mismo día, hace dos años: The right stuff (1): Elegidos para la gloria
Justificarse es como pedir disculpas. Y cuando uno siente que no tiene nada por lo que disculparse, la situación se torna realmente incómoda. Al fin y al cabo podríamos responderle al hipotético lector de literatura “general” que nos pide que le demostremos que el género fantástico merece la pena ser leído que no es nuestra obligación probarle nada, que si no disfruta de la literatura fantástica allá él, él se lo pierde y que tenemos cosas más importantes que hacer (leer una buena novela de ciencia ficción, por ejemplo) que perder el tiempo intentando convencer a un incrédulo que nos mira por encima del hombro con la seguridad de que lo que él lee sí que es “literatura de verdad” y, como mucho, está dispuesto a condescender en que esos géneros de marcianitos, fantasmas o dragones pueden tener algunos (pero sólo algunos, tampoco nos vayamos a pasar) aspectos interesantes.
Sin embargo esa actitud es un error. Es partir de la base de que cualquier lector “generalista” (llamémoslo así para entendernos, por más que el palabro no sea precisamente eufónico) se va a acercar a la literatura de género (en este caso de género fantástico) con aires de condescendiente superioridad, en lugar de con sana curiosidad por descubrir algo nuevo para él.
Es cierto que los lectores de ciencia ficción, fantasía o terror estamos más que hartos del inevitable enarcamiento de cejas y la sonrisilla paternalista que suelen ser la respuesta cuando explicamos públicamente qué es lo que nos gusta leer; o peor aún, ese “ah, ciencia ficción, qué interesante” dicho en un tono de voz que, en cualquier sociedad menos civilizada, harían merecedor de estrangulamiento al individuo en cuestión. Pero no es menos cierto que a menudo reaccionamos de forma desmesurada y que personas que se acercan al género fantástico atraídas por una sincera curiosidad son espantadas con rapidez por respuestas hostiles, malencaradas o llenas de desconfianza. De modo que al final terminan pagando justos por pecadores.
Así pues no hablemos de justificarse; prescindamos del contexto habitual con toda la carga de prejuicios (por ambas partes) que éste conlleva inevitablemente. Imaginémonos por ejemplo que estamos hablando con un extraterrestre. Nos encontramos en la clásica situación del “primer contacto”. Nosotros, lectores del género fantástico, somos los humanos en esta historia, y el lector “generalista” es el alienígena. Nuestras naves se acaban de encontrar, a través de las inevitables matemáticas hemos empezado a desarrollar un lenguaje común y estamos listos para sentarnos a hablar con esa criatura extraña que, sin embargo y pese a las apariencias (y los tentáculos), es un ser pensante y sensible. Por supuesto, cada uno desconoce la cultura del otro y estamos llenos de curiosidad. Así que el alienígena nos pregunta por nuestras manifestaciones artísticas y culturales. Le hablamos de la narrativa fantástica. Y él, sorprendido, pues en su cultura no hay nada similar, quiere saber más, quiere que le expliquemos en qué consiste y, sobre todo, quiere saber qué es lo que nos hace valorarla tanto. No hay paternalismo, no hay condescendencia, es simple curiosidad ante algo que acaba de descubrir y que, sospecha, puede acabar resultándole interesante. Así pues, ¿cómo le respondemos a ese encantador extraterrestre con el que hace unas horas intercambiamos una secuencia de números primos?
Lo fantástico es real
Ya Ramón del Valle-Inclán, seguramente sin pretenderlo, dio con una de las claves que definen a la literatura no realista, ya hablemos de ciencia ficción o de literatura fantástica (y no voy a entrar ahora en el debate estéril de si realmente CF y fantasía son dos géneros distintos o simplemente dos modos diferentes de enfocar la fantasía). El autor gallego lo llamó «la matemática del espejo deformante» y, aunque él se refería al género denominado «esperpento» bien puede servirnos a nosotros para nuestro propósito.
La idea es sencilla. Y ni siquiera novedosa, pues no es más que convertir en explícito algo que la literatura lleva haciendo desde siempre de forma implícita. Todo arte, toda manifestación cultural no es otra cosa que un reflejo de la sociedad que lo ha creado. Y ese reflejo es, por fuerza, inexacto. Está, hasta cierto punto, deformado.
La pretensión de la literatura realista es que esa deformación no se note y que el reflejo que presenta ante nuestros ojos nos parezca indistinguible del mundo real. Pero ciertas corrientes deciden acentuar algunos aspectos y atenuar otros, de modo que el paisaje que vemos ya no es un retrato, sino una caricatura en la que sobresalen aquellos aspectos sobre los que el autor ha intentado atraer nuestra atención. Sin embargo, incluso en esos casos lo que ven nuestros ojos parece real, aunque sólo sea porque no entra en contradicción (aunque pueda forzarlas) con las leyes que rigen nuestro universo; o más, exactamente, lo que sabemos o creemos saber de ellas.
La literatura fantástica, la ciencia ficción, son un paso más en esa dirección. Ante nuestros ojos se despliegan panoramas que no existen, que no han existido jamás ni podrán existir o que, en todo caso, aún no han llegado a hacerse reales. Pero esos panoramas imposibles son, en realidad, nuestro mundo. No nos engañemos. Al igual que la literatura histórica (con la cual la ciencia ficción tiene más de un punto en común; pero eso sería materia para otro artículo) no habla del pasado sino del presente, la ciencia ficción no habla de mundos futuros, sino del actual; la fantasía no describe universos imposibles, sino el nuestro.
Y las dos lo hacen, cuando son buenas, mejor que la literatura realista.
No mejor en el sentido de que sea una literatura más completa, más compleja o mejor escrita (de hecho, a menudo no cumple demasiado bien ninguna de esas condiciones). Mejor, simplemente, porque lo hace de una manera más eficaz. La buena literatura fantástica es como el niño del viejo cuento popular: el único que se atreve a señalar al emperador y decir, con sencillez y sin complejos, que está desnudo.
Con unas pocas premisas sencillas («si seguimos por este camino…», «¿qué pasaría si…», «¿y si hubiéramos hecho X en vez de Y?», «¿y si le damos vuelta a esta situación?») la ciencia ficción es capaz de poner el dedo en la llaga y hurgar allí donde realmente nos duele: nuestros tabúes, nuestros prejuicios, la imagen falsa que nos formamos de nosotros mismos. Los trucos, las técnicas, son sencillos, casi de prestidigitador de feria, de embaucador barato: cojamos una situación habitual, que consideramos normal, prácticamente inevitable, y démosle la vuelta a ver qué pasa; estudiemos una tendencia actual y llevémosla a sus últimas consecuencias, a ver qué pasa; tomemos un punto en nuestro pasado, modifiquemos ligeramente uno o dos acontecimientos a ver qué pasa; de todos los futuros posibles, escojamos uno y echémosle un vistazo a ver qué pasa.
Es decir, la ciencia ficción habla en realidad de nuestros miedos, nuestras esperanzas, nuestras obsesiones, nuestros sueños. Y otro tanto hace la fantasía, si bien de un modo diametralmente distinto. (Sí, dije que no iba a entrar en ese debate, pero es difícil resistir la tentación). En cierto modo, ambas son caras de la misma moneda. Simplificando, podríamos decir que la ciencia ficción es el modo en que nuestro intelecto se enfrenta a esos miedos, esperanzas, obsesiones y sueños de los que antes hablaba, mientras que en la fantasía son nuestras emociones, nuestros instintos más primarios los que están lidiando con todo eso.
