Relativismo y democracia
Miércoles, Mayo 7th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | 12 comentarios »- El mismo día, hace un año: Cazo 2007: La caída de la Casa Coviella
Me pregunto qué pensaría Einstein del uso que se ha hecho del nombre de su teoría.
Porque, en realidad, la Teoría de la Relatividad no nos dice que todo es relativo (como suele pensar la vox populi, por no mencionar a unos cuantos periodistas y políticos) sino todo lo contrario: que el Universo es igual independientemente del lugar desde el que lo mires.
Pero ese “todo es relativo” (o ya con el doloroso añadido de “como decía Einstein, todo es relativo”) se ha convertido en un mantra que recitamos sin parar, a la mínima de cambio. De hecho, casi podríamos elevarlo a la categoría de meme exitoso.
Y, como todo es relativo, los hechos también pueden serlo.
Pi puede convertirse por decreto en exactamente 3. O la torre de las afueras del pueblo puede ser declarada “auténticamente vikinga” por votación. O doce miembros de un jurado pueden declarar culpable a alguien, pasando como de la mierda de las pruebas, simplemente porque sea antipática (y encima lesbiana, no lo olvidemos). O podemos afirmar que el mundo no tiene más de seis mil años (no olvidemos que fue creado el 26 de octubre del año 4004 a.C. a las 9:00 a.m) y que todas las pruebas que señalan lo contrario han sido puestas allí para despistarnos. O que no hay el menor indicio del cambio climático porque nuestros sicarios pagados disfrazados de científicos han estado los últimos veinte años desviando la vista hacia otro lado cada vez que una prueba salía al paso. O inventar un pasado mejor que el real para que se ajuste a nuestro ideario político y nuestro concepto de nación, raza y pueblo (indómito, por supuesto).
Todo es relativo. Ya lo decía Campoamor: depende del color del cristal con que se mira.
Y, si todo es relativo y la democracia es el bien supremo, decidamos la realidad también por sufragio universal. Democraticemos el cosmos y no dejemos que los hechos nos detengan. Los hechos no son democráticos. Al cuerno con los hechos.
¿Las pruebas? ¿Las evidencias? Zarandajas.
Todo es interpretable. Todo se puede mirar desde el ángulo adecuado para verlo como uno desea. Todo es relativo. Y, como todo es relativo, la única manera de dar con absolutos es decidirlos por votación, por mayoría, por consenso. Democráticamente, que es como debe funcionar el universo, tanto si le gusta como si no.
© 2008, Rodolfo Martínez
Diseño inteligente
Viernes, Marzo 21st, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Tarot
Pues sí, confieso que casi me tenían convencido con lo del diseño inteligente.
Hasta que vi a Ratzinger y a Rouco Varela. Es imposible que haya nada inteligente tras ese diseño.
© 2008, Rodolfo Martínez
¿Se puede ser católico a medias?
Miércoles, Marzo 19th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | 15 comentarios »- El mismo día, hace un año: Obra breve
Es una cuestión que ya he discutido varias veces, con creyentes y con no creyentes. Con católicos y con no católicos.
Y siempre he pensado que la respuesta no puede ser otra que no.
Porque una de las normas básicas de la Iglesia Católica, uno de sus pilares ideológicos fundamentales es que sólo la jerarquía debidamente autorizada tiene derecho a interpretar las Escrituras. No la iglesia como conjunto de fieles, sino la iglesia como institución con una organización jerárquica.
Y eso, como digo, es uno de los pilares fundamentales del catolicismo, una de las cosas que separa (con difícil posibilidad de reconciliación) a la Iglesia Católica de las protestantes. Mientras que éstas consideran que cualquiera puede interpretar la palabra revelada por Dios en Biblia (de hecho, fue la libre interpretación de ésta uno de los motivos más evidentes que propiciaron el cisma protestante), aquélla afirma que sólo la jerarquía tiene esa potestad, sólo aquellos a los que Dios ha nombrado sus representantes autorizados pueden interpretar su palabra. Cambia eso y ya no tienes la Iglesia Católica. Tienes otra cosa, que podrá ser mejor o peor, pero es distinta.
