Cuando no todo el monte era orégano
Viernes, Noviembre 14th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | 9 comentarios »- El mismo día, hace un año: Kalpa imperial

El otro día, mientras me tomaba un café por la mañana justo antes de ir al trabajo, leía distraídamente uno de esos periódicos gratuitos. Allí me encontré con una noticia que comentaba el interés cada vez mayor que hay por las viejas consolas de video juegos o los antiguos ordenadores personales anteriores a la llegada del IBM-PC. Había varias fotos en el artículo, y una de ellas era de un Amstrad CPC 464.
Resulta que mi primer ordenador fue su hermano mayor, el Amstrad CPC 6128, y ver algo muy parecido a él en el periódico me inundó de una oleada de nostalgia. La mayor diferencia entre el 6128 y el 464 (además de las 128 Kas -sí, he dicho Kas- de RAM y de que no tuviera teclas de colorines) era su unidad de disco, frente a la unidad de cinta magnetofónica que traía el otro. Había un modelo intermedio, el 664, que tenía 64 Kas de RAM pero incluía unidad de disco.
Un disco, visto hoy, raro de narices: de 3″ y no de 3,5″, rectangular en vez de cuadrado y con una disquetera que, además, no era capaz de leer las dos caras a la vez, así que tenías que sacar el disco, darle la vuelta y volver a meterlo si querías acceder a la cara B. Todavía conservo alguno por casa, por cierto.
Como he dicho, 128 Kas de RAM, un monitor de fósforo verde (existía la opción con monitor de color y, de hecho, CPC eran las siglas, creo recordar, de Color Personal Computer) y todo lo demás integrado en el teclado. Que, por cierto, no traía ni “ñ” ni acentos.
Creo recordar, aunque puede que me equivoque, que en su momento fue un modelo de ordenador bastante avanzado, entre otras cosas, porque no gestionaba la memoria mediante pokes, sino direccionándola directamente. Tenía varios slots a los que podías conectar algunas cosas (de hecho, tuve un casette en su día conectado a uno, supuestamente para hacer copias de seguridad de los discos, algo que creo que jamás hice) e incluso una ranura en la que podías enchufar un disco duro. ¿De qué capacidad? Pues ni idea, pero teniendo en cuenta la época y el estado de la tecnología sería una ridiculez, seguramente.
Tras el CPC 6128 llegó el PCW (había dos modelos, el de 256 Kas y el de 512), anunciado como “el ordenador concebido para sustituir a la máquina de escribir” y que, me parece, fue un fracaso comercial bastante grande. Tuve oportunidad de trabajar con uno de esos cacharros mientras hacía la mili, pero eso es otra historia, evidentemente.
Después de ese ordenador he tenido unos cuantos, supongo que como todos, más o menos, hasta llegar a mi actual iMac de 24″. Y sin embargo…
Permitidme que cambie de tema. Aunque en realidad, no lo haré.
El otro día, mientras recibía un curso en el trabajo, el profesor que lo impartía nos preguntó cuáles creíamos que podían ser algunas de las causas de la llamada “crisis del software” (por abreviar y simplificar mucho, la tesis es que hay algo chungo en el actual modelo de desarrollo del software que hace que no importa cuántos millones se gasten, el código nunca termina de funcionar del todo como debería y nunca es tan eficiente como tendría que ser). Y al oír la pregunta no pude evitar recordar, de nuevo, mi CPC de Amstrad.
No recuerdo qué palabras usé, pero lo que dije venía a ser algo así como que uno de los problemas era que “todo el monte es orégano”, que “ancha es Castilla”. Que, en pocas palabras, el hadware ha evolucionado tanto y se ha desarrollado de tal modo que la preocupación por hacer un código eficiente que aproveche al máximo los recursos disponibles ya no es una prioridad. Se parte de la base de que los recursos son ilimitados y, por tanto, no hay por qué preocuparse en optimizar su utilización.
Es una opinión quizá exagerada y puede que hasta sesgadada, no lo sé. Pero no puedo evitar pensar que tiene algo de cierto.
Porque recuerdo aquellos humildes cacharros con sus 128 miserables kilobytes de RAM (y, para colmo, sólo 64 eran accesibles a la vez, había que paginar para poder usar los otros 64) y me acuerdo de las cosas que se hacían con esa cantidad ridícula de memoria y me pregunto: “¿qué ha pasado?”.
Recuerdo juegos inteligentes, que aprovechaban al máximo aquellas primitivas tarjetas gráficas y te proporcionaban una sensación convincente de movimiento y de atmósfera (y hasta había 3D, aunque fuera en realidad un pseudo-3D, pero resultaba casi creíble). Recuerdo procesadores de texto con una versatilidad que no encontraría en el mundo de los PC hasta diez o quince años más tarde. Recuerdo, en general, un buen aprovechamiento de los recursos y unas aplicaciones que hacían lo que tenían que hacer y, encima, no se colgaban nunca.
¿Es pura nostalgia? Puede. Al fin y al cabo, fue el primer ordenador que tuve. Recuerdo que, algunos años más tarde, cuando me compré un IBM PS2 tuve la sensación de que había retrocedido (y eso que el cacharro tenía un disco duro de 20 Megas, que para mí por aquel entonces era sinónimo de espacio infinito) y de que no podía hacer con aquel cacharro supuestamente más potente (con disco duro, ya lo he dicho; y 640 Kas de RAM) todo lo que había hecho con mi Amstrad.
Y, reconozcámoslo, Amstrad ni siquiera era la mejor máquina de la era pre-PC. Si hubiera tenido un Commodore Amiga, al usar mi primer PC habría pensado que había retrocedido a la Edad de Piedra.
¿Qué pasó exactamente? No lo sé. Pero no puedo dejar de pensar una y otra vez que el desarrollo del hardware le ha jugado una mala pasada al software. Ya no hace falta esforzarse, currárselo, encontrar la forma más óptima de usar los recursos a tu alcance porque estos son limitados, no hay más de lo que ves y tienes que buscarte la vida para desarrollar tu aplicación con eso. Ya no hay restricciones: todo el campo está abierto y los recursos, de potencia, de memoria, de capacidad de almacenamiento, son infinitos. Así que para qué preocuparnos por minucias.
¿Estoy exagerando? Seguro que sí.
Y sin embargo… Cómo molaba aquel maldito Amstrad, narices.
Leyendas urbanas (I)
Lunes, Octubre 20th, 2008 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | 7 comentarios »- El mismo día, hace un año: Citas citables: Raymond Chandler
- El mismo día, hace dos años: La madrastra que no imaginó Walt Disney
Estos días he estado cargando la obra (casi) completa de Mike Oldfield en el iPod y, luego, mientras escuchaba Tubular Bells no he podido evitar acordarme de una leyenda urbana que circulaba en mi adolescencia, referida precisamente a ese disco.
La idea, más o menos, es que era un disco peligroso: porque si lo reproducías en un tocadistos demasiado antiguo, que no estuviera preparado para el sonido tan complejo y lleno de capas y capas y más capas de la opera prima de Miguelito Campiviejo, el tocadiscos podía llegar a estallar (en tus narices, si estabas lo bastante cerca).
De hecho, recuerdo que fue una advertencia que me hicieron cuando me pasaron el vinilo para que lo escuchara: que me asegurase de que mi tocadiscos podía con aquello.
No hace falta decir que pudo. Pero confieso que sentí cierto miedo cuando, con infinito cuidado, dejé caer la aguja sobre el LP.
Los fanzines de los 90: batiburrillo final
Viernes, Diciembre 22nd, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | Sin comentar »Por supuesto, hubo muchos más fanzines en la década pasada aparte de los que he comentado en esta serie. Como ya dije en su momento, esto no pretendía ser un repaso ni exhaustivo ni objetivo a las publicaciones amateurs de los noventa dedicadas al fantástico, sino más bien una crónica puramente personal de mi relación con algunas de ellas.
