El cadáver que soñaba. ¿Una de romanos?

El cadáver que soñaba. ¿Una de romanos?

El chispazo inicial que hace arrancar la mayoría de lo que escribo suele ser bastante accidental. Fue la idea de hacer una novela a lo Bond en un escenario de fantasía lo que dio origen a El adepto de la Reina. Esa idea fue germinando y, antes de que me diese cuenta, tenía entre manos no solo un personaje y su peripecia, sino un mundo entero por el que me apetecía pasear, que quería explorar y cuyas claves deseaba desentrañar.

No era la primera vez que me pasaba algo así y sabía que no sería la última.

En algún momento de principios de este año me descubrí deseando escribir un policiaco tradicional. Quería, además, que tuviera ciertos elementos costumbristas. El culpable de ese deseo fue el revisionado de la serie Cadfael, protagonizada por Derek Jakobi y basada en las novelas de Ellis Peters. La serie ya tiene sus añitos y la había visto en parte hace casi veinte en un canal que ya no existe y que, si no recuerdo mal, se llamaba «Palomitas» (ahí fue donde tuve mi primer contacto con El enano rojo, por cierto, pero eso ya sería otra historia).

Volví a verla a principios de este 2014 y, como me sucede a menudo cuando visito ficciones ajenas, me apeteció escribir algo de ese estilo. Sí, a mí me influye todo, como dijo una vez McCartney cuando lo acusaron de estar influido por el sonido Tamla-Motown en “Got to Get You into My Life”. Normalmente ese deseo se desvanece a los pocos días, a medida que nuevos focos de interés van captando mi atención.

Normalmente, pero no siempre.

El tiempo seguía pasando y quería hacer algo de ese estilo: un policiaco con métodos deductivos en una sociedad preindustrial. Y, de paso, aprovechar para ir creando un microcosmos de pequeña ciudad en zona rural y explorarlo a ver qué iba surgiendo.

Bueno, me dije, por qué no. Quizá salga algo que merezca la pena de todo esto. Mi primer impulso fue, por supuesto, situarme en la Edad Media, incluso, por qué no, en la Edad Media española. Luego, pasó lo que pasa siempre: la sola idea de dedicar horas y horas a documentarme sobre el lugar y la época me echó para atrás. Curiosa, esta forma mía de ser: podría pasarme meses enteros leyendo, por puro placer, tratados de historia sobre, no sé, la Edad Media en la cornisa cantábrica. Pero en el momento en que sé que debo leerlos como trabajo de documentación, la sola idea de acercarme a ellos me llena de pavor. Hace tiempo que comprendí que hay cierto tipo de trabajo que solo soy capaz de hacer si estoy convenido de que no es trabajo.

Muy mal por mi parte, sin duda. Pero a estas alturas de mi vida no voy a cambiar de forma de ser.

Dado que la verdadera Edad Media estaba fuera de lugar, el paso siguiente y obvio era inventarme una Edad Media ficticia y construirla a mi medida, sin preocuparme de anacronismos o encajes de bolillos con la realidad.

Y luego pensé: ¿por qué la Edad Media?

Recordé otra de mis épocas favoritas (para saber sobre ella, se entiende, no para vivir): la Roma del principado de Augusto, la de los últimos días de la República y el inicio del Imperio. Hmmm, me dije, ¿por qué no? ¿Por qué en vez de irme al sempiterno paisaje medieval no le doy un giro al asunto y utilizo una ambientación que parezca romana?

Cuanto más pensaba en ello, más me gustaba la idea. Así que creé una Roma a mi gusto a la que llamé, sin más, Urbe. Situé el presente narrativo en los últimos años de la República (aunque eso, por supuesto, no lo sabe ningún personaje y todos creen que esta tiene cuerda para rato) en una pequeña población costera alejada de los grandes acontecimientos de la historia. Aunque con una peculiaridad: al estar cerca de un importante cruce de caminos, el pueblo había sufrido (por suerte para sus habitantes) poca historia, pero había visto pasar mucha.

Con esa premisa no me quedó más remedio que llamar Encrucijada al pueblo, por supuesto.

Y una vez establecido el escenario, busquemos los personajes. No tardaron en aparecer los principales: el tranquilo, agudo y perceptivo magistrado Árgida Intrubio Polio y el sensato, sagaz y desconfiado sargento de guarnición Órdube Demáquero Virato. Iban a ser mi Holmes y Watson particulares, me dije, y de hecho decidí escribir el primer relato sin abandonar nunca la perspectiva del sargento Virato, por más que estuviera escrito en tercera persona. Pero si bien Polio encajaba bastante bien con el molde holmesiano, Virato no tardó en rebelarse contra su destino de Watson y aparecieron en él pliegues insospechados que lo convirtieron, sin que yo lo hubiera planeado, en un personaje mucho más interesante.

Polio y Virato están concebidos para ser el hilo conductor de la serie (porque a estas alturas a todo el mundo le habrá quedado claro que es una serie, ¿no?) y a su alrededor han ido surgiendo varios personajes más que han ido dando forma al microcosmos de Encrucijada. Estoy seguro de que aparecerán más y de que los ya existentes cobrarán más importancia con el tiempo.

Pero dos detectives no son nada sin un misterio que resolver. ¿Y cuál podía ser ese misterio? La solución a esa pregunta se llamó «El cadáver que soñaba», primer relato de Encrucijada, pero no el último. Una novela corta que cuenta la historia de un asesinato y de su resolución. Pero también, creo, de unas cuantas cosas interesantes más.

Mientras escribo esto, hay un segundo relato en marcha de Encrucijada. Se titula «El muerto estaba de paso» y espero poder ir añadiendo en él nuevos elementos del escenario y nuevas pinceladas a los distintos personajes.

No, no he dejado de lado a Yáxtor Brandan, por si alguno se lo preguntaba. Los rostros del pasado, la tercera novela de la serie tras El adepto de la Reina y El Jardín de la Memoria, está en marcha y Felicidad y yo esperamos tenerla acabada antes de fin de año. Tras ella, vendrá La sombra del adepto. Y luego…

Pero volvamos a Encrucijada. Ya podéis disfrutar de «El cadáver que soñaba» en Sportula desde hace unas semanas, en formato ebook y a un precio bastante asequible. Si todo va bien, el siguiente relato aparecerá el próximo año.

Me gusta internarme por las calles de Encrucijada y explorarlas acompañado de Polio y Virato, así que sospecho que lo seguiré haciendo durante una buena temporada. Lo curioso (y no me di cuenta hasta no terminar el primer relato) es que, de momento, son historias totalmente realistas. Sí, el escenario podría ser el de cualquier fantasía épica, pero no hay en las historias en sí ningún elemento sobrenatural, es un puro policiaco con elementos costumbristas. Resulta un poco irónico que haya tenido que crear un universo ficticio para escribir una historia realista.

Y me gusta. Sospecho que seguiré haciéndolo.

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