Por tanto, si la jerarquía afirma que la virginidad de la virgen es dogma de fe, por poner un ejemplo, y tú interpretas de otro modo los pasajes de la Biblia donde se habla de ello, ya no te estás ajustando a las creencias de la Iglesia Católica y te conviertes, inmediatemente, en un hereje. No puedes decir “soy en parte católico porque creo que los dogmas X e Y son ciertos, pero no el Z”. El dogma debe aceptarse en su totalidad.
Porque la iglesia no es un club social donde, si uno está en desacuerdo con alguno de sus estatutos, puede convocar una asamblea de socios para modificarlos. Entre otras cosas porque, por definición, por diseño podríamos decir, no todos los socios pueden votar, sólo aquellos que son parte de la junta directiva o han sido elegidos por ésta para definir cuáles son las normas válidas.
Tengo amigos católicos para los que esto es difícil de tragar. Y lo comprendo. Se sienten católicos y ésa es la iglesia que sienten como suya. Sin embargo, buena parte de su ideario moral choca de frente con lo que la Iglesia Católica (la jerarquía de la Iglesia Católica) ha definido como dogma. No son católicos, aunque se sientan como tales. O, como mucho, son católicos descarriados, herejes que se han apartado de la ortodoxia.
Y no, no hay distintos puntos de vista en este caso. Mejor dicho, no hay puntos de vista distintos y correctos en este caso. Como he dicho, la Iglesia Católica no es un club social o un país con un sistema democrático. Es, por definición, una teocracia en la que sólo algunos miembros concretos tienen la potestad de interpretar la palabra de Dios. Es algo que a menudo los católicos olvidan (o quizá prefieren no pensar en ello): el hecho de que el rebaño (el pueblo de Dios) es incapaz de decidir por sí mismo el camino a seguir y debe ser guiado por los pastores (la jerarquía eclesiástica) y que la voz del rebaño puede ser oída y tal vez tenida en cuenta, pero no tiene voto. Sólo votan los pastores. De hecho, si aceptamos como ciertos los dogmas de la Iglesia Católica, los pastores ni siquiera votan: se limitan a interpretar la voz de Dios en sus corazones y, por tanto, lo que dicen cuando ejercen su labor de pastores no es su opinión personal, sino la de Dios.
Así que me temo que no me vale el “soy católico, aunque estoy en desacuerdo con algunas cosas”. Si esas cosas son parte del dogma y no estás de acuerdo con ellas, ya no eres católico. O mejor dicho, lo eres, porque una vez has sido bautizado no dejas de serlo hasta que no apostates o te excumulguen. Pero digamos que tu pensamiento ya no es católico, te has convertido en un hereje. Y no puedes decir que eres católico en parte, porque no es así como funcionan las cosas.
Y no soy yo quien lo dice. Son los representantes autorizados por Dios para hablar en su nombre. O, al menos, debes pensar que lo son, si eres católico.
© 2008, Rodolfo Martínez
¿Es la guerra?
Viernes, Febrero 8th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis, Y sobre esta piedra | 16 comentarios »No sé si lo he dicho alguna vez en público, pero si no es así, ahora es un momento tan bueno como otro cualquiera para comentarlo. Me encanta La fraternidad de Babel, el blog de César Mallorquí. César no sólo tiene ideas interesantes, sino que sabe exponerlas de un modo siempre atrayente y, sobre todo, sabe reflexionar muy bien sobre ellas.
Reconozco que parte de mi querencia por su blog viene de la pura afinidad: a menudo me encuentro reflejado en muchas de las ideas y reflexiones que se vierten en él.
Y en el último post que he leído, plantea un tema que lleva un tiempo dando vueltas en mi cabeza, más o menos desde que la Iglesia española empezó a adoptar una postura combativa, agresiva y, en ocasiones, ferozmente enfrentada a buena parte de las iniciativas sociales del gobierno.