Si me he dejado fuera alguna, eso no quiere decir que fuera menos importante que aquéllas de las que sí he hablado: simplemente, mi relación con ella no fue lo bastante cercana para que tuviera cabida aquí.
Aclarado esto, me ha parecido buena idea cerrar esta serie con una suerte de cajón de sastre, algo a medio camino entre el anecdotario y la enumeración caótica que quizá sirva para darle un poco más de profundidad al panorama que he ido trazando hasta ahora. O quizá no, a lo mejor sólo lo vuelve todo más confuso, quién sabe.
Decía que hubo más fanzines aparte de los que he estado comentando. Y algunos de ellos no usaban el papel como soporte. Estaba el veterano Axxon, por supuesto, que si no recuerdo mal, empezó distribuyéndose por medio algunas de las BBS de la época, entre ellas El libro de Arena. Hoy sobrevive en la web y parece seguir gozando de buena salud.
Kernel BEM fue un proyecto personal de Pedro Jorge Romero. No sólo creó el fanzine electrónico, sino el lenguaje que lo soportaba y que permitía componerlo. Se llamaba magazine compiler, estaba creado en C++, si no recuerdo mal, y básicamente permitía aplicarle formateo a un texto mediante una serie de sencillos comandos. Algo no muy distinto del html, en realidad.
Kernel BEM duró pocos números. Fue un intento de tener un apoyo digital de BEM y de incluir en él textos que, por su extensión, no tenían cabida en el fanzine de papel y, seguramente, fue un experimento que se adelantó a su tiempo.
Ad Astra, en cambio, duró mucho más. Y, de hecho, llegó a tener una versión en web que sobrevivió algunos años. Se distribuía originalmente en disquete y, por lo que recuerdo, al principio salió con bastante regularidad. En sus páginas virtuales había un poco de todo y quizá lo que más recuerdan ahora los veteranos fue la polémica (que no sé si ellos iniciaron, pero sin duda sí que la aprovecharon bien a fondo) referente a si Xavier Riesco Riquelme era o no un pseudónimo de Pedro Jorge Romero.
Mientras tanto, seguía con nosotros un superviviente de tiempos mejores: Uribe, la hoja informativa de Agustín Jaureguízar que, sin grandes alardes, venía publicándose desde los años ochenta y que sobrevivió durante la década siguiente.
Bucanero fue un fanzine de vida efímera; aunque suficiente para permitirme publicar en su número dedicado al cyberpunk mi cuento “Mensajero de Dios”.
A finales de la década salieron varios proyectos nuevos, como La plaga, Pulp Magazine o El melocotón mecánico. Todos ellos pasaron a mejor vida, aunque el último se reconvirtió en Valis y luego dio origen a la actual editorial AJEC.
Y estaba Taquión, el fanzine que nunca vimos. Unos dicen que porque pasó tan rápido ante nuestros ojos que no fuimos capaces de percibirlo. Otros, que porque en realidad había retrocedido en el tiempo y se había convertido en la publicación hegemónica en un pasado alternativo.
Y, por supuesto, Gigamesh. Había sido un fanzine durante los ochenta. Y, a finales de esa década, Alejo Cuervo había decidido dar el salto a revista profesional. El primer número llegó a tener distribución en quioscos (dicen las malas lenguas que Alejo llegó a tirar unos veinte mil ejemplares, buena parte de los cuales se tuvo que acabar comiendo) y el número dos salió poco después. Sin embargo, el tres se hizo esperar. Y esperar. Y esperar. Y esperar.
Hasta que fue un chiste recurrente en el fandom comentar aquello de: “¿Te acuerdas del episodio de Star Trek: la nueva generación en el que Picard recibía el número 3 de Gigamesh recién salido de imprenta?”. Luego, Julián Díez se puso al frente de la revista y uno sus compromiso personales fue que ésta tuviera una periodicidad digna de ese nombre. Le costó, pero acabó consiguiéndolo.
Hubo varios intentos de lanzar al mercado una revista profesional. Cyber Fantasy iba en esa línea, pero no llegó a durar más de cinco o seis números. Blade Runner Magazine debió de durar menos aún. Star Ficción (la edición española de Star Log) no lo hizo mucho más.
Y estaba Pórtico que, en realidad, era el boletín interno de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción (AEFCF) pero que a todos los efectos funcionaba como un fanzine más: publicaba cuentos, artículos, reseñas de libros… Años más tarde cambiaría de formato y de contenido y se parecería más a la imagen que uno tiene de un boletín interno de una asociación cultural y, finalmente, terminaría dando el paso al formato electrónico y se distribuiría en PDF… pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión, como dijo no sé quién no sé cuándo no sé dónde.
Aullidos, que si no recuerdo mal hacían Eduardo Escalante y Alfredo Liébana. Dedicado al terror y a eso que ahora se llama “fantasía oscura”.
Y, por supuesto, Opar, el fanzine dedicado a la literatura de aventuras. Tremendamente cuidado, muy elegante y con contenidos siempre interesantes llegó a tener una colección de libros.
No deberíamos olvidad los combozines de las HispaCones, dedicados a comentar lo que pasaba en la convención, dar cuenta de anécdotas y rumores y servir como complemento (y recuerdo de ellos) a los actos oficiales. El más memorable quizá fue el Papel mojado que preparó Julián Díez para la HispaCon de Santiago de 1999. Y quizá sería una iniciativa digna de recuperar para futuras convenciones.
Y, creedme, había unos cuantos más. Algunos no pasaron del primer número, otros —como el caso de Taquión, ya comentado— se quedaron en la mesa de diseño. Otros duraron un tiempo y tuvieron su número de fieles.
La mayoría han desaparecido. Algunos han ido dejando herederos o se han metamorfoseado: BEM es ahora una web de noticias; El fantasma / Artifex fue el embrión de Bibliópolis; El melocotón mecánico sirvió de banco de pruebas de AJEC Grupo Editor… Otros se han sumido en la larga noche sin dejar rastro, como no sea en nuestra memoria.
A finales de la década empezó a haber verdaderas revistas profesionales dedicadas al género (aunque a mi entender no fueron verdaderamente profesionales hasta que no empezaron a pagar a los colaboradores, cosa en la que Gigamesh fue pionera). Para sorpresa de muchos (que desde la desaparición de Nueva dimensión en 1983 vieron cómo los intentos de crear una revista comercial de CF se hundían uno tras otro) esas revistas encontraron su hueco en el mercado y, durante un tiempo al menos, funcionaron comercialmente. Es posible que eso marcara el declive de los fanzines: estos cumplieron una función, llenaron un hueco. Cuando ese hueco empezó a ser ocupado por los profesionales, las revistas hechas por aficionados empezaron a languidecer.
Internet, quizá, tuvo también mucho que ver en el asunto. Hoy por hoy no son raras las revistas virtuales, que cuelgan de algún portal o son el núcleo alrededor del que gira el portal. Axxon (que continúa su andadura), Kernel BEM y Ad Astra fueron pioneros en ese terreno.
O quizá la explicación es otra, totalmente distinta. Al fin y al cabo ni soy sociólogo ni historiador. Ni pretendo serlo.
Lo cierto es que todos esos fanzines ya no están con nosotros. Para los aficionados actuales seguramente aquellas publicaciones les parecerían toscas, sin gracia, un tanto cutres. Quizá tengan razón.
Para nosotros llenaron un hueco importante. Crearon y solventaron polémicas. Dieron su primera oportunidad a autores que hoy publican con regularidad. Se hicieron eco de lo que pasaba en el “mundo real” y ayudaron a que el fandom fuera creciendo y evolucionando. Sin ellos (sin todos ellos) nuestro mundillo de aficionados no sería lo que es hoy, tanto para bien como para mal.
