Drímar

Drímar

Drímar, un viaje de veinte años

En el ebook Drímar, el ciclo completo incluyo el siguiente texto, en el que hablo del proceso de creación de Drímar, un proceso que se prolongó, con pausas y altibajos durante unos veinte años. Ahora que Sportula edita Bifrost y con eso se cierra la publicación del ciclo de Drímar, me ha parecido conveniente recuperar aquí el texto. Espero que los disfrutéis.

Fue, probablemente, en 1980. Quizá un par de años más tarde, pero no más allá de eso, en todo caso.

Fue en los años ochenta, eso seguro. La época de las hombreras, los cardados, el colorete extremo, la barba de días y las americanas con suéter de pico debajo. Ya sabéis, esa década cuyo máximo exponente de glamur fue Corrupción en Miami. Eso lo dice todo.

En lo personal, no fue una mala época. Problemática, claro. Al fin y al cabo estaba pasando como buenamente podía por la adolescencia y tratando de descubrir qué demonios había al otro lado. Acabé averiguándolo.

Los ochenta, he dicho. Esa fue la época en la que nació Drímar.

Y la forma que tuvo originalmente fue muy distinta a la que terminó por tener. Viendo el embrión de aquello, me parece que nadie habría podido prever cómo acabaría siendo.

Y yo menos que nadie, por cierto.

 1
El país de los sueños

 Ahora sería cuando tocaría dármelas de listo y decir que yo inventé la idea de Sandman y el mundo de los sueños mucho antes que Neil Gaiman.

Vale, venga, bajemos de la higuera y seamos serios, por favor.

La culpa inicial fue, en cierta medida, de Gabriel García Márquez. Descubrí su Macondo cuando era adolescente y me dije que yo quería hacer algo igual. No, no una historia desmesurada ambientada en el Caribe, no el culebrón decimonónico definitivo, que es lo que a la postre hizo Gabo. Pero sí tener un lugar propio, un sitio donde ambientar todas mis historias, donde pudiera dar rienda suelta a mis obsesiones, vengarme de quienes me caían mal, poseer a las mujeres que me esquivaban y quién sabe si salvar al mundo de paso.

Una fantasía masturbatoria, vamos.

¿Acaso no lo son todas?

Así que iba a crear «mi Macondo». Iba a ser un lugar extraño, a medio camino entre el sueño y la vigilia, un sitio donde todo podía ocurrir. ¿Cómo llamarlo?, me dije. Bueno, teníamos la evidente raíz inglesa «Dream». Y había una canción en aquella época que se llamaba Dreamer, de un grupo conocido como Supertramp.

Así nació Drímar. Básicamente usé «dreamer» (soñador) y adapté su grafía a como sonaba, más o menos, en castellano.

Bueno, vale, ya tienes el lugar en el que contar tus historias. Ahora sólo necesitas historias que contar.

No fue fácil.

Por aquel entonces yo estaba embarcado en un ambicioso proyecto de fantasía heroica. Recuerdo que se llamaba El hombre y la diosa e iba a ser la rehostia, la megaleche, la novela definitiva que dejaría superado a Tolkien y su Señor de los Anillos.

No, en serio. Tenía los mapas. Diseñé varios idiomas y alfabetos. Creé nuevas razas. Hasta compuse mi propio Silmarillion contando historias del pasado de la Vieja Tierra, que fue como —en un arranque de impresionante originalidad— llamé a aquel universo ficticio.

Y tenía una historia.

Me pasé unos tres o cuatro años con ella. Cuando decidí dejarlo, allá por los diecinueve, tenía aproximadamente unas trescientas cincuenta páginas manuscritas en A4, la mitad corregido y pasado a máquina, varios apéndices en distinto estado de desarrollo y una idea muy clara de lo que iba a pasar a continuación.

Había escrito poco menos de un tercio de lo que quería contar.

Y estaba harto.

Hasta las narices, en serio. Ya no podía más.

Aparte de que, para entonces lo tenía muy claro, aquello no iba a ser el último clavo en el ataúd de Tolkien, no iba a ser la gran novela de fantasía que lo iba a enterrar para siempre en el olvido. Como mucho, si algún día conseguía acabarlo y publicarlo —y cada vez tenía más dudas al respecto— sería una más de las múltiples imitaciones voluntariosas de la Tierra Media que, por aquel entonces, estaban empezando a poblar el mundo editorial.

Así que lo dejé. Tiré la toalla.

(Si me permitís una digresión: nunca creí que perdiese el tiempo con ello. Esas trescientas cincuenta páginas y todo el trabajo que hubo a su alrededor me enseñaron mucho, aunque entonces yo no fui consciente de ello.)

Bueno, tiré la toalla, decía. Y vosotros diréis: ¿y qué tiene que ver todo esto con Drímar?

Un poco, en realidad.

Cuando estaba con El hombre y la diosa, de pronto llegué a un momento donde mi protagonista se acercaba a un pequeño pueblo costero llamado Drímar y paseaba por sus calles de noche. Allí mantenía una curiosa conversación con su creador, con el tipo que estaba escribiendo la novela de la que él era un personaje.

Original de narices, ¿eh? Bueno, era joven, acababa de leer Niebla de Unamuno y el pasaje donde el personaje central de la «nivola» iba a ver a su autor para pedirle que, por favor, no le «suicidase» me había marcado bastante.

