El adepto de la Reina

El adepto de la Reina

Parecidos y coherencias

El adepto de la Reina

El adepto de la Reina

Cuando empecé  a escribir El adepto de la Reina, tuve claro que quería mezclar diversos lugares y épocas que, por un motivo u otro, me resultaban narrativamente interesantes: la guerra fría, la Inglaterra Victoriana, la Grecia de las ciudades-estado, la China comunista… Creé, huelga decirlo, un mapa de todos esos territorios y también una cronología del escenario.

Si uno echa un vistazo a ambos, verá que los paralelismos con nuestro mundo (ese que solemos calificar de «real») son evidentes. Algunos piensan que demasiado evidentes, que no me molesté gran cosa, por ejemplo, en separar los acontecimiento de ese mundo ficticio de los del real. Esas mismas personas creen que eso fuerza la verosimilitud: están dispuestos a aceptar cosas como que unos seres microscópicos, adecuadamente manipulados, le den a uno superpoderes, pero no que la historia de un mundo distinto al nuestro discurra, en ocasiones, de un modo demasiado parecido a la que conocemos.

Puede que esas personas tengan razón. Quizá incluso hay una pequeña parte dentro de mí (esa que insiste en que todo debe ser coherente, debe estar justificado y no debe haber cabos sueltos narrativos) que comparte su punto de vista.

Confieso que cuando estaba escribiendo El jardín de la Memoria, la segunda novela de la serie, la cuestión me rondaba por la cabeza. Vale, me dije. ¿cómo justificamos esos parecidos demasiado cercanos, qué explicación podemos encontrar para ello? La pregunta estaba por ahí, yendo de un lado a otro, mientras mis personajes de acercaban a Ioh Node, el Jardín de la Memoria que da título al libro.

Y encontró su respuesta justo cuando llegaban. Una respuesta sencilla y totalmente evidente, al menos para mí. La podéis encontrar en la página 345 de la segunda edición en papel del libro, en la pseudo-cita que encabeza el capítulo que empieza allí.

El Jardín de la Memoria

El Jardín de la Memoria

Vale, venga, sois demasiado vagos para buscarlo. Como es una virtud que comparto, os lo pongo fácil. He aquí el texto.

En Zasén Sekai Jo, la Ciudad de las Mil Realidades, sus habitantes construyen nuevos universos, juegan con las posibilidades y crean historias alternativas. Algunas son tan parecidas a la real que sólo minúsculos detalles las convierten en falsas. Otras son tan distintas que apenas resultan comprensibles. Todas son deliciosamente plausibles, en ocasiones bastante más que la historia real. Y todas, sin ninguna excepción, parten de las mismas condiciones iniciales.

Confieso que el corolario que cualquiera puede desarrollar a partir de ese párrafo (de nuevo, para los más vagos: Érvinder no se parece al mundo real; es este el que se parece a Érvinder porque no es más que una simulación distorsionada suya) me resulta deliciosamente irónico. No excesivamente original, lo reconozco, pero tiene las suficientes dosis de retranca para satisfacerme.

Ah, ¿que esa explicación no os convence? Que cada uno busque la suya, entonces. En las inmortales palabras de Forrest Gump: «Esto es cuanto tengo que decir sobre el tema.»

Mirando hacia atrás con Yáxtor

¿Cómo nace una historia? ¿De dónde surge? De hecho, es una de las preguntas más frecuentes que nos hacen a los escritores: «¿De dónde sacas las ideas?». Las respuestas a esa pregunta han sido de los más variadas, desde la sencilla y genérica «de todas partes, en realidad» a la irónica «de una fábrica de ideas a la que estoy suscrito y que me suele mandar un par de ellas al mes».

No es una pregunta fácil de responder, ni siquiera cuando es más concreta y en lugar de referirse a de dónde sacamos las cosas en general, se centra en de dónde hemos sacado una historia en concreto.

Mejor dicho, sí que puede ser fácil de responder, pero a menudo la respuesta que das no es enteramente cierta.

