El jinete en la onda de la peonza

El jinete en la onda de la peonza

La sonrisa del gato

La sonrisa del gato

Estamos de nuevo en 1995. Acabo de terminar una novela titulada La sonrisa del gato y estoy decidiendo qué demonios voy a hacer con ella. Comérmela con patatas, seguramente, como he venido haciendo con todas las anteriores.

El arranque de la novela, como de casi todo lo que escribo, había sido muy inmediato: la visión de una estación espacial en forma de peonza y de un joven al que estaban interrogando sobre ciertos hechos que habían sucedido allí.

Escribí unas cuantas páginas. Tanteé el terreno, por así decir, a ver a dónde me llevaba aquello. No tardó en aparecer una trama de espionaje, no tardaron en aparecer nuevos personajes y la historia no tardó en relacionarse con otros acontecimientos de mi universo de Drímar, el escenario donde ambientaba casi toda la ciencia ficción que escribía por entonces. Así que el esqueleto de la novela estuvo armado enseguida y la historia fue creciendo rápidamente, sin apenas obstáculos.

Bueno, había uno. No tardé en darme cuenta de que tenía entre manos una novela con evidentes elementos cyberpunk: inteligencias artificiales con mala baba, ciberespacio, hackers… ¿Era eso un problema? Digamos que en los meses anteriores había comentado varias veces de forma pública que el cyberpunk no me interesaba, que estaba muerto como corriente dentro de la ciencia ficción y que lo único que había aportado al género eran elementos puramente cosméticos. Y allí estaba yo, escribiendo una novela cyberpunk. Incómoda situación, sin duda.

Pero al fin y al cabo, pensé, ¿no dijo Emerson que la obsesión por la coherencia es síntoma de una mente pequeña? Y qué carajo, si no lo dijo, ¿no debería haberlo hecho? Así que adelante, sigamos con el tema y acaba la maldita novela de una vez.

Cosa que hice en pocos meses.

Y ahora, a comérmela con patatas, como decía al principio. O tal vez no. Al fin y al cabo, la situación no era tan desesperada como unos años atrás: sí que había alguna que otra editorial española que publicaba material autóctono de ciencia ficción. Así que podía probar con una de ellas a ver qué pasa.

Ediciones B no era una opción. Básicamente porque Miquel Barceló, director de su colección Nova Ciencia Ficción, tenía en sus manos una novela mía desde hacía poco más de un año y aún no me había dicho si le interesaba publicarla o no (de hecho, me había comentado que sí, que la novela le parecía interesante, pero no tenía muy claro qué hacer). Y, mientras no recibiera una respuesta en ese sentido, era absurdo mandarle otra cosa. La novela en cuestión, por cierto, sí que acabó siendo publicada en Nova bajo el título de Tierra de Nadie: Jormungand, pero ésa es otra historia y ya veremos si es contada en otra ocasión.

Así que, eliminada B, me quedaba Miraguano, que desde hacía algún tiempo, publicaba con  cierta regularidad obras de gente como Rafael Marín, Gabriel Bermúdez, Ángel Torres Quesada o Carlos Saiz Cidoncha. Si soy sincero, no confiaba mucho en mis posibilidades: toda aquella gente eran veteranos que ya llevaban varias publicaciones a sus espaldas y yo era un recién llegado sin más carta de presentación que una veintena larga de cuentos dispersos por los fanzines de la época. Pero, bueno, al menos aquellos tipos publicaban ciencia ficción española, que ya era algo.

Les envié el original y me preparé para una larga espera cuyos resultados (a tenor de los obtenidos en el pasado) sólo podían ser dos: una carta de rechazo o, directamente, el silencio.

Y hubo una carta, sí, pero no precisamente de rechazo. La novela les gustaba. Les parecía que tenía que corregir algunos detalles menores de redacción, pero si lo hacía así, querían publicarla y, de hecho, querían que estuviera lista aquel mismo otoño, para presentarla en la HispaCon (la convención española de fantasía y ciencia ficción) que se iba a celebrar en Cádiz aquel año.

Os ahorraré una detallada descripción de mi estado emocional tras esa carta. Os lo podéis suponer con facilidad. Había llegado, qué narices, lo había conseguido. Tenía casi treinta años, llevaba escribiendo desde los doce y publicando cuentos y artículos en fanzines desde los veinticuatro. Y ahora, por fin, iba a publicar mi primera novela.

