El carpintero y la lluvia
El propósito original bajo el que surgió algo como Sportula era servir como vehículo para reeditar mi ciencia ficción de los años noventa, especialmente el ciclo de Drímar, compuesto por un puñado de novelas, novelas cortas y cuentos que habían sido publicados de un modo disperso y desordenado y que, hoy por hoy, no están al alcance del público.
Luego, las cosas fueron cambiando y fue una novela inédita lo primero que edité como Sportula: El adepto de la Reina. No será la última, probablemente, que publique de este modo.
Pero la idea original seguía ahí. Sigue ahí: reunir y agrupar temáticamente y (allí donde sea posible) cronológicamente las distintas narraciones de Drímar y volver a ponerlas a disposición de los lectores. Y hacer, además, que gracias a la impresión digital bajo demanda, estén siempre disponibles.
El carpintero y la lluvia es el primer volumen de los cuatro que compondrán este proyecto. Recoge dos novelas cortas y un cuento que guardan cierta relación temática y argumental y, si nadie lo remedia, estará en la calle el mes que viene.
El diseño de cubierta es de Alejandro Terán, como ya lo fue en El adepto de la Reina y espero que lo siga siendo en el futuro, y la ilustración de Juan Miguel Aguilera. Mi idea es que Juanmi sea el portadista de toda la serie, unificando de este modo el aspecto visual del ciclo.
Quedan tres volúmenes más. Un nuevo tomo de novelas cortas y dos novelas que deben rematar el ciclo. El plan es ir publicando un volumen al año, así que si todo va bien para 2013 el ciclo de Drímar estaría completo y ordenado y al alcance de todos.
Entretanto, El carpintero y la lluvia está prácticamente listo, dispuesto a buscar a sus lectores a partir del mes que viene.
Los hombres creen que la epilepsia es divina simplemente porque no la entienden. Pero si llaman divino a todo lo que no entienden, entonces, no habrá fin para las cosas divinas.Hipócrates
Entrevista en 221B
Carlos Díaz Maroto me ha entrevistado para la web Holmesiana 221B. A lo largo de la charla hemos hablado, fundamentalmente, de mi Sherlock Holmes, como no podía ser menos, aunque también de la literatura de género, de El adepto de la Reina y de alguna cosilla más.
Podéis leer la entrevista aquí.
Y si el mundo no corresponde en todos los aspectos a nuestros deseos, ¿es culpa de la ciencia o de los que quieren imponer sus deseos en el mundo?Carl Sagan
Entrevista en “Literatura prospectiva”
Julián Díez me entrevista para Literatura prospectiva sobre El adepto de la Reina y los proyectos que tengo en marcha en estos momentos, además de aprovechar para repasar un poco lo que he ido haciendo por aquí y por allá.
Pinchad y leed.
Estamos luchando por el honor de esta mujer, que es mucho más de lo que ella hubiera hecho.Groucho Marx
Muy pronto…

Nunca permitas que tu sentido de la moral te impida hacer lo correcto.Salvor Hardin
Mi primer plugin de WordPress
Es posible que en los últimos días hayáis notado un funcionamiento un tanto errático en Escrito en el agua. A veces, la línea al final de cada entrada con el aviso de copyright se veía a la izquierda, otras no se visualizaba el año, otras la página daba un error al cargarla, o visualizaba parte del texto duplicado... en fin, pequeños detalles aquí y allá.
Y, en palabras del gran Pepe Isbert, por todo esto se os debe una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a dar:
Desde hace ya unos años, todos las entradas de Escrito en el agua terminan con una línea en la que se hace mención del copyright, se indica el año y se ve el autor de la entrada. O sea, yo.
Al principio eso era algo que hacía totalmente a mano. Sí, así como suena. Terminaba de escribir el post y luego escribía (bueno, generalmente copipegada de otro) lo de copyright año talycual Rodolfo Martínez.
Luego, descubrí cómo hacer eso en php, así que entraba en el template que estaba usando en ese momento, cargaba la plantilla para los post y añadía una línea que generaba eso automáticamente.
Cojonudo. Menos trabajo. Pero aún no el suficiente poco trabajo.
Porque cada vez que cambiaba el template estaba obligado a volver a meter esa misma puñetera línea en dos o tres de las plantillas en php. Nada, cinco minutos. Pero cinco minutos que me tocaba las narices gastar, la verdad.
Ya lo dijo Heinlein: el progreso se debe a tipos perezosos buscando un modo más fácil de hacer las cosas.
Así que finalmente me decidí a hacer un plugin que directamente insertara ese trozo de código al final de cada post. Con esto, lo único que tengo que hacer es cargar el plugin y activarlo. Y ya está. Si mañana cambio el template, no tengo que hacer nada. Menos trabajo.
De hecho, y ya puestos, decidí que el plugin (al que llamé, en un alarde de profunda originalidad, Post Credits) fuera totalmente configurable (customizable como dicen por ahí) y que si uno quería que el textito saliera a la izquierda, a la derecha o al centro pudiera cambiarlo, o alterar el tamaño, el tipo y el color de letra, o especificar que no se estaba haciendo reserva del copyright sino que se trataba de una licencia Creative Commons... todas esas cosas. Así que diseñé un pequeño formulario que permitía cambiar todo eso (e incluso añadir una línea de texto adicional para que uno pusiera lo que quisiese) y a la que se podía llegar desde el panel de administración del blog, sin que el usuario tuviera que meter mano en el código para nada.
Hecho. No habréis visto ningún cambio en la web (más allá de aquellos -espero que fugaces- ocasionados por mis muñonadas como programador, que fueron unas cuantas, pero eso es otra historia) porque el plugin genera ahora de forma automática lo mismo que antes generaba yo de forma... digamos que semi automática.
Si a alguien le interesa, podéis descargároslo de aquí, o directamente del repositorio de WordPress. No tenéis más que subirlo a la carpeta de plugins de vuestro blog y activarlo (o, si ya tenéis WordPress 2.7.1, buscarlo e instalarlo directamente). A partir de ahí, listo. Eso sí, funciona con la versión actual de WordPress, la 2.7.1, pero desconozco si es compatible con versiones anteriores.
