Fausto, pompa y beato (un asturianito en el Premio Planeta)

La cosa ya empezó con polémica. En el avión, cuando la amable azafata (uy, perdón, que ahora son Tripulantes de Cabina de Pasajeros) nos pregunta si queremos algún periódico, Marisa opta por “El País” y yo, por aquello de compensar, por “El Mundo”. Es divertido ver como dos medios de comunicación se enfrentan al mismo hecho y acaban describiendo realidades distintas.

Lo cual me lleva a una pequeña digresión, un viejo chiste de los tiempos de la Guerra Fría:

En una olimpiada, en la maratón, van cayendo por el camino los distinos corredores, hasta que sólo quedan el americano y el ruso. El americano entra en primer lugar y el ruso, tras él. El titular de Pravda del día siguiente es: “Mientras que el imperialista americano quedó en penúltimo lugar, nuestro camarada logró un honroso segundo puesto”.

Pues eso, que mentir sin apartarse un ápice de la verdad es muy fácil y a veces los medios de comunicación lo hacen de un modo auténticamente imaginativo. Si tuviera tiempo, ganas y disposición, me podría poner a recortar todos los días las mismas noticias de distintos periódicos y ver cómo, según donde se haya publicado el hecho, se están describiendo universos distintos. A menudo contradictorios.Pero, bueno, dejemos la digresión y volvamos al asunto. Que se supone que esto era una crónica de mi viaje a Barcelona para asistir (invitados por la Editorial Minotauro) a la ceremonia de entrega del Premio Planeta. Claro que, visto cómo acabó el último intento por mi parte de contar mis viajes a Barcelona, tengo mis dudas sobre cómo se va a desarrollar éste.

Decía que la cosa empezó con polémica. Juan Marsé, uno de los miembros del jurado, declaró que el nivel del premio este año no es que fuera bajísimo, sino que resultaba en ocasiones “subterráneo” y que, en fin, como no les dejaban declarar el premio desierto, tendrían que optar por la novela menos mala. No digo que lo que afirmaba Marsé no sea cierto; lo que sí lo es, sin duda, es que podría haberlo dicho de un modo más elegante o aplicarse aquello de “ya que no puedes decir nada bueno, pues cierra la boca”. Al fin y al cabo, no lo olvidemos, Marsé ganó el Planeta en su momento. Así que ser jurado unos años después y echar pestes sobre los que participan ahora queda como… mezquino como poco. No diré además que me parece profundamente gilipollas (y perdonen mi francés) porque uno estudió en un colegio de pago y no dice esas cosas. Pero, vamos, que la tentación es fuerte, por más que uno la resista.

Además, con la mala fama que tiene el Planeta entre la “intelectualidad” desde hace años (claro, no voy a hablar ahora de la mala fama que tiene la “intelectualidad” en otros sitios, también desde hace años), ponerse ahora a ir de puro, subirse a un sitial de rectitud moral y quejarse de la poca calidad de los originales presentados en plan “yo es que no me esperaba esto, cáspita”… no, a mí no me suena muy creíble. No sé a vosotros.

Pero mejor lo dejamos. Aunque ya volveremos luego sobre ello.

En cualquier caso nos bajamos del avión. Llueve pero no mucho, y enseguida escampa. Lo que sí que hace es un calor tirando a espantoso. Y encima húmedo. Vamos, que si en aquel momento veo a un tipo abriendo una trocha entre la espesura a machetazos y diciéndome que es José Arcadio Buendía buscando una salida al mar para Macondo, me lo creo sin problemas. (Sí, yo también sé ponerme snob y hacer referencias a literatura de verdad y no a las frikadas que comento normalmente, qué pasa).

Juanma Santiago viene a recibirnos al aeropuerto. Es un placer encontrarnos con él una vez más, como siempre. Y sobre todo, ver que ya no tiene encima el catarro brutal de hace quince días. En su compañia esperamos a Rafael Marín y su mujer, Isabel, que no tardan en llegar. Besos abrazos, palmoteos y nos vamos a tomar un café mientras esperamos la llegada de Eduardo Vaquerizo y Nati.

Tardan. De hecho, nos dicen que aún tardarán un rato, así que mejor nos vamos para el hotel y ya nos veremos en la comida.

Ah, la comida. ¿A qué no adivináis qué tipo de comida? Es como el tipo éste del programa de Herrera (sí, ya sabéis el economista ése que hace que Adam Smith parezca más marxista que Karl Marx) cuando le hace una de sus preguntas-trampa y le dice luego: “No se me apresure, Herrera, tómese su tiempo”. Pues eso, no os apresuréis, tomaos vuestro tiempo.

