Mensajes en el tiempo

A veces uno comprende perfectamente a Mulder, el paranoico personaje creado por Chris Carter. Y es que hay días en que uno tiene la sensación de ser el centro de una conspiración. Aunque, no sé si por suerte o por desgracia, en este caso no se trata del gobierno empeñado en ocultar la existencia de vida extraterrestre.

De un tiempo a esta parte, todo parece empeñado en recordarme mi adolescencia. Antiguos amigos que reaparecen en mi vida después de más de veinte años, viejos textos que ya ni recordaba haber escrito que uno se encuentra donde menos se lo espera, momentos e imágenes que insisten una y otra vez en volver a mi memoria, como si los recuerdos tuvieran vida propia e insistieran en pasearse por tu cabeza, no cuando los llamas, sino cuando a ellos les apetece. Supongo que el hecho de haber cumplido hace unos días esos cuarenta años que muchos están empeñados en calificar de «crisis», tiene algo que ver.

La otra noche tuve un sueño curioso. Fue agradable, sin duda, una suerte de extraña mezcla de realidad cumplida y de deseos nunca realizados que, al despertar, me dejó con un regusto dulce y nostálgico en la boca.

En el sueño, había vuelto a 1983, y estaba en clase, otra vez con dieciocho años. Una compañera (de la que por aquel entonces estaba encaprichado con esa mezcla de lujuria, ternura y deseo insatisfecho que muchas veces, sobre todo en la adolescencia, se confunde con el amor) se acercaba a mí y se sentaba en mis rodillas. Entre besuqueo y besuqueo -una cosa tranquila, sin ninguna urgencia, como si lleváramos años juntos y el roce físico fuera ya una parte de nuestras vidas a la que no diéramos importancia: agradable y necesaria, pero no apremiante- me decía que ya todos tenían Los sicarios del cielo y se lo estaban leyendo y les estaba gustando mucho. A ella, por supuesto, le había encantado. Pero eso no era lo mejor, lo mejor era que, aunque nadie le había dicho nada, sabía de buena tinta que el profesor de literatura también tenía mi libro y que en la próxima clase iba a hablar de él.

El sueño terminaba más o menos ahí (bueno, había algún besuqueo más, pero no viene al caso) y, como he dicho, me hizo despertarme de un humor risueño y un poco nostálgico.

Desconozco (y no me importa demasiado, la verdad) qué retorcidas consecuencias freudianas se pueden extraer de esa breve secuencia onírica. Al principio lo tomé como un intento de mi yo actual de enviar un mensaje al pasado, una forma de decirle a aquel adolescente delgado, nervioso, inseguro y arrogante que no se rindiera, que siguiera adelante. Que, de algún modo, su ambición, sus sueños, tenían sentido y, tarde o temprano, de un modo que no podía sospechar ni, por supuesto, prever, se irían materializando uno a uno. Que, pese a que la vida es «aquello que te pasa mientras tú te empeñas en hacer otros planes» (como decía John Lennon), al final, la mayoría de esos planes -cierto que modificados, alterados, recortados o aumentados por el tiempo, la experiencia y los obstáculos- acabarían llegando a buen puereto. No sé si ese mensaje alcanzó su destino (no recuerdo haber soñado nada parecido en 1983, aunque quizá lo hiciera, quién sabe) y, en cualquier caso, me habría gustado que estuviera un poco más completo; que contara quizá algunas otras cosas, que le explicara que irían apareciendo nuevos sueños a lo largo del camino que le quedaba por recorrer hasta llegar hasta mí. Y que traicionaría algunos, cumpliría otros y se mantendría fiel a la mayoría. Y que algunas de las cosas que le parecían terriblemente importantes entonces irían reduciéndose con el tiempo a su verdadero tamaño de trivialidad. Otras, en cambio, no.

¿Le serviría de algo ese mensaje a aquel adolescente? Probablemente no. Al fin y al cabo no son más que palabras, y éstas no pueden sustituir a la experiencia: difícilmente mi yo de hace dos décadas podía creer todo eso antes de que le pasara. Y, una vez que le ocurriera, el mensaje ya carecía de propósito.

Aunque quizá, pese a todo, sí que era un mensaje a través del tiempo, pero no hacia el pasado, sino desde él; y, por tanto, es correcto que lo haya recibido ahora. No tanto por la información que me da sobre mí mismo (en realidad, ya la conocía) sino por el modo en que me ha permitido volver a verme con dieciocho años y, en cierto modo, reconciliarme con ese momento de mi vida y comprender -pero como se comprenden de verdad las cosas: con las tripas, no con el cerebro- que si soy lo que soy y me he acabado convirtiendo en una persona que, en general, me gusta, es en buena medida por haber sido como era y que, por tanto, tengo una deuda con ese adolescente que nunca podré pagar: al fin y el cabo, él me ha traído hasta un lugar en el que me encuentro a gusto y al que no habría llegado de no ser por él.

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