Ahora estoy intentando que pueda ser configurable (al menos la línea extra de texto) para cada post individual, de modo que se pueda personalizar al máximo. Ya veremos.
Es como algo de aquel programa crepuscular sobre esa zona.Homer Simpson
Tres libros (y III): Territorio de pesadumbre
Aquí concluimos el rescate de los textos que escribí en 2004 con destino a cYbErDaRk.NeT y en el que repaso la génesis de "Territorio de pesadumbre", una novela corta por la que siempre he tenido un cariño especial -aunque las reacciones que despertó entre los lectores fueron dispares y no muy entusiastas- y a la que nunca he renunciado a volver para completar y convertirla, como se merece, en una novela.
Pero dejemos que eso lo cuente mi yo de 2004:
Los elementos que han contribuido al pequeño (aunque todos deseamos que imparable) florecimiento actual de la ciencia ficción y la fantasía española son muchos, y no es mi intención analizarlos aquí. Pero hay uno que, quizá demasiado a menudo, se ha obviado, y es el Premio UPC de novela corta. Con más de doce años a sus espaldas se ha convertido en una de las citas obligatorias para los aficionados españoles, y tuvo como consecuencia en su momento que los autores españoles nos animásemos a probar un género que, hasta entonces, había sido abordado sólo ocasionalmente: la difícil «distancia media» de la novela corta. El millón de pesetas (seis mil euros ahora) con que estaba dotado el premio, unido a la publicación del ganador en la colección Nova de Ediciones B, fueron un acicate y un estímulo para muchos; de pronto el paisaje literario empezó a llenarse de novelas cortas y eso tuvo la consecuencia casi inmediata de ampliar nuestro panorama editorial. No es descabellado decir que muchas de las pequeñas editoriales semiprofesionales que surgieron en los noventa tienen contraída una gran deuda con el UPC: de pronto se encontraron con abundantes textos cuya extensión les venía como anillo al dedo. A causa de sus especiales características, para esas editoriales publicar novelas completas representaba un esfuerzo económico excesivo, mientras que la extensión más «razonable» de la novela corta les permitió dedicarse a la edición sin correr riesgos que pusieran en peligro su continuidad. El progresivo mejoramiento y profesionalización en el aspecto estético de los productos de editoriales como Espiral debe, creo yo, mucho al Premio UPC, sin por ello restar méritos a la labor callada, paciente y persistente de Juan José Aroz como editor. No cabe duda de que la abundancia de originales de la extensión adecuada tuvo mucho que ver, en los primeros tiempos, con que ese tipo de pequeñas editoriales encontraran su espacio natural en el mercado.
Pero, yendo a terrenos más personales, el UPC tuvo también una enorme influencia en mi vida. Entre 1992 y 1999 dediqué algunas de mis mejores horas a la creación de una novela corta con destino al premio. No llegué a ganarlo nunca, aunque quedé finalista en dos ocasiones («Los celos de Dios» y «El alfabeto del carpintero») y obtuve la mención del jurado en otra («Este relámpago, esta locura»). Otros textos que escribí con destino al UPC y que terminaron apareciendo en otros lugares fueron «Un agujero por donde se cuela la lluvia», «Un jinete solitario» o «El sueño del Rey Rojo» —en una primitiva versión bastante distinta a la actual—... y, por supuesto, este «Territorio de pesadumbre» que ahora nos ocupa.
Fue escrito con destino al UPC de 1994 y pasó por los ojos del jurado sin, al parecer, despertar demasiado interés. Languideció algún tiempo en mi disco duro, hasta que un día se me ocurrió volver sobre él e incorporar algunas cosas nuevas. Por aquel entonces la novelita empezaba en lo que ahora es el capítulo cuatro y, a la hora de alargar la historia, se me ocurrió que, en lugar de contar con más detalle algunas cosas ya narradas o prolongar los acontecimientos más allá del final (algo muy difícil, teniendo en cuenta cómo terminaba) era mejor detallar algunos de los antecedentes del relato, contar qué había ocurrido antes de ese capítulo cuatro que empezaba con Kal embarcado en una lucha a muerte con sus clones. Así, me centré en la historia de su padre y sus problemas con los Exteriores.
En «Territorio de pesadumbre» conviven, en una relación un tanto extraña, y que sin embargo creo armónica, dos elementos tan dispares como son la ciencia ficción y la fantasía. Pese a la opinión, quizá no dominante pero sin duda sí extendida, de que la ciencia ficción no es más que otro subtipo de literatura fantástica, yo siempre he pensado que son dos géneros distintos y que, pese a superficiales apariencias de similitud, guardan pocos parecidos. Es cierto que ambas son literaturas «no realistas» pero si la ciencia ficción tiene como norma fundamental la plausibilidad (lo que se cuenta en ella no ha sucedido en el mundo real y no puede suceder ahora mismo, pero podría llegar a suceder en alguno de los múltiples futuros posibles) la fantasía, por el contrario, postula un universo diferente al nuestro, con unas normas y unas leyes completamente distintas. De hecho, mientras que la ciencia ficción es una literatura eminentemente racional, la fantasía se empeña en mostrarnos una y otra vez la veta de irracionalidad presente en el mundo. Así, siempre he tratado de resumirlo diciendo que la literatura realista cuenta lo que ha podido ocurrir, la fantástica lo que es imposible que ocurra y la ciencia ficción aquello que quizá podría llegar a ocurrir.
«Territorio de pesadumbre» es, por definirlo de algún modo, literatura fantástica que se desarrolla en un decorado de ciencia ficción, en contraposición a otros tipos de fantasía que normalmente se desarrollan en un decorado parecido al mundo real cuando no, directamente, en un universo totalmente apartado del nuestro. La Tierra de «Territorio de pesadumbre» es nuestra tierra, tal y como podría ser después de algo más de setecientos años y de una guerra que ha arrasado casi por completo el planeta. En ese decorado se inserta una trama que, no me molesta reconocerlo, tiene más de una deuda con el Dune de Frank Herbert, y en la que, poco a poco, va asomando una linea argumental que hace que la historia se adentre en el territorio de lo fantástico; un fantástico influido en buena medida por algunas ideas de Neil Gaiman, un autor que desde los ya lejanos días de «El sueño de los justos», su primera historia de Sandman, ha ejercido sobre mí una notable influencia.
