El fin del mundo no es un mal lugar para tomar decisiones
Miércoles, Julio 9th, 2008 Pertenece a En carne y hueso, Para leer | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: AsturCon 2007: El domingo
- El mismo día, hace dos años: (Micro)crónicas de la AsturCon (2): Curiosidades ,
- El mismo día, hace dos años: (Micro)crónicas de la AsturCon (3): Descanso
- El mismo día, hace tres años: De asturconis misteriis
Hacia 1996, algo estaba cambiando en mi actividad como escritor, aunque entonces no me di cuenta. A tientas, sin saber muy bien hacia dónde iba, empecé a escribir una serie de relatos que, vistos ahora, suponían un punto de inflexión, una especie de ruptura con lo anterior. Hasta entonces, buena parte de mi producción había sido de ciencia ficción, pero aquellos eran cuentos fantásticos, de ambientación urbana y contemporánea. Durante algo más de media docena de relatos fui buscando mi camino y creo que lo acabé encontrando. Así surgieron cuentos como “Tarot”, “En territorio ajeno” y “Aquí, allí, en todas partes” o novelas como El abismo te devuelve la mirada y Los sicarios del cielo.
Algunas cosas, sin embargo, se fueron quedando por el camino. Este cuento fue uno de los primeros ensayos en esa dirección, en esa fantasía urbana y contemporánea. Juan José Aroz lo publicó en 1999 en su antología Impactos en el tercer milenio, pero no lo consideré apto para recogerlo ninguna de mis dos recopilaciones de relatos.
Pese a todo, creo que el cuento aún tiene elementos valiosos y algunos momentos interesantes.
Como de costumbre, los científicos se equivocaron. La primera señal que tuvimos del fin del mundo fue que las estrellas comenzaron a apagarse, como si la noche hubiera llegado a nosotros para siempre y no tuviera la menor intención de irse. Supongo que ahora, con los hechos consumados, los científicos habrán dado por fin con una explicación y la habrán pregonado a los cuatro vientos, asintiendo satisfechos, como si ellos mismos hubieran convocado el acontecimiento en lugar de limitarse a explicarlo cuando ya no tenía remedio. No es que importe mucho. En realidad ahora nada importa mucho, cuando faltan menos de tres minutos para la medianoche y el segundo siguiente a ésta es posible que no llegue jamás.
Por supuesto, al principio ni lo notamos. Imagino que sólo algún entusiasta aferrado a su telescopio se dio cuenta de que, poco a poco, el cielo se estaba quedando vacío y las estrellas se iban desvaneciendo como si algún bromista cósmico las fuera soplando. A mí me pareció ver algo raro; de pronto tuve la sensación de que la Osa Mayor tenía una estrella de menos, pero por un lado ni siquiera estaba demasiado seguro de que aquello fuera realmente la Osa Mayor y por el otro la conversación resultaba demasiado interesante para interrumpirla. No es que eso me detuviera, por supuesto, mi boca parecía a veces tener voluntad propia y era capaz de soltar el peor de los chistes sin pararse a pensar en las consecuencias.
–Juraría que hay una estrella menos en el cielo –dije.
Los demás me miraron brevemente y continuaron la conversación. No recuerdo muy bien de qué iba. En aquellos momentos nos parecía tremendamente importante, pero todo parecía tremendamente importante en aquellos días.
Al día siguiente, todo siguió normal. Bueno, en los periódicos se comentó que se había producido un extraño fenómeno astronómico y creo que hasta algún telediario dejó caer algo sobre el asunto. Por lo demás la vida seguía, deslizándose por esa monotonía tranquila y sin sobresaltos que en los países occidentales habíamos aprendido a identificar con la normalidad. Sin embargo, a medida que los días pasaban, comencé a notar algo raro. Todo ocurría más lento. No sé definirlo de otra manera. ¿Recordáis aquellas películas mudas en las que la velocidad era ligeramente más rápida de lo normal, no mucho, apenas algo perceptible, pero suficiente para hacer que todos los movimientos tuvieran un cierto aire ridículo, patoso? Era algo parecido, sólo que al revés. De pronto todo lo que había a mi alrededor se había vuelto más lento, más pausado, y eso hacía que las cosas se vieran más nítidas. Todo lo que me rodeaba tenía otra consistencia, una cualidad de cercanía que yo jamás había visto antes. No se me ocurrió comentárselo a nadie, me parecía algo demasiado sutil para ser real.
Pero a medida que transcurrían los días la situación fue cambiando. Más y más estrellas seguían desapareciendo y los científicos manifestaban su desconcierto en la mayoría de los televisores del mundo. Lo curioso es que nadie parecía preocupado, como si de repente nada fuera demasiado importante. Supongo que en el fondo todos sabíamos lo que ocurría y éramos conscientes de lo irrelevante y fútil de nuestras preocupaciones ante un universo que agonizaba con una tranquilidad tan aterradora como imparable.
No voy a decir que fui el primero en comprender lo que pasaba; supongo que todos nos dimos cuenta más o menos a la vez, pero algunos tardaron más en aceptarlo que otros. Creo que yo lo hice la mañana en que me desperté con la sensación de haber soñado un juicio inverosímil y ridículo en que los acusados eran declarados inocentes y luego condenados a muerte. No le di mucha importancia pero luego, mientras desayunaba, sentí el impulso de asomarme a la ventana, algo que no hago jamás. Dirigí mi vista al mar, ese mar al que nunca miraba porque sabía que siempre estaba allí, y esta vez no conseguí localizarlo. Tardé en comprender que sí, que estaba allí, que seguía estando allí, pero que no podía verlo porque estaba completamente cubierto de cadáveres. Ridículo, recuerdo que pensé y, efectivamente, al parpadear y mirar de nuevo vi el mismo mar prosaico de espuma sucia y algas varadas de todos los días.
No le di mucha importancia. Aún estaba medio dormido, y el recuerdo del sueño me perseguía con demasiada claridad. Más tarde, sin embargo, al ir hacia el trabajo volví a mirar al mar y otra vez lo vi cubierto de muertos hasta donde alcanzaba la vista. Aparqué el coche como pude, salí de él y me quedé inmóvil frente a la playa, perdido en la contemplación de aquel océano de cadáveres insomnes, varados para siempre en un último pensamiento inútil.
Alguien se acercó a mí, no sé cuánto tiempo llevaba allí parado.
–Curioso, ¿verdad?
Me volví y vi a un hombrecillo rollizo y sonriente que se había detenido a mi lado y contemplaba el mar como quien está ante una película agradable pero no demasiado interesante. Yo no respondí a su comentario; todo resultaba demasiado irreal y al mismo tiempo todo era tan nítido que no sabía qué pensar.
–Aunque no tiene por qué resultar tan curioso si nos paramos a pensarlo un poco ¿no cree? –siguió diciendo aquel hombre, indiferente a mi falta de respuesta–. Al fin y al cabo es de esperar que cuando el mundo se acaba las leyes físicas se desbaraten un poco.
–¿Cómo dice? -conseguí articular.
–Sí, ya sabe, el segundo principio de la termodinámica y todo eso. La muerte entrópica del universo.
Vale. Aquello ya era excesivo. ¿Qué tenía que ver la tendencia al caos del universo con un mar poblado de cadáveres?
–Claro que tiene que ver, amigo mío –dijo él como si me hubiera leído el pensamiento–. La entropía avanza, pero no lo hace en un orden definido. Como comprenderá eso es imposible. Si el caos avanzara de forma ordenada ya no sería caos, sólo otra forma de orden.
Asentí, aunque no terminaba de encontrarle sentido a aquello.
-El universo se desgasta, se cansa, pero lo hace de una forma caótica y a veces… bueno, ya sabe, dos pasos hacia adelante, uno hacia atrás. A veces la tendencia al caos se invierte y se recupera algo de orden. Los monos, las máquinas de escribir y Shakespeare, supongo que me entiende. Incluso la tendencia a la entropía está regulada por el azar, y el azar tiene un sentido del humor más bien peculiar.
No dijo nada más durante un buen rato. Finalmente dejó de apoyarse en la barandilla y me miró con algo parecido a la compasión en sus ojos burlones.
–Por otro lado, no sé qué demonios hace aquí perdiendo el tiempo. No me diga que no tiene cosas más importantes que hacer.
-Bueno… yo…
–No es usted muy inteligente, ¿no?
Aquello me mosqueó. No soy un prodigio de inteligencia, pero no me considero a mí mismo del todo estúpido.
–Oiga, ¿por qué no le va a otro con el camelo del fin del mundo y me deja en paz?
–Claro. Ya lo dejo en paz. Todos nos dejaremos en paz unos a otro dentro de poco tiempo.
Parecía tremendamente divertido con todo aquello.
–Pero mientras tanto permítame que le dé un consejo. Sí, ya lo sé, no debería hacerlo, pero no puedo evitar inmiscuirme en los asuntos de los demás. No tengo ni idea de cuánto tiempo nos queda. Lógico, por otra parte, si lo supiera significaría que hay un patrón en toda esta locura y eso no tendría sentido. –Se le escapó una risita chillona–. ¿Lo ha pillado? No tendría sentido que la locura tenga orden. Bueno, no importa. Por mucho tiempo que nos quede, no será mucho, así que ¿por qué no lo aprovecha de una forma productiva? No sé: plante un árbol, escriba un libro, tenga un hijo, ese tipo de cosas. Bueno, hasta la vista.
Y desapareció. No quiero decir que se fuera, sino que estaba allí y al momento siguiente ya no podía verlo. Tengo la sensación absurda de que se fue andando lentamente y sin embargo, no pude seguirlo con la vista a los pocos segundos.
Yo permanecí allí varios minutos más. Aquel mar de pesadumbre lleno de cadáveres silenciosos me fascinaba. Al final, sin embargo, conseguí arrancarme de allí a mí mismo y volví a entrar en el coche. Llegué tarde al trabajo, por supuesto, pero no pareció importarle a nadie. Era uno de aquellos días en los que no parecía haber nada por hacer. Dormité frente al terminal varios minutos, buscando en vano alguna forma de entretenerme. Era inútil, por supuesto, no podía evitar pensar en aquel hombrecillo y su consejo. ¿Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo? Ninguna de las tres cosas me apetecía demasiado. Sin embargo, tenía razón, era el mejor momento para hacer algo que tuviera importancia. Claro que, si lo pensabas mejor, ¿qué podía tener importancia si realmente el mundo se acababa?
A media maña me sorprendí con una frase a la que yo no había llamado dando vueltas por mi cabeza: déjame atravesar el viento sin documentos. Al principio no le di la menor importancia: podía habérseme quedado allí prendida por cualquier motivo, un anuncio que hubiera visto, algún libro que hubiera leído. Pero a medida que pasaban las horas la frase seguía allí, aferrada con garras cada vez más afiladas a mi memoria.
-Rubén –pregunté, de pronto, volviéndome a mi compañero–. ¿Te suena de algo la frase déjame atravesar el viento sin documentos?
–Coño, claro, es de una canción de Los Rodríguez.
Asentí en silencio y volví a concentrarme en mi terminal. Así que era eso, seguro que había oído la canción en cualquier sitio la noche anterior y se me había quedado pegada. No tenía la menor importancia, tarde o temprano se iría.
Sólo que no se iba, y a medida que transcurría el tiempo, me iba acordando de más y más frases de la canción. Había una, sin embargo, que se me resistía y era tan molesto no encontrarla como uno de esos picores a los que no puedes llegar.
De pronto no aguanté más y me incorporé en mi asiento.
–Voy a hablar con Antonio –dije.
–¿Y eso? –preguntó Rubén.
–Ya sabes –respondí.
En realidad no sabía, y creo que yo tampoco hasta que entré en su despacho y le dije que me despedía. Luego, con la conciencia tranquila, recogí mis cosas ante la mirada perpleja de Rubén y volví a casa. Al día siguiente me di de alta en Autónomos y empecé a trazar mis planes para crear mi propia empresa de software. A media tarde ya había diseñado un logo y hasta tenía un nombre y me puse a llamar a antiguos compañeros de carrera que podían estar interesados en el asunto. Dos de ellos parecían estarlo, en aquellos momentos se encontraban sin trabajo y cualquier cambio les habría parecido bueno. El tercero quedó unos instantes en silencio al otro lado del auricular y dijo:
–No sé, tío. He oído que el mundo se está acabando.
–Bueno, razón de más para darnos prisa, ¿no?
Aquello pareció convencerlo y quedamos en vernos al día siguiente para empezar a poner las cosas en orden. Me recliné en el sofá y le eché un vistazo a la estantería llena de libros que ocupaba aquella pared del salón. Bien, estaba hecho. Pero en realidad no lo estaba. Aquello no era lo que quería hacer realmente, como seguían empeñadas en proclamar las frases que giraban en mi cabeza, extraídas de canciones triviales: atravesar el viento sin documentos, contar las monedas que quedan en los bolsillos del viento. No estaba haciendo nada de todo eso, y tenía la sensación urgente de que debía hacerlo, de que si no lo hacía ahora luego sería demasiado tarde. La pregunta del millón era cómo se atraviesa el viento, con documentos o sin ellos, o cómo le encuentras los bolsillos para contarle las monedas. En el fondo lo sabía, estaba allí, en aquella última frase que me esquivaba y que sin embargo tenía la impresión de conocer desde siempre.
En tus ojos había tormenta, recordé de pronto. No, no era aquello, pero… Saqué la agenda del bolsillo, di con el número que buscaba y me quedé unos instantes mirando el teléfono sin saber qué hacer. No fue necesario hacer nada; el propio teléfono sonó, como si lo hubiera conjurado de alguna manera involuntaria. Lo cogí y contesté.
–Hola, soy yo –dijeron al otro lado del auricular.
Sí, sin duda era ella.
–No has ido a trabajar hoy –no era una pregunta.
–No.
No le expliqué que me había despedido; no me encontraba muy hablador, en parte porque una extraña desgana insidiosa había empezado a desparramarse por mi cuerpo, y en parte por la sorpresa: no había hecho más que pensar en ella y, como convocada por mi pensamiento, ella había llamado.
–Hoy me ha pasado algo muy raro –me dijo.