Pero dejando eso a un lado (y siendo consciente de que no muchos lectores del género van a estar de acuerdo en esta división que acabo de hacer del fantástico, agrupando como ciencia ficción su parte racional y dejando la irracional bajo la etiqueta de la fantasía ) lo cierto es que ambas son capaces explorar el mundo real con más eficacia que la literatura realista, por paradójico que pueda parecer.
¿Qué mejor modo de enfrentarnos a nuestros prejuicios, de comprender que muchas veces lo que aceptamos como “verdades naturales” no son otra cosa que tabúes, costumbres, prejuicios y rituales autoperpetuados que a través de la contemplación de otros tabúes, otras costumbres, otros perjuicios, otros rituales? La novela histórica ha hecho eso muy a menudo, y la ciencia ficción y la fantasía, cuando son buenas, lo hacen con una eficacia sobrecogedora.
Y lo hacen mediante un truco muy sencillo. La literatura realista, en general, nos contempla “desde dentro”. La ciencia ficción y la fantasía, por el contrario, nos miran desde fuera; es esa mirada extraña, esa visión exterior la que nos permite vernos como realmente somos de un modo eficaz y sin prejuicios.
Un pequeño inciso
En realidad, al usar el término “literatura realista” estoy siendo injusto y simplificando en exceso, considerando como un bloque monolítico algo que, en realidad, dista mucho de serlo. De hecho, a menudo es difícil decidir si el libro que hemos leído está realmente dentro del tronco principal de la narrativa (el que he calificado de “realista”), roza el fantástico o se adentra directamente en él. Muchas veces, el que una obra se clasifique de un modo u otro depende más del modo en que haya sido editada y de su posterior consideración crítica que de sus características intrínsecas.
Novelas como Oveja mansa o Tránsito de Connie Willis son consideradas ciencia ficción, pero en realidad las llamamos así porque han sido publicadas dentro de una colección especializada del género y porque su autora ha escrito anteriormente sobre viajes en el tiempo y exploraciones de otros planetas. De haber aparecido en una colección de literatura general no habrían desentonado con el resto del material. Por otro lado, buena parte de la obra de Chuck Palahniuk (especialmente Nana) se adentra o, como mínimo roza, el territorio del fantástico, pero ha sido publicada siempre dentro de colecciones de narrativa general.
Caso paradójico es el de la película Charlie, por la que el actor Cliff Robertson ganó un Óscar. Está basada en un relato que, no sólo es ciencia ficción, sino que es considerado un clásico del género y que, de hecho, recibió en su momento un Hugo, el más importante galardón de la CF. Me refiero, por supuesto, a “Flores para Algernon”, de Daniel Keyes.
La película es fiel a las premisas y el trasfondo del relato original. Y sin embargo encontraríamos a pocos espectadores conscientes, o dispuestos a admitir, que están viendo un filme de ciencia ficción.
En cualquier caso, en esta época (que sin duda habría horrorizado a la Ilustración dieciochesca, y no sabéis cuánto me alegro de ello) donde los géneros se fusionan unos con otros sin mayores complejos y la palabra “mestizaje” parece haberse convertido en el grial de la narrativa actual, es fácil ver que las fronteras entre realismo, fantasía y ciencia ficción son cada vez más tenues. Y, al mismo tiempo que la narrativa “culta” y bien considerada entre la crítica académica no renuncia a utilizar las técnicas, temas y trucos de la literatura de género, la propia literatura de género es cada vez más consciente de que las herramientas literarias, estilísticas, narrativas de la literatura “culta” están a su alcance y que no sólo puede, sino que debe, servirse de ellas.
¿Dónde nos deja eso?
En un lugar confuso, sin fronteras trazadas con claridad. Si intentásemos dibujar un mapa y marcáramos cada territorio con un código de colores veríamos que habría ciertas zonas (cada vez más pequeñas) con sus colores bien definidos, todas ellas unidas por una inmensa tierra de nadie de color impreciso cuya adscripción a uno u otro “país literario” depende más de la mirada del observador que de otra cosa.
¿Estoy diciendo que no existen los géneros?
No, no del todo. Pero desde luego sí que no existen como bloques monolíticos, sin fisuras. Así pues, todo lo que comento en estos párrafos debe ser tomado con mucho cuidado, teniendo en cuenta que estoy hablando de una situación “ideal” (en su sentido platónico, no en el de que sería la deseable) que no siempre se da tal cual en el mundo real.
Acabada esta (espero que no demasiado molesta) digresión, volvamos al tema.
Lo que te dije era verdad… desde cierto punto de vista
Llega el momento de reconocer que quizá hemos hecho un “uso creativo” de la verdad. Hace un par de epígrafes comentaba las posibilidades de la ciencia ficción y la fantasía como herramienta útil y potente para diseccionar este mundo, el modo en que, a través del reflejo deformado que nos da de él, podemos quizá comprenderlo mejor que mediente el reflejo más fiel, más cercano, que nos da la literatura realista.
Sin embargo, no es eso lo que hace que un lector empiece a aficionarse al género fantástico, sobre todo si comienza su experiencia de lector en la infancia o los albores de la adolescencia, elemento común a buena parte de los aficionados a la ciencia ficción y la fantasía. Uno no se plantea “voy a darle una oportunidad a este género porque es una poderosa herramienta para conocer el mundo”; lo que se dice, si es que llega a decirse algo, es “voy a leer esto porque tiene pinta de que va a «molar»”.
¿Y por qué “mola”?
En realidad es muy sencillo, por el mismo motivo que a los lectores del siglo XIX les “molaba” la literatura de viajes, la novela de aventuras, las historias de capa y espada.
Escapismo. Evasión. Viajes imaginarios a mundos exóticos. Llamadlo como queráis.
La fantasía y la ciencia ficción son los herederos naturales de la literatura de viajes y la novela de aventuras decimonónicas. En un momento en el que nuestro planeta ya no tiene rincones misteriosos y lo más exótico está a la distancia de una pulsación en el control remoto del televisor, tenemos que buscar nuevos territorios inexplorados. ¿Dónde? En el lejano futuro, en los sistemas estelares distantes, en las realidades alternativas que nunca fueron ni pudieron haber sido. En ese contexto, no es sorprendente el éxito de un escritor como Tolkien, con su pormenorizada descripción de un mundo imposible —aunque a veces casi reconocible— pero coherente. Sorprende aún menos la legión de aficionados a la saga galáctica de George Lucas, con su inteligente combinación de los arquetipos clásicos del relato mítico y un ambiente exótico, variado y visualmente impactante.
Es pues por la maravilla, el viaje imaginario a mundos lejanos, imposibles, desconocidos como uno comienza adentrándose en el género fantástico, sobre todo si se acerca a él siendo un niño. La buena fantasía, la ciencia ficción de calidad despiertan y estimulan la imaginación, te llevan, por usar una frase hecha, “donde nadie ha llegado anteriormente”.
Lo cual, a su vez, nos lleva a otro tema.
El efecto “atiza”
Con esta expresión, acuñada, si las referencias no me fallan, por Julián Díez, definimos en nuestro idioma eso que los angloparlantes llaman “sense of wonder” y que a menudo se ha traducido como “sentido de la maravilla”.
La expresión de Díez, sin embargo, me parece mucho más acertada y bastante más gráfica y directa. Porque circunscribe con precisión algo que todos los lectores del género fantástico hemos experimentado alguna vez. Ese asombro que hace que se nos quede la boca abierta, seamos incapaces de reaccionar y sólo al cabo de un rato podamos exclamar “¡atiza!” (o su equivalente en el idiolecto de cada uno).
El efecto “atiza” es una de las cosas que mejor definen el efecto que causa la buena ciencia ficción. Es casi comparable a ese “reverente temor” que, según algunas religiones, uno debe experimentar en presencia de la divinidad.