Hace años, leyendo un análisis de la obra de Tolkien recuerdo que el autor comentaba que, en El señor de los anillos, el bien era pasivo (y fundamentalmente reactivo) y el mal era activo y a menudo era quien tomaba la iniciativa, mientras los buenos estaban a verlas venir.
Y esa idea ha venido a mi memoria tras leer el post de César. Mientras el mal se organiza y se lanza a las calles para defender sus intereses (sí, para mí quienes salen a la calle, no a defender su modo de vida sino a intentar cargarse el de los demás -que es lo que pretenden esas manifestaciones “a favor de la familia”, digan lo que digan- representan el mal, por muy buenos padres, maridos, hermanos y amigos que sean en su entorno social) ¿qué está haciendo mientras tanto el otro bando?
Pues poco, o nada, quizá. Y tal vez sea porque no hay ningún “otro bando”. O al menos no lo hay de una forma articulada y organizada. Porque las personas partidarias de una sociedad totalmente laica, donde Iglesia y Estado estén radicalmente separados, las personas que piensan que la religión debería ser un asunto circunscrito al ámbito de lo estrictamente privado, las personas que opinan que cualquier forma de familia que dos o más personas adultas elijan es tan familia como la tradicional, las personas que creen que darles derechos a unos no implica quitárselos a otros… todas esas personas a las que podríamos denominar “laicistas” tienden a ser más bien individualistas, no se organizan en una estructura grupal ni crean colectivos jerarquizados. Una de las cosas que suele tener (y recalco el “suele”) el ser ateo, agnóstico o incluso un creyente que se limita a vivir su fe sin inmiscuirse en la de los demás, es que no están imbuidos del ánimo evangelizador, proselistista, que los llevaría a intentar que el resto del mundo comparta su forma de ver las cosas.
Y eso es bueno. O, dicho de otro modo: de acuerdo a mi sistema moral, es una cualidad positiva.
Pero también es malo, en un aspecto puramente práctico. Y en una situación como la actual, donde la jerarquía eclesiástica se lanza a las calles para demostrar lo que es de verdad (una organización más preocupada por su propia supervivencia y por mantener sus áreas de influencia que por vivir realmente de acuerdo al código ético y moral que dicen representar) todos estos “laicistas” no reaccionan.
O debería decir quizá que no reaccionamos. Dejamos que el enemigo (porque cualquiera que intente el menor paso hacia una sociedad teocrática -y eso es lo que intenta la Iglesia, nos lo vendan como nos lo vendan, desde el momento en que intentan asimilar los conceptos de pecado y delito como si fueran uno solo- es mi enemigo) dé los primeros pasos, se organice, haga ruido y centre en sus actos la mirada de los medios de comunicación.
El problema, como apuntan buena parte de los comentarios en el post de César que mencionaba al principio, es que crear una organización que intente neutralizar con su información el ruido qué está produciendo la otra parte, es difícil. Quizá incluso imposible.
Y no estoy hablando de una liga de ateos, ni siquiera de una plataforma de ateos y agnósticos. He usado el término “laicista” (que no sé si existe, la verdad) un par de veces y lo vuelvo a usar ahora. Se trataría de un grupo que aglutinase a todas aquellas personas que, independientemente de su religión o carencia de ella, estuvieran dispuestos a luchar por una sociedad laica, con todo lo que eso implica. Y estoy seguro de que no sólo ateos y agnósticos estarían por la labor, sino muchos creyentes.
No sé muy bien qué aspecto, qué organización, qué tipo de estructura podría o debería tener un grupo así. Y, como he dicho, no estoy muy seguro de que fuese posible o incluso de que resultase práctico. Pero cuanto más pasa el tiempo, más necesario lo encuentro.
