Lo que hay es lo que ves… o no

Lo que hay es lo que ves… o no

Los archivos perdidos de Sherlock Holmes. Las distintas versiones

Hagamos, por qué no, un poco de historia bibliográfica.

Publiqué La sabiduría de los muertos en 1996. Sería reeditada en 2004 por Bibliópolis, en 2008 por Alamut, en 2012 por Sportula y, finalmente y como parte del omnibus que recoge toda mi obra holmesiana, en 2016, de nuevo por Sportula.

La historia de mis otras tres novelas es un poco menos ajetreada. La segunda sería publicada por Bibliópolis en 2005, y reeditada por Sportula en 2013 y 2016. La tercera la publicaría Bibliópolis en 2007 y la reeditaría Sportula en 2014 y 2016. Finalmente, la cuarta apareció en 2008 de la mano de Alamut y fue reeditada en 2015 y 2016 en Sportula.

¿Para qué me molesto en detallar todo eso? Bueno, aparte de mi querencia por las minucias, lo hago como introducción para hablar de las diferencias que hay entre las distintas versiones del texto en las diferentes ediciones. No son muchas; el texto de la versión más reciente es, en su mayor parte, el mismo que el de la primera versión. Pero sí que es cierto que los libros, aparte de las diversas correcciones de pequeños detalles que se hayan podido ir haciendo con el tiempo, han sufrido algunas modificaciones más importantes, ya sea en su estructura, en el desarrollo de ciertos acontecimientos o en la participación en ellos de diversos personajes.

Me gustaría detallar esos cambios, novela a novela. Espero que los encontréis interesantes y que a los fans más completistas y amantes de las minucias, como yo mismo, les aporten algunos datos de interés.

Vamos allá, pues.

1) LA SABIDURÍA DE LOS MUERTOS

Como decía, la primera edición se realizó en 1996 por parte de la Fundación Dolores Medio. Tuvo muy poca difusión, especialmente fuera de Asturias, así que son pocos los lectores que la a han leído o la conocen. Aquellos que lo hicieron y se acercaron después a la versión de Bibliópolis seguro que fueron conscientes de algunos pequeños cambios.

En la versión original de la novela, cuando Holmes se enfrenta al mensaje en runas, Watson no detalla pormenorizadamente su descriframiento: se limita a decir algo así como «Holmes usó la misma técnica que en el caso de los bailarines» para luego darnos el mensaje ya descifrado. Aproveché la reedición de Bibliópolis para mostrar pormenorizadamente cómo el detective va, paso a paso, decidiendo qué runa corresponde a qué letra del alfabeto latino y cómo descifra poco a poco el enigmático mensaje. Como lector, siempre he encontrado fascinantes esos procesos de desciframiento y me pareció adecuado enfrentarme también a uno de ellos como escritor.

En esa versión, por otro lado, no hay el menor rastro de Samuel Mathers o los otros líderes de Amanecer Dorado. Tampoco hay mención alguna a Aleister Crowley. ¿Por qué? Muy sencillo: mis conocimientos de aquella época sobre la sociedad hermética eran pocos y fragmentarios y no supe más detalles de ella hasta años después. Crowley, por otro lado, era por aquel entonces para mí un personaje desconocido. Ocho años después, en 2004, la cosa había cambiado y podía permitirme el lujo de retocar un poco la historia e incorporar a ella esos personajes.

Aparte de esos dos cambios, hubo pequeños retoques en el texto, especialmente varios fragmentos en los que Watson reflexionaba sobre su amigo detective y su amistad con él.

Y, por supuesto, un cambio que en principio fue menor pero que luego afectaría enormemente a la trama de las siguientes novelas: la inclusión del incidente narrado por Rafael Marín en Elemental, querido Chaplin, donde cuenta cómo un malvado oriental le traza dos cicatrices gemelas en el rostro a Wiggins. En La sabiduría de los muertos no pasa de ser una mención rápida del asunto, pero tanto en Las huellas del poeta como en La boca del infierno, veríamos en detalle las consecuencias de aquel incidente.

