Los archivos perdidos de Sherlock Holmes

Los archivos perdidos de Sherlock Holmes

Los archivos perdidos de Sherlock Holmes. Las distintas versiones

Hagamos, por qué no, un poco de historia bibliográfica.

Publiqué La sabiduría de los muertos en 1996. Sería reeditada en 2004 por Bibliópolis, en 2008 por Alamut, en 2012 por Sportula y, finalmente y como parte del omnibus que recoge toda mi obra holmesiana, en 2016, de nuevo por Sportula.

La historia de mis otras tres novelas es un poco menos ajetreada. La segunda sería publicada por Bibliópolis en 2005, y reeditada por Sportula en 2013 y 2016. La tercera la publicaría Bibliópolis en 2007 y la reeditaría Sportula en 2014 y 2016. Finalmente, la cuarta apareció en 2008 de la mano de Alamut y fue reeditada en 2015 y 2016 en Sportula.

¿Para qué me molesto en detallar todo eso? Bueno, aparte de mi querencia por las minucias, lo hago como introducción para hablar de las diferencias que hay entre las distintas versiones del texto en las diferentes ediciones. No son muchas; el texto de la versión más reciente es, en su mayor parte, el mismo que el de la primera versión. Pero sí que es cierto que los libros, aparte de las diversas correcciones de pequeños detalles que se hayan podido ir haciendo con el tiempo, han sufrido algunas modificaciones más importantes, ya sea en su estructura, en el desarrollo de ciertos acontecimientos o en la participación en ellos de diversos personajes.

Me gustaría detallar esos cambios, novela a novela. Espero que los encontréis interesantes y que a los fans más completistas y amantes de las minucias, como yo mismo, les aporten algunos datos de interés.

Vamos allá, pues.

1) LA SABIDURÍA DE LOS MUERTOS

Como decía, la primera edición se realizó en 1996 por parte de la Fundación Dolores Medio. Tuvo muy poca difusión, especialmente fuera de Asturias, así que son pocos los lectores que la a han leído o la conocen. Aquellos que lo hicieron y se acercaron después a la versión de Bibliópolis seguro que fueron conscientes de algunos pequeños cambios.

En la versión original de la novela, cuando Holmes se enfrenta al mensaje en runas, Watson no detalla pormenorizadamente su descriframiento: se limita a decir algo así como «Holmes usó la misma técnica que en el caso de los bailarines» para luego darnos el mensaje ya descifrado. Aproveché la reedición de Bibliópolis para mostrar pormenorizadamente cómo el detective va, paso a paso, decidiendo qué runa corresponde a qué letra del alfabeto latino y cómo descifra poco a poco el enigmático mensaje. Como lector, siempre he encontrado fascinantes esos procesos de desciframiento y me pareció adecuado enfrentarme también a uno de ellos como escritor.

En esa versión, por otro lado, no hay el menor rastro de Samuel Mathers o los otros líderes de Amanecer Dorado. Tampoco hay mención alguna a Aleister Crowley. ¿Por qué? Muy sencillo: mis conocimientos de aquella época sobre la sociedad hermética eran pocos y fragmentarios y no supe más detalles de ella hasta años después. Crowley, por otro lado, era por aquel entonces para mí un personaje desconocido. Ocho años después, en 2004, la cosa había cambiado y podía permitirme el lujo de retocar un poco la historia e incorporar a ella esos personajes.

Aparte de esos dos cambios, hubo pequeños retoques en el texto, especialmente varios fragmentos en los que Watson reflexionaba sobre su amigo detective y su amistad con él.

Y, por supuesto, un cambio que en principio fue menor pero que luego afectaría enormemente a la trama de las siguientes novelas: la inclusión del incidente narrado por Rafael Marín en Elemental, querido Chaplin, donde cuenta cómo un malvado oriental le traza dos cicatrices gemelas en el rostro a Wiggins. En La sabiduría de los muertos no pasa de ser una mención rápida del asunto, pero tanto en Las huellas del poeta como en La boca del infierno, veríamos en detalle las consecuencias de aquel incidente.