Nunca he sido proselitista con mi ateísmo. En parte por buena educación (siempre me ha parecido de una grosería imperdonable que alguien te insista en soltarte su rollo después de que le hayas dicho veinte veces que no estás interesado en el asunto), en parte porque lo encontraba estúpido y en parte porque nunca he comprendido la necesidad de evangelizar a los demás. Pero a lo mejor está llegando la hora de usar las estrategias del enemigo y empezar a dar caña por todas partes donde sea posible. No sé muy bien cómo ni de qué manera.
Quizá me estoy preocupando por nada. A lo mejor todo esto que ha causado mi alarma no es más que la pataleta final de una organización cada vez más débil que ve cómo el poder e influencia que tenía se le van de las manos. A lo mejor, si nos limitamos a quedarnos cruzados de brazos y esperar un poco, las cosas sucederán por sí mismas.
Pero a lo mejor no. Y confieso que eso me preocupa bastante.
POSTDATA: Entre el momento en que escribí esta entrada y el de su publicación en Escrito en el agua, César ha actualizado su blog con un post titulado Francotiradores, que incide sobre algunos aspectos del mismo tema y que, ciertamente, no tiene desperdicio.
© 2008, Rodolfo Martínez
El giro a la izquierda de la Iglesia española
Sábado, Febrero 2nd, 2008 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis, Y sobre esta piedra | 5 comentarios »- El mismo día, hace un año: La ceremonia de la confusión
La Conferencia Episcopal ha pedido que no se vote a ningún partido que haya negociado con terroristas y, además, afirma defender la familia tradicional.
Lógicamente, eso sólo puede querer decir que están pidiendo el voto para Izquierda Unida y que abogan por la poligamia.
Qué otra cosa.
© 2008, Rodolfo Martínez
¿Más razonable?
Miércoles, Enero 16th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | 43 comentarios »Un post de hace unos días en el blog de César Mallorquí acabó albergando, entre sus comentarios, un curioso razonamiento.
Evidentemente, es natural que cada uno intente arrimar el ascua a su sardina y justificar de algún modo sus creencias o su postura vital como más razonables que las del vecino (salvo que las del vecino sean las mismas, claro). Al fin y al cabo, tendemos a considerarnos personas sensatas y razonables, así que aquello en lo que creemos, o el modo en que creemos algo, debe ser por fuerza sensato y razonable.
Pero al meollo.
El argumento es que el agnosticismo, frente al ateismo o el deísmo, es una postura mucho más razonable. Más lógica. Tanto creer como no creer son, en el fondo, creencias. Los dos en realidad creen en algo: el uno en la existencia y el otro en la inexistencia y, por tanto, ambos implican un salto de fe. El agnóstico, en cambio, al no tener pruebas ni a favor ni en contra de una cosa y otra, no da ese salto de fe, no se inclina hacia ningún lado.
En realidad, ese argumento es una falacia.
No creer en Dios no es un acto de fe. Igual que no creer que en el hueco entre la nevera y la pared hay misteriosos gremlins que por la noche te provocan pesadillas tampoco lo es. No es un acto de fe no creer en algo indemostrable que, además, no explica nada en última instancia (porque para considerar a Dios como causa última, tal como hacen los teólogos católicos, hay que hacer una o dos trampas de lógica, no nos engañemos).
No. La fe implica creer en la existencia de algo en ausencia de pruebas. No creer en la existencia de algo en ausencia de pruebas no es fe. Es sentido común.
© 2008, Rodolfo Martínez
Dios, los mormones, House e Instanton
Lunes, Abril 2nd, 2007 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | 3 comentarios »- El mismo día, hace dos años: Extrange Aparatus
Leo en el blog de mi amigo Instanton (lo encontraréis en los links de la derecha, en la sección de bitácoras: El trasgu probabilista; y si aún no lo habéis visitado os perdéis uno de los blogs más personales e inteligentes que he leído por ahí) una cita de House que expresa su pensamiento acerca de Dios y en la que dice que o bien no existe o es infinitamente maligno.