Es el sentimiento que experimentamos cuando ante nuestros ojos se despliegan paisajes de millones de años, de distancias inconmensurables, de viajes que duran generaciones, de universos que nacen, mueren, se expanden, de construcciones capaces de usar las estrellas como ladrillos, de razas imposibles que se pasean por el universo como si fuera su patio particular de juegos.
Es, también, difícil de explicar para el no iniciado. Como los buenos chistes, has de experimentarlo por ti mismo, porque si te lo explican pierde toda la gracia.
Desde luego, este “efecto «atiza»” no es algo exclusivo de la ciencia ficción o la fantasía. Si rastreamos sus orígenes, es fácil encontrarlo en Homero, en los viajes de Simbad, incluso en la misma Biblia cristiana. Pero la ciencia ficción lo ha llevado a límites nunca antes alcanzados, y a veces las imágenes que nos proporciona son tan poderosas que uno casi siente vértigo.
En el caso concreto de la ciencia ficción, esto es así precisamente por la parte de su nombre que más a menudo ha sido denostada por un cierto sector de la crítica especializada. Me refiero, por supuesto, al término “ciencia”. Casi desde los años cincuenta se ha intentado cambiarle el nombre al género, empezando por aquella “ficción especulativa” que propuso Heinlein, para librarlo así de esa molesta “ciencia” que algunos piensan que encorseta demasiado la denominación del género.
Y sin embargo, la ciencia ficción consigue sus momentos más poderosos, más llenos de fuerza, asombro y “¡atizas!” gracias al uso, quizá no de la verdadera ciencia, pero sin duda sí de los clichés de la ciencia.
Es cierto que hay una ciencia ficción que trata de usar el universo tal como lo conocemos, ajustado a los conocimientos científicos actuales y que mueve todas sus especulaciones e ideas dentro de ese marco. Pero incluso la ciencia ficción que se limita a usar tecnojerga sin sentido e imagina planetas imposibles, sistemas estelares que no pueden existir o galaxias que nuestras leyes no permiten está acudiendo a la ciencia y la tecnología, o más exactamente a unos ciertos tópicos y arquetipos sobre ellas, para construir su armazón narrativo.
Sin duda muchas novelas de ciencia ficción narran cosas tan imposibles como la fantasía. Pero nos las están narrando en un lenguaje, usando una terminología, que no es la de lo milagroso, lo irreal, lo fantástico o lo sobrenatural, sino de lo tecnológico y lo científico, por más que sea una tecnología imposible y una ciencia de pacotilla. Ese ligero cambio, que parece casi trivial, irrelevante, es sin embargo suficiente para que el efecto que se produce en nuestra cabeza sea completamente distinto.
Al fin y al cabo, alguien dijo que el medio es el mensaje. Y el medio, en este caso el lenguaje, es determinante. Porque, por deformado, mal usado o absurdo que sea, es el lenguaje de nuestro tiempo. En el pasado, decir que uno pasaba a un reino mágico podía sonar cotidiano, porque ese era el lenguaje de la época. Hoy, aunque digamos lo mismo, lo expresamos diciendo que hemos llegado a un universo alternativo. El concepto parece el mismo, pero el lenguaje en el que está expresado despierta ecos distintos en nuestra mente.
A modo de conclusión
¿Hemos conseguido explicarle a ese bienintencionado y curioso alienígena por qué la narrativa fantástica es una manifestación cultural interesante, que nos define como humanos y es parte de nuestra idiosincrasia? ¿O quizá le hemos procurado un enorme dolor de cabeza (o su extremidad equivalente) con nuestras confusas explicaciones?
Nos tememos lo segundo. Así que tratemos de recapitular.
Hemos hablado del modo en que la literatura fantástica, a través de la deformación del mundo real, es capaz de aportar información sobre éste mejor que un reflejo más fiel.
De nuestro interés por huir del mundo en el que vivimos y visitar, aunque sea con la mente, paisajes exóticos y culturas extrañas.
Del asombro (el “reverente temor” del efecto “atiza”) que experimentamos cuando la ciencia ficción y la fantasía son capaces de desplegar ante nuestros ojos paisajes que nuestra vista, y puede que nuestra mente, es incapaz de abarcar.
Con eso, nuestro recién adquirido amigo extraterrestre, posiblemente saque la conclusión de que somos una especie llena de curiosidad sobre nosotros mismos y lo que nos rodea, ansiosa por viajar y conocer nuevos lugares, pero seguramente sigue sin comprender muy bien qué es eso de la narrativa fantástica y por qué despierta nuestro interés.
Así que decidimos que lo mejor es una buena terapia de inmersión, y le invitamos a que baje a nuestro planeta, se acerque a una librería especializada en el género y se lea unos cuantos libros.
Novelas, quizá, como La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. LeGuin; Ojo en el cielo, de Philip K. Dick; Esperanza del venado, de Orson Scott Card; La colina de Watership, de Richard Adams; En las montañas de la locura, de H. P. Lovecraft; Drácula, de Bram Stoker; La máquina del tiempo, de H. G. Wells; Hyperion, de Dan Simmons; Snowcrash, de Neal Stephenson; La ciudad y las estrellas, de Arthur C. Clarke; Brujas de viaje, de Terry Ptratchet; El fin de la Eternidad, de Isaac Asimov…
Y también, por qué no, colecciones de relatos como Axiomatic, de Greg Egan; La historia de tu vida, de Ted Chiang; Ficciones y El Aleph, de Jorge Luis Borges; Lo mejor de los premios Nébula, de Ben Bova; Una odisea de Marte, de Stanley G. Weinbaum; La persistencia de la visión y Blue Champagne, de John Varley, Mapas en un espejo, de Orson Scott Card…
Y sin duda películas como Cuando el destino nos alcance, de Richard Fleischer; La amenaza de Andrómeda, de Robert Wise; Naves misteriosas, de Douglas Trumbull; Blade Runner, de Ridley Scott; El planeta de los simios, de Franklin J. Shaffner; Rollerball, de Norman Jewison; Dark City, de Alex Proyas; Brazil, de Terry Gillian…
¿Comprenderá entonces nuestro hipotético alienígena lo que tratamos de explicarle? Quién sabe. Como decía Arthur C. Clarke: “lo único que podemos decir sobre el futuro es que es totalmente impredecible”.
Publicado originalmente en Jabberwock Nº 1 (octubre, 2005)
© 2005, Rodolfo Martínez
Hulk… como que no
Miércoles, Junio 25th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 2 comentarios »- El mismo día, hace un año: Algunas camisetas (1)
- El mismo día, hace dos años: Pistoletazo de salida ,
- El mismo día, hace dos años: La parte alta del ciclo
Quizá tenía puestas mis expectativas demasiado altas. Al fin y al cabo, la versión que Ang Lee había hecho de Hulk me había gustado mucho. Y, por otro lado, tras haber visto hace unas semanas la primera muestra de esta nueva hornada de adaptaciones de Marvel, Iron Man, confieso que esperaba otra cosa.
¿El resultado?
Este nuevo Hulk me ha resultado aburrido. Me he pasado buena parte de la película preguntándome cuánto más iba a durar aquello y mirando continuamente el reloj. Las partes en que no había acción me apestaban a telefilm cutre (de hecho, pensaba una y otra vez en la serie de TV de Hulk, que siempre me pareció bastante infecta) y las partes en que sí la había eran quizá más insufribles aún: apenas se veía nada y te enterabas de lo que pasaba con dificultad.