Una novela de la que me sentía bastante satisfecho, moderadamente orgulloso. Era, sin duda, menos ambiciosa que la anterior (ese Jormungand que aún estaba en manos de un indeciso Miquel Barceló), pero me parecía que estaba escrita con garra, tenía una buena ambientación, un ritmo adecuado, una trama que no decaía en ningún momento y varios personajes bastante logrados. Especialmente un personaje secundario, un cierto ciberpirata de aspecto estrafalario y maneras ampulosas que acabaría convirtiéndose poco después en protagonista de un relato y una novela corta.

Y me gustaba la estructura que había armado para contar la historia, dividida en capítulos alternos. En unos, se seguía una narración convencional en tercera persona y en pasado. En los otros, había una secuencia de puro diálogo, sin acotación alguna y que enseguida quedaba claro que sucedía algunos meses después de lo narrado en tercera persona. Digamos que los capítulos de diálogo se desarrollaban en el presente y servían de introducción en cierto modo para los narrativos, desarrollados en el pasado.

Y allí estaba yo en Cádiz varios meses después, con el libro recién salido de la imprenta y presentando la novela en la HispaCon, muy satisfecho conmigo mismo y enormemente contento de haberme conocido.

No recuerdo quién ejercía de maestro de ceremonias de la presentación, pero sospecho que debió ser Pedro Jorge Romero, aunque a estas alturas no podría asegurarlo.

En todo caso, ahí estaba yo muy ufano, con mi recién estrenada novela bajo el brazo, hablando de ella, comentando, aquí y allá, algunos aspectos de su trama y su ambientación y, en general, pasándomelo bien. Llegó entonces el turno de preguntas para los asistentes al acto. Una mano se levantó y una persona (que no identificaré en absoluto salvo para comentar que su nombre era Marisa y su apellido, Cuesta) dijo:

—La estructura de la novela, ¿no recuerda un poco la de El jinete en la onda del shock? ¿Eso es deliberado?

Me mantuve impasible… creo. Sin embargo, por dentro di un salto y me dije:

«¡Hostia puta, es verdad! ¡Tiene razón!»

¿Había leído la novela de John Brunner? Sí. ¿La tenía fresca en la memoria? Desde luego. ¿Me había gustado? Sin la menor duda; era uno de mis libros favoritos. ¿Era consciente de estar usando una estructura narrativa que, sin ser la misma, tenía más de un punto en común con ella? Ni de coña. No hasta aquel preciso instante.

Todo esto pasó por mi cabeza en, digamos, medio picosegundo.

Tras el cual dije, creo que bastante tranquilo:

—Pues no podría asegurarlo. Pero teniendo en cuenta que El jinete en la onda del shock es una de mis novelas favoritas, no tendría nada de extraño.

Y tanto que no lo tenía. Como que era así. No fui consciente del hecho hasta el momento mismo en que Marisa me lo hizo ver con su pregunta. Pero una vez dado el paso para mí era evidente que sí, que la estructura que Brunner había usado para armar su novela me había influido, sin la menor duda.

No fue la única influencia no detectada que había en La sonrisa del gato, por otro lado. Había un par de ellas más de las que no fui consciente hasta algún tiempo después; cuando, digamos, pude volver a la novela desde la distancia suficiente y contemplar cómo estaba armada y de dónde se habían tomado algunas de sus partes.

¿Me preocupó eso? No, no mucho. No, tras haberlo pensado bien. Sí, es cierto por aquel entonces yo era (y aún lo sigo siendo) una amalgama de influencias diversas (y a menudo contradictorias) y todo eso pasaba a lo que escribía. Pero pasaba tamizado por mi personalidad, por mi forma de ser, de ver el mundo y de describirlo. Así que, bien pensado, no había nada malo en que me influyera prácticamente todo.

Además, qué narices, tenía a los Beatles de mi lado. Recordad cuando, en una entrevista, a Paul McCartney le preguntaron si Got to Get You into My Life estaba influida por el sonido Tamla-Motown. Su respuesta fue:

—Claro que sí. Pero es que nosotros nos influía todo.

¿Y quién soy yo para llevarle la contraria a sir Paul, al fin y al cabo?

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