Sin ellos, yo no sería lo que soy.
© 2006, Rodolfo Martínez
Los fanzines de los 90: BEM
Viernes, Diciembre 15th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | 19 comentarios »
Hay mucho que decir sobre BEM. Y, dependiendo de quién os cuente la historia, os hablará maravillas o echará pestes de ella. Como ya dije al principio de esta serie, mi pretensión no era en ningún momento presentar una visión objetiva de lo que significaron las publicaciones amateurs de ciencia ficción en la pasada década, sino más bien narrar, hasta cierto punto, mi crónica sentimental con algunas de ellas. He intentado, dentro de lo posible, mirar las cosas con una cierta distancia, implicándome en el recuerdo pero sin cegarme por la nostalgia.
Y confieso que he estado postergando la entrada de BEM, anticipando desde el principio que iba a resultar polémica. No tanto por las repercusiones que pudiera tener entre quienes la leyeran, sino por mí mismo. Hay partes de mi historia personal con BEM que me sigue resultando incómodo recordar y sobre las que, de hecho, prefiero no incidir. Para los cotillas, básteles con saber que lo que hace unos años fueron buenos amigos, ahora no pasan de un corteses conocidos. Los que quieran especular por los motivos de ese cambio, adelante, están cordialmente invitados. De todas formas, lo harían aunque yo no dijera nada, así que…
BEM sigue existiendo, ahora como una web dedicada a las noticias sobre el mundo del fantástico. De hecho, la página (aunque en otra formulación y bajo otra URL) ya existía antes de la desaparición del fanzine de papel.
En cierto modo, la actual web es una suerte de back to the basics, un retorno a los orígenes, pues BEM nació como una hoja informativa dedicada a recoger noticias sobre el mundillo de la CF y la fantasía. En principio no eran más que cuatro páginas en A4, con una maquetación similar a la de un periódico, donde se daba cuenta de quién había publicado qué y dónde, cuándo se iba a celebrar este acontecimiento o el otro, o quienes eran los finalistas a éste o a aquel premio. La llevaban Ricard de la Casa y Pedro Jorge Romero y este último tenía su propio fanzine, el interesante no ficción que se sustentaba básicamente en artículos que intentaban analizar el género fantástico con rigor y seriedad. Con el tiempo, no ficción se integró dentro de BEM, al igual que lo hizo Factoría de Fantasía y Ciencia Ficción, un proyecto de Ricard que nunca llegó a ver la luz como ente separado y en el que se pretendía dar cabida a relatos cortos. Con estas tres patas se articuló el trípode que era BEM y sobre el que durante mucho tiempo supo mantener un envidiable equilibrio: las noticias y comentarios, los artículos de fondo y los relatos. De hecho, durante algunos números, el sumario de la publicación se presentaba dividido en esas tres partes: BEM, no ficción y Factoría.
La evolución del fanzine fue rápida, casi de un número a otro y pronto tuvo un aspecto que lo hacía destacar con facilidad por encima del resto de la época. No sólo por su formato en A4, sino por su impecable maquetación y su calidad de impresión. No tardó en convertirse en la publicación de referencia para el fandom. Y para muchos escritores que empezaban (y algún veterano que otro) colar un cuento en sus páginas era un objetivo prioritario.
No tardé en colaborar con ellos, en su sección “La firma invitada”. Allí escribí un artículo metiéndome con Michael Moorcock, cuyas creaciones (después de muchos años de conocerlas a través de las adaptaciones al cómic que Roy Thomas y P. Craig Russell habían hecho) me habían resultado profundamente decepcionantes. Unos números más tarde, Albert Solé me respondía dándome cierta caña y, poco después, yo respondía a su respuesta, en un tono que, visto ahora, me parece demasiado solemne y pomposo. Supongo que debería haber entrado en su juego y haber respondido en el mismo tono entre jocoso e irónico que Albert había usado en su artículo. Intentaré hacerlo la próxima vez.
Luego… llegó el escándalo. En las páginas de BEM apareció una “cosa” (porque llamar artículo a aquella sarta de frases venenosas y mala baba es darle un tratamiento que no merece) titulada “Alejo Cuervo y sus cenobitas: el panorama de la ciencia ficción en España”. Bajo aquel título el entonces director de Blade Runner Magazine, Carlos Mesa, daba suelta a su rabia porque Alejo y un grupo de colaboradores de su entorno habían decidido abandonar su revista. Mesa se desahogaba a fondo, sin cortarse un duro en acusar a Alejo de todo lo imaginable y, no contento con esto, entraba en descalificaciones personales difícilmente justificables; desde la forma de vestir de algunos, la gordura de otros o los dientes estropeados de aquellos. Cristina Macía le respondió unos números más tarde con contundencia y eficacia (en su “réplica de una cenobita a un pitufo”) y fue la responsable de que a partir de entonces se conociera a Mesa en el fandom como Charlie Table, el Pierre Cardin de la ciencia ficción.
Los editores de BEM argumentaban que ellos se habían limitado a publicar un artículo de opinión y que no entraban a valorar lo adecuado o no de ésta; y que incluso habían concedido el derecho de réplica a los implicados.
Eso puede ser cierto. También lo es que generó un alto nivel de mal rollo entre muchas personas. Y no me creo que los chicos de BEM desconocieran que eso iba a pasar.
Fue ese artículo el que bautizó durante muchos años a la gente del entorno de Alejo Cuervo (y, por extensión, a algunos de los integrantes de la TerMa —tertulia madrileña de literatura fantástica— más cercanos a Julián Díez) como “cenobitas”, y uno de los primeros pasos públicos que se dieron en lo que fue la guerra más sonada del fandom de esa época. Una guerra con momentos más beligerantes que otros, incluso con sus treguas y sus intentos de acercamiento.
Se nos ha querido vender la moto de que esa guerra polarizó por completo al fandom en dos bandos enfrentados a muerte. Sin embargo, la realidad era bien distinta: la mayor parte de los aficionados activos al género pasaban bastante del asunto. Para ellos lo importante era que las publicaciones salieran a tiempo y tuvieran buen material. Que los editores de un sitio tuvieran algo contra los de otro, o que el colectivo X arremetiera contra el Y, ni les interesaba ni les importaba. Esa supuesta polarización de los aficionados en dos bandos irreconciliables afectó, en realidad, a muy pocos (aquellos más cercanos a cada uno de los entornos en danza) aunque causó mucho ruido, evidentemente.
Entretanto, BEM siguió creciendo. Creciendo en páginas, en ambición, en contenidos… y en editores. Joan Manel Ortiz y José Luis González no tardaron en unirse a Pedro y Ricard. Y, durante un breve periodo, Javier Cuevas y yo mismo formamos parte del Grupo Interface, que fue como decidieron denominar al colectivo encargado de la revista.
En un principio yo iba a encargarme de seleccionar los cuentos para BEM, y así lo hice durante algún tiempo, más bien breve, sobre todo porque vi enseguida que poco podría trabajar en el asunto (entre otras cosas, estaba haciendo la mili y eso no me dejaba mucho tiempo libre) y llegué a la conclusión de que figurar sin dar el callo no tenía sentido. Lo hablé con ellos, se mostraron de acuerdo y pasé a convertirme en un colaborador más.