Esta curiosa amalgama de influencias contradictorias no fue deliberada: me temo que pocas cosas en mi obra lo son. Casi siempre funciono a golpe de impulsos creativos y, cuando me siento a escribir, la historia lleva ya un rato cociéndose en mi subconsciente sin que, en la mayoría de los casos, me haya dado cuenta de lo que pasaba. Como en tantas otras ocasiones el entorno, la historia y los distintos giros argumentales de «Territorio de pesadumbre» se presentaron ante mí casi totalmente acabados y aún hoy no sé cuáles fueron los procesos por los que mi mente llegó a la conclusión de que Herbert y Gaiman eran combinables pese a la diferencia de texturas narrativas y que el resultado final podía funcionar literariamente. Lo cierto es que en ningún momento del proceso tuve la sensación de que me estuviera enfrentando a nada especialmente difícil y, desde luego, la idea del fracaso nunca pasó por mi cabeza.
Lo que me lleva a pensar que, tal vez, esa ambición o «valentía literaria» que algunos han querido ver en mí -Juanma Santiago es el principal responsable de esa acusación, diría yo- y que me lleva a plantearme obras sin importarme los riesgos narrativos que corro, no tiene nada que ver ni con la valentía ni con la temeridad, sino con la pura y simple inconsciencia.
No soy consciente de los peligros, y nunca he sentido que de lo que escribo unas cosas sean más difícil de rematar que otras: para mí todas las obras son iguales, en el sentido de que son historias que, por un motivo u otro, me resultan atractivas y me apetece contar (no lo son en el sentido de que todas me afecten del mismo modo en lo personal, pero eso ya es otra historia). Así, cuando me siento a escribir soy consciente de la «zanahoria» (contar un historia que me resulta interesante) pero no del «palo» (la posibilidad de que no pueda, o sepa, contarla todo lo bien que se merece). En cierto modo, considero que esa inconsciencia es una bendición que ha funcionado de varios modos distintos a lo largo de mi carrera, y no me cabe la menor duda de que, si he podido conseguir aunque sea un puñado de obras aceptables, es gracias a que, cuando me puse a escribirlas, no sabía que quizá estaba picando demasiado alto para mis capacidades literarias.
En el caso de «Territorio de pesadumbre» lo que me atrajo de la historia fueron una serie de elementos bastante dispares: por un lado esa tierra devastada, condenada a una suerte de feudalismo. Por el otro, la figura del joven Kal: fue la primera vez que me atreví con un adolescente como personaje central, y la verdad es que estoy bastante satisfecho con los resultados. Añadamos a eso la figura de Shamael y su paradójico destino, y el modo en que aporta, poco a poco, los elementos fantásticos a una trama que empieza siendo ciencia ficción, y creo que habremos dado con las claves de lo que me interesó de «Territorio de pesadumbre» como escritor.
Y que, en cierto modo, todavía me interesa. Y es que a veces me encuentro ante posiciones literarias muy incómodas, cuando narraciones que ya creía terminadas, insisten en llamar una y otra vez mi atención y en pedirme que vuelva sobre ellas. Decía Hemingway que, para él, un libro publicado era un «león muerto»: una tarea concluida sobre la que ya no merecía la pena volver. Siempre he estado de acuerdo, en principio, con esa idea, pero a menudo la realidad ha insistido en llevarme por otros caminos.
Con el añadido de los tres primeros capítulos creí que había rematado para siempre «Territorio de pesadumbre»: la historia había cristalizado en su estado definitivo y no tenía sentido volver sobre ella, como no fuera para corregir, aquí y allá, algunos elementos de estilo. Así fue presentada en la primera Beca Pepsi-Semana Negra de novela corta, y así se la presenté a Domingo Santos cuando me pidió algo para el segundo número de «El doble de ciencia ficción» de ediciones Robel.
Y sin embargo, la historia no me ha dejado tranquilo. De vez en cuando «Territorio de pesadumbre» vuelve a mi memoria, se enfrenta conmigo y me pide que la remate, ahora de verdad, que termine de contarla, que la complete. ¿Completar qué?, me digo. La respuesta a menudo es borrosa e imprecisa y posiblemente por eso no me he puesto todavía con ello. Pero, borrosa e imprecisa como es, existe. Así que me temo que tarde o temprano no me quedará más remedio que volver sobre «Territorio de pesadumbre» y rematar la historia con todo aquello que le falta y que, en realidad, aún no sé lo que es.
Pero lo sabré. Espero.
El tiempo ha pasado y sigo sin saberlo. Intenté continuar "Territorio de pesadumbre" más allá de su final evidente y llegué a escribir un par de capítulos más hará dos o tres años. Pero ahí se quedó. Y es posible que ahí se quede.
Y sin embargo... la historia sigue llamándome de vez en cuando. Y quién sabe, tal vez algún día...
La teología nunca ha sido de gran ayuda, es como buscar, a medianoche y en un sótano oscuro, a un gato negro que no está ahí.Robert A. Heinlein
Tres libros (II): Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos
Seguimos con el rescate de los tres textos que escribí para el especial que cYbErDaRk.NeT publicó sobre mi obra en el año 2004.
Ahora le toca el turno a la primera de mis novelas holmesianas. Y, por aquel entonces, la única, aunque por poco tiempo:
Cuando tenía poco más de dieciséis años escribí una serie de historias en las que un descendiente de Sherlock Holmes que vivía en la España del futuro (no recuerdo la fecha, probablemente mediados de este siglo XXI) investigaba y resolvía una serie de casos criminales. Uno de ellos, lo recuerdo bien, copiaba, con cierto desparpajo pero sin demasiado éxito, la trama de «El problema del puente de Thor», uno de los relatos canónicos holmesianos. Otro de ellos lo llevaba a resolver un asesinato bastante aparatoso en el Valle de los Caídos (lo que no deja de resultar curioso, pues la idea de relacionar el monumento franquista con Sherlock Holmes ha vuelto recientemente a mi cabeza, si bien por cauces completamente distintos). No recuerdo casi nada de los demás, aunque tengo la sensación de que había un cierto hilo conductor en cada una de las historias y que al final se descubría que ese Holmes del futuro se había estado enfrentando, todo aquel tiempo, a una mente maestra criminal que había permanecido en las sombras en cada relato y que resultaba ser, por supuesto, uno de los personajes secundarios aparecidos previamente. Creo que un inspector de policía, aunque a estas alturas no estoy demasiado seguro.