Instanton afirma reconocerse en esa frase. Y que, puestos a elegir, prefiere quedarse con lo primero, porque lo segundo ya sería demasiado chungo.
Tiendo a coincidir con él y además me recuerda un encuentro que tuve hace años.
Iba yo por la calle, a mi bola y pensando en mis cosas, y de pronto se me acercó una parejita de mormones. No hace falta que los describa, evidentemente: con esa pinta de nobles muchachos campesinos lanzados contra el mundo hostil armados sólo con su fe y su pureza. Me abordaron, siempre muy amables, y me interpelaron acerca de mis creencias.
Normalmente en casos así trato de responder algo no comprometedor, murmurar cualquier cosa sobre la prisa que llevo o lo que sea con tal de quitármelos de encima, intentando siempre ser amable, pese a que confieso que no llevo bien el proselitismo. Incluso diría que me cabrea, sobre todo cuando traspasa ciertos límites y después de haber dicho “no” de media docena de formas distintas, te siguen insistiendo en el asunto. Pero al mismo tiempo soy una persona profundamente tímida y mostrarme borde con un desconocido, especialmente si él es educado conmigo, me cuesta trabajo (los conocidos ya saben que mostrarme borde con ellos no sólo no es difícil, sino que resulta inevitable).
El caso es que aquel día me pillaron con humor de “a ver qué pasa” y contesté que era ateo.
Sus ojitos se iluminaron: “Ah, un desafío”.
Nos lanzamos a la discusión. No recuerdo muchos detalles pero sé que en determinado momento les hice una pregunta de este estilo:
—Entonces, ¿Dios sería capaz de condenarme al infierno por tener unas creencias equivocadas por más que yo creyera sinceramente en ellas?
Ellos ni cortos ni perezosos, respondieron que sí. A lo que yo dije:
—Entonces, ése es un Dios con el que no quiero tener nada que ver.
En un mundo ideal eso habría sido mi gran victoria, claro, mi momento de triunfo mientras ellos humillaban la cabeza y se iban con el rabo entre las piernas. En el mundo real, me temo que permanecieron impertérritos y que la discusión siguió un buen rato y tardé bastante más de lo que me hubiera gustado en quitármelos de encima. Sin duda los entrenan bien en Utah o de donde vengan.
Aunque, eso sí, reconozco que por un mínimo momento gocé perversamente del brillo horrorizado que apareció en los ojos de uno de ellos cuando solté mi frasecita.
Además, no se trataba de una frase dicha para epatar o escandalizar. Creía sinceramente lo que estaba diciendo.
Aún lo creo, de hecho.
© 2007, Rodolfo Martínez
Esto no es un campo de pruebas
Lunes, Diciembre 4th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | 3 comentarios »
Es cierto que House tiene un esquema demasiado repetitivo. Y que a menudo son los pequeños “casos secundarios” que se ve obligado a tratar los que le dan al episodio su verdadero interés, más que caso principal alrededor del que se estructura. La serie dista mucho de ser perfecta y, en realidad, casi podría ser definida con la frase con la que Raymond Chandler ventiló al principal antepasado de Gregory House, Sherlock Holmes:
Básicamente una actitud y media docena de diálogos brillantes.
Algo de eso hay, sin duda. Y seguramente la serie funcione narrativamente gracias a eso, a una actitud y a media docena de diálogos brillantes. Lo cual, admitámoslo, no es poco para los tiempos que corren.
El otro día pude ver por fin la primera temporada completa. Había visto episodios sueltos aquí y allá, pero hasta la semana pasada no pude verla entera, y además en versión original. (Qué raro se me hace, por cierto, ver a Hug Laurie haciendo de americano, sin ningún rastro de acento inglés en su voz.)
Estoy viendo el capítulo en el que House da una clase de diagnóstico a unos estudiantes de medicina. En realidad está contando su propio caso, el que lo ha llevado convertirse en un tullido adicto a los calmantes.
