Los mapas… ah, los mapas

Los mapas… ah, los mapas

La frase, contundente como buena parte de su persona, se la oí por primera vez a Javier Cuevas: «Los mapas son importantes». No, no nos íbamos a embarcar ningún viaje de exploración ni nos preparábamos para descubrir tierras nuevas para nuestro país. Hablábamos de literatura, de reinos fantásticos, países imposibles y lugares irreales. Y precisamente por eso, decía Javier, los mapas son importantes: son una capa más que se añade al conjunto y hace que la textura final sea más real y creíble. Y eso es fundamental cuando escribes literatura fantástica (o histórica, que en el fondo no es más que otra forma de literatura fantástica, ya que estás reconstruyendo un pasado que no estás seguro del todo de cómo fue y que está lleno de huecos y lugares imprecisos). Además, qué narices, si durante mil quinientas páginas me vas a tener a los personajes yendo de un lado a otro en un sitio que no conozco, trázame un mapa para que sepa por dónde andan, carajo.

Sí, los mapas son importantes. Y aunque nunca lo había pensado de forma explícita hasta oír esa frase de Javier, en el fondo siempre lo he creído. Llevo haciendo mapas casi tanto tiempo como llevo escribiendo. No tendría más de quince años cuando hice el primero (y sí, era de un trasunto de la Tierra Media, como aquellos que hayáis leído mi reciente entrevista en Lektu habréis sagazmente adivinado) y he seguido haciéndolos hasta hoy de manera intermitente. Casi siempre de lugares irreales y casi siempre de mis propias creaciones. Aunque hay excepciones a ambos casos: Eduardo Vaquerizo fue lo bastante amable para dejar que hiciera un mapa de la América de su historia alternativa en Memoria de Tinieblas y Pablo Bueno me dejó darle un aspecto más claro al escenario en que se desarrolla La piedad del Primero a partir de sus bocetos. Recientemente, además, me he dado el gustazo de preparar un mapa de la Era Hibórea con destino a la próxima edición del Conan completo de Robert E. Howard que preparo para Sportula.

Pero sin duda el mapa que más tiempo me ha ocupado en los últimos años ha sido el de Érvinder, el escenario en que se desarrollan El adepto de la Reina, El jardín de la memoria y la próxima Los rostros del pasado, el mundo en el que Yáxtor Brandan, implacable adepto empírico al servicio de la Reina de Alboné corre sus aventuras… y desventuras. En cuanto empecé a escribir la primera novela supe que iba a necesitar un mapa del universo que estaba creando y, de hecho, paré de escribir para dibujarlo y no volví a retomar la historia hasta que no lo tuve relativamente completo. Curiosamente, dibujarlo e ir improvisando accidentes geográficos y lugares me sirvió para la propia novela, pues elementos que fui situando en el mapa un poco por azar y otro poco por pura estética acabaron teniendo bastante importancia en la trama.

Al principio el mapa reflejaba solo la parte del mundo que se veía en la primera novela, pero no tardé en querer saber cómo era el escenario completo, así que lo amplié. En esta entrada, sin embargo, os mostraré solo esa primera parte, la que corresponde al norte del continente oriental y donde se desarrolla prácticamente toda la acción de las diferentes novelas, al menos de momento.

A medida que iba trabajando en él, que iba haciendo sucesivas versiones fui aprendiendo. Igual que me pasa cuando escribo: en cierto modo cada novela es un proceso de aprendizaje que me sirve para la siguiente. Así es como he funcionado siempre y no creo que vaya a cambiar mucho a estas alturas de mi vida.

Con los mapas me ocurrió igual. Siempre los había hecho a mano. Pero esta vez decidí usar una herramienta informática. No la más apropiada, estoy seguro. No me cabe duda de que en cuanto diga que he ido haciendo los sucesivos mapas con Fotochó, unos cuantos se llevarán las manos a la cabeza ante tamaña burrada y pensarán que cómo se me ha ocurrido eso, existiendo este programa, el otro y el de más allá que te ponen absurdamente fáciles cosas que con el Fotochó tienes que dar mil vueltas. Seguro que sí. Ante eso, solo puedo decir en mi defensa lo mismo que dijo el tipo aquel que se lanzó de cabeza contra una valla electrificada: «En aquel momento, parecía una buena idea.»

En cualquier caso, a medida que iba aprendiendo todas las posibilidades de la herramienta informática, fui haciendo los mapas más complejos, más elaborados y, eso espero, más atractivos e interesantes. Lo que sigue es una muestra de ese proceso. No de todas las etapas, pero sí de las más relevantes. Podéis pinchar en todas las imágenes para verlas a mayor tamaño.