Por otro lado, la edición original, además de «La sabiduría de los muertos» per se incluía un relato titulado «La aventura del asesino fingido». Cuando se reeditó en Bibliópolis decidimos añadirle otra historia holmesiana que había sido publicada en 1996 en la antología Visiones, «Desde la tierra más allá del bosque». La idea era que la edición de Bibliópolis recogiera toda mi obra holmesiana… por aquel entonces aún no sabíamos que había tres novelas más en el futuro.

La siguiente versión a la de Bibliópolis, la de Alamut, apenas incorpora cambios dignos de mención, solo una somera revisión de erratas en el texto.

Sí que hubo varios cambios en la cuarta versión, la de Sportula.

El primero surgió a raíz de la lectura de Conan Doyle, detective, de Peter Costello. La lectura de ese libro me llevó a cambiar el motivo por el que Arthur Conan Doyle no simpatiza con Holmes en exceso y a veces hasta parece atemorizado ante él. En las versiones anteriores no se detalla por qué se comporta de ese modo, pero tras descubrir que Conan Doyle fue por derecho propio un excelente detective amateur, me pareció buena idea incorporar la idea de unos ciertos celos profesionales por parte del escritor hacia el detective y de una cierta actitud despectiva por parte del detective hacia los logros del escritor en su propio campo.

El segundo fue la decisión de publicar exclusivamente La sabiduría de los muertos tal cual, sin el añadido de los otros dos relatos.

La última versión, la recogida en Los archivos perdidos de Sherlock Holmes, recupera los dos relatos que habían desaparecido de la versión anterior.

2) LAS HUELLAS DEL POETA

No hay diferencias sustanciales entre la primera versión publicada de esta novela y la primera edición en Sportula. Sí que las hay, sin embargo, entre esa y la que el lector puede encontrar en Los archivos perdidos de Sherlock Holmes.

Son principalmente dos.

La primera es que lo que en el libro era la cuarta parte de la novela, ahora se desliga de ella y se ensambla con lo que originalmente era la tercera parte de La boca del infierno para construir una nueva narración, un nuevo «archivo», bajo el título de «El que acecha en la memoria». Fue fácil hacerlo, ya que el narrador en ambos casos era Willian Hudson y bastó una pequeña revisión para que el ensamblaje quedara como un todo coherente.

La otra se refiere al prólogo y epílogo de la novela. Estos fueron fusionados en un único fragmento en Los archivos perdidos de Sherlock Holmes bajo el título de «Archivo final: ¿El que sueña en la eternidad?».

Pero, además, en la versión original, Hudson se encontraba en el Madrid de 1982 con Ramón Serrano Súñer, quien se ofrecía a conseguir que sus memorias sobre Holmes vieran la luz pública. En la versión que puede leerse ahora, con quien se encuentra Hudson es con Shamael Adamson y  es este quien le hace tal propuesta. Tenía sentido: Adamson está presente en mis historias holmesianas casi desde el principio y su importancia y relevancia fue aumentando a medida que evolucionaba la saga. Cuando escribí Las huellas del poeta, no tenía claro cómo encajaba el personaje en la trama, pero cuando acabé El heredero de Nadie no me quedaba duda alguna. Así, hacer que él fuera el destinatario último de los manuscritos holmesianos y, por tanto, encargado de conseguir que se publicaran, tenía todo el sentido del mundo y, en cierto modo, cerraba un círculo.

3) LA BOCA DEL INFIERNO

Como antes, no hay diferencias sustanciales entre las versiones de Bibliópolis y la primera en Sportula y sí que la hay entre esta última y la incorporada a Los archivos perdidos de Sherlock Holmes.

La más relevante es la eliminación del prólogo, el epílogo y los interludios de la primera versión. Aunque no fue una eliminación definitiva (pues aparecerían en los extras del omnibus como «escena eliminada»), sí que me pareció importante apartarlos de la secuencia principal narrativa, no solo porque eran difíciles de encajar cronológicamente sino porque en buena medida todo lo que se decía allí, que tenía sentido y aportaba información relevante en una novela aislada, resultaba redundante en una edición unitaria de la saga completa.

