Cuentos

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El agradecimiento de una dama

Rodolfo Martínez
El agradecimiento de una dama
Compa(ñ)ero Leonardo, Semana Negra de Gijón, Julio de 2004
Laberinto de espejos, Editorial Berenice, 2006

Uno está trabajando tranquilamente cuando de pronto lo llaman por teléfono y una voz conocida, con un claro acento mejicano, a mitad de camino entre la urgencia y la diversión le pide, para antes de cinco días, un texto sobre Leonardo da Vinci con destino al próximo proyecto de la Semana Negra de Gijón. Tengo total libertad para hacer lo que quiera, con tal de que ese “lo que quiera” esté entregado antes del fin de semana y gire alrededor de la figura del artista del Renacimiento italiano.

Como dirían Les Luthiers “¡Qué compromiso, qué compromiso!”. Porque, vamos a ver, ¿qué se yo sobre Leonardo da Vinci, más allá de que hacía diseños de máquinas que nunca llegaron a fabricarse, que era un extraordinario pintor y que hay un cuadro suyo sobre una señora que no se sabe muy bien de qué se sonríe colgado en un museo del París de la Francia?

Un caballero blanco, en forma de mierense incontrolable, acudió al rescate. Javier Cuevas me sugirió una idea para mi historia sobre Leonardo. Al principio no pasaba de un discreto chistecito que podía despertar la sonrisa o el cabreo del lector, dependiendo del ánimo de éste. Pero dándole vueltas, lo que no era más que un chiste, una anécdota trivial, terminó convirtiéndose casi en un relato criminal, negro, lo que teniendo en cuenta quién iba a publicar el libro, resultaba bastante adecuado.

Así nació “El agradecimiento de una dama”, un pasatiempo sin más trascendencia pero que, creo, cumple adecuadamente su función. Además de aparecer en el volumen miscelaneo Compa(ñ)ero Leonardo que editó la Semana Negra de Gijón en 2004, fue recogido en mi segunda antología de relatos, Laberinto de espejos.

Todo fluye

Rodolfo Martínez
Todo fluye
Parsifal 5, 1995
Semillas de tiempo 1, Bibliópolis Bolsillo, 2004.
Laberinto de espejos, Editorial Berenice, 2006

¿Qué haces cuando te despiertas con el recuerdo de tres retazos de sueño aparentemente inconexos pero sorprendentemente evocadores? Puedes olvidarte de ellos, por supuesto. O puedes intentar construir a su alrededor un armazón narrativo que los englobe y les de sentido.

A lo largo de mi carrera he hecho cosas parecidas más de una vez. La diferencia con “Todo fluye” es que normalmente se trataba de imágenes aisladas que luego me sugerían una historia. En este relato, sin embargo, se trató de tres momentos (un hombre despertando junto a una mujer embarazada alrededor de cuyo vientre había una faja con un brillo metálico, otro hombres entrando en una sala de estar rematada por un enorme ventanal tras el que se veía un bosque, y un reportaje televisivo sobre los restos de un helicóptero estrellado que, luego, aparecía milagrosamente recompuesto) que no guardaban ninguna relación aparente entre sí pero que de algún modo se empeñaban en permanecer en mi memoria una y otra vez.

La historia que construí alrededor de ellos es, sin duda, uno de mis cuentos más extraños, con un inconfundible aire “dickiano” que impregna todo el relato. Cuando empecé a escribirlo no tenía muy claro cómo ensamblaría aquellas tres piezas tan disímiles, pero de algún modo las cosas fueron encajando y el cuento acabó teniendo sentido.

Cuando llegó el momento de incluirlo en una de mis dos antologías, lo más lógico habría sido incorporarlo a Callejones sin salida, que es donde agrupé todos mis relatos de ciencia ficción. Sin embargo, de algún modo extraño, me pareció más apropiado para Laberinto de espejos, donde incluí los cuentos de fantasía, entre otras cosas.

Aquí, allí, en todas partes

Rodolfo Martínez
Aquí, allí, en todas partes
Gigamesh nº 34, Julio de 2003
Laberinto de espejos, Editorial Berenice, 2006

Alguna vez he comentado, medio en serio, medio en broma, que si soy una persona más o menos sana (mentalmente) es gracias a que la literatura me ha permitido exorcizar buena parte de mis obsesiones y momentos oscuros.

“Aquí, allí, en todas partes” es una prueba perfecta de ello. Su punto de partida fue una pequeña obsesión personal que no llegó a crecer y convertirse en preocupante gracias, entre otras cosas, a que pude explorarla, ampliarla y llevarla hasta sus últimas consecuencias en forma de relato.

Juanma Santiago lo publicó en la revista Gigamesh y, posteriormente, lo recogí en Laberinto de espejos, mi segunda antología de relatos.