Si alguien me preguntase «¿de dónde surgió El adepto de la Reina?», la pregunta saldría de mis labios enseguida: de la posibilidad de crear una historia a lo James Bond encuadrada en un escenario de fantasía.

Ya está. Sencillo. Fácil y directo.

Y falso. O, al menos, no es enteramente cierto: es la verdad, pero no toda. Y, en última instancia, no la parte de la verdad realmente importante.

Sin duda el chispazo inicial surgió de ahí, del intento de mezclar dos géneros, a priori, totalmente distintos. Pero ese chispazo inicial es, simplemente, el empujón que te hace lanzarte a la carrera, que te lleva a emprender el camino. Es importante. Es, desde luego, esencial, pues sin ese empujón no te pones a escribir; sin él, sin la sensación de que has dado con algo interesante que te apetece explorar, el resto no existe.

Pero no es, en realidad, lo que acaba definiendo la historia. No es lo que te mantiene en pie y caminando durante todo el trayecto. Y, cuando terminas, vuelves la vista atrás y examinas lo que has hecho, a menudo te das cuenta de que, durante todo el viaje, la influencia principal que te ha estado guiando tenía poco o nada que ver con ese chispazo inicial y que, si bien en apariencia estás haciendo una novela de espías en un escenario de fantasía, bajo la superficie bullen varias cosas que se apartan de ese propósito.

Hay mucho en El adepto de la Reina de novela de espías. Y sí, mucho de James Bond, sin la menor duda. También hay una amalgama de lugares y épocas distintos que, de algún modo, se las apaña para crear un todo consistente. Y un puñado de personajes con los que empaticé enseguida como autor… y alguno al que me costó matar, por más que fuera una decisión narrativa inevitable. Y ciertas reflexiones sobre la naturaleza del poder, de la religión y de las estructuras y rituales de una sociedad, por qué no. Y una influencia no deliberada pero creo que inevitable de una de mis novelas-fetiche, el Dune de Frank Herbert. Y, por supuesto, buena parte de mis obsesiones personales, tanto narrativas como vitales: desde la tierra de nadie moral en la que se mueven muchos de los personajes a la presencia de personajes femeninos fuertes, complicados y con motivaciones y aspiraciones complejas. Y un claro elemento de ambigüedad en el novum que, en cierta modo, da forma a buena parte del escenario: esos mensajeros que nunca queda claro si son de origen mágico-sobrenatural o tecnológico, haciendo que sea el propio lector quien decida y asigne el género en el que prefiere encuadrar la novela: fantasía o ciencia ficción.

No la escribí con la idea de iniciar una saga. Iba a ser una novela aislada en un escenario que me gustaba, con unos personajes que me parecían interesantes y una trama que me apetecía explorar. Pero incluso antes de terminarla no tardé en ver que una sola novela no sería suficiente. A medida que escribía, a medida que iba encarrilando los acontecimientos hacia la conclusión de la historia, me fui dando cuenta de que había creado unos personajes y un escenario demasiado ricos y complejos para explorarlos en una sola novela. Cuando terminé El adepto de la Reina, ya sabía que solo era la primera de un ciclo y que habría más. ¿Cuántas más? No lo tenía muy claro. Las suficientes, me dije, para explorar todo lo que rodeaba a Yáxtor Brandan y hacer que el ciclo vital del personaje alcanzara su conclusión natural.

Cuál era esa conclusión lo descubrí mientras escribía El jardín de la memoria, la segunda novela. En ese momento, la trayectoria vital de Yáxtor cristalizó de un modo claro y preciso y supe por dónde se encaminaría su vida y cuál sería su destino final. Y, de paso, fui enriqueciendo la serie con nuevos personajes, situaciones y lugares.

