Pergeñando

Pergeñando

El abismo en el espejo

Nunca he estado satisfecho del todo con El abismo te devuelve la mirada. Cuando la escribí, allá por 1996, lo hice de un modo demasiado rápido: la historia que estaba contando tenía implicaciones personales demasiado cercanas -y en buena medida, dolorosas- y necesitaba librarme de ella pasándola al papel. Así que el resultado, aunque satisfactorio en líneas generales, no fue todo lo bueno que debería haber sido.

Eso se unió al hecho de que fue publicada en 1999 en una colección que, aunque interesante (reunía a algunos de los mejores escritores españoles de género negro), tuvo una distribución más bien penosa y acabó agonizando anónimamente sin que nadie se percatara de ello.

Así que la idea de conseguir reeditar algún día El abismo te devuelve la mirada siempre estuvo en mi ánimo, junto a la sensación de que tenía que volver a la novela y rematarla como se merecía.

Eso hice allá por el año 2005. Amplié la historia, introduje nuevos personajes y situaciones que habían quedado implícitos en la versión original y, en general, redondeé una trama que, en su momento, no había sabido elaborar lo suficiente. El resultado fue una novela que, sin dejar de contar la historia que narraba originalmente ni, eso creo yo, traicionarla, era lo bastante distinta del El abismo te devuelve la mirada para considerarla en cierto modo un nuevo libro.

El paso siguiente era, evidentemente, encontrar un editor para ella. Eso sucedió el año pasado, cuando Hegemón Ediciones se mostró interesada en publicar algo mío y decidí mandarles esta nueva versión.

Si todo va bien, en un máximo de un par de meses la novela estará en la calle. Para distinguirla de la versión original y hacer notar que esto no es simplemente una reedición hemos decidido llamarla El abismo en el espejo. Si las cosas no se tuercen, se presentará en la Semana Negra de Gijón, desconozco todavía si conjuntamente con Sherlock Holmes y el heredero de nadie o de forma individual.

Tanto a los que en su momento leisteis El abismo te devuelve la mirada y disfrutasteis con ella, como los que no conocías su existencia, espero que El abismo en el espejo os resulte una lectura satisfactoria.

¿La pincelada final?

¿Cuándo está completa una obra?

A veces pienso que nunca.

Cuando escribí, en 1993, La sabiduría de los muertos, apenas consulté nada, más allá de las obras originales de Conan Doyle y algún dato sobre el Necronomicon. Escribí la novela de corrido, en poco menos de un mes, y así salió a la calle tres años más tarde, tras ganar el Premio Asturias de novela.

Con los años, fui consiguiendo nueva información. La lectura de la biografía de Lovecraft escrita por L. Sprague de Camp, por ejemplo, me dio datos valiosos, igual que lo hicieron un par de artículos sobre Amanecer Dorado y Aleister Crowley.

Cuando Bibliópolis decidió reeditar mi novela holmesiana bajo el título de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, aproveché para incorporar aquellos datos a la historia. Introduje a Crowley en ella, por ejemplo (algo que me vino muy bien años más tarde, cuando me puse a escribir Sherlock Holmes y la boca del infierno) e hice que quien viniera a Inglaterra a robar el Necronomicon fuera, en lugar de un tío inventado de Lovecraft, su propio padre.

Creí que ahí se había acabado. Un par de pinceladas que no habían cambiado sustancialmente la novela, pero la habían hecho un poco más completa, le habían dado un acabado más pulido.

Sin embargo, la lectura de Conan Doyle, detective hace unos meses me hizo replantearme la relación que había establecido en el texto de la novela entre Sherlock Holmes y su creador; y confieso que pensar en ello me hacía sentir intranquilo. Sentía que no había descrito las cosas correctamente y ansiaba tener una oportunidad para remediarlo.

Esta ha llegado. La reedición que Alamut prepara de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos me ha permitido volver sobre mi texto y revisar, por un lado, la personalidad del Arthur Conan Doyle que aparece allí como personaje, y por el otro, su relación con el famoso detective.

No han sido grandes cambios, en ninguno de los dos casos. Entre la edición de 1996 y la de 2004, las diferencias son escasas. Y lo son más aún entre la de 2004 y ésta de 2008. Cambios pequeños, apenas perceptibles en ocasiones, pero que creo que han ido dejando la novela más redonda, más cerca de lo que había en mi mente cuando me senté a escribirla.

¿He acabado aquí? Me gustaría pensar que sí, que estas últimas modificaciones son, en efecto, las últimas. No quisiera pasar el resto de mi vida volviendo una y otra vez sobre la misma novela, añadiendo una pincelada aquí y eliminando un borrón allá.

Pero, claro, cuando en 1993 escribí La sabiduría de los muertos no tenía ni idea de que sería el inicio de una serie.

Así que…

Sherlock Holmes y el heredero de nadie: I’m a poor lonesome cowboy…

Empieza la cuenta atrás para la publicación de Sherlock Holmes y el heredero de nadie, la cuarta (y última) de mis novelas holmesianas.

El libro, que será publicado por el nuevo sello editorial de Luis G. Prado, Alamut, estará en la calle a principios de junio. Y con él, la reedición de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, que hace unos meses que está agotada.

La portada, una vez más, obra del excelente Alejandro Terán.

Espero que lo disfrutéis, por supuesto.

© 2008, Alejandro Terán, por la ilustración

Sherlock Holmes y las huellas del poeta: el embrión

Recientemente, mientras revisaba mi disco duro (sí, lo confieso, en busca de cosas que pudieran ser recicladas para Escrito en el agua) me encontré con una carpeta llamada “Continuación”, que colgaba de la carpeta “La sabiduría de los muertos”. En ella había varios textos tomados de diversas fuentes sobre Winston Churchill y lord Phillimore (sin duda, parte de la documentación de la novela), pero también un fichero llamado Notas para continuación sabiduría.