Primer mapa de Érvinder, que muestra los Pueblos del Pacto y el Martillo de Dios.

Este fue el primer mapa que realicé. Tremendamente tosco, pero que en aquel momento me parecía un prodigio de sofisticación. Veréis que junto a algunas zonas muy detalladas, como Alboné, en otras hay espacios en blanco por doquier.

Segundo mapa. Este, solo de Alboné, la isla natal de Yáxtor Brandan.

En realidad, este segundo mapa no es menos tosco que el primero. La diferencia es que en este caso, los distintos elementos como los bosques y los montes están hechos enteramente a mano.

De nuevo los Pueblos del Pacto y El Martillo de Dios, ahora en glorioso technicolor…. o algo.

Este no fue, ni de lejos, el tercer mapa. De hecho, me he saltado unos cuantos pasos, básicamente porque se fueron perdiendo: consistían, si no recuerdo mal, en diferentes intentos de dar color y texturas a la imagen y, sobre todo, buscar una forma en que mar y tierra se diferenciasen con claridad al primer golpe de vista; a menudo me ha pasado que me encuentro con mapas donde tienes que esforzarte para saber qué parte son masas de tierra y qué parte es mar, y no quería que eso me pasase. Al final, esta fue la versión que más me convenció.

Como veis, hay bastante diferencia respecto al primero que he mostrado. No solo porque este está a color, sino porque los montes tienen sus texturas e incluso hay zonas del terreno también texturizadas. Hay otra diferencia: la península de Ythylia ha perdido su forma de bota, entre otras cosas, para que no se pareciera tanto a la Italia de nuestro mundo. Lo que antes era el pie ahora se ha convertido en una isla. ¿Un cataclismo marino que transcurre entre la primera novela y la segunda? Es una explicación tan buena como otra cualquiera.

Además, se añade un efecto “oleaje” a las costas que, sí, quedaba muy bonito en pantalla pero al pasar a a escala de grises e imprimir, resultaba confuso, especialmente en el Mar de Honoi, como pudieron comprobar los lectores de El jardín de la memoria.

Eso me llevó a:

Mapa más limpio y con efecto “relieve”.

Básicamente, y pensando en la página impresa, eliminé tanto el efecto oleaje como el propio color de fondo del mar y le añadí una sombra a las tierras para que se distinguieran mejor de este. Muestro aquí la versión más minimalista, con los mares en blanco, pero os puedo asegurar que probé al menos veinte combinaciones distintas de color y textura antes de decidirme por “menos es más”, que siempre ha sido uno de mis lemas cuando diseño una web. El de James Bond, al parecer, era “el mundo no es suficiente”, pero eso se explica con facilidad: era escocés.

El mapa más reciente, con un efecto de “envejecimiento” en las texturas.

Y llegamos al… iba a decir que es el mapa definitivo, pero visto lo que ha ido pasando a lo largo de estos seis o siete años, «definitivo» es una palabra que me cuidaré mucho de emplear (aunque acabo de usarla dos veces en esta frase, ya se sabe, soy hombre de contradicciones). En cualquier caso es el mapa más reciente y sin duda es el que aparecerá en Los rostros del pasado, la tercera novela de la saga, que está, lo juro de verdad de la buena, a puntito de salir.

En fin, espero que hayáis disfrutado con esta pequeña muestra de lo que ha sido la evolución gráfica de Érvinder, el escenario de El adepto de la Reina. Y si ya, de paso, queréis disfrutar con las novelas de la serie, no seré yo quien os lo impida.

Termino con una pequeña nota nostálgica. Han pasado más de treinta y cinco años, pero en mi mente el estándar de todos los mapas, el modelo a seguir, el mapa definitivo sigue siendo el que Christopher Tolkien hizo para cierta novelita de su padre: ya sabéis, esa de un anillo y unos hobbits. Sí, seguro que no es el mejor mapa del mundo Y ambos Tolkien, padre e hijo reconocían que tenía multitud de defectos), pero fue el que despertó mi pasión por los mapas de territorios fantásticos. Siempre lo tenía desplegado ante mí mientras leía El señor de los anillos, para ir viendo por dónde pasaban los personajes. Cuando releo hoy la novela no necesito hacer eso, porque casi me lo sé de memoria, pero lo hago de vez en cuando por puro placer.

Y hasta aquí hemos llegado, niños y niñas.

 

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