Lo mejor que se puede decir de esos relatos es que ya no existen y que, por suerte, fueron leídos por muy pocas personas. No me arrepiento de haberlos escrito, por supuesto: como todo lo demás, fueron parte del proceso de aprendizaje y la poca o mucha calidad que pueda tener mi obra actual se debe a un buen montón de material que se quedó por el camino, de esbozos inacabados e intentos fallidos que sirvieron, si no para otra cosa, para enseñarme en qué fallaba y en qué debía mejorar. Entre esos esbozos a medio terminar y esos intentos literarios que se quedaron en nada podríamos mencionar varias continuaciones de Star Wars, de la Trilogía de las Fundaciones y de 2001 escritas entre los trece y los diecisiete años; una interminable novela tolkieniana que me tuvo ocupado entre los dieciséis y los diecinueve y que abandoné cuando llevaba más de trescientas páginas escritas, numerosos apéndices lingüísticos e históricos preparados y un par de lenguajes y de alfabetos diseñados; varios intentos de literatura autobiográfica escrita en la adolescencia, cerca de mil poemas escritos antes de los veinte años... y, como he dicho, estos relatos holmesianos. En un sentido estricto, nada de eso ha pasado a mi obra posterior; en un sentido más amplio, sin embargo, todos esos intentos fallidos se las han apañado para sobrevivir (terriblemente deformados, a menudo despojados de todo lo no esencial) en cuanto he escrito a partir de entonces.
Hacia 1984, más o menos, se me ocurrió una nueva idea para una historia de Holmes, pero ahora directamente de Sherlock, sin misteriosos descendientes de por medio o «contubernios» para conquistar el mundo desde el Valle de los Caídos. Le dí el título de «La aventura del asesino fingido» pero no me atreví a escribirla usando la voz de Watson. Había pasado buena parte de mi adolescencia imitando las voces de otros autores (Asimov, Clarke, Alan Dean Foster —aunque entonces no lo sabía— en Star Wars, Tolkien, García Márquez...) y sin embargo algo me hizo desistir de usar la voz del doctor Watson. Así que decidí seguir a Borges y, tal como él hizo en «El acercamiento a Almotásim» (donde escribe un comentario y realiza el análisis de una novela inexistente), me embarqué en el más tópico de los juegos metaliterarios: fingí haber recibido un folleto y el cuento que escribí adoptaba la forma de un resumen y posterior análisis del relato holmesiano que había llegado a mis manos.
Pasó el tiempo, y un día, allá por 1989, decidí volver sobre aquella idea y escribirla con la voz de Watson. El resultado distó mucho de ser satisfactorio y el cuento acabó perdiéndose para siempre.
Entretanto, y supongo que influido por la moda de enfrentar a Holmes con figuras, reales o ficticias, del sigo XIX (el doctor Freud o el Fantasma de la ópera en las novelas de Nicholas Meyer, Jack el destripador en la película Asesinato por decreto) se me ocurrió que el detective de Baker Street bien podía unir sus fuerzas con el profesor Van Helsing y luchar contra el más famoso de los vampiros. De este modo nació «Desde la tierra más allá del bosque» y en ella utilicé no sólo la voz del doctor Watson, sino la de otro doctor, Jack Seward, uno de los personajes del Drácula de Stoker. Rematé la historia a principios de 1991, aunque no quedé satisfecho del todo con los resultados. Me pareció que había dado con una idea prometedora pero que no había sabido exprimirle todo el jugo: el relato funcionaba narrativamente y no resultaba fallido, pero siempre tuve la sensación de haberme quedado a mitad de camino de mis intenciones. Cuando, años más tarde, leí El año de Drácula, de Kim Newman comprendí lo que había intentado hacer y que no había tenido la capacidad suficiente de conseguir.
Por cierto, y para quien se pueda preguntar a qué viene el título, qué es eso de una tierra más allá del bosque, recordar tan sólo que esa sería la traducción al castellano de Transilvania.
Como he dicho, «Desde la tierra más allá del bosque» no me dejó del todo satisfecho, pero el resultado me gratificó lo bastante para intentar una nueva historia holmesiana. Así, un año más tarde, en 1992, escribí la tercera, y ahora ya definitiva, versión de «La aventura del asesino fingido» y creo que comprendí en ese momento lo fácil que me resultaba adoptar la voz del doctor Watson, casi tanto como si fuera la mía propia. El relato no pasaba de ser trivial, pero era una trivialidad compartida con muchas de las historias originales escritas por Doyle y me pareció que, tanto el tono como el desarrollo, no desentonaban con ellas.
Así, un año más tarde, llegó el momento definitivo. Embarcado en la relectura del material holmesiano original me encontré con lo que Holmes le cuenta a Watson que estuvo haciendo entre 1891 y 1894, los tres años que median entre su aparente muerte en las cataratas de Reichenbach y su reaparición pública en el caso de la casa deshabitada. Holmes le dice a su cronista:
Me dediqué a viajar durante dos años por el Tibet y me entretuve visitando Lhasa y pasando unos días con el Gran Lama.(...) Después atrevesé Persia, me detuve en la Meca y realicé una breve pero interesante visita al Califa de Jartum
Aquello me llamó la atención inmediatamente. ¿Holmes interesado por lo religioso? Aquello no encajaba con lo que sabía del personaje al que suponía, como poco, agnóstico y, desde luego, un racionalista casi fanático. ¿Qué interés podía tener Holmes en lo sobrenatural? Recordé de pronto que Conan Doyle se había vuelto hacia el espiritismo a raíz de la muerte de su hijo y me acordé también de que en aquella época, a finales del XIX, la secta ocultista llamada Amanecer Dorado tuvo su momento de esplendor.