Al verlo, confieso que me sorprendió un poco. Rara vez tomo notas cuando escribo una novela. Puedo tomarlas sobre elementos de ambientación, aspectos cronológicos o cosas así, que es mejor tener por escrito que fiarlas a la memoria. Pero en lo que se refiere a detalles de argumento, personajes o estructura suelo confiar en lo que hay almacenado en mi cabeza y no me molesto en apuntar nada.

Esta vez lo hice, sin embargo. Si trato de hacer memoria, recuerdo vagamente que, cuando se me ocurrió la idea de una continuación de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, tenía poco más que el arranque y la época y lugar donde ambientarla. De hecho, a juzgar por la fecha del texto, aún no había escrito una sola línea de la novela. Supongo que estas notas fueron una forma de jugar con varias posibilidades y tratar de clarificar las cosas y, por algún motivo, en lugar de limitarme a darle vueltas en la cabeza, me puse a pensar con los dedos, por así decir.

Creo que las notas son interesantes porque, por un lado, trazan unos cuantos caminos argumentales que entonces me parecían prometedores pero que al final no seguí y, por el otro, pasan de largo sobre elementos que luego serían importantes en la novela final. Me ha parecido buena idea publicarlas aquí, como muestra de lo distinto que acaba resultando lo que piensas cuando te sientas a escribir una novela y lo que luego realmente acabas escribiendo. He añadido al texto original unos cuantos comentarios.

Julio 1938: Lord Phillimore, militante de organizaciones pro Nacionales. Presidente de “Friends of National Spain” y miembro destacado de “United Christian Front”, que se dedicaba a demostrar que Franco luchaba por el cristianismo contra el anticristo. Emisario oficioso de Londres en la “corte” Nacional, enviado por Chamberlain.

Muerte de Lovecraft, creo, en 1937. No más tarde, en todo caso. Su copia del Necronomicon (no lo olvidemos, la única completa) desaparece. Alguien la lleva a España.

En aquel momento, aún no se me había ocurrido la idea de que Holmes hablase con Lovecraft poco antes de su muerte. Ni tenía clara la estructuración final de las distintas copias del Necronomicon, a juzgar por lo que comento. Ni, mucho menos, el larguísimo flashback que acabaría siendo la segunda parte de la novela.

De hecho, tenía poco más que un nombre y un lugar: Lord Phillimore, personaje real que había estado en España durante la Guerra Civil y cuyo apellido lo entroncaba con el James Phillimore ficticio que Conan Doyle menciona en un relato de Sherlock Holmes y que yo había usado en Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. Fue esa coincidencia de nombres (encontré a Lord Phillimore mientras leía una biografía de Franco) la que me hizo darle vueltas a la posibilidad de escribir una nueva novela holmesiana.

Lovecraft padre miembro de la francmasonería egipcia. Conectar eso con la obsesión de Franco con la masonería internacional. ¿Quiso ser masón y lo rechazaron?

El sucesor de Mycroft al frente de los servicios secretos, el nuevo “M”, saca a Holmes de su retiro (en 1938 tendría que tener cerca de noventa años, pero se mantiene excepcionalmente joven gracias a sus investigaciones eugenésicas con las abejas y su jalea real).

Investigar la historia del MI5 y el MI6. Ver si ya existían o fueron creados después de la II Guerra Mundial.

¿Posible aparición de Adamson?

Como se puede ver, mi idea era que el “M” que había sucedido a Mycroft Holmes como jefe de los servicios secretos británicos fuera un nuevo personaje. Algo que fue cambiando a medida que escribía la novela. El tema de la jalea real y su efecto como “especia geriátrica”, por así decir, ya estaba en el embrión de la historia. Al fin y al cabo, es uno de los temas recurrentes de muchos de los que han escrito pastiches holmesianos.

Es curiosa esa pregunta que me hago sobre Adamson. Cuando escribí este texto, aún no tenía clara la historia que estaba escribiendo, pero a medida que fue cobrando forma empecé a ver claro que la presencia de Adamson en Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos no terminaba de casar del todo con la trama más elaborada (y de ámbito más global) que estaba creando para la siguiente novela. De hecho, aquellos que la hayáis leído recordareís que Sherlock Holmes, cuando se pone a rememorar su primera “aventura lovecraftiana”, por llamarla de algún modo, pasa de puntillas sobre la presencia de Adamson.

En realidad, era yo quien pasaba de puntillas sobre eso y rogaba que los lectores no se preguntasen “¿y qué pasa con Adamson, cómo encaja en toda esta movida?”. Resolví (creo que con cierta coherencia) este dilema en la siguiente novela, Sherlock Holmes y la boca del infierno, y confieso que, entre los varios motivos que me llevaron a escribirla, estaba el de solucionar el problema de Adamson.

La obsesión de Franco por la masonería y su posible origen, por otro lado, no pasó de un comentario de pasada en la versión definitiva. Era una trama que me pareció prometedora en su momento, pero que luego no terminó de encajar en la historia.

Lord Phillimore usa su traslado a España como excusa para conseguir el Necronomicon: tiene la espinita clavada desde que su antepasado desapareció cuando era el Conservador de Amanecer Dorado y el libro estaba a su cargo. El servicio secreto británico se aprovecha de eso y de sus simpatías franquistas para que Chamberlain lo envíe como embajador oficioso y Holmes sea enviado con él ¿disfrazado tal vez de ayuda de cámara? y consiga a su vez el libro.

La idea de que Pillimore fuera un personaje relevante en el libro, se desvaneció enseguida, a medida que los primeros capìtulos fueron orientando la historia hacia otro lado. Al final, lo único que sobrevivió fue su presencia como inicio de la acción. Al fin y al cabo fue la coincidencia de que existiera un Phillimore real y el juego de tratar de relacionarlo con el Phillimore ficticio que aparece en el relato de Conan Doyle, lo que me llevó a pensar en una continuación de mi primera novela holmesiana. Eso sí, conservo la aparición de Holmes como su mayordomo.