Por aquel entonces, alternando con El hombre y la diosa, había empezado a escribir una cosa a la que llamé Cuatro noches en Drímar (ya volveremos sobre ello) y, por algún extraño motivo me pareció que sería buena idea hacer que, de algún modo, ambas obras estuvieran conectadas. De ahí esa excrecencia que le salió a El hombre y la diosa en la que su principal personaje hablaba con su autor en medio de una ciudad onírica.

Para entonces tenía claro que Drímar iba a ser una mezcla de Candás (mi pueblo de nacimiento) y Gijón (mi lugar de residencia desde hacía ocho años). Iba a ser un escenario en el que la realidad, lo onírico, los miedos y las fantasías, lo que pudo haber sido y lo que fue de verdad iban a convivir sin solución de continuidad. Iba a ser, pensaba con mis dieciocho años a cuestas, mi gran monumento a la nostalgia.

Así que, como he dicho, dejé El hombre y la diosa y dediqué todos mis esfuerzos a mi recién encontrado universo referencial.

El resultado fueron esas Cuatro noches en Drímar que mencionaba antes y donde narraba (y, de paso fantaseaba con ello, con todo lo que no había pasado pero pudo haberlo hecho) el periodo que iba de mis quince años a los dieciocho.

Eran cuatro capítulos. Cada uno abarcaba un año de mi vida (la real y la fantaseada), ocupaba unas cincuenta páginas y era una sola frase en la que, sin solución de continuidad, convivían distintos momentos temporales, diferentes puntos de vista narrativos y la secuencia de los acontecimientos era un carrusel un tanto enloquecido.

Si alguien piensa que hacía poco que había leído El otoño del patriarca de García Márquez, no va muy desencaminado, en efecto.

El resultado fue, digámoslo claro, pura basura autocomplaciente. No en sus intenciones, quizá, pero me temo que sí en sus resultados. No tenía ni la experiencia vital suficiente ni la madurez literaria necesaria para que hubiera sido otra cosa.

Pese a todo, intenté continuarlo, convencido de que aún podía sacar algo bueno de todo aquello. Escribí un relato llamado «Quinta noche en Drímar» donde, un año más tarde, a los diecinueve, intentaba de nuevo codificar literariamente algunos acontecimientos de mi vida. De nuevo el resultado fue… el esperable. Creo que llegué a empezar una «sexta noche», pero sospecho que no llegué a terminarla; y, de hacerlo, fue la última, eso seguro.

Mi intento de crear mi Macondo particular, mi territorio literario personal, no parecía estar yendo muy bien.

Drímar había nacido, se había desarrollado durante dos o tres años y había muerto.

O eso pensaba yo.

2
Bienvenidos al fin del mundo

 Un día, me puse a escribir algo que podríamos definir como un western postapocalíptico: una sociedad en ruinas, un pistolero de mirada fría, un pasado en el que prefería no pensar que le salía al paso, un tiroteo…

Se llamó «Después del pasado», aún hoy no sé muy bien por qué, más allá del hecho de que me gustaba cómo sonaba y las implicaciones que la frase parecía despertar.

Y, por algún motivo que hoy ya no recuerdo, decidí que aquello también se ambientaría en Drímar, pero ya no en el pasado, sino en el futuro. En un futuro donde la sociedad, tal como la conocíamos, había desaparecido, y la pura supervivencia era el único factor relevante. Un escenario fronterizo. También, un escenario de ciencia ficción.

Que, al fin y al cabo, era lo que llevaba escribiendo desde los doce años. Así que, después de haberla abandonado, primero por la fantasía de corte tolkieniano y luego por un patético intento de hacer realismo mágico, volvía a mis raíces. De vuelta en casa, ¿qué hay para cenar?

Pues, como casi siempre, lo que había era un batiburrillo extraño que tenía mucho de western, de relato fronterizo; y era también ciencia ficción en su variante postapocalíptica; y no dejaba de ser una rememoración de un pasado que era como un fantasma molesto que no terminaba de irse jamás. Era, en realidad, una extraña macedonia en la que intentaba meter todo lo que me gustaba y me apetecía contar. Y trataba de hacerlo a la vez y sin preocuparme demasiado por cómo iban a encajar todas las piezas.

Y, de algún modo u otro, lo hacían. Encajaban. Mejor en algunos casos que en otros, pero la mezcla funcionaba.

Y siguió haciéndolo a medida que le fui añadiendo más ingredientes.

Me gustó el personaje que había creado para aquel relato y me pareció que podía dar juego para más historias.

Así fue naciendo la segunda etapa de Drímar, compuesta de, al menos, una media docena de cuentos de longitud variable que se desarrollaban en lo que no tardé en llamar el Interregno: la etapa que iba desde la caída de la civilización tal como la conocíamos (que, en un arranque de humor, decidí situar en 1992, ese año destinado, decían, a ser la cumbre de España a nivel internacional, con las Olimpiadas y la Expo) hasta su reconstrucción, varios cientos de años más tarde.