No es un proceso que resulte sencillo describir, entre otras cosas porque la mitad de las veces tiene lugar en la parte de atrás de mi mente y porque resulta tan fruto del azar como de la planificación. Tenía claro que en la segunda novela quería llevar a Yáxtor a oriente, al equivalente a Japón en su mundo. Tenía también bastante claros dos personajes femeninos que iban a ser las compañeras del adepto empírico en esta nueva aventura. El resto, fue surgiendo sobre la marcha, a medida que la premisa argumental, el escenario y los propios personajes me iban dando pistas de por dónde iba a ir la cosa y de la interacción de todo ello iban surgiendo nuevos elementos. Como ejemplo, digamos que al final de la novela descubrimos que uno de esos dos personajes femeninos espera un hijo. En su momento, eso fue una simple piedra lanzada hacia el futuro, sin tener muy claro dónde iba a caer.

Todo empezó a encajar mientras iniciaba los preparativos de la que creía que iba a ser la tercera novela del ciclo: La sombra del adepto. Comprendí la importancia de ese dato final y, al hacerlo, tuve claro por fin el plan en el que el villano de la serie (cuya identidad había estado clara desde el principio para mí, aunque espero que no para los lectores) se había embarcado y, sobre todo, por qué, para qué y para quién. De este modo, el escenario y la peripecia vital de Yáxtor Brandan fueron ganando en definición.

Curiosamente, saber todo eso no me ayudó a seguir adelante con La sombra del adepto. Sí, el futuro de Yáxtor estaba claro y su peripecia vital perfectamente encarrilada. Paro algo no me dejaba seguir. Ese algo era su pasado. Sentí que necesitaba terminar de definirlo antes de ponerme a narrar su futuro.

Era algo que ya había hecho en un par de relatos («Embrión» y «Amistad») que exploraban distintos momentos anteriores a la primera novela. Los completé con «Detective», donde narré los encuentros de un Yáxtor adolescente con un par de personas que serían fundamentales en su vida. Y Felicidad Martínez tuvo el detalle de completar esa visita al pasado con «Adepta», en la que exploró con gran acierto la personalidad de Ámber, destinada a convertirse en esposa del adepto empírico.

Con ese material como base nació Los rostros del pasado. Y fue inevitable que acabase resultando una novela a cuatro manos: sabía que Felicidad era la persona perfecta para ayudarme a explorar el pasado de Yáxtor, para darle vida y terminar de definir el ambiente y las personas que lo habían rodeado durante su adolescencia. Por suerte, Felicidad es fan de la serie desde la primera novela y no me costó mucho convencerla de escribir la tercera a medias.

Fue un proceso extraño y fascinante. Y tuvo sus momentos difíciles. Es cierto que Felicidad y yo somos bastante compatibles como escritores y a ambos nos gusta narrar las cosas de un modo muy similar. Pero mientras que ella necesita conocer con exactitud ciertos detalles de ambientación, yo estoy satisfecho con tener una idea general de la misma e ir llenando los huecos sobre la marcha, a medida que la historia me lo pide.

Quizá el momento más tenso en la escritura de la novela fue cuando ella necesitó una descripción pormenorizada del funcionamiento interno de la organización de los adeptos empíricos y yo confesé que ni lo sabía ni me importaba demasiado. Tenía claras aquellas cosas de su organización y estructura que me eran útiles narrativamente, pero el resto era una región nebulosa e imprecisa. Eso, que a mí no me incomodaba (cuando necesitase saber más, ya lo sabría) a Felicidad le supuso un escollo importante. Así que una tarde nos sentamos (armada ella con una libreta y un bolígrafo) y empezamos a discutir distintos aspectos, no solo de la organización interna de los adeptos empíricos, sino de cómo se estructuraba la burocracia y el funcionariado de Alboné.

Salvado el escollo, la escritura de la novela prosiguió sin mayores problemas. Teníamos muy clara la estructura: habría una trama en presente (es decir, inmediatamente posterior a la segunda novela) que sacaría a la luz distintos momentos del pasado de Yáxtor. Esos momentos serían los cuatro relatos que mencioné antes. Relatos sobre los que volvimos y que modificamos y ampliamos para que tuvieran mayor relación argumental y no fueran cuatro mojones aislados en el pasado del personaje. Así, añadimos nuevas subtramas, nuevos elementos argumentales e incluso nuevos personajes.