Vamos, la película fue, para mí, una continua invitación al bostezo. Tanto, que casi aplaudo en esos escasos segundos en que Tony Stark entra por la puerta y dice que está buscando peña para hacer un grupo.
Me gustó el montaje (ágil y comprensible) del origen del personaje, que tiene lugar durante los títulos de crédito. Y la parte brasileña de la película me resultó llevadera. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo.
No sé cuáles eran las pretensiones de los responsables del producto. Se ha dicho por ahí que se trataba de alejarse lo más posible de la versión de Ang Lee y dar a los fans lo que estos reclamaron en su día y no obtuvieron. Bueno, sin duda se aparta bastante del Hulk de Eric Bana: donde ésta nos presentaba unos personajes interesantes con unos conflictos que hacían avanzar la historia, aquí tenemos psicología ramplona de serie de TV de los 70, y un ritmo similar. En cuanto a lo que reclamaban los fans… sí, vale, este Hulk es más grande y más bestia que el anterior, así que supongo que estarán contentos.
Lo peor es ver a un puñado de buenos actores al servicio de una cosa tan cutrilla como ésta. Bueno, no, qué demonios, lo peor es ver demasiado en algunos momentos y no ver casi nada en otros. O, directamente, lo peor es la película en sí.
© 2008, Rodolfo Martínez
Jardiel Poncela y Sherlock Holmes
Viernes, Junio 13th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 6 comentarios »- El mismo día, hace un año: AsturCon 2007: Más sobre el Apokeklipse
Durante mi visita a la Feria del Libro de Madrid aproveché para pillarme tres libros sobre Sherlock Holmes. Uno fue el de Carlos Pujol, del que hablaré otro día, y los otros dos eran Novísimas aventuras de Sherlock Holmes y Los 38 asesinatos y medio del Castillo de Hull, ambos de Enrique Jardiel Poncela.
En ambos casos se trata de narraciones muy breves y, de hecho, el segundo libro es una ampliación y reelaboración de uno de los relatos contenido en el primero (con algunos momentos tomados de otra de las historias).
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Mi conocimiento de la obra de Jardiel Poncela no es muy completo, lo reconozco. Leí hace ya unos cuantos años La tourné de Dios y, seguramente, en su momento hice lo propio con alguna de sus obras de teatro. Recuerdo sobre todo lo iconoclasta de alguna de sus ideas y la mala leche que destilaba en su novela, pero confieso que tengo bastante olvidada la peripecia de la misma, más allá del hecho de que Dios decidía bajar a la Tierra y comprobar por sí mismo cómo estaban las cosas.
Tiene un tipo de humor con el que conecto con facilidad, seguramente por lo absurdo. Y, de hecho, al leer estas dos obritas la sensación que tuve es que estaba ante una película de los hermanos Marx (ante varios cortomotrajes, podríamos decir) protagonizada por Sherlock Holmes.
Como digo, su humor es absurdo, con cierta mala idea de vez en cuando, siempre elegante y, en ocasiones, bastante poético. No es un autor al que hoy en día se tenga en mucho aprecio. Seguramente porque al ser un humorista de derechas (y amigo de Alfonso Paso, por si eso no fuera poco) no quedará muy fino entre el stablishment intelectual hablar bien de él. Allá ellos con sus prejuicios.
Estas dos obritas son, en cualquier caso, una gozada. Dos libritos delirantes que se leen en un suspiro (lástima, ojalá durarán más) y que me tuvieron con la sonrisa medio esbozada en el rostro todo el rato y me hicieron soltar alguna que otra carcajada. Me dio pena acabarlos y confirman lo que siempre he pensado: “lo bueno, si breve, es una putada, se pongan como se pongan”.
Las ilustraciones interiores, del propio Enrique Jardiel Poncela, son un extra más de esta pequeña gozada, por cierto.
© 2008, Rodolfo Martínez
Festín de cuervos
Miércoles, Junio 11th, 2008 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 9 comentarios »- El mismo día, hace un año: Habemus portada
Pues sí, he tardado un poco en leer la cuarta novela de Canción de hielo y fuego. En parte porque quise esperar a que saliera la edición en tapa dura; y en parte porque decidí releer las tres anteriores antes de ponerme con Festín de cuervos.
¿El resultado?
Pues… incómodo. Durante toda la lectura he tenido la sensación inquietante de que me faltaba media novela. Y, al acabar, esa sensación persistía.
Evidentemente, cuando Martin decidió partir en dos el libro que estaba escribiendo, tenía dos opciones claras: detenerse a la mitad del acontecer cronológico y publicar un libro que terminase con un “continuará” o centrarse sólo en una parte del mundo y contar por completo lo que allí pasaba, dejando para un libro siguiente lo que había sucedido “mientras tanto” en otras partes. El propio autor lo comenta en la nota al final del libro y dice que la primera opción no le parecía correcta.
Lo que me pregunto es si la segunda no sería, en realidad, tan incorrecta como la primera. De hecho, a mí me lo parece; puede que incluso más. Si Martin se hubiera limitado a cortar por la mitad, seguramente al terminar el libro habría gritado algo del estilo de “¡no me puedes dejar así, cabrón!”. Pero sin duda no me habría pasado toda la lectura con esa sensación de insatisfacción.
Habría preferido, sin la menor duda, esperar dos años (o los que hicieran falta) para que la novela estuviera completa y leerla entonces como es debido. Sospecho (y, sí, acepto que esto es pura especulación) que en el fondo Martin también lo habría preferido y que fue la presión de editores (y quizá también de los fans) la que lo llevó a partir en dos lo que había concebido como una unidad. El hecho de que se tome la molestia de explicar lo que ha hecho y por qué (pidiendo, en cierta manera, disculpas por haberlo hecho) me hace sospechar que quizá no estoy muy desencaminado.
Quién sabe. No pierdo la esperanza de que tal vez en algún momento del futuro, Festín de cuervos y Danza de dragones acaben convertidos en un solo libro. Quizá en una edición redux o absolute o como la queráis llamar de toda la saga, una vez que esté completa.
Confieso, por otro lado , que parte de la insatisfacción que me ha proporcionado este libro es haber visto cómo arrancaban de él a mis personajes favoritos (sí, Tyrion, Daenerys y Jon Nieve; no soy nada original en eso, me temo) para sustiuirlos por otros que, por mucha importancia que vayan a tener para la trama -que sin duda la tendrán, eso parece quedar claro-, me interesan más bien poco. Lo cierto es que ni los vikingos -uy, perdón, quería decir los Greyjoy y demás habitantes de las islas de hierro-, ni los dornienses me han vuelto loco de entusiasmo. De hecho, confieso que, cada vez que me tocaba un capítulo suyo, me decía “vaya, estos otra vez” y esperaba con ansia el momento de volver a Jaime, Brienne, Sam o Arya. O incluso Cersei, y eso es decir mucho.
No quiero decir con eso que estemos ante una mala novela, o que no me haya gustado. Evidentemente, no es el caso. Me la he leído en un suspiro; mientras lo hacía, me costaba dejar de hacerlo y al acabar, quería más, como debe ser. Pero, al mismo tiempo, no podía quitarme de encima la sensación de que me estaban escamoteando la mitad de lo que pasaba.
Y, encima, la mitad que más me apetecía leer.
© 2008, Rodolfo Martínez
Coleccionismo y repetición
Lunes, Junio 2nd, 2008 Pertenece a Superman, Visto y oído | 6 comentarios »- El mismo día, hace un año: Citas citables: El cuero cabelludo de Custer
Soy un fan y una de las mayores maldiciones que padece un fan es el completismo.