Es uno de mis cuentos favoritos, no sólo por todo lo que tiene de autobiografía codificada, sino por la forma en que está narrado: todo desde los ojos de la víctima, en presente y en segunda persona del singular, es una suerte de ensayo general de un estilo que luego se convertiría en dominante en mi novela de ciencia ficción El sueño del rey rojo.

Atraviesa el desierto

Rodolfo Martínez
Atraviesa el desierto
Utopiae 2002, Libraire l’Atalante, 2002.
Asimov 6, Madrid, marzo 2004.
Callejones sin salida, Editorial Berenice, 2005
Dimension Espagne, Riviere Blanche, 2007

Hace ya unos cuantos años, escribí un relato con destino al concurso “Antonio Machado”, patrocinado por la Compañía de Ferrocarriles RENFE. Entre las bases del premio, una advertía que el cuento debía girar en torno a los trenes.

Escribí un relato basado puramente en las imágenes y en la fuerza, mayor o menor, que estas pudieran tener. Nada del otro jueves, en realidad: el último tren ultratecnológico recorriendo una y otra vez sin parar una tierra muerta y árida en la que no recoge, ni recogerá jamás, pasajero alguno. Aunque, como he dicho, la idea no era gran cosa, me gustaba la imagen de desolación y futilidad que conllevaba.

No ganó el concurso y languideció varios años en un cajón, hasta que los responsables de la antología Utopiae (por mediación de la encantadora y eficiente Sylvie Miller) se pusieron en contacto conmigo y solicitaron ese cuento, de entre los muchos que yo le había enviado a Sylvie en su día.

Así, una vez más, un hijo muerto resucitó ante mis ojos, aunque esta vez lo hizo de una forma extraña y hablando un lenguaje que no era con el que había nacido. Curioso, incluso a veces incómodo, pero fascinante.

Un par de años más tarde. Domingo Santos se interesaría por el relato y éste tendría, al fin, edición española en las páginas de la revista Asimov. Pasó, por supuesto, a mi antología Callejones sin salida. Y, al igual que “La carretera”, fue recogido en Dimension Espagne, la antología de ciencia ficción española que Sylvie Miller preparó para el mercado francés.

Con dados cargados

Rodolfo Martínez
Con dados cargados
-2001 Nº 6, setiembre/octubre 2002
Callejones sin salida, Editorial Berenice, 2005

Cierta tarde, en plena duermevela, empecé a darle vueltas a una idea sobre viajes en el tiempo: en principio no parecía gran cosa. Dos hombres hablaban sentados en una mesa: uno de ellos había construido una máquina del tiempo y el otro, que era el narrador, trataba de convencerlo para que la destruyera. Pero la idea siguió girando en mi cabeza y crecía con cada nuevo giro hasta que, finalmente, caí en garras de la siesta.

Al despertar escribí la primera versión de “Con dados cargados” prácticamente de una sentada. Se la envié con cierto y desmedido entusiasmo (era mi primer relato de ciencia ficción pura y dura en más de seis o siete años) a mis amigos Gorinkai y Juanma Barranquero. A ambos les gustó, pero había algo en la forma en que estaba narrado que no terminaba de convencerlos por completo. Repasando el relato me di cuenta de que tenían razón y lo rehice completamente; cambié el punto de vista narrativo e incorporé a la historia un tercer personaje, que era quien veía y contaba lo que ocurría. Finalmente, y con la ayuda de Cristóbal Pérez-Castejón, le di un retoque (no todo lo riguroso que a Cris le hubiera gustado, estoy seguro) a los aspectos técnicos y científicos de la historia.

Tras esto el relato estuvo listo para su publicación y poco después Luis García Prado lo aceptaba para su revista 2001, en cuyo número seis vería la luz y sería reeditado posteriormente en mi antología Callejones sin salida.

Es uno de mis cuentos favoritos; quizá en buena medida porque vino en un momento en el que casi había dejado de escribir relatos cortos. Y también, sin duda, porque se trata de ciencia ficción y además toca un tema que siempre me gustó como lector pero al que nunca me había enfrentado antes como escritor: los viajes en el tiempo.

La carretera

Rodolfo Martínez
La carretera
-Parsifal 2, 1993
-2001 Nº 1, noviembre 2001
-Galaxies 33, verano 2004.
Callejones sin salida, Editorial Berenice, 2005
Dimension Espagne, Riviere Blanche, 2007

Allá por 1989, y muy influido por la lectura de Pórtico, de Pohl, escribí un cuento sobre un hombre que recorría una carretera interminable en un planeta absurdo. El cuento sería publicado en el fanzine Parsifal de mi paisano y amigo José Luis Rendueles y, durante los años siguientes, sería recordado como uno de mis relatos de ciencia ficción más satisfactorios. De hecho, sería reeditado en el primer número de 2001, la revista que Luis G. Prado dirigió para Equipo Sirius durante algunos años.