Durante ese breve intervalo tuve, como curiosa anécdota, mi primer intercambio epistolar con Julián Díez. En realidad, yo no sabía que estaba hablando con él: quien se me presentó fue otra persona (no recuerdo ahora el nombre que me dio) que afirmaba ser el seleccionador de cuentos para la revista Gigamesh y me proponía un intercambio de material: yo le pasaría los relatos que no aceptase para BEM a ver si les interesaban a ellos y a cambio él haría lo propio. Me pareció una propuesta razonable y la acepté y durante algunos meses intercambiamos correspondencia (postal, por supuesto, el correo electrónico aún estaba, para mí, algunos años en el futuro). Luego, en la HispaCon de Gijón en 1993, Julián se me acercó y reconoció que él era la persona que se había carteado conmigo; no recuerdo si me explicó el motivo de su pseudónimo, aunque supongo que temería que viniendo de alguien como él (claramente, el “delfín” de Alejo Cuervo por aquella época, o esa era la imagen que proyectaba) su propuesta fuera mirada con desconfianza.
Como ya he dicho antes, durante un tiempo BEM no tuvo competencia digna de ese nombre en el ámbito de las publicaciones amateurs dedicadas al género fantástico, e incluso en los primeros tiempos de Gigamesh como revista profesional, el fanzine del Grupo Interface seguía siendo hegemónico. Hay quien piensa que eso se les subió a la cabeza y que, en cierto modo, se creyeron por encima del bien y del mal. Que se acostumbraron, tal vez, a que se les concedieran ciertos espacios de privilegio que acabaron considerando como algo natural.
Sin duda cometieron errores. Posiblemente pecaron de prepotentes más de una vez. Claro que, puestos a repartir palos, tampoco podemos decir que el comportamiento del “otro bando” fuera exquisitamente correcto. Así pues…
Como he dicho al principio, mi relación con los miembros del Grupo Interface se fue volviendo más tibia y lo que era una buena amistad (en algunos casos una muy buena amistad) acabó enfriándose. Desde el punto de vista de ellos, estoy seguro, el responsable fui yo. En cuanto a mi punto de vista… bien, no voy a entrar en temas personales. Digamos simplemente que sigo sintiendo aprecio por alguno de los antiguos editores de BEM; los otros se han convertido en simples conocidos con los que puedo mantener una conversación cortés, llegado el caso, pero con los que no tengo intención alguna de mantener una relación más estrecha.
BEM duró diez años, setenta y cinco números. Un hito al que pocas revistas, amateurs o profesionales, se han acercado. En ese periodo, por sus páginas pasó de todo: buenos —y malos— cuentos de los principales escritores españoles del género y de algún que otro extranjero, algunos excelentes artículos o secciones fijas interesantes como la de libros extranjeros de Pedro Jorge Romero. Otras secciones, me temo, se convirtieron en idas de olla difícilmente justificables, como los “Pisadas” de Miquel Barceló, que degeneraron rápidamente de una columna de opinión más que atractiva hacia una suerte de vendetta personal contra todo aquel que Miquel sintiera que lo había atacado, generalmente Julián Díez —al que se hacía referencia como el Joven Director— o alguien de su entorno o el de Alejo Cuervo —el Astuto Comerciante—.
Lo cual, por cierto, siempre me pareció un ejercicio de irresponsabilidad editorial por parte del Grupo Interface. La excusa del “no nos hacemos responsables de las opiniones de nuestros colaboradores” siempre me ha parecido más bien floja y sin demasiada sustancia. Porque, al fin y al cabo, parte de la labor de un editor es —o al menos debería ser— la de controlar el contenido de lo que edita y recortar las alas a sus colaboradores si consideran que están transitando un terreno peligroso, inadecuado o, simplemente, ajeno a los propósitos de la publicación. Y no, no estoy abogando por la censura; pero si a alguien le encargas una columna de finanzas, es tu labor como editor darle un toque cuando empieza a hablar de moda o la cría del berberecho bermellón australiano y sus delicias gastronómicas.
Pero temo que me estoy saliendo del tema. Y es más bien hora de que vaya encarrilando esto hacia el final. Así pues, perdonadme la digresión.
Si uno repasa hoy las páginas de BEM (algo que es posible gracias al CD en el que los propios editores recopilaron toda la revista en formato PDF y que supongo que no será muy difícil de conseguir) encontrará aún mucho material valioso, de todas clases, condiciones y tamaños. Y creo que deberían ser recordados por eso más que por sus errores: durante diez años supieron estar puntualmente al pie del cañón —mensualmente al principio, cada dos meses después, periodicidad que revistas con aspiraciones más profesionales no han sido capaces de mantener, ya que estamos— y trataron de ofrecer a su público el mejor material posible.
Y sin duda lo consiguieron, en buena medida. Pese a las exageraciones —y ocasionales mentiras directas— de sus detractores, pese a que el comportamiento editorial del Grupo Interface no siempre estuvo a la altura de su propia revista, BEM fue durante casi una década la mejor publicación periódica de ciencia ficción y fantasía en España.
Le pese a quien le pese.
© 2006, Rodolfo Martínez
Los fanzines de los 90. Un paréntesis: Maser
Miércoles, Diciembre 6th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | 2 comentarios »
Estrictamente hablando, el grueso de la etapa en activo de Maser, el fanzine que Jesús y Juan José Parera al principio y luego el segundo en solitario editaban desde Madrid, pertenece a la década de los ochenta del pasado siglo.
Sin embargo, llegó a publicar algún número en los noventa. Y, como no me cansaré de repetir, esto no es una crónica objetiva, ni ha pretendido serlo nunca.
Supe de la existencia del fanzine por las página de Nueva dimensión, revista a la que estuve suscrito desde el número 119 hasta su desaparición en el 148. De hecho, un día me llegó publicidad de Maser (sospecho que tenían acceso a la lista de suscriptores a ND, algo que con la actual ley de protección de datos sería impensable) donde se anunciaba, para el número siguiente, un relato de Rafael Marín, continuación de su novela corta “Nunca digas buenas noches a un extraño”, que yo había leído —y disfrutado entre la admiración y la envidia— en Nueva dimensión. Picado por la curiosidad, le escribí a Juan José y no recuerdo si simplemente le pedí aquel número o decidí suscribirme al fanzine, directamente.
El caso es que cuando llegó lo que había pedido, me encontré con que aquella supuesta continuación no pasaba del capítulo inicial. Marín no había llegado a terminarla ni parecía que la fuese a terminar jamás. Pese a eso, el fanzine me gustó: tenía un aspecto sobrio, elegante y bien maquetado y el material que contenía me resultó interesante. Así que seguí suscrito.
Ni se me ocurrió enviarle un cuento a ver si lo publicaba. Me parecía que Maser estaba, como dicen los anglosajones, “way out of my league”. Tenía un aspecto casi profesional: portada en cartulina de color, con lomo, impreso —o eso parecía—… en fin, me parecía que tenía demasiada calidad para que su editor se molestase siquiera en leer lo que yo pudiera mandarle.
Sí, era joven e ingenuo. Incluso inseguro respecto a mi valía como escritor. Ya veis cómo pasan los años.
Lo que sucedió después fue que, por motivos que aún hoy desconozco, Maser dejó de tener aquel aspecto casi de revista profesional y pasó a tener pinta de fanzine cutrillo-fotocopiado. Y recuerdo que al recibir aquel primer número tras la reconversión lo que pensé no fue “jo, qué putada” sino “eh, con esto sí que me atrevo”. Así que le envié un par de cuentos. Absurdo, ¿verdad? La publicación era la misma y si antes, desde mi punto de vista, tenía unos baremos de calidad demasiado altos para mí, ¿por qué iba a dejar de tenerlos ahora? Sin embargo, su aspecto actual me “imponía” menos y allí sí que me atrevía a mandar algo.
Para mi sorpresa, Juan José me escribió diciendo que aceptaba mis cuentos. Que “El chico de la moto es el rey” saldría en el siguiente número y el otro, “En los confines del Norte”, lo guardaba para más adelante.
