El abismo en el espejo
Rodolfo Martínez
El abismo en el espejo
Hegemón, Zaragoza, julio 2008
ISBN: 978-84-935639-3-6
En general, no soy partidario de revisar cosas ya publicadas, más allá de algún pulido superficial o la corrección de posibles errores.
Afirmación que no deja de tener su gracia, porque si pensamos en Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, pasó por una revisión y ampliación cuando preparaba la edición de Bibliópolis y ha sido revisada de nuevo para la edición de Alamut. Así que una cosa son las "directrices generales", que diría Barbosa en Piratas del Caribe, y otra la cruda realidad.
En cualquier caso, y como ya he comentado en otra parte, nunca estuve del todo satisfecho con El abismo te devuelve la mirada. Tenía la sensación de que podía haberlo hecho mejor, de que había partes de la historia que pedían ser ampliadas e incluso de que elementos de la trama que estaban implícitos o apenas eran mencionados merecían que volviese sobre ellos y los sacase a la luz.
Eso fue lo que hice con El abismo en el espejo. ¿El resultado? Unas cincuenta páginas que no estaban en la versión original, además de unos cuantos retoques puntuales por aquí y por allá. ¿Es una novela distinta? Bueno, sí y no, supongo. Depende cómo se miren estas cosas.
Lo que sí que sigue siendo es una de mis obras más personales. Buena parte de mi historia está codificada en sus páginas (de un modo, espero, que sólo los implicados en ella somos capaces de descifrar) y sin duda puse mucho de mí mismo en ella. Lo que no quiere decir que no lo ponga cuando escribo otras cosas, pero sin duda el nivel de implicación fue aquí mayor que en otros casos.
El resultado aún me sigue gustando, esa mezcla de thriller con psicópata y novela fantástica que va asomando poco a poco y creo que es una de mis novelas más asequibles para el público no especializado. En su momento pasó desapercibida (como lo hizo la colección en la que fue publicada, por desgracia); veremos si ahora, de la mano de Hegemón Ediciones, es capaz de encontrar un público más amplio.
Sacúdase todos los miedos de los prejuicios serviles, bajo los que se agazapan servilmente las mentes débiles. Fije la razón firmemente en su asiento, y apele a su juicio para cada hecho, cada opinión. Cuestione con osadía incluso la existencia de un Dios; porque, si hay uno, aprobará más el homenaje de la razón que el de los ojos vendados por el miedo.Thomas Jefferson
Sherlock Holmes y el heredero de nadie
Rodolfo Martínez
Sherlock Holmes y el heredero de nadie
Alamut, Madrid, junio 2008
ISBN: 978-84-9889-008-2
Iba a ser mi tercera novela holmesiana. Y también la última. Por esos azares de la vida (tal como he contado aquí mismo) acabó convirtiéndose en la cuarta. ¿Y última?
Diría que sí, pero a estas alturas, desde luego, no me voy a atrever a ser categórico. Así que digamos que sí, que es la última, de momento.
Han sido cuatro años de mi vida, los que van desde que empecé a revisar Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos para la edición de Bibliópolis, hasta este Sherlock Holmes y el heredero de nadie en Alamut, el nuevo sello de Luis G. Prado.
Evidentemente, no me he pasado esos cuatro años dedicado por entero a Sherlock Holmes. He escrito algunas otras cosas (varias ya publicadas; las otras, espero que no tarden mucho en ver la luz), he revisado material antiguo (El abismo en el espejo, por ejemplo, aunque no es lo único) y, en general, me las he apañado para seguir teniendo tiempo para continuar con mi vida.
Pero sin duda, la presencia de Sherlock Holmes (y, sobre todo, del universo de ficción que iba construyendo a su alrededor) ha sido dominante, en el sentido literario, durante estos cuatro años.
¿Y qué siento ahora que, por lo que parece, he terminado mi relación con el detective? En parte alivio. En parte liberación. Y en parte, no lo negaré, cierta pena porque las cosas hayan llegado a su fin.
Si es que lo han hecho, claro. Ya veremos.
Soy consciente de que puede haber personas que piensen que haber escrito estas novelas y haberles dedicado tanto tiempo de mi vida, es una tarea baldía. Una pérdida de tiempo, en cierta forma. Se podría pensar que todo eso que le he dedicado al personaje de otro, es tiempo y esfuerzo que le he quitado a trabajar en mi propia obra. De hecho, comenté eso mismo en Sherlock Holmes y la boca del infierno (o, más exactamente, lo hizo el Rodolfo Martínez que tradujo la novela, que no soy yo, sino un personaje literario que comparte mi nombre y alguna de mis características).