El otro cambio fue la partición, por otro lado evidente, de lo que era una única novela en tres archivos distintos, bajo el nombre de «La boca del infierno», «La batalla interminable» y «El que acecha en la memoria». Al fin y al cabo, la novela original se componía de tres historias en cierto modo independientes aunque relacionadas. Separarlas en tres archivos distintos era casi inevitable. Y, como he apuntado antes, al último de ellos, «El que acecha en la memoria», le incorporé la cuarta parte de «Las huellas del poeta».

4) EL HEREDERO DE NADIE

Y una vez más, apenas hay diferencias entre la edición original de Alamut y la edición unitaria en Sportula, pero hay un par de ellas entre esta y la edición omnibus.

La primera fue la decisión de separar de El heredero de Nadie lo que en origen era la segunda parte de la historia. En realidad, esta parte era una novela completa por sí misma que narraba las andanzas de un joven Holmes en el oeste americano y que se acabó convirtiendo en el primer archivo bajo el nombre de «El aprendiz de detective».

Esta modificación me llevó, lógicamente a convertir el primer interludio y el segundo de El heredero de Nadie en uno solo. En la versión original, George llega a Sussex y se pone a leer el manuscrito que Hudson le ha indicado. A continuación viene ese mismo manuscrito, la historia del salvaje oeste antes mencionada, para finalmente volver al presente narrativo y ver a George terminando la lectura y volviendo a Londres. En la versión actual, no hay interrupción alguna: vemos a George iniciando la lectura, terminándola y volviendo a Londres sin que nada interrumpa esa escena.

* * *

Y eso es todo. Como he dicho, hay pequeños cambios en las distintas versiones: correcciones de erratas o simples revisiones del texto donde juzgué que era mejor decir las cosas de un modo distinto. Son diferencias menores, casi insignificantes.

A todos los efectos, para mí la versión final de mi obra holmesiana es la que el lector puede encontrar en Los archivos perdidos de Sherlock Holmes. Con eso no pretendo hacer desaparecer las versiones anteriores, por supuesto: siempre he pensado que una vez que publicas algo, ya no te pertenece por completo y, por tanto, no tienes derecho a retirarlo del alcance del público. Y, desde luego, si alguien prefiere seguir leyendo las novelas individuales, ya sean todas o solo alguna, adelante.

Pero es en Los archivos perdidos de Sherlock Holmes donde está la versión, a mi entender, definitiva, perfectamente ensamblada y que muestra de la forma más coherente posible la historia de mi Sherlock Holmes.

Los archivos perdidos de Sherlock Holmes, 20 años después

En realidad, siendo exactos, veintitrés años, porque fue en 1993 cuando escribí una novelita holmesiana de poco más de cien páginas titulada La sabiduría de los muertos, que ganaría el Premio Asturias de Novela en 1995 y sería publicada al año siguiente por la Fundación Dolores Medio. Ahí empezó todo.

Claro que, si nos ponemos estrictos, habría que volver la vista atrás, mucho más atrás, a mi primer contacto con el personaje de Arthur Conan Doyle y su mundo. Pero, de momento, dejémoslo en 1996 para así poder usar el redondo número de veinte años. Por aquel entonces tenía treinta y uno y, confesémoslo, no tenía ni pajolera idea de lo que iban a ser las dos siguientes décadas. Hacía cábalas sobre mi futuro, supongo que como todo el mundo, pero también como todo el mundo, nunca acerté en nada de lo que me pasó en los años siguientes, ni en lo bueno ni en lo malo.

O, como dicen que dijo John Lennon: «La vida es aquello que te pasa mientras te empeñas en hacer otros planes».

Veinte años, decía, 1996. Ocho más tarde, La sabiduría de los muertos encontraba nuevo editor en Luis García Prado y su sello Bibliópolis bajo el título de Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. No solo eso, descubrí que me seguía apeteciendo escribir sobre Sherlock Holmes, que aún tenia cosas que contar sobre él. De ahí salieron tres novelas más: Sherlock Holmes y las huellas del poeta, Sherlock Holmes y la boca de infierno y Sherlock Holmes y el heredero de Nadie.