La idea del planeta seguiría dando vueltas en mi cabeza y, algunos meses más tarde sería el embrión de mi novela corta “El alfabeto del carpintero” que, en realidad forma parte de un ciclo más amplio al que he dado el nombre de El carpintero y la lluvia, compuesto por tres historias (las tres ambientadas en mi universo de Drímar) que guardan cierta relación argumental, conceptual y de ambiente. Éstas serían “Un agujero por donde se cuela la lluvia”, “La carretera” y “El alfabeto del carpintero” y algún día espero encontrar editor para el libro que las recopile.

“Un agujero por dondese cuella la lluvia” y “El alfabeto del carpintero” son quizá mis narraciones de ciencia ficción más enloquecidas y, desde luego, las más influidas por la irracionalidad de Philip K. Dick. “La carretera” iba por otros derroteros, pese a compartir elementos de escenario y tema con las otras dos. Fue poco más que un experimento narrativo. Partiendo de una premisa sencilla (un hombre recorre una carretera sin final en un planeta desconocido) intenté ver adónd me llevaba y, de paso, codificar parte de mi propia vida en la historia. El resultado no fue del todo insatisfactorio y, aún hoy, más de dieciocho años después, el relato me sigue funcionando.

También ha sido mi segundo relato traducido al francés, bajo el título de “La route”. Una vez más, leerme en francés ha sido una experiencia ciertamente inquietante. Junto con “Il traverse le désert”  sería recopilado en la antología Dimension Espagne que Sylvie Miller preparó para la editorial Riviere Blanche.

Raven, jamais plus

Rodolfo Martínez
Raven, jamais plus
Galaxies, 22, otoño 2001.

A principios del año 2001 me ofrecieron la posibilidad de participar en un proyecto interesante: escribir un relato en colaboración con otros cuatro autores europeos de ciencia ficción. El británico Paul J. McAuley iniciaría la historia, que sería continuada por el alemán Andres Eschbach, el italiano Valerio Evangelisti, yo como autor español, y el francés Jean-Claude Dunyach, quien remataría la historia.

Evidentemente, no podía negarme a algo así: el reto era demasiado atractivo, por no hablar de la posibilidad de verme publicado en otro idioma.

El relato sería publicado por la revista francesa Galaxies en su número de otoño de 2001. Durante algún tiempo se barajó la idea de publicarlo en castellano y Gigamesh parecía interesado en el asunto; finalmente sería la edición española de la revista Asimov la que se haría con el relato aunque, desgraciadamente, cerraría antes de poder publicarlo.

En cualquier caso, lo cierto es que leerme a mí mismo en francés fue una experiencia, como poco, curiosa, por no mencionar el hecho de tener que escribir una historia que ya estaba iniciada cuando llegué a ella y dejarla en un punto donde otro autor la pudiera continuar. Es algo que no me importaría repetir algún día.

Intruso

Rodolfo Martínez
Intruso
BEM 72, enero 2000.
Laberinto de espejos, Berenice, 2006

“Intruso”es uno de mis relatos más personales. Aparentemente es un relato fantástico ambientado en una época de aspecto neolítico. En realidad poco tiene de fantástico en el sentido tradicional del término: todo lo que pasa en él puede ser explicado sin necesidad de acudir a lo sobrenatural. Pese a eso, para mí sí es un relato fantástico, uno donde intento explorar las raíces de la magia, y al arte de contar una historia como un tipo de magia, y de qué forma tan diferente vemos los hombres y las mujeres el mundo…

También intenté explorar una parte de mi historia personal que, por aquel entonces, allá por 1997, carecía de resolución y no parecía que fuera a tenerla en un plazo razonable.

De ahí que el cuento, como muchas otras historias, no tenga final en realidad.

La vida da muchas vueltas, ciertamente. Y, desde que escribí este cuento, mi situación personal ha variado de un modo considerable. La situación que describía en encontró una solución, pero como sucede a menudo, los finales de algo no son más que el principio de otra cosa que, cuando se acaba, inicia a su vez algo más.

Sí, tonterías, bien lo sé.

Pese a los años transcurridos, es un cuento con el que aún me resulta fácil identificarme y que, pese a todo, aún me convence. Me gusta su atmósfera y la historia sin final que narra. Y los sentimientos que expresaba esa versión mía de hace más de diez años siguen ahí; el tiempo ha ido pasando sobre ellos y, por tanto, alterándolos, pero no en su intensidad ni en su naturaleza básica.

Así que no es algo que, como sí que me ha pasado con otras cosas que he escrito, se haya ido volviendo ajeno con el tiempo. Para nada.