Sí, señor, japonesa, lo habéis adivinado. El restuarante “Fuji”, por si algún día vais por allí. Un lugar agradable, tranquilo, con buen servicio y buena comida. Excelente el sushi (especialmente el pulpo, difícil de preparar crudo sin que parezca chicle) y, por supuesto, buena compañía. Allí estaban Ripleyz y Truman (¿desvelaré algún secreto si los llamo Marta y Humberto?), Cênelia, Alejo, Eduardo (Nati se había quedado en el hotel, la veríamos más tarde), Yolanda, Alex y Nuria, Víctor, Rafa e Isabel, Juanma (Santiago, de nuevo, a Barranquero lo veríamos al día siguiente), Marisa y yo, y un chico con cuyo nombre no me quedé pero que era el sobrino de Alejo y que se sonreía bastante, no sé si porque era de natural risueño o porque no hacíamos más que decir tonterías. Seguramente lo segundo.

Una tranquila sobremesa tras la comida y luego, de vuelta al hotel para prepararse para el gran evento, descansar un poco y ponerse guapetones… bueno, o algo así.

Ocho y media. Vestíbulo del hotel “Princesa Sofía”. Allí llegamos los tres escritores frikis más sus respectivas consortes y nos sentimos como los proverbiales pulpos en los no menos proverbiales garajes. (Jo, siempre he querido usar eso del “proverbial”. ¡Al fin, al fin!).

Todo está lleno de caras famosas. Especialmente periodistas y presentadores de la tele, unos cuantos escritores… y Anthony Blake, el mentalista, que no sé muy bien que hacía por allí, pero que le dio posteriormente a Rafa la oportunidad de demostrar su frikismo televisivo. Ya llegaremos a ello.

La sorpresa fue descubrir que Isabel Gemio (por la que, francamente, uno no daba ni dos duros, lo que es la vida y las sorpresas que se acaba llevando la gente) en persona resultaba sorprendentemente atractiva, al contrario que en la pantalla.

La otra sorpresa, menos agradable, fue descubrir que, de todos los que estábamos en el vestíbulo esperando a ser llevados hacia el auditorio (“Qué buenos son, los chicos de Planeta / qué buenos son, que nos llevan de excursión”, cantaríamos a coro, minutos más tarde), sólo había dos que no llevaran traje: el que escribe éstas líneas (al que ya habréis visto en su elegante atuendo) y Fernando Sánchez-Dragó. Genial. “De todos los bares del mundo, tenía que venir precisamente al mío”. Pues eso, de todos los escritores de España tenía que coincidir en algo con uno de los que peor me caen. Al menos, eso sí, él iba de amarillo y no de negro.

Y dejemos el tema, que me pongo malo.

Subimos al autobús, nos pasean por Barcelona (es entonces cuando cantamos a coro, aunque bajito; somos frikis pero discretos, al fin y al cabo) y por fin, junto al hotel “Rey Juan Carlos I” (tiene coña la cosa, estar alojado en el “Princesa Sofía” y acabar junto al “Rey Juan Carlos I”) nos permiten salir del autobús y cruzamos la alfombra roja, indiferentes a la presencia de la prensa que, por otro lado, también pasaba bastante de nosotros, para qué lo vamos a negar.

Y empieza el circo. “Comienza el espectáculo”, que diría Roy Scheider en All that Jazz. Un ligero tentempié antes de la cena con unos… en mi pueblo los llamamos pinchos, pero supongo que serían eso que los culturetas de gran ciudad califican de canapés o entremeses. Ahí es cuando se me escapa el rudysmo que ha terminado dando título a esta crónica. Quería hacer un chiste (tirando a bastante malo, por otro lado) sobre que uno, como chico de pueblo que es no lleva bien tanto fasto, pompa y boato. En lugar de eso, lo que sale de mi boca es “fausto, pompa y beato”. Pues vale, bienvenido sea el rudysmo y, ya que ha pasado aprovechémoslo. Luego le doy unas collejas a mi subconsciente.

Estamos alrededor de una mesita en cuyo centro hay una vela. Rafa Marín intenta apagarla y me pregunto si no será para pedir un deseo. ¿Ganar el próximo Minotauro, quizá? Bueno, me digo, al cuerno con la ética, soy sobornable. Ya hablaremos cuando se anuncie oficialmente la composición del jurado.

Finalmente entramos, buscamos nuestra mesa y nos sentamos. Ahora es cuando debería empezar a recibir collejas desenfrenadamente por mi despiste y mala memoria. Le diré a Marisa que me las de. El caso es que con nosotros se sientan dos chicas cuyo nombre no recuerdo. Me parece, pero ni siquiera estoy seguro, de que una de ellas trabaja para Minotauro y la otra para cafés Marcilla, patrocinadores del Premio Minotauro de novela. A su lado, se sienta una pareja. Sé que él es escritor, que ha escrito un libro titulado Dios con los cinco sentidos y, más tarde me entero de que su hija se ha casado con un asturiano. ¡Bien por ella! Pero aunque mi vida dependiera de ello, no consigo recordar sus nombres. Así que mis disculpas más abyectas. Luego voy a que Marisa me dé unas collejas.