Creo que fue allá por 2008, cuando se publicaba la cuarta y última novela, que le comenté a Luis García Prado, medio en serio medio en broma, que si la cosa iba bien y algún día alguien recogía todo mi material holmesiano en un un solo volumen, en una de esas «ediciones omnibus» tan frecuentes en el mundo anglosajón como escasas en nuestro país, hasta tenía un título.

—¿Cuál? —preguntó Luis.

—El archivo perdido de Sherlock Holmes —respondí yo. Me parecía un buen título que hasta tenía resonancias canónicas, ya que el último libro de relatos holmesianos que publicó Conan Doyle fue, precisamente, El archivo de Sherlock Holmes.

—¿Y por qué «el archivo» —me dijo Luis—. ¿Por qué no, mejor, «los archivos»?

Tenía razón y me di cuenta enseguida. Así que almacené la información en mi mente y allí quedó, dando vueltas mientras los años pasaban, seguía escribiendo y publicando y hasta abría mi propia editorial, Sportula, en la que acabé reeditando yo mismo mis cuatro novelas holmesianas. El círculo se había cerrado, podríamos decir.

¿O no?

La idea del compendio, del omnibus, seguía en mi cabeza y no renunciaba a ella. Decidí probar primero con otra parte de mi obra, con la ciencia ficción que había escrito en los noventa y que se ambientaba toda en el mismo escenario. De hecho, la última novela de ese ciclo, escrita en 2001, llevaba inédita desde entonces. Así que me decidí y publiqué en Sportula Drímar, el ciclo completo. Decidí incluir en él todo lo que había escrito de Drímar, tanto publicado como inédito… o al menos, todo lo que conservaba, ya que algunas cosas se habían perdido con el correr de los años. Fue una edición exclusivamente en ebook que incorporaba abundante material extra sobre Drímar que no se podía encontrar en ningún otro lugar: cuentos primerizos que nunca fueron publicados, reflexiones sobre la evolución del escenario, algún mapa…

El experimento funcionó bien y la reacción del público fue positiva. Pero en cierto modo, había hecho trampa. Era una edición en ebook, lo que implicaba que podía hacer un libro tan largo como quisiera sin correr demasiados riesgos, ya que los costes no iban a aumentar con el número de páginas. ¿Podría hacer lo mismo en papel? ¿Me atrevería?

Mientras le daba vueltas a la idea, llegó 2015 y se cumplieron veinte años desde la publicación de La sonrisa del gato, mi primera novela. Decidí reeditarla, añadiéndole además las historias relacionadas con ella: el cuento «Mensajero de Dios» y la novela corta «Un jinete solitario». No contento con eso, preparé una versión en inglés: Steve Redwood la tradujo a la lengua de Shakespeare y fue publicada como Cat’s Whirld. Para rematar el cumpleaños, John Serrano compuso una banda sonora para la novela.

Pero ahí estaba 2016. Otro aniversario, otros veinte años, ahora desde la publicación original de La sabiduría de los muertos.

¿Qué hacer?

No tuve que pensármelo mucho, en realidad. La idea del omnibus holmesiano nunca me había abandonado. Y, si no lo preparaba para el veinte aniversario de la primera novela, no lo haría nunca. Así que me puse manos a la obra. Por suerte, la tecnología de impresión bajo demanda permite un control de costes y de tiradas que el offset tradicional no, así que podía ajustar bien las cosas para no pillarme los dedos y, pese a todo, sacar adelante ese volumen unitario con todo mi Holmes. Eso, unido al interés que despertó la nueva edición y a que fueron muchos los que quisieron adquirir el libro por adelantado, hizo que los riesgos de editar algo así fueran mucho menores.

