Mirando hacia atrás con Yáxtor

Mirando hacia atrás con Yáxtor

¿Cómo nace una historia? ¿De dónde surge? De hecho, es una de las preguntas más frecuentes que nos hacen a los escritores: «¿De dónde sacas las ideas?». Las respuestas a esa pregunta han sido de los más variadas, desde la sencilla y genérica «de todas partes, en realidad» a la irónica «de una fábrica de ideas a la que estoy suscrito y que me suele mandar un par de ellas al mes».

No es una pregunta fácil de responder, ni siquiera cuando es más concreta y en lugar de referirse a de dónde sacamos las cosas en general, se centra en de dónde hemos sacado una historia en concreto.

Mejor dicho, sí que puede ser fácil de responder, pero a menudo la respuesta que das no es enteramente cierta.

Si alguien me preguntase «¿de dónde surgió El adepto de la Reina?», la pregunta saldría de mis labios enseguida: de la posibilidad de crear una historia a lo James Bond encuadrada en un escenario de fantasía.

Ya está. Sencillo. Fácil y directo.

Y falso. O, al menos, no es enteramente cierto: es la verdad, pero no toda. Y, en última instancia, no la parte de la verdad realmente importante.

Sin duda el chispazo inicial surgió de ahí, del intento de mezclar dos géneros, a priori, totalmente distintos. Pero ese chispazo inicial es, simplemente, el empujón que te hace lanzarte a la carrera, que te lleva a emprender el camino. Es importante. Es, desde luego, esencial, pues sin ese empujón no te pones a escribir; sin él, sin la sensación de que has dado con algo interesante que te apetece explorar, el resto no existe.

Pero no es, en realidad, lo que acaba definiendo la historia. No es lo que te mantiene en pie y caminando durante todo el trayecto. Y, cuando terminas, vuelves la vista atrás y examinas lo que has hecho, a menudo te das cuenta de que, durante todo el viaje, la influencia principal que te ha estado guiando tenía poco o nada que ver con ese chispazo inicial y que, si bien en apariencia estás haciendo una novela de espías en un escenario de fantasía, bajo la superficie bullen varias cosas que se apartan de ese propósito.

Hay mucho en El adepto de la Reina de novela de espías. Y sí, mucho de James Bond, sin la menor duda. También hay una amalgama de lugares y épocas distintos que, de algún modo, se las apaña para crear un todo consistente. Y un puñado de personajes con los que empaticé enseguida como autor… y alguno al que me costó matar, por más que fuera una decisión narrativa inevitable. Y ciertas reflexiones sobre la naturaleza del poder, de la religión y de las estructuras y rituales de una sociedad, por qué no. Y una influencia no deliberada pero creo que inevitable de una de mis novelas-fetiche, el Dune de Frank Herbert. Y, por supuesto, buena parte de mis obsesiones personales, tanto narrativas como vitales: desde la tierra de nadie moral en la que se mueven muchos de los personajes a la presencia de personajes femeninos fuertes, complicados y con motivaciones y aspiraciones complejas. Y un claro elemento de ambigüedad en el novum que, en cierta modo, da forma a buena parte del escenario: esos mensajeros que nunca queda claro si son de origen mágico-sobrenatural o tecnológico, haciendo que sea el propio lector quien decida y asigne el género en el que prefiere encuadrar la novela: fantasía o ciencia ficción.

No la escribí con la idea de iniciar una saga. Iba a ser una novela aislada en un escenario que me gustaba, con unos personajes que me parecían interesantes y una trama que me apetecía explorar. Pero incluso antes de terminarla no tardé en ver que una sola novela no sería suficiente. A medida que escribía, a medida que iba encarrilando los acontecimientos hacia la conclusión de la historia, me fui dando cuenta de que había creado unos personajes y un escenario demasiado ricos y complejos para explorarlos en una sola novela. Cuando terminé El adepto de la Reina, ya sabía que solo era la primera de un ciclo y que habría más. ¿Cuántas más? No lo tenía muy claro. Las suficientes, me dije, para explorar todo lo que rodeaba a Yáxtor Brandan y hacer que el ciclo vital del personaje alcanzara su conclusión natural.

Cuál era esa conclusión lo descubrí mientras escribía El jardín de la memoria, la segunda novela. En ese momento, la trayectoria vital de Yáxtor cristalizó de un modo claro y preciso y supe por dónde se encaminaría su vida y cuál sería su destino final. Y, de paso, fui enriqueciendo la serie con nuevos personajes, situaciones y lugares.