Por otro lado, la edición original, además de «La sabiduría de los muertos» per se incluía un relato titulado «La aventura del asesino fingido». Cuando se reeditó en Bibliópolis decidimos añadirle otra historia holmesiana que había sido publicada en 1996 en la antología Visiones, «Desde la tierra más allá del bosque». La idea era que la edición de Bibliópolis recogiera toda mi obra holmesiana… por aquel entonces aún no sabíamos que había tres novelas más en el futuro.

La siguiente versión a la de Bibliópolis, la de Alamut, apenas incorpora cambios dignos de mención, solo una somera revisión de erratas en el texto.

Sí que hubo varios cambios en la cuarta versión, la de Sportula.

El primero surgió a raíz de la lectura de Conan Doyle, detective, de Peter Costello. La lectura de ese libro me llevó a cambiar el motivo por el que Arthur Conan Doyle no simpatiza con Holmes en exceso y a veces hasta parece atemorizado ante él. En las versiones anteriores no se detalla por qué se comporta de ese modo, pero tras descubrir que Conan Doyle fue por derecho propio un excelente detective amateur, me pareció buena idea incorporar la idea de unos ciertos celos profesionales por parte del escritor hacia el detective y de una cierta actitud despectiva por parte del detective hacia los logros del escritor en su propio campo.

El segundo fue la decisión de publicar exclusivamente La sabiduría de los muertos tal cual, sin el añadido de los otros dos relatos.

La última versión, la recogida en Los archivos perdidos de Sherlock Holmes, recupera los dos relatos que habían desaparecido de la versión anterior.

2) LAS HUELLAS DEL POETA

No hay diferencias sustanciales entre la primera versión publicada de esta novela y la primera edición en Sportula. Sí que las hay, sin embargo, entre esa y la que el lector puede encontrar en Los archivos perdidos de Sherlock Holmes.

Son principalmente dos.

La primera es que lo que en el libro era la cuarta parte de la novela, ahora se desliga de ella y se ensambla con lo que originalmente era la tercera parte de La boca del infierno para construir una nueva narración, un nuevo «archivo», bajo el título de «El que acecha en la memoria». Fue fácil hacerlo, ya que el narrador en ambos casos era Willian Hudson y bastó una pequeña revisión para que el ensamblaje quedara como un todo coherente.

La otra se refiere al prólogo y epílogo de la novela. Estos fueron fusionados en un único fragmento en Los archivos perdidos de Sherlock Holmes bajo el título de «Archivo final: ¿El que sueña en la eternidad?».

Pero, además, en la versión original, Hudson se encontraba en el Madrid de 1982 con Ramón Serrano Súñer, quien se ofrecía a conseguir que sus memorias sobre Holmes vieran la luz pública. En la versión que puede leerse ahora, con quien se encuentra Hudson es con Shamael Adamson y  es este quien le hace tal propuesta. Tenía sentido: Adamson está presente en mis historias holmesianas casi desde el principio y su importancia y relevancia fue aumentando a medida que evolucionaba la saga. Cuando escribí Las huellas del poeta, no tenía claro cómo encajaba el personaje en la trama, pero cuando acabé El heredero de Nadie no me quedaba duda alguna. Así, hacer que él fuera el destinatario último de los manuscritos holmesianos y, por tanto, encargado de conseguir que se publicaran, tenía todo el sentido del mundo y, en cierto modo, cerraba un círculo.

3) LA BOCA DEL INFIERNO

Como antes, no hay diferencias sustanciales entre las versiones de Bibliópolis y la primera en Sportula y sí que la hay entre esta última y la incorporada a Los archivos perdidos de Sherlock Holmes.

La más relevante es la eliminación del prólogo, el epílogo y los interludios de la primera versión. Aunque no fue una eliminación definitiva (pues aparecerían en los extras del omnibus como «escena eliminada»), sí que me pareció importante apartarlos de la secuencia principal narrativa, no solo porque eran difíciles de encajar cronológicamente sino porque en buena medida todo lo que se decía allí, que tenía sentido y aportaba información relevante en una novela aislada, resultaba redundante en una edición unitaria de la saga completa.