En cierto momento cuenta una serie de visiones que ha tenido cuando parecía que estaba a punto de morirse. Entonces le preguntan que cómo interpreta esas visiones. El diálogo que sigue es más o menos éste:
—Elijo interpretarlas como mi cerebro apagándose poco a poco y soltando cosas que llevaba dentro.
—¿Elige?
—Sí, no tengo datos que avalen una interpretación u otra, así que decido elegir aquella explicación que más me consuela.
—¿Le consuela creer que esta vida es todo lo que hay?
—No, lo que me consuela es creer que esta vida no es un test.
Creo que en ese momento fue cuando el personaje realmente me ganó. Hasta entonces simplemente me gustaba, pero fue entonces, cuando reflejó lo mismo que yo pienso y lo hizo mucho mejor de lo que yo jamás podría hacerlo, cuando me convertí en incondicional suyo.
Efectivamente, elijo creer que esta vida no es un ensayo general, un campo de pruebas, un examen para luego, en función de la nota, vivir de un modo u otro la vida “real”.
Esta es la vida real. Y de ese modo hay que vivirla.
Como diría House, no tengo pruebas de que sea así, ni tampoco de que no lo sea. Es lo que he elegido creer. Es lo que me conforta.
Es lo que, en el fondo, me hace levantarme todas las mañanas: que esto es lo que tengo, es mío y es real.
© 2006, Rodolfo Martínez
Fondo y forma
Jueves, Septiembre 15th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | Sin comentar »Es curioso. Pocas personas he conseguido que entendieran mi razonamiento. Y, encima, de esas pocas, a la mayoría el asunto no les interesaba demasiado.
Me explico. Una de las parábolas más famosas del cristianismo es la de los talentos. Para los que no tengáis el asunto muy reciente, he aquí un resumen:
Un amo tenía tres criados de confianza. Tomó su dinero y a uno le dio diez talentos, al otro cinco y al tercero, uno. Pasado un tiempo les llamó y les preguntó qué habían hecho con el dinero. El de los diez talentos dijo: “Pues mira, los puse a rendir y a los diez que me diste, he sumado otros diez”. “Bien”, dijo el amo, “has sido un siervo fiel y diligente, te recompenso con esto, lo otro y lo de más allá”. El de los cinco talentos dijo: “Puse a trabajar el dinero y a los cinco que me diste, he añadido otros tantos”. “Bien”, dijo el amo, “has sido fiel y diligente y te recompenso con esto otro y aquello”. El tercer siervo dijo: “Sé que eres un amo celoso, que se aprovecha del trabajo que hacemos los demás. Así que me he limitado a guardar el talento que me diste. Mira, aquí lo tienes”. El amo monta en colera, llama perezoso al criado y ordena que lo azoten, lo echen o las dos cosas.
La interpretación oficial de esa parábola (la única válida si eres católico, recuerda que en la Iglesia Católica, sólo los doctores autorizados tienen derecho a interpretar la Biblia) es que Dios nos concede ciertos dones de nacimiento y que es responsabilidad nuestra hacerlos trabajar, rendir, que florezcan y se desarrollen, y todo eso.
Vale, muy bien. Es una idea con la que hasta puedo estar de acuerdo. Naces con unas capacidades y si no haces todo lo que puedes para desarrollarlas no podrás echarle la culpa a nadie más que a ti mismo. Perfecto.
Sin embargo, lo que a menudo olvida la interpretación de la parábola es la parábola en sí, la anécdota, la historia que está contando. Y, cuando intentas sacar el tema a colación, normalmente se te dice que eso no importa, que la anécdota es irrelevante y que lo importante es ejemplo moral que sacamos de ella.
Falso. Claro que importa. Para ejemplificar lo que Jesús quería pudo haber elegido un montón de historias distintas. Pero eligió una sola, una en concreto de entre todas las posibles. Y esa que eligió es una donde implícitamente se afirma que está bien que un hombre explote a otros y se apropie de su trabajo, que incluso es lícito que monte en cólera y tome justa venganza cuando se encuentra con alguien que se niega a ser explotado y a jugar según las reglas del amo.
