Beatlemanía recurrente

Beatlemanía recurrente

Los que me conocen saben de mi obsesión por los Beatles, que empezó allá en mi adolescencia, cuando el mundo y yo éramos más jóvenes, y que me ha acompañado todos estos años. No es algo continuo o constante, suele venirme por rachas, aparece y desaparece como un guadiana cualquiera, pero en realidad sospecho que no se va nunca:  a veces simplemente se adormece y luego despierta de pronto y se adueña de mi cabeza.

Durante años jugué con la idea de escribir una novela que ficcionase la historia de los Beatles y, de paso, pegase un repaso a los años sesenta del pasado siglo. Nunca lo he hecho y sospecho que nunca lo haré, pero ahí esta y, de vez en cuando, la idea asoma de nuevo a mi mente.

Estos días estoy repasando, una vez más, toda su discografía, buscando información sobre ellos, documentándome, tal vez, sin pretenderlo, para esa novela que nunca escribiré. Y recordando las veces que los Beatles o su obra han asomado a lo que escribo.

Han sido unas cuantas, pero quizá la más evidente sea este pequeño fragmento de mi novela corta Un agujero por el que se cuela la lluvia (sí, el mismo título remite a una de las canciones de Sgt. Pepper’s) que es, en realidad, una ampliación de «Eleanor Rigby», una de las mejores composiciones de McCartney:

El padre Kuetzalcoal Makensie, de la Séptima Iglesia Cristiana Reunificada, escribe las palabras de un sermón que nadie escuchará jamás. No muy lejos de allí, Elinor, su asistenta, barre del suelo de la iglesia el arroz de una boda.

El padre Makensie sueña con un día en que pueda leerle a alguien sus Sermones Impronunciables. Sabe que ese sueño no se cumplirá jamás y que, de hacerlo, se convertiría en una pesadilla, así que graba lo que ha escrito y lo llena de marcas de acceso restringido. No muy lejos de allí, Elinor extrae de un jarro la fotografía de un hombre joven y la mira con algo parecido a la ternura en su rostro arrugado de momia severa.

El padre Makensie se incorpora en su silla y piensa en Alex, en lo raro que ha estado últimamente, desde la tormenta, en su actitud para con Sara, a la que rehúye sin causa alguna. Suspira largamente y considera la idea de decirle algo, pero al final la misma cobardía que le llevó hace veinte años al seminario toma la decisión por él y opta por guardar silencio. No muy lejos de allí, Elinor, devolviendo la fotografía al jarro piensa en si debe comentarle a alguien lo de la nueva casa en el pueblo y la mujer que hay en ella y que no es humana.

El padre Makensie termina de arreglar su jardín y se limpia las manos de tierra, fingiendo una satisfacción que no siente ahora, que no siente nunca salvo cuando sus dedos delgados y nerviosos teclean uno de sus Sermones Impronunciables que, si alguna vez llegan a otros ojos, supondrán su excomunión. No muy lejos de allí, Elinor se desvanece para siempre y es enterrada en el olvido junto a su nombre.

El padre Makensie cruza el umbral de la iglesia, ignorante de que tres minutos atrás había allí una mujer arrugada y reseca, que guardaba su ternura secreta para un hombre muerto treinta años atrás. No muy lejos de allí, en el jarro, una foto sin nombre yace olvidada para siempre.

Ese día no habrá bendiciones para nadie.

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