Había cuentos que hablaban de esos primeros días de caos y destrucción. Cuentos que se situaban poco antes de la caída. Cuentos que tenían lugar algunos cientos de años después, cuando el emplazamiento que el Solitario (el personaje central de aquel primer «western fronterizo postapocalíptico») había establecido en Drímar dominaba casi toda la península ibérica. Cuentos en los que el Solitario, su colaborador más cercano, Robert Álbrez, o alguno de sus descendientes eran los protagonistas. Cuentos en los que no aparecía ninguno de estos personajes y sólo tocaban tangencialmente la historia general.

En fin, un poco de todo. Siempre mezclando, sin ser muy consciente de estar haciéndolo, distintos géneros.

Un día me puse con una novela. Era la historia del Solitario, aunque en realidad, no lo era. Estaba narrada en primera persona por Robert Álbrez, su más cercano colaborador y era más una rememoración de su propia historia (en la que, por supuesto el Solitario era una figura relevante) que otra cosa. La titulé Después del pasado, reutilizando así el título del primer cuento corto que había escrito con El Solitario como protagonista. Curiosamente, aquélla fue la última narración que escribí en la que aparecían El Solitario o Robert Álbrez; así que, sin pretenderlo, acabé usando el mismo título para la primera historia del Interregno y para la última.

De hecho, parecía haber encontrado la culminación natural de Drímar: unos cuantos relatos cortos y, por fin, una novela que funcionase como cima del ciclo, en cierto modo.

Aún conservo una copia impresa de ella. Es la novela de un veinteañero lleno de nostalgia y rencor por una adolescencia en la que no lo había pasado demasiado bien en algunos aspectos y en la que le fue cojonudamente en otros. Estaba narrada por un Robert anciano, al borde de la muerte (eso, a mis veintipico venía a significar que el personaje tenía poco más de sesenta, ja) que rememoraba no sólo el momento de la caída y la lucha posterior por la supervivencia, sino también los tiempos anteriores a ésta.

No era gran cosa. Tenía algún momento interesante y podríamos decir que era un embrión del que, a base de mucho trabajo y bastante más experiencia vital de la que yo tenía, se podría haber sacado una buena novela.

Pese a todo, a alguien le gustó. Juan José Parera que a veces publicaba novelas de mediana extensión en su fanzine Maser, decidió que Después del pasado era mecedora de ese honor. De hecho, empezó a maquetarla con vistas a su publicación en el, creo recordar, número quince del fanzine.

Un número que nunca vio la luz. Juan José decidió dar Maser por finiquitado justo en el 14 y mi novela quedó allí, perdida en el limbo. Me envió una copia impresa de esa maquetación que había preparado: yo encuaderné esa copia y gracias a eso aún conservo la novela. De otro modo se habría perdido en las brumas del tiempo cuando, un par de años más tarde, cambié mi Amstrad CPC 6128 por un IBM PS/2.

3
Investigaciones privadas

Debió ser a los veinte o veintiuno. Pongamos, por poner una fecha, 1985.

Empecé a escribir una novelita corta de ciencia ficción policiaca titulada «En la abadía». Su protagonista se llamaba Roy Córdal y vivía una intriga libresca (con varios asesinatos) en el asteroide donde la orden de los Soyatus tenía su casa mater. Una intriga que, todo hay que decirlo, recordaba bastante la de El nombre de la rosa: todo giraba alrededor de un libro prohibido cuya existencia no estaba del todo clara. Sólo que, en lugar de ser esa supuesta segunda parte de la Poética de Aristóteles, aquí se trataba ni más ni menos que del infame Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred.

Decidí desarrollarla en un momento posterior de la historia de Drímar, cuando gracias a la labor del Solitario y sus sucesores, el mundo se ha recuperado del caos, la sociedad se ha reconstruido y se ha vuelto a un nivel tecnológico similar al del siglo XX… más o menos. Hay partes del mundo que aún siguen envueltas en la barbarie y el nivel alcanzado por las que han recuperado la civilización sobrepasa en algunos aspectos al del siglo pasado mientras en otros no ha llegado del todo a su altura. Eso me permitía hacer historias ambientadas en una especie de «presente alternativo» diseñado a mi gusto y sin tener que preocuparme por asuntos molestos como documentarme y demás zarandajas.

Cuando terminé, aunque la historia no era gran cosa, decidí que me gustaba el personaje central y alguno de los secundarios (especialmente el padre Álbrez y el General de la Orden Ors Veles) y que iba a continuar la historia en una nueva novela corta. Y otra más. De forma que, al juntar las tres obtuviéramos una novela completa.

Lo escribí y se llamó Tres huellas del Poeta Loco y, evidentemente, la trama giraba alrededor del Necronomicon y de una secta que quería usar el libro para desencadenar el infierno sobre el mundo.

¿A alguien le suena eso? ¿Alguien que, quizá, ha leído Las huellas del poeta, mi segunda novela holmesiana? Muy bien, un paso al frente, el primero de la clase.

Tres huellas del poeta loco nunca se publicó, lo que no es raro: la trama no era gran cosa, la «inspiración» en la novela de Umberto Eco resultaba demasiado evidente y el tono en primera persona a lo novela negra chandleriana no estaba demasiado bien conseguido. Sin embargo, la novela no murió: parte de su trama y trasfondo acabó pasando, veinte años después, a mi segunda novela sobre Sherlock Holmes.