¿Por qué los que robaron el libro a Lovecraft en su lecho de muerte lo envían a España, país en medio de una guerra? Investigar la posibilidad de que los orígenes del Alzamiento Nacional estén relacionados con el ocultismo. La guerra es necesaria: hay algo en el libro que requiere su invocación en medio de una guerra y mejor si es una guerra atroz como una civil. Además, España era el lugar perfecto, pues bastaba con dar un ligerísimo empujón a una situación ya de por sí propicia. El Alzamiento fue orquestado por fuerzas en la oscuridad (lo que, paradójicamente, daría la razón a Franco sobre el “contubernio judeo-masónico”) que necesitaban el escenario adecuado para la invocación, mientras otra parte se hace con el libro en Estados Unidos.

Esta idea sobre el “origen secreto” de la guerra civil española se mantuvo casi sin cambios. Fue haciéndose un poco más compleja a medida que la trama se iba clarificando e iba añadiendo elementos a ella, pero en esencia es lo que he descrito en el párrafo precedente.

¿El narrador? No puede ser Watson: demasiado viejo por esa época, incluso probablemente fallecido: si tiene ochenta años en 1931, difícilmente está en forma en 1938 para el trabajo de campo. Tiene que ser alguien conozca a Holmes de antiguo: de hecho, lo reconoce cuando lo ve en compañía de lord Phillimore. ¿Un antiguo irregular? No, no me convence. En cualquier caso, está en España como corresponsal para algún periódico británico: tipo joven. De simpatías republicanas, probablemente, pero cubre la guerra desde el bando nacional. ¿De qué conoce a Holmes? ¿El nieto o sobrino nieto de la señora Hudson?… Quizá. Buena idea.

Como se ve, no tenía muy claro quién iba a contar la historia. Y, de hecho, fui descubriéndolo a medida que escribía (“pensaba con los dedos”, como he dicho antes) e iba descartando las distintas posibilidades. E incluso, una vez que hube decidido que William Hudson sería el narrador, aún quedaron unos cuantos detalles de su origen que se fueron resolviendo mientras la novela avanzaba.

Ya está: Kim Philbi lo ha enviado o tiene conexiones con él. Joven oxfordiano que trabaja para el servicio secreto británico pero que en realidad es un agente soviético, como Philby. Claro que, si es agente británico, no debería sorprenderse de ver a Holmes. O sí, si la misión de Holmes es tan secreta que sólo “M” (¿y quién podría ser ese “M”? Hay que pensarlo) la conoce. Y a todo esto, ¿para qué quiere “M” el Necronomicon?

Es curioso. No recordaba esa idea de meter al topo más famoso del espionaje británico en la historia. Pero quizá quedó flotando por ahí, pues Philbi es mencionado (aunque no tiene demasiada relevancia para la historia) en Sherlock Holmes y el heredero de Nadie.

Investigar personajes de la época famosos que estuvieran entonces en España. Hemingway demasiado obvio, además es posible que por aquel entonces no estuviera aquí o estuviera en la zona republicana. “Cameo” de un joven e idealista arqueólogo llamado Henry Jones. Y, por supuesto, de un no menos joven e idealista llamado Rick Blaine (no olvidemos que en Casablanca se dice que llevó armas para la república española durante la guerra civil). El primo del Barón Rojo estuvo en la Legión Cóndor, pero no sé si ya se había largado por aquel entonces.

Aquí estaba buscando posibles “cameos” de personajes de la época, tanto reales como ficticios. Es curioso que, de todos los que menciono aquí, el único que acabé usando fue el de Rick Blaine. Y además, lejos de ser un simple “cameo”, acabó convirtiéndose en un personaje importante.

Posibilidad de que la trama les haga moverse hacia Asturias, concretamente hasta Gijón. Ya veremos.

Y así fue, la trama acabó haciendo que mis personajes se pasaran por Gijón. Cuando escribí estas palabras estoy seguro de que aún no sabía cómo hacerlos moverse hasta aquí ni, mucho menos, qué los impulsaría a hacerlo. Lo fui descubriendo sobre la marcha, a medida que la historia crecía y lo que ya llevaba contado me iba sugiriendo posibles alternativas para lo que quedaba por contar.

Lo que acabo de describir es algo que me pasa con casi todas mis novelas. De las ideas que tengo cuando me siento a escribir, no todas sobreviven a lo largo del proceso e incluso éstas acaban cambiando de un modo u otro. La diferencia en este caso es que normalmente todo eso tiene lugar en mi cabeza y en Sherlock Holmes y las huellas del poeta parte de ello pasó al papel.

Espero que os haya parecido un poco interesante, al menos.

El heredero de Nadie: all good things…

Ya está. Recién terminada. Mi cuarta novela holmesiana. Claro que calificarla de “holmesiana” a estas alturas quizá ya no resulte del todo adecuado. Cierto es que Sherlock Holmes sigue siendo un personaje clave en toda la serie, pero el universo ficticio que fui improvisando sobre la marcha y a su alrededor ha evolucionado y crecido mucho más allá de la simple recreación de un personaje y un ambiente que me fascinaba.

Podríamos decir que ha evolucionado y crecido recreando docenas de personajes y ambientes que me fascinaban. Como ya comenté en otra parte, a medida que el panorama se ampliaba con cada novela empecé a comprender que lo que esta serie me permitía hacer era reconstruir el cosmos ficticio de mi infancia y, usando el personaje de Sherlock Holmes como pivote y foco, crear un universo en el que pudieran convivir mis iconos literarios (y tebeísticos, y cinematográficos, y…) favoritos.

No fue una decisión consciente, lo confieso. Simplemente, ocurrió. Lo que estaba creando fue creciendo sin que yo me diera cuenta e incorporando docenas de personajes, situaciones y ambientes con los que yo no había contado. De pronto, en medio de una encrucijada narrativa, me sorprendía a mí mismo preguntándome: ¿encajaría aquí si…? Y sí, encajaba; de un modo sorprendente, las piezas que iba añadiendo al puzzle, por disímiles que fueran, terminaban casando unas con otras y el panorama resultante tenía (para mí como creador, al menos; lo que piensen los lectores ya es otra cosa) una sorprendente coherencia y una extraña armonía.