No es un proceso que resulte sencillo describir, entre otras cosas porque la mitad de las veces tiene lugar en la parte de atrás de mi mente y porque resulta tan fruto del azar como de la planificación. Tenía claro que en la segunda novela quería llevar a Yáxtor a oriente, al equivalente a Japón en su mundo. Tenía también bastante claros dos personajes femeninos que iban a ser las compañeras del adepto empírico en esta nueva aventura. El resto, fue surgiendo sobre la marcha, a medida que la premisa argumental, el escenario y los propios personajes me iban dando pistas de por dónde iba a ir la cosa y de la interacción de todo ello iban surgiendo nuevos elementos. Como ejemplo, digamos que al final de la novela descubrimos que uno de esos dos personajes femeninos espera un hijo. En su momento, eso fue una simple piedra lanzada hacia el futuro, sin tener muy claro dónde iba a caer.

Todo empezó a encajar mientras iniciaba los preparativos de la que creía que iba a ser la tercera novela del ciclo: La sombra del adepto. Comprendí la importancia de ese dato final y, al hacerlo, tuve claro por fin el plan en el que el villano de la serie (cuya identidad había estado clara desde el principio para mí, aunque espero que no para los lectores) se había embarcado y, sobre todo, por qué, para qué y para quién. De este modo, el escenario y la peripecia vital de Yáxtor Brandan fueron ganando en definición.

Curiosamente, saber todo eso no me ayudó a seguir adelante con La sombra del adepto. Sí, el futuro de Yáxtor estaba claro y su peripecia vital perfectamente encarrilada. Paro algo no me dejaba seguir. Ese algo era su pasado. Sentí que necesitaba terminar de definirlo antes de ponerme a narrar su futuro.

Era algo que ya había hecho en un par de relatos («Embrión» y «Amistad») que exploraban distintos momentos anteriores a la primera novela. Los completé con «Detective», donde narré los encuentros de un Yáxtor adolescente con un par de personas que serían fundamentales en su vida. Y Felicidad Martínez tuvo el detalle de completar esa visita al pasado con «Adepta», en la que exploró con gran acierto la personalidad de Ámber, destinada a convertirse en esposa del adepto empírico.

Con ese material como base nació Los rostros del pasado. Y fue inevitable que acabase resultando una novela a cuatro manos: sabía que Felicidad era la persona perfecta para ayudarme a explorar el pasado de Yáxtor, para darle vida y terminar de definir el ambiente y las personas que lo habían rodeado durante su adolescencia. Por suerte, Felicidad es fan de la serie desde la primera novela y no me costó mucho convencerla de escribir la tercera a medias.

Fue un proceso extraño y fascinante. Y tuvo sus momentos difíciles. Es cierto que Felicidad y yo somos bastante compatibles como escritores y a ambos nos gusta narrar las cosas de un modo muy similar. Pero mientras que ella necesita conocer con exactitud ciertos detalles de ambientación, yo estoy satisfecho con tener una idea general de la misma e ir llenando los huecos sobre la marcha, a medida que la historia me lo pide.

Quizá el momento más tenso en la escritura de la novela fue cuando ella necesitó una descripción pormenorizada del funcionamiento interno de la organización de los adeptos empíricos y yo confesé que ni lo sabía ni me importaba demasiado. Tenía claras aquellas cosas de su organización y estructura que me eran útiles narrativamente, pero el resto era una región nebulosa e imprecisa. Eso, que a mí no me incomodaba (cuando necesitase saber más, ya lo sabría) a Felicidad le supuso un escollo importante. Así que una tarde nos sentamos (armada ella con una libreta y un bolígrafo) y empezamos a discutir distintos aspectos, no solo de la organización interna de los adeptos empíricos, sino de cómo se estructuraba la burocracia y el funcionariado de Alboné.

Salvado el escollo, la escritura de la novela prosiguió sin mayores problemas. Teníamos muy clara la estructura: habría una trama en presente (es decir, inmediatamente posterior a la segunda novela) que sacaría a la luz distintos momentos del pasado de Yáxtor. Esos momentos serían los cuatro relatos que mencioné antes. Relatos sobre los que volvimos y que modificamos y ampliamos para que tuvieran mayor relación argumental y no fueran cuatro mojones aislados en el pasado del personaje. Así, añadimos nuevas subtramas, nuevos elementos argumentales e incluso nuevos personajes.

Confieso que me siento bastante satisfecho del resultado. Quizá no era la novela que tenía pensado escribir (esa era, evidentemente, La sombra del adepto) pero desde luego, era la que necesitaba escribir. Sin ella, sin ese recorrido por la historia de Yáxtor antes de convertirse en el personaje que conocimos en El adepto de la Reina, algo le faltaba a la saga. Queríamos que la novela funcionase tanto para aquellos que no habían leído los relatos sueltos como para aquellos que sí. Y, a tenor de los comentarios que hemos recibido de los lectores, parece que hemos cumplido nuestro propósito.

Ahora sí, Yáxtor está listo para embarcarse en La sombra del adepto y enfrentarse a su némesis. Los que hayáis leído Los rostros del pasado, ya sabréis de quién se trata. Los que no… bueno, ¿a qué esperáis?

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