El otro cambio fue la partición, por otro lado evidente, de lo que era una única novela en tres archivos distintos, bajo el nombre de «La boca del infierno», «La batalla interminable» y «El que acecha en la memoria». Al fin y al cabo, la novela original se componía de tres historias en cierto modo independientes aunque relacionadas. Separarlas en tres archivos distintos era casi inevitable. Y, como he apuntado antes, al último de ellos, «El que acecha en la memoria», le incorporé la cuarta parte de «Las huellas del poeta».

4) EL HEREDERO DE NADIE

Y una vez más, apenas hay diferencias entre la edición original de Alamut y la edición unitaria en Sportula, pero hay un par de ellas entre esta y la edición omnibus.

La primera fue la decisión de separar de El heredero de Nadie lo que en origen era la segunda parte de la historia. En realidad, esta parte era una novela completa por sí misma que narraba las andanzas de un joven Holmes en el oeste americano y que se acabó convirtiendo en el primer archivo bajo el nombre de «El aprendiz de detective».

Esta modificación me llevó, lógicamente a convertir el primer interludio y el segundo de El heredero de Nadie en uno solo. En la versión original, George llega a Sussex y se pone a leer el manuscrito que Hudson le ha indicado. A continuación viene ese mismo manuscrito, la historia del salvaje oeste antes mencionada, para finalmente volver al presente narrativo y ver a George terminando la lectura y volviendo a Londres. En la versión actual, no hay interrupción alguna: vemos a George iniciando la lectura, terminándola y volviendo a Londres sin que nada interrumpa esa escena.

* * *

Y eso es todo. Como he dicho, hay pequeños cambios en las distintas versiones: correcciones de erratas o simples revisiones del texto donde juzgué que era mejor decir las cosas de un modo distinto. Son diferencias menores, casi insignificantes.

A todos los efectos, para mí la versión final de mi obra holmesiana es la que el lector puede encontrar en Los archivos perdidos de Sherlock Holmes. Con eso no pretendo hacer desaparecer las versiones anteriores, por supuesto: siempre he pensado que una vez que publicas algo, ya no te pertenece por completo y, por tanto, no tienes derecho a retirarlo del alcance del público. Y, desde luego, si alguien prefiere seguir leyendo las novelas individuales, ya sean todas o solo alguna, adelante.

Pero es en Los archivos perdidos de Sherlock Holmes donde está la versión, a mi entender, definitiva, perfectamente ensamblada y que muestra de la forma más coherente posible la historia de mi Sherlock Holmes.

Los archivos perdidos de Sherlock Holmes, 20 años después

En realidad, siendo exactos, veintitrés años, porque fue en 1993 cuando escribí una novelita holmesiana de poco más de cien páginas titulada La sabiduría de los muertos, que ganaría el Premio Asturias de Novela en 1995 y sería publicada al año siguiente por la Fundación Dolores Medio. Ahí empezó todo.

Claro que, si nos ponemos estrictos, habría que volver la vista atrás, mucho más atrás, a mi primer contacto con el personaje de Arthur Conan Doyle y su mundo. Pero, de momento, dejémoslo en 1996 para así poder usar el redondo número de veinte años. Por aquel entonces tenía treinta y uno y, confesémoslo, no tenía ni pajolera idea de lo que iban a ser las dos siguientes décadas. Hacía cábalas sobre mi futuro, supongo que como todo el mundo, pero también como todo el mundo, nunca acerté en nada de lo que me pasó en los años siguientes, ni en lo bueno ni en lo malo.

O, como dicen que dijo John Lennon: «La vida es aquello que te pasa mientras te empeñas en hacer otros planes».

Veinte años, decía, 1996. Ocho más tarde, La sabiduría de los muertos encontraba nuevo editor en Luis García Prado y su sello Bibliópolis bajo el título de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. No solo eso, descubrí que me seguía apeteciendo escribir sobre Sherlock Holmes, que aún tenia cosas que contar sobre él. De ahí salieron tres novelas más: Sherlock Holmes y las huellas del poeta, Sherlock Holmes y la boca de infierno y Sherlock Holmes y el heredero de Nadie.