Cuatro novelas, he dicho. Y con esta última, Sherlock Holmes y el heredero de Nadie, he llegado a un evidente punto de inflexión, a un momento que me pide, muy claramente, un alto en el camino y unos momentos de reflexión.

¿He terminado con Sherlock Holmes? ¿Ha concluido mi relación con el detective? Creo que sí. He explorado las partes de su vida y los aspectos de su personalidad que me interesaban y creo que ya es hora de que lo deje descansar. Quizá, con el tiempo, pudiera volver sobre él y, de paso, regresar al principio de todo el asunto. Back to the basics, que decía John Byrne cada vez que récogía la antorcha con un personaje de cómic y lo redefinía tratando de mantener inalterables sus aspectos básicos.

Volver a los orígenes. A la fórmula del cuento largo o la novela corta. A la luz de gas en medio de la niebla londinense. Regresar a esa Inglaterra en las postrimerías del XIX acompañado de la voz del doctor Watson y escribir media docena de historias sobre Sherlock Holmes.

¿Lo haré?

Ni idea. Es posible que sí. La idea estaba en mi mente antes de ponerme con Sherlock Holmes y la boca del infierno y sigue en ella ahora que he terminado Sherlock Holmes y el heredero de Nadie. En cualquier caso, no será mañana, como decía Abraracurcix cuando temía que el cielo cayese sobre su cabeza. Es una idea para tratar a largo plazo, con calma y sin ninguna prisa. Si llega a buen puerto, perfecto. Si no, es que no tenía que pasar, qué le vamos a hacer.

Así que, de momento y a falta de esa posible colección de cuentos que no sé cuándo escribiré, he de decir que sí, que he terminado con Sherlock Holmes.

Pero quizá no es ésa la pregunta adecuada.

Tal vez la pregunta sea si he terminado con el universo ficticio que he ido creando y ampliando poco a poco a lo largo de estas cuatro novelas.

Y, cuanto más me lo pregunto, más tengo la impresión de que la respuesta es que no, que ni de lejos he terminado con él. De hecho, siento como si todo lo que he hecho hasta ahora no fuera más que el principio. Que, en realidad, lo único que estaba haciendo era montar el escenario y establecer las bases para contar después lo que de verdad quería.

¿Y qué es eso? Todo. Nada. Yo qué sé. Lo que me apetezca. Ya veremos.

Entretanto, hasta aquí hemos llegado. Es el fin de una etapa. Ya veremos qué ocurre con la siguiente.

POSTDATA: Confieso que estoy impaciente por ver qué portada ha creado Alejandro Terán para esta novela. A la vista del trabajo que ha hecho hasta ahora estoy seguro de que babearé de gusto en cuanto le pose los ojos encima.

Crestas y valles

Sé que suena absurdo, pero siempre que publico una novela, me da un ligero bajón. La primera reacción es de euforia, claro. El libro llega a mi poder, lo ojeo, paso los páginas, compruebo cómo ha quedado, leo algún trozo aquí y allá… y, en general, me siento muy contento de haberme conocido y de ser como soy.

La siguiente fase es verle los defectos. Cosas que podría haber hecho de otra manera, haber escrito mejor, haber planteado de un modo distinto y, tal vez, más eficaz… Bien, me digo, lo intentaremos con la siguiente. Anoto dónde he fallado para que no me vuelva a ocurrir y no dejo que el asunto me quite el sueño.

Luego, está la inevitable exploración de la red en busca de reacciones. Aún no he visto muchas sobre Sherlock Holmes y la boca del infierno, aunque las pocas que he podido leer tienden a ser positivas. Las habrá negativas tarde o temprano, claro, es inevitable. Algunas de esas críticas negativas las encontraré razonables (tanto si estoy de acuerdo con ellas como si no) y otras me parecerán tonterías. Al menos, es lo que siempre me pasa. De hecho, me ocurre también con las críticas positivas.

Y, finalmente, el proceso llega a su fin. El libro está escrito, ha sido publicado, ha tenido una recepción, sea la que sea, y he intentado aprender de las cosas que no supe hacer todo lo bien que me gustaría (y es increíble de cuántos detalles no te das cuenta hasta que la novela está encerrada bajo las tapas de un libro, como si su publicación me hiciera ser más consciente de todo, tanto de las virtudes que tiene como de sus defectos). Capítulo cerrado, entonces, pasemos al siguiente.

Es entonces cuando viene el bajón. Ya está. Se ha terminado. Han sido unos meses de mi vida que he dedicado a escribir una novela y que han llegado a su fin tras ser publicada y recibida por el público. Y es entonces cuando me asalta esa sensación de “¿ya está? ¿eso es todo? ¿no hay nada más?”. Algo me falta. No, no hablo de que el libro se convierta en un best-seller y todo el mundo se tire años hablando de lo bueno que es. No tiene nada que ver con “afuera”, sino con “adentro”. Me falta algo, pero no es en la parte pública del asunto, sino en la privada.

No sé cómo definirlo, salvo con esa sensación de que tiene que haber algo más, que debería sentir algo más que no termino de sentir. No sé lo que es, y me inquieta.

No dura mucho y no es preocupante. Aunque me paso buena parte de mi vida mirando hacia atrás (de eso se nutre lo que escribo, al fin y al cabo) es hacia delante hacia donde me gusta dirigir la vista: la siguiente novela, el siguiente proyecto, la próxima etapa del camino. Una vez que estoy en ella, ese pequeño bajón desaparece sin dejar rastro.

Hasta que vuelve a aparecer, claro, cuando la siguiente etapa llega a su fin. Quizá es algo natural, incluso inevitable. Como la sensación (por ponernos pedantes) que tal vez tuvo Alejandro después de deshacer el nudo gordiano: “¿y ahora qué?”.