Religión, ocultismo... Aún estaba dándole vueltas a aquello y pensando en cómo podía involucrar a Holmes en un caso que girase alrededor del mundo ocultista cuando la trama completa de lo que se iba a convertir en La sabiduría de los muertos apareció frente a mí como salida de la nada. Difícilmente puedo explicarlo de otro modo: evidentemente algo se había estado cociendo en la parte de atrás de mi cabeza y cuando cristalizó, lo hizo en una historia casi completa en todos sus detalles. Ya sabía cuál podía ser el hilo conductor de la historia, por supuesto qué otro que el grimorio más famoso de la literatura fantástica, el infame Necronomicon. Y además resolvería los tres casos inconclusos que Watson mencionaba en «El problema del puente de Thor»: el de Isadora Persano y el gusano desconocido para la ciencia, el de James Phillimore y su paraguas y el del barco Alicia y su desaparición. No contento con eso haría que Conan Doyle fuese un personaje más de la novela e introduciría un elemento fantástico en la trama que sólo al final sería desvelado.
Así, sin encomendarme ni a Dios ni al Diablo, sin ser consciente de que me enfrentase a reto alguno, con conocimientos del Londres victoriano que se limitaban a lo que había leído en las historias de Holmes y lo que podía haber visto en alguna película o serie de televisión, me lancé a escribir La sabiduría de los muertos.
En una semana la había terminado.
Fue una semana totalmente febril: la historia estaba en mi cabeza, llamándome una y otra vez con insistencia y exigiendo ser contada. Los pocos detalles aún oscuros que había en la trama se iban desvelando por sí solos a medida que avanzaba la historia. El tono de voz de Watson me resultó natural, casi inevitable, y los acontecimientos narrados en las historias originales parecían haber sido escritos ex profeso para que yo los usara en mi historia: incorporarlos a ella fue tan fácil que aún hoy me maravilla. Creo que nunca, ni antes ni después, las palabras han fluido con tal facilidad de mi mente al teclado.
Tenía escrita una novela cuyo protagonista era Sherlock Holmes y que estaba narrada con la voz del doctor Watson. Y no sabía qué hacer con ella. De hecho, ni siquiera estaba muy seguro de que intentar publicar algo así fuera legal. No tenía la menor idea de cómo estaban las cosas respecto a los derechos de autor de Conan Doyle, o si el personaje podía ser marca registrada. Pocos meses más tarde, un comentario de Asimov en una antología de cuentos holmesianos me aclaró el asunto y, para mi alivio, supe que los derechos de Holmes estaban libres.
La novela provocó una reacción entre los más allegados, aquellos que seguían regularmente mi obra, que no pudo por menos que sorprenderme. Demonios, pensaba, he escrito cosas mejores y, desde luego, he escrito cosas que me han supuesto un esfuerzo mucho mayor. No puede ser que algo que me ha llevado tan solo una semana de trabajo precedida de una llamarada de inspiración esté despertando tanto entusiasmo.
Pero lo estaba haciendo.
Presenté la novela (por consejo de mi amigo José Luis Rendueles) al premio Asturias, que convocaba la Fundación Dolores Medio. Entre tanto, el tiempo fue pasando, conseguí publicar mi primera novela, La sonrisa del gato, y ya casi me había olvidado de todo el asunto cuando, una tarde de diciembre, alguien llamó por teléfono y me preguntó si yo era Rodolfo Martínez. Dije que sí, y el otro lado del hilo me comunicaron que estaba hablando con el presidente del jurado del premio Asturias y que mi novela La sabiduría de los muertos era la ganadora aquel año. Recuerdo perfectamente que por un instante creí que alguien me estaba tomando el pelo.
Pero no. A la tarde siguiente se hizo público el fallo del jurado, conmigo presente en la sala, y comprendí que aquello era real. Había ganado un premio con mi pequeño divertimento holmesiano e iban a publicar la novela.
Recuerdo que el presidente del jurado me preguntó si había vivido en Londres. Confesé que no. Y me dijo que cómo me las había arreglado para que mis indicaciones geográficas en la novela fueran tan precisas. En realidad había sido muy sencillo: cuando mis personajes tenían que moverse a alguna parte, buscaba una historia de Conan Doyle en la que hubieran hecho un viaje al mismo lugar (por suerte tengo buena memoria y recuerdo con bastante claridad los pormenores de la mayoría de los relatos holmesianos) y copiaba el itinerario, si bien no la descripción del mismo, evidentemente. Cuando no tenía referencias me limitaba a ser impreciso. Con un truco tan sencillo conseguí ambientar la novela lo bastante bien para que alguien me preguntara si había vivido en Londres.
Bien. Cobré mi dinero. Asistí a la presentación de la novela el Día del Libro del año 1996 y, poco a poco, me fui olvidando del asunto. No del todo, por supuesto, porque alrededor mío había personas que seguían insistiendo en que La sabiduría de los muertos era mi texto, quizá no más conseguido, de más calidad, pero sin duda sí el más asequible, el que más posibilidades tenía de interesar a un público amplio. Una de esas personas era Luis G. Prado, por aquel entonces editor del fanzine El fantasma (posteriormente Artifex), quien llegó a decirme que, si algún día se dedicaba profesionalmente a la edición, le gustaría reeditar mi novela holmesiana.
Los años fueron pasando y, para mí, La sabiduría de los muertos estaba casi olvidada, sumergida en el pasado: había intentado su reedición varias veces —desafortunadamente la edición original apenas se distribuyó—, pero con poca fortuna, así que para entonces había tirado la toalla al respecto. Pero Luis se convirtió en editor profesional, lanzó a la calle su colección Bibliópolis Fantástica y me dijo que, si la cosa funcionaba y la colección encontraba su hueco en el mercado, quería reeditar mi novela holmesiana.
Casi al mismo tiempo Rafael Marín me confesó que él mismo estaba escribiendo una novela con Sherlock Holmes como protagonista, usando una idea que me había comentado unos años atrás. Rafael remató su empeñó y consiguió lo que, sin la menor duda, es uno de los mejores pastiches holmesianos de todos los tiempos.