No tengo esa sensación, sin embargo. Ni de haber perdido el tiempo, ni de estar quitándole ese tiempo a mi propia obra. Entre otras cosas porque estas cuatro novelas son, también, mi propia obra. Tan mía como lo puedan ser El sueño del rey rojo o Los sicarios del cielo, por mencionar sólo dos.
Y, por otro lado, estas cuatro novelas me han traído abundantes gratificaciones. No sólo por la acogida, en general favorable, que han tenido entre los lectores, sino porque en lo puramente literario han sido, para mí, de lo más satisfactorio que he escrito. Por no mencionar que en ellas me he lanzado a hacer cosas nuevas y a probar técnicas y fórmulas narrativas que, por algún motivo que no termino de comprender, no intento en mis otras novelas. Bueno, sí que lo hago: al fin y al cabo, una de mis constantes es estar siempre buscando una forma de contar las cosas distinta a las que he probado previamente; y no, no es por afan de experimentación, sino por puro y simple miedo al aburrimiento. Sin embargo, en mis novelas holmesianas he sido más audaz que en el resto de mi obra.
¿Por qué? Lo desconozco, la verdad. Pero a lo largo de estas cuatro novelas me he embarcado una y otra vez en territorios que antes no había explorado y, lo más importante, lo he hecho sin miedo y sin detenerme ante la posibilidad del fracaso. Creo que me lo pasaba tan bien buscando cosas nuevas (completando el escenario, buscando nuevos elementos que aportaran interés al universo que estaba recreando, probando suerte con formas de contar la historia que no hubiera usado antes, intentando acercarme a la trama desde lugares nuevos, jugando con los aspectos metaliterarios del asunto) que ni siquiera consideré la posibilidad de estrellarme en el proceso.
Lo hacía después, claro. Una vez terminada cada novela. Ahí llegaba la inseguridad: ¿me ha salido bien, la he cagado? Pero esas preguntas no existían mientras escribía. Sólo la... creo que euforia es la palabra, fruto de estar haciendo algo que me gustaba y el sentimiento de estar disfrutando como un crío a cada paso del proceso.
Soy de esos escritores que se lo pasan bien con la propia escritura (y cuando buenos amigos, como Juan Miguel Aguilera, me comentan que para ellos el acto físico de escribir es una tortura, confieso que me quedo perplejo y manifiesto mi incomprensión) y creo que ha sido en estas novelas donde más me he divertido. En cierto modo he vuelto a ser un adolescente y he escrito sin preocuparme de lo que pudiera pasar, adónde iba a llegar o qué pretendia conseguir. Simplemente, estaba pasándomelo de miedo escribiendo. Como hacía tiempo que no me lo pasaba.
He vuelto a ser, en cierta forma, el niño para el que Superman, Phileas Fogg, el Zorro, Spiderman, el Corsario Negro, Old Shaterhand, D'Artagnan, Tarzán, Tom Sawyer, Miguel Strogoff, los Vengadores, Shane, Scaramouche... y, por supuesto, el propio Sherlock Holmes, vivían en el mismo universo, en diferentes momentos o diferentes lugares, pero en el mismo cosmos de ficción. Así que el que un día llegasen a encontrarse no me parecía desabellado. De hecho, recuerdo que cuando, siendo niño, un amigo se trajo de Alemania el cómic con el primer encuentro entre Superman y Spiderman, no encontré nada de extraño en ello. Como mucho, me pregunté cómo era que no se habían encontrado antes, viviendo tan cerca.
He vuelto a ser ese niño, decía, y he reconstruido sobre el papel lo que había entonces en mi cabeza. Ese universo donde todo tenía cabida y todo podía pasar. Y, en el proceso, como ya he comentado, me lo he pasado como hacía tiempo que no me lo pasaba.
Permitidme que caiga en el pernicioso vicio de la autocita y que termine con un pequeño párrafo que he incluido en los agradecimientos de Sherlock Holmes y el heredero de nadie:
¿Significa eso que se ha acabado, que ya no escribiré más novelas de Sherlock Holmes? Es probable que así sea (aunque no abandono del todo la idea de un libro de relatos sobre el detective, pero eso sería otra historia).
Pero, ¿significa que he terminado con el universo ficticio que he ido re-creando en estas cuatro novelas? Diría que no.