Hablábamos estos días, durante la tertulia de escritores que tiene lugar en la Semana Negra, de si todo estaba ya escrito o aún quedaban cosas nuevas por contar. Algunos opinaban lo primero, otros afirmaban lo segundo. Yo siempre he pensado que ambas cosas son ciertas. Por poner una metáfora científica: el universo es finito, pero está en continua expansión, lo que significa que, aunque esté totalmente cartografiado, al mismo tiempo siempre hay nuevos territorios que descubrir. Una colina más lejana, un río que nadie ha visto, un bosque en el que nunca ha habido el sonido de unas pisadas humanas. O quizá, simplemente, los mismos lugares de siempre pero contemplados desde un sitio nuevo, con una luz distinta o una forma de mirar novedosa.

Todo está escrito. Y al mismo tiempo, todo está por escribir.

Así que sigo adelante. Quemo una etapa tras otra. Paso por altibajos: crestas aquí, valles allá. Momentos en los que te preguntas a ti mismo qué estás haciendo, para qué todo, qué sentido tiene seguir. Y momentos en los que sabes que, de un modo u otro seguirás adelante. Porque no sabes hacer otra cosa, tal vez. Porque, al fin y al cabo, quién sabe si tras la próxima cresta estará ese valle que serás el primero en contemplar.

© 2007, Rodolfo Martínez

No hay tres sin cuatro, dicen

Hace ya más de dieciséis años (una primavera de 1993) me senté a escribir lo que luego se convirtió en “La sabiduría de los muertos”. Ya lo he contado en otras partes, incluso puede que aquí mismo. Llevaba muchos años escribiendo pequeños pastiches holmesianos que no llegaban a parte alguna, aunque me sentía moderadamente satisfecho de un par de ellos, un cuento y una novela corta que me parecía que no estaban mal, si bien no eran como para tirar cohetes.

Y de pronto, “La sabiduría de los muertos” surgió por sí misma, casi sin intervención de mi mente consciente. La historia estaba completa y sólo tuve que sentarme y escribirla en una semana de trabajo intenso durante la que no podía pensar en otra cosa.

Creí que se había acabado, lo digo en serio.

¿Cómo iba a sospechar, once años más tarde, mientras revisaba mis textos holmesianos para la edición de Bibliópolis de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, que eso haría germinar nuevas historias? ¿Cómo podía saber que escribir lo que acabó convirtiéndose en Sherlock Holmes y las huellas del poeta me llevaría a imaginar otra novela holmesiana? ¿Y cómo podía suponer que la edición portuguesa del primer libro y la consiguiente visita a Portugal acabaría metiendo en mi mente, sin que yo pudiera evitarlo, otra novela holmesiana más?

Aquí están, tres de ellas. La cuarta, Sherlock Holmes y el heredero de nadie, en camino y, si todo va bien, espero tenerla lista en un tiempo razonable. Desconozco qué acojimiento tendrá la tercera, Sherlock Holmes y la boca del infierno. Dado que que los puristas holmesianos ya rechinaron los dientes con la segunda, temo que volverán a hacerlo con ésta, si es que la leen. Y puesto que hay, por aquí y por allá, algunas personas que me tienen ganas, aprovecharán sin duda la publicación de la novela para darle caña o para fingir que ni existe.

Bueno, esas cosas pasan.

Y también pasan otras. Como el hecho de que hace dieciséis años yo no podía sospechar que, década y media más tarde estaría escribiendo novelas en las que intentaba reconstruir el universo de ficción de mi infancia y adolescencia y, para ello, usaba como punto de partida las ficciones de Conan Doyle y de Lovecraft. Y mucho menos podía sospechar que lo que, en el fondo no era otra cosa que un divertimento personal, acabaría convirtiéndose en tres libros y con el cuarto en camino.

Y quizá algo más, incluso. Mi relación con el detective de Baker Street posiblemente llegue a su fin con Sherlock Holmes y el heredero de nadie, pero no con el universo de ficción que he creado (o ensamblado, quizá sería más apropiado) con estas tres novelas y que sigo explorando en la cuarta. No sé aún muy bien cómo lo haré, aunque tengo unas cuantas ideas (siempre tengo unas cuantas ideas en la cabeza, resulta hasta irritante, a veces) y sé que, tarde o temprano volveré sobre ese cosmos ficticio que ido componiendo en mi obra holmesiana y exploraré nuevos aspectos de él.

No sé cómo ni cuándo, ya lo he dicho. Pero lo haré.

© 2007, Rodolfo Martínez

Habemus portada

Alejandro Terán ha vuelto a hacerlo. Ha echado el resto y ha conseguido una magnífica portada para mi tercera novela holmesiana. Poco podía suponer yo, hace ya cuatro años, que el azar iba a poner en mi camino a un ilustrador tan magnífico. Por aquel entonces Luis G. Prado y yo tratábamos de encontrar a alguien que nos pudiera hacer una portada adecuada para Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, pues a ambos nos parecía que el estilo de los ilustradores habituales de la colección no le terminaba de ir a mi novela. Fue una sugerencia hecha un poco sin pensar: “¿Qué tal algo al estilo de Dave McKean?”, a la que Luis respondió “pues no es mala idea”.

Poco después Luis encontraría la web de Alejandro, donde éste exponía parte de su trabajo y pensó que podía ser el ilustrador que estábamos buscando. Por supuesto, Alejandro era algo más que alguien que ilustraba “a lo McKean”; tenía un estilo y una personalidad propios, y un modo de enfrentarse a la ilustración que nos pareció que podía ser lo que estábamos buscando.

Y lo fue. Alejandro se encargó de la portada de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos y, en cuanto vi la primera versión de aquella ilustración no pude evitar pensar que era perfecta. No podía creerme la suerte que había tenido.

Luego llegaría la portada de Sherlock Holmes y las huellas del poeta, en la que Alejandro superó la calidad de su trabajo anterior. Y finalmente ésta, la de Sherlock Holmes y la boca del infierno donde el ilustrador leonés ha demostrado una vez más su talento.

