Exhumando: the lost years
Viernes, Mayo 18th, 2007 Pertenece a Exhumando, Mi misma mismidad | Sin comentar »“Mucho se ha perdido” decía Galadriel en la versión cinematográfica de El señor de los Anillos. Lo que no he perdido del todo es la memoria.
Así que aprovechémoslo mientras dure.
Empecé a escribir a finales de los años setenta, con doce añitos, una timidez a cuestas que treinta años no han conseguido quitarme y, sobre todo, sin tener ni idea de lo que estaba haciendo. Sólo sabía que aquello me gustaba.
De todo lo que escribí entre 1977 y 1984 ha sobrevivido muy poco. Algunas cosas están en manos de José Luis Rendueles, a quien se las regalé hace años (y no ha dejado de esgrimirlo como una espada apuntada a mi cuello desde entonces) y otras siguen en mi poder: algunas están manuscritas y otras fueron tecleadas en mi máquina de escribir Olivetti, que fue lo que usé hasta mi primer ordenador, un Amstrad CPC 6128.
Si lo pienso un poco, nada de todo eso merece la pena ser rescatado. Las ideas válidas que tuve esos años fueron reaprovechadas posteriormente o lo serán tarde o temprano. El resto… está ahí, fue parte necesaria del proceso de aprendizaje y carecen de cualquier otro valor.
Así que, ¿por qué me molesto en hablar de ello?
Yo qué sé. Ego, seguramente. O nostalgia. O las dos cosas, quién sabe.
Mis primeras obras fueron lo que yo llamo (aunque es de Asimov de quien tomé el término) “novelas deshidratadas”. Con extensión de relato largo (treinta, cuarenta páginas a lo sumo) pero con estructura y desarrollo de novela. Escritas a mano en cuartillas cuadriculadas o en libretas de anillas, todo eso se ha perdido, salvo la primera: Un terrestre en Krandor V, que mis padres decidieron mecanografiar y encuadernar. Era un space opera con toques hard (o la idea que alguien de doce años puede tener de lo hard) y cada vez que la releo se me cae de las manos de puro ingenua y torpe. Aunque, lo reconozco, me hace sonreír al reconocerme en ella y recordar cómo era el chaval que la escribió.
Escribí tres o cuatro novelas deshidratadas más ambientadas en el mismo universo y con personajes que pasaban de otra.
Luego, me dio por escribir continuaciones de novelas y películas que me gustaban. Recuerdo haber escrito una de las Fundaciones de Asimov, otra del 2001 de Clarke y unas cuantas de Star Wars. No terminé ninguna y eso dio inicio a un periodo, que duró unos dos años durante los que empezaba multitud de novelas y no acababa ninguna.
La cosa acabó cuando escribí Alfa, el enviado de las estrellas. Una novela de superhéroes que logré llevar hasta el final. Aún conservo por alguna parte la libreta de anillas donde la escribí. Es ilegible, claro, no sólo por mis escasas capacidades narrativas, sino por mi infame letra.
Luego, descubrí El señor de los Anillos de Tolkien. Y aquello eclipsó todo lo demás. Entre los dieciséis y los dieciocho años, todo lo que escribí (al menos en prosa) estaba dedicado a mi Tierra Media particular, que en un alarde de imaginación prodigiosa llamé La Vieja Tierra. Escribí cuentos, cronologías, desarrollé idiomas y alfabetos, pergeñé poemas… y me embarqué en una novela llamada El hombre y la diosa que iba a ser la releche, la megahostia, la caña de España y el azote del rock, como dice no sé quién.
Durante tres años vivía (literariamente, se entiende) para El hombre y la diosa. Todo cuanto escribía estaba orientado a ella.
¿El resultado?
Unas cuatrocientas páginas manuscritas en DIN-A4 cuadriculado, con letra apretada y sin usar márgenes. Básicamente, la primera parte de la historia y un poco de la segunda. Lógicamente, iban a ser tres partes (“trilogía” era el mantra de la época).
Acabé harto y decidí dejarlo. Así, por las buenas, aquellas cuatrocientas y pico páginas se fueron a la papelera. No literalmente: aún existen, tanto el manuscrito como la versión que iba mecanografiando y corrigiendo a la vez.
Son basura, pura y simple.