La única pregunta, en realidad, es cuándo volveré a él. Ya veremos, no creo que tarde mucho. Me gusta demasiado estar allí.
Tengo buenas y malas noticias. Las malas son que la Sábana Santa es una pintura. Las buenas, que nadie me cree.Walter McCrone
El agradecimiento de una dama
Rodolfo Martínez
El agradecimiento de una dama
-Compa(ñ)ero Leonardo, Semana Negra de Gijón, Julio de 2004
-Laberinto de espejos, Editorial Berenice, 2006
Uno está trabajando tranquilamente cuando de pronto lo llaman por teléfono y una voz conocida, con un claro acento mejicano, a mitad de camino entre la urgencia y la diversión le pide, para antes de cinco días, un texto sobre Leonardo da Vinci con destino al próximo proyecto de la Semana Negra de Gijón. Tengo total libertad para hacer lo que quiera, con tal de que ese "lo que quiera" esté entregado antes del fin de semana y gire alrededor de la figura del artista del Renacimiento italiano.
Como dirían Les Luthiers "¡Qué compromiso, qué compromiso!". Porque, vamos a ver, ¿qué se yo sobre Leonardo da Vinci, más allá de que hacía diseños de máquinas que nunca llegaron a fabricarse, que era un extraordinario pintor y que hay un cuadro suyo sobre una señora que no se sabe muy bien de qué se sonríe colgado en un museo del París de la Francia?
Un caballero blanco, en forma de mierense incontrolable, acudió al rescate. Javier Cuevas me sugirió una idea para mi historia sobre Leonardo. Al principio no pasaba de un discreto chistecito que podía despertar la sonrisa o el cabreo del lector, dependiendo del ánimo de éste. Pero dándole vueltas, lo que no era más que un chiste, una anécdota trivial, terminó convirtiéndose casi en un relato criminal, negro, lo que teniendo en cuenta quién iba a publicar el libro, resultaba bastante adecuado.
Así nació "El agradecimiento de una dama", un pasatiempo sin más trascendencia pero que, creo, cumple adecuadamente su función. Además de aparecer en el volumen miscelaneo Compa(ñ)ero Leonardo que editó la Semana Negra de Gijón en 2004, fue recogido en mi segunda antología de relatos, Laberinto de espejos.
El término "intelectual" se usa generalmente para referirse a una gente con privilegios y con acceso a recursos que le posibilitan hacer comentarios sobre asuntos humanos. No se correlaciona necesariamente con la perspicacia o el entendimiento.Noam Chomsky
Todo fluye
Rodolfo Martínez
Todo fluye
-Parsifal 5, 1995
-Semillas de tiempo 1, Bibliópolis Bolsillo, 2004.
-Laberinto de espejos, Editorial Berenice, 2006
¿Qué haces cuando te despiertas con el recuerdo de tres retazos de sueño aparentemente inconexos pero sorprendentemente evocadores? Puedes olvidarte de ellos, por supuesto. O puedes intentar construir a su alrededor un armazón narrativo que los englobe y les de sentido.
A lo largo de mi carrera he hecho cosas parecidas más de una vez. La diferencia con "Todo fluye" es que normalmente se trataba de imágenes aisladas que luego me sugerían una historia. En este relato, sin embargo, se trató de tres momentos (un hombre despertando junto a una mujer embarazada alrededor de cuyo vientre había una faja con un brillo metálico, otro hombres entrando en una sala de estar rematada por un enorme ventanal tras el que se veía un bosque, y un reportaje televisivo sobre los restos de un helicóptero estrellado que, luego, aparecía milagrosamente recompuesto) que no guardaban ninguna relación aparente entre sí pero que de algún modo se empeñaban en permanecer en mi memoria una y otra vez.
La historia que construí alrededor de ellos es, sin duda, uno de mis cuentos más extraños, con un inconfundible aire "dickiano" que impregna todo el relato. Cuando empecé a escribirlo no tenía muy claro cómo ensamblaría aquellas tres piezas tan disímiles, pero de algún modo las cosas fueron encajando y el cuento acabó teniendo sentido.
Cuando llegó el momento de incluirlo en una de mis dos antologías, lo más lógico habría sido incorporarlo a Callejones sin salida, que es donde agrupé todos mis relatos de ciencia ficción. Sin embargo, de algún modo extraño, me pareció más apropiado para Laberinto de espejos, donde incluí los cuentos de fantasía, entre otras cosas.