El resultado estará en las librerías el 12 de diciembre y ya ha llegado a aquellos que decidieron reservar su ejemplar por adelantado. Más de 1200 páginas en papel que incluyen mis cuatro novelas holmesianas, ahora ordenadas de acuerdo a la cronología interna del personaje, más abundante material extra. Cuando en 2008 comenté el asunto, era un sueño lejano, algo que deseaba que pasase pero en lo que prefería no pensar demasiado en serio.

El sueño se ha cumplido. Los archivos perdidos de Sherlock Holmes es una realidad palpable. Y tan palpable, un buen ladrillo de libro que contiene unos cuantos años de mi vida como escritor. No sé cómo será su carrera comercial, aunque las vibraciones son buenas, pero eso es ahora lo de menos. El libro está ahí, existe, es una realidad y está al alcance de los lectores, sean estos muchos o pocos.

Ahora sí lo puedo decir. El círculo se ha cerrado. Sherlock Holmes, mi Sherlock Holmes, ha llegado definitivamente a casa para quedarse tras un largo y accidentado viaje. Y espero que siga conmigo muchos años.

Y con vosotros.

Parecidos y coherencias

El adepto de la Reina

El adepto de la Reina

Cuando empecé  a escribir El adepto de la Reina, tuve claro que quería mezclar diversos lugares y épocas que, por un motivo u otro, me resultaban narrativamente interesantes: la guerra fría, la Inglaterra Victoriana, la Grecia de las ciudades-estado, la China comunista… Creé, huelga decirlo, un mapa de todos esos territorios y también una cronología del escenario.

Si uno echa un vistazo a ambos, verá que los paralelismos con nuestro mundo (ese que solemos calificar de «real») son evidentes. Algunos piensan que demasiado evidentes, que no me molesté gran cosa, por ejemplo, en separar los acontecimiento de ese mundo ficticio de los del real. Esas mismas personas creen que eso fuerza la verosimilitud: están dispuestos a aceptar cosas como que unos seres microscópicos, adecuadamente manipulados, le den a uno superpoderes, pero no que la historia de un mundo distinto al nuestro discurra, en ocasiones, de un modo demasiado parecido a la que conocemos.

Puede que esas personas tengan razón. Quizá incluso hay una pequeña parte dentro de mí (esa que insiste en que todo debe ser coherente, debe estar justificado y no debe haber cabos sueltos narrativos) que comparte su punto de vista.

Confieso que cuando estaba escribiendo El jardín de la Memoria, la segunda novela de la serie, la cuestión me rondaba por la cabeza. Vale, me dije. ¿cómo justificamos esos parecidos demasiado cercanos, qué explicación podemos encontrar para ello? La pregunta estaba por ahí, yendo de un lado a otro, mientras mis personajes de acercaban a Ioh Node, el Jardín de la Memoria que da título al libro.

Y encontró su respuesta justo cuando llegaban. Una respuesta sencilla y totalmente evidente, al menos para mí. La podéis encontrar en la página 345 de la segunda edición en papel del libro, en la pseudo-cita que encabeza el capítulo que empieza allí.

El Jardín de la Memoria

El Jardín de la Memoria

Vale, venga, sois demasiado vagos para buscarlo. Como es una virtud que comparto, os lo pongo fácil. He aquí el texto.

En Zasén Sekai Jo, la Ciudad de las Mil Realidades, sus habitantes construyen nuevos universos, juegan con las posibilidades y crean historias alternativas. Algunas son tan parecidas a la real que sólo minúsculos detalles las convierten en falsas. Otras son tan distintas que apenas resultan comprensibles. Todas son deliciosamente plausibles, en ocasiones bastante más que la historia real. Y todas, sin ninguna excepción, parten de las mismas condiciones iniciales.

Confieso que el corolario que cualquiera puede desarrollar a partir de ese párrafo (de nuevo, para los más vagos: Érvinder no se parece al mundo real; es este el que se parece a Érvinder porque no es más que una simulación distorsionada suya) me resulta deliciosamente irónico. No excesivamente original, lo reconozco, pero tiene las suficientes dosis de retranca para satisfacerme.

Ah, ¿que esa explicación no os convence? Que cada uno busque la suya, entonces. En las inmortales palabras de Forrest Gump: «Esto es cuanto tengo que decir sobre el tema.»