Es una lección que no tardé en aprender. Nada de lo que escribes es inútil, aunque no consigas publicarlo. Nada desaparece por completo. Y nada queda sin consecuencia.

Escribí una segunda novela de Roy Córdal. Era menos ciencia ficción e intentaba ser más novela negra pura y dura. Fue otro fracaso: el resultado dejó bastante que desear.

Sin embargo, seguía empeñado en usar el personaje. Me gustaba y me gustaba también su voz, a medida que fui aprendiendo a conocerla. Así que acabé escribiendo un cuento que era un homenaje a los robots asimovianos en el que Córdal resultaba ser una figura central.

Y algo más, una novelita corta llamada «Bailando en la oscuridad» donde, por fin, conseguía hacerme con el personaje y su entorno tal como había intentado en las anteriores novelas y no había sabido.

Así que por fin, sí, ya lo tenía. Córdal sería mi nuevo personaje fetiche…

O no.

Porque «Bailando en la oscuridad» fue su canto de cisne, de hecho fue escrita algunos años después del resto del material de Córdal. Su rostro sonriente, un poco cínico, no volvió a asomar por lo que escribía. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que, simplemente, cumplió su ciclo vital y no tuvo más que contarme. Ésas cosas pasan.

4
La frontera final

 Empecé a escribir un relato corto: un hombre recorría una carretera sin final en un planeta absurdo y sin propósito. Faltaba poco para que los ochenta llegasen a su fin y, con ellos, Drímar dio un nuevo giro.

En las historias de Córdal, la Tierra se había recuperado del colapso y, poco a poco, el hombre exploraba el sistema solar. De hecho, había escrito una novela corta titulada «Un agujero por donde se cuela la lluvia» (fruto, por un lado, de una indigestión masiva de «novela experimental» y, por el otro, de mi pasión por los Beatles) que se desarrollaba poco después de la época de Córdal, en un momento en que había varias estaciones espaciales alrededor de la Tierra y se estaba intentando construir la primera nave que, a velocidades relativistas, iría a Alfa Centauro, nuestro sistema solar vecino.

En «La Carretera», que es como se llamaba el relato que mencionaba antes, había pasado un tiempo desde entonces: el hombre se desparramaba alegremente por la Galaxia, se había descubierto un método de propulsión que permitía superar la barrera de la luz y la Vía Láctea estaba plagada de exploradores a sueldo de las Compañías de Prospección en busca de nuevos lugares que explotar. Uno de ellos era el narrador del relato y trabajaba, cómo no, para la Compañía de Prospecciones Álbrez, a cuyo servicio recorría el extraño planeta Bluyeiuei.

Ese relato marcó, en cierto modo, el nacimiento de la etapa definitiva de Drímar, de su formulación final.

Meses después estaba escribiendo «El alfabeto del carpintero», que compartía ciertos elementos temáticos con «La Carretera» y que expandía el escenario un poco más allá. Por primera vez se mencionaba a los Sáver, una potencia rival de la Confederación de Drímar.

Así, poco a poco, la cosa fue creciendo, ampliándose. Y, a principios de los noventa estaba escribiendo una novela llamada Jormungand que iba a ser la culminación definitiva del ciclo de Drímar.

En realidad no fue exactamente así. Tardé bastante en terminar aquella novela y mucho más en publicarla. Y, entretanto, nuevas historias fueron surgiendo: novelas cortas como «Los celos de Dios», o novelas como La sonrisa del gato.

Fue precisamente ésta la primera novela que conseguí publicar. No fue el primer atisbo que tuvieron los lectores de Drímar, ya que relatos como «El robot» o «La Carretera» habían ido apareciendo en los fanzines de la época. Pero sí fue la primera obra de una cierta extensión en ese escenario que los lectores españoles pudieron leer.

Al año siguiente apareció Jormungand bajo el título de Tierra de Nadie: Jormungand. Y un poco después aparecieron por fin «El alfabeto del carpintero» y «Los celos de Dios». Y también una novelita y un cuento de índole fantástica que se ambientaban, más o menos, en la época de Roy Córdal que fueron publicados bajo el título de Las brujas y el sobrino del cazador.

Y algo más. Un relato titulado «Mensajero de Dios» y una novela corta llamada «Un jinete solitario» que, en cierto modo, volvían sobre La sonrisa del gato. En un caso, para contar qué había pasado después; en el otro, para explorar el pasado de uno de sus personajes secundarios, Vaquero.

De hecho, durante mucho tiempo, «Un jinete solitario» fue mi trabajo favorito de ciencia ficción, aquél con el que me sentía más identificado y que veía más personal. No es extraño: había codificado parte de mi experiencia vital en sus páginas y, en cierta forma, aquella novela corta era un modo de exorcizar los fantasmas de mi pasado. Durante bastante tiempo, como he dicho, fue mi favorita, seguramente hasta que escribí El sueño del Rey Rojo (que no forma parte de Drímar), en la que de nuevo usaba un ambiente ciberpunk para codificar y conjurar mis demonios personales. Cosas de ser informático, supongo.

 5
El crepúsculo de los dioses

 Jormungand terminaba de un modo bastante abierto. De hecho, cuando alguien me preguntaba, siempre decía que sí, que habría una continuación y que se llamaría Ragnarok.