La ciencia y la pseudociencia son opuestos exactos, como lo son la racionalidad y la religión.James Randi
Aquí, allí, en todas partes
Rodolfo Martínez
Aquí, allí, en todas partes
-Gigamesh nº 34, Julio de 2003
-Laberinto de espejos, Editorial Berenice, 2006
Alguna vez he comentado, medio en serio, medio en broma, que si soy una persona más o menos sana (mentalmente) es gracias a que la literatura me ha permitido exorcizar buena parte de mis obsesiones y momentos oscuros.
"Aquí, allí, en todas partes" es una prueba perfecta de ello. Su punto de partida fue una pequeña obsesión personal que no llegó a crecer y convertirse en preocupante gracias, entre otras cosas, a que pude explorarla, ampliarla y llevarla hasta sus últimas consecuencias en forma de relato.
Juanma Santiago lo publicó en la revista Gigamesh y, posteriormente, lo recogí en Laberinto de espejos, mi segunda antología de relatos.
Es uno de mis cuentos favoritos, no sólo por todo lo que tiene de autobiografía codificada, sino por la forma en que está narrado: todo desde los ojos de la víctima, en presente y en segunda persona del singular, es una suerte de ensayo general de un estilo que luego se convertiría en dominante en mi novela de ciencia ficción El sueño del rey rojo.
Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate para morir.La princesa prometida
Atraviesa el desierto
Rodolfo Martínez
Atraviesa el desierto
-Utopiae 2002, Libraire l’Atalante, 2002.
-Asimov 6, Madrid, marzo 2004.
-Callejones sin salida, Editorial Berenice, 2005
-Dimension Espagne, Riviere Blanche, 2007
Hace ya unos cuantos años, escribí un relato con destino al concurso "Antonio Machado", patrocinado por la Compañía de Ferrocarriles RENFE. Entre las bases del premio, una advertía que el cuento debía girar en torno a los trenes.
Escribí un relato basado puramente en las imágenes y en la fuerza, mayor o menor, que estas pudieran tener. Nada del otro jueves, en realidad: el último tren ultratecnológico recorriendo una y otra vez sin parar una tierra muerta y árida en la que no recoge, ni recogerá jamás, pasajero alguno. Aunque, como he dicho, la idea no era gran cosa, me gustaba la imagen de desolación y futilidad que conllevaba.
No ganó el concurso y languideció varios años en un cajón, hasta que los responsables de la antología Utopiae (por mediación de la encantadora y eficiente Sylvie Miller) se pusieron en contacto conmigo y solicitaron ese cuento, de entre los muchos que yo le había enviado a Sylvie en su día.
Así, una vez más, un hijo muerto resucitó ante mis ojos, aunque esta vez lo hizo de una forma extraña y hablando un lenguaje que no era con el que había nacido. Curioso, incluso a veces incómodo, pero fascinante.
Un par de años más tarde. Domingo Santos se interesaría por el relato y éste tendría, al fin, edición española en las páginas de la revista Asimov. Pasó, por supuesto, a mi antología Callejones sin salida. Y, al igual que "La carretera", fue recogido en Dimension Espagne, la antología de ciencia ficción española que Sylvie Miller preparó para el mercado francés.
Un clásico es algo que todo el mundo quisiera haber leído y que nadie quiere leer.Mark Twain
Sherlock Holmes y la boca del infierno
Rodolfo Martínez
Sherlock Holmes y la boca del infierno
Bibliópolis Fantástica, Madrid, junio 2007
ISBN: 978-84-96173-79-8
Ya he hablado unas cuantas veces de mi relación con las creaciones de Arthur Conan Doyle. En este mismo blog, de hecho, podéis encontrar unas cuantas entradas sobre el tema. Así que procuraré no repetirme demasiado.
Mientras escribía Sherlock Holmes y las huellas del poeta no tenía en mente continuación alguna; no había ningún plan para seguir escribiendo sobre el detective de Baker Street. Me lo había pasado muy bien, más de diez años atrás, escribiendo "La sabiduría de los muertos" y con esta nueva novela me lo estaba pasando mejor y, además, me permitía explorar un Holmes distinto al habitual, ya anciano, quizá un poco cínico con respecto a sí mismo y a sus extraordinarias habilidades. También me permitía intentar unas cuantas cosas que no había hecho antes, sin saber si conseguiría que llegaran o no a buen puerto, y la verdad es que resultaba emocionante hacerlo así; saltar sin red, en cierta forma.