Estos dos acontecimientos me estimularon para que, casi diez años después de haberla escrito, volviera sobre La sabiduría de los muertos. Al releerla comprendí que había conseguido, sin proponérmelo, algo muy difícil y que, seguramente, de haber intentado hacer de forma deliberada habría fracasado en el empeño: una novela en la que el ritmo no decaía en ningún momento y en el cada acontecimiento estaba encadenado con el anterior y el siguiente de un modo tan natural que casi parecía inevitable.
Creo que fue entonces cuando entendí el entusiasmo que había despertado la novela. Especialmente aquella referencia a que tenía posibilidades de ser, de todas mis obras, la que alcanzase un público más amplio. De algún modo me las había apañado para dar con una historia interesante, asequible y con elementos que podían satisfacer a paladares muy distintos. Y, sin saber lo que estaba haciendo, me las había arreglado para contarla sin que el ritmo narrativo se resintiera.
Así, cuando Luis me anunció su deseo de reeditar la novela no pude evitar la idea de revisar el texto original. Con infinito cuidado de no entorpecer su ritmo, decidí que podía incluir ahora en ella elementos que, en su momento, no me atreví a incorporar, fundamentalmente porque por aquel entonces mi documentación sobre la época era demasiado fragmentaria. De este modo, Aleister Crowley hizo su entrada en escena, y lo que en principio había sido un inexistente tío de Howard Philips Lovecraft, se convirtió en su padre, una vez me hube asegurado de que su estancia en Inglaterra en 1895 no entraba en contradicción con lo que se sabía de su vida.
Al mismo tiempo, no pude evitar responder afirmativamente a la propuesta que me hizo Rafael Marín de hacer que nuestras dos novelas holmesianas fueran consistentes entre sí. Él estaba por aquel entonces revisando la suya, con vistas a conseguir una longitud más adecuada para su publicación, y me hizo varias sugerencias que acepté encantado. De este modo, aunque ni Elemental, mi querido Chaplin (la novela de Rafael) es una continuación de La sabiduría de los muertos, ni mi novela una «precuela» de la suya, ambas comparten ciertos acontecimientos, pequeños indicios que, una vez leídas ambas historias, cobran sentido por completo.
Aproveché también la oportunidad que Luis me ofrecía para convertir la publicación de La sabiduría de los muertos en Bibliópolis en la edición definitiva de mis trabajos holmesianos. En 1996, cuando fue publicada por primera vez, incluí, junto a la novela, el relato «La aventura del asesino fingido». Decidí revisar e incorporar «Desde la tierra más allá del bosque» a esta nueva edición, además del inicio de un relato inconcluso que terminaría apareciendo en las notas finales del traductor.
Y en realidad, no todo ha acabado, ni mucho menos. Volver sobre mis textos holmesianos para revisarlos y actualizarlos con destino a la edición de Bibliópolis, ha hecho que vuelva a sentirme tentado por la idea de escribir otra historia donde el genial y excéntrico detective de Baker Street sea uno de los personajes. No sé si lo haré o no, aunque en estos momentos, media docena de ideas parecen estar confabulándose dentro de mi cabeza para cristalizar en una historia holmesiana. El tiempo dirá si lo consiguen o no.
Evidentemente, el tiempo dijo "sí". Y dijo "sí" muchas más veces de lo que entonces creía.
Lo que he hecho es mostrar que es posible que la forma en que comenzó el universo esté determinada por las leyes de la ciencia. En ese caso, no sería necesario apelar a Dios para decidir cómo comenzó el universo. Esto no prueba que no exista dios, sólo que Dios no es necesario.Steohen Hawking
Tres libros (I): El sueño del rey rojo
En el año 2004, Iván Olmedo publicó en cYbErDaRk.NeT un extenso estudio sobre mi obra al que tituló "El año de Martínez". El estudio se complementaba con las reseñas de las dos novelas y la novela corta que había publicado aquel año (El sueño del rey rojo, Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos y "Territorio de pesadumbre") y usaba como punto de partida un pormenorizado comentario que yo había escrito, a petición de Iván, sobre esas tres historias. El artículo de Iván está, completo, disponible en la sección Entrevistas, pero me ha parecido buena recuperar íntegros mis textos originales (y, sí, así de paso no tengo que exprimirme la cabeza buscando algo nuevo para Escrito en el agua).
Así que ahí va el primero, sobre El sueño del rey rojo.
Estamos en 1999. Me estoy preparando para una de mis ceremonias anuales: iniciar la redacción de una novela corta con destino al Premio UPC. Tengo algunas ideas en la cabeza, fruto de una un intercambio de opiniones que por aquellos días estaba teniendo lugar en aefcf_cientec, la lista de correo que la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción mantiene para la discusión de los temas técnicos y científicos. Aquella conversación entre mis contertulios (en la que participé, sin embargo, como un mero espectador) hizo germinar en mi mente dos o tres ideas que parecían bastante prometedoras.
Inicié el trabajo y casi enseguida me di cuenta de que estaba creando, una vez más, una historia cyberpunk. A estas alturas ya debería estar más que resignado y, sin embargo, aún seguía mascullando juramentos entre dientes cada vez que el destino me gastaba la misma broma.
Hace bastante tiempo, a principios de los noventa, había manifestado que el cyberpunk como fórmula literaria estaba muerta y que, si bien había dejado su poso en la rama principal de la ciencia ficción, poco tenía ya que aportar. Afirmaba además que, ni como lector ni como escritor, me interesaba demasiado. Sin embargo, cuando estaba escribiendo La sonrisa del gato, que con el tiempo había de ser mi primera novela publicada, no tardé en comprobar, para mi pasmo, que estaba usando buena parte de los clichés e imágenes del cyberpunk. Cuando un año más tarde escribí «Un jinete solitario», traté de no ver que otra vez estaba usando elementos cyberpunks en la historia y, encima, haciendo que fueran elementos importantes de la trama, y no puro decorado. Cuando presenté al UPC mi novela corta «Este relámpago, esta locura» ya era inútil negarlo: el grueso de mi ciencia ficción desde 1994 se componía de literatura claramente cyberpunk.