Desde entonces, Alejandro Terán se ha convertido en alguien a tener muy en cuenta en el panorama de los ilustradores del fantástico en este país y en uno de los portadistas habituales de las publicaciones del género. Difícilmente puedo expresar mi agradicimiento porque siga teniendo tiempo para encargarse de mis portadas.

© 2007, Rodolfo Martínez
© 2007, Alejandro Terán, por la ilustración

¿Por qué?

Es una pregunta que me hago a menudo, referida a mis novelas de Sherlock Holmes.

Vale, una estaba bien. Supongo que es algo que la mayoría de los escritores principiantes hacen: jugar con sus universos o personajes de ficción favoritos. Luego, vas creciendo y dejas de hacer esas cosas, y puede que hasta te avergüences de haberlo hecho alguna vez, no lo sé. Ocasionalmente, el impulso vuelve y quizá te dejes llevar por él.

Eso ocurrió en mi caso con “La sabiduría de los muertos”. Releía las historias de Conan Doyle y me apeteció jugar con el personaje. Lo hice y, para mi sorpresa, el resultado fue satisfactorio; no sólo para mí sino para otras personas.

Bueno, vale, estaba bien. Había tenido suerte y la cosa había funcionado. Ahora, a lo nuestro y dejemos esa novelita holmesiana como una simple curiosidad.

Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos

Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos

Y aquí estoy, dos novelas sobre Sherlock Holmes después (la última a punto de publicarse) y trabajando en la cuarta. Y hasta planteándome la idea de escribir algún relato corto sobre el personaje. Incluso, por qué no, jugando con la idea de lanzarme alegremente por el camino del spin off, y tomar algún personaje secundario de estas novelas y convertirlo en el protagonista de otra.

Así que me pregunto de nuevo: ¿por qué?

Con la primera novela sucedió tal como he explicado. Cómo nació la segunda, lo he narrado en alguna otra parte: mientras corregía Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos para su edición en Bibliópolis, volvió a surgir el impulso. Eso, unido a que en aquella época estaba leyendo un buen puñado de libros sobre la Guerra Civil Española acabó creando en mi mente esa inverosímil trama sobre el Necronomicon en nuestra tierra en el año 38. La idea me gustó, jugué con ella y, otra vez para mi sorpresa, el resultado fue satisfactorio; de nuevo para mí y para algunas personas más. Pero no hubo nada deliberado en ello, no existía el impulso de escribir una “trilogía” ni una “saga” ni nada parecido. Simplemente, las cosas ocurrieron.

Pero entonces, ¿por qué me planteé la tercera novela casi inmediatamente tras terminar la segunda, ese Sherlock Holmes y el heredero de Nadie que estoy escribiendo ahora y que fue pospuesto por culpa de un viaje a Portugal y la aparición de una nueva historia titulada Sherlock Holmes y la boca del infierno?

¿Por qué sigo escribiendo sobre Sherlock Holmes?

¿Por qué lo hago, además, del modo en que lo hago?

Y sobre todo, ¿por qué me siento tan seguro, tan carente de miedo e inhibiciones cuando lo hago?

Porque, si algo me proporcionan estas novelas es una libertad narrativa total y una carencia de miedo absoluta. Cuando escribo una novela de Sherlock Holmes me atrevo a hacer cosas que no había hecho antes, y las hago sin temor alguno, sin preocuparme de si aquello saldrá bien o mal. Simplemente, en ese momento la idea me parece apropiada y me lanzo sobre ella sin ninguna precaución.

Y acaban funcionando. Lo hacen para mí y también para un puñado de lectores, al menos.

Es algo acerca de lo que he dado muchas vueltas, he dedicado unas cuantas horas a pensar sobre ello. Y he llegado a algunas conclusiones. Que quizá no sean ciertas, claro, pero a mí me funcionan, me explican el asunto, consiguen que ese molesto “por qué” obtenga respuesta.

Sherlock Holmes y las huellas del poeta

Sherlock Holmes y las huellas del poeta

La primera novela adoptaba una forma narrativa canónica: era el doctor Watson quien contaba la historia y la estructura de la novela seguía más o menos los pasos de una novela clásica holmesiana. Introduje en ella elementos ajenos al canon, por supuesto, sobre todo los aspectos lovecraftianos, aunque también otros, pero en lo formal, seguía el canon holmesiano.

Canon que no tardé en abandonar en Sherlock Holmes y las huellas del poeta y del que me he alejado aún más (si bien lo revisito al principio de la historia, pero ahora de un modo más autoconsciente, quizá algo irónico) en Sherlock Holmes y la boca del infierno. En cuanto a Sherlock Holmes y el herededo de Nadie, bueno, no diré mucho puesto que la novela está en proceso, pero digamos que continúa la tendencia apuntada.

Por otro lado, ya desde el principio inicié un proceso de mestizaje literario que con las sucesivas novelas se ha ido ampliando hasta extremos que quizá algún lector juzgue excesivo. Los elementos lovecraftianos que antes comentaba, por supuesto; algunos personajes con evidentes reminiscencias de Neil Gaiman; Franco y la Guerra Civil; un personaje que sólo puede haber salido de un cómic de superhéroes; el Rick Blaine de Casablanca… y las cosas siguen en los libros posteriores, como podréis comprobar en breve en cuanto Sherlock Holmes y la boca del infierno se ponga a la venta el mes que viene; y podréis seguir comprobándolo, si todo va bien, cuando Sherlock Holmes y el heredero de Nadie esté terminada y lista para su publicación.

¿Qué estoy intentando? ¿Compendiar la mitología popular del siglo XX en un solo universo con pretensiones de coherencia?

No, no exactamente, no soy tan arrogante. Pero sí que van un poco por ahí los tiros.

Porque lo que estoy haciendo es compendiar la mitología de mi infancia, mi propia iconografía de lector (o espectador), personal e intransferible. En cierto modo estoy reconstruyendo, ahora en clave literaria y de un modo deliberado y consciente, lo que mi mente, cuando era niño, hacía de forma automática y sin pensar en ello.