Claro, y a todo el mundo, pensé. Pero no lo dije en voz alta.
–¿Quieres que nos veamos? -pregunté.
–De acuerdo. ¿Dónde?
–Frente a la playa. En la escalera uno. Media hora.
–Vale.
Faltaba poco para anochecer cuando llegué a la playa. Al mirar aquel sol hinchado y exhausto comprendí que sería la última vez que lo veríamos. El asunto no me interesó demasiado, tenía otras cosas en las que pensar. Ella ya estaba allí, paseaba inquieta frente a la escalera y al verme reaccionó como si de repente hubiera encontrado una solución a todos sus problemas.
–Esta mañana me encontré con alguien que me dijo que el mundo se acababa. Y me dijo que dedicara mis últimas horas a algo importante –me soltó casi sin darme tiempo a llegar. Hablaba de forma atropellada, como si se hubiera dicho a sí misma esas palabras una y otra vez durante las últimas horas y necesitase librarse de ellas de alguna manera–. Pero, si de verdad el mundo se acaba, ¿cómo puede haber algo importante?
La miré sin decir nada. Como me ocurría siempre que me encontraba ante ella, tenía la sensación de encontrarme ante un enigma irresistible, quizá en mitad de un laberinto que desembocase en su corazón. Y yo recorría el laberinto una y otra vez y jamás encontraba el final, pero jamás me cansaba de recorrerlo.
Ella aguardaba en silencio, como si esperase que yo pudiera darle una respuesta a su pregunta. En realidad podía, pero aunque la presentía cierta, no significaba que lo fuera para alguien que no fuese yo.
–No lo hay –dije.
–¿Y eso es todo? –preguntó–. Entonces, ¿qué sentido tienen las cosas?
–Ninguno, por supuesto. El mundo no está aquí por ningún motivo, y desde luego no le importamos un pimiento. Nada de lo que hagamos cambiará nada. El buscarle sentido a lo que nos rodea no es más que un pasatiempo humano. Entretenido, a veces, pero inútil.
Me maldije en silencio. Me sonaba fatuo y pedante a mí mismo, pero no podía evitarlo. Supongo que hay una forma más simple de decir las cosas, pero yo nunca la he encontrado.
–No lo creo.
–Haces bien. Mira –señalé con un gesto el mar hinchado de cadáveres, el aire desgastado, el sol agonizante–, nada de lo que hagas ahora les va a importar lo más mínimo, el universo va a seguir igual y ni uno solo de tus actos podrá modificarlo. Para él lo que hagamos no es importante. Pero para nosotros sí. Y eso es lo único que tiene valor.
Me miraba como si estuviera hablando en otro idioma.
–Lo que quiero decir es que estamos aquí, y que no sabemos si estaremos mañana. Y que eso es todo. No hay nada más.
–¿Entonces?
–Entonces la conclusión pedante podría ser que la humanidad no ha avanzado nada en los últimos tres mil años y que lo único que sigue siendo cierto es algo que encontraron los hombres primitivos y que los romanos resumieron en dos palabras: carpe diem. La conclusión obvia es que tenemos por delante todo el tiempo del mundo y que deberíamos aprovecharlo.
Por primera vez sonrió.
–Si –me dijo–. Ahora sería fácil.
–Tal vez no. ¿Cómo sabemos que el mundo acabará mañana realmente? Quizá siga adelante. ¿Que haríamos entonces? Tendríamos que intentar que esto funcionase.
Su boca se torció en un mohín de disgusto. Como siempre me ocurría, no estaba seguro de si me gustaba más sonriente o enfadada.
–¿Te gusta ponerte la zancadilla a ti mismo? –preguntó.
–No. Pero me gusta ver las cosas como son. Y la verdad es que no me importa que el mundo se vaya a acabar o no. No me importa lo que pueda pasar a partir de ahora. Estamos aquí, y eso es todo cuanto debería tener sentido.
–Pero, ¿y si no se acaba, y si hay algo después de mañana y lo estropeamos todo?
–Pues entonces lo habremos estropeado, ¿de qué tienes miedo? ¿Crees que puedes controlar tu vida, que puedes planificarla? Ya lo dijo Lennon: La vida es aquello que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes. ¿Qué mejor momento que este para dejar de hacer planes y permitir simplemente que las cosas sucedan?
–¿Y el riesgo?
–Oh, claro, el riesgo. Puedes pifiarla o puedes tener éxito. ¿Quieres seguridades? No puedo dártelas, y no te las daría aunque pudiera. Mira. –Señalé frente a mí. El sol se hundía en el mar, parecía que para siempre, y nosotros nos íbamos convirtiendo en dos siluetas borrosas que se miraban aprensivas, como si cada uno de los dos no supiera decidir qué era el otro–. No tengo ni idea de lo que va a pasar mañana, y de hecho no estoy muy seguro de que vaya a haber un mañana. Lo más probable es que no. Pero en estoy momentos solo me importa una cosa y es que… –Sonreí de pronto, porque la frase que me había estado esquivando todo aquel tiempo volvió a mí justo cuando la necesitaba–. Sí, ¿por qué no? En estos momentos lo único que me importa es que quiero ser el único que te muerda la boca y que si tú sientes lo mismo, no importa que nada tenga sentido y que el futuro esté lleno de incertidumbre. Te pediría perdón por mi pedantería, pero me conoces lo suficiente para saber que es inevitable.
Sonrió otra vez y bajó la vista.
–¿Y si pese a todo digo que no?
Me encogí de hombros.
–Ese es tu problema. Y nadie va a solucionar tus problemas por ti, salvo tú misma.
Entonces alzó los ojos. En aquel momento el sol terminó de hundirse en el mar y ninguno de los dos sabía si volvería a salir.
© 1999, 2007, Rodolfo Martínez
Grial
Lunes, Mayo 5th, 2008 Pertenece a En carne y hueso, Para leer | Sin comentar »- El mismo día, hace dos años: ¿Endogamia?
- El mismo día, hace tres años: Mea culpa
Allá por 1997 escribí un relato titulado “En territorio ajeno”, con destino a una antología de relatos que iba a publicar la Semana Negra de Gijón. Por circunstancias que ahora no vienen al caso, finalmente no fue publicado allí sino, algunos años después, en el número 1 de Artifex Segunda Época. Sin embargo, “En territorio ajeno” no fue el primer relato que escribí con destino a aquella antología gijonesa, sino el segundo. El primer intento fue “Grial”, la historia de un asesino en serie que aprovecha el entorno de la Semana Negra para encontrar a sus víctimas. Aquella primera versión no me convenció del todo en su momento (quizá porque carecía de elementos fantásticos), pero al releerla ahora, veo que tiene su “aquel” y no está tan mal como recordaba. Los que conozcan “En territorio ajeno” encontrarán sin duda elementos comunes en ambos relatos (y algún que otro párrafo que pasó de un cuento a otro), pero creo que este “Grial” tiene entidad propia. Juzgadlo vosotros mismos:
Desde su primera noche de caza, hace más de diez años, siempre ha experimentado la misma sensación al detenerse en mitad de esa inverosímil estructura de hormigón que prefigura el horizonte y parece un mágico círculo de piedras erigido por algún pueblo prehistórico. Desde entonces viene aquí cada anochecer, con el estilete afilado y oculto en su pierna izquierda, viene y se detiene en el centro mismo de la estructura, rodeado por ella, invadido por su misma esencia fría y tranquila, y permanece en silencio hasta que cae la noche y el horizonte se funde a lo lejos en una mancha oscura y sólo están él y el murmullo de fondo de ese animal gigantesco e inquieto que es el mar. Viene todas las tardes y se detiene dentro de esa estructura que unas veces parece erigida para invocar a un dios y otras para que algún monstruo gigantesco haga allí sus necesidades.
Casi siempre regresa a casa, solo y en silencio, deambulando por una ciudad que para él está vacía, en la que no hay más que luces distantes, máscaras engañosas y autómatas ocupados. Casi siempre regresa a casa, devuelve el estilete a su cajón y duerme inquieto hasta que el despertador interrumpe su sueño y lo obliga a reptar hacia la ducha en busca de un nuevo día.
Pero a veces no. A veces el momento está maduro (y él lo sabe, siente de nuevo ese familiar cosquilleo en la nuca que le dice que esa noche será la noche) y en lugar de volver al espartano apartamento en el que se entrega a sus fantasías, recorre la ciudad con un destino determinado. Busca la presa que ha estado preparando todo ese tiempo, se acerca a ella y la toma en algún callejón silencioso, tal vez en la habitación en penumbra de alguna sórdida pensión. El lugar no importa, sólo importan el instante y la misión que se encomendó a sí mismo hace diez años.
Sí, hay momentos en que lo siente tan nítidamente. Su Grial está allí, esperándolo y él sólo tiene que sajar, apartar capas de tejido, ignorar los borbotones de sangre que manchan la reluciente superficie de su estilete, hacer a un lado las incómodas vísceras y el Grial aparecerá sólo para él, allí donde ha estado todos estos años.
(Ella gritó pero nadie oyó su grito, ni siquiera él, ocupado en abrir una puerta secreta en aquella piel deliciosa que temblaba en busca de la muerte. Recuerda sus ojos. Sobre todo recuerda aquellos ojos insoportablemente azules que suplicaban, no sabía muy bien si el perdón o un final rápido para su sufrimiento, o tal vez le suplicaban que siguiera, que continuara abriéndose paso a través de ella para siempre. No lo sabe, pero a veces esa mirada puebla los sueños que no recuerda al despertar. Y esas mañanas, cuando se arrastra hacia la ducha, nota que el olor que emana de su entrepierna es más denso de lo habitual.)
Hasta ahora no lo ha encontrado. Hasta ahora ha ido deambulando de fracaso en fracaso, sin más recompensa que el cadáver de una mujer junto a él y la helada y lejana risa de la luna.
Ahora, detenido en mitad del círculo mágico de hormigón, presiente que va a ser distinto. Da media vuelta, sin hacer caso del murmullo poderoso del marm y se encara con la ciudad que se desparrama bajo el cerro, indiferente a su presencia. Ya ha anochecido y la línea de la playa es como un enorme árbol de Navidad: las luces se encienden y se apagan en los altos edificios frente al paseo marítimo, en un guiño que él siempre ha encontrado obsceno. Las calles están repletas de gente, llenas de máscaras, henchidas de autómatas.
Y a lo lejos… sí, allí está, esa rueda imposible que parece una gigantesca nave espacial de alguna película americana y no es más que la realidad prosaica de una enorme noria. Allí está. Una vez más, como cada verano, hombres que dedican su tiempo a fabular lo que no han vivido deambulan como sonámbulos perplejos en mitad de una feria que parece no verlos y que sin embargo ha sido concebida para ellos. Bajo las carpas, alguien afirma haber encontrado por fin la hermenéutica definitiva del relato de misterio y él se pregunta si los que lo rodean tienen la menor idea de lo que está diciendo o son tan siquiera conscientes de su presencia mientras apuran el último trago de sus copas y echan a andar hacia las máquinas multicolores que les prometen el miedo, el vértigo o simplemente el azar al que sus vidas parecen impermeables. Sí, como cada año ha llegado el momento y él subirá una vez más en la noria y contemplará la ciudad como si le perteneciera. Luego emprenderá la búsqueda de su Grial.
(Las manos… sí, las manos de ella habían buscado las suyas, las habían encontrado y de una manera extraña las habían guiado en busca del más secreto de los lugares, señalándole con precisión dónde y de qué modo debía sajar, en qué lugar preciso tenía que abrirse paso con el frío estilete. Sí, aquellas manos de dedos largos, aquella caricia que parecía buscar la muerte para siempre, la suavidad del contacto de las yemas de sus dedos en el dorso de sus propias manos. ¿Qué le habían pedido? ¿Qué le habían implorado con una fuerza desconocida?)
Lleva toda la semana acechando a su presa. Como siempre, la ha encontrado con ese infalible instinto del predador que reconoce qué gacela desea, en el fondo, ser cazada. Con los años ha ido refinando su técnica y es muy difícil que se le escape, que pueda escurrírsele de entre los dedos en el último momento. Ha ocurrido a veces y la frustración fue al principio una emoción tan nueva que no pudo evitar detenerse a saborearla. Pero hace tiempo que no sucede y en el fondo lo prefiere de ese modo: su búsqueda, su empresa ya es demasiado complicada de por sí para encima enredarse en incertidumbres. Así que lo tiene todo planeado, hasta el último detalle, ha anticipado todas y cada una de las posibles reacciones de su presa y sólo hay una cosa que ignora: si esta vez tendrá éxito en su búsqueda o si, como siempre, al final de ese pozo que abrirá en la carne de ella sólo encontrará el vacío.
Así que recorre la ciudad, transita por el paseo marítimo indiferente a la marea que ahora empieza a bajar, alza de vez en cuando la vista al cielo y se encuentrar con la mirada fría y distante de la luna, a la que él ha aprendido a identificar como al enemigo, como al obstáculo, como a la deidad que se complace, a su modo lejano y sin emociones, en poner trabas a su tarea. No importa. Si no esta noche, tendrá éxito tarde o temprano. Encontrará su Grial.
Recuerda a su primera víctima y sonríe ante su ingenuidad de entonces. La vorágine de emociones que lo asaltó fue demasiado intensa, tanto que estuvo a punto de dejarla escapar. La nueva playa de poniente aún no había sido construida y ambos estaban en los antiguos astilleros, convertidos después de su abandono en un paisaje espectral en el que las grúas parecían robots malévolos que descansaban en un sueño imprevisible. Ella… ¿Ella le dijo que lo amaba? Sí, cree recordar que así fue, y que en ese mismo instante su puñal se hundió en carne de ella, penetrándola como ningún otro hombre lo había hecho antes. El chorro de sangre que saltó a su rostro, el gorgoteo agónico en su garganta cortada… Y luego el trabajo, explorando las intimidades de su vientre en busca de algo que no estaba allí. La decepción y con ella el convencimiento de que la búsqueda no había hecho más que empezar. Habría otras noches, y otras presas.
