Cien años de soledad, el culebrón definitivo

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Así empezaba lo que, sin duda, es el mejor culebrón jamás escrito. Y, con esa sola frase, Gabriel García Márquez estaba prefigurando, en cierto modo, lo que sería la estructura del libro; una estructura en la que el tiempo se movería en espiral y donde los acontecimientos, reinventados desde el recuerdo, cobrarían una naturaleza mítica.

De hecho, el manejo del fluir temporal es una de las constantes de García Márquez como narrador. El fluir temporal manejado como una maquinaría de precisión en Crónica de una muerte anunciada, o como un animal caótico, imparable y desbordante en El otoño del Patriarca. En la historia de la familia Buendía, el tiempo es en cierto modo un laberinto, tal vez un río lleno de meandros que en ocasiones vuelve a su curso anterior o se desparrama por un delta interminable que, pese a todo, no impedirá que desemboque en el mar.

Nada sabía yo de eso cuando, con diecisiete años, me senté a leer aquella novela llamada Cien años de soledad. Sabía, eso sí, que a su autor acababan de concederle el Premio Nobel de literatura, que era colombiano y que cultivaba aquello que tan de moda había estado en los años setenta y a lo que la crítica llamaba “realismo mágico”. Una etiqueta que no tardó mucho en convertirse en un cajón de sastre en el que meter toda la narrativa latinoamericana y que, por tanto, acabó perdiendo la mucha o poca utilidad que hubiera podido tener.

No me importaba demasiado. En aquel momento, sin nada nuevo que leer, me dispuse a hincarle el diente a aquella novela que algún amigo le había dejado a mi padre.

Y no pude parar.

Era increíble. Lo que me estaba contando aquel tipo eran las aventuras y desventuras de una familia apellidada Buendía con una obstinada tendencia a llamar Aureliano y José Arcadio a sus miembros varones y una mala suerte a prueba de bomba. Generación tras generación, los Buendía iban pasando por la historia, creándola y sufriéndola a un tiempo y, mientras los hombres de la familia se empecinaban en las locuras que hacían el que el mundo cambiase, las mujeres eran las que lo mantenían unido e impedían que se deshiciera en mil pedazos mientras cambiaba.

Todo empezaba en un tiempo por determinar, en un momento fluido e impreciso en el que ni los años parecían discurrir de un modo muy regular y donde las épocas se entremezclaban de un modo confuso. Luego, lentamente, parecíamos entrar en la historia (momento marcado por la llegada de Apolinar Moscote, el enviado del remoto gobierno de la nación, al pueblo de Macondo) y, a medida que la narración avanzaba íbamos recorriendo un siglo XIX bastante sangriento para desembocar en un XX que no lo era menos. De algún modo, hacia el final, el tiempo se desgastaba, perdía fuelle y todo se movía por una bruma a medio definir que presagiaba un final cercano y cansino. Y luego, en las últimas páginas, mientras el huracán bíblico arrasaba Macondo para siempre, el último de la estirpe descifraba su destino en los manuscritos ininteligibles de Melquiades y comprendía que ni él ni su familia tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Era un cuento. Un cuento de sangre y de amor, de violencia y soledad, de intrigas y guerras.

Un culebrón, ya lo he dicho.

Un culebrón escrito desde la nostalgia y el puro placer de contar, de narrar.

Y se notaba.

En cada maldita página. En cada párrafo. En cada frase.

Lo que estaba haciendo allí García Márquez era reconstruir en clave de novela su mitología personal. El universo de ficción que, seguramente, había ido tomando forma en su cabeza durante la infancia, nacido de las charlas con su abuelo, de las conversaciones con las mujeres de la casa, de los rumores del pueblo y, en general, de cotilleos, recuerdos y agravios no olvidados. Puedo imaginarme a ese niño solitario e imaginativo espantado por las cosas que oía contar como si fueran reales y construyendo en su cabeza, sin saberlo, su propia realidad.

Una realidad que tardaría en cobrar una forma concreta y definida. Que intentaría asomar una y otra vez en lo que el joven Gabo escribía (en La hojarasca, su primera novela; en muchos de sus cuentos como “Los funerales de la Mamá Grande”; incluso en pequeños atisbos de sus otras novelas más realistas, más “con los pies en la tierra”, como La mala hora o El Coronel no tiene quien le escriba) pero que nunca llegaba a tomar cuerpo del todo. No fue hasta que leyó La Metamorfosis de Kafka que comprendió cómo tenía que hacer las cosas si quería tener éxito. Cuando leyó “al despertar aquella mañana Gregorio Samsa descubrió que se había convertido en un enorme escarabajo” entendió que la clave para contar acontecimientos inverosímiles y hacerlos parecer reales era narrarlos como si lo fueran. De un modo cotidiano, sin darles importancia.

-Carajo -dijo-, de modo que así es como se hace.

Kafka estaba haciendo lo mismo que sus innumerables tías habían hecho cuando él era pequeño. Cuando se contaban entre ellas los rumores del pueblo y, seguramente, los embellecían con sus propias fantasías, lo hacían de un modo tranquilo, sin regodearse en lo increíble, sino aceptándolo como normal y natural.

Y eso fue lo que él hizo. Convirtió los chismes de su infancia (historias reales en muchos casos, rumores en otros, anécdotas “realzadas” por el rencor o la nostalgia en su mayoría) en material de leyenda y lo hizo parecer creíble por el método simple (¡ja!) de contarlo sin darle importancia.

Escribió, básicamente, un culebrón. Una historia de pasión, venganza, intriga, empresas imposibles, hombres indomables y mujeres firmes como rocas. Una historia en la que uso todos y cada uno de los recursos de la novela popular, sin ruborizarse ni pedir perdón por ello. Una historia que por fuerza tuvo que ser un revulsivo en su momento, pues devolvió el placer de narrar bien, de contar un buen cuento en un momento en que la novela atravesaba lo que parecía un callejón sin salida. Una historia que se vuelve universal a fuerza de trabajar una y otra vez con el más “local” de los materiales: tus propios recuerdos de la infancia.

Un culebrón, ¿ya lo he dicho? El mejor de los culebrones.

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