Vagabundos

Me temo que hoy toca ponerse nostálgicos.

Crime of the Century

En las últimas semanas me ha dado por ponerme a escuchar de nuevo mis viejos discos de Supertramp (bueno, no os voy a mentir, las versiones en CD de mis viejos vinilos de Supertramp) y, de hecho, los he utilizado como fondo sonoro muchas veces mientras me sentaba a escribir esta columna. Ahora mismo lo estoy haciendo, sin ir más lejos, acompañado de “Crime of the Century”, con la voz de Rick Davies a punto de decir ese “that can’t be right” que nunca llega a pronunciar y Roger Hodgson entrando a marcarse un solo de guitarra que, si bien no está mal (Hodgson nunca me pareció tan mal guitarrista como algunos críticos afirmaban) no resiste comparación con el larguísimo crescendo que vienes después, en el que Davies y su peculiar manera de tocar el piano van marcando el ritmo (repitiendo siempre la misma secuencia musical que, sin embargo, si uno escucha con atención, va cambiando en cada repetición) hasta un fade final con el que se cierra el que fue el primer disco “de verdad” de Supertramp.

Sí, el primero “de verdad”. Atrás quedaba aquel LP (que unos críticos llaman, simplemente, Supertramp, y que otros identifican por el título de la primera y última canción del disco: “Surely”) más bien primerizo y lleno de melancolía, nostalgia y ocasional rabia que daría paso a un Indelibly Stamped en el que Davies y Hodgson intentarían encontrar un camino entre los distintos estilos musicales en boga por los ’70: rock duro, folk, toques de jazz, piezas inclasificables, jam sessions, baladas…

Crisis? What Crisis?

Esos dos primeros discos fueron pruebas, ensayos, no sólo en el estilo sino incluso dentro del propio grupo, pues los componentes iban y venían y sólo Davis y Hodgson permanecían. No sería hasta 1974, con ese Crime of the Century que los sacaría del anonimato que la banda encontraría su estilo y formación definitivas. Un estilo que sería llamado cross over (no me preguntéis por qué: los críticos musicales, como cualquier otro grupo profesional endogámico, tienen su propia jerga) y que cabría definir como un pop elegante en el que lo electrónico y lo jazzístico se conjugaban sin estridencias pero también sin fisuras.

En cuanto a su formación… Ya he mencionado a Rick Davies, voz y teclados, y a Roger Hodgson, voz, teclados y guitarras. Los acompañarían Bob C. Benberg a la percusión, Dougi Thomson en el bajo y John Hellywell con el saxo y los instrumentos de viento.

Even in the Quietest Moments

Crime of the Century era un disco que… iba a decir que era redondo, pero, claro, todos los discos lo son. Cada tema estaba perfectamente trabado con el siguiente, enlazado con el anterior, y el sonido de todo el álbum alcanzaba una extraordinaria coherencia temática que le daba una textura realmente sorprendente. Algo que caracterizaría a la banda durante los siguientes LPs que publicaron: Crisis? What Crisis?, Even in the Quietest Moments y Breaksfast in America. Luego, llegó el premonitorio Famous Last Words tras el que Hodgson dejaría la banda. Desde entonces, ni él ni ellos volvieron a brillar como lo habían hecho.

Cada uno de los cuatro discos “de verdad” de Supertramp (porque para mí lo que hubo antes no fueron más que ensayos, y lo que vino después, no otra cosa que el remate de unos saldos, a veces interesantes, pero ya sin fuerza) tenía personalidad propia, un sonido que lo identificaba con facilidad de modo que, si uno escuchaba un tema aislado, le era fácil decir, no sólo que era de Supertramp, sino a qué LP pertenecía. Durante esos cuatro discos fueron fieles a sí mismos, al estilo que habían elegido (o que les había elegido a ellos, cualquiera sabe) y al mismo tiempo supieron ir evolucionando de modo que cada etapa, si bien compatible con la anterior, tuviera personalidad propia.

Breakfast in America

Supertramp acompañó momentos importantes de mi adolescencia y aún hoy cuando escucho determinados temas, me resulta fácil volver a revivir las sensaciones de entonces. De hecho, confieso que mi universo de Drímar, donde ambiento buena parte de la ciencia ficción que escribo, tiene como punto de partida el título de una canción suya: “Dreamer”. Por no mencionar que otro de sus temas se titulaba “Rudy”, el nombre por el que me llaman casi todos mis amigos y conocidos.

Supongo que nunca fueron considerados entre los “grandes” por la crítica especializada. Un buen grupo, sin duda, pero no una gran banda. Y, probablemente, esa consideración cualitativa sea correcta. Sin embargo, aún hoy, después de tanto tiempo, sus temas siguen pulsando una cuerda extraña y poderosa dentro de mí y algunas de las páginas que he escrito a lo largo de estos veintiocho años que llevo fabulando historias (hay que ver cómo pasa el tiempo, carajo) los han tenido a ellos como acompañamiento sonoro.

Así que para mí sí que estuvieron entre los “grandes”. Y todavía lo están.

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