Basura útil, sin embargo. Basura que me enseñó muchas cosas, me proporcionó rodaje y, tanto a través de sus errores como de sus pocos aciertos, me hizo aprender muchísimo como escritor.
Hacia 1983 ó 1984, mi universo de Drímar estaba empezando a cobrar forma. Mientras estaba embarcado en El hombre y la diosa fui también un compulsivo autor de poseía y, al mismo tiempo, empecé a darle vueltas a la idea de crear un universo referencial… pero no al estilo de los que conocía a través de la ciencia ficción, sino del Macondo de García Márquez. Me había topado con Cien años de soledad y fue como si de pronto se me abrieran los ojos a un mundo nuevo.
Así nació Drímar, originalmente una especie de universo onírico donde realidad y sueño se encontraban. Pero uno es como es y, claro, no tardó en derivar hacia un escenario de ciencia ficción.
En 1984 escribí una novela policiaca de ciencia ficción ambientada en Drímar. Se llamaba Tres huellas del poeta loco (¿a alguien le suena de algo?) y su protagonista era Roy Córdal. Córdal investigaba una intriga alrededor de un libro prohibido y la historia que escribí le debía mucho a El nombre de la rosa, del mismo modo que la ambientación de la novela estaba más que influida por Blade Runner.
“Es que a nosotros nos influía todo”, dijo una vez Paul McCartney cuando les acusaron de estar influidos por el estilo Tamla-Motown en “Got to get you into my life”. Imaginad si no me sentí identificado con esas palabras cuando las leí.
De esos años data mi personaje de El Solitario, una especie de Mad Max hispano que, con el tiempo, terminaría fundando un imperio entre las ruinas de la civilización. Después del pasado contaba precisamente sus primeros años.
Seguí escribiendo sobre Drímar, haciendo avanzar su historia y desarrollando su cronología al mismo tiempo. Mi universo no tardó en salir al espacio y desparramarse por la Galaxia. Recuerdo algunos relatos como “En la frontera” y “Qué noche la de aquel día” que me parecía que no estaban mal: el primero era una especie de western fronterizo ambientado en Drímar; el segundo, una historia un tanto ida de olla que me divirtió mucho escribir. Seguramente si las volviera a leer me parecerían horribles.
Y luego está “Yesterday”, claro. Un cuento que, cada vez que Rendueles quiere bajarme los humos o simplemente darme caña por el placer de dármela, acude a sus labios. Sí: malo, pretencioso, tonto, estúpido… todos esos adjetivos le cuadran al relato, sin la menor duda. Si conseguís convencer a Rendueles de que os lo deje leer (él posee la única copia existente) sabréis de qué hablo.
Y mientras tanto, escribí otros dos cuentos (y varias novelas más con Córdal como protagonista): “El chico de la moto es el rey” —muy influido por La ley de la calle de Coppola— y “En los confines del norte”, que partía de un sueño que había tenido con imágenes bastante sugerentes.
Esos cuentos se convirtieron en mis primeras publicaciones. Fue en el fanzine Maser, y la historia completa ya la he contado en otro lugar.
Ahí se terminan, más o menos, los años perdidos. A partir de entonces, poco material se ha quedado en la cuneta y he podido publicar prácticamente todo lo que he escrito.
© 2007, Rodolfo Martínez
Exhumando: 2003-2007
Miércoles, Mayo 2nd, 2007 Pertenece a Exhumando, Mi misma mismidad | 4 comentarios »Como decía, mi recuperación comenzó cuando Alejo Cuervo vio posibilidades de sacar una novela de “El sueño del rey rojo”. Para 2002 había terminado por fin la conversión y me dispuse a retomar Este incómodo ropaje. La terminé al año siguiente, más o menos por la misma época que Luis G. Prado me sugirió reeditar La sabiduría de los muertos en Bibliópolis Fantástica.
Saldría en 2004 bajo el título de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos y, además de incluir el material de la edición anterior de 1996 aproveché para incorporar al libro “Desde la tierra más allá del bosque”.
Ese año escribí “El agradecimiento de una dama” un cuento solicitado por la Semana Negra de Gijón con destino a su volumen dedicado a Leonardo da Vinci. También inicié una nueva novela ambientada en la misma ciudad que Este incómodo ropaje, pero no terminó de convencerme cómo estaba contándola y aparqué la historia.