Eh, tíos, iba a publicar. Joder, iba a publicar. ¡Hostia puta, iba a publicar!
Y, mientras esperaba ansioso al siguiente número del fanzine (creo que salían un par de ellos al año) recibí otra sorpresa. Un pequeño boletín en formato A5 donde Juan José daba salida a algún que otro artículo y a varias críticas o reseñas de libros. Lo llamó, evidentemente, Maser boletín informativo y al principio eran simplemente cuatro páginas, un A4 doblado, en realidad.
Eh, me dije. Qué idea. Aquí puede haber algo interesante, una nueva oportunidad de publicar. Repasé mi biblioteca, vi qué libros había leído últimamente y escribí unos cuantos comentarios sobre ellos. Se los mandé a Juan José. Al fin y al cabo, si había aceptado mis cuentos, a lo mejor también lo hacía con mis reseñas.
Y lo hizo. Para el número tres del boletín informativo, había un par de críticas mías. Una de ellas a Cánticos de la lejana Tierra de Arthur C. Clarke, si no recuerdo mal. Como la periodicidad del boletín era mucho menos espaciada que la del fanzine, salieron varios números del primero con artículos y reseñas firmadas por mí antes de que el número 10 de Maser llegase a mis manos con mi primer relato publicado.
Y con algo más.
Abrí el sobre y me encontré con unos cuantos billetes. No recuerdo el importe exacto, pero era un dinerillo. Pensé que había habido algún error y escribí a Juan José (ah, parece increíble: escribir una carta, imprimirla, meterla en un sobre y llevarla a Correos… cómo han cambiado las cosas en tan poco tiempo) informándole del asunto.
Ningún error. Juan José había decidido pagar las colaboraciones. Poca cosa, pequeñas cantidades, pero para mí era la rehostia. No sólo me publicaban: me pagaban por ello.
Era el paraíso.
Y supuso un acicate importante para mí, un estímulo no despreciable. Evidentemente, no escribía motivado por lo que Juan José pudiera pagarme, ni mucho menos, pero saber que había alguien que confiaba en mi trabajo lo suficiente, no sólo para publicarme en su fanzine, sino para compensarme económicamente por ello era importante para mí.
Durante los siguientes dos o tres años colaboré activamente en el boletín informativo de Maser, hasta el extremo de que algunos números (que pronto fueron creciendo de páginas) casi parecían un coto personal mío. Reseñaba casi cada libro que leía y empecé a escribir algún artículo que otro. Recuerdo especialmente uno en el que hablaba de que Harlan Ellison no me parecía gran cosa como escritor, más allá de su habilidad para los títulos largos y rebuscados. Fue respondido varios números después por Julián Díez. En el número 14 del fanzine volvió a salir otro relato mío, aquel “En los confines del Norte” que Juan José había decidido guardar para otra ocasión.
Para entonces Juan José ya tenía más material mío. Y entre ese material había una novela. ¿Una novela? ¿Para un fanzine?
Sí, porque Juan José empezó a hacer números monográficos de Maser y algunos de ellos los dedicó a publicar una novela de autor español (también sacó un especial compuesto exclusivamente por ilustraciones de su hermano Jesús, fallecido unos años antes y co-editor del fanzine). La primera novela, escrita por Francisco Arellano, mezclaba a Doc Savage con los mitos de Cthluhu. La segunda se llamaba Tornado y estaba escrita por Alfredo Benítez Gutiérrez.
Y la tercera…
La tercera estaba en manos de Juan José desde hacía tiempo. Se llamaba Después del pasado y adivinad quién era el autor. Ajá, muy bien, en efecto, lo habéis pillado. Se trataba de una historia ambientada en los primeros tiempos de Drímar y narraba una historia a lo Mad Max en medio de la ruinas de la civilización del siglo XX.
Creo que mi novela iba a ser el número 15 del fanzine…
Sólo que no llegó a haberlo jamás.
Juan José decidió tirar la toalla. Maser cada vez le consumía más tiempo y esfuerzos, y los resultados no compensaban. El número de suscriptores era ridículo y los ejemplares que conseguía vender a través de alguna librería, escasos. Así que decidió cerrar el quiosco y dedicarse a otras cosas.
Mi novela ya estaba maquetada y Juan José tuvo el detalle de mandarme las pruebas de imprenta. Las encuaderné y ahí esta desde hace años ocupando un lugar en mi biblioteca: lo que estuvo a punto de ser mi primera novela publicada pero no lo fue.
Visto hoy, creo que Juan José se equivocó en sus apreciaciones. No en el sentido de que no debería haber cerrado fanzine: eso es algo que sólo él podía decidir. Y, si realmente se sentía cansado y el esfuerzo no le compensaba, no tenía sentido que siguiera con él.
Pero en un sentido más amplio sí que “compensaba”. Tal vez no para su editor, pero sí para la media docena de colaboradores que, bien en el boletín, bien en el fanzine, bien en ambos, dimos nuestros primeros pasos en el mundo de la publicación y fuimos perdiendo nuestro miedo escénico, puliendo nuestros defectos y aprendiendo unas cuantas cosas en el proceso. Maser compensaba, claro que lo hacía, y con creces.
Y creo que, pese a que sus ventas fueran bajas (quizá incluso más bajas de lo normal en un fanzine de sus características) su influencia en el mundillo no fue desdeñable. Y en cierto modo tengo la sensación de que marcó iniciativas posteriores. No me parece descabellado pensar que proyectos como Elfstone o Parsifal nacieron en buena medida gracias al ejemplo de Maser.
A mí me compensó, como he dicho. Y mucho. Juan José Parera fue mi primer editor y, durante todo aquel tiempo, un buen amigo. Aún lo es, aunque nos vemos poco y nos escribimos aún menos. Pero siempre es un placer encontrárselo en las HispaCones y hablar, aunque sea unos minutos, de lo que sea.
Hoy, Juan José sigue al pie del cañón con Términus Trántor, una auténtica enciclopedia on-line dedicada a la ciencia ficción y fantasía que es, sin la menor duda, una de las webs de referencia del género.
Durante un tiempo, creí que Juan José dejaría el fandom, al menos de un modo activo. Me alegra ver, sin embargo, que no se ha rendido y ahí sigue.
Por mucho tiempo, espero.
© 2006, Rodolfo Martínez
Pues va a ser que no estaba en Sunnydale
Miércoles, Noviembre 22nd, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | 5 comentarios »
Todos estos años creyendo que estaba en California, en ese “apacible” pueblecito llamado Sunnydale donde las animadoras matan vampiros y las empollonas se convierten en brujas (por no mencionar los hombres lobo rockeros, las niñas pijas vampíricas, los alcaldes demoníacos o los frikis que deciden convertirse en supervillanos). Sí, eso nos habían dicho: allí estaba la Boca del Infierno. “A nice place to live”, que se dice vulgarmente. O, mejor aún, “a nice place to no-live”.
Pues va a ser que no. Que una vez más, los americanos nos han robado los mitos europeos, los han deformado a su modo y nos los han vendido como si fueran suyos (sí, vale, admitámoslo, esta vez lo han hecho de vicio, Whedon es un puñetero genio y nadie ha hecho superhéroes para la pantalla tan bien como él).
Pero va a ser que en realidad la boca del infierno está mucho más cerca. Al lado de casita, como si dijéramos. Casi, casi en la punta de la nariz de Europa. En Portugal, entre Cascais y Sintra y muy cerca del Cabo de Roca, el punto más occidental de la península ibérica.
Boca do Inferno, así es cómo se llama. Y merece el nombre, sin duda: un acantilado abrupto, afilado y resbaladizo batido por un mar que nunca parece estar en calma. De pronto, las paredes se curvan, se cierran sobre sí mismas y crean un pozo en el que el mar se precipita por lo que parece el mordisco de alguna bestia inverosímil. No sabemos qué hay en el fondo: las olas que baten una y otra vez contra las rocas nos impiden ver nada, pero bien pudiera ser la entrada al infierno, tal como afirman los lugareños.
