Algo se mueve en el ¿fandom, he dicho fandom?

Recuerdo con cierta nostalgia la década de los noventa. En cierta medida porque ésos son los años en los que me asomé al mundillo de aficionados a la ciencia ficción (el fandom, una palabra que en boca de algunos se convierte en un taco y en la de otros en una religión) y di mis primeros pasos como autor.

Hay cosas que, desde luego, no echo de menos, especialmente la polarización en grupos irreconciliables y enfrentados que marcó buena parte de esos diez años. Pero sí, sin la menor duda, la intensa sensación de actividad que había por aquel entonces en el fandom: con fanzines creciendo como setas, iniciativas editoriales naciendo en cada momento, premios que surgían de la nada y autores que aparecían donde menos se esperaba.

Algo se movía. Quizá no siempre en la dirección adecuada. A veces, qué narices, ni siquiera en una dirección. Pero se movía. Había ganas de hacer cosas y se hacían. No siempre llegaron a buen puerto, no siempre tenían la mejor orientación posible y no siempre estaban acompañadas de los medios, la capacidad o el talento necesarios para que fructificasen. Pero eso era lo de menos. El fandom se movía, estaba inquieto, bullía de actividad. El resto era irrelevante.

En lo últimos años, sin embargo, mi sensación era que las cosas se habían tranquilizado de una manera preocupante. Se habían acabado las guerras fandomitas, es cierto, y eso era algo bueno. Pero parecía que una cierta sensación de derrota, de tirar la toalla, de cansancio, se había apoderado de todos. Confieso que en las últimas HispaCones en las que había estado tenía la impresión de que aquello seguía adelante más que nada por inercia. Que el fandom que yo había conocido estaba muerto; simplemente, se negaba a reconocerlo.

Ahora, a la vuelta de una nueva HispaCon, el sabor de boca que tengo no puede ser más ambivalente.

Por un lado es como si éste ya no fuera mi lugar. Como si hubiera vuelto a casa para encontrar que mis padres tienen otros hijos y que los muebles no están como yo los había dejado. No me he sentido en ningún momento marginado, fuera de lugar o mal acogido. Al contrario, el ambiente no podía ser más cordial y agradable. Pero, en cierto modo, no podía quitarme de la cabeza la idea de que aquélla ya no era mi casa. ¿Dónde estaba toda aquella gente que yo conocía y que abarrotaba las convenciones de los noventa, los que hacían las cosas, los que movían el cotarro?

Se han ido. Salvo unas poquísimas excepciones (y supongo que yo mismo soy una de ellas) el fandom de la pasada década ha desaparecido del mapa. Se han hecho mayores, se han cansado, han encontrado nuevas cosas que hacer… quién sabe. El caso es que ya no están. Como digo, hay unos cuantos aficionados de esa época (y de épocas anteriores) que siguen tan activos como siempre, pero no son ellos los que llenan las HispaCones.

Pero éstas sí que están llenas. Y ahí viene la parte ambivalente del asunto. Porque, tras estos días en Burjassot (en una HispaCon que, he de decirlo ya, es una de las mejores que recuerdo: bien organizada, con un ambiente excelente y una vocación clara de incluir a todos sin dejar fuera nadie) mi impresión es que este fandom actual se mueve tanto o más como el se movía el otro.

La cantidad de iniciativas, de nuevas cosas que se hacen, de autores que están saliendo, de editores que surgen o de grupos de aficionados que nacen es casi abrumadora. Y, mientras que el fandom noventero estaba claramente polarizado en dos grandes grupos, aquí me encuentro con un montón de colectivos, cada uno de ellos con sus intereses claros y concretos y cada uno centrado en lo suyo… la diferencia es que la relación con los demás grupos es fluida, es cordial y las ideas pasan de uno a otro como si fueran patrimonio común, sin que nadie sienta la necesidad de arrogarse su paternidad ni, mucho menos, su uso.

Han cambiado muchas cosas en estos años. Una de ellas es, desde luego, la tecnología, que permite que iniciativas que antes no habrían pasado del amateurismo tengan ahora un aspecto (y, me atrevería a decir, una ambición) profesional que hace que el panorama que vemos sea totalmente distinto.

Pero es algo más.

Algo en el aire, tal vez. Una sensación distinta al respirar. Un aire, tal vez, más saludable.

Ya veremos cómo fructifica esto o si lo hace de alguna manera. Pero, entretanto, está claro que este cotarro es suyo. Y que parecen saber lo que se traen entre manos.

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