En el caso concreto de Superman, la maldición me llevó a hacerme en su día con cosas tan absolutamente infumables como Superman IV o Supergirl (difícil decidir cuál de las dos es peor película, ciertamente), por poner sólo dos ejemplos.
Otra faceta de esa maldición es comprar una y otra vez lo mismo, en distintos formatos. No recuerdo cuántes veces habré comprado la trilogía original de Star Wars pero creo que son (contando VHS y DVD -y me libré del laser disc por los pelos-) como media docena, al menos. Y me temo que volveré a picar cuando una nueva “edición definitiva” salga al mercado. O cuando me pase al Blue Ray o al formato de vídeo que se lleve en ese momento.
Con los comics también me ocurre. Normalmente cuando me hago con la nueva edición, suelo desprenderme de la antigua regalándosela a algún amigo. Prefiero hacer eso a vender los tebeos: el dinero que sacaría no iba a ser gran cosa y regalándoselo a alguien que sé que le gusta tengo la seguridad de que cae en buenas manos. Otras veces, sin embargo (y confieso que no sé muy bien por qué) conservo ambas ediciones y no es infrecuente en mi biblioteca encontrar el mismo cómic en inglés y en castellano.
Creo que el tebeo que más veces he comprado ha sido Crisis en Tierras Infinitas (responsable, en buena medida, de que volviera a comprar comics tras un paréntesis de casi diez años y uno de los principales culpables de que, tras años ser fan de Marvel, acabara volviéndome a DC). Tuve la edición en doce comic-books que hizo Zinco en su día. Conseguí el trade paperback en inglés algunos años más tarde. Me hice con la edición mejicana de Vid. Compré el tomo que sacó Norma. Y, para rematar, no hace mucho que he comprado la edición Absolute que ha hecho Planeta. Añadamos a eso el poster que domina mi sala de estar (boceto de George Pérez y acabado de Alex Ross, la misma ilustración que sirve de portada a las últimas ediciones del cómic, reproducida en lo que viene a ser aproximadamente el formato y tamaño de una puerta) y no hace falta ser ningún genio para llegar a la conclusión de que Crisis en Tierras Infinitas es, para mí, el mejor tebeo de superhéroes al estilo clásico (o sea, de los de toda la vida, antes de que Moore llegase a darle un empujón y unos cuantos meneos al asunto) que jamás se ha publicado.
Pero como decía, generalmente, a medida que consigo una nueva edición (casi siempre la edición en el idioma original) voy deshaciéndome de las antiguas. Simple cuestión de espacio.
Gracias a eso, el hijo de mi buen amigo Javier Cuevas va teniendo el Superman post-Crisis primorosamente encuadernado en tapa dura, a medida que me voy comprando el Man of Steel que DC reedita con cuentagotas. Otros amigos fueron consiguiendo los Cuatro Fantásticos de Byrne en agónicas entregas: más o menos al mismo ritmo que yo me iba haciendo con los tomos americanos. Otro tanto ocurrió con Sandman. Y con unos cuantos más.
Luego está el material de coleccionismo puro y duro. Comics que probablemente no leeré nunca pero que quiero tener. ¿Absurdo? Bueno, ya dije que estaba sujeto a una maldición.
Hablo de cosas como los Superman Archives o los Action Comics Archives (a los que se sumará en breve el World’s Finest Archives), donde se recopila en estricto orden cronológico todo lo publicado en esas dos series desde 1938 hasta (es de esperar) hoy en día, recogido en lujosos (y no precisamente baratos) tomos en tapa dura.
Ya he dicho que segurarmente nunca leeré esas cosas. Puede que acuda a ellas cuando necesite consultar algo o deje de vez en cuando vagar la vista por sus páginas. Pero, de verdad, ponerme a leer todos esos tebeos de Superman de los años cuarenta… Uf, no. Si ya de crío cuando los leía en las gloriosas traducciones de Novaro (ya sabéis esa versión hispana del universo DC donde Batman era Bruno Díaz o Flecha Verde, Oliverio Reina) me parecían simplotas y repetitivas, no quiero ni pensar qué me parecerán ahora.
¿Que por qué los compro? Porque tienen interés como documento para comprender la evolución de uno de mis personajes de cómic favoritos. Porque nunca se sabe cuándo puedo necesitar consultar tal o cual historia o ver cuándo apareció por primera vez este personaje o el otro. Porque…
Por completismo, qué coño.
El mismo motivo por el que voy coleccionando los gruesos volúmenes que recogen las tiras diarias y las páginas dominicales de Superman. El mismo por el que tengo varios tomitos de la infame y horrísona edición de Bruguera (algunos la recordaréis: aquélla donde los comics eran recoloreados por la propia editorial española con un resultado que…). El mismo por el que he conseguido, tras haberlos perdido en el paso de la infancia a la adolescencia, unos cuantos comic-books (tanto de la primera edición que respetaba las dimensiones del original, como de la siguiente, que reducía a la mitad el tamaño del tebeo) de Novaro y varios tomos recopilatorios de la misma editorial. El mismo por el que tengo dos libritos que recogen todas las portadas de Action Comics desde 1938 hasta mediados de los ochenta. El mismo por el que tengo varias novelas de Superman. El mismo por el que tengo una edición facsímil del Superman número uno pese a tener eso mismo en la edición de los Archives. Y el mismo por el que, en fin, no hace ni dos días me he comprado el tomazo -no se le puede llamar de otra manera- de La muerte de Superman (pese a que ya tengo ese material en el mismo idioma y bastante bien encuadernado) y el volumen con las cuatro historias que Alan Moore escribió del Hombre de Acero, aunque las tenía ya, en inglés y en castellano.
Soy fan de Superman desde que empecé a leer tebeos. No recuerdo a qué edad, pero posiblemente con siete u ocho años. Lo curioso es que ya entonces sus historias me parecían ñoñas y simplotas (gran parte del material que caía entonces en mis manos era de los años cuarenta y el más moderno, de los setenta, no es que fuera una maravilla, para qué engañarnos) y me molaba mucho más el universo Marvel que el DC. Pero, pese a todo, Superman era mi superhéroe favorito. Tenía algo. Algo poderoso e icónico que hacía que siguiera interesándome por sus comics pese a que no fueran, ni de lejos, de los mejores.
Algo que me ha llevado a que algo más de un tercio de mi biblioteca de tebeos esté relacionado de un modo u otro con el Hombre de Acero. Muchos de esos comics no son gran cosa, algunos son infectamente malos y otros son buenos. Unos pocos, muy buenos. Como pasa con casi todo en esta vida.
Debería hacer un esfuerzo y quedarme sólo con lo bueno.
Pero no puedo. Ya os lo dicho. Soy un fan. Y soy compulsivamente completista.
Es mi maldición.
Aunque, lo confieso, tampoco me causa muchos problemas. En realidad, me lo paso muy bien con ella.
© 2008, Rodolfo Martínez
Huérfanos en cuatricomía
Viernes, Mayo 30th, 2008 Pertenece a Dentro de la viñeta, Visto y oído | 19 comentarios »- El mismo día, hace un año: Territorio incierto: La venganza de los Sith, de Mathew Stover
Por supuesto, la figura del héroe tiene mucho de sublimación de nuestras fantasías. Y en buena medida, la figura del superhéroe es la sublimación de la fantasía de un adolescente. Así, no es extraño que algunos de los superhéroes más conocidos sean huérfanos. No sólo eso, sino que en ocasiones, es precisamente la desaparición de la figura paterna la que crea el personaje.
Sin duda Batman no existiría sin el asesinato de los padres de Bruce Wayne; aunque, pese a todo, sí que hay una cierta figura paterna en su vida en la persona de Alfred Pennyworth.