A su lado, un restaurante y un “quiosque” (quizá lo mismo que un quiosco en español, pero vista la tendencia que tienen las relaciones lingüísticas hispano-lusas a los falsos amigos, tengo mis dudas) que usan el nombre del lugar.
Parece ser, además, que Aleister Crowley fingió allí su suicidio con ayuda de Fernando Pessoa. Desde luego, es un lugar apropiado para ello: si alguien cae a la Boca do Inferno, es poco probable que su cuerpo llegue a aparecer jamás. A Crowley le sirvió bien el lugar y, sin duda, acrecentó aún más su leyenda.
Si es que realmente fingió su suicidio, claro. Si es que en verdad se trató de un acto teatral más en una vida llena de ellos. Porque confieso que tengo mis dudas. Sospecho que ahí ocurrió algo más de lo que pensamos. No sé si más tenebroso o más trivial, pero algo más.
Y sospecho también que alguien lo sabe. De algún modo, entreveo en la lejanía un perfil anguloso y un olor a humo de pipa que me son muy familiares. Oigo susurrar: “The game is afoot, Watson”, pero cuando me vuelvo, la figura ya se ha desvanecido entre las sombras.
Quizá… sí, quién sabe, quizá él lo investigó y supo qué pasaba realmente. Y puede que algún día nos lo cuente, por qué no.
Días de “espanto” en Portugal
Lunes, Noviembre 20th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | 4 comentarios »
Los falsos amigos es lo que tienen. No, no me refiero a esos de los que hablaban Les Luthiers cuando se referían a los amigos que, si te clavan un puñal por la espalda, es mejor desconfiar de su amistad. Hablo de esas palabras de idéntico aspecto (y puede que hasta de etimología similar) que en diferentes idiomas significan cosas totalmente distintas, cuando no directamente opuestas.
Aquí estoy yo, haciendo lo primero que hago cuando recibo uno de mis libros recién salido de imprenta: leyéndome. La diferencia es que esta vez me estoy leyendo en portugués. Y lo cierto es que no sueno nada mal. De pronto, me encuentro con algo extraño: en cierto momento, veo cómo el doctor Watson se refiere a algo (creo que a alguna obra literaria) calificándolo de “espantoso”.
“No puede ser”, me digo. “Yo nunca escribí eso”.
La confusión duró poco. No tardé en ser informado de que en portugués, el término “espantoso” tiene un significado completamente distinto a su homófono español. “Espantoso” es, ciertamente, algo que causa espanto, en el sentido de maravilla, admiración. Por tanto, si una obra es “espantosa” estamos diciendo que es muy buena.
Así pues, podríamos calificar de “espantoso” el pasado fin de semana. Al menos lo fue para mí. Entre el viernes 17 y el domingo 19 pasé algo más de dos días en Lisboa (y sus alrededores) invitado por el Forum Fantástico de Portugal.
La experiencia fue chocante en el aspecto lingüístico, ya que yo hablaba en castellano y ellos en portugués pero, pasada la sorpresa inicial, no sólo no hubo problema alguno de comunicación a lo largo de estos días (ni nosotros los tuvimos para entender el portugués de nuestros anfitriones, ni ellos para comprender nuestro castellano) sino que enseguida se convirtió en algo natural. Tengo la sospecha, eso sí, de que ellos nos entienden a nosotros con más facilidad que nosotros a ellos.
El sábado presenté A sabedoria dos mortos (confieso que me encanta la edición portuguesa de mi libro) y tuve ocasión de comprobar el enorme interés que tenían los aficionados portugueses por la ciencia ficción y la fantasía españolas. Evidentemente, la estrella de esos días fue Christopher Priest, pero los tres autores españoles que acudimos allí (Juan Miguel Aguilera, León Arsenal y yo mismo) creo que nos llevamos una grata sorpresa al ver cómo la publicación de nuestra obra en portugués despertaba expectación entre los aficionados. No dudo que algo habrán tenido que ver en el asunto tanto João Barreiros como Luis Filipe Da Silva, que desde hace un par de años se están convirtiendo en habituales de muchos de los encuentros dedicados al fantástico que se hacen en nuestro país y que seguro que han hecho de improvisados publicistas del fantástico español entre sus compatriotas.
De hecho, Luis Filipe demostró un amplio conocimiento de la ciencia ficción y la fantasía españolas en la mesa redonda que moderó (con Juan Miguel, León y yo como contertulios), aparte de traer en su bolsa prácticamente la obra completa de los tres autores invitados. En cuanto a João, verlo aparecer con sendos ejemplares de la edición española de mis dos novelas holmesianas, fue casi tan grato como dedicárselos.
No puedo por menos de contar maravillas de mi editor portugués, Luis Corte (tiene su gracia que los dos editores de mi obra holmesiana compartan nombre de pila), quien hizo mucho más de lo que el deber exigía: estuvo pendiente de mí en todo momento —pero dejándome siempre a mi aire—, se preocupó de que todo estuviera como tenía que estar y, el último día, nos hizo a Priest y a los españoles de voluntarioso cicerone por los alrededores de Lisboa. Con él como guía visitamos Cascais y Sintra, subimos al Palacio da Pena y paseamos por los jardines de la Quinta da Regaleira, antes de dirigirnos al aeropuerto para volver a casa.
El único punto negativo, de hecho, lo pusieron las compañías aéreas con sus ya más que habituales retrasos. Pero llegamos sanos y salvos al hogar y, al menos en mi caso, con ganas de volver a Portugal con más tiempo y poder disfrutar de todo con más calma. No sólo del paisaje y las vistas sino de la compañía de los aficionados portugueses.
En fin, es un viaje que no me importará repetir. Y más después de que mi libro haya circulado y haya encontrado sus lectores lusos. Que espero que sean muchos, por supuesto.
Pero eso ya lo iremos viendo.
Fotografías © 2006, Luis Corte, Rodolfo Martínez
Los fanzines de los 90: Elfstone
Jueves, Noviembre 9th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | Sin comentar »
No estoy seguro de si conocí a Santiago G. Soláns a través del Círculo de Lhork, o si ya había tenido contacto antes de eso con su fanzine Elfstone. En cualquier caso, sí que es cierto que él fue el detonante que me hizo abandonar el Círculo de Lhork: cuando su fundador decidió expulsar a Santi sin consultarlo con el resto de los socios ni someter el asunto a votación (y cuando poco después nos presentó unos estatutos en los que asumía el papel de líder supremo indiscutible y se rodeaba de un círculo interno que convertía a los demás en socios de segunda) decidí que era el momento de irme en busca de pastos más frescos.
Sí que recuerdo que empecé a colaborar con Elfstone cuando éste llevaba pocos números. Mi primera aportación al fanzine fue un artículo en el que intentaba analizar las principales claves temáticas de Stephen King. No era gran cosa, me temo, aunque posiblemente fuera mi primer intento de analizar con seriedad y rigor la obra de un escritor que me gustaba. En cierta forma sin ese “Stephen King: Maine, niños y monstruos” no habría existido “La apuesta de Asimov por la libertad: un análisis de El fin de la Eternidad”, que sigo considerando mi mejor artículo.
Santi (y sus colaboradores, que eran unos cuantos, no lo olvidemos) hacía Elfstone desde su Zaragoza natal. En el habitual A5 de la época, era un fanzine que se orientaba principalmente a la fantasía y en el que se alternaban relatos cortos y artículos. Poco después lo complementaría con un boletín informativo y, a medida que fue pasando el tiempo, Santi consideró que la cosa tenía que diversificarse.