Bueno, me dirés. Jesús vivió en una época y usaba el lenguaje de esa época, uno que los habitantes de entonces pudieran entender. Argumento que no vale ni el papel en el que está escrito desde el momento en que volvemos a decir que pudo haber elegido muchas formas de decir lo que dijo, todas ellas comprensibles para el hombre de su época.
Durante un tiempo fui creyente y me consideré cristiano. Incluso después de llegar a la conclusión (personal, subjetiva y que no espero que nadie comparta) de que Dios no existe, seguí admirando la figura de Jesús y la moral que se desprendía de sus enseñanzas. Sin embargo, fueron cosas como esta parábola la que me hicieron empezar a plantearme la idea de que, a lo mejor, en lo moral el cristianismo y yo tampoco comulgábamos gran cosa. Al fin y al cabo, estamos ante un individuo que considera normal un sistema que, sin rasgarnos demasiado las vestiduras, podemos calificar perfectamente de esclavista. Y que no duda en usar con desparpajo elementos de esa sociedad esclavista para sus supuestas prédicas morales. Ahí hay algo turbio, que diría mi amigo Chus Parrado.
Luego vas viendo que no es la única cosa turbia que hay. Jesús salva a la mujer adúltera de morir lapidada y le dice “vete y no peques más”. Y yo me pregunto “¿más? ¿En qué había pecado?”. Un romano le pide que cure a su sirviente y Jesús al principio se niega, pues al fin y al cabo, él no ha venido aquí a tratar con extranjeros, está sólo para salvar a los judíos. Para Jesús servir a ese Dios al que llama “abba” es más importante que cualquier amigo, cualquier pariente, cualquier lazo de sangre o de afecto. Buff. Qué mal rollo, ¿no? Alguien para quien “la causa” está por encima de cualquier otra consideración…. Empiezan a sonar ecos siniestros en mi mente.
En fin, no voy a seguir. Pero con los años me he ido dando cuenta de una cosa. Y es que la única aportación válida que, al menos para mí, ha hecho el cristianismo (o, para ser exactos, tal vez debería decir, en este caso el judaísmo) desde el punto de vista moral es el libre albedrío: el hecho de que nosotros, y nadie más, somos los últimos responsables de nuestros propios actos y pensamientos.
El resto… sobre el resto había mucho que decir. Y no demasiado bueno.
¿Dónde estabas en los malos tiempos?
Domingo, Mayo 15th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | Sin comentar »Parece que la Iglesia Católica está verdaderamente obsesionada con el matrimonio homosexual. De hecho casi podríamos decir que se ha embarcado en una auténtica “cruzada moral” contra él, afirmando cosas tales como que la unión entre dos personas del mismo sexo no sólo no puede ser calificada de matrimonio (ha llegado a decir algo muy parecido a que eso es una “burla del verdadero matrimonio”) o que esta ley está destinada a desvirtuar y corromper el matrimonio “de verdad”, el heterosexual.
Ya he comentado lo absurdo de esas afirmaciones en otro Escrito en el agua, pero lo que me llama la atención no es tanto la insistencia de la jerarquía eclesiástica en lo aberrante de esta forma de familia (al fin y al cabo, se limita a definir cuál es su postura moral frente al asunto, como podría hacer cualquier otro colectivo) como su insistente llamada la “desobediencia civil” y a que los funcionarios y cargos públicos encargados de formalizar esas uniones, si son católicos, ejerciten la objeción de conciencia y se nieguen a celebrarlos, bajo el argumento de que uno no está obligado a cumplir una ley que considera inmoral y que, de hecho, lo contrario termina llevando a lugares como Dachau o Auswitz.