Cuando Peter Parker es picado por una araña radioactiva aún está vivo su tío Ben, es cierto, pero es la muerte de éste la que crea el personaje y sus motivaciones tal como la conocemos.
Y a Superman no le basta con la muerte de sus padres para transformarse en tal, sino la destrucción de todo su planeta y el exilio a otro mundo.
Hay más casos, evidentemente (Namor, híbrido de humano y atlante, que ha perdido a su madre y apenas sabe nada de quién fue su padre; la antorcha humana original, que fue creada en un laboratorio; o Wonder Woman, a partir del barro) y en general, durante la llamada Edad de Oro del cómic de superhéroes, las figuras paternas no existen. O bien son directamente obviadas o han desaparecido, de un modo u otro, de la vida de los héroes.
Algunos de los más emblemáticos superhéroes fueron creados por gente muy joven (dos adolescentes, en el caso concreto de Superman) y es muy posible que para ellos esa falta de una figura paterna, esa orfandad, funcionase a nivel inconsciente como una liberación. El adolescente contempla a menudo la familia como un obstáculo, un impedimento que no le permite desarrollar todo su potencial (de hecho, si me perdonáis la digresión, ésa es una de las claves del éxito de la saga de Harry Potter, como muy bien señala Eduardo Vaquerizo en el número 9 de Hélice). No es extraño, entonces, que eso se sublime en la fantasía de un héroe poderoso que no sólo no tiene lazos familiares que lo lastren, sino que es precisamente la desaparición de esos lazos la que lo convierte en un héroe.
Si nos centramos en Superman y Spiderman, los dos personajes más emblemáticos de las dos principales universos superheroicos, veremos que su orfandad, aunque determinante para ser lo que son (y cómo son), tiene consecuencias muy distintas para cada uno de ellos.
Superman, es el ejemplo casi extremo de lo que he expuesto algo más arriba. El hombre sin lazos familiares por excelencia. El último hijo de un planeta muerto. El extraterrestre que parece humano pero no lo es y no lo será nunca. ¿Es extraño que llamase a su refugio la Fortaleza de la Soledad?
Con el tiempo, por supuesto, las cosas cambiarían: Jonathan y Martha Kent, los padres adoptivos de Kal-el, permanecerían a su lado durante buena parte de su adolescencia. Superman visitaría el Krypton de antaño (ya fuera de viajando física o mentalmente) y llegaría a ver a sus verdaderos padres. De hecho, a medida que los años van pasando y los distintos autores van incorporando nuevos personajes kryptonianos a los mitos del Hombre de Acero (su prima Kara, que se convertiría en Supergirl, la ciudad embotellada de Kandor, unos cuantos supercriminales que escapan con cierta frecuencia de la Zona Fantasma; y no nos olvidemos de Krypto, la supermascota), llega un momento en que uno casi podría preguntarse si, aparte del consejo científico que regía los destinos del planeta, alguien más había muerto en la explosión de Krypton.
Pero obsérvese que todos esos elementos (con la excepción de Supergirl, y ésta siempre vivirá bajo la sombra de su famoso primo) están localizados en lugares donde no son una amenaza; separados del héroe, ya sea por el espacio o por el tiempo. Y el héroe tiene acceso a esos momentos o esos lugares, pero cuando él quiere y siempre bajo sus condiciones. Así, cuando Superboy está a punto de llegar a la edad adulta, los Kent mueren, con lo que pasan a convertirse en un recuerdo nostálgico pero ya no pueden influir en su comportamiento. En cuanto a sus padres biológicos, Jor-el y Lara, viven en un cómodo pasado que Kal-el puede visitar cuando desee: él puede llegar a ellos, pero ellos a él, no. Es cierto que hay una ciudad entera llena de kryptonianos, pero está convenientemente miniaturizada y encerrada en una botella; es, en realidad, un lugar al que ir de turista, pero poco más. La Zona Fantasma, el universo espectral donde están encerrados los criminales de Krypton, es el único lugar que puede ser considerado una amenaza, pero Superman siempre tiene a mano un conveniente proyector para devolver a los genios maléficos a su botella.
Versiones posteriores del personaje (especialmente la desarrollada por John Byrne tras Crisis en Tierras Infinitas) cambiarían eso, en algunos casos de un modo bastante radical. Pero el personaje original era, al igual que otros muchos héroes enmascarados de la época, una criatura sin lazos familiares. Y es, de hecho, la no existencia de esos lazos la que en cierto modo (porque Superman no es Superman hasta que no deja Krypton y viene a la Tierra) le da todos sus poderes.
Spiderman, en cambio, transita por otros derroteros.
Huérfano y criado por sus tíos, son estos los que ejercen como padres sustitutos y hacen que durante toda su infancia y parte de su adolescencia Peter Parker tenga un modelo de conducta paterno claro y concreto al que agarrarse. Aún están vivos cuando le pica la araña radiactiva, pero no es hasta la muerte de su tío Ben que el personaje se convierte en lo que conocemos.
Curiosamente, en una pirueta que podría parecer un tanto paradójica, la desaparición de la figura paterna no convierte a Peter Parker en un irresponsable. El adolescente no se siente liberado, sino todo lo contrario.
La muerte del tío Ben transforma a Peter en un adulto. Un proceso brillantemente resumido en ese “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” que funcionará como mantra del personaje y que Peter sólo llega a comprender del todo cuando ve (y sufre) las secuelas de no medir las consecuencias de sus actos. El tío Ben desaparece de su vida en ese momento, pero se convierte en una carga moral de la que Peter ya no podrá librarse y que acabará definiendo su comportamiento.
No sé cuánto de todo esto fue fruto de la improvisación y cuánto fue deliberado por parte de Stan Lee. Sospecho que hubo más de lo primero que de lo segundo. Pero, sea como sea, no es sorprendente esta diferencia entre el más famoso huérfano de la Marvel y su contrapartida en el Universo DC. Al contrario que Superman (creado por dos adolescentes, como ya hemos dicho) el padre de Spiderman es un hombre ya ha cumplido los cuarenta cuando crea su personaje más popular y lo que hace en el origen del superhéroe arácnido es, en realidad, narrar un rito de iniciación, de paso a la madurez.
Algo parecido sería incorporado, curiosamente, a Superman en el “remozado” de su origen que se hizo en los años sesenta. Es la muerte de los Kent (primero Martha y después Jonathan) la que termina convirtiendo a Superboy en Superman. Cuando sus padres adoptivos fallecen (por su culpa, como sabríamos después, a causa de un extraño virus que Superboy había traído inadvertidamente del futuro al que iba a “jugar” de vez en cuando con la Legión de Superhéroes), Kal-el deja de ser un niño y se convierte en un adulto.
Ambos momentos (la muerte del tío Ben, el fallecimiento de los Kent) son una metáfora bastante obvia -tosca pero efectiva- del trauma que implica la conversión de adolescente a adulto. De la ruptura, por así decir, del cordón umbilical afectivo. A partir de ese momento, el héroe está solo y es el último responsable de sí mismo.
Lo curioso es que en ambos casos se trata de la muerte de padres adoptivos. Los reales hace mucho que han muerto cuando el héroe hace su aparición.
© 2008, Rodolfo Martínez
Revisitando el Whedonverso
Miércoles, Mayo 28th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 22 comentarios »- El mismo día, hace un año: Venga, hombre, hasta la cocina
- El mismo día, hace tres años: Es un trabajo para...
Recientemente me he puesto de nuevo a ver Buffy. Y, claro, al llegar la cuarta temporada surgió la disyuntiva: ¿Qué hacemos con Angel? ¿Esperamos a terminar la serie principal y luego le damos caña al spin-off? ¿Las vamos alternando? Y, de ser así, ¿cómo?