Luego, elegantemente tarde, llega nuestro editor, Paco Lorenzana, nos sentamos y da inicio la comida. Bueno, o el desfile que aún no tengo muy claro si aquello era para comer o para mirar. Yo me lo comí, y confieso que no sabía mal, si bien a veces no estaba muy seguro de a qué sabía. A continuación detallo el menú, por si a algún pervertido puede interesarle:

-Bolita de queso de cabra, rúcula y cujiente de nuez al aceite de pimiento. Vino: Blanc de Pacs, Penedès.
-Meloso de ternera guisada a la antigua con piña, melón y cinco especias. Vino: Solar viejo, crianza. Rioja.
-Trufine royal con frutos rojos y salsa de vainilla. Cava: Brut Nature Aria de Segura Viudas.
-Café y Mignardises.

Lo mejor, el postre. Allí ponía que era una “trufine royal”, pero a mí me pareció una mousse de chocolate. Muy ligera y muy sabrosa. Y que, además, no sé por qué, me hizo ponerme pensativo y acordarme de alguien. Curioso, no es la primera vez que me pasa algo así con el chocolate.

Nueva digresión: más o menos hacia la llegada del postre recibí noticias de la muerte accidental de un miembro del orden de los felinos muy querido para una muy querida amiga. Recé una oración a Bubastis por ella (por la gata, no por mi amiga) y le envié (a mi amiga, no a la gata, aunque seguro que le hubiera gustado) una foto del postre, a ver si eso la animaba.

Entre plato y plato nos iban detallando las distintas votaciones del jurado, con las correspondientes eliminatorias de títulos (algunos de los cuales Rafa juraba y perjuraba que parecían de Ángel Torres Quesada, pero eso es otra historia). Finalmente, tras el postre, se dieron a conocer el ganador y el finalista.

No, no os diré quiénes fueron. Si a estas alturas no lo sabéis es que el asunto os importa más bien poco. Así que, vosotros mismos: si os queréis enterar, acudid al google, o a donde sea.

Ese fue el momento en el que volví a acordarme de Juan Marsé. Me dije a mí mismo que, de haber sido ganador (bueno, en este caso ganadora) del premio mi discurso habría sido más o menos como sigue: “Parece ser que mi obra es más bien malilla, por lo que he oído por ahí. A lo mejor es verdad. Pero si haciéndolo mal me llevo seiscientos mil euros… os vais a enterar el día que lo haga bien. Ah, además de a mi padre, mi madre etc etc, dedico este Premio al señor Marsé, deseando que no se le atragante”.

Habría estado bien, pero nada. La verdad es que, por lo poco que oí contar de ambas novelas a sus respectivos autores tenían pinta de ser muy profundas, muy humanas, muy interesantes y sesudas… y profundamente aburridas. Me llamó la atenció el detalle de que la ganadora, titulada Pasiones romanas hablaba, según la propia autora “de pasiones y se desarrolla en Roma”. Eso es tener labia y don de gentes, sí, señor.

Bueno, la cena termina, nos vamos y es el momento en que Rafa asalta a Anthony Blake (que estaba en la mesa de al lado) y le pregunta si ha sacado su nombre artístico de una antigua serie de televisión titulada El mago y protafonizada por Bill Bixby. El señor Blake responde “Pues, claro” y no añade “¿de dónde si no lo iba a haber sacado, coño?” por el mismísimo canto de un duro. Y es que hay preguntas que… En fin, en cualquier caso Rafa pudo lucirse con su conocimiento de ignotas series de TV y Anthony Blake aprovechó para rememorar su infancia en el bar del pueblo (o del barrio) pegado al televisor y viendo la serie completamente arrebolado.

De vuelta al hotel, unas copillas y un poco de conversación en los sofás del vestíbulo. Y, en mi caso, lo reconozco, con los ojos que se me iban cada cierto tiempo tras una morenita que sólo puedo definir como “achuchable” y, tal como decimos aquí, “bastante prestosa”: más bien baja, tierna y redondita y con un rostro dulce y al mismo tiempo un nosequé de pícaro. No, no sé su nombre, su número de telefóno o su e-mail. Habría enviado a mi mujer a pedírselos, pero por uno de estos escrúpulos tontos que a veces le entran a uno, no lo hice.

Mejor lo dejamos.

Al día siguiente no estábamos para muchos trotes. Así que en compañía de Rafa, Isabel y Juanma Santiago nos fuimos a tomar algo a un lugar llamado “Los jardins del Sants” y a espera a Yolanda, Cênelia y Juanma Barranquero, que llegaron algo despúes. Rafa e Isabel se fueron al rato (su avión salía temprano) y los demás nos fuimos a comer a un restaurante libanés que había allí al lado. No estuvo mal.

Un taxi en la estación de tren (con un taxista que, no sé explicar por qué, no terminó de darme buen rollo) nos llevó al aeropuerto y unas horillas después, estábamos en casa. Nada como el hogar, niños y niñas (iba a decir “amigos y vecinos”, pero otro día imitaré a Stepehn King, hoy no me apetece) aunque reconozco que de vez en cuando está bien pasearse por ahí. Pero sin excesos. Todo en su justa medida, que decía Epicuro.

Y si no lo dijo, debería haberlo hecho.

Fotografías: © 2005, Marisa Cuesta, Rodolfo Martínez.

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