Así nacieron los especiales de Elfstone, el primero de ellos dedicado a la Tierra media; y el segundo al cómic. En esos números se alejaba de su formato habitual y se pasaba a al A4, que le permitía ofrecer un producto de un aspecto más atractivo.
Más tarde se planteó la edición de libros y, de hecho, llegó a sacar el primer volumen de la colección “Tormenta de palabras”. Se trataba de una cosa llamada Las brujas y el sobrino del cazador que, de haber pasado las cosas del modo correcto, habría sido mi presentación en sociedad como escritor de un texto de extensión media. Sin embargo, la edición del librito se retrasó y, para cuando estuvo en el mercado, yo ya había publicado mi primera novela.
El aspecto de Elfstone iba mejorando en cada número, algo bastante habitual en la época, a medida que las herramientas informáticas de maquetación se iban volviendo más sofisticadas y accesibles. De hecho, hacia el final, Santi y sus compañeros del Grupo Elfstone se plantearon la posibilidad de reconvertir el fanzine en una revista profesional. Llegaron a salir dos números de ella (con un diseño sobrio y elegante, pero quizá un tanto “desangelado”) y luego, finalmente, la cosa pasó al limbo fanzinero al que casi todas las publicaciones amateurs parecen ir tarde o temprano.
Además, allá por 1994, Santi abrió la librería SaGa en Zaragoza, especializada en ciencia ficción y fantasía (y quizá también con algo de cómic, aunque no estoy muy seguro de esto último) y a partir de entonces, centró sus esfuerzos en ella. José Luis Rendueles, José Luis González y yo acudimos a la inauguración de la librería y allí tuve oportunidad de conocer a Gabriel Bermúdez, con el que llevaba un tiempo carteándome.
Elfstone duró unos 12 números, los dos últimos de ellos como un intento, como ya he contado, de revista profesional. Eso lo convirtió en uno de los fanzines más longevos de la época. Y también en uno de los más característicos.
Junto con Kenbeo Kenmaro y BEM, era el lugar donde más me gustaba publicar por aquella época. Y además tuvieron el dudoso honor de estar a punto de ser los editores de mi primer libro. Fallaron por los pelos (y a veces me pregunto si la horrorosa foto de la contraportada de Las brujas y el sobrino del cazador no sería una venganza por no haber esperado a que su libro estuviera listo antes de publicar con otros), pero el entusiasmo y las ganas no les faltaron, ni en ese ni en ninguno de los demás proyectos en que estuvieron involucrados..
Eso es algo que quizá no he reflejado suficientemente en esta serie. Lo que motivaba todas esas publicaciones, lo que había tras ellas, lo que las hacía seguir un número tras otro, era entusiasmo puro y duro, a toneladas.
Y los integrantes del Grupo Elfstone, con Santi a la cabeza, tenían de eso en abundancia.
© 2006, Rodolfo Martínez
La junta de la AEFCF/AEFCFT (2000-2003)
Jueves, Octubre 26th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | Sin comentar »El tema ha vuelto a salir no hace mucho, y creo que es tan buen momento como cualquier otro para hablar de ello y contar una serie de cosas que, aunque no son ni mucho menos un secreto, nunca las había puesto por escrito en un lugar a donde todos tuvieran acceso. Al menos no todas ellas.
La mayor parte de la gente que os hable de la Junta que estuvo al frente de la AEFCF (Asociación española de Fantasía y Ciencia Ficción) desde el año 2000 y que hizo el tránsito a la actual AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) os va a contar muy pocas cosas buenas de ella, o ninguna.
Y lo más seguro es que os dirán cosas que son ciertas.
Nuestra Junta se encontró con que la Asociación estaba en una situación irregular: económica, administrativa y puede que hasta legalmente. Una situación que, desde luego, no era culpa de nadie en particular (y mucho menos de la Junta anterior a la nuestra; algo que quizá no supimos dejar lo bastante claro en público, cosa que siempre lamentaré). En parte desde su fundación y en parte desde el primer relevo de juntas, la AEFCF no había cumplido una serie de requisitos que el estado exige de las asociaciones culturales. Nunca pensamos que hubiera habido mala fe en todo aquello, para nada, y siempre tuvimos claro que todas las juntas habían actuado de buena fe y creyendo que hacían las cosas de la forma correcta.
En cualquier caso, el asunto nos pareció serio. Grave. Mucho. Y las alternativas que teníamos no eran demasiadas. Una era intentar corregir lo que habíamos descubierto y ponernos al día con la administración. La otra, más radical, era cerrar el quiosco y abrir una nueva asociación.
Tratamos de evitar la segunda. Casi diría que desesperadamente. Hablamos e intentamos encontrar otras salidas. Sin embargo, cuanto más lo mirábamos, más veíamos que la primera acción acarreaba una serie de complicaciones y de posibles peligros que la iban haciendo cada vez menos recomendable.
Así pues, se decidió cerrar la AEFCF y tratar de partir de cero con una AEFCFT que naciera limpia de polvo y paja. Algo que no se consiguió del todo, me apresuro a declarar, hasta la Junta siguiente a la nuestra, la del periodo 2004-2005.
En resumen, hicimos una serie de cosas que, a nuestro entender, eran necesarias por dolorosas que resultasen.
El problema es que, en el proceso, perdimos de vista, o no supimos atender, unas cuantas cosas fundamentales. Obsesionados por arreglar las cosas, descuidamos a los socios y descuidamos la labor básica de la AEFCF: la promoción del género fantástico en español.
¿El resultado? Muchos socios desencantados que se dieron de baja, lo que echó al traste el trabajo excelente que la Junta anterior a la nuestra había realizado (habían cogido la Asociación en una época bastante baja y habían hecho una labor magnífica que tuvo como resultado -y quizá me estoy quedando corto- que se triplicase el número de socios). Algunos de esos socios fueron recuperados por la Junta siguiente a la nuestra. Otros, lamentablemente, se han ido para siempre.
Como consecuencia añadida, se creó la sensación entre muchas personas de que la AEFCF no servía para nada. Que estar en ella no valía la pena. Que lo que obtenías por tu dinero era poco menos que nada y que, en realidad, era una asociación inútil que no hacía absolutamente nada.
Y sí, todo eso fue culpa nuestra. Para nosotros lo importante era arreglar los problemas que encontramos en ella, problemas que considerábamos de índole gravísima. Y, demasiado centrados en ello, olvidamos o dejamos de lado una serie de cosas que siempre tendrían que haber estado en nuestra mente.
Hicimos lo que creímos que debíamos hacer. Y aún lo seguimos creyendo. Pero, ya fuera por falta de perspectiva o falta de capacidad, no supimos seguir adelante con lo que nos habían legado Juntas anteriores, especialmente la inmediatamente anterior a nosotros.
No puedo hablar por el resto de mis compañeros de entonces a la hora de explicar por qué esto fue así. No sería justo. Pero puedo hablar por mí.
Y, si pienso en mi labor en la Junta (primero como coordinador del “Pórtico” –el boletín interno de la Asociación- y luego como presidente) me doy cuenta de que sólo puede ser descrita con una palabra:
Incompetencia.
Tal cual suena. Sin paliativos. Me metí en una cosa para la que no estaba preparado y que no supe hacer. No servía para aquello. No era lo mío. No tenía las aptitudes necesarias.
Era incompetente.
Otra persona lo habría hecho mucho mejor, sin la menor duda. Y, mientras sus compañeros de Junta se ponían manos a la obra y arreglaban el desaguisado administrativo/económico en el que nos encontrábamos, habría sido capaz de mantener la ilusión de los socios y de presentar al mundo exterior un rostro para la AEFCF que fuera atractivo y atrajera a más personas.
No supe hacerlo.