Ver primero una temporada completa de Buffy y luego otra de Angel no nos parecía buena idea. Ir alternando un capítulo de una con otro de la otra, aunque parecía lo ideal, implicaba cambiar el disco en el reproductor con cada capítulo, a menos que tuviéramos dos DVDs, que no era el caso. Así que al final tiramos por la calle de enmedio: un disco de Buffy y otro de Angel. Y así hasta el final.
Ver así las dos series ha servido para darme cuenta de que están más relacionadas de lo que creía y que la memoria me había jugado una mala pasada, pues me había quedado con la idea de que las conexiones entre las dos eran escasas y sin demasiada importantacia.
El ejemplo perfecto puede ser el capítulo de la quinta temporada de Buffy donde Spike le cuenta cómo mató a su primera Cazadora en China, durante la revuelta de los boxers. Ahora bien, eso sucede en 1900, cuando Ángel ya había recuperado el alma y era, por tanto, un vampiro “bueno”. Sin embargo, vemos al cuarteto completo (Darla, Drusila, Ángel y Spike) paseando como predadores satisfechos en medio de las revueltas.
Luego, llega al episodio correspondiente de Angel y enseguida me doy cuenta de lo que ha pasado: en efecto, el personaje ya tiene alma y si aparece en China es en un intento desesperado de volver a ser el que era. Trata de engañar a Darla (y sobre todo a sí mismo) y convencerla de que puede volver a ser el de antes, tenga alma o no. Fracasa, evidentemente.
Y, mientras van pasando los episodios y los personajes y su entorno se van volviendo más complejos y más interesante, voy dándome cuenta de unas cuantas cosas que, en realidad ya sabía, pero en las que no me había parado a pensar últimamente.
Como el hecho de que aunque me gusta Buffy, la serie, encuentro a Buffy, el personaje, completamente odioso y, a menudo, hostiable por muchas de sus reacciones (su comportamiento con Ángel cuando éste intenta salvar a Faith de sí misma podría ser un ejemplo perfecto de lo niña estúpida, mimada y malcriada que es a menudo la Cazavampiros). Así que tiene su mérito que Whedon haya sido capaz de hacer una serie que me gusta y me engancha (y me gusta y me engancha cada vez más a medida que se va volviendo más compleja y va profundizando más en el alma de los personajes) a pesar de que no soporto a su protagonista.
Con Angel me pasa algo parecido, si bien en un grado bastante menor. Su pose de “alma atormentada” (ese resabio de vampiro sensible a lo Anne Rice que, lo reconozco, me repatea profundamente; cuánto daño ha hecho esa señora al mito vampírico) resulta irritante, cierto, pero el hecho de que todos los personajes de la serie -empezando por el propio Ángel- ironicen continuamente con ello y se lo tomen de vez en cuando a cachondeo, lo hace más soportable.
La segunda cosa que se me hace evidente en este segundo visionado de ambas series, es el modo magistral en que Joss Whedon maneja los clichés y los estereotipos. Jugando continuamente con ellos, dándoles las vueltas, buscándoles las esquinas y consiguiendo sacar algo nuevo y fresco de situaciones y personajes que no pueden ser más tópicos en muchas ocasiones. Whedon es un maestro del cliché y, sobre todo, es un maestro en el difícil arte de conseguir que los clichés parezcan novedodos y originales.
Y por último (no lo es, pero tampoco me voy a tirar el día entero hablando del asunto) he confirmado que el personaje más conseguido y con más potencial de ambas series -y hay personajes estupendos, sobre todo entre los distintos grupos de sidekicks que rodean a los héroes- es, sin la menor duda, Spike. De lejos. Y además, demuestra que toda esa cháchara de que cuando te transformas en vampiro pierdes el alma y tu yo es sustituido por un demonio con tus recuerdos, es una soberana chorrada. Si algo demuestra Spike a medida que la serie va avanzando (y su reacción ante la muerte de la madre de Buffy es un ejemplo clarísimo) es que tiene alma -léase “conciencia”, para aquellos a los que el palabro les de unas connotaciones demasiado religiosas- mucho antes de que se ponga a intentar recuperarla. En realidad, hasta podríamos decir que el mismo hecho de que intente recuperarla implica que ya la tiene.

Lo más curioso es que el personaje haya tenido que esperar para desarrollar del todo su verdadero potencial hasta el final de su participación en las dos series. Porque es en la séptima temporada de Buffy y en la quinta de Angel donde Spike se desarrolla por completo y consigue, en más de una ocasión, robarles las series a sus dos protagonistas.
No quiero decir que antes no fuera un buen personaje: su potencial está claro desde su primera aparición en Buffy cuando, tras meses de generar expectativas en torno a la temible amenaza que va a representar el Ungido, llega Spike y se deshace de él en menos tiempo del que tarda en pestañear (capítulo , por cierto, que es un ejemplo perfecto de la mala idea que destila Whedon y una muestra de lo mucho que le gusta jugar a cargarse las expectativas y a desorientar al espectador). Spike es un personaje que va creciendo poco a poco: desde sus primeras apariciones, donde es poco más que una fuerza destructiva y malévola, se va volviendo cada vez más complejo hasta el extremo de acabar aceptando (a regañadientes y echando pestes a cada paso del camino; al fin y al cabo es Spike) el incómodo papel de héroe a su pesar que parece haberle asignado el destino. Es en ese momento cuando alcanza su verdadera estatura y, como decía antes, casi les roba ambas series a sus protagonistas.
Por supuesto, no hace falta mencionar que lo que he confirmado con este nuevo visionado es lo condenadamente buenas que son las dos series y lo condenadamente bueno que es Whedon.
¿Y ahora? ¿Tal vez una nueva revisión de Firefly seguida del visionado de Serenity? Quién sabe.
© 2008, Rodolfo Martínez
Indy convence… a algunos
Lunes, Mayo 26th, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Paternalismo
- El mismo día, hace tres años: Detectives, guerras y poetas
Una vez más, división de opiniones en el visionado colectivo de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, como ya pasó en su día con el Superman Returns de Brian Singer.
De hecho, si queréis leer un comentario bastante negativo de la película, no tenéis más que asomaros por El trasgu probabilista de Instanton para haceros una idea de lo que sintió el sector que estaba situado más a la izquierda (en la fila, se entiende) mientras veíamos la película.
Al sector “derechista”, en cambio, la película nos gustó y nos convenció, sin problemas: entramos por ella desde el primer minuto y no nos costó nada mantener la suspensión incredulidad que el film exigía -más quizá que en anteriores entregas, cierto-. Nos gustó la historia llena de peripecias un tanto absurdas -como debe ser-, nos gustó la recreación (deliberadamente anacrónica e irreal) de una época, nos gustó el hijo de Indy, nos gustó el ritmo de la película y nos encantó Marion. Y, en general (pese a que encontramos un tanto anticlimático el momento de “resolución del enigma”) nos lo pasamos muy bien durante el tiempo que duró la película.
¿Factor nostalgia, como algunos indican? ¿Le perdonamos al profesor Jones cosas que no le perdonaríamos a otro personaje? No lo sé. Creo que no es así. Sin duda el factor nostalgia es un elemento más que añadir al disfrute, pero sólo uno más y ni siquiera determinante.
¿Es esta, pese a todo, la peor de las cuatro entregas? Pues no lo tengo muy claro. Habría que hacer un visionado de la saga completa para poder decidirlo. Y sospecho que, llegado el caso, el resultado tampoco resultaría determinante.