Repasé El abismo te devuelve la mirada y me di cuenta de que, llevado por las prisas, no había contado la historia todo lo bien que se merecía. Así que le pegué un buen repaso y amplié unas cuantas cosas.
Y, ya que me había embarcado en continuar Tierra de Nadie: Jormungand con Bifrost, decidí rematar la trilogía con Ragnarok, pero la novela no llegó a ninguna parte.
Lo que sí que llegó a buen puerto fue, para mi sorpresa, una nueva novela holmesiana: Sherlock Holmes y las huellas del poeta, donde metía al viejo detective en la Guerra Civil Española. Aparecería, por supuesto, en Bibliópolis Fantástica al año siguiente.
2005 fue un año bastante caótico. Gané el Premio Minotauro con Los sicarios del cielo (el título con el que finalmente sería publicado Este incómodo ropaje) seguramente mi novela más insultada de cuantas he publicado. La revista Quo me pidió un cuento de terror y de ahí (y de una anécdota real en una casa rural) surgió “Marcado tres veces”; demasiado largo para los propósitos de la revista, escribí una versión sensiblemente reducida a la que titulé “Tres veces seis”.
Y además de eso inicié media docena de proyectos que no terminaron en ninguna parte.
Y luego, durante el mes de agosto, escribí Sondela, una novela donde, en cierto modo, recuperaba mi gusto por la experimentación y en la que variaba continuamente el punto de vista, el narrador y muchas otras cosas.
A finales de ese año inicié una nueva novela de Sherlock Holmes. Pero me detuve enseguida. La retomaría de nuevo en 2006 y haría avanzar la historia un poco más, antes de que algo se interpusiera en mi camino.
Y ya, para rematar un año extraño, empecé a escribir un space opera. Aunque lo aparqué enseguida, la idea sigue dando vueltas por ahí y estoy seguro de que volveré sobre él tarde o temprano.
Entre 2005 y 2006 escribí Fieramente humano, donde volvía otra vez a la ciudad en la que se ambienta Los sicarios del cielo. Repasé la otra novela que había iniciado ambientada en el mismo lugar y descubrí que había una parte que funcionaba bastante bien por sí sola. Decidí sacarla de allí y convertirla en mi novela corta “El infierno está donde cuelgas el sombrero”.
Regresé a la tercera novela holmesiana, como ya he dicho, decidido a terminarla. Sin embargo, mi visita a Portugal hizo que una nueva novela de Sherlock Holmes se pusiera en medio. Fue esa la novela que finalmente escribí: iniciada a finales de 2006, la acabaría en la primavera de 2007.
(to be concluded)
© 2007, Rodolfo Martínez
Exhumando: 1995-2002
Miércoles, Abril 18th, 2007 Pertenece a Exhumando, Mi misma mismidad | Sin comentar »Corre el año 1995. Decido, sin muchas esperanzas, enviar La sonrisa del gato a la editorial Miraguano. Han empezado a publicar autores españoles y quién sabe. Miquel Barceló tiene en su poder Tierra de Nadie: Jormungand desde hace un par de años y, aunque parece interesado, no termina de decidirse a publicarla.
Entretanto, sigo a lo mío. O sea, escribiendo.
Un par de relatos bastante pretenciosos que, además, no son gran cosa: “Bailan solas” y “La respuesta”.
Y una idea me empieza a dar vueltas en la cabeza. Vaquero era un personaje secundario en La sonrisa del gato. De hecho, estaba destinado a aparecer brevemente e irse enseguida, pero me gustó tanto que amplié un poco su participación en la historia. Y aún me seguía gustando. Tenía posibilidades y quizá podría hacer algo con él, tarde o temprano.
De pronto, recibo carta de Miraguano. Acostumbrado a los rechazos (para entonces, publicar cuentos no era ningún problema, pero mis novelas seguían siendo rechazadas una tras otra), supongo que será otro. Para mi sorpresa acceden a publicar mi novela. Me sugieren unas cuantas correcciones, todas razonables y me dicen que les gustaría tenerla lista para la HispaCon de ese año, en Cádiz.