Creo que fue allá por 2008, cuando se publicaba la cuarta y última novela, que le comenté a Luis García Prado, medio en serio medio en broma, que si la cosa iba bien y algún día alguien recogía todo mi material holmesiano en un un solo volumen, en una de esas «ediciones omnibus» tan frecuentes en el mundo anglosajón como escasas en nuestro país, hasta tenía un título.

—¿Cuál? —preguntó Luis.

—El archivo perdido de Sherlock Holmes —respondí yo. Me parecía un buen título que hasta tenía resonancias canónicas, ya que el último libro de relatos holmesianos que publicó Conan Doyle fue, precisamente, El archivo de Sherlock Holmes.

—¿Y por qué «el archivo» —me dijo Luis—. ¿Por qué no, mejor, «los archivos»?

Tenía razón y me di cuenta enseguida. Así que almacené la información en mi mente y allí quedó, dando vueltas mientras los años pasaban, seguía escribiendo y publicando y hasta abría mi propia editorial, Sportula, en la que acabé reeditando yo mismo mis cuatro novelas holmesianas. El círculo se había cerrado, podríamos decir.

¿O no?

La idea del compendio, del omnibus, seguía en mi cabeza y no renunciaba a ella. Decidí probar primero con otra parte de mi obra, con la ciencia ficción que había escrito en los noventa y que se ambientaba toda en el mismo escenario. De hecho, la última novela de ese ciclo, escrita en 2001, llevaba inédita desde entonces. Así que me decidí y publiqué en Sportula Drímar, el ciclo completo. Decidí incluir en él todo lo que había escrito de Drímar, tanto publicado como inédito… o al menos, todo lo que conservaba, ya que algunas cosas se habían perdido con el correr de los años. Fue una edición exclusivamente en ebook que incorporaba abundante material extra sobre Drímar que no se podía encontrar en ningún otro lugar: cuentos primerizos que nunca fueron publicados, reflexiones sobre la evolución del escenario, algún mapa…

El experimento funcionó bien y la reacción del público fue positiva. Pero en cierto modo, había hecho trampa. Era una edición en ebook, lo que implicaba que podía hacer un libro tan largo como quisiera sin correr demasiados riesgos, ya que los costes no iban a aumentar con el número de páginas. ¿Podría hacer lo mismo en papel? ¿Me atrevería?

Mientras le daba vueltas a la idea, llegó 2015 y se cumplieron veinte años desde la publicación de La sonrisa del gato, mi primera novela. Decidí reeditarla, añadiéndole además las historias relacionadas con ella: el cuento «Mensajero de Dios» y la novela corta «Un jinete solitario». No contento con eso, preparé una versión en inglés: Steve Redwood la tradujo a la lengua de Shakespeare y fue publicada como Cat’s Whirld. Para rematar el cumpleaños, John Serrano compuso una banda sonora para la novela.

Pero ahí estaba 2016. Otro aniversario, otros veinte años, ahora desde la publicación original de La sabiduría de los muertos.

¿Qué hacer?

No tuve que pensármelo mucho, en realidad. La idea del omnibus holmesiano nunca me había abandonado. Y, si no lo preparaba para el veinte aniversario de la primera novela, no lo haría nunca. Así que me puse manos a la obra. Por suerte, la tecnología de impresión bajo demanda permite un control de costes y de tiradas que el offset tradicional no, así que podía ajustar bien las cosas para no pillarme los dedos y, pese a todo, sacar adelante ese volumen unitario con todo mi Holmes. Eso, unido al interés que despertó la nueva edición y a que fueron muchos los que quisieron adquirir el libro por adelantado, hizo que los riesgos de editar algo así fueran mucho menores.

El resultado estará en las librerías el 12 de diciembre y ya ha llegado a aquellos que decidieron reservar su ejemplar por adelantado. Más de 1200 páginas en papel que incluyen mis cuatro novelas holmesianas, ahora ordenadas de acuerdo a la cronología interna del personaje, más abundante material extra. Cuando en 2008 comenté el asunto, era un sueño lejano, algo que deseaba que pasase pero en lo que prefería no pensar demasiado en serio.