No mentía cuando decía eso. Tenía la intención de escribir esa novela y hasta lo intenté. Pero después de varios comienzos en falso, comprendí que no podía, que algo me fallaba y que era incapaz de contar la historia.

Sabía lo que ocurría en ella, por supuesto, pero de algún modo no lograba contarlo.

Creo que, en cierto modo, había llegado a un punto definitivo en La sonrisa del gato. No porque la historia quedase tan cerrada que negara posibilidades de continuación. Mis historias nunca quedan cerradas del todo y, por otra parte, de haber sido éste el caso no podría haberle arrancado un par de spin offs a la novela.

Pero en cierto modo, llevaba la historia, el trasfondo tan cerca del momento definitivo que lo último que me apetecía era volver atrás unos cuantos cientos de años (la diferencia temporal entre Jormungand y La sonrisa del gato era considerable) y contar algo que, para mí, ya era historia antigua y que tenía interés como parte del trasfondo, pero no como algo que narrar.

Quería ir más adelante, no hacia atrás.

Sin embargo, allá por 1997 me puse con «Este relámpago, esta locura», una novela corta en la que jugaba con varias de mis ideas favoritas: religión, superhombres, responsabilidad, la realidad y la ficción. La situé (aún no sé muy bien por qué) entre Jormungand y La sonrisa del gato.

Y poco después empecé a escribir algo que ya no era Ragnarok, sino más bien Bifrost, jugando con la idea del puente (puente narrativo, en cierto modo, pero también puente entre diferentes especies). Iba a desarrollarse en la Tierra y los protagonistas serían los remotos descendientes de algunos de los personajes de Jormungand.

De este modo, el destino final del planeta Tierra de Nadie se vio entre bastidores. Los personajes tenían leyendas e historias acerca de ello, pero era algo que nunca se llegaba a contemplar en primer plano.

Sin embargo, aquel primer Bifrost no llegó a buen puerto. Y no lo hizo hasta que, unos años más tarde, mi amigo Antonio Rivas (Gorinkai) me sugirió que preparase un libro que incluyera La sonrisa del gato, «Los celos de Dios» y «Un jinete solitario».

No era una mala idea. Pero sabía que, si quería vendérsela a un editor, no bastaba con incluir dos novelas cortas y una de extensión media: el viejo mantra de que los relatos vendían peor que las novelas aún llenaba de terror a los editores españoles del género. Así que me decidí por el modelo del fix-up: crear una historia-puente (con lo que, de nuevo, el título de Bifrost me venía al pelo) que en cierto modo englobase las otras tres narraciones y le diera al conjunto la textura de una novela.

Así lo hice.

El resultado, una novela corta con sentido por sí misma, era también adecuado para presentar, dentro de ella, las otras historias. Y, además, llevaba el escenario de Drímar al lugar al que se apuntaba o se entreveía en La sonrisa del gato.

Y tras eso… ¿qué quedaba?

Bueno, una vez más había terminado el relato con un final abierto. ¿Había posibilidades de continuación? Las había.

¿Me motivaban?

No lo suficiente.

Así, Drímar terminaba de esa manera, con nuestros remotos descendientes acercándose al Cielo para arrebatárselo a Dios… o algo parecido. Con una guerra en ciernes cuyo resultado era, como poco, incierto.

Pero, bueno, ya lo dijo Jormungand en su día: la incertidumbre es la sal de la vida, ¿no?

Aunque…

Bueno, nunca tuve muy claro, al menos en todos sus detalles, qué ocurría en la Galaxia tras el enfrentamiento con Dios. Pero sí que sabía un par de cosas, sí que había dos o tres elementos narrativos que tenía claro que iban a jugar su papel en ese proceso y después.

¿Qué elementos? Bueno, ahí está «Cielo tomado, una coda», que es poco más que un apunte de por dónde podría ir el futuro. Nació como prólogo de una nueva novela que nunca llegué a escribir, pero ha terminado como culminación (y posible anticipación de lo que podría suceder) de un ciclo narrativo que, para mí, empezó hace más de treinta y un años.

 6
Y al final…

 Drímar es, posiblemente, el escenario al que más tiempo le he dedicado como escritor. Su primera aparición, casi anecdótica, en aquella novela de fantasía, fue allá por 1981 (o quizá 1982) y la última aportación al universo, «Cielo tomado» fue escrita en 2007. Veintiséis años, por tanto. Veintiséis años durante los cuales, partiendo de un entorno intimista y onírico, acabó convirtiéndose en un ciclo narrativo que abarcaba varios miles de años y buena parte del espacio conocido.

Una porción considerable del material que escribí ambientado en Drímar se quedó por el camino. Parte de él, antes de morir, dejó semillas que acabaron germinando. Otra parte (como el término «sáver» o la idea de la separación de la Galaxia en dos bandos, la Dispersión y la tercera facción que se aprovecha de ella para hacerse con el poder) procede de historias inacabadas que escribí en mi adolescencia y que ni siquiera se ambientaban en Drímar porque no había Drímar alguna por aquel entonces. Fue un proceso largo, a veces complicado y casi siempre gratificante, de aprendizaje. Con Drímar perdí los «dientes de leche» como escritor y desarrollé y di forma definitiva a mis obsesiones, mis manías y mis hábitos a la hora de encarar la narrativa.