(Recuerda una gota, una única y preciosa gota de sangre que se derramó en la comisura izquierda de sus labios. Recuerda que sólo podía mirar aquel minúsculo borbotón púrpura mientras proseguía su búsqueda. Recuerda que una vez terminada su tarea, sin haber encontrado otra cosa que los lugares más lejanos de su cuerpo, inclinó la cabeza hacia el rostro muerto y lamió con su lengua aquella gota de sangre, la paladeó como si estuviera bebiendo su alma y aquel día no le importó haber fracasado en su búsqueda. Volvió a casa sintiéndose henchido, completo, y nada más le importó durante mucho tiempo.)
Es curioso, piensa mientras sigue hacia la feria, casi ninguna se ha defendido. Y muchas pudieron haberlo hecho. Al principio él era tan torpe… Sin embargo, muy pocas intentaron escapar a su suerte, como si hubieran visto algo en sus ojos que hiciera inevitable su destino de presa. Sí, piensa, hay gacelas demasiado débiles o enfermas para huir del león, pero también hay algunas, muy pocas, que desean ser atrapadas por él, que desean morir en sus fauces, sentir que la vida huye mientras las poderosas mandíbulas se clavan en su cuello y sus huesos se quiebran como una rama sema. Sí, hay gacelas que desean ser cazadas y él ha tenido la suerte (o el instinto) de encontrarlas.
No siempre. Lo recuerda bien, Ha experimentado asombro tan pocas veces que le resulta difícil olvidarlo. Cómo pudo equivocarse tanto, como pudo pensar que estaba ante una presa, cómo pudo no darse cuenta… Ah, aquel súbito reconocimiento en los ojos de ella, la misma mirada, el mismo brillo. El león había encontrado una leona disfrazada de gacela y ahora ella abandonaba la impostura y se le mostraba tal y como era. Al principio pareció que nada ocurriría, como si con el reconocimiento hubiera llegado un acuerdo: yo respeto tu territorio y tú el mío. Luego, él había comprendido que eso era imposible: gacela o leona, ella podía llevar el Grial dentro de su cuerpo y esa sola posibilidad le impedía dejarla con vida. Fue difícil. Ella luchaba bien y él era aún muy inexperto, pero al final se había impuesto. Luego, de nuevo la decepción y por un instante (tan breve que apenas recuerda lo que experimentó) el arrepentimiento. Si la hubiera dejado vivir, sin inmiscuirse ninguno en el territorio del otro, salvo quizá algunas veces para encontrarse en terreno neutral e intercambiar experiencias… Algunas noches, cuando la soledad que se dibuja en el helado y lejano rostro de la luna es demasiado insoportable se pregunta cómo habría sido su vida entonces.
Pero normalmente no tiene tiempo para eso. Cuando no está inmerso en su caza, en su búsqueda, la vida no es más que una fugaz sucesión de días desvaídos poblados de colores apenas perceptibles y sonidos torpes, salvo ese momento único al atardecer en que se interna en el extraño cilindro hueco de hormigón y contempla el mar inacabable mientras anochece. Y cuando caza, la misma naturaleza de su búsqueda hace que le resulte imposible pensar en nada más.
Llega al fin a la feria, cruza el río que desemboca en la playa y deambula indiferente entre la masa sudorosa y vociferante que llena el parque. Sabe hacia dónde debe ir y se encamina hacia allí con precisión. Ella lo espera, por supuesto, cómo podría ser de otra manera. Y la máscara que es su rostro ensaya una sonrisa al verlo.
Él no se deja engañar por la alegría, no se deja engañar por el súbito palpitar de su propio pulso en las venas. Las emociones, lo sabe muy bien, traicionan y lo único importante es su Grial, encerrado tal vez dentro del cuerpo de la mujer que ahora se le acerca y lo besa.
Él devuelve el beso y comenta algo sobre su aspecto, cualquier trivialidad que hace que su sonrisa cobre una nitidez repentina. El resto de la noche lo pasan recorriendo la feria, deteniéndose ante los puestos de libros (y sonríe al ver esas portadas tétricas en las que asesinos en colores primarios acechan a sus víctimas), comiendo algo en alguna de las carpas, asistiendo quizá a un concierto o una mesa redonda, probando suerte en la tómbola o el tiro al blanco. Él hace todas esas cosas de forma automática, sin preocuparse mucho: lo ha ensayado tanto que hasta el último de sus gestos es natural, fluido, y ella no nota nada, salvo a veces una súbita alteración en los ademanes tranquilos de ese hombre impertérrito que puebla sus sueños y sus días desde hace casi una semana. Pero cree que no es más que la excitación por estar a su lado, por tener sus labios en su boca o su mano apretando esa cintura trémula. Y en cierto modo tiene razón, porque a veces él no puede evitar la emoción, pero no ante esa máscara de carne, ante ese autómata biológico (y, sí, deseable) que camina a su lado, sino por el tesoro oculto que quizá guarde en su interior.
(Y recuerda el momento más precioso de todos, cuando la muerte y el sexo se fundieron en un abrazo que pareció durar para siempre. No necesita esforzarse para sentirse de nuevo rodeado por sus piernas, navegando entre sus muslos, buscando con manos y lengua aquellos pezones pequeños y densos, saboreando los huecos más recónditos de su cuello, hurgando con ternura en su vientre. Y en el mismo instante, con una sincronicidad que no hubiera encontrado de haberla buscado premeditadamente, se derramó dentro de ella mientras su estilete abría un surco en su piel y era ella la que derramaba su sangre y su vida sobre él. Y durante un tiempo interminable sintió el más dulce de los drenajes y se revolcó como un animal en celo entre la sangre que ella le ofrecía. Pasó mucho rato antes de que logrará tranquilizarse y encontrara su centro en mitad de aquella orgía de amor -¿hacia quién? no lo sabía y no importaba- y muerte y pudiera proseguir su búsqueda.)
Y por fin suben a la noria y ella se acurruca junto a él, buscando un refugio que encontrará para siempre en la muerte, unos minutos después. La noria da una, dos vueltas, y luego se detiene y él contempla maravillado la ciudad que se extiende a sus pies. Desde allí, ajeno al ruido y las luces chillonas que pueblan la feria, casi puede sentir que la ciudad es suya, que en cierto modo ella es su Grial y no lo que ha estado buscando todos estos años en el cuerpo de las mujeres.
Luego, el momento pasa, la noria sigue su camino y ambos descienden de la barquilla. Ella está excitada y se le acerca más a cada momento y él (que encuentra ese contacto agradable, pero de una forma distante) permite que lo haga e incluso la anima. Deja que una sonrisa asome a su rostro y señala casi como sin querer un lugar vacío entre dos casetas, al fondo del recinto, donde el parque termina y comienza el oscuro descampado que sube hacia el monte. Ella, creyendo interpretar correctamente sus intenciones, asiente y ambos se encaminan hacia allí.
Pronto están solos, rodeados por el silencio y una oscuridad tan sólo interrumpida por las lejanas luces de la feria y la sonrisa distante y socarrona de la luna. Se tienden en la yerba y él permite, por primera vez en toda la noche, que su cuerpo tome las riendas, que sus manos hagan lo que sus hormonas desean y acaricien el cuerpo de la mujer, que su pene se convierta en algo duro y cálido bajo sus pantalones, que su lengua sea un dardo suave sobre los pezones de la mujer. Pero ni siquiera en ese momento pierde el control, incluso cuando permite que sus gónadas piensen por él, un retazo distante de consciencia lo contempla todo con frialdad y espera a que llegue el momento para volver a tomar las riendas.
Y el momento llega. Ella está tan excitada que apenas percibe nada que no sea él, el cuerpo de él, el olor de él que de pronto se ha vuelto insoportablemente intenso y delicioso. Así que su mano se desliza por su pierna, alza la pernera del pantalón y desenvaina el estilete que lanza un destello de plata a la luna distante justo antes de trazar un arco carmesí entre las dos orejas de la mujer.
Con el tiempo ha aprendido y se aparta antes de que el borbotón de sangre pueda alcanzarlo. Ve la sorpresa en los ojos de ella, la incomprensión que la asalta mientras muere y luego ya no tiene tiempo para ver nada más, porque sólo está su tarea, su búsqueda cuyo final presiente tan cercano.
Concentrado en apartar la piel, en diseccionar las vísceras, en cavar un cálido pozo de muerte en el vientre de la mujer no es consciente de nada que no sea su trabajo, ni siquiera de su propia erección, de su orgasmo, del flujo repentino del semen que convierte en una sopa espesa sus calzoncillos. Sólo puede pensar en su búsqueda a medida que aparta capa tras capa de tejido, hace a un lado las tripas, abre por fin su estómago.
Y lo ve, allí, al fondo, oscuro y erizado de pinchos, no mayor que una pelota de tenis de mesa. Apenas se atreve a pensar, a desear, a imaginar tan siquiera que pueda ser su Grial. Sólo puede seguir sajando, agrandando la entrada y al fin coger aquello con manos temblorosas y alzarlo a la luz de la luna, hacerlo girar entre sus dedos y contemplar aquella estructura inverosímil que había dentro del cuerpo de la mujer.
Pero enseguida comprende que no, que no es su Grial. Nunca ha visto nada como eso, pero ha leído sobre ello, sabe lo que es: un bezoar, en realidad una masa apelmazada de pelos y comida a medio digerir a la que los jugos digestivos han ido dando esa forma delicada e incomprensible. Experimenta de nuevo la decepción y alza el rostro crispado de rabia hacia una luna que parece reírse de él más que nunca.
Luego, lo comprende. No, no ha encontrado su Grial. Es posible que no lo encuentre jamás. Pero ha dado con un símbolo, con una promesa. Al igual que la luna no es su enemigo, sino el avatar visible de él, el bezoar es un símbolo de su Grial, un signo de que está en el camino correcto, de que, aunque no lo encuentre jamás, su Grial existe.
Rebusca entre el bolso de su víctima hasta dar con un pañuelo con el que limpia el bezoar. Luego, envuelto en el mismo pañuelo, se lo guarda en el bolsillo y da media vuelta, regresando hacia la feria, indiferente al cadáver que deja a sus espaldas, a la luna que parece haber enmudecido de repente, a las luces cada vez más cercanas.
Se incorpora de nuevo a ese mundo de robots de carne y sangre, de marionetas felices y, mientras vuelve a casa, se pregunta cuál de ellas ocultará dentro de ella su Grial. Quizá esa pelirroja que se ha vuelto de un modo fugaz al pasar él, o tal vez la rubia bajita que le pidió perdón con una sonrisa después de haberlo pisado, o puede que la morena de ojos rasgados que parece presentir algo extraño en sus ademanes y aparta la vista con demasiada rapidez. Aunque es muy posible que no sea en ninguna de ellas, que sea alguien que está todavía por llegar, que a lo mejor no llega nunca.
No importa. Su Grial existe. Tiene la prueba en el bolsillo de su pantalón. Aunque nunca lo encuentre sabe que existe y ahora tiene un nuevo motivo para seguir buscando. A sus espaldas, las luces de la feria se van convirtiendo en una tentación distante y otra vez el mundo es un lugar apenas perceptible poblado de sonidos tenues y colores sin fuerza. Las emociones de la caza, de la búsqueda, se diluyen en un sopor lánguido mientras llega a su casa, se detiene en el portal y echa una última mirada a la lejana luna en el cielo. Y por primera vez cree percibir en ese rostro indiferente un atisbo de preocupación. Así que sonríe y entra en su casa.
© 2008, Rodolfo Martínez
Aquí, allí, en todas partes
Miércoles, Abril 2nd, 2008 Pertenece a En carne y hueso, Para leer | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Dios, los mormones, House e Instanton
- El mismo día, hace tres años: Extrange Aparatus
… but to love her is to meet her everywhere
—Lennon & McCartney—
Vuelves el rostro y en ese momento los dígitos del reloj marcan el minuto cero, un minuto que sabes que no volverás a ver. No quieres girar de nuevo la cabeza, no quieres enfrentarte a sus ojos ansiosos, pero sabes que no podrás evitarlo, así que alzas la vista y allí está sobre ti, mirándote con una llama fría que parece estar consumiéndole.
—Sí —dice. Y es la misma voz que no creíste volver a escuchar jamás, la misma voz que escuchaste por última vez hace siete años—. Sí —repite, y cada afirmación te suena como una letanía, como un conjuro contra su propio miedo.
Alguien gorgotea a lo lejos, y entonces recuerdas el cuerpo de tu marido en el salón, recuerdas la forma retorcida en que su hombro y parte de la cabeza asomaban más allá de la puerta, recuerdas el charco sobre el que descansaba su cuerpo, de un rojo tan intenso que casi parecía negro. Algo te sube desde la boca del estómago, y en un espasmo tu boca suelta el sollozo que no has podido contener.
Él continúa sobre ti, comprobando la firmeza de tus ligaduras, recorriendo con sus ojos ardientemente fríos cada centímetro de tu cuerpo, afirmando una y otra vez en una especie de rezo mágico que carece de sentido.
Un minuto. Al volver la cabeza de nuevo te das cuenta de que ya ha pasado todo un minuto, que has desperdiciado un minuto entero en detalles irrelevantes.
—¿Por qué? —consigues preguntar, y te sorprende que tu voz suene tan entera, que no se perciba en ella nada del terror que ha convertido tu estómago en una bola pesada y minúscula que amenaza con hacer trizas tu columna vertebral.
Y él sonríe ante la pregunta y abandona su letanía de “síes” dirigidos a sí mismo. Sonríe y su mano recorre tu labio superior, arranca de él una gota de sudor y lo paladea con delicia.
—Hueles a ti —dice—. Eso ha sido siempre lo más difícil de encontrar. Tu olor. He visto tu nariz docenas de veces, el matiz de tu pelo rubio lo he presentido en centenares de esquinas, incluso he encontrado a menudo el tono exacto de azul que brilla en tus ojos. Pero tu olor… Tan elusivo, tan… Y aquí está: el preciso aroma de tu miedo. —Aspira con fuerza por la nariz, cerrando los ojos, como si no quisiera que nada le distrajera de algo tan trivial—. Sí, nítido y claro, con ese toque ácido, denso. ¿Tienes idea de lo difícil que ha sido?