Mirando hacia atrás con Yáxtor

¿Cómo nace una historia? ¿De dónde surge? De hecho, es una de las preguntas más frecuentes que nos hacen a los escritores: «¿De dónde sacas las ideas?». Las respuestas a esa pregunta han sido de los más variadas, desde la sencilla y genérica «de todas partes, en realidad» a la irónica «de una fábrica de ideas a la que estoy suscrito y que me suele mandar un par de ellas al mes».

No es una pregunta fácil de responder, ni siquiera cuando es más concreta y en lugar de referirse a de dónde sacamos las cosas en general, se centra en de dónde hemos sacado una historia en concreto.

Mejor dicho, sí que puede ser fácil de responder, pero a menudo la respuesta que das no es enteramente cierta.

Si alguien me preguntase «¿de dónde surgió El adepto de la Reina?», la pregunta saldría de mis labios enseguida: de la posibilidad de crear una historia a lo James Bond encuadrada en un escenario de fantasía.

Ya está. Sencillo. Fácil y directo.

Y falso. O, al menos, no es enteramente cierto: es la verdad, pero no toda. Y, en última instancia, no la parte de la verdad realmente importante.

Sin duda el chispazo inicial surgió de ahí, del intento de mezclar dos géneros, a priori, totalmente distintos. Pero ese chispazo inicial es, simplemente, el empujón que te hace lanzarte a la carrera, que te lleva a emprender el camino. Es importante. Es, desde luego, esencial, pues sin ese empujón no te pones a escribir; sin él, sin la sensación de que has dado con algo interesante que te apetece explorar, el resto no existe.

Pero no es, en realidad, lo que acaba definiendo la historia. No es lo que te mantiene en pie y caminando durante todo el trayecto. Y, cuando terminas, vuelves la vista atrás y examinas lo que has hecho, a menudo te das cuenta de que, durante todo el viaje, la influencia principal que te ha estado guiando tenía poco o nada que ver con ese chispazo inicial y que, si bien en apariencia estás haciendo una novela de espías en un escenario de fantasía, bajo la superficie bullen varias cosas que se apartan de ese propósito.

Hay mucho en El adepto de la Reina de novela de espías. Y sí, mucho de James Bond, sin la menor duda. También hay una amalgama de lugares y épocas distintos que, de algún modo, se las apaña para crear un todo consistente. Y un puñado de personajes con los que empaticé enseguida como autor… y alguno al que me costó matar, por más que fuera una decisión narrativa inevitable. Y ciertas reflexiones sobre la naturaleza del poder, de la religión y de las estructuras y rituales de una sociedad, por qué no. Y una influencia no deliberada pero creo que inevitable de una de mis novelas-fetiche, el Dune de Frank Herbert. Y, por supuesto, buena parte de mis obsesiones personales, tanto narrativas como vitales: desde la tierra de nadie moral en la que se mueven muchos de los personajes a la presencia de personajes femeninos fuertes, complicados y con motivaciones y aspiraciones complejas. Y un claro elemento de ambigüedad en el novum que, en cierta modo, da forma a buena parte del escenario: esos mensajeros que nunca queda claro si son de origen mágico-sobrenatural o tecnológico, haciendo que sea el propio lector quien decida y asigne el género en el que prefiere encuadrar la novela: fantasía o ciencia ficción.

No la escribí con la idea de iniciar una saga. Iba a ser una novela aislada en un escenario que me gustaba, con unos personajes que me parecían interesantes y una trama que me apetecía explorar. Pero incluso antes de terminarla no tardé en ver que una sola novela no sería suficiente. A medida que escribía, a medida que iba encarrilando los acontecimientos hacia la conclusión de la historia, me fui dando cuenta de que había creado unos personajes y un escenario demasiado ricos y complejos para explorarlos en una sola novela. Cuando terminé El adepto de la Reina, ya sabía que solo era la primera de un ciclo y que habría más. ¿Cuántas más? No lo tenía muy claro. Las suficientes, me dije, para explorar todo lo que rodeaba a Yáxtor Brandan y hacer que el ciclo vital del personaje alcanzara su conclusión natural.