Fue después de que la novela estuviera terminada y ya a punto de publicarse cuando pensé que había tratado a Holmes en su madurez y en su vejez y que, por tanto, tendría cierta lógica que ahora lo presentara en su juventud.
Empecé a darle vueltas a varias ideas y no tardó en germinar en mi mente una nueva historia. Hasta tenía título y todo: Sherlock Holmes y el heredero de nadie. Empecé a escribirla y, demonios, aquello funcionaba: la historia fluía bien, el modo de contarla me gustaba y las cosas iban encajando como debían.
Pero no es de esa novela de la estoy hablando.
Porque a finales del año 2006 me invitaron, aprovechando la edición portuguesa de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, al Fórum Fantástico de Portugal. Ya he hablado de esos días pasados en Lisboa y sus cercanías en otra parte. Y también he contado mi visita a Boca do Inferno. Lo cierto es que el lugar imponía. Y la placa donde hablaba del falso intento de suicidio de Aleister Crowley en aquel sitio empezó a hacer girar las palancas y encender lucecitas de alarma dentro de mi cabeza.
Volví a España con el embrión de una nueva historia holmesiana. Me resistí un poco a escribirla, es cierto. Tenía que centrarme, me decía; mi prioridad era Sherlock Holmes y el heredero de nadie y aquella excrecencia mental que acababa de surgir (y que, me decía, daría como mucho para un cuento) no debía interponerse en su camino.
Pero lo hizo. No podía dejar de pensar en ella, de darle vueltas, de jugar con la idea una y otra vez. Poco a poco, fui desenhebrando la madeja de la historia y me di cuenta de que era una novela lo que tenía entre manos, no un cuento, que no sólo encajaba con mis otras novelas holmesianas sino que era el puente perfecto para la siguiente, además de permitirme explicar algunas de las incongruencias argumentales que habían surgido entre la primera y la segunda y explorar con mayor detenimiento varios personajes secundarios que había creado para ellas.
Así nació Sherlock Holmes y la boca del infierno. Una novela que tiene mucho de "mirada entre bastidores" a lo que ocurrió en Sherlock Holmes y la huellas del poeta. En ella narro buena parte de lo que sucedió en el mundo mientras el detective estaba empeñado en su caza particular en la Guerra Civil española y, de paso, prolongo la historia algunos años más allá, hasta la culminación de la trama que se había iniciado en 1895 con el robo del Necronomicon, al mismo tiempo que anticipo algunos de los elementos que aparecerán con más detalle en Sherlock Holmes y el heredero de nadie.
¿Significa eso que la novela carece de sentido por sí misma, que no es más que un simple puente entre las anteriores y las siguientes? Quiero pensar que no, que la historia es disfrutable y comprensible sin un conocimiento previo de mis otras novelas holmesianas. Sin duda haberlas leído hará que el panorama de esta historia sea más amplio y esté más completo, pero he intentado que Sherlock Holmes y la boca del infierno tuviera entidad por sí misma.
Eso, claro, es cosa de los lectores juzgarlo, no mía. Aunque por las reacciones de algunas personas que leyeron esta novela sin haber leído la anterior (y en algunos casos sin haber leído ninguna de las anteriores) creo que he tenido éxito en mi intento.
Para usted, yo soy ateo. Para Dios, soy la leal oposición.Woody Allen
Gijón, Begoña 2007
La calidad del vídeo no es gran cosa, pero teniendo en cuenta la nocturnidad y que hablamos de la cámara de mi NOKIA N70, pues tampoco vamos a pedir más.
Pero, bueno, como prueba y como estreno de esta nueva sección, ahí va. Un minuto, más o menos, de los fuegos artificiales de esta noche en Gijón. Como no podía ser menos, la parte más espectacular empezó poco después de que terminara de grabar. La vida, que tiene estas cosas.
El término "intelectual" se usa generalmente para referirse a una gente con privilegios y con acceso a recursos que le posibilitan hacer comentarios sobre asuntos humanos. No se correlaciona necesariamente con la perspicacia o el entendimiento.Noam Chomsky
Con dados cargados
Rodolfo Martínez
Con dados cargados
-2001 Nº 6, setiembre/octubre 2002
-Callejones sin salida, Editorial Berenice, 2005
Cierta tarde, en plena duermevela, empecé a darle vueltas a una idea sobre viajes en el tiempo: en principio no parecía gran cosa. Dos hombres hablaban sentados en una mesa: uno de ellos había construido una máquina del tiempo y el otro, que era el narrador, trataba de convencerlo para que la destruyera. Pero la idea siguió girando en mi cabeza y crecía con cada nuevo giro hasta que, finalmente, caí en garras de la siesta.