No, claro que no. De lo único de lo que tienes idea es de que tu marido ha muerto o agoniza en el salón, que tus propios minutos de vida están contados y que ese asesino de mirada helada y ardiente que insiste en aspirar tu olor una y otra vez y te tiene atada a la cama fue una vez el hombre al que amaste.
Lo único que sabes con certeza es que hasta esta tarde tu vida se había ido desarrollando por derroteros tranquilos y apacibles, sin sorpresas pero también sin sobresaltos, que las pocas veces que pensabas en ello podías considerarte casi feliz y que él no era más que una sombra borrosa que ocasionalmente cobraba nitidez con una punzada de dolor y deseo solo para diluirse casi enseguida en la oscuridad de tu memoria.
Lo único en lo que puedes pensar es en el modo metódico, calculado y preciso en que rebanó el cuello de tu marido no hace ni cinco minutos, en el brillo de su estilete iniciando su arco mortal justo bajo su oreja y muriendo en la nuez, en el gorgoteo de incomprensión, en el borbotón densísimo que se escapó de la herida, en las palabras que ya no pudo articular nunca más y que murieron para siempre justo al borde de su boca mientras se desplomaba sobre la alfombra con un ruido sordo que, pensaste, era imposible que fuera causado por un cuerpo vivo.
Y te quedaste allí, de pie, incapaz de creer lo que acababa de ocurrir, incapaz de comprender por qué ese desconocido al que acababas de abrirle la puerta había hecho trizas tu ilusión de felicidad, incapaz de asimilar la llama en su mirada, el estilete en su mano, la sonrisa desigual en su rostro, incapaz de ver quién era, que era él, que había vuelto y que había dejado de ser una sombra perdida en el laberinto de tu memoria para permanecer allí, nítido como una pesadilla, de pie en mitad del salón mientras tú, pobre estúpida, eras incapaz de dar media vuelta, echar a correr, gritar pidiendo ayuda.
—Creíste que no volverías a verme, ¿no es cierto? —dice él, como si te hubiera leído el pensamiento—.Creíste que te habías librado de mí para siempre, ¿verdad?
¿Lo creíste? ¿No había días en los que deseabas que las cosas hubieran sido distintas, en los que te sorprendías echándole de menos en el momento mismo de despertar, en los que hubieras dado algo porque estuviera allí?
—No debería extrañarme, al fin y al cabo. Siempre ocurre igual. Nunca esperas verme. Nunca lo has esperado.
No lo comprendes. No tienes ni idea de lo que está diciendo. Claro que en realidad no tienes ni idea de nada de lo que está pasando. La única certidumbre es la de tu muerte. Una certidumbre que te asaltó por primera vez hace cinco minutos, cuando el te tomó con una garra delicada y seca y te arrastró hacia tu propio dormitorio sin que tu opusieras la menor resistencia. Te asaltó entonces y no te ha abandonado, no te abandonará hasta que deje de ser una certidumbre y se convierta en un hecho.
—¿Por qué lo haces? —dice él, mirándote casi con dolor—. ¿Por qué insistes una y otra vez en aparecer en mi vida y luego finges no saber que ibas a encontrarme? ¿Por qué?
No espera la respuesta que no puedes darle. Alza la mano con el estilete, el arma roba un destello a la lámpara y tú piensas que por fin, que ya está, que se ha acabado, que vas a morir sin comprender, pero al menos todo terminará de una vez.
Sólo que no es así. Cuando baja la mano no es para hundir la hoja en tu carne, sino para rasgar tus ropas y poner al descubierto tu piel temblorosa. Oyes cómo corta el elástico de tus bragas, cómo te libera del sujetador con dos tajos precisos. Y luego, una vez desnuda, más indefensa que nunca ante él, ves como se queda completamente inmóvil, con los ojos abiertos como platos, incapaz casi de respirar.
—No… es… posible —dice, y es como si cada palabra le hubiera costado hasta su última reserva de fuerza—. Ya cuando te vi esta mañana fue increíble, pero esto… Apenas podía creer mi suerte. Normalmente no soy exigente, ¿comprendes? —Lo que comprendes es que de algún modo tu sentencia ha sido aplazada unos minutos mientras él encuentra la calma suficiente para hablar y que quizá, sólo quizá, vas a saber lo que ocurre antes de morir—. Tu aspecto general es suficiente: tus andares, tu estatura, tu pelo y un cierto parecido en el rostro me bastan. ¿Bastarme? Son suficientes para volverme loco, para no dejarme descansar, para obligarme una vez más a dejarlo todo y correr tras de ti. A veces apareces con tu propia nariz y entonces es magnífico: cómo explicártelo, esa enorme nariz que tú siempre consideraste fea y que sin embargo era la clave de tu belleza. Y a veces, a veces te me presentas casi completa. Pero hoy… Cuando te vi esta mañana fue como si el tiempo no hubiera transcurrido, como si todas las demás no hubierais existido: eras tan tú, tan tú misma.
Se baja de la cama, casi salta de ella, y se lleva las manos a la cabeza. No puedes evitar seguirle con la mirada y, pese a todo, está a punto de escapársete la sonrisa al ver la expresión en su rostro, ese gesto de sorpresa casi infantil que hace siglos, en otra vida, hacía que te dieran ganas de comértelo a besos.
—Debí imaginármelo. Al comprender que olías como tú tenía que haberlo supuesto, pero incluso entonces no me atreví a esperar que estuvieras tan completa, que fueras tú misma en todos y cada uno de tus detalles, que al fin hubieras cristalizado en tu yo definitivo.
Se gira y te contempla, y comprendes que está mirando tu cuerpo, examinándolo, comparándolo poro a poro con la imagen de ti que guarda en su memoria. Recorre con la mirada las piernas demasiado delgadas para tu constitución, la mata encrespada de oscuro pelo que oculta tu coño, tu vientre tembloroso con el pequeño cráter del ombligo y el minúsculo lunar justo a su lado (y durante una eternidad él parece incapaz de apartar la vista del lunar), tus pechos, ahora desparramados sobre ti, con los pezones convertidos en dos piedras pequeñas y duras a causa del miedo y del frío, tu cuello, la línea de tus hombros, tu mentón puntiagudo, tus labios delgados, lo abrupto de tus pómulos, el trazo firme de tu nariz, tus ojos que de tan azules parecen siempre al borde del llanto, colmados de miedo ahora.
—Apenas lo puedo creer —dice, ya más tranquilo, mientras vuelve a subir a la cama y comienza a desnudarse después de dejar a un lado el estilete—. Apenas puedo creerlo, de veras.
Termina de desnudarse y se alza frente a ti, y puedes ver con tus propios ojos lo que estos siete años han hecho con su cuerpo, la forma en que la grasa y el tiempo han ido ocultando a ese hombre delgado que una vez amaste. Su pene aún es tal y como lo recuerdas, pequeño (del tamaño justo para tu boca, decía él, y nunca le llevaste la contraria), y empieza a erguirse con rapidez a medida que sus manos comienzan a recorrer tu piel, a medida que las yemas de sus dedos, casi con temor, van trazando caminos absurdos sobre ti.
—Al principio… Al principio, qué expresión más estúpida. Pero sí, al principio fue liberador, ¿por qué no? Me había librado de ti. No sé lo que recuerdas, ni siquiera sé si recuerdas algo, aunque lo más probable es que ya ni sepas quién soy. —¿Algo? ¿algo? El pensamiento te llena de rabia y casi consigue ahogar al miedo. ¿Algo? ¿Cómo se atreve? Lo recuerdas todo, recuerdas perfectamente cada una de las noches de llanto después de que te dejara, lo mucho que te costó rehacer tu vida, el hecho ineludible de que incluso cuando ya le habías olvidado no dejabas de pensar en él—. Y luego, cuando comprendí mi error, cuando salí a la calle a buscarte ya no estabas. ¡Ya no estabas, maldita sea!
Sus manos se detienen en tus muslos, y aunque vacilan al principio enseguida recuerdan el camino a casa y sientes sus dedos hurgando tiernos en tu entrepierna. Intentas evitarlo, y aunque el pensamiento de la muerte no se va de tu cabeza, aunque los ojos vidriosos de tu marido no desaparecen de tu memoria, notas que fracasas, que pese a todo él aún te conoce bien y sabe la forma de producirte placer, sabe cómo conseguir que algo se agite en la parte más baja de tu espina dorsal, la boca se te seque, los pezones se te conviertan en dos puntas de flecha y tus piernas deseen abrazar sus caderas.
—Sí —dice de nuevo. Otra vez es una letanía, pero ya no para alejar nada, el conjuro ahora no pretende evitar, sino convocar—. Sí —repite—. Sí —dice una tercera vez, y entonces notas como su pene se desliza entre tus muslos, lentamente, con facilidad, navegando como si la ensenada de tu coño le hubiera pertenecido siempre, como si siempre fuera a pertenecerle.
—Comprendo que al principio quisieras vengarte de mí —dice sin dejar de moverse. Tú recuerdas ese ritmo pausado, y no puedes evitar responder a él—. Pero, ¿de esa manera? ¿Era necesaria tanta crueldad? –Y el final de su pregunta queda colgado justo en el borde, igual que su glande parece colgado para siempre justo al borde, como si ya no fuera a entrar más. Y pese a ti misma tu cuerpo se mueve, exigiendo, pidiendo, suplicando que le den lo que él al fin accede a darte—. ¿De veras era necesaria? —pregunta de nuevo—. No, yo creo que no, ¿sabes? No es justo, ¿comprendes? No es justo. A cada lado que mirase, a cada paso que daba, con cada promesa que rompía tu estabas allí, exactamente igual que en aquella absurda canción. No podía librarme de ti, me tenías rodeado, asediabas mi vida a retazos: tu forma de andar en una mujer, tu pelo en otra, tu mirada en una tercera, tu voz al borde del llanto en otra más. No era justo, no era justo, no era justo. —Y con cada nuevo “no era justo” acelera su ritmo dentro de ti, acerca su cabeza a tu cuerpo, su lengua asoma en su boca, paladea tus pezones y sus dientes sobre ellos son el más delicioso de los dolores—. No era justo, no era justo, no era justo —dice, murmura, gruñe incluso cuando saborea tu carne, cuando muerde tu piel, cuando paladea tu sudor—, no era justo, no era justo, no era justo —sigue diciendo cada vez más rápido, a la vez que el ritmo de su cuerpo se incrementa y tú misma sientes que todo tu cuerpo se pone rígido, que algo en lo más hondo de ti se contrae, que estás a punto de gritar de puro placer, y aunque te muerdes la boca para evitarlo no puedes hacer nada contra la llegada repentina del orgasmo, de la más dulce de las muertes, teñida de miedo y de horror, y maravillosa como nada que hayas experimentado antes.
Él se detiene. Su respiración es un jadeo satisfecho que, poco a poco, se va tranquilizando. Su cabeza descansa en tu pecho, su pene se va volviendo flácido entre tus piernas y sus manos se agarran a tus caderas como si temieran caer.
Al fin alza la cabeza y te mira. Sonríe, y aunque intentas convencerte a ti misma de que es la sonrisa que recuerdas, no puedes evitar la llama fría de sus ojos.
—Tenía que hacer lo que hice —dice, en un susurro—. Tenía que apagar todo rastro de ti, borrar la pista de tu aroma, ocultar las huellas de tus ojos, enterrar para siempre toda marca de tu cuerpo, de tus ademanes, de tu sonrisa, de tu voz. Siete años acechando, temiendo y esperando encontrarte en cada desconocida que se cruzaba en mi camino. Y luego siguiéndote, eliminando tu rastro, borrando tus huellas, ocultando tus pistas. Haciéndote desaparecer del mundo para que dejaras de estar a mi alrededor, para no sentir más tu presencia, para dejar de desearte cada vez que te encarnabas en otras mujeres.
Suelta el aire con fuerza. Y a medida que el placer se apaga el miedo se enseñorea de tu cuerpo de nuevo. Con el miedo viene la comprensión, y eso lo hace aún peor. Porque si has sido tú quien ha creado ese psicópata enloquecido que mata cuanto se te parezca, ese monstruo que se acaba de derramar dentro de ti y en breves instantes va a acabar con tu vida, eso es terrible. Pero si tú no lo has creado, si él siempre ha sido así y se limitó a tomar el control de su vida cuando te dejó y no consiguió olvidarte, es peor aún. Porque entonces ¿a quién amaste hace siete años, a quién has estado a punto de amar hace un momento?
—Y ahora es el instante definitivo —dice, obligándote a volver a la realidad de repente—. Tu maleficio va a dejar de tener poder sobre mí, porque has cometido el error de aparecer completa. En lo más hondo de mí sabía que lo que hacía no tendría éxito mientras te empeñaras en rodearme oculta en otros rasgos, mientras me obligaras a desentrañar las madejas de otros cuerpos en tu busca. Pero has cometido el error de encarnarte completa y de nada servirá la maldición que me lanzaste, porque hoy por fin estoy a punto de borrarte del todo, de tapar para siempre todas tus huellas en el mundo.
Ves su mano dirigirse hacia el estilete, y pese a ti misma tu cabeza gira para encontrar el reloj. El minuto 58 se convierte en el 59 en el momento mismo en que su brazo baja, en el que sientes que tu vientre se abre como una cremallera tensa y tus entrañas se desparraman sobre ti como si siempre hubieran deseado la libertad.
Casi no te da tiempo a sentir dolor, porque su mano vuelve a bajar y abre un nuevo camino para tu sangre justo bajo tu mentón; y lo que sientes ahora es una intensa sensación de drenaje, y notas que bajas peldaño a peldaño la escalera de la muerte para siempre. Y con cada paso la terrible comprensión de que él no sabe quién eres realmente te va llenando de horror. Lo miras una última vez y tas cuenta de que no te ve, de que no te ha visto en todo el día, que para él no eres más que otro de los fantasmas de ti misma que llenaban su vida, sólo que esta vez más completo, esta vez definitivo. Apenas tienes tiempo de paladear la ironía, de gorgotear una negación que no llega a salir de tu boca mientras él se viste, se limpia y abandona la habitación, sortea el cuerpo inmóvil de tu marido y cierra la puerta a sus espaldas. Mientras mueres, mientras ese minuto cero que ya no verás no termina de llegar, lo imaginas saliendo a la calle, satisfecho de sí mismo, liberado e ignorante de a quién ha destruido realmente, y comprendes que no puedes permitirlo. Así que rechinas los dientes, buscas tus últimas fuerzas en medio del pantano lánguido por el que chapoteas tu agonía y consigues lanzar tu maldición. No hace siete años sino ahora, pero eso no importa, piensas mientras terminas de morir y el minuto cero no llega aún. No hace siete años, pero para siempre, piensas. Te imaginas a ti misma como si la vida que ya casi no tienes dependiera de ello e intentas verte como él te veía cuando te amaba (¿te amaba?) y por primera y última vez consigues encontrarte hermosa. Concentras esa imagen en un último grito que ya no podrás soltar y la dejas irse convertida en una maldición que le perseguirá para siempre, que le ha estado persiguiendo desde siempre y no le ha dejado descansar tranquilo durante todos estos años, que no le dejará descansar tranquilo durante el resto de su vida.