Flotaba. Levitaba. Volaba. En aquellos momentos me sentía más rápido que una bala, más poderoso que una locomotora, capaz de traspasar un edificio de un solo salto. Era Superman, vaya.
¡Me iban a publicar una novela!
Allí estaba yo, al borde de los treinta años y a punto, por fin, de publicar profesionalmente. Un futuro sin límites se abría ante mí.
Sí, claro, bueno. Luego, la realidad se encarga de enfriarte un poco (o un bastante, según cómo se mire) y de ponerte los pies en la tierra. Pero nada de lo que haya podido pasar después logró estropear aquel momento. En realidad, aún hoy, después de ocho novelas publicadas, dos libros de cuentos y un buen puñado de novelas cortas -tanto en antologías con otros autores como en solitario-, el momento en que me llega el paquete que me ha enviado el editor, lo abro y sopeso el libro, sigue brillando con la misma intensidad que el primer día.
Corregí La sonrisa del gato. Y seguí escribiendo. Un cuento titulado “Mensajero de Dios”, que era una especie de continuación de la novela. Y una novela corta llamada “Un jinete solitario”, donde contaba la historia de Vaquero antes de involucrarse con los personajes de La sonrisa del gato.
Aquella novelita se convirtió en una de mis obras más personales: oculta en la historia de Vaquero estaba parte de mi propia vida, sobre todo los acontecimientos ocurridos en los últimos meses. La amargura que destilaba el narrador ante sus errores cometidos y su carencia de empuje era en buena medida mi propia amargura. Cuando se publicó, al año siguiente, enseguida fue considerada una de mis mejores obras. Y seguramente lo que acabo de comentar tuvo mucho que ver. Hasta aquel momento nunca había escrito con tanta sinceridad ni intensidad y sin duda eso se reflejó en el resultado final.
En 1996 escribí uno de mis mejores cuentos, “Tarot”, otro que no estaba mal, “Piensa lo que quieras” y tres de los que se podría haber prescindido sin problemas: “Atraviesa el desierto”, “El segundo principio de la termodinámica” y “El fin del mundo no es un mal lugar para tomar decisiones”. Ninguno de ellos encontró problemas para su publicación, aunque “Atraviesa el desierto” tardó bastante y, de hecho, fue mi primer relato publicado en francés.
También escribí El abismo te devuelve la mirada, donde de nuevo codificaba mi propia vida, esta vez en clave de psico-thriller con elementos fantásticos. Esta novela, junto con “Tarot” fue el inicio de mi predilección por la fantasía urbana con toques oscuros, algo que seguiría practicando en los años siguientes. Y que, de hecho, supongo no abandonaré en un futuro próximo.
En 1997 escribí “Este relámpago, esta locura”, una nueva novela corta que terminaría al año siguiente y donde intentaba explorar mi fascinación por el mundo de los superhéroes. Y una novela, Este incómodo ropaje, que inicié con entusiasmo y abandoné cuando llevaba más o menos un tercio. La retomaría años después y se convertiría en Los sicarios del cielo.
Los cuentos de ese año fueron “Intruso” y “En territorio ajeno”. El primero sigue siendo uno de mis favoritos: una reflexión, en clave fantástica, sobre el hecho de narrar historias.
Y luego llegarían los años de la sequía. En mis archivos no hay nada de 1998. Y en 1999 sólo escribí “El sueño del rey rojo”, por aquel entonces una novela corta que, años después, transformaría en novela. Sin duda escribí algo más por aquella época: recuerdo haber iniciado un buen puñado de novelas y haberlas abandonado todas a las pocas páginas.
2000 y 2001 no serían mucho mejores. Tengo un cuento el primer año, “Aquí, allí, en todas partes” y otros dos el segundo, “Gameover” (totalmente prescindible) y “Con dados cargados” (quizá mi cuento favorito de cuantos he escrito). También en 2001 escribí Bifrost, un fix-up donde integraba “Los celos de Dios” y La sonrisa del gato a la vez que hacía avanzar la trama iniciada en Tierra de Nadie: Jormungand.
En 2002 comenzaría la recuperación, con el proceso que me llevaría transformar “El sueño del rey rojo” en novela y a terminar por fin, al año siguiente, Los sicarios del cielo.
