El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu

El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu

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Seamos claros desde el principio. El problema de los tres cuerpos comparte todas las virtudes de la ciencia ficción hard clásica… y, por desgracia, casi todos sus defectos.

Estamos ante una novela ambiciosa, llena de momentos construidos a una escala grandiosa y con grandes dosis de sentido de la maravilla. Sus partes buenas están, sin duda, entre lo mejor de lo que he leído de la ciencia ficción en los últimos años. El resto de la novela va de lo meramente correcto a lo directamente malo.

Sin duda, la trama que se desarrolla en el juego de realidad virtual «Tres cuerpos» es uno de los grandes aciertos de la novela, tanto en en el aspecto literario (e incluso filosófico) como en cuanto a su capacidad de asombro y evocación. Creo que fue Jordi Balcells en Goodreads quien describió esas partes diciendo que parecían escritas por un Salvador Dalí volcado en crear ciencia ficción dura. No es una mala definición y, son, sin duda, lo mejor de la novela con diferencia. Funcionan a distintos niveles (como narración detectivesca, como especulación filosófica  e incluso como creación secundaria de un mundo con sus propias leyes físicas y biológicas) y cada vez que la novela se adentra en ese terreno, alza el vuelo con firmeza y decisión y consigue volar muy alto.

Casi a su nivel está el momento en el que los extraterrestres deciden desplegar un protón en tres dimensiones y usarlo para construir un superordenador cuántico. Por desgracia, ese momento que debería apabullar por lo grandioso de todas sus implicaciones, no llega a hacerlo por la pobreza literaria de todo lo que lo rodea. Tenemos una civilización extraterrestre con una biología enloquecedora y unas condiciones planetarias totalmente alienígenas que, sin embargo, piensan, sienten, hablan y se comportan como si fueran seres humanos.

No, no me sirve la excusa que da el autor:

Ninguno de los datos sobre Trisolaris mencionaba el aspecto físico de sus habitantes y (…) Yen Wnejie no supo imaginárselo más que con apariencia humana.

A eso, en mi pueblo, lo llaman pereza.

Incluso comparten sistemas políticos con nosotros, como la democracia representativa, o se quejan amargamente de cómo el bien común ha ahogado la libertad individual (de hecho, hay momentos en que esos lamentos parecen una velada crítica al sistema político chino, más que la protesta de un extraterrestre). Me he pasado buena parte de la novela esperando encontrar lo que, a priori, deberían haber sido los extraterrestres más extraños y singulares de la historia de la ciencia ficción y, cuando aparecen, resulta que hablan como tertulianos de TeleCinco o políticos de medio pelo.

Y, para rematar, como si estuviéramos en los años cincuenta, de pronto se nos lanza a la cara el viejo cliché de que el ser humano avanza tecnológicamente mucho más rápido que cualquier otra especie inteligente conocida.

No es el único defecto de la novela. De hecho, está plagada de ellos. Personajes planos, acartonados, carentes casi de motivaciones dignas de ese nombre y que, encima, cuando hablan entre ellos se limitan a intercambiarse trozos de monólogos o discursean como si estuvieran un mitin político. Al respecto «recomiendo» los capítulos 21 y 24, en los que se muestra un intercambio verbal especialmente penoso. O la secuencia que va de la página 313 a 315, que debería estar cargada de una intensidad emocional brutal (ahí resuelve, en cierto modo, el pasado de uno de los principales personajes de la novela) y que acaba convertida en un mero intercambio de información sin carga emocional alguna, transformando lo que debería ser un clímax narrativo en varias páginas insulsas.

Por otro lado, la novela abunda en los infodumps, está llena de personajes que discursean, cuentan y explican cosas única y exclusivamente para que el lector reciba información, sin ningún otro propósito narrativo.

A estas alturas, supongo que queda clara la decepción enorme que ha supuesto para mí la lectura de El problema de los tres cuerpos, especialmente tras venir avalada por el entusiasmo de muchos lectores y los premios que ha recibido. Si de verdad esta era la mejor novela de ciencia ficción en 2015, es que el género no ha aprendido nada desde los años treinta, al menos literariamente. No creo que sea el caso (al contrario, sé que la ciencia ficción está llena de buenos narradores y excelentes escritores), de ahí  mi incomprensión hacia el entusiasmo que ha despertado. Sospecho que lo apabullante de algunas de las ideas y de sus buenos momentos ha hecho a muchos lectores obviar la increíble cantidad de defectos que tiene este libro como objeto literario.

Pese a todo, no me atrevo a no recomendar su lectura. Si uno tiene suficiente paciencia para pasar un buen montón de páginas escritas con torpeza llenas de personajes planos y cargados de clichés incapaces de expresarse como personas reales, puede acabar encontrando entre toda esa paja, grano de calidad suficiente para que le compense. Confieso que yo mismo, pese a lo expresado en los párrafos anteriores, no puedo evitar seguir saboreando los buenos momentos de la novela, rememorarlos y darles vueltas en mi cabeza.

La sensación final es, por tanto, agridulce. Diría que más agria que dulce, en líneas generales. Aunque, tal vez, por seguir con la metáfora, la salvaje riqueza de sabores de esos pocos momentos dulces consigue que casi haya compensado dedicarle tiempo de lectura a El problema de los tres cuerpos.

Casi.

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