El sueño se ha cumplido. Los archivos perdidos de Sherlock Holmes es una realidad palpable. Y tan palpable, un buen ladrillo de libro que contiene unos cuantos años de mi vida como escritor. No sé cómo será su carrera comercial, aunque las vibraciones son buenas, pero eso es ahora lo de menos. El libro está ahí, existe, es una realidad y está al alcance de los lectores, sean estos muchos o pocos.

Ahora sí lo puedo decir. El círculo se ha cerrado. Sherlock Holmes, mi Sherlock Holmes, ha llegado definitivamente a casa para quedarse tras un largo y accidentado viaje. Y espero que siga conmigo muchos años.

Y con vosotros.

La sabiduría de los muertos: ocultismo y detectives

 

La sabiduría de los muertos

La sabiduría de los muertos
(Los archivos perdidos de Sherlock Holmes /1)

Londres, 1895.

Y Gijón, 1993.

Estoy escribiendo una novela de Sherlock Holmes. ¿Por qué? Básicamente porque me apetece, porque me lo pide el cuerpo, porque me gusta la idea y porque, nos pongamos como nos pongamos, soy básicamente un fan del personaje deseoso de contar nuevas historias del detective y jugar con él y con su entorno. Así pues, estoy escribiendo lo que es, básicamente, fan fiction. Y lo hago, además, sospechando que la cosa no llegara a buen puerto. Al fin y al cabo, ya lo he intentado otras veces y los resultados nunca han sido satisfactorios del todo y, a menudo, ni siquiera he llegado a terminar.

La primera vez que intenté escribir un relato holmesiano fue en mi adolescencia. Un ciclo de relatos, en realidad, protagonizados por un descendiente del detective que, por algún motivo que ya no recuerdo, vivía en la España del siglo XXI y terminaba enfrentándose a su particular Moriarty, cuya guarida estaba, así, tal cual, en el Valle de los Caídos. De hecho, si no recuerdo mal, el primer caso que investigaba este descendiente de Sherlock Holmes tenía que ver con un asesinato en el famoso monumento franquista que se resolvía llegando a la conclusión de que las cuatro estatuas que jalonan la enorme cruz eran en realidad robots gigantes al servicio del villano. Mi Holmes lo deducía porque se daba cuenta que a una de las estatuas le faltaba el habitual nido de golondrinas en una oreja.

Sí, así, tal cual lo habéis oído.

Esos relatos se han perdido. Diría que por suerte.

También se perdió la primera versión de «La aventura del asesino fingido», donde intentaba usar directamente al detective original y trataba de hacerlo, además, en su ambientación original: el Londres decimonónico. Recuerdo que esa versión estaba narrada como si yo hubiera recibido el relato por correo y estuviera comentándolo. En parte por seguir a Borges y su afición por resumir libros inexistente, y en parte, supongo, porque no confiaba en ambientar la historia del modo adecuado. Creo recordar que hacia el final del relato había un par de intentos, seguramente más bien patéticos, de juego metaliterario.

Escribí una nueva versión del mismo relato unos años después y ahora traté de usar la voz del doctor Watson. Creo que lo terminé, aunque no estoy seguro y, en todo caso, no lo encontré muy satisfactorio. También se ha perdido.

Luego, inicié lo que creía que era una novela corta en la que Holmes se unía con Van Helsing para luchar juntos contra un Drácula renacido que pretendía vampirizar a la familia real británica. Estaba narrado a medias por Watson y a medias por el doctor Seward. Y, aún hoy, estoy bastante satisfecho de los dos tercios iniciales de la historia. Por desgracia, el tercio final pecaba de precipitado y rutinario y la conclusión de la historia era más bien previsible. Se quedó en cuento largo, más que en novela corta y, por primera vez, no desapareció en las brumas del tiempo. Se llamaba «Desde la tierra más allá del bosque» (o sea, Transilvania) y acabó siendo publicado un par de veces.

Pero, lo dicho, no estaba del todo contento con los resultados. Y suponía que este nuevo intento de escribir una historia holmesiana tampoco llegaría a buen puerto. Sin embargo, pese a todo, me apetecía: tenía ganas de narrar una historia usando la voz del doctor Watson y, además, me apetecía centrarme en lo que Holmes había hecho en el tiempo (de 1891 a 1894) en que el mundo había creído que estaba muerto.