Así que ya sabéis, si alguien os habla de mi labor en esa Junta, y da una valoración negativa de ella… bien, no está mintiendo. En tanto en cuanto hable de incompetencia, de incapacidad de hacer las cosas, está diciendo la verdad.
POSTDATA: Quizá más de uno de sorprenda ante estas palabras. Si yo mismo pienso que mi labor al frente de la Junta de la AEFCFT fue incompetente, ¿a cuento de qué armé tanta alharaca no hace mucho cuando alguien sugirió algo parecido? La respuesta debería ser evidente, pero como muchas otras cosas evidentes quizá sea necesario decirla en voz alta: no se dijo nada parecido. Porque una cosa es acusarme de incompetencia y otra muy distinta afirmar -o, para ser exactos, sugerir a media voz como quien no quiere la cosa- que hubo mala fe por mi parte, y la de mis compañeros, en el asunto.
Los fanzines de los 90: Núcleo Ubik
Miércoles, Octubre 25th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | Sin comentar »Núcleo Ubik nació con una voluntad muy clara de desmarcarse de la línea que seguían buena parte de los fanzines de la época. Nada de comentarios complacientes sobre los otros fanzines; nada de críticas elogiosas de autores españoles sólo porque eran españoles; nada de una serie de vicios fandomitas y endogámicos, de aficionadete voluntarioso, que hacían más daño que otra cosa.
Iban a dar caña. Sin cortarse un duro. A agitar un poco el barco por aquí y por allá para que se fuera cayendo el lastre.
La portada del número uno era bastante explícita. Una ovejita feliz que saltaba y correteaba con expresión bobalicona en el rostro. Hay quien dice (pero Alá sabe más) que originalmente la ovejita balaba algo que sonaba muy parecido a “BEEEEEEM”, aunque al final se impuso la prudencia… o se dejaron las cosas a la imaginación del consumidor, que todo puede ser.
En cualquier caso, la portada dejaba bastante claro el asunto. Aquella ovejita era una suerte de retrato robot del fandomita al uso: un borrego feliz en su paraíso imaginario.
Ellos no iban a ir por ahí.
Y ciertamente, no lo fueron. Es cierto que, vista hoy, buena parte de su actitud provocadora parece un tanto infantil, pero en aquellos tiempos seguramente era necesaria. El mundillo vivía una especie de sueño de falso optimismo donde todo era maravilloso, nuestros autores, los mejores del mundo y nuestras publicaciones, incomparables. Había motivos para ello: después de muchos años de ser la hermana pobre, la ciencia ficción española parecía estar empezando a despegar y era justo que eso se celebrase. Pero, como en todas las demás cosas, el exceso de optimismo amenazaba con volverse contraproducente.
Núcleo Ubik intentó luchar contra eso a su manera, que seguramente no fue la mejor, pero quizá sí la única que en aquel momento estaba a su alcance. Trató de aportar un cierto aire de profesionalidad a las publicaciones de la época y, aunque distó mucho de llevar sus intenciones a buen puerto, sirvió en cierta forma de revulsivo.
BEM era, sin duda, el fanzine hegemónico de aquella época. Lo fue sin discusión alguna durante la primera mitad de la década; y siguió siéndolo, aunque cada vez menos, en la segunda mitad. Núcleo Ubik tenía su aquel de “enfrentamiento al stablishment” y, por tanto, era en sí mismo una declaración de intenciones bajo las tapas de un fanzine.
En su maquetación, sobria, casi minimalista, primaba el aprovechamiento al máximo del formato sobre la vistosidad y, a veces y por desgracia, sobre la legibilidad. En cuanto al contenido, había buenos cuentos de autores españoles y extranjeros y artículos que intentaban elevarse por encima del nivel de la época y tratar ciertos temas con un mínimo de seriedad y rigor. Y, en general, proyectaba una cierta sensación de ser (o al menos de creerse) un poco la élite, la vanguardia, los que iban a marcar las tendencias por las que iría o debía ir el género fantástico español en el futuro.
Empezando por los creadores del invento (Julián Díez y Juanma Santiago, fundamentalmente) y siguiendo por los autores publicados (Elia Barceló, Félix J. Palma, José Antonio Cotrina, Rafael Marín, Daniel Mares, Eduardo Vaquerizo) la nómina de colaboradores era apabullante. Y sin duda el primer número de Núcleo Ubik fue una de las sensaciones de la HispaCon de 1994, donde fue presentado.
Pero algo pasó. El segundo número tardó y tardó en salir. Finalmente, cuando ya nadie contaba con ello, lanzaron a la calle un número 2/3 con el que decidían cerrar el chiringuito. Era algo descomunal que sobrepasaba las 200 páginas en A5 y cuya encuadernación, por desgracia, tenía un formato un tanto otoñal: en cuanto abrías un poco el fanzine, las hojas tenían cierta tendencia a caerse al suelo. Incluía una de las cosas más raras que jamás he escrito, la novela corta “Un agujero por donde se cuela la lluvia” (Alejandro Salamanca aún me atormenta, cada vez que nos vemos, por el sufrimiento que le causó su lectura), junto a un montón de cosas más.
Y, con esto desapareció.
¿Del todo?
No lo creo. O al menos, no sin dejar un poso.
Tuvo la consecuencia de “cristalizar” algo que estaba desde hacía tiempo en el ambiente. El fandom llevaba polarizándose unos años: parte de él arremolinándose en el entorno del Grupo Interface, editores de BEM. El otro grupo parecía estar mucho menos claro: se hablaba de la TerMa (la tertulia fantástica madrileña), se hablaba de la primera Junta de la AEFCF, se hablaba de las personas cercanas a Julián Díez o Alejo Cuervo… o se hablaba directamente de “cenobitas”, nombre que acabó quedando como más o menos definitivo y que tuvo su origen en algo que comentaré en otra entrada de esta serie.
Como digo, el fandom llevaba unos años dividiéndose en dos bandos. (Quizá debería decir “parte de él”: sin duda la gran mayoría no se sentía implicada en aquello y lo único que quería era leer sus libros y fanzines e ir a sus HispaCones y que los dejaran en paz). Y, en cierto modo, la publicación de Núcleo Ubik marcó la “oficialización” de esa división. La Gran Guerra Fandomita había estado en marcha desde hacía tiempo, pero es posible que la publicación de aquel fanzine la sacara a la luz. Siendo estrictos podríamos decir que ni su publicación fue necesaria: el simple aviso de que algo así iba a salir a la calle ya calentó los ánimos; y tardaron en enfriarse bastante tiempo.
Muchos pensarán que eso no fue bueno. No lo sé. El enfrentamiento, la polarización, ya estaban allí, no los inventaron los editores de Núcleo Ubik. Y una vez que algo como eso existe, siempre he pensado que es mejor que la guerra tenga lugar a la luz del día y frente a todos que no en oscuros cenáculos y conciliábulos secretos.
Pero creo que la verdadera importancia del fanzine no está en esto, tanto como en el hecho de que en cierto modo sirvió como banco de pruebas para algunas cosas, quizá como preludio de algunas otras. No me cabe duda de que la línea editorial emprendida por Julián Díez como director de Gigamesh tuvo su embrión en aquel fanzine. Y, desde luego, algunos de los individuos que han tenido y tienen su importancia en el mundillo de la fantasía y la ciencia ficción españolas afilaron sus dientes en Núcleo Ubik.
No deja de ser curioso, un poco irónico quizá, el hecho de que algunas de esas personas que se presentaban a sí mismas como outsiders que aspiraban a darle caña a las vacas sagradas, se hayan convertido, con el paso del tiempo, en puro stablishment. Supongo que es algo que ocurre a veces, cuando la gente se hace mayor.
© 2006, Rodolfo Martínez