Puro espectáculo, sin duda.Y más de lo mismo, también sin la menor duda. Pero precisamente de eso se trataba, claro.
© 2008, Rodolfo Martínez
Blue Harvest
Viernes, Mayo 23rd, 2008 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 8 comentarios »- El mismo día, hace un año: El sueño del rey rojo
No recuerdo ni cuándo fue la primera vez que vi Padre de familia, ni qué episodio era. Pero sí que recuerdo que no me podía creer lo que estaba viendo.
Obvio es decir que no tardé en convertirme en un fan de la serie. Su humor surrealista, cínico, cañero (burro, en realidad, tan burro que a veces resulta increíble) y totalmente iconoclasta me atrapó desde el primero momento, por no mencionar esos personajes totalmente “impresentables” (empezando, por supuesto, por Peter Griffin, uno de los ejemplares de ser humano más mezquinos, hedonistas, egoístas y tarados que he visto en mucho tiempo, todo un orgullo para la especie) o esos momentos en que parece que los guionistas se han fumado hasta las cenizas de su padre o bebido hasta el agua de los floreros y se les va la pinza por donde menos te esperas. Creo que la serie terminó de ganarme el día en que me di cuenta de que el alcalde del pueblo no sólo se llamaba Adam West (como el actor que encarnó a Batman en la televisión en los años sesenta) sino que, además, estaba interpretado por Adam West.
Sin duda es una serie que no habría sido posible de no haber sido por otras que abrieron camino antes que ella. Y el modelo más evidente (aunque ni de lejos la única serie de animación pionera en este aspecto) es Los Simpson, con la que comparte varias características, como que ambas estén articuladas alrededor de un núcleo familiar o cuenten a menudo con apariciones de personajes del “mundo real”, a veces interpretados por sí mismos. Pero allá donde Los Simpson juega con los estereotipos, la hipocresía social y las apariencias bajo las que se ocultan “cosas chungas”, Padre de Familia revienta directamente todo eso eso, como si la sutileza fuera una cosa para pusilánimes. De hecho, y aunque parezca un contrasentido, es esa falta de sutileza uno de las grandes bazas de la serie.
En Blue Harvest, nos cuentan su personalísima visión de la primera película de Star Wars, y , sin dejar de ser un episodio más de Padre de Familia, con todas sus características habituales, se convierte en una estupenda revisitación, a mitad de camino entre la irreverencia desenfrenada y el amor incondicional de fan, de la saga de George Lucas.
El episodio está lleno de momentos impagables, explotando con habilidad los clichés más evidentes de Star Wars y los fallos argumentales de la primera película, en una combinación extraña pero que al mismo tiempo funciona. Porque, por un lado, no tienen piedad con el original que parodian, pero al mismo tiempo queda claro que Blue Harvest es la obra de un fan que conoce a la perfección Star Wars y siente verdadera pasion por ella.
Algo que queda perfectamente claro en los extras que acompañan al DVD en el que se ha editado Blue Harvest, donde vemos a Seth McFarlene, el creador de la serie, entrevistando a George Lucas y dejando claro, no sólo que conoce el universo de Star Wars casi mejor que su creador, sino que se lo está pasando de miedo allí, sentado frente a Lucas y tratando de no babear de entusiasmo.
Mis momentos favoritos del episodio (todo el mundo tendrá los suyos, por supuesto), son estos tres:
- La aparición de Peter Griffin (que encarna a Han Solo) diciendo: “Soy Han Solo, el único actor que no ha visto su carrera arruinada por esta película”.
- El momento en que Luke (Chris) y Han llevan a Chewbacca (Brian) al bloque de celdas y en el ascensor suena una versión -para ascensor, evidentemente- de la ominosa Marcha Imperial.
- Cuando las tropas de asalto del imperio matan, no sólo a los tíos de Luke, sino a John Williams y a toda la Orquesta Sinfónica de Londres y Luke se lamenta amargamente: “Dios mío, ahora tendremos que seguir el resto de la película con Danny Elfman”.
Destacar entre los extras del DVD (además de la elegante camiseta, por supuesto) la recopilación de las distintas escenas de la serie donde se ha hecho referencia a Star Wars en algún momento. Son unas cuantas, y algunas resultan impagables.
Y, por supuesto, el teaser de la secuela: Something, Something, Something Dark Side. Esperemos que no tarde.
© 2008, Rodolfo Martínez
Iron Man
Lunes, Mayo 12th, 2008 Pertenece a Dentro de la viñeta, Imágenes en acción, Visto y oído | 5 comentarios »- El mismo día, hace tres años: Un caso de identidad
Mi primera reacción cuando se informó de que Marvel, en lugar de franquiciar sus personajes para la gran pantalla, iba a mantener el control creativo de los mismos, fue pensar algo así como “se masca la tragedia”. Si a eso unimos que Iron Man nunca ha sido uno de mis personajes de cómic favoritos (me gustaba como miembro de Los Vengadores, pero sus aventuras en solitario no me decían gran cosa), digamos que iba a ver esta película con bastante desconfianza y esperando tragarme un truño más de tantos, pese al entusiasmo y expectación de algunos amigos, sobre todo Sergio Iglesias.
Así que he salido del cine gratamente sorprendido. Muy gratamente, de hecho. La película me funciona y, lo más importante, me funciona durante todo su metraje: no se viene estrepitosamente abajo en el momento en que Tony Stark se mete en la armadura y los CGIs empiezan a adueñarse de la pantalla, sino que mantiene sin problemas el nivel que iba teniendo hasta entonces.
Ciertamente, buena parte del mérito es de Robert Downey Jr., uno de los mayores aciertos de casting que he visto últimamente en las adaptaciones de cómic de superhéroes a la pantalla. Hay momentos en que la película funciona exclusivamente gracias a él y al aire de “voy de requetesobrao” con el que ha encarado la interpretación de Tony Stark.
En general, la película me ha parecido bastante digna y bien llevada y no me han dolido los seis euros y pico que he tenido que pagar. El intento, por otro lado, de hacer una especie de trasvase de todo el universo Marvel a la gran pantalla, no pasa, de momento, de ser una curiosidad que hará sonreír al fan de los comics pero que, si se mantiene y se agranda de la forma correcta (hasta desembocar, suponemos, en esa adaptación de Los Vengadores de la que se habla últimamente), puede ser un atractivo más de esta nueva tanda de adaptaciones marvelitas.
El personaje está bien actualizado y sus características básicas se han respetado en la adaptación. En lo visual, la armadura funciona sorprendentemente bien (confieso que la idea de ver en pantalla a un tío con una armadura roja y amarilla me ponía los pelos como escarpias) y la historia, pese a su sencillez, o quizá precisamente por eso, fluye de un modo adecuado y desemboca en un final correcto. Tiene un cierto aire de “episodio piloto” que mantienen a menudo las primeras adaptaciones de un superhéroe a la pantalla, pero parece que los responsables de este Iron Man han aprendido la lección de Batman Begins y han sabido convertir el origen del héroe, en lugar de una molesta excrecencia que hay que narrar para que nos enteremos de qué pasa, en algo interesante de por sí.
Vamos, que sí, que me ha gustado. Y, de hecho, me ha pasado algo que no me pasaba últimamente en el cine: salí de la película con ganas de volver a verla.
PSTADATA 1: Sí, el trailer de la nueva de Indy -emitido antes de Iron Man- mola que te cagas y me tuvo babeando de emoción como un crío durante toda su proyección.
POSTADA 2: Me temo, hablando de trailers, que Speed Racer va a ir a verla su padre. Yo no, en todo caso.
© 2008, Rodolfo Martínez