No había distinciones entre los universos literarios, tebeísticos o fílmicos que llenaban las horas de entretenimiento en mi infancia. Para mí, que Holmes, Superman y Tarzán compartieran escenario (en distintos momentos y en diferentes lugares, pero en el mismo cosmos de ficción) era algo natural.

De hecho, cuando leía comics me preguntaba a menudo por qué, por ejemplo, Superman y Spiderman nunca se encontraban. En realidad lo hicieron, como descubrí poco después merced a un vecino cuyos padres habían emigrado años atrás a Suiza, donde él pasó su infancia. Una de las cosas que trajo consigo al volver a España fue un cómic en formato enorme (y en alemán) donde Superman y Spiderman se enfrentaban juntos a Lex Luthor y el doctor Octopus. No entendía nada de lo que decía el tebeo, claro, pero la historia era fácil de seguir. Y no hizo más que confirmar mis sospechas de que todos estaban en el mismo universo y que, si no se encontraban, era simplemente por casualidad.

A sabedoria dos mortos

A sabedoria dos mortos

Luego, uno va creciendo y aprende a compartimentar las cosas en la cabeza. Y tiene claro que los diferentes universos de ficción no se tocan unos con otros (salvo excepciones) y que todo está en su sitio y hay un sitio para cada cosa.

Sólo que no terminas de aprenderlo del todo. En el fondo, ese niño sigue ahí, dentro de ti, considerando que todo está intercomunicado. Y creo que es ese niño el que me impulsa, en cierto modo. Es él quien ha decidido, partiendo de los universos ficticios de Conan Doyle y H. P. Lovecraft, reconstruir el macrocosmos de ficción que había en su mente.

No lo he sabido hasta ahora, pero en cuanto la idea asomó a mi cabeza me pareció tan evidente que casi me di de bofetadas por no haberlo pensado antes. Pero, bueno, ya sabéis lo que se suele decir: el implicado es el último en enterarse. Estoy, en cierto modo, construyendo mi universo “ideal” de lector, metiendo en él todas las cosas que me gustan y haciendo que estén comunicadas entre sí.

Así que nunca terminamos de dejar atrás la infancia por completo. Creemos haberla superado, claro, pensamos que no es más que algo por lo que hemos pasado pero ya no existe. Pero está ahí; y al final, cuando desnudas tus motivaciones de todo lo accesorio, de todas las molestas excrecencias que los años han ido depositando sobre ellas, descubres que ya estaban en ese niño introvertido e imaginativo que leía sin parar —tebeos y novelas—, estaba fascinado por la televisión y construía sus primeras historias jugando en solitario con sus Madelman, sus Big Jim y sus Geiperman, mezclándolos sin preocuparse por la diferencia de tamaños o proporciones.

Estoy, en cierto modo, jugando de nuevo. Vuelvo a ser el niño que devoraba cuanto leía (o veía en la pantalla) y luego lo reproducía una y otra vez en su imaginación y, al hacerlo, lo cambiaba y lo adaptaba a su gusto.

Y quizá esa es la clave de la otra pregunta: ¿por qué no tengo miedo cuando escribo las novelas holmesianas? ¿Por qué, no importa lo que intente, no importa lo descabellada que sea la idea, me lanzo sobre ella con entusiasmo y sin inhibiciones?

Porque estoy jugando. Tan sencillo como eso. Juego con las ideas, las historias, los personajes y de un modo instintivo los voy encajando, ensamblando unos con otros y construyendo, pasito a pasito y sin preocuparme por lo que ocurra, mi propio universo de ficción. Porque sí, porque me lo paso bien, porque (dice el niño que aún sigue dentro de mí) así es como deben ser las cosas y así es como tienen que encajar.

Así que, una y otra vez, reordeno las piezas de todo aquello que forma parte de mi mitología personal y les voy dando una forma nueva, distinta, adecuada… Al menos para mí, claro; y quizá para algunos lectores más también. Eso espero.

Claro que todo esto no responde a la pregunta de por qué precisamente con Sherlock Holmes. Por qué ese personaje y no otro cualquiera ha sido el detonante de todo esto.

Pero, bueno, siempre hay que dejar alguna pregunta sin respuesta, ¿no?

© 2007, Rodolfo Martínez

Obra breve

Si pienso un poco en los últimos años, casi me asusta. En 2001 uní “Los celos de Dios” y La sonrisa del gato dentro de una narrativa más amplia que acabé llamando Bifrost. En 2002 terminé por fin El sueño del rey rojo. Al año siguiente completé Los sicarios del cielo y corregí para su edición en Bibliópolis Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. Escribí su continuación, Sherlock Holmes y las huellas del poeta, en 2004, el mismo año en que revisé y amplié El abismo te devuelve la mirada. En 2005, y para mi propia sorpresa, escribí una novela llamada Sondela ambientada en un escenario creado por mi amigo Sergio Iglesias; y al año siguiente me encontré en mi disco duro con Fieramente humano, una nueva novela de fantasía urbana ambientada en la misma ciudad, aunque algunos años después, que Los sicarios del cielo. Ahora, en 2007, acabo de terminar Sherlock Holmes y la Boca del Infierno.

Vamos, que he ido a novela por año, más o menos. Si me dedicara a escribir a tiempo completo, esto no tendría nada de particular. Pero, teniendo en cuenta que tengo que compaginar la literatura con mi trabajo de programador (por no mencionar que de vez en cuando aún mantengo algún atisbo de vida social), como que me asusta un poco.

En 1996, poco después de terminar El abismo te devuelve la mirada, comenzó un periodo de unos cuatro o cinco años durante los que mi producción se redujo bastante. La recuperación se inició más o menos en 1999, cuando me decidí a convertir El sueño del rey rojo en una novela, tras haberlo presentado al UPC como novela corta.

Lentamente mi ritmo de trabajo fue subiendo y allá por 2003 supongo que se estabilizó. Desde entonces (más allá de picos y valles ocasionales) no ha variado y se mantiene sin problemas. Así que no puedo evitar preguntarme hasta cuándo voy a poder seguir manteniendo el ritmo.