(to be continued)
© 2007, Rodolfo Martínez
Exhumando: 1990-1994
Miércoles, Abril 4th, 2007 Pertenece a Exhumando, Mi misma mismidad | Sin comentar »- El mismo día, hace dos años: Dos papas y una incertidumbre
Decía, en la entrega anterior, que 1990 no fue un mal año. Una novela y cuatro cuentos.
La novela era Donde yacen las sombras y fue mi primer intento de escribir terror. Nunca fue publicada, ni lo será jamás, pero la historia me seguía pareciendo interesante y durante mucho tiempo pensé en reescribirla. Lo que pasó al final fue algo un poco más complejo: acabó sirviendo de embrión para Fieramente humano, la novela que escribí en 2006 y, de hecho, parte de los personajes y sus peripecias sobrevivieron al trasvase.
Los cuentos fueron, por un lado, “El hijo de la noche” e “Hijos de la misma noche” y, por el otro, los dos primeros relatos de mi ciclo de Horizonte de sucesos. El resto de los cuentos de ese ciclo fueron escritos en los dos años siguientes, pero ya que forman una unidad, supongo que éste es el mejor sitio para comentarlos.
“Visibilidad nula” y “Por delante de su tiempo”, que así se titulaban, fueron escritos prácticamente seguidos. Y eran relatos a la manera de los Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco de Arthur C. Clarke: varios tipos reunidos mientras otro les narraba una historia inverosímil y los desafiaba a probar que mentía. En cierto modo, esos cuentos fueron mis primeros (y casi únicos) intentos de hacer ciencia ficción hard, donde todo lo que se contara tuviera una explicación racional o fuera una extrapolación avalada por la ciencia actual. Visto hoy en día, mi éxito fue moderado, pero escribir aquellos cuentos y jugar una y otra vez con el mismo cuarteto de personajes resultó muy divertido.
En cuanto a los otros dos relatos, surgieron del mismo lugar, un reto que nos lanzó Carlos Díaz Maroto a unas cuantas personas: escribir una historia titulada “El hijo de la noche”. Mi contribución fue una especie de homenaje a Borges. Nada del otro mundo. Sin embargo, pensar en Borges me llevó inevitablemente a recordar a Lovecraft: descubrí a ambos autores casi a la vez y, pese a las más que evidentes diferencias entre ambos, había algo en su imaginería que me los hacía parecer muy similares. Jugando con esa idea escribí “Hijos de la misma noche”. Y, en realidad, ese cuento fue el punto de partida, aunque yo aún no lo sabía entonces, de buena parte de mi posterior obra holmesiana.
En el 91 continué con los cuentos de Horizonte de sucesos. E inicié Tierra de Nadie: Jormungand. Me planteé la novela lleno de ambición: iba a escribir un space opera de grandes proporciones en el que iba a meter cuanto sabía como escritor. El resultado fue irregular, como no podía ser menos. Aunque, para algunos, sigue siendo mi mejor novela. En fin.
Al año siguiente seguía embarcado en la novela, y escribí también el resto de los cuentos de Horizonte de sucesos.
1993 fue uno de mis años más productivos. Allí escribí mis cuentos “El hombre silencioso”, “Colmillo de Dragón” y las dos primeras entregas de una serie de fantasía heroica: “Una reunión inesperada” y “La cueva de Gréndel”.
También escribí La sabiduría de los muertos, mi primera novela holmesiana. “Desde la tierra más allá del bosque”, el relato donde Holmes y Van Helsing unen sus fuerzas para enfrentarse a Drácula, también es de esa época.
Y “Bailando en la oscuridad”, una novela corta en la que reaparecía Roy Córdal, mi detective privado, y que sigue inédita.
Y, finalmente, “Los celos de Dios”, que quedó finalista en el Premio UPC de aquel año. Además, Miquel Barceló me dijo que había posibilidades de publicarla. Estaba preparando una colección de novelas cortas con los finalistas que le parecieran interesantes, y la mía era una de las elegidas.
Tres cuentos son la cosecha de 1994, junto a una novela corta y una novela.
Los cuentos son “Victoria pírrica”, “Opositor, opositor” y “Un cuento que nunca escribiré”. Los dos últimos no son gran cosa (de hecho, son más bien malos), pero el primero aún me gusta, y fue editado y reeditado con el tiempo.