¿Siento como mío todo ese material? Sí y no. En cierto modo no lo escribí yo, sino un Rodolfo de otro universo que se parece mucho a mí, pero al mismo tiempo se diferencia en unas cuantas cosas. Releer todos estos relatos y novelas es, hasta cierto punto, meterse en una máquina del tiempo.

No, no soy yo, pero lo fui. Estos relatos, novelas cortas y novelas son parte del proceso que, para bien o para mal, me hizo ser lo que soy ahora. No me siento identificado del todo con algunas partes, pero considero mi obligación aceptarlas igualmente: se lo debo a mi yo anterior, a todos mis yoes anteriores, en realidad.

Drímar, el ciclo completo

Drímar, el ciclo completo

Drímar, el ciclo completo

No sé, realmente, si es una aspiración común a todos los autores o si se trata de algo que sólo nos afecta a quienes escribimos literatura de género y usamos recurrentemente el mismo escenario o si, quién sabe, es algo que sólo me pasa a mí.

Pero lo cierto es que, ya desde que empecé a escribir las primeras historias ambientadas en Drímar allá por los lejanos años ochenta del pasado siglo, la idea de poder reunir algún día el ciclo completo correctamente ordenado se posó en mi mente y ya no me abandonó jamás. La peripecia editorial de Drímar fue, supongo que como la de muchos otros ciclos narrativos, más bien accidentada: relatos dispersos por esta revista o aquel fanzine, novelas publicadas en distintas editoriales… No fue hasta la creación de mi propia editorial, Sportula, que ese viejo sueño empezó a tener atisbos de cumplirse. Así nació la idea de publicar toda la saga en cuatro volúmenes en papel. El tercero, que incluye la novela Jormungand, apareció el año pasado y el último, titulado Bifrost, lo hará este año, si nadie lo remedia.

Debería haberme sentido satisfecho con eso pero en realidad no lo estoy. La necesidad de partir el ciclo en varios volúmenes para su publicación en papel hizo que la ordenación de las distintas historias no fuera estrictamente cronológica. Me decanté en ese momento por una ordenación más bien temática. De ese modo, el primer volumen, El carpintero y la lluvia, recogía dos novelas cortas y un relato que guardaban cierta relación entre sí, por más que atendiendo a un criterio estrictamente cronológico no fueran contiguas. Del mismo modo, Bifrost contendrá (además de la novela corta que le da título al volumen y que funciona también como el pegamento narrativo que aporta unidad al libro) varios relatos (una novela, dos novelas cortas y un cuento) relacionados temática y argumentalmente, aunque de nuevo no siguen una estricta ordenación cronológica.

Así que, aunque esta edición del ciclo de Drímar en cuatro volúmenes me parece la mejor posible en papel teniendo en cuenta mis posibilidades, no termina de dejarme del todo satisfecho.

Siempre hay una solución para todo, dicen. Y ésta no es otra que el ebook recientemente publicado por Sportula y cuyo título no puede ser más explícito: Drímar, el ciclo completo.

Ahí, por fin, he podido hacer lo que deseaba. No sólo incluir todas las historias atendiendo a la cronología interna de la serie, sino incoporar una serie de «extras» que me parecían necesarios. Así, como si de un DVD se tratase, he podido incluir «secuencias eliminadas», comentarios personales a todo el ciclo, glosarios, cronologías, mapas. La tecnología digital me ha permitido agrupar eso en un solo volumen, concebido y diseñado para que sea un experiencia la más satisfactoria posible para el lector interesado en acercarse a Drímar.

¿Estoy del todo satisfecho? Casi. Soy, me temo, un fetichista del papel. No tengo nada contra los ebooks, ni como lector ni como escritor ni como editor, pero mi corazón sigue anclado a los libros en papel. Un fetichismo, como digo. Un atavismo, quizá. Seguramente. Sin embargo, no renuncio a la idea de hacer un día la versión en papel de Drímar, el ciclo completo, Un único tomo de más de mil trescientas páginas, quizá una edición superlimitada para aquellos pocos interesados en un «tocho» semejante.

¿Lo haré? Quién sabe. No me sorprendería demasiado. Entretanto, ahí tenéis el ebook de Drímar, el ciclo completo. Leedlo y, eso espero, disfrutadlo.

Jormungand. La serpiente del mundo

Jormungand

Jormungand

Era 1991. Estaba escribiendo una novela. Había escrito otras (unas cuantas, de hecho), pero todas habían terminado en un cajón y ni siquiera me había arriesgado a enviarlas a ningún editor para ver si las podía publicar. No me parecía que ninguna de ellas estuviera a la altura.

Presentía que ahora sería distinto.

La novela iba a ser una epopeya planetaria. Y, en cierto modo, lo fue. Iba a ser, también, mi primera novela con protagonista femenino. Y lo acabó siendo… más o menos. Iba a ser la novela definitiva de la ciencia ficción española, el libro con el que iba a demostrar a propios y extraños que estaba allí para quedarme. Bueno, no fue lo primero ni de lejos, no hace falta que lo diga; en cuanto a lo segundo, se le adelantó por un año otra novela llamada La sonrisa del gato.