El reloj marca el minuto cero que ya no ves.
Publicado originalmente en Gigamesh nº 34 (julio de 2003).
Recogido posteriormente en Laberinto de espejos (Berenice, 2006).
© 2003, Rodolfo Martínez
No mires a los ojos de la gente
Lunes, Marzo 3rd, 2008 Pertenece a En carne y hueso, Para leer | 6 comentarios »Corre.
Escapa.
Aparta la vista.
El mundo está repleto de enemigos.
Cada palabra es una conspiración.
Cada mirada, un disparo.
Cada roce, una advertencia.
Multitudes con ojos de vidrio
intentan dirigir tus pisadas.
Y tus huellas se tuercen tras tus pies.
Esquirlas de reproches
vuelan en bandadas asimétricas.
Y tus dedos son de pronto atalayas indefensas.
El silencio
es un arma que se usa contra ti.
Y alambradas de piel erizada de fintas
evisceran tus palabras.
Aparta la vista.
Escapa.
Finge.
© 2006, Rodolfo Martínez
Marcado tres veces
Miércoles, Enero 23rd, 2008 Pertenece a En carne y hueso, Para leer | Sin comentar »En este oficio, tener a un chiflado por cliente es inevitable, tarde o temprano. Normalmente te los sacas de encima con facilidad. Pero a veces te encuentras con un chiflado que no te discute la minuta, está dispuesto a adelantarte todo el dinero necesites y te ofrece una generosa prima si encuentras lo que ha pedido. A ésos es más difícil darles con la puerta en las narices. En realidad, es precisamente a ésos a los que no quieres darles con la puerta en las narices.
A lo largo de mi carrera profesional me han pedido que busque las cosas más raras. Desde la dentadura de oro del abuelo fusilado en la Guerra Civil al cromo de un jugador de fútbol que el cliente había atesorado de niño y que perdió en la adolescencia. En cierto modo, podríamos decir que me he especializado en encontrar cosas raras; que, de hecho, he construido alrededor de ello mi reputación profesional y es lo que hace que tenga una cartera de clientes escasa pero jugosa: tipos excéntricos y con una economía más que saneada a los que no les importa pagar lo que sea necesario con tal de conseguir el caprichito de su corazón.
Así que, en realidad, aunque en el cristal biselado de mi puerta sigue poniendo «Detective privado» y como tal aparezco en las páginas amarillas, hace tiempo que me he convertido en otra cosa. No sé muy bien cómo llamarme: un «conseguidor», tal vez. Un amigo un poco pedante y algo pretencioso me llamó una vez «arqueólogo de sueños»; y reconozco que la descripción no me disgusta.
El tipo que entró aquella tarde en mi oficina no parecía especialmente excéntrico. No más que otros clientes. Algo nervioso, es cierto, lleno de extraños tics y ademanes crispados y con la manía de lanzar cada poco miradas huidizas a su espalda, como si temiera que alguien lo estuviera siguiendo. Como he dicho, nada especialmente raro; al menos en mi campo de experiencia.
—Quiero que encuentre al Anticristo —me dijo nada más entrar por la puerta, sin esperar a estrecharme la mano tan siquiera—. ¿Acepta el encargo o no?
Vale, iba directo al grano. Estaba como una cabra, pero iba directo al grano.
—Digamos que no lo rechazo —respondí, para ganar tiempo y ver de qué pie cojeaba el tipo aquél—. Pero comprenderá que, sin más detalles, no puedo prometerle nada.
Pareció aliviado, y sus siguientes palabras me explicaron por qué:
—Es usted el octavo detective al que acudo. Todos me echaron de su despacho sin atender a explicaciones. Y algunos no fueron precisamente amables.
Reprimí una sonrisa.
—Verá, señor…
—Rodríguez.
—Verá, señor Rodríguez, encontrar cosas extrañas es precisamente a lo que me dedico. Le aseguro que su petición no es más… sorprendente que otras de las que me he hecho cargo. Por otro lado, comprendo la reacción de mis colegas.
Seguía siendo un amasijo de tics y miradas de reojo, igual que cuando había entrado por la puerta, pero ahora parecía más cómodo que unos minutos atrás.
—Gracias a Dios —dijo en un susurro. Alzó la vista y me miró con desconfianza—. Habla en serio, ¿verdad? No me está dando cuerda para luego mandarme a paseo.
Negué con la cabeza.
—Nunca rechazo un caso sin haberme enterado antes de los pormenores —le dije, tratando de sonar lo más profesional y tranquilo posible—. Si, una vez oídos estos, me parece que lo que usted quiere es factible, por difícil que sea, acepto el caso. Siempre que —enarqué una ceja— esté usted de acuerdo con mis honorarios.
Hizo un gesto con la mano, como si apartase algo molesto.
—El dinero no es problema —dijo—. No es ningún problema. Ojalá lo fuera. Si sólo se tratase de dinero… En realidad, el trabajo que le voy a proponer es muy sencillo; al menos eso espero. Sé dónde está y sé quién es. Lo único que tiene que hacer usted es hablar con él.
Sonreí.
—Créame, me encantará aceptar su dinero a cambio de nada. Pero, ¿no le sería más fácil ir usted mismo a verle? Y más barato, desde luego.
Negó con la cabeza y un espasmo sacudió su hombro.
—No. Ése es precisamente el asunto. Yo no puedo. Lo he intentado. Lo he intentado no sé cuántas… —Su voz se quebró de repente—. No puedo. Por más que trato de llegar a él, consigue eludirme. No sé cómo…
Se mordió el labio y bajó la vista. Vi que sus manos se habían convertido en dos puños y, por primera vez, me pregunté si aquel cliente no sería demasiado excéntrico hasta para mí.
—¿Por qué no me cuenta los detalles? —dije, pese a todo—. Quizá así comprenda mejor la naturaleza de su encargo.
Me di cuenta de que tomaba aire, y lo hacía como si le costase esfuerzo. Al fin alzó la vista y volvió a mirarme.
—De acuerdo. Le contaré la historia. Sí. Luego, usted decidirá.
* * *
Media hora más tarde no sabía qué pensar. La opción más lógica era llamar al manicomio más cercano y preguntarles si se les había escapado algún interno. Porque Rodríguez estaba mal, muy mal. Su mente no era otra cosa que un hervidero de conspiraciones y paranoias mal ensambladas que, desde luego, no tenían nada que ver con la realidad.
Su historia no era muy larga de contar. Al menos tenía eso a su favor. Era un cúmulo de despropósitos, pero por lo menos era corta:
Un par de meses atrás, y en compañía de varios amigos, Rodríguez había pasado un fin de semana en la casa que uno de éstos tenía en un pequeño pueblo en las montañas, allá por la zona de Beleño. Era un caserón rural no muy grande, pero cómodo y bien restaurado.
No sé muy bien a qué se dedicaron esos días. Un poco de todo, supongo. En determinado momento, estaban echando unas manitas de poker y Rodríguez, mientras recogía sus cartas, vio que la caja de la baraja tenía un número en una de las esquinas. El número era el 666. Sí, ese mismo, el número de la bestia y todas esas cosas que escribió San Juan en el Apocalipsis después de atizarse una buena tortilla de setas.
En realidad se dio cuenta enseguida de que estaba viendo la caja al revés y que el número era en realidad el 999. Rodríguez no recordaba si se trataba de un número de serie del fabricante o del tipo de baraja o qué, pero era algo bastante prosaico, en cualquier caso. Le llamó la atención el asunto, lo dejó pasar con una sonrisa, siguió jugando al poker con sus amigos y no volvió a pensar en ello.
Parece ser que luego le tocó fregar los platos. Supongo que perdería en la partida o era su turno, qué más da. Decidió empezar por lo más grande, así que echó mano de la sartén y soltó sobre ella tres chorritos de detergente. Pft. Pft. Pft. El resultado fue que, justo en medio de la sartén y formando, según Rodríguez, un perfecto triángulo equilátero, aparecieron tres seises dibujados con mistol.
Coño, qué mal rollo, pensó, todavía tomándose la cosa a broma. Cogió la esponja y borró aquello. De nuevo, según dijo, lo aceptó como una coincidencia, siguió fregando y no volvió a darle más vueltas.
Pero, a medida que pasaba el tiempo, Rodríguez empezó a encontrarse el 666 en todas partes: en los dibujos aleatorios que la ceniza hacía en los ceniceros, en los cercos de agua que los vasos dejaban en la mesa, en las volutas de humo de los cigarrillos, en las huellas de pies que había en el barro a la entrada de la casa…
Al principio había intentado tomárselo a risa. Una casualidad. Eso era todo. Luego, había empezado a sospechar que se trataba de alguna especie de broma pesada que le habían preparado sus amigos. Pero al final ninguna interpretación racional podía explicar aquel alarmante cúmulo de seiscientosesentayseises que aparecían por todas partes.
La culminación llegó cuando ya se iban y Rodríguez estaba al borde del colapso nervioso. Sobre la puerta principal, atornillado a una viga de madera, estaba el cuadro eléctrico. Mientras cogía su chaqueta, Rodríguez le echó un vistazo (a aquellas alturas había pasado de tratar de no mirar a su alrededor a dirigir la vista a todas partes en busca de nuevos 666) y se encontró con un nombre y una cifra.
El nombre era el de Germán Cuevas Olmedo, instalador eléctrico. Y la cifra, la de su número de instalador. Que era, por supuesto, el 666.
De algún modo Rodríguez se las apañó para no volverse loco (o eso decía él), mantuvo la calma y decidió que había llegado el momento de ir hasta el final. Tomó nota de todos los datos del instalador que venían en la caja del cuadro eléctrico y determinó que lo buscaría, daría con él y obtendría la confirmación de lo que ya era más que una sospecha: que aquel tipo no era otro que el Anticristo.
—Todo encaja, ¿no lo ve? —me dijo—. Seguro que es algo inconsciente, que él mismo no se da cuenta, pero va dejando signos de su paso por donde quiera que va. Es como si la naturaleza se rebelase ante su presencia y fuera dejando pistas para que los demás sigamos su rastro y seamos conscientes de su existencia.
No recuerdo qué respondí a eso. Seguramente algún gruñido poco comprometedor y un gesto para que siguiese hablando. Lo hizo, claro. A aquellas alturas, nadie podría haber impedido que terminara su historia.
En realidad, quedaba poco por contar. Tenía datos más que suficientes para encontrar a aquel hombre (aquella criatura, decía Rodríguez), así que no le costó mucho dar con su domicilio o su número de teléfono. Sin embargo, por más que lo intentó, nunca consiguió acercarse a él, verlo, hablarle. De algún modo, cada vez que intentaba llegar a su casa, sucedía siempre algo: un atasco, una procesión, un acontecimiento deportivo, una manifestación, un accidente, su coche fallaba, la policía le multaba, alguien le llamaba por teléfono con algo urgente del trabajo… De un modo u otro, algo lo desviaba siempre de su camino y le impedía llegar.
—Creo que, de alguna manera, él siente mi presencia. Quizá mi obsesión por él me ha marcado y he entrado en alguna especie de… no sé… un campo defensivo. Pero lo cierto es que no puedo llegar hasta él.
No soy psicólogo, pero no hacía falta serlo para ver que lo que Rodríguez me contaba era casi de libro de texto: su mente se inventaba una conspiración que no existía y, al mismo tiempo, ponía a su paso obstáculos insalvables que le impedían desenmascararla. Típico. Casi de película de Hollywood, vamos.
—Quizá yo tenga los mismos problemas —le dije.
Meneó la cabeza.
—No. No lo creo. Usted no se encuentra emocionalmente implicado. Para usted esto no es otra cosa que un encargo, un trabajo. Así que no activará sus defensas. —Loco sí, pero tonto no, pensé. Tenía cubiertas todas las alternativas—. Al menos… al menos eso espero. Sí, porque si no…
Y bien, ésa era la historia. Claramente, el fruto de una mente perturbada. Es cierto que Rodríguez necesitaba ayuda profesional, sin duda, pero no la que yo podía ofrecerle.
Sin embargo, me dije, lo único que perdía si aceptaba su caso era un poco de tiempo; y ni siquiera se podía decir que lo fuese a perder: me iban a pagar por ello. Lo que me había pedido no era ni complicado ni ilegal, como mucho un poco embarazoso: ir a cierta dirección, hablar con determinada persona, hacerle algunas preguntas y arriesgarme al ridículo. Volver a casa, entregar mi informe y cobrar. Fin del asunto.
—De acuerdo —dije—. Acepto su caso. Vuelva dentro de tres días y le diré cómo ha ido todo… y, de paso, le daré la factura.
No pareció aliviado por mis palabras, pero buena parte de sus tics desaparecieron.
Por mi parte, saqué del cajón de mi escritorio el formulario para el contrato y se lo tendí. Lo firmó sin siquiera mirarlo y se fue del despacho. No me estrechó la mano al irse. Y creo que agradecí que no lo hiciera. No soy supersticioso, ni creía que la locura de Rodríguez fuera contagiosa, pero mejor no tentar al destino.
* * *
Bien, me dije, un par de horas de viaje y unas preguntas sin sentido a un instalador eléctrico que, desde luego, no tenía ni idea de lo que se le venía encima. A lo más que me arriesgaba era a ser expulsado de malos modos de su casa. Dinero fácil, en cualquier caso.