¿Y qué había hecho en aquellos años? Entre otras cosas, viajó por el Tibet durante un par de años y, en Lhassa, pasó algunos días con el Gran Lama. Desde allí fue a Persia, «se asomó» a la Meca y  realizó una visita «breve pero llena de interés» al Califa de Jartoum.  ¿Qué hacía Holmes, un racionalista escéptico, visitando lugares de interés religioso?, me pregunté.

Hmmm.

Se me ocurrió enfrentarlo a una trama de ocultismo que, además, tendría como detonante el que alguien estaba usando la personalidad de Sigerson, el ficticio explorador noruego que Holmes había usado como falsa identidad en ese periodo, conocido como «el gran hiato». Ocultismo, me dije, pero ¿cómo? Recordé un libro que había leído hace años donde se jugaba con la idea de que el Necronomicon (el grimorio inventado por H. P. Lovecraft y atribuido a Abdul Alharzred) era real y, de hecho, John Dee (astrólogo de Isabel I de Inglaterra) había tenido un ejemplar del mismo. Supongamos, por tanto, que ese ejemplar está ahora en manos de la secta hermética Golden Dawn y partamos de la base de que alguien lo sabe y pretende robarlo, involucrando de paso a Sherlock Holmes en el asunto.

Empecé a escribir con esas premisas. El «alguien» que quería robar el Necronomicon no tardó en convertirse en Winfield Scott Lovecraft, el padre del famoso escritor, con lo cual entroncaba así mi historia ficticia con la real y explicaba cómo H. P. L. había sabido de la existencia del infame libro. De paso se me ocurrió engarzar tres de los casos no resueltos de Holmes más famosos: el de Isadora Persano, célebre periodista y espadachín que fue encontrado loco sujetando una caja de cerillas en la que había un gusano desconocido para la ciencia; el de James Philimore, que volvió un día a su casa a por un paraguas y no volvió a ser visto jamás; y el del balandro Alicia, que desapareció en un banco de niebla en una mañana de primavera. Watson menciona esos tres casos en el párrafo inicial de «El problema del puente de Thor» y la idea de insertarlos en mi trama detectivesca no tardó en hacérseme irresistible.

Empecé a escribir, decía.

Y descubrí que no podía parar.

Una semana de actividad febril más tarde tenía entre manos una novela de poco más de 120 páginas, narrada con la voz del doctor Watson y donde el detective se enfrentaba a un caso de ocultismo cuyas raíces estaban en lo que Holmes había estado investigando durante «el gran hiato».

Al contrario que con intentos anteriores, los resultados en esta ocasión me satisficieron plenamente. La novela, me decía, funcionaba, tenía buen ritmo, la voz de Watson estaba conseguida y el caso investigado tenía interés por sí mismo. La conclusión, por otro lado, podía chocarles a algunos lectores, pero me parecía que estaba a la altura del resto.

Empecé a dejar la novela a algunos amigos. Y todos coincidieron en su valoración de que aquella novelita era, sin duda, el texto más ameno y entretenido que había escrito nunca.

Empecé a moverla por aquí y por allá. Fundamentalmente por algunos concursos literarios. A finales de 1995 supe que había ganado uno de ellos: el Premio Asturias de Novela, convocado por la Fundación Dolores Medio. Hacía unos meses que había publicado mi primera novela, La sonrisa del gato, y la concesión del premio a La sabiduría de los muertos era la culminación perfecta para un año donde, por fin, parecía estar despegando como autor.

La novela se publicó al año siguiente, en una edición de tirada muy limitada y distribución casi inexistente. Luego, varios años después, fue reeditada por Luis G. Prado en Bibliópolis (y, posteriormente, en Alamut) lo cual me llevó (unos diez años después de haberla escrito) a jugar con la idea de una continuación…

Tres, en realidad. Tres novelas holmesianas más que llevaron al personaje por nuevos derroteros y ampliaron el escenario de un modo que, aunque visto en restrospectiva me parece natural, casi inevitable, en aquel momento me sorprendió tanto como a algunos lectores.

Pero eso es, naturalmente, otra historia para otro momento.

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