Todo empezó con la historia de una mujer cuya nave espacial quedaba varada en el planeta Okeechobee; un lugar atrasado, ferozmente tribalizado y muy aislado del resto de la Galaxia. Mi protagonista femenina, mientras buscaba desesperadamente los medios para salir de allí y volver a su planeta, iría recorriendo Okeechobee, conociendo a las distintas tribus y, poco a poco, dejándose ganar por aquella extraña forma de vida. En cierto momento descubriría que todo el ecuador del planeta estaba circundado por un enorme cañón (una especie de Valle Marineris a lo bestia) por el que circulaba un inacabable río de viento.

Ése fue, de hecho, el primer título que tuvo la novela, antes de acabar llamándose Jormungand. Un Jormungand que no era aún, ni de lejos, lo que acabó siendo. Aquellos que ya la hayáis leído en su día notaréis que la sinopsis que acabo de detallar se aparta en unos cuantos detalles de la historia finalmente publicada.

Y es que aquel primer Río de Viento murió sin llegar a puerto. En cierto momento la historia se desinfló, perdió fuerza y garra y no fue capaz de llegar a ninguna parte. O, dicho de un modo más sencillo, dejó de interesarme, no me apetecía seguir contándola.

Por allí se quedó, en mi viejo disco duro de 20 Megas (eran los gloriosos tiempos del MS-DOS, en los que 20 Megas de disco duro daban para todo y aún sobraba espacio) mientras me dedicaba a otras cosas que… sí, lo habéis adivinado, tampoco llegaron a buen puerto. Un día, me descubrí pensando de nuevo en el Río de Viento: el planeta seguía interesándome, tanto la idea de que estuviera poblado por tribus de aspecto primitivo como el cañón ecuatorial. Pero estaba claro que necesitaba otra historia, porque la había intentado contar no parecía lo bastante buena.

Así, poco a poco, fue naciendo Jormungand. Enseguida tuve claro que el planeta anteriormente conocido como Okeechobee (y ahora rebautizado como Tierra de Nadie) era un planeta prisión que había permanecido totalmente aislado del resto de la galaxia durante casi mil años. Y no tardé en decidir que, una vez terminado ese aislamiento, el gobierno de Drímar enviaría una expedición diplomática (y algo más) para restablecer el contacto. Página a página fui creando el pasado de Tierra de Nadie, la historia de los Jefes, la de las ratas inteligentes y, por supuesto, la de Iskenderum. También, página a página los miembros de la expedición fueron adquiriendo rostro y se fueron relacionando unos con otros: Katia (quizá el único personaje que sobrevivió, aunque no sin cambios, de aquel primer Río de Viento), Isak, Marcia, Pfernan y Cástor… y los multis, los alienígenas multiformes que convivían con la humanidad y que habían venido de la Nube de Magallanes.  Y, cómo no, los habitantes actuales del planeta: Viento de Estrellas, Piloto, el Buhonero… Y Bailarín Lujurioso, no olvidemos a Bailarín Lujurioso, el delfín telépata que, lo reconozco, acabó en la novela por influencia de la obra de Aguilera y Redal. Tal cual.

Los multis fueron mi primer intento logrado (y, en realidad, casi el único) de crear una especie extraterreste inteligente. Katia fue, seguramente, mi primer personaje femenino con una cierta profundidad. En cuanto al resto, en mayor o menor grado, creo que me las apañé para hacerlos creíbles y proporcionarles unas motivaciones plausibles y una forma de pensar coherente con sus personalidades.

La trama avanzaba en dos frentes, narrando el presente de la acción y el pasado del planeta en capítulos alternos. Cada capítulo iba encabezado por una falsa cita de un falso libro llamado Curiosidades de la ciencia obra de un no menos falso Isaac R. Martinson. Aún hoy no recuerdo por qué, pero en cierto momento decidí que aquella estructura no era la adecuada, que el ritmo narrativo no funcionaba si contaba la historia de esa manera.

Así que eliminé las citas de Martinson. Sobrevivieron un par de ellas, que me pareció que venían a cuento y aportaban información relevante, pero ahora dentro del cuerpo de la historia.

Y decidí que, en lugar de alternar simplemente un capítulo con otro, los iría presentando por bloques. Así, la novela acaba arrancando con los dos capítulos dedicados a Iskenderum, de los que se pasa a otros dos capítulos donde se narra cómo se forma la expedición a Tierra de Nadie, quién la compone y cómo llegan al planeta. En dos nuevos capítulos asistimos a la historia de los  Jefes de las Tribus de Tierra de Nadie y luego, en tres más, vemos lo que hacen los miembros de la expedición en su exploración del planeta. Un nuevo capítulo narra la historia de Explorador para, finalmente, llegar en los dos capítulos finales a la conclusión de la historia y la aparición del personaje que le da título a la novela… y que ha estado narrándola.

Tardé algo más de año y medio en escribirla, cosa que para mí es insólita. Claro que hay que contar el paréntesis de nueve meses de la Mili, durante el cual apenas escribí nada. Y es, quizá, la novela a la que, una vez terminada la primera versión, más vueltas le ha dado, especialmente en lo que se refiere a su estructura narrativa y su montaje cronológico.