“Espero que por siempre”, me suelo contestar. Y sí, cruzo los dedos.

Por otro lado, este ritmo de una novela por año, más o menos, ha tenido sus consecuencias negativas. Y es el hecho de que ya no escribo relatos cortos. Si miro en mis archivos veo que escribí un cuento 2005 y otro en 2004, y ambos fueron encargos (uno para la revista Quo y otro para la Semana Negra). En realidad, el último cuento escrito por mi propia iniciativa es del año 2001. Y seis años es mucho tiempo, demasiado.

Escribir relatos cortos me gusta. Y también me cansa. Tiendo a escribirlos de una sentada y con un intensidad mucho mayor que una novela, evidentemente. Y me cuesta. Siempre me ha costado mucho encontrar una idea que funcionara bien como cuento, y cada día me cuesta más dar con el modo más adecuado de narrarlo, con el enfoque más apropiado para el relato. Si me pongo a pensarlo, el esfuerzo que requiere construir un cuento es muy superior, en términos relativos, al que me exige escribir una novela: si comparamos el tiempo y el esfuerzo empleados en la planificación con las páginas producidas, uno podría llegar a la conclusión de que no compensa.

Lo cual, por supuesto, es una tontería que no merece ni ser comentada.

Supongo que eso se debe a varios motivos. Pero en mi caso concreto, uno de ellos es el hecho de que tardé bastante en contemplar la idea de escribir relatos. Cuando empecé a escribir, allá por 1977 (sí, cuando los dinosaurios recorrían la Tierra persiguiendo a Raquel Welch, o poco tiempo después), ni se me pasó por la cabeza empezar por los cuentos: lo que salía de mis dedos eran novelas. Novelas deshidratadas, evidentemente, que no pasaban de treinta o cuarenta páginas: pero en intención, estructura y desarrollo eran novelas, no cuentos.

Lo cual es curioso, porque buena parte de mis lecturas por aquella época eran relatos. De hecho, lo primero que leí de ciencia ficción fue un cuento. No recuerdo su título aunque estaba incluido en una de aquellas selecciones de Bruguera tomadas de Fantasy & Science Fiction que recopilaba Carlo Frabetti: iba sobre un minero espacial que solicitaba un androide femenino para que le hiciera compañía. Al acabar la historia descubría que lo que le habían mandado era una mujer de verdad y eran felices y comían perdices y esas cosas. No recuerdo ni el título ni el autor, pero la historia no se me ha olvidado.

Como decía, buena parte de mis lecturas de aquella época eran relatos cortos, y sin embargo ni se me pasó por la cabeza escribirlos. Me lancé directamente a las novelas y pasaron al menos tres o cuatro años hasta que me planteé la idea de escribir un cuento.

Y, claro, no sabía cómo. Para entonces tenía cierta idea intuitiva de cómo enfrentarme a una novela, pero no de cómo plantear un cuento corto. Porque no se trataba de hacer lo mismo en menos páginas: enseguida me di cuenta de que el planteamiento era muy distinto, y la forma de enfrentarse al asunto tenía poco que ver.

Con el tiempo, supongo, fui aprendiendo a construirlos. Y, de hecho, fui escribiendo bastantes. Desde mediados de los ochenta a mediados de los noventa habré escrito unos treinta relatos cortos. La mayoría fueron apareciendo sin problemas en los fanzines de la época y unos cuantos han terminado pasando a mis dos antologías: Callejones sin salida y Laberinto de espejos. El motivo por el que durante una época me lancé a escribir cuentos y dejé un poco de lado las novelas (aunque nunca del todo) fue muy simple: en aquella época publicar relatos era relativamente fácil; hacerlo con una novela, casi imposible.

Así, los cuentos sirvieron para ir dándome a conocer en el mundillo de los aficionados a la literatura fantástica y, al mismo tiempo, me proporcionaron el rodaje necesario: fui aprendiendo a escribir relatos a medida que lo hacía y cada nuevo cuento me enseñaba cosas que aplicaba al siguiente. Algo que, desde el principio, me había pasado con las novelas, pero que hasta más o menos 1993 no empezó a sucederme con los relatos: esa fue mi época más fértil en el terreno de la narradita breve, sin duda, los años que van de 1993 a 1996; y creo que gran parte de mis mejores cuentos fueron escritos por aquella época.

Pero una vez que conseguí publicar mi primera novela, La sonrisa del gato, mi producción breve empezó a declinar. No se notó mucho al principio (tenía acumulado bastante material inédito) pero poco a poco fui escribiendo cada vez menos cuentos: uno, dos al año como mucho; y algunos años, ninguno.

Y así hemos llegado a la situación actual. No tengo problemas de bloqueo: las ideas se me ocurren con facilidad y pasarlas al papel no me resulta complicado, en general. Pero siempre son ideas para relatos largos, novelas cortas o, directamente, novelas. Encontrar una idea cuya resolución adecuada sea un cuento cada vez me es más difícil.

Por un lado, no me preocupa. Por el otro, me fastidia bastante. Escribir cuentos me gustaba, y mucho, a pesar de lo complicado que siempre me ha resultado (o quizá precisamente por eso, vete tú a saber), y me da cierta rabia no seguir haciéndolo.

“Pues hazlo”, me diréis. Sí, sin duda la solución al problema es esa.

Sólo que no es tan fácil. Hace tiempo que me ronda por la cabeza la idea de escribir un libro de cuentos ambientados en la ciudad anónima donde se desarrolla Los sicarios del cielo. Y si pienso en ello, me gustaría terminar algún día mi larga asociación con Sherlock Holmes escribiendo un libro de relatos cortos sobre el detective.

Ambas ideas están ahí, me persiguen y no se van de la cabeza. Y estoy seguro de que tarde o temprano (como siempre me ha pasado con las ideas que de verdad merecen la pena) encontraran su momento y cristalizarán.

Así que no debería preocuparme.

Y no lo estoy.

Pero… coño, mientras tanto me gustaría escribir algún cuento.

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