Confieso que me siento bastante satisfecho del resultado. Quizá no era la novela que tenía pensado escribir (esa era, evidentemente, La sombra del adepto) pero desde luego, era la que necesitaba escribir. Sin ella, sin ese recorrido por la historia de Yáxtor antes de convertirse en el personaje que conocimos en El adepto de la Reina, algo le faltaba a la saga. Queríamos que la novela funcionase tanto para aquellos que no habían leído los relatos sueltos como para aquellos que sí. Y, a tenor de los comentarios que hemos recibido de los lectores, parece que hemos cumplido nuestro propósito.

Ahora sí, Yáxtor está listo para embarcarse en La sombra del adepto y enfrentarse a su némesis. Los que hayáis leído Los rostros del pasado, ya sabréis de quién se trata. Los que no… bueno, ¿a qué esperáis?

Yáxtor volverá, pero no en «La sombra del adepto»

“Los rostros del pasado”, de Rodolfo Martínez y Felicidad Martínez

Ya lo dice el refrán: «el hombre propone y Dios dispone». Cuando terminé El Jardín de la Memoria, la segunda novela de mi implacable adepto empírico Yáxtor Brandan, siempre al servicio de la Reina de Alboné, tuve la osadía de anunciar cuál iba a ser la siguiente novela del ciclo. En un evidente y nada disimulado homenaje a las películas de James Bond decía algo como

«Aquí termina El Jardín de la Memoria, pero Yáxtor Brandan volverá en La sombra del adepto

Cuando escribí esas palabras no sólo tenía un título, sino una idea bastante clara de por dónde iba a discurrir esa tercera novela de Yáxtor. Durante el pasado año y medio he intentado escribirla varias veces. Los distintos y sucesivos borradores que se acumulan en mi disco duro (y que, en cierta forma, se solapan, porque cada uno de ellos reaprovecha y reutiliza partes de los anteriores) son buena prueba de ello.

Sin embargo, por algún motivo, la historia no conseguía llegar a buen puerto, no era capaz de dirigirla hacia donde quería.

No sabía por qué. Y no lo he sabido hasta hace poco.

Veréis, tengo bastante claro el periplo vital de mi personaje. Sé lo que le va a pasar, con razonable precisión, entre el final de El Jardín de la Memoria y la última de las novelas. También sé quién es el villano de la serie, cómo saldrá a la luz y qué pretende. Y tengo una idea aproximada de qué nuevas partes del escenario, de Érvinder, iré explorando en sucesivas entregas.

Así pues, parecería que todo estaba listo para seguir adelante.

Y sin embargo, no era así. No podía avanzar en la historia de Yáxtor. Y seguía sin saber por qué.

Durante este tiempo he escrito varios relatos contando el pasado del personaje. Otras personas, como Chema Mansilla y Felicidad Martínez también han aportado su granito de arena en la mejor definición del entorno y la peripecia de Yáxtor. Todos esos relatos transcurren antes que la primera novela, son una especie de presentación de lo que Yáxtor era antes de ser Yáxtor.

Y fueron ellos, un poco por casualidad, los que me dieron la clave.

No podía seguir adelante con el futuro de Yáxtor porque aún no había terminado con su pasado.

Con esa idia nació Los rostros del pasado, una historia en la que el presente y el recuerdo de lo que ha sucedido avanzan en paralelo para llevarnos, al final, al punto exacto del futuro en el que arrancará La sombra del adepto. Usando como material de partida los tres relatos que escribí («Amistad», «Embrión» y «Detective») más el que escribió Felicidad («Adepta»), Los rostros del pasado narra, por una parte, acontecimientos inmediatamente posteriores a El Jardín de la Memoria y prepara el terreno para La sombra del adepto; al mismo tiempo, explora el pasado de Yáxtor, se adentra en los misterios de su memoria y enhebra presente, pasado y futuro en una sola historia.

Estará lista muy pronto y será el primer libro de Yáxtor escrito en colaboración con otra persona, un proceso extraño y sorprendente, al menos para mí, pero con resultados enormemente satisfactorios. Y, si nadie lo remedia, se publicará este mismo 2014.