Iba a ser, estaba convencido, mi primera novela publicada, después de haber tirado a la papelera casi una docena de ellas en los últimos quince años. Tenía claro adónde enviarla: Ediciones B, cuya colección Nova, dirigida por Miquel Barceló, había empezado a publicar españoles… no muchos, todo hay que decirlo. Sólo un libro al año, de hecho, pero era claramente el sitio al que aspirar.

Miquel recibió la novela a finales de 1993: aprovechando que había quedado finalista del Premio UPC, fui a Barcelona a la ceremonia de entrega y le di entonces el manuscrito. Y sus primeras impresiones eran buenas. Así que confiaba en que, tal vez en 1995, Jormungand aparecería en Nova. Era una espera larga, pero estaba seguro de que iba a merecer la pena.

Y sí, es cierto que publiqué mi primera novela en 1995. Pero no fue Jormungand, sino La sonrisa del gato. Y no fue con Ediciones B, sino con Miraguano.

¿Qué pasó?

Una vez la novela estuvo en manos de Miquel podríamos decir que me olvidé de ella. No del todo, pero digamos que tenía claro que había hecho todo lo que podía y que ahora se trataba, simplemente, de esperar. Así que me dediqué a otras cosas. Algún relato corto… y una nueva novela de ciencia ficción que tuve terminada para finales de 1994. No podía enviársela a Miquel, evidentemente, no hasta que no decidiera qué hacer con Jormungand. Así que la envié a la otra editorial que publicaba autores españoles: Miraguano.

Respondieron enseguida y positivamente. Firmamos el contrato, la maquinaria editorial se puso en marcha la novela estuvo lista para ser presentada en Cádiz, durante la HispaCon en otoño de 1995.

Mientras tanto, Jormungand

Tierra de Nadie: Jormungand

Tierra de Nadie: Jormungand, en su primera edición en Nova

Acabó siendo publicada y, en efecto, lo fue en Nova, pero en 1996. ¿Por qué ese año y no el anterior? Hubo varios motivos y sospecho que uno de ellos tuvo mucho que ver con las dudas de Miquel sobre publicar una novela de un autor que, hasta aquel momento, era conocido sólo por los fans más recalcitrantes y cuya obra se limitaba a algo más de una veintena de relatos en distintos fanzines de escasa circulación. Así que supongo que la publicación de La sonrisa del gato por parte de Miraguano fue el empujón final que Miquel necesitaba. O quizá no, y simplemente fue una cuestión de logística: al fin y al cabo,  Miquel sólo tenía espacio para un libro español al año en su colección.

Se publicó, decía, pero no simplemente como Jormungand, sino como Tierra de Nadie: Jormungand. Miquel pensaba que darle como título una palabra extranjera desconocida y de pronunciación incierta desorientaría al lector. Sugirió que la titulase Tierra de Nadie, usando el nombre el planeta donde transcurría la acción. Acabamos llegando a un término medio que reflejaba, digamos, las preferencias de cada uno de los dos.

Empecé diciendo que iba a ser la novela definitiva de la ciencia ficción española, el libro con el que iba a demostrar a propios y extraños que estaba allí para quedarme. Está claro que no fue lo primero.  Era, sin duda, mi novela más ambiciosa hasta aquel momento y fue bien acogida por los lectores del género, pero es evidente que distaba mucho de ser la novela definitiva de nada. Y, para cuando se publicó, ya no hacía falta demostrar que estaba allí para quedarme: La sonrisa del gato lo había demostrado un año antes.

Ahora, dieciséis años después de su publicación original, la recupero en formato ebook con Sportula, mi editorial. Releerla y revisarla para esta edición ha sido un proceso lleno de sensaciones agridulces. La novela aún me gusta y aún me funciona y me parece válida. Pero ya no soy el chaval de veintiséis años que la inició ni el tipo de treinta y uno que la vio publicada. Me reconozco aún en muchas de las ideas y en parte del estilo y la forma narrar. En otros momentos me ha resultado difícil contener los deseos de corregirme a mí mismo, de demostrarle a mi yo más joven que las cosas no se hacen como él las hizo, sino como yo las hago ahora. No lo he hecho, no he querido traicionar a esa encarnación más joven (y quizá más hambrienta y ambiciosa) de mí mismo y, más allá de revisiones menores para limar errores o pequeñas incoherencias, he dejado la novela tal cual: es la que empecé a escribir hace más de veinte años, no la que habría escrito ahora, para bien o para mal.

Jormungand fue la primera novela en la que conseguí crear unos personajes creíbles, una trama elaborada y una peripecia compleja. Podríamos decir que, tras el largo proceso de aprendizaje que habían supuesto todas las novelas anteriores (ahora perdidas) Jormungand fue, en cierto modo, el inicio de mi madurez como autor de ciencia ficción, aunque no el final del aprendizaje (éste no sé termina nunca). Por lógica, tendría que haber sido mi primera novela publicada, pero los azares editoriales hicieron que fuera la tercera (La sabiduría de los muertos se publicó el mismo año, unos meses antes). En cualquier caso, ahí la tenéis de nuevo, casi veintiún años después de que empezara a escribirla (hay qué ver cómo pasa el tiempo) e, igual que entonces, ansiosa por encontrar su público. Espero que la disfrutéis.

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