Así pues, el destino parecía empeñado en hacerme tragar mis palabras y convertirme, a pesar de mí mismo, en el «autor español cyberpunk».
Pero volvamos a 1999: estoy escribiendo lo que más tarde se convertirá en El sueño del Rey Rojo pero que ahora mismo es, todavía, «El sueño del Rey Rojo»: no una novela, sino una novela corta con destino al UPC de ese año. La novela gira alrededor de tres personajes que se enfrentan a la trama de un cuarto para apoderarse del mundo (o algo parecido) mientras un quinto planea algo desconocido entre bastidores. Me llevó tres meses de trabajo y, al terminarla, estaba convencido de haber logrado uno de mis mejores textos. Lo corregí, lo imprimí y lo envié al premio UPC.
Y, como siempre ocurre, el jurado y yo no estuvimos de acuerdo. Esto, que puede parecer un mal chiste o un comentario arrogante, no lo es. De todas las veces que me he presentado al UPC, cuando más cerca he estado de ganar («Los celos de Dios» y «El alfabeto del carpintero» como finalistas y «Este relámpago, esta locura» como mención del jurado) ha sido con narraciones de las que no llego a estar del todo satisfecho y que no son lo mejor de mi producción en el terreno de la novela corta. Y, al contrario, las veces que he enviado al UPC mis mejores novelas cortas («Un agujero por donde se cuela la lluvia», «Un jinete solitario» y «El sueño del rey rojo») han pasado totalmente desapercibidas. Así, cuando mejor es una de mis novelas menos probabilidades tiene de llevarse el premio y cuando menos satisfactoria resulta para mí como trabajo literario, más se acerca al galardón.
Poco después, hablando con Julián Díez de «El sueño del Rey Rojo» le dije que, aunque en esos momentos era una novela corta (y bastante corta, apenas rozaba las sesenta páginas) llevaba un tiempo pensando en ampliarla y convertirla en una verdadera novela. Julián se mostró interesado. Se la envié, y, al cabo de un tiempo, me respondió con comentarios bastante elogiosos: me dijo que, sin duda, aún exigía mucho trabajo antes de poder considerarla terminada, pero que en teoría era un trabajo fácil; todo estaba en embrión en la versión corta y lo único que había que hacer era permitir que saliera a la luz. De hecho, Julián me comentó que aquella novelita, una vez alargada convenientemente, podía llegar a ser mi mejor trabajo de ciencia ficción en mucho tiempo. Me sugirió también que se la enviara a Alejo Cuervo, pues creía que el material podía interesarle.
Así lo hice. Y pude comprobar que Julián no se había equivocado. Alejo enseguida vio que de lo que le había enviado podía surgir una buena novela y me dijo que, si yo estaba dispuesto a trabajar en ella, él estaría dispuesto a su vez a publicarla.
Así pasamos los siguientes cuatro años. No de forma ininterrumpida, por supuesto, tanto Alejo como yo teníamos otras preocupaciones y actividades (en mi caso, retomar y finalizar mi novela de fantasía contemporánea Este incómodo ropaje -que acabó llamándose, sin embargo, Los sicarios del cielo, pero esa es otra historia-, que había iniciado en 1997 y que había abandonado cuando me faltaba poco para llegar a la mitad de la historia; y rematar Bifrost, una continuación de Tierra de Nadie: Jormungand que al mismo tiempo incorporaba algunas de mi mejores historias de Drímar), pero de un modo u otro, con diversas interrupciones y altos en el camino, Alejo y yo estuvimos implicados entre 1999 y 2003 en la conversión de «El sueño del Rey Rojo» en El sueño del Rey Rojo.
Alejo sugería revisiones o posibles ampliaciones de la historia y el entorno. Yo las aceptaba o las discutía. Ocasionalmente una sugerencia de Alejo me arrastraba por un camino lateral y terminaba dando con ideas que ni él ni yo habíamos pensado.
Creo que fue la primera vez que trabajé con lo que los americanos llaman «editor» y que en la jerga editorial española se conoce como «director literario» o algo parecido: una persona con la suficiente paciencia e interés por el texto para sentarse junto al autor (aunque en este caso fuera un «sentarse» metafórico gracias al correo electrónico) y trabajar con él en obtener el mejor texto posible.
Si El sueño del Rey Rojo se ha convertido en mi mejor novela de ciencia ficción, con una sensible diferencia de calidad respecto a las anteriores (y yo creo que sí que lo ha hecho) es, por supuesto, gracias al trabajo duro y a un empeño personal en que así fuera. Pero sería un ingrato si no reconociera que también Alejo ha tenido su parte de responsabilidad en el resultado final de la obra: sus sugerencias, nuestras discusiones, su empeño en no dar por terminado aún el texto, en someterlo a nuevas revisiones, su perspicacia a la hora de ver y hacerme ver dónde había contado demasiado y dónde demasiado poco, tienen mucho que ver con que El sueño del Rey Rojo sea mi mejor novela de ciencia ficción.
Lo que ya es por completo responsabilidad mía es el hecho de que posiblemente sea una de mis obras más personales, más quizá de lo que lo fueron en su día «Un jinete solitario» o El abismo te devuelve la mirada -ahora El abismo en el espejo, pero ésa es también otra historia-. Hasta este momento siempre había considerado que esos dos textos eran los que más y mejor me representaban, donde me había «codificado» a mí mismo en mayor profundidad y detalle.
Eso ya no es cierto. En El sueño del Rey Rojo hay, convenientemente disfrazado, deformado, a veces troceado, una parte muy importante de mi pasado, de mis culpas, mis errores y mis traiciones; de mis obsesiones, mis sueños, mis esperanzas, mis temores. En cierto modo (aunque supongo que esto sólo me interesa a mí) la novela es un intento de comprender mi propio pasado, aunque para ello haya tenido que deformarlo; un intento de dar con la verdad aunque para ello haya tenido que contar mentiras.
