Sherlock Holmes y la boca del infierno

Rodolfo Martínez
Sherlock Holmes y la boca del infierno
Bibliópolis Fantástica, Madrid, junio 2007
ISBN: 978-84-96173-79-8

Ya he hablado unas cuantas veces de mi relación con las creaciones de Arthur Conan Doyle. En este mismo blog, de hecho, podéis encontrar unas cuantas entradas sobre el tema. Así que procuraré no repetirme demasiado.

Mientras escribía Sherlock Holmes y las huellas del poeta no tenía en mente continuación alguna; no había ningún plan para seguir escribiendo sobre el detective de Baker Street. Me lo había pasado muy bien, más de diez años atrás, escribiendo “La sabiduría de los muertos” y con esta nueva novela me lo estaba pasando mejor y, además, me permitía explorar un Holmes distinto al habitual, ya anciano, quizá un poco cínico con respecto a sí mismo y a sus extraordinarias habilidades. También me permitía intentar unas cuantas cosas que no había hecho antes, sin saber si conseguiría que llegaran o no a buen puerto, y la verdad es que resultaba emocionante hacerlo así; saltar sin red, en cierta forma.

Fue después de que la novela estuviera terminada y ya a punto de publicarse cuando pensé que había tratado a Holmes en su madurez y en su vejez y que, por tanto, tendría cierta lógica que ahora lo presentara en su juventud.

Empecé a darle vueltas a varias ideas y no tardó en germinar en mi mente una nueva historia. Hasta tenía título y todo: Sherlock Holmes y el heredero de nadie. Empecé a escribirla y, demonios, aquello funcionaba: la historia fluía bien, el modo de contarla me gustaba y las cosas iban encajando como debían.

Pero no es de esa novela de la estoy hablando.

Porque a finales del año 2006 me invitaron, aprovechando la edición portuguesa de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, al Fórum Fantástico de Portugal. Ya he hablado de esos días pasados en Lisboa y sus cercanías en otra parte. Y también he contado mi visita a Boca do Inferno. Lo cierto es que el lugar imponía. Y la placa donde hablaba del falso intento de suicidio de Aleister Crowley en aquel sitio empezó a hacer girar las palancas y encender lucecitas de alarma dentro de mi cabeza.

Volví a España con el embrión de una nueva historia holmesiana. Me resistí un poco a escribirla, es cierto. Tenía que centrarme, me decía; mi prioridad era Sherlock Holmes y el heredero de nadie y aquella excrecencia mental que acababa de surgir (y que, me decía, daría como mucho para un cuento) no debía interponerse en su camino.

Pero lo hizo. No podía dejar de pensar en ella, de darle vueltas, de jugar con la idea una y otra vez. Poco a poco, fui desenhebrando la madeja de la historia y me di cuenta de que era una novela lo que tenía entre manos, no un cuento, que no sólo encajaba con mis otras novelas holmesianas sino que era el puente perfecto para la siguiente, además de permitirme explicar algunas de las incongruencias argumentales que habían surgido entre la primera y la segunda y explorar con mayor detenimiento varios personajes secundarios que había creado para ellas.

Así nació Sherlock Holmes y la boca del infierno. Una novela que tiene mucho de “mirada entre bastidores” a lo que ocurrió en Sherlock Holmes y la huellas del poeta. En ella narro buena parte de lo que sucedió en el mundo mientras el detective estaba empeñado en su caza particular en la Guerra Civil española y, de paso, prolongo la historia algunos años más allá, hasta la culminación de la trama que se había iniciado en 1895 con el robo del Necronomicon, al mismo tiempo que anticipo algunos de los elementos que aparecerán con más detalle en Sherlock Holmes y el heredero de nadie.

¿Significa eso que la novela carece de sentido por sí misma, que no es más que un simple puente entre las anteriores y las siguientes? Quiero pensar que no, que la historia es disfrutable y comprensible sin un conocimiento previo de mis otras novelas holmesianas. Sin duda haberlas leído hará que el panorama de esta historia sea más amplio y esté más completo, pero he intentado que Sherlock Holmes y la boca del infierno tuviera entidad por sí misma.

Eso, claro, es cosa de los lectores juzgarlo, no mía. Aunque por las reacciones de algunas personas que leyeron esta novela sin haber leído la anterior (y en algunos casos sin haber leído ninguna de las anteriores) creo que he tenido éxito en mi intento.

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