Cierto, no tendrían que haber sido más allá de un par de horas de viaje. Sin embargo, en cuanto salí de la ciudad al día siguiente, fue como si el mundo entero se hubiera confabulado contra mí: un atasco considerable hasta que por fin pude tomar la autopista y luego, ya en ésta, un accidente que me tuvo parado media hora, hasta que la grúa por fin retiró los vehículos accidentados. Seguí casi sin problemas (aunque el tráfico era demasiado denso para la hora y el lugar) hasta que me acerqué a las montañas. Primero, una lluvia ligera pero persistente; después, una tormenta considerable; y, cuando parecía que el cielo iba a despejarse, empezó a granizar con fuerza.
Pese a todo, conseguí llegar sin problemas a la ciudad donde vivía Germán Cuevas Olmedo, instalador eléctrico número 666 del Principado, aunque para entonces ya era casi noche cerrada.
Vale, me dije. Espera al día siguiente y pasa esta noche en un hotel. Así lo hice.
* * *
A la mañana siguiente (soleada, aunque fría), desayuné, pagué el hotel, y subí de nuevo a mi coche. No me costó encontrar el barrio que buscaba. Ni tampoco dar con la calle o el número. Sorprendentemente, hasta pude aparcar sin problemas. Comprobé con la vista las ventanas y vi que en la que debía de ser la suya había gente. Perfecto.
Sin embargo, no las tenía todas conmigo mientras echaba a andar hacia el portal. Sé que suena absurdo, pero de algún modo una sensación extraña, incómoda, me acompañaba desde la noche anterior. Y no podía por menos de recordar el cúmulo de casualidades que habían convertido un tranquilo viaje de un par de horas en un trayecto más bien accidentado que me había tomado la mayor parte del día. Justo como le había pasado a Rodríguez, o al menos como me había dicho que le había pasado cada vez que había intentado dar con Cuevas.
Estás destemplado y nervioso, me dije. El viaje no fue precisamente relajado, la cama del hotel no era muy cómoda, y el desayuno no ha sido ninguna maravilla. Así que simplemente estás destemplado, eso es todo.
Llegué al portal número seis, busqué en la botonera el sexto piso y mi dedo avanzó hacia la letra F. Sin embargo, no lo pulsé. Dos pensamientos contradictorios corrían por mi cabeza y no podía librarme de ellos.
Por un lado, ¿estaba seguro de lo que iba a hacer? Iba a molestar un tipo que no había hecho nada simplemente porque un chiflado se había obsesionado con él. ¿Tenía derecho a inmiscuirme en su vida de esa forma?
Y al mismo tiempo no podía evitar la idea de que no todo era trigo limpio en el tal Cuevas. Demonios, pase que su número de instalador no era más que una coincidencia desafortunada. Pero vivía en el número seis, en el sexto piso y, si la cuenta de la vieja no me fallaba, la F era la sexta letra del alfabeto. ¿Otra casualidad? ¿O quizá el tipo estaba jugando a algún juego extraño y, pese a todo, había algún atisbo de verdad en las paranoias de Rodríguez? Por supuesto que Cuevas no era el Anticristo, eso estaba fuera de la cuestión, pero quizá… ¿Quizá qué?
En cualquier caso, el asunto no era ése. El asunto era que había aceptado un trabajo y que tenía una obligación con mi cliente. No importaba que fuera un desequilibrado: habíamos firmado un contrato.
Así que finalmente pulsé el timbre. Me contestaron al cabo de unos segundos:
—¿Sí?
—¿Germán Cuevas?
—Soy yo.
—¿Podría hablar con usted un momento?
Hubo unos instantes de vacilación.
—No quiero ningún seguro, ni ninguna enciclopedia.
Sonreí.
—No estoy aquí para eso. Tampoco soy Testigo de Jehová —añadí.
Otra vez unos segundos de espera.
—Suba.
Así lo hice. Me abrió la puerta una mujer malencarada, encorvada y de mirada huidiza. ¿Su madre, su suegra? Desde luego no creía que fuera su mujer: por los datos que tenía, Cuevas no superaba los treinta y cinco, y aquella mujer estaba bien entrada en sus sesenta. ¿Quizá sesenta y seis, pensé con una sonrisa torcida?
Pasé al interior de un saloncito amueblado de forma espartana, con un enorme televisor en una de las paredes y varios altavoces estratégicamente situados por toda la habitación. Cuevas estaba sentado en un sillón y se levantó al verme.
—Usted no me conoce —dije, mientras le tendía la mano—. Y seguramente va encontrar ridículo el motivo de mi visita. Así que intentaré que sea lo más breve posible.
Cuevas me estrechó la mano y me indicó con un ademán que me sentara.
—¿Quiere tomar algo, un café, un refresco? —me preguntó.
Negué con la cabeza. Miré a mi alrededor y vi un cenicero en la mesa de cristal que había frente a mí.
—No, gracias —dije—. ¿Le importa si fumo?
—Adelante.
Sentía la mirada de la mujer clavada en mi nuca. Traté de no darle importancia y encendí un cigarrillo. Cuevas, sin embargo, pareció consciente de mi incomodidad, porque alzó la vista y, en un tono tranquilo, imperturbable, pero con una sorprendente autoridad, dijo:
—Mamá. ¿Puedes dejarnos un momento?
Oí rezongar algo incomprensible a mis espaldas y, al cabo de unos segundos, noté que Cuevas se relajaba ostensiblemente.
—En fin, usted dirá para qué quería verme, señor…
—González. Álvaro González. —Eché una calada y dejé caer la ceniza en el cenicero—. En realidad, ahora que estoy aquí no sé muy bien por dónde empezar.
Sonrió. Era una sonrisa cálida, directa, pero en sus ojos brillaba algo oscuro y sutilmente amenazador.
—Quizá por el principio —dijo.
Me encogí de hombros. Venga, me dije. Acabemos con esto de una vez y volvamos a casa.
—En realidad, creo que será mejor que vaya directamente al grano. Perdóneme si le resulto grosero o inconveniente, o incluso si mi pregunta le parece absurda o ridícula. Pero… —dudé unos instantes, yo mismo no podía creerme la tontería que estaba a punto de soltar— ¿es usted el Anticristo?
No hubo asombro, ni enfado, ni siquiera una sonrisa o una carcajada histérica. Ni el menor signo de perplejidad asomó a su rostro perfectamente rasurado. Durante unos segundos interminables permaneció inmóvil. Luego, encendió un cigarrillo y lo fumó con parsimonia, disfrutando cada calada, como si fuera la primera vez en mucho tiempo que se permitía algo así.
—¿Qué espera que le responda? —dijo al fin.
Sí, cierto, me dije. Buena pregunta. Volví a encogerme de hombros.
—No lo sé —respondí—. Supongo que esperaba que se riera, o me llamara chiflado, o me echase de su casa.
Asintió.
—Sí, esa habría sido la reacción más lógica.
El silencio cayó entre los dos de un modo casi físico, palpable, como si de pronto el aire hubiera cristalizado a nuestro alrededor y todo se hubiera vuelto insoportablemente pesado. Apagué el cigarrillo en el cenicero, y ese gesto tan trivial me costó un esfuerzo casi insoportable. Al volver a recostarme en el sofá me di cuenta de que había algo raro en el cenicero, en la forma en que la ceniza se había desparramado por él trazando un grupo de tres figuras que… No. Tonterías.
En aquel momento, un ruido de pasos a mis espaldas rompió el encantamiento. La sensación de opresión desapareció de mi pecho y, al volverme, vi que la madre de Cuevas volvía a entrar en la sala, llevando una bandeja con café y unas galletas. Lancé una sonrisa en su dirección, pero ella no me miraba: tenía la vista clavada en su hijo y me di cuenta entonces de lo negrísimos que eran sus ojos.
—Gracias mamá —dijo Cuevas—. ¿Quiere un café, señor González?
Creo que asentí, pese a mi negativa anterior a su ofrecimiento. En realidad, no estoy muy seguro. Aquella mujer me provocaba una sensación siniestra, amenazante. Y, si lo pensaba un poco, su hijo no me resultaba demasiado tranquilizador. Había algo en él, en sus ademanes, como si en cierto modo todo cuanto hiciese fuera parte de una representación en mi beneficio. No quiero decir que me pareciera falso o insincero, pero al mismo tiempo…
La madre de Cuevas sirvió el café en las dos tazas y luego me tendió una a mí. La tomé con un mudo gesto de agradecimiento y traté de concentrarme en revolver el brebaje, en no pensar en nada. Me sentía como un muelle demasiado tenso, como el parche de un tambor a punto de romperse. No contribuyó mucho a tranquilizarme el hecho de que la mujer, al servirle el café a su hijo, susurrase:
—Mátalo.
O al menos eso fue lo que creí oír. Porque Cuevas, impertérrito, cogió la taza que su madre le tendía y revolvió el café como si su madre no hubiera dicho nada.
—Gracias mamá —dijo otra vez—. Ahora, por favor…
Ella le miró unos segundos, totalmente inmóvil, pero al final, apartó la vista y rezongando de nuevo algo incomprensible, nos dejó solos.
—Lo lamento —dijo Cuevas—. Me temo que mi madre no se encuentra bien del todo. Y a veces dice cosas un poco inconvenientes.
Inconvenientes, claro. «Mátalo» es una cosa bastante inconveniente que decir. Sin embargo, me las apañé para responderle:
—No pasa nada, lo comprendo.
Él hizo un gesto extraño con la cabeza, como si no creyera mis palabras. Yo me bebí el café casi frío de un solo trago, posé la taza en la mesa (y traté de no mirar el cenicero en el proceso) y dije:
—En fin, será mejor que me vaya. Creo que ya le he molestado bastante.
No me importa confesar que tenía miedo. No sabía exactamente qué estaba pasando allí, pero fuera lo que fuera cada vez me gustaba menos, a cada minuto que pasaba me sentía más amenazado. Por supuesto, me decía, no había nada sobrenatural en todo aquello; el solo pensamiento era absurdo. Pero no podía quitarme de la cabeza la idea de que Cuevas estaba metido en algo turbio y que cuanto más tiempo pasase en aquella casa, más peligro corría. Con el tiempo he ido aprendiendo a confiar en mis instintos, y éstos me han salvado de un apuro en más de una ocasión.
—Pero aún no he respondido a su pregunta —dijo Cuevas.
—No creo que sea necesario —dije—. Quiero decir, ¿qué respuesta podría darme? Está claro que es una pregunta absurda.
—Sólo si la respuesta es negativa.
¿Qué podía decir a eso? Nada, evidentemente. Así que permanecí en silencio.
—Es curioso —dijo Cuevas—. Usted no ha venido aquí por sí mismo. Alguien le ha enviado. —Pareció estar discutiendo algo consigo mismo. Al fin llegó a una decisión y asintió solemnemente—. Sí, no hay ninguna implicación personal en lo que está haciendo. Sólo trabajo. Por eso ha llegado tan lejos.
Aquel tipo estaba repitiendo, casi palabra por palabra, lo mismo que Rodríguez había dicho en mi despacho. Creo que lo vi claro en ese momento: Rodríguez y Cuevas estaban de acuerdo, eran parte de alguna absurda trama en la que me habían involucrado. Estaba siendo víctima de una cara y estúpida broma pesada. Y sin embargo, ¿para qué, con qué propósito?
—¿Es usted policía? —preguntó Cuevas, sacándome de mis pensamientos.
Negué con la cabeza. De acuerdo, me dije, sigámosle el juego.
—Detective privado.
—Comprendo. Y su cliente es alguien que… me ha percibido, ¿no es eso? Ha intentado llegar hasta mí y no ha podido. Así que le ha contratado a usted para ello.
Cada una de sus palabras confirmaba mis sospechas. Ignoraba los motivos (y, en realidad, creo que no quería conocerlos) pero para mí empezaba a estar muy claro que Cuevas y Rodríguez se habían puesto de acuerdo para embarcarme en aquella ridícula historia. Era la única explicación racional posible.
Podía hacer dos cosas, seguir jugando o irme de allí. Por primera vez en mucho tiempo, no hice caso de lo que me pedían las tripas y, en lugar de largarme, pregunté:
—¿Me está diciendo que es usted realmente el Anticristo?
Se encogió de hombros.
—Es una interpretación. No necesariamente la correcta, aunque sin duda sí la más extendida.
Discurso impecable. Información cero. Ni admisión ni negación. El tipo era bueno en lo suyo, desde luego.
—Pero usted lo ve de otro modo —dije, tratando de darle cuerda y ver adónde me llevaba todo aquello.
—Sí, es una forma de decirlo. —Dudó unos instantes y me miró con un interés lejano, casi abstraído; como un científico que contempla una nueva clase de insecto y no está muy seguro de cómo clasificarla—. ¿De verdad quiere que se lo explique? —preguntó, al cabo de un rato.
Buena pregunta.
—Estoy aquí para eso —dije.
Volvió a vacilar unos instantes.
—Me pregunto si lo que acaba de decir es verdad. Tengo la impresión de que usted mismo no sabe para qué está aquí.
Demonios, ya estaba bien. Vale, me había dejado meter en aquella extraña trama y estaba dispuesto a seguir la farsa hasta el final. Pero ya era más que suficiente. Sin duda aquel tipo tenía algo, eso era innegable; había algo en sus ademanes de… hipnotizador, algo peligroso y lleno de autoridad. De acuerdo. Y estaba claro sabía jugar muy bien su juego, pero no iba a dejar que me siguiera enredando.
—Escuche. Estoy aquí porque un cliente me ha encargado que lo vea y le haga una pregunta. Desde luego, mi cliente está como una cabra, pero he aceptado su dinero y eso me compromete a cumplir su encargo. Ya lo he hecho. Usted me ha respondido. No creo que tengamos nada más de qué hablar.
No pareció haber oído mis palabras.
—No debe tener ningún miedo —dijo—. No voy a hacerle daño.
Esas palabras me hicieron desear no haber dejado mi arma en la caja fuerte de mi despacho.
—No sabe cómo me tranquiliza oír eso —dije, tratando de sonar divertido.
Sonrió.
—Venga —dijo, incorporándose en el sillón—, salgamos un momento.