No comentaré lo absurdo de la comparación. Por un lado estamos hablando de que, en el ejercicio de tu cargo, te niegues a cumplir una medida que ni te priva de tus derechos ni perjudica a ningún colectivo (a nadie se le obliga, que yo sepa, a casarse con alguien de su mismo sexo); en el otro de una ley que, directamente, atenta contra los derechos y la vida de muchas personas.
No, el meollo del asunto es otro. Y, en realidad, las palabras sobre Dachau o Auswitz me vienen al pelo. Porque me hacen preguntarme dónde estaba precisamente la Iglesia Católica en aquellos tiempos. No recuerdo haber leído en ninguna parte un llamamiento de la Iglesia a los católicos (civiles y militares, funcionarios y personas privadas) involucrados en el genocidio judio para que se negaran a cumplir las órdenes criminales que les daban, o a los jueces católicos responsables de aplicar las leyes alemanas de segregación y encarcelamiento de los judíos para que no las ejecutaran. ¿Dónde estaba esa llamada a la desobediencia civil, a la objeción de conciencia, a negarte a obedecer leyes inmorales mientras morían miles, millones de personas en la Alemania nazi? ¿Aconsejó la Iglesia a los militares católicos chilenos que ejercitaran su derecho a la objeción de conciencia y no arrojaran civiles desde aviones en vuelo? ¿O quizá, se limitó a mirar a otro lado y pensar aquello tan famoso de “que los maten a todos, que Dios ya reconocerá a los suyos”?
Lo menos que se le puede pedir (a cualquiera, pero más especialmente a una organización que, se supone, tiene la virtud como uno de sus principales puntales ideológicos) es que sea coherente a la hora de aplicar sus ideas. Y, francamente, no me resulta coherente lanzar una cruzada de desobediencia civil por un tema que no va a privar nadie de ningún derecho (y mucho menos a los católicos) mientras guardas (o has guardado) un silencio aquiescente ante leyes que convierten en ciudadanos de segunda clase o, directamente, condenan a muerte, a miles o millones de personas.
Quizá el problema está en el concepto de moral, de virtud, que parece haber tenido la Iglesia Católica a lo largo de su historia: circunscrito estrictamente a lo sexual. Nada importa que mates, robes, tortures o intervengas en un genocidio mientras seas un buen padre de familia, no uses condón y utilices sólo la postura del misionero en la cama. El único mandamiento importante parece ser el sexto (bueno, y quizá el tercero, que eso de “santificar las fiestas” ayuda al sostén económico de la Iglesia); los otros son irrelevantes.
En cierto modo, tiene sentido que la obsesión moral principal de la Iglesia esté girando siempre alrededor del sexo. Un comportamiento sexual determinado genera unas relaciones afectivas y sociales concretas que acaban desembocando en un tipo de familia específico. Y, al fin y al cabo, la familia, la familia tradicional, la de siempre, la “verdadera” lleva dos mil años siendo el reducto a través del cual se transmiten las ideas religiosas y se perpetúan los los rituales de comportamiento. Permitir la existencia de alternativas, dejar que todos vean que el suyo no es el único camino posible, puede llevar a que algunas personas piensen, se planteen hasta qué punto lo que han dado siempre por supuesto como “natural” lo es realmente y a que empiecen a contemplar con ojo crítico sus propias creencias y comportamientos.
Algo a lo que, por supuesto, la Iglesia Católica le tiene verdadero pánico. Poco importa que un dictador mate a miles o millones de personas, mientras no perturbe los rituales sociales y sexuales que favorecen la estructura familiar a través de la cual se ha perpetuado la la iglesia a lo largo del tiempo. Pero si los fieles empiezan a pensar por sí mismos, a cuestionar la validez de la jerarquía eclesiástica como único interlocutor válido entre ellos y la divinidad y, por tanto, los únicos con capacidad y autoridad para interpretar el código moral de esa divinidad… si llegan a la conclusión de que, al fin y al cabo, ellos pueden tener su propia relación personal con el dios en el que creen, sin necesidad de intermediarios, entonces ¿para qué sirve la Iglesia?