La novela corta era “Territorio de pesadumbre”, una especie de saga familiar dunesca en una Tierra devastada y en la que aparecía un personaje que quizá fuera el diablo. Años más tarde, la Semana Negra de Gijón la publicaría y sería posteriormente reeditada por Robel.
En cuanto a la novela, era La sonrisa del gato, que al año siguiente se convertiría en mi primera novela publicada. Era un cyberpunk con ambientación de space opera (lo que parece ser, fue considerado novedoso en algunos círculos y yo sin enterarme de nada, fíjate tú) y fue la primera de unas cuantas obras mías dedicadas a ese subgénero. Lo cual es irónico, porque no mucho antes yo había abominado públicamente del cyberpunk.
Como el destino tiene un sentido del humor más bien retorcido, me obligó a tragarme mis propias palabras a medida que pasaban los años e iba escribiendo “Un jinete solitario”, “Mensajero de Dios”, “Este relámpago, esta locura” y finalmente (espero) El sueño del rey rojo.
Por aquel entonces llevaba escribiendo unos diecisiete años, y unos siete publicando con cierta regularidad cuentos y artículos en las publicaciones especializadas. Seguía escribiendo novelas, pero más porque era algo que no podía evitar que porque realmente tuviera esperanzas de conseguir publicar alguna algún día.
Al año siguiente, todo aquello cambiaría.
(to be continued)
© 2007, Rodolfo Martínez
Exhumando: 1984-1989
Lunes, Marzo 26th, 2007 Pertenece a Exhumando, Mi misma mismidad | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Sin ningún género de duda
- El mismo día, hace dos años: "La princesa prometida" revisitada
Una cosa lleva a la otra, como se suele decir.
Acabo de escribir una entrada para mi blog donde hablo de mi fastidio por haber dejado de escribir relatos cortos y aprovecho (como no podía ser menos) para repasar un poco mi historia personal como escritor.
Eso me ha llevado a escudriñar aquí y allá por mis archivos. No, no se trata de ninguna sala polvorienta llena de grandes estantes hasta donde alcanza la vista; ni tampoco se guardan en ella el Arca de la Alianza o la cura para el cáncer negro de origen extraterreste. En realidad, lo que he hecho es revisar mi disco duro, concretamente las carpetas donde guardo lo que escribo, y repasar alguna cosilla por aquí y por allá.
No conservo digitalmente todo lo que he escrito. De hecho, buena parte de lo que escribí en los primeros años no se conserva de ninguna manera. Diría además que por suerte.
Lo primero que hay en mi disco duro es un cuento de 1984 titulado “Tiempo pasado”. De lo anterior, conservo alguna cosa, pocas, en papel y el resto se ha perdido. Como he dicho, por suerte.
Respecto a ese cuento, no lo encontraréis publicado en parte alguna. Ni está en ninguno de los fanzines y revistas donde aparecieron originalmente la mayoría de mis relatos ni en las dos antologías (Callejones sin salida y Laberinto de espejos) que recogen la mayor parte de mi narrativa breve. El cuento jamás se publicó.
No es gran cosa. En cierto modo, lo conservo por pura nostalgia. Es uno de los primeros cuentos ambientados en Drímar que escribí (una vez pasado lo que podríamos calificar de proceso embrionario del universo) y se desarrolla durante los primeros años de su cronología: finales del siglo XX, más o menos. Aparte de eso, no tiene demasiado interés.
Con un salto de dos años me encuentro con “El robot”, mi homenaje asimoviano y la única historia de Roy Córdal que ha sobrevivido al tiempo. Luego, ya en 1987, están “Encerrada” y otro cuento inédito ambientado en Drímar: “En el feudo”, desarrollado en la época de El Solitario. No, tampoco ha sido publicado nunca ni es gran cosa.
¿Es que entre 1984 y 1987 sólo escribí cuatro cuentos? Para nada. Escribí, que recuerde, al menos tres o cuatro novelas, y muchos más relatos cortos. Simplemente, nada de ese material ha sobrevivido. O, en cierta forma, sí lo ha hecho: parte de él ha permanecido en mi memoria y allí se ha quedado, girando y enroscándose, cambiando y mezclándose con otras cosas. Al final, algo de ese material ha terminado saliendo a la luz en obras muy posteriores. Pero ya hablaremos de eso.