Echó a andar hacia un extremo de la habitación, donde ésta se abría a una pequeña terraza. Tras unos instantes de vacilación, y pese a que todo el cuerpo me pedía lo contrario, le seguí.
—Hoy hace un buen día. Un poco fresco, pero agradable —dijo, mientras se apoyaba en la barandilla e inspiraba profundamente—. ¿Sabía usted que cuando compré este piso esta calle ni siquiera se llamaba igual?
El brusco cambio de tema me pilló por sorpresa. No supe qué decir.
—En realidad, era parte de otra calle, y este portal tenía el número 88, no el 6. Hace dos años decidieron dividir la calle a partir del número ochenta y dos, y me encontré viviendo en el portal seis.
—Ya.
—Y este piso era el quinto, hasta que la comunidad de vecinos decidió que el entresuelo carecía de sentido y a partir de entonces sería el primero.
No me miraba mientras hablaba, y yo casi lo agradecí. No sabía muy bien qué responder a todo aquello. Sin embargo, algo dentro de mí encontró el valor suficiente y dijo, en un tono casi mordaz que me tomó a mí mismo por sorpresa:
—Y ahora va a decirme que antes ésta era la puerta E y que alguien puso un piso nuevo en medio.
Se volvió y me miró. Y por primera vez vi diversión asomar a sus ojos.
No —dijo–. Ésta siempre ha sido la puerta F. ¿Me creerá si le digo que nunca me paré a pensar que la F era la sexta letra del alfabeto? No me di cuenta, simplemente.
Me encogí de hombros.
—Sí, supongo que le creo —dije.
Ahora se recostaba de espaldas a la calle y me miraba con una cierta calidez. Como si se sintiera a gusto conmigo y como si eso no le pasara muy a menudo. Tuve la sensación de que le gustaba, de que le caía bien. Sin embargo, eso no contribuyó a tranquilizarme.
—Toda mi vida me han perseguido esas tres cifras. Estoy marcado por el seiscientos sesenta y seis, acosado por él, rodeado. Por supuesto, no será necesario que le diga que nací un seis de junio a las seis de la mañana. Y supongo que, como detective que es, habrá hecho sus investigaciones y habrá dado con mi número de instalador.
—En realidad fue su número de instalador lo que alertó a mi cliente.
Asintió.
—Ya veo. Sí, tiene sentido.
Atisbé una figura a través de la ventana y de las cortinas corridas a medias. Sí, claro, su madre, quién si no. Vigilándonos con el ceño fruncido, pero sin atreverse a hacer nada más. La tercera intérprete de aquella farsa. Porque tenía que ser una farsa, ¿qué otra cosa si no?
—Su madre lo sabe, supongo —dije.
—¿Saberlo? Si por ella fuera, habría caído sobre el mundo hace tiempo y habría cumplido el destino que, según dice, es mío desde mi nacimiento. En fin, ya sabe, todas esas tonterías: convertirme en rey del mundo, intentar impedir la segunda venida de Cristo, todo eso. Seguro que conoce el tema, aunque sea a través de las películas.
Asentí.
—La verdad, la idea no me resulta nada apetecible. Incluso diría que sólo pensar en ello hace que me canse. Ridículo: ¿qué voy a hacer con el mundo, una vez que lo tenga? ¿Alquilarlo, ponerlo en venta, redecorarlo? ¿Para qué lo quiero, de qué me sirve? No. Me gusta hacer lo que hago y vivir como vivo. No tengo el menor deseo de acumular poder o andar por ahí matando recién nacidos, algo que seguro que es muy cansado, por no mencionar que bastante sucio. Si Cristo quiere volver al mundo, que vuelva y se deje matar otra vez, como lo hizo la anterior: seguro que encuentra más de un voluntario. Pero que sean otros, no yo. —Se encogió de hombros—. No es asunto mío, al fin y al cabo.
No dije nada. Una vez más, no sabía cómo podía responder a sus palabras. Tras la ventana, su madre seguía observándonos, fingiendo que limpiaba el salón o recogía algo.
—No tiene ni idea de lo que es estar toda tu vida rodeado por esos tres números, surgiendo a tu paso por donde quiera que vas, tratando de meterse dentro de ti, de hacer que encajes en un molde, de ajustarte a la profecía que un judío loco hizo hace dos mil años y que me condena a tenerlo todo para perderlo después. No, gracias. Paso. Si quieren provocar el fin del mundo, que lo hagan, pero no va a ser a mi costa. No soy la marioneta de nadie. —Tomó aire y fue como si le costara trabajo—. Llevar una vida normal me ha costado más de lo que usted puede creer, señor González. No sé imagina lo difícil que es escapar de lo que el universo entero ha decidido para ti. Pero me las he apañado; de algún modo he encontrado un hueco en el que encajo, por mí mismo y no por lo que otros decidieron para mí. Y haré lo que sea para conservarlo. Es cierto que de vez en cuando no puedo evitar que el maldito número aparezca, aunque me paso el día entero luchando contra él. La mayoría de las veces tengo éxito. No siempre, por desgracia.
Bajó la cabeza y vi que fruncía el ceño.
—Lo siento por su cliente. El… no sé cómo llamarlo. El mecanismo que me protege de visitantes molestos es algo automático; yo no lo controlo. Me temo que, en tanto siga obsesionado por mí, continuará viendo huellas de mi presencia por todas partes. Y al mismo tiempo no podrá encontrarme nunca. No puedo hacer nada para remediar eso. Diría que lo lamento, pero en realidad no es así: prefiero que personas como su cliente no me encuentren. Es mejor para todos. Sobre todo para mí..
Se apartó de la barandilla y echó a andar hacia el interior de la casa. Lo seguí. Su madre nos vio entrar y desapareció de nuestra vista.
—En fin, señor González. Le confieso que ha sido un placer poder hablar de esto con alguien. No es algo que pueda hacer muy a menudo, se lo aseguro. Usted no cree nada de cuanto he dicho, todavía no, pero precisamente por eso me ha sido más fácil contárselo. Dígame, ¿ha decidido ya qué le va a decir a su cliente?
Me encogí de hombros. Lo cierto es que no tenía ni idea. De hecho, en aquellos momentos ni siquiera estaba muy seguro de qué podía contarme a mí mismo de todo aquello, como tomarme aquella absurda conversación que estábamos manteniendo.
—No lo sé —dije al fin—. Supongo que le explicaré lo que he visto y oído. Es para lo que me pagó, al fin y al cabo.
Asintió y me tendió la mano. Se la estreché.
—Buenos días, señor González. Espero que a partir de ahora su vida no se vuelva demasiado complicada.
Sin una palabra más, me acompañó a la puerta y esperó en ella hasta que hube subido al ascensor. Lo último que vi de él mientras las puertas se cerraban fue su rostro serio y tranquilo, con un brillo distante en sus ojos oscuros y una sonrisa esbozada a medias, casi triste, casi maliciosa.
* * *
En el coche, mientras me fumaba un cigarrillo, seguía sin saber qué pensar. Bueno, en realidad, sí que lo sabía; sabía lo que se suponía que debía pasar por mi cabeza: que había ido a dar con un grupo de chiflados, con una secta de locos que creían cosas absurdas y que estaban intentando enredarme en una trama ridícula y fantástica. Nada de lo que me había contado Cuevas podía ser verdad: el mundo no es el lugar desquiciado que él había intentado dibujarme. No quiero decir que el mundo no esté desquiciado, desde luego, pero sin duda no lo está de ese modo.
No, no hay bandadas de 666 apareciendo de la nada a cada paso que da Cuevas, acechando el momento oportuno para hacérsele visibles a Rodríguez. No hay ningún número de la bestia que lo haya marcado en su nacimiento o un campo defensivo que impida acercarse a él a quienes le buscan. No va a haber una segunda venida, ni los cielos van a abrirse con la Gloria de Dios, ni la Tierra se verá sacudida con una guerra por nuestras almas. Y, desde luego, no existe el Anticristo. Y, carajo, si existiera, no sería un vulgar electricista que vive con una madre desquiciada en una ciudad de mala muerte.
De pronto, alguien dio unos golpes contra el cristal de la ventanilla del coche. Volví la cabeza: era un empleado del Ayuntamiento, de esos que comprueban los parquímetros y llaman a la policía para que pongan multas a los coches mal aparcados.
—Tiene que irse —me dijo.
Bajé el cristal de la ventanilla y entonces vi los tres seises que había en la pechera de su uniforme verde.
—Tiene que irse —repitió.
Antes de que pudiera responder, una moto pasó a nuestro lado, con el tubo de escape escupiendo de forma espasmódica. Lanzó tres borbotones humo negro al aire. Y, casi antes de que mi vista pudiese captarlo, las volutas se enroscaron formando un 666 casi perfecto.
—¿Me oye? ¿Se encuentra bien?
Moví la cabeza en lo que quizá fuera un asentimiento.
—Tiene que irse —dijo el tipo una tercera vez.
—Sí —conseguí responder—. Ya me voy.
Se fue y me quedé solo. Intenté no pensar en lo que acababa de ver. Accidentes. Casualidades. Cansancio. Parte de la conspiración. Una broma. Estúpida y de mal gusto, y sobre todo sin el menor sentido, pero una broma, qué otra cosa.
Música, me dije, necesito un poco de música para tranquilizarme. Encendí la radio del coche, pero lo único que salió de ella fue estática. Mierda, ya se ha vuelto a desconfigurar. Pulsé el botón de autobúsqueda y dejé que el maldito cacharro, que no me había dado más que problemas desde que comprara el coche, encontrase alguna emisora.
Finalmente lo hizo y un borbotón de música estridente llenó el interior del automóvil.
Intenté no mirar el aparato de radio, porque en aquel momento supe, con una precisión casi mortal, lo que iba a encontrar en el display al hacerlo. Pese a todo, mi cabeza se empeñó en llevarme la contraria y mis ojos, como si alguien los estuviera empujando, se clavaron en las tres cifras idénticas que indicaban la frecuencia donde se había detenido el dial.
Publicado originalmente en Paura 2 (Bibliópolis, 2005).
Recogido posteriormente en Laberinto de espejos (Berenice, 2006)
© 2005, Rodolfo Martínez
Sala de espera
Miércoles, Enero 9th, 2008 Pertenece a En carne y hueso, Para leer | Sin comentar »- El mismo día, hace dos años: Primer contacto
Un laberinto erizado de callejones sin salida.
Una mesa en la que nadie se apoya.
Un disco condenado al silencio.
Preguntas lanzadas contra nadie.
Respuestas que no quieres.
Un tren en una estación fantasma,
un barco sin pasajeros,
un esclavo sin dueño.
Una promesa que no se cumple
y nadie ha hecho.
Un regalo que no vas a desenvolver.
Una hoja en blanco sobre la que no puedes escribir.
© 2006, Rodolfo Martínez
Con dados cargados
Jueves, Enero 3rd, 2008 Pertenece a En carne y hueso, Para leer | 1 comentario »- El mismo día, hace un año: Drímar. Primera Parte: La Era del Solitario
Para Cris, Gorin y Lektu, cada uno de ellos sabe por qué
Compruebo una última vez el sistema de sonido: el micrófono oculto funciona a la perfección y en mi oído el auricular desgrana sin problemas todos esos sonidos que hacemos y de los que nunca somos conscientes: un carraspeo, un chasqueo de los labios, un murmullo apenas audible. Desde donde estoy puedo ver perfectamente al salvaje, sentado en una esquina del café esperando a que su infusión alcance la temperatura adecuada y mirando con indiferencia por la ventana. El agente llega a su lado y él no parece consciente de su presencia, así que el recién llegado carraspea ligeramente para llamar su atención. El salvaje vuelve la cabeza hacia el otro y alza la vista.
–Ah, ya veo –dice. No hay sorpresa en su rostro, solo cansancio–. Así que es usted, al fin. Síentese.
Hay una vacilación casi imperceptible, antes de que el agente tome asiento donde el otro le ha indicado.
–No hace falta que me suelte el rollo acostumbrado. A menos que se sienta obligado a ello, claro –dice el salvaje, mientras comprueba con las manos la temperatura de su café, asiente ligeramente y se lleva la taza a los labios.
Su interlocutor sonríe. Es una sonrisa dura: no va a dejarse ganar en este juego.
–¿Y cuál es ese “rollo acostumbrado”? –pregunta.
–Vaya. A lo difícil, ¿eh? De acuerdo –se aclara la garganta–. Veamos. “Soy un agente autorizado de la Agencia Transtemporal Panuniversal. Estoy aquí porque dentro de dos años usted inventará una máquina del tiempo. Eso trastocaría la Historia tal y como la conocemos. He venido a impedir que construya su máquina”. Más o menos. Seguro que he trabucado alguna palabra y hasta puede que haya simplificado el discurso. Pero en esencia es eso ¿verdad?
Durante tres segundos que para mí no parecen acabar nunca el agente es incapaz de moverse.
–Usted no es quien he venido a ver –dice al fin.
El otro asiente.
–Bingo. El premio gordo para el caballero. Ha tardado bastante menos que algunos de sus colegas. Y la próxima vez tardará menos aún.
–¿La próxima vez?
–Cuando nos volvamos a encontrar. Al menos desde su punto de vista. Desde el mío eso ocurrió la vez anterior que nos encontramos.
El agente asiente, y creo que empieza ser consciente de que se encuentra quizá ante el mayor desafío de su carrera. Su oponente no sólo es hábil y previsor: ya ha tenido contacto con él en un momento que para el agente aún no ha llegado y por tanto conoce sus métodos, su habilidades y, posiblemente, sus debilidades.
–Bien –dice–. Las cartas sobre la mesa, entonces –extiende los brazos, las palmas de las manos hacia arriba, en un gesto que conozco bien–. Nada de argucias, nada de excusas. Los dos sabemos a qué atenernos.
El salvaje sonríe con un solo lado de la boca y a sus ojos asoma un brillo de diversión.
–Claro. Sólo que ese truco ya lo usó una vez y no le sirvió de nada.
–Nunca nos hemos visto antes, ¿verdad? –dice el agente–. Todo esto no es más que un farol. Y muy bueno, debo añadir. De haber caído en él le habría dado una importante ventaja.