Y ahora, una vez despejado el camino, sí, a por La sombra del adepto, que ya va siendo hora.

«Detective», Premio Ignotus 2014

Durante la pasada HispaCon (Convención Española de Ciencia Ficción y Fantasía), celebrada en Montcada i Reixac los días seis, siete y ocho de diciembre, se hicieron públicos los resultados de los Premios Ignotus 2014, los galardones con los que los aficionados premian el material de ciencia ficción, fantasía y terror publicado el año anterior a la concesión del premio.

Fui el ganador en la categoría de Mejor Novela Corta con «Detective», un relato sobre la adolescencia de Yáxtor Brandan, personaje central de la saga iniciada con El adepto de la Reina y El Jardín de la Memoria. En esa historia, Yáxtor es un joven de diecisiete años que aún está buscando su lugar en el mundo y que acabará ayudando en sus pesquisas al Jefe de Archivos de los Adeptos Empíricos, un personaje de evidentes reminiscencias holmesianas llamado Shércroft (empezando por el mismo nombre, formado por la primera sílaba de «Sherlock» y la última de «Mycroft») que ejercerá de mentor del joven.

La culpa de la existencia de ese personaje es de Santiago L. Moreno quien, durante una presentación hace ya unos años, preguntó medio en broma medio en serio si habría algún cruce entre el universo de Yáxtor Brandan y el de mis novelas de Sherlock Holmes. Aunque en aquel momento no me tomé la pregunta del todo en serio, lo cierto es que la idea no se fue de mi cabeza y, con el tiempo, acabé perpetrando esta suerte de homenaje holmesiano que es «Detective».

Si los datos no me fallan, este es el segundo año en que la votación de los Premios Ignotus se abre a todo el mundo, tanto en la etapa de selección de candidatos como en la votación final . Hasta ahora, el cuerpo de votantes se componía los socios de la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror), los inscritos en la HispaCon y los socios de asociaciones afines con las que la AEFCFT hubiera suscrito el correspondiente convenio. Abrir las votaciones a todo aquel que lo desee ha sido una estupenda iniciativa y conseguir un Ignotus en estas circunstancias resulta incluso más gratificante de lo normal.

Aprovecho, por tanto, para agradecer a aquellos a los que mi novela corta les gustó lo suficiente para elegirla sobre el resto de las candidatas y demostrarlo con su voto. La mejor recompensa que puede obtener un escritor es esa, en última instancia: saber que has llegado a los lectores y que lo que has hecho les ha gustado.

Entretanto, puedo anunciar que Los rostros del pasado, tercera novela del ciclo y escrita a cuatro manos con Felicidad Martínez, ya está acabada y en fase de revisión y que, si nadie lo remedia, aparecerá publicada en el 2015. Aquellos que disfrutasteis de la idiosincrasia y las manías del viejo Shércroft, lo encontraréis en este nuevo libro de la saga, donde juega un importante papel. Como lo hará también en La sombra del adepto, cuarta novela del ciclo y que está ahora mismo en proceso de escritura.

Si todavía no conocéis a Shércroft, ahora  es un buen momento para hacerlo. Por poco más de dos euros y medio podéis haceros con la novela corta y disfrutar de una lectura, espero, entretenida y emocionante y asomaros un poco más a lo que es y lo que fue ese letal adepto empírico al servicio de su Majestad: Brandan, Yáxtor Brandan.

“Detective” y “Adepta”, dos nuevas escalas en el viaje de “El adepto de la Reina”

Cuando escribí El adepto de la Reina, allá por 2009, no tenía la menor intención de iniciar una serie nueva. Había encontrado una idea (la confluencia de dos o tres idas dispares, en realidad) con la que me apetecía jugar y el resultado fue esa novela, con la que decidí inaugurar la andadura de Sportula, mi pequeño proyecto editorial.

Sin embargo, a medida que la escribía no tardé en darme cuenta de que el personaje y su entorno iban a ser demasiado grandes para una sola novela. Así, en enero de 2012 veía la luz El Jardín de la Memoria, donde Yáxtor Brandan, el personaje central, se acercaba a lo que podría ser el equivalente a Japón en su universo.

