“Las astillas de Yavé”, de vuelta en La Ciudad

“Las astillas de Yavé”, de vuelta en La Ciudad

las astillas de Yave

Los que me conocen, saben que una parte importante de mi obra transcurre en la misma ciudad: una ciudad que nunca nombro pero que se parece sospechosamente a aquélla en la que vivo desde hace casi cuarenta años.

Se trata de un puñado de relatos (casi todos ellos recogidos en mi recopilación Porciones individuales) y tres novelas que, aparte de transcurrir en esa especie de «versión mágica de Gijón» y de compartir ocasionamente algún personaje que otro, son totalmente independientes en cuanto a trama y peripecia. Al contrario que otras sagas que he escrito (como la de Sherlock Holmes o El adepto de la Reina), no hay relación argumental entre cada historia del ciclo de la Ciudad.

Sí que la hay genérica, evidentemente. La Ciudad es mi intento de escribir fantasía urbana contemporánea, de hacer literatura fantástica alejada de los tópicos seudo medievales y, de paso, reciclar para este siglo algunos mitos e iconos de la fantasía y la mitología tradiciones.

Todo empezó con El abismo te devuelve la mirada (Premio Ignotus 2000 a la Mejor Novela) que, con el tiempo, acabó transformándose en El abismo en el espejo. Era la historia de un escritor obsesionado con su pasado en la que un extraño espejo jugaba un curioso papel.

A eso le siguió Los sicarios del cielo (Premio Minotauro 2005), que recientemente he reeditado en Sportula recuperando el título que originalmente le puse: Este incómodo ropaje y donde se narraba la historia de Remiel, una suerte de ángel indeciso que llevaba varios miles de años paseándose por la humanidad (y contemplándola como un mirón) hasta que la carne terminaba por mancharlo de forma permanente.

Fieramente humano (Premio Ignotus 2012 a la Mejor Novela) fue la tercera novela del ciclo y en ella la Ciudad se enfrentaba sin la menor duda a su mayor amenaza a manos de un individuo de rostro angelical y mirada vacía, perpetuamente acompañado por una gata negra. Ésa fue, sin duda, mi novela más coral, en la que intenté que toda la ciudad se involucrara en la historia y donde manejé más personajes. Confieso sentir cierta predilección, sobre todo, por el viejo farsante tuerto que juega un papel secundario, aunque ciertamente importante, en la trama.

Y, desde hoy mismo, las novelas ya no son tres sino cuatro. El último añadido al ciclo de la Ciudad es Las astillas de Yavé, recientemente publicada por el sello Fantascy de Penguin Random House y donde narro la historia de Uve, una detective privada que, a su pesar, se ve envuelta en una trama de tintes ocultistas que la llevará a descubrir unas cuantas cosas sobre el mundo que la rodea que quizá habría preferido no saber.

Uve es uno de mis personajes favoritos y narrar la historia con su voz, contemplar lo ocurrido desde sus ojos, fue un viaje fascinante. Deslenguada, bastante bruta, carente de inhibiciones y dispuesta a llegar donde haga falta para resolver el misterio, acompañarla en su periplo, desentrañar su pasado y comprender su forma de ver el mundo ha sido una de las cosas más condenadamente divertidas que he hecho a lo largo de mi carrera como escritor. La acompaña una galería de personajes sin la cual  no estaría completa, porque son ellos, a través de su relación con ella, los que terminan de definir el mundo de Uve y lo que ella misma es: un ex novio bastante excéntrico y friqui de narices, un sacerdote con peculiares tendencias teológicas, una asistente achuchable y desinhibida, una especie de sabio popular un tanto ido, un anciano párroco, un sorprendente instructor de artes marciales…

En cuanto a la historia, no voy a decir mucho. Como de costumbre, se articula como si fuera un thriller (cosa que és) en el que los elementos sobrenaturales van apareciendo poco a poco hasta que terminan de encajar en el último tercio de la historia. Sí me gustaría comentar que, todas mis novelas de la Ciudad, es la que más satisfactoria me resulta hasta el momento; creo que en ella he conseguido un equilibrio bien ajustado entre acción, transfondo y desarrollo de personajes y que la sorprendente guerra que cuento un poco de soslayo en sus páginas tiene resonancias muy cercanas para todos nosotros.

Pero todo cuanto yo diga es superfluo. Ya lo decía Umberto Eco: «el autor debería morirse después de escribir la novela, para allanarle el camino al texto.» Yo he cumplido mi función escribiéndola. Pero para que el ritual esté completo, vosotros debéis cumplir la vuestra leyéndola. No soy yo quien tiene que explicar la novela, quien debe interpretarla: sois vosotros. No soy yo quien tiene que defender sus virtudes y bondades, sino ella misma a medida que se va desplegando ante vuestros ojos.

Creo (¿optimismo? ¿arrogancia? ¿una mezcla de ambos?) que no os defraudará, que pasaréis un buen rato con ella y que Uve os gustará casi tanto como a mí. Quién sabe, puede que incluso más.

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