En territorio ajeno

Rodolfo Martínez
En territorio ajeno
Artifex 1, 2ª época, 1999.
Trama Negra 2, Octubre 1999.
Laberinto de espejos, Berenice, 2006

En la Semana Negra de 1997, Paco Taibo, su organizador, tuvo la idea de editar un libro con relatos de algunos de los autores invitados y que, más allá de alguna relación con Gijón, no tendrían ninguna limitación temática.

Habló conmigo y me pidió un relato para el libro. Después de un par de intentos fallidos rematé “En territorio ajeno”, la historia de un predador oculto entre la humanidad que encuentra algo inesperado durante una visita a la Semana Negra. Quedé bastante satisfecho del resultado, sobre todo teniendo en cuenta que no suelo funcionar bien bajo encargo: pese a todo me las apañé para escribir una historia lo suficientemente personal para sentirme identificado con ella.

Desgraciadamente, problemas económicos limitarían la extensión del libro, que quedaría reducido a la mitad, y mi relato sería uno de los que no llegaran a entrar en el proyecto.

Dado que lo aprovecho todo no creí que tuviera problemas para colocarlo en otro sitio y, en efecto, un año más tarde Luis García Prado se mostró interesado en el relato. Luis acababa de cerrar su interesante fanzine Artifex y tenía el proyecto, junto con Julián Díez, de reconvertirlo en una serie de libros semestrales que recopilaran buenos cuentos del género fantástico. “En territorio ajeno” apareció en el volumen uno de esta segunda época de Artifex, con fecha de portada de junio de 1999.

Como me viene pasando con muchos de mis cuentos, su carrera no terminaría ahí. Miguel Agustí lo publicaría en Trama Negra, el boletín de la Asociación Española de Escritores Policiacos y, con el tiempo, acabaría pasando a mi segundo libro de relatos, Laberinto de espejos.

“En territorio ajeno” está relacionado no sólo con otros relatos míos (como podrían ser “Tarot” y “Piensa lo que quieras”) sino con mis novelas Los sicarios del cielo y El abismo te devuelve la mirada. Aunque no se comenta en ningún momento, todos transcurren en la misma ciudad, una suerte de “versión mágica” de Gijón en la que he ido ambientando buenta parte de mis relatos de fantasía urbana en los últimos años. De hecho, existe una nueva novela con esa ciudad como escenario (inédita aún y con el título provisional de Fieramente humano) y en ella aparecen fugazmente algunos de los personajes de mis relatos breves, entre ellos este “En territorio ajeno”.

Tarot

Rodolfo Martínez
Tarot
Gigamesh 18, 1999.
Fabricantes de sueños 2000 AEFCF, junio 2000.
Mestizo, Semana Negra de Gijón, julio 2000.
Kristal Hautsiak / Cristales rotos, Servicio editorial de la Universidad del País Vasco, 2003.
Laberinto de espejos, Berenice, 2006

Como ya he comentado, a partir de 1996 deje casi por completo de escribir ciencia ficción y comencé a escribir un cierto tipo de fantasía que me atraía más: una fantasía ambientada aquí y ahora, en un ambiente urbano y lejos de tópicos medievales o bárbaros guerreros perpetuamente enfrentados con brujos de hosca mirada y peores intenciones.

El ejemplo más claro de ese tipo de fantasía son sin duda mis novelas El abismo te devuelve la mirada y Los sicarios del cielo, pero antes de la primera, y como una especie de experimento, había escrito una media docena de relatos que iban por el mismo camino.

“Tarot” fue uno de ellos, un cuento básicamente de atmósfera, algo que hasta entonces había intentado pocas veces y nunca con suficiente éxito: lo que importa en el relato no es tanto la historia como el ambiente, ese casino casi vacío, ese jugador anónimo de ademanes implacables, esas cartas que parecen como seres vivos. Creo que el resultado final fue bastante satisfactorio, y lo mismo debieron pensar los miembros del jurado del premio UPV de relato fantástico, que le concedieron el primer premio ex aequo en el año 1998 (que fue mi año de los premios compartidos, por cierto) por no mencionar a Julián Díez, editor de Gigamesh que decidió publicar “Tarot” en su número 18.

Desde entonces, se ha convertido en uno de mis cuentos más reeditados. Fue incluido en Fabricantes de sueños (la antología de la AEFCF que recopila “lo mejor del año”) en su selección del 2000. Ese mismo año, la Semana Negra de Gijón lo incluiría en Mestizo, una antología que pretendía ser una suerte de resumen de todas las ediciones del festival. La Universidad del País Vasco sacaría en 2003 el volumen Cristales rotos, donde recopilaba los ganadores del UPV de relato fantástico entre 1998 y 2002. Y, finalmente, lo incluí en mi segunda antología de cuentos, Laberinto de espejos.

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