–¿Y no me la da? –pregunta el salvaje mientras posa su taza de café, vacía, sobre la mesa–. En estos momentos usted no sabe qué pensar. No sabe si nos hemos visto antes o no. Y de haberlo hecho, desconoce qué me pudo decir en ese momento, qué debilidades ocultas mostró en nuestro segundo encuentro. O en el primero. Esto es un poco confuso, a veces.
–No. Como muy bien dice, no tengo manera de saber si volveré a verle. Y si es así no sé qué le diré entonces. Así que es muy simple: no tendré en cuenta ese dato al tratar con usted.
El otro se encoge de hombros, vuelve la vista un instante y marca con el dedo algo del menú. Un cigarrillo autocontenido se materializa en su boca. Una inspiración, un chisporroteo y el extremo del pequeño cilindro blanco se convierte en una diminuta brasa. Se llena los pulmones, echa aire y la nube de humo muere a escasos centímetros de su boca. Desde donde estoy parece una extraña criatura mítica, rodeada de un aura de humo cuyos tentáculos se diluyen lentamente a medida que se alejan de él.
–Como quiera –dice–. Ahora podemos iniciar una batalla dialéctica que nos llevará horas o yo puedo explicarle por qué no va a conseguir detenerme nunca. Luego, usted se va, y asunto arreglado.
–Explique lo que quiera. Aunque no esperará que le tome en serio.
–No. Aún no, en todo caso.
El agente no responde, como si no hubiera oído su pulla.
–De acuerdo. Ahí están ustedes, la ATP, con sus flamantes maquinitas del tiempo cuánticas (perdón, sus vehículos de desplazamiento temporal interuniversal, quería decir) convencidos de que alguien les ha puesto a cargo de todo en todas partes y de que deben velar por el desarrollo correcto de los acontecimientos. Cuando un individuo no autorizado (¿un “salvaje” fue la expresión que usó la otra vez?) desarrolla su propia versión de la máquina del tiempo ustedes aparecen y se lo impiden de un modo u otro. En nuestro anterior encuentro no entró en detalles, pero se las arregló para hacerme saber que las cosas pueden llegar a ponerse desagradables para el pobre “salvaje” si este no acepta de buen grado destruir su invento y someterse a un borrado y reconstrucción de la memoria. Siempre tienen éxito porque, no importa lo que tarden, tienen todo el tiempo del mundo (de varios mundos, en realidad) para llevar a cabo su tarea. ¿Es un resumen fidedigno?
–Bastante satisfactorio.
–Bien. Y ahí es donde entro yo. Un geniecillo chiflado de veintidós años que ha desarrollado lo que para él son unas revolucionarias ecuaciones que describen el colapso de la función de onda de manera completamente inesperada y que, dentro de dos años, le permitirán construir su propia versión del aparato de ustedes. Una versión primitiva, por supuesto: capaz de moverse longitudinalmente a lo largo del tiempo pero no transversalmente entre otros universos. Sus estudios revelan que, si se me permite construir mi máquina, esta realidad se verá seriamente alterada, y los ecos de esas alteraciones podrían alcanzar otras zonas del panuniverso. Así que usted ha venido para darme a elegir entre no desarrollar jamás mi invento (y de paso olvidar que podría haber llegado a desarrollarlo) o incorporarme a la ATP. Todo un honor porque, según usted mismo me dijo, rara vez hacen la segunda oferta: normalmente no hay alternativas al olvido.
–Así es. –Nada en el tono de voz del agente lo traiciona, pero tiene que ser consciente de que las palabras del salvaje revelan como muy probable su segundo encuentro. O, si no fue con él, con otro agente de la ATP enviado a detenerle.
–Y usted se pregunta qué hago yo aquí. Por qué mi yo adecuado, el que tiene la edad correcta y pertenece a este momento del tiempo, no está sentado a esta mesa, tomándose un café e ignorante de lo que le espera en lugar de esta versión más vieja de mí mismo que me ha suplantado.
El agente asiente. Yo no puedo evitar una sonrisa, mientras asisto a esta conversación, fingiendo ocuparme de mi refresco. El salvaje habla con fluidez, sin confundirse ni en los pronombres ni en los tiempos verbales. Parece claro que ha tenido abundante experiencia en el viaje a través del tiempo.
–Ustedes afirman que tienen todo el tiempo del mundo. Pero yo también lo tengo. El yo que debería haber estado hablando con usted tiene veintidós años. Mi yo presente ronda los treinta. He pasado seis años (y seguramente pasaré unos cuantos más) buscándome a mí mismo en el pasado, encontrando el momento preciso en que ustedes darían con mi yo anterior y, de un modo u otro, evitando que estuviera en ese momento y en ese lugar. Y, a menudo, apañándomelas para que fuera yo, en lugar de yo, el que estuviera allí. ¿Me sigue?
–Sin ningún problema. Pero usted tiene que saber que no puede tener éxito. Tarde o temprano daremos con uno de sus yoes anteriores en un momento que usted no haya controlado.
El salvaje niega con la cabeza y vuelve a sonreír mientras arruga el autocig consumido y lo arroja al reciclador.
–Aún no lo ha entendido. Es lógico. Por mis cálculos diría que usted es el original, el primero de todos, el primer agente que la ATP envía a detenerme. Así que todo esto tiene que resultarle nuevo y hasta desconcertante. Verá, no hay ningún momento de mi pasado (de mi pasado anterior a la construcción de mi máquina, quiero decir) en el que ustedes puedan contactar conmigo por la sencilla razón de que yo no recuerdo que eso haya sucedido jamás.
Ahora es el turno del agente de sonreír, casi de pavonearse mientras le explica a su interlocutor la situación y le aclara el error que ha cometido: le cuenta que el tiempo es fluido y que si su presente encarnación no recuerda que hayan llegado a él en el pasado eso sólo quiere decir que aún no lo han hecho. Pero lo harán, sin duda, y entonces todos sus recuerdos cambiarán para amoldarse a la nueva realidad.
El salvaje le mira con sorpresa y ahora sé, más allá de toda duda, que es fingida.
–No es posible. Si ustedes contactasen conmigo en un momento en que yo no recuerdo que lo hayan hecho eso sólo crearía un nuevo universo, divergente de este a partir de ese instante. Pero el actual permanecería tal y como es.
–Eso parecería lógico, ¿verdad? Hasta sería bonito. Pero me temo que no es así. –La seguridad que escucho en la voz del agente me resulta insoportable–. Hay infinitas realidades, eso es cierto, y cada una difiere de la otra sólo en detalles minúsculos: pero lo que se hace en una realidad la cambia a esta, altera su historia, y no la de otras. Ocasionalmente esos cambios pueden tener ecos en realidades adyacentes, pero no siempre.
–Comprendo. Y según esa teoría que ustedes manejan, yo debería rendirme de una vez porque, no importa lo que tarden, ustedes acabarán teniendo éxito.
–Algo así. Usted es uno solo, nosotros muchos: podemos cubrir mucho más tiempo que usted.
El salvaje frunce la boca, pensativo.
–En realidad eso es una falacia, y usted lo sabe ¿no es cierto? Puedo cubrir exactamente tantos instantes como ustedes: simplemente, al ser yo uno solo tengo que desplazarme a más momentos de mi pasado, mientras que ustedes pueden repartírseme. –Encuentra graciosa la expresión y se ríe en silencio–. Pero el resultado es el mismo.
–De acuerdo –dice el agente–. Supongamos que es capaz de hacer lo que dice. Pero nada le garantiza que no vaya a cometer un fallo, que deje de cubrir un momento del que nosotros nos podamos aprovechar.
Hay un segundo de vacilación que podría ser incertidumbre. Termino mi refresco y pulso la combinación para otro, mientras me pregunto si no será el momento de intervenir. No, decido, aún no. El momento de hacerlo todavía no ha llegado, pero está cerca.
–Quizá no –dice el salvaje–. ¿Qué me propone?
–¿Recuerda nuestro ofrecimiento? Es usted un hombre hábil, rápido de reflejos, sabe pensar bien y controlar los imprevistos. Únase a nosotros: sería un excelente agente de campo.
–Ya veo. La oferta me halaga. Y la aceptaría si no fuera porque no acabo de ver qué autoridad tiene la ATP para hacer lo que hace.
–Eso es… ridículo.
–¿Ah, lo es? ¿Quién les ha puesto al mando? ¿Quién les ha dicho que pueden atar y desatar a su antojo? ¿Quién les ha autorizado a decidir cuál es la línea temporal adecuada en cada realidad? –Tanto el agente como yo hemos oído antes esas mismas preguntas, pero siempre en un tono apasionado, normalmente cargadas de rabia y frustración. Su voz impasible, en la que no es posible discernir sentimiento alguno más allá de un leve desprecio cansino, parece desconcertar a su interlocutor, como me desconcertó a mí la primera vez–. Lo cierto es que no son más que un puñado de burócratas atemorizados cuya única obsesión es el control.
–¿Qué nos queda, entonces?
–¿A ustedes? Seguir intentándolo aunque fracasen.
–Podríamos matarle.
–¿Aquí y ahora? Sin duda, pero eso no resolvería nada: ¿y si en este instante de mi vida yo ya he cubierto todos los posibles momentos de mi pasado? Antes le he mencionado mi edad, pero ¿era cierto lo que dije? Quizá ya he viajado al tiempo adecuado y he obtenido un cuerpo virtualmente inmortal y luego me he pasado varios miles de años ocupado apartándome a mí mismo de su camino. ¿Cómo saberlo?
Tiene razón. ¿Cómo?
–Además, y créame que lo siento, ustedes ya han fracasado.
Ya llegamos, pienso. El momento de hacer notar mi presencia y terminar con esta farsa está casi ahí, al alcance de mi mano. Un poco más, solo un poco más.
–Eso es…
–¿Ridículo? Aún no se ha dado cuenta. Lo hará pronto, estoy seguro, porque en nuestro segundo encuentro usted seguirá adelante por rutina, por deber, pero ya no habrá el menor convencimiento de que lo que esté haciendo sirva para algo.
–No farolee.
–No lo hago. Es más, hasta voy a explicárselo. Usted mismo me contó por qué yo no puedo evitar ganar y por qué ustedes ya han perdido.
–¿Cuándo? ¿En ese segundo encuentro que no estoy seguro de que vaya a tener lugar?
–No. Aquí mismo. Hace unos minutos. Cuando creía estar sacándome de mis errores de principiante. Lo que se cambia en una realidad la afecta a ella, ¿no es cierto?, no crea líneas temporales divergentes, sino que remodela esa parcela del panuniverso de forma que lo creado por el cambio haya estado siempre allí. Olvidemos por un momento los efectos colaterales en realidades adyacentes. Ahora piense en esa bonita teoría cuántica que ustedes usan para su ATP, recuerden la premisa de que el ojo del observador afecta al experimento. Luego permítame que le explique cómo es mi “primitiva” máquina del tiempo y en qué difiere de las suyas. Creo que será suficiente.
–Adelante.
–Mis ecuaciones, ecuaciones cuánticas, por cierto, describen y posibilitan un artefacto que colapsa la función de estado del universo. Mi máquina del tiempo.
–Su… –el agente no puede seguir hablando. Vuelve la vista hacia la ventana. Aunque no puedo ver su rostro, comprendo que las implicaciones de lo que el otro acaba de decir se van abriendo paso a través de su cabeza, y llenándola de un extraño y lánguido horror–. Eso es imposible.
–¿Por qué? ¿Acaso la propia mecánica cuántica no predice su propio fracaso, no, mejor, su inutilidad, cuando se enfrenta con una singularidad? En realidad puede considerar mi máquina del tiempo precisamente como algo así: una singularidad determinista en un universo probabilístico. De hecho, si me permite la pirueta verbal, diría que mi aparato es una singularidad determinista desnuda: el universo puede asomarse a ella y contemplarla, al contrario que con un agujero negro –sonríe, como asaltado por una idea repentina–. Si somos exactos, es mi singularidad la que se asoma al universo y lo obliga a contemplarla. A partir de ahí las consecuencias son obvias, ¿no cree?
Ya. Ahora es el momento. Si tengo que hacer algo, si debo cortar esto por algún lugar, salvar a la ATP del desastre, tiene que ser aquí, ahora. Me incorporo en mi asiento y echo a andar hacia la mesa. Alguien me sujeta por el brazo. Me vuelvo y le veo.
–No –me dice–. No puede.
¿Ha previsto incluso esto? Claro que, si tenía razón sobre su máquina, ¿cómo evitar no preverlo? Pese a todo intento desasirme, solo para encontrarme con que alguien me agarra del otro brazo. Miro a un lado y a otro: ambos me observan con una media sonrisa plantada en un lado de la boca, la misma media sonrisa del salvaje de la mesa. En sus manos hay un delgado tubo metálico.
–No lo intente. No queremos herirle. Deje que termine –me dicen, no sé cuál de ellos, quizá ambos a la vez.
Por un momento acaricio la idea de intentarlo, pese a todo, de forzarle a que me dispare y cambiar así los acontecimientos. Pero ¿lo haría realmente, o mi muerte tendría lugar con la suficiente discreción como para pasar desapercibida? Con una facilidad que me sorprende a mí mismo, me declaro derrotado, me llamo cobarde y permanezco inmóvil mientras frente a mí la conversación se arrastra hacia su final.
–Sí –dice el salvaje sentado a la mesa–. Mi máquina del tiempo no es un artefacto probabilístico, sino determinista: y ese determinismo no está oculto tras la capa protectora de un horizonte de sucesos. Eso convierte a cualquier universo en el que ella esté en un universo determinista. En ese universo, este mismo, no puede haber cambios en la realidad, esta está fijada y es única, en cierto modo, todo el universo se ha convertido en una singularidad, y al igual que la original está desnuda: el resto de los universos pueden contemplarla. Si yo no les recuerdo a ustedes en mi pasado es porque ustedes nunca estuvieron en él; si yo recuerdo haberme desplazado en el tiempo para apartar a mis versiones más jóvenes de su camino es porque eso ya ha ocurrido.
–No…
–Sí. Curioso. Me preguntaba qué sentiría al contárselo. Qué experimentaría al