Pero la cosa no quedó ahí. Dos relatos de mediana extensión (“Embrión” y “Amistad“) complementaron la historia de Yáxtor, llevándonos a sus años anteriores a lo ocurrido en la primera novela. En “Embrión” nos asomábamos a los primeros momentos de su adolescencia, mientras que “Amistad” mostraba la primera misión conjunta entre Yáxtor y otro de los personajes principales de la serie, Fléiter Praghem.

Además, para cuando terminé El Jardín de la Memoria, la línea vital de Yáxtor Brandan y el modo en que se “repartiría” narrativamente estaba bastante clara en mi cabeza. Tenía bastante claro lo que iba a ocurrir en las siguientes tres novelas, al menos en sus líneas generales. Más allá de ahí el paisaje estaba poblado de niebla y sombras, pero eso ya no me importaba, tenía suficiente para seguir adelante un buen trecho.

Y, al mismo tiempo, el pasado de Yáxtor siguió reclamándome, siguió pidiéndome que lo contara.

Así nació “Detective“, una novela corta en la que un joven Yáxtor, recién licenciado como adepto empírico, unía sus fuerzas a un anciano mentor de resonancias claramente holmesianas. La historia fluyó con facilidad y escribirla fue, sin duda, uno de los periodos más divertidos de todo el tiempo que le he dedicado al personaje; me lo pasé especialmente bien narrando la interacción entre ese joven Yáxtor y su socarrón maestro. Y, además, tuvo una derivación inesperada. Si algo sabemos por las novelas es que el adepto empírico estuvo casado y que su mujer, Ámber, murió en circunstancias misteriosas (y bastante desagradables). Aproveché “Detective” para contar cómo se conocieron ambos y cómo su relación sentimental dio los primeros pasos. Confieso que la escena, casi al final del relato, en la que Yáxtor abre su corazón a Ámber y se muestra tal como es, fue uno de mis momentos favoritos.

¿Acabó ahí la cosa?

De momento, para mí, sí. La sombra del adepto, futura tercera novela de la serie, está en un impasse mientras reconsidero la mejor forma de narrarla. Pero eso no quiere decir que no haya nuevas historias de Yáxtor Brandan… más o menos.

A principios de 2012, Chema Mansilla me pidió permiso para escribir un relato ambientado en mi escenario. Se lo di y el resultado fue “Occidente“, una historia de tintes entre conradianos y lovecraftianos en la que Yáxtor es apenas una figura vista en la distancia, aunque su intervención resulta fundamental para la resolución de la trama.

Y llegó luego Felicidad Martínez, empeñada en narrar la historia, o al menos parte de ella, de Ámber. Felicidad tenía pocas pistas sobre el personaje: conocía los pormenores de su muerte, sabía que había conocido a Yáxtor y que se había casado con él muy joven, sabía que era una adepta de la curación y sabía algo fundamental: que Ámber aceptaba a Yáxtor tal como era, sin rechazar nada, sin cerrar los ojos ante las sombras y las aristas, ante los lugares más oscuros del hombre al que amaba.

Con esos mimbres escribió “Adepta“, una historia en la que Ámber es la protagonista principal y que, por peripecia y personajes, guarda bastante relación con “Detective”. Una novela corta de excelente ritmo, grandes dosis de atrevimiento y todo el desparpajo narrativo que podía esperar de Felicidad.

“Detective” fue publicada en Sportula a finales de 2013. “Adepta” acaba de serlo ahora. Ambas historias, pese a poder ser leídas de un modo independiente, creo que se complementan a la perfección y son, en cierto modo, un espejo la una de la otra. Sin “Detective” no existiría “Adepta”; sin “Adepta”, a “Detective” le faltaría algo.

Espero que ambas historias os gusten. Y prometo intentar tener lista La sombra del adepto a lo largo de este 2014. Aunque, bueno, ya sabéis lo que pasa con los propósitos de año nuevo…

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