Y, curiosamente para un autor al que se ha acusado varias veces de «no ser un estilista», toda la novela es un tour de force estilístico: a lo largo de sus doscientas páginas he intentado una y otra vez tentar los límites de la narración en primera persona, forzarlos, ver hasta dónde podía llegar, jugando con las personas, los tiempos, los interlocutores. Y, anque suene inmodesto (y claro que lo va a sonar, pero no es que eso me quite el sueño), pocas veces me he sentido tan satisfecho de los resultados. Creo que El sueño del Rey Rojo es mi novela mejor escrita, con bastante diferencia. Y al mismo tiempo creo (y sí, lo digo con orgullo, qué demonios) que es una novela en la que el lector no nota lo bien escrita que está: porque el propósito de su estilo no es ni deslumbrar ni epatar ni provocar comentarios admirativos, sino el de narrar, el de contar lo ocurrido de la forma más adecuada y fluida posible.
Con lo que, una vez más, volvemos a lo personal. Porque El sueño del Rey Rojo refleja, casi a la perfección, mi concepción del estilo como herramienta, nunca como fin en sí mismo. Y como tal herramienta, creo que pocas veces la he usado con más precisión que en esta novela.
Todas las grandes verdades comienzan como blasfemias, pero no todas las blasfemias se convierten en grandes verdades.George Bernard Shaw
El abismo en el espejo
Nunca he estado satisfecho del todo con El abismo te devuelve la mirada. Cuando la escribí, allá por 1996, lo hice de un modo demasiado rápido: la historia que estaba contando tenía implicaciones personales demasiado cercanas -y en buena medida, dolorosas- y necesitaba librarme de ella pasándola al papel. Así que el resultado, aunque satisfactorio en líneas generales, no fue todo lo bueno que debería haber sido.
Eso se unió al hecho de que fue publicada en 1999 en una colección que, aunque interesante (reunía a algunos de los mejores escritores españoles de género negro), tuvo una distribución más bien penosa y acabó agonizando anónimamente sin que nadie se percatara de ello.
Así que la idea de conseguir reeditar algún día El abismo te devuelve la mirada siempre estuvo en mi ánimo, junto a la sensación de que tenía que volver a la novela y rematarla como se merecía.
Eso hice allá por el año 2005. Amplié la historia, introduje nuevos personajes y situaciones que habían quedado implícitos en la versión original y, en general, redondeé una trama que, en su momento, no había sabido elaborar lo suficiente. El resultado fue una novela que, sin dejar de contar la historia que narraba originalmente ni, eso creo yo, traicionarla, era lo bastante distinta del El abismo te devuelve la mirada para considerarla en cierto modo un nuevo libro.
El paso siguiente era, evidentemente, encontrar un editor para ella. Eso sucedió el año pasado, cuando Hegemón Ediciones se mostró interesada en publicar algo mío y decidí mandarles esta nueva versión.
Si todo va bien, en un máximo de un par de meses la novela estará en la calle. Para distinguirla de la versión original y hacer notar que esto no es simplemente una reedición hemos decidido llamarla El abismo en el espejo. Si las cosas no se tuercen, se presentará en la Semana Negra de Gijón, desconozco todavía si conjuntamente con Sherlock Holmes y el heredero de nadie o de forma individual.
Tanto a los que en su momento leisteis El abismo te devuelve la mirada y disfrutasteis con ella, como los que no conocías su existencia, espero que El abismo en el espejo os resulte una lectura satisfactoria.
La ciencia puede destruir una religión ignorándola, tanto como refutando sus bases.Arthur C. Clarke
¿La pincelada final?
¿Cuándo está completa una obra?
A veces pienso que nunca.
Cuando escribí, en 1993, La sabiduría de los muertos, apenas consulté nada, más allá de las obras originales de Conan Doyle y algún dato sobre el Necronomicon. Escribí la novela de corrido, en poco menos de un mes, y así salió a la calle tres años más tarde, tras ganar el Premio Asturias de novela.
Con los años, fui consiguiendo nueva información. La lectura de la biografía de Lovecraft escrita por L. Sprague de Camp, por ejemplo, me dio datos valiosos, igual que lo hicieron un par de artículos sobre Amanecer Dorado y Aleister Crowley.
Cuando Bibliópolis decidió reeditar mi novela holmesiana bajo el título de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, aproveché para incorporar aquellos datos a la historia. Introduje a Crowley en ella, por ejemplo (algo que me vino muy bien años más tarde, cuando me puse a escribir Sherlock Holmes y la boca del infierno) e hice que quien viniera a Inglaterra a robar el Necronomicon fuera, en lugar de un tío inventado de Lovecraft, su propio padre.
Creí que ahí se había acabado. Un par de pinceladas que no habían cambiado sustancialmente la novela, pero la habían hecho un poco más completa, le habían dado un acabado más pulido.
Sin embargo, la lectura de Conan Doyle, detective hace unos meses me hizo replantearme la relación que había establecido en el texto de la novela entre Sherlock Holmes y su creador; y confieso que pensar en ello me hacía sentir intranquilo. Sentía que no había descrito las cosas correctamente y ansiaba tener una oportunidad para remediarlo.
Esta ha llegado. La reedición que Alamut prepara de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos me ha permitido volver sobre mi texto y revisar, por un lado, la personalidad del Arthur Conan Doyle que aparece allí como personaje, y por el otro, su relación con el famoso detective.
No han sido grandes cambios, en ninguno de los dos casos. Entre la edición de 1996 y la de 2004, las diferencias son escasas. Y lo son más aún entre la de 2004 y ésta de 2008. Cambios pequeños, apenas perceptibles en ocasiones, pero que creo que han ido dejando la novela más redonda, más cerca de lo que había en mi mente cuando me senté a escribirla.
¿He acabado aquí? Me gustaría pensar que sí, que estas últimas modificaciones son, en efecto, las últimas. No quisiera pasar el resto de mi vida volviendo una y otra vez sobre la misma novela, añadiendo una pincelada aquí y eliminando un borrón allá.
Pero, claro, cuando en 1993 escribí La sabiduría de los muertos no tenía ni idea de que sería el inicio de una serie.
Así que…
Témele a los profetas... y a aquellos que están listos para morir por la verdad, ya que como regla general hacen morir a muchos otros con ellos, frecuentemente antes que ellos, y a veces en lugar de ellos.Umberto Eco