Al despertar escribí la primera versión de "Con dados cargados" prácticamente de una sentada. Se la envié con cierto y desmedido entusiasmo (era mi primer relato de ciencia ficción pura y dura en más de seis o siete años) a mis amigos Gorinkai y Juanma Barranquero. A ambos les gustó, pero había algo en la forma en que estaba narrado que no terminaba de convencerlos por completo. Repasando el relato me di cuenta de que tenían razón y lo rehice completamente; cambié el punto de vista narrativo e incorporé a la historia un tercer personaje, que era quien veía y contaba lo que ocurría. Finalmente, y con la ayuda de Cristóbal Pérez-Castejón, le di un retoque (no todo lo riguroso que a Cris le hubiera gustado, estoy seguro) a los aspectos técnicos y científicos de la historia.
Tras esto el relato estuvo listo para su publicación y poco después Luis García Prado lo aceptaba para su revista 2001, en cuyo número seis vería la luz y sería reeditado posteriormente en mi antología Callejones sin salida.
Es uno de mis cuentos favoritos; quizá en buena medida porque vino en un momento en el que casi había dejado de escribir relatos cortos. Y también, sin duda, porque se trata de ciencia ficción y además toca un tema que siempre me gustó como lector pero al que nunca me había enfrentado antes como escritor: los viajes en el tiempo.
Esa es la diferencia entre Bush y Obama. Para Bush, Rumsfeld y todos ellos, Europa es su lugarteniente: “cállate y haz lo que yo diga”. Para Obama, Europa es su socio: “te quiero, ahora cállate y deja que haga lo que me dé la gana”.Noam Chomsky
La carretera
Rodolfo Martínez
La carretera
-Parsifal 2, 1993
-2001 Nº 1, noviembre 2001
-Galaxies 33, verano 2004.
-Callejones sin salida, Editorial Berenice, 2005
-Dimension Espagne, Riviere Blanche, 2007
Allá por 1989, y muy influido por la lectura de Pórtico, de Pohl, escribí un cuento sobre un hombre que recorría una carretera interminable en un planeta absurdo. El cuento sería publicado en el fanzine Parsifal de mi paisano y amigo José Luis Rendueles y, durante los años siguientes, sería recordado como uno de mis relatos de ciencia ficción más satisfactorios. De hecho, sería reeditado en el primer número de 2001, la revista que Luis G. Prado dirigió para Equipo Sirius durante algunos años.
La idea del planeta seguiría dando vueltas en mi cabeza y, algunos meses más tarde sería el embrión de mi novela corta "El alfabeto del carpintero" que, en realidad forma parte de un ciclo más amplio al que he dado el nombre de El carpintero y la lluvia, compuesto por tres historias (las tres ambientadas en mi universo de Drímar) que guardan cierta relación argumental, conceptual y de ambiente. Éstas serían "Un agujero por donde se cuela la lluvia", "La carretera" y "El alfabeto del carpintero" y algún día espero encontrar editor para el libro que las recopile.
"Un agujero por dondese cuella la lluvia" y "El alfabeto del carpintero" son quizá mis narraciones de ciencia ficción más enloquecidas y, desde luego, las más influidas por la irracionalidad de Philip K. Dick. "La carretera" iba por otros derroteros, pese a compartir elementos de escenario y tema con las otras dos. Fue poco más que un experimento narrativo. Partiendo de una premisa sencilla (un hombre recorre una carretera sin final en un planeta desconocido) intenté ver adónd me llevaba y, de paso, codificar parte de mi propia vida en la historia. El resultado no fue del todo insatisfactorio y, aún hoy, más de dieciocho años después, el relato me sigue funcionando.
También ha sido mi segundo relato traducido al francés, bajo el título de "La route". Una vez más, leerme en francés ha sido una experiencia ciertamente inquietante. Junto con "Il traverse le désert" sería recopilado en la antología Dimension Espagne que Sylvie Miller preparó para la editorial Riviere Blanche.
Esa es la diferencia entre Bush y Obama. Para Bush, Rumsfeld y todos ellos, Europa es su lugarteniente: “cállate y haz lo que yo diga”. Para Obama, Europa es su socio: “te quiero, ahora cállate y yo hago lo que me dé la gana”.Noam Chomsky









