La perla, una fábula

Tenía once años, lo recuerdo muy bien, cuando leí mi primera novela de John Steinbeck. Cuando, en realidad, me la leyeron.

Sí, lo he escrito bien.

6º de EGB.  1976. Clase de lengua.

Y el profesor (un hombre al que nunca agradeceré lo bastante el modo en que convirtió mi infantil amor por la literatura en algo que sólo puede ser descrito como pasión) dedicó varias clases a leernos en voz alta una novela corta llamada La Perla.

No creo que le llevara muchas clases. Al fin y al cabo, ya lo he dicho, es una novela corta, casi un cuento largo. Y, en cierto modo, es precisamente eso, un cuento, una fábula. La historia de un pescador que un día encuentra la perla perfecta y el modo en que ésta cambia completamente su mundo. Y no para bien.

Inútil es decir que la historia me impresionó.

En parte (aunque eso lo supe mucho después, cuando volví a leerla -o quizá debería decir que la leí por primera vez- y reflexioné sobre ella) por lo bien que estaban construidos todos los personajes, no importaba lo arquetípicos que fueran. Con dos pinceladas, rápidas y precisas, Steinbeck era capaz de hacer que creyéramos reales a los participantes en aquel drama. Que los sintiéramos.

Y en parte, sin duda, por la sencillez aparente con la que todo estaba narrado. Usando sólo las palabras precisas para que la historia fluyera y para que los acontecimientos se desarrollasen ante nuestros ojos de un modo natural, inevitable. Para que, en suma, nos metiéramos en la historia como si fuéramos un personaje más.

Desde aquel momento John Steinbeck se convirtió en uno de mis escritores favoritos. O quizá debería decir que estaba destinado a convertirse en uno. Al fin y al cabo, pasaron varios años antes de que volviera a leer nada suyo. Y, cuando lo hice, el resultado no pudo ser más contundente. Era Las uvas de la ira, claro, seguramente su mejor novela; y confieso que si acabé leyéndola fue porque hacía poco que había visto la versión cinematográfica que John Ford había realizado.

En ella, Steinbeck narra las desventuras de una familia de campesinos que, en medio de la Depresión, pierden sus tierras y se ven obligados a emigrar a California para buscar trabajo como temporeros. Y era, y lo sigue siendo, una de las novelas más duras, desgarradoras y humanas que jamás he leído. La sensibilidad y la contundencia con la que Steinbeck se asomaba al corazón y al alma de los perdedores, de los desheredados, era asombrosa; pero lo era más aún el que fuera capaz de conseguir eso sin un solo atisbo de sensiblería fácil o compasión cursi-buenista. El novelista no nos ahorraba nada, ni bueno ni malo, y sus personajes estaban muy lejos de ser santos o de resultar inocentes. Eran, simplemente, seres humanos, con todas sus miserias y grandezas, que habían tenido mala suerte.

Luego llegaron, claro, Al Este del Edén, Cannery Row (y su “remake”: Jueves, dulce día), De ratones y hombres o incluso su intento de adaptar La Morte D’Artur de Mallory al lenguaje del siglo XX y que acabaría siendo publicado de forma póstuma. Y unas cuantas novelas más.

Nunca he podido evitar la comparación entre Hemingway y Steinbeck. Injusta, sin duda, como todas las comparaciones. Y en ella, siempre ha salido mejor parado el segundo. No puedo evitar encontrar mucho de pose en Hemingway, sobre todo en el de las novelas. Sin embargo, Steinbeck me resulta auténtico en cada palabra que escribe, en cada línea, en cada página. Sí, ya lo he dicho, es una comparación injusta, seguramente. Y lo es desde el momento mismo en que el terreno natural de Hemingway es el relato y el de Steinbeck la novela. Comparar, por tanto, las novelas de ambos es hacer trampa, en cierto modo.

Pese a todo…

Es tentador comparar las dos historias más parecidas de los dos. La perla y El viejo el mar. Ambas son fábulas, ambas adoptan el formato de novela corta y en ambas está presente la lucha del hombre por dominar la naturaleza.

El problema es que no me creo del todo El viejo y el mar. Sí, por supuesto que la peripecia de ese pescador es apasionante, como lo es su empecinamiento, su negativa a darse por vencido, le cueste lo que le cueste. Y sin duda Hemingway describe magistralmente todo eso. Pero… no acabo de creérmelo. No por completo.  Todo me parece un poco de cartón-piedra, por así decir, un poco demasiado espectacular para ser cierto.  En cambio, en La perla ni siquiera me planteo si me estoy creyendo la historia o no: estoy demasiado metido en ella para pararme a pensar en esas tonterías.

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