La isla de Bowen, de César Mallorquí

La isla de Bowen

La isla de Bowen

Como siempre me pasa con una novela de César, devoré ésta casi de un solo bocado, sin poder dejar de leer hasta el final y disfrutando cada momento, literalmente, como un niño.

Leer La isla de Bowen ha sido como volver a la infancia, como recuperar aquellas viejas novelas de aventuras, aquellas tardes de cine de acción y fantasía de los sábados, aquellos cómics de fantasía, ciencia ficción y superhéroes. He vuelto a ser, otra vez, el niño de diez, once años que devoraba por igual un Verne que un Conan Doyle, un Wells o un Stevenson, que lo mismo se leía un comic de los Vengadores que veía una película de Simbad.

La isla de Bowen es una aventura trepidante con ribetes vernescos, pero es también mucho más. Es una declaración de amor a un cierto tipo de novela de aventuras y, también, una revisitación (no usemos la palabra «homenaje», que sé que al autor le disgusta tanto como a mí) de lo que, sin duda, fueron los referentes narrativos e imaginativos de la infancia de César Mallorquí. Referentes que comparto en un buena medida y que, sin duda, tienen mucho que ver con el alto grado de disfrute que me ha proporcionado la novela.

¿Funcionará, entonces, para un público que no comparta esos referentes? Creo que sí: la novela está bien escrita, los personajes bien delineados y la trama aventurera está narrada con mano firme, buen ritmo e inteligencia. Más allá de su clasificación como novela juvenil (y flamante ganadora del Premio Edebé), La isla de Bowen es apta para cualquier aficionado a la literatura de género y la novela de aventuras, independientemente de su edad.

Los ingredientes de este excelente cóctel son un científico excéntrico (alrededor del que se aglutinan media docena de personajes), las reliquias de un misterioso santo, los restos de una enigmática tecnología, un viaje que los llevará a todos a una misteriosa isla en el ártico y un ambicioso empresario como villano a derrotar. Todo ello ambientado en la Europa de 1920, con el fantasma de las secuelas de la Primera Guerra Mundial como telón de fondo, en un salto, a mi entender inteligente y eficaz, al abandonar la más habitual (y, por tanto, ya un tanto manida) ambientación decimonónica de muchas novelas de género actuales por la época de entreguerras, dejando así atrás el steam-punk e inaugurando lo que podríamos definir (así lo hace el propio autor) como diesel-punk.

En fin, una lectura más que recomendable para cualquier lector al que no le cieguen los prejuicios de la etiqueta “literatura juvenil”. Y especialmente recomendable para aquellos que compartan los referentes narrativos del autor y en los que, sin duda, el factor nostalgia aumentará más aún el placer que proporciona la lectura de La isla de Bowen.

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