Descubro con sorpresa que no tengo nada de 1985. ¿Es que no escribí nada en ese año? No creo que fuera así. Desde que, en 1977 escribí una cosa llamada Un terrestre en Krándor V (y que aún existe, mecanografiada y encuadernada por mis padres, que son unos benditos) no recuerdo que haya pasado un solo año sin escribir algo, lo que fuese: cuentos, novelas, poemas, artículos… a menudo sólo inicios de cuentos o de novelas que no llegué a terminar. Pero siempre he estado escribiendo. Así que la idea de un año entero sin nada que saliera de mis dedos me resulta poco creíble.
Seguro que escribí algo en 1985. Simplemente, no ha sobrevivido y ya no recuerdo qué era. Quizá, quien sabe, mi novela sobre El Solitario, o mi novela de fantasía, que jamás terminé, Hijo del Halcón, o incluso aquella trilogía de space opera —El centro de la Galaxia, se llamaba—, todas ellas tecleadas en mi Amstrad CPC 6128. Sé que eso pasó en los ochenta, pero no en qué año. Así que bien pudo haber sido aquél. Por cierto, que El centro de la Galaxia es un ejemplo perfecto de lo que comentaba antes: ya no existe, pero buena parte de sus ideas (modificadas, pero las mismas en lo básico) sirvieron de embrión para algunas tramas de “Los celos de Dios” y La sonrisa del gato.
En el año 1988 sólo aparece “Un agujero por donde se cuela la lluvia”, una de mis novelas cortas más extrañas. Fruto, en realidad, de un empaño de lectura de “novela experimental”: Rayuela, Tiempo de silencio, El otoño del Patriarca, Cinco horas con Mario y, para rematarlo todo, el Ulises de Joyce. Así que en “Un agujero por donde se cuela la lluvia” me paso todo el tiempo cambiando de técnica narrativa y jugando con el estilo y el desarrollo. Creo que Alejandro Salamanca aún me odia por haber escrito eso. Y sí, es cierto que a la novelita se le va la pinza más de una vez, pero la he ido repasando varias veces a lo largo de los años y aún me funciona. Y todavía me gustaría reeditarla algún día.
Apareció por primera vez en Kernel BEM, uno de los primeros fanzines electrónicos de los noventa. Y luego fue reeditada en Núcleo Ubik 2/3.
Y llegamos a 1989, seguramente mi año más prolífico de esa década y con el que, de momento, terminaré esta exhumación.
En el 89 tengo varios poemas, cinco cuentos y dos novelas cortas.
Los cuentos son “Más allá de la biblioteca”, “La carretera”, “Bajo la ciudad”, “Todo fluye” y “Oye, véndeme tu alma”. Las novelas cortas: “El alfabeto del carpintero” y “Las brujas y el sobrino del cazador”. Todo ese material se ha publicado y, en algunos casos, reeditado.
De hecho, creo que 1989 marca un punto de inflexión en el sentido de que prácticamente todo lo que escribí a partir de entonces pude publicarlo sin problemas. Hay excepciones, pero son contadas.
“El alfabeto del carpintero” y “La carretera” forman un tríptico temático (y en parte argumental) con “Un agujero por donde se cuela la lluvia”. De hecho, el hipotético libro que recogería los tres ya tiene título, El carpintero y la lluvia, y aún no desespero de encontrar editor para él algún día.
Además, salvo “Oye, véndeme tu alma”, el resto de las cosas que escribí aquel año transcurren en mi universo de Drímar, en distintos momentos de él. Es algo que se repetiría posteriormente: durante una época casi todo lo que salía de mis dedos acaba en Drímar, de un modo u otro.
En cuanto a los poemas, formaban un ciclo llamado Casino. Todo empezó con un poemita titulado “Póker” que escribí un poco por casualidad. Luego, se me ocurrió seguir jugando con metáforas relativas al juego. De ahí surgieron unos siete u ocho poemas que agrupé bajo ese título de Casino.
El año siguiente, 1990, no fue malo tampoco. Pero eso lo dejaremos para otra ocasión.
(to be continued)
© 2007, Rodolfo Martínez