Cuál era esa conclusión lo descubrí mientras escribía El jardín de la memoria, la segunda novela. En ese momento, la trayectoria vital de Yáxtor cristalizó de un modo claro y preciso y supe por dónde se encaminaría su vida y cuál sería su destino final. Y, de paso, fui enriqueciendo la serie con nuevos personajes, situaciones y lugares.

No es un proceso que resulte sencillo describir, entre otras cosas porque la mitad de las veces tiene lugar en la parte de atrás de mi mente y porque resulta tan fruto del azar como de la planificación. Tenía claro que en la segunda novela quería llevar a Yáxtor a oriente, al equivalente a Japón en su mundo. Tenía también bastante claros dos personajes femeninos que iban a ser las compañeras del adepto empírico en esta nueva aventura. El resto, fue surgiendo sobre la marcha, a medida que la premisa argumental, el escenario y los propios personajes me iban dando pistas de por dónde iba a ir la cosa y de la interacción de todo ello iban surgiendo nuevos elementos. Como ejemplo, digamos que al final de la novela descubrimos que uno de esos dos personajes femeninos espera un hijo. En su momento, eso fue una simple piedra lanzada hacia el futuro, sin tener muy claro dónde iba a caer.

Todo empezó a encajar mientras iniciaba los preparativos de la que creía que iba a ser la tercera novela del ciclo: La sombra del adepto. Comprendí la importancia de ese dato final y, al hacerlo, tuve claro por fin el plan en el que el villano de la serie (cuya identidad había estado clara desde el principio para mí, aunque espero que no para los lectores) se había embarcado y, sobre todo, por qué, para qué y para quién. De este modo, el escenario y la peripecia vital de Yáxtor Brandan fueron ganando en definición.

Curiosamente, saber todo eso no me ayudó a seguir adelante con La sombra del adepto. Sí, el futuro de Yáxtor estaba claro y su peripecia vital perfectamente encarrilada. Paro algo no me dejaba seguir. Ese algo era su pasado. Sentí que necesitaba terminar de definirlo antes de ponerme a narrar su futuro.

Era algo que ya había hecho en un par de relatos («Embrión» y «Amistad») que exploraban distintos momentos anteriores a la primera novela. Los completé con «Detective», donde narré los encuentros de un Yáxtor adolescente con un par de personas que serían fundamentales en su vida. Y Felicidad Martínez tuvo el detalle de completar esa visita al pasado con «Adepta», en la que exploró con gran acierto la personalidad de Ámber, destinada a convertirse en esposa del adepto empírico.

Con ese material como base nació Los rostros del pasado. Y fue inevitable que acabase resultando una novela a cuatro manos: sabía que Felicidad era la persona perfecta para ayudarme a explorar el pasado de Yáxtor, para darle vida y terminar de definir el ambiente y las personas que lo habían rodeado durante su adolescencia. Por suerte, Felicidad es fan de la serie desde la primera novela y no me costó mucho convencerla de escribir la tercera a medias.

Fue un proceso extraño y fascinante. Y tuvo sus momentos difíciles. Es cierto que Felicidad y yo somos bastante compatibles como escritores y a ambos nos gusta narrar las cosas de un modo muy similar. Pero mientras que ella necesita conocer con exactitud ciertos detalles de ambientación, yo estoy satisfecho con tener una idea general de la misma e ir llenando los huecos sobre la marcha, a medida que la historia me lo pide.

Quizá el momento más tenso en la escritura de la novela fue cuando ella necesitó una descripción pormenorizada del funcionamiento interno de la organización de los adeptos empíricos y yo confesé que ni lo sabía ni me importaba demasiado. Tenía claras aquellas cosas de su organización y estructura que me eran útiles narrativamente, pero el resto era una región nebulosa e imprecisa. Eso, que a mí no me incomodaba (cuando necesitase saber más, ya lo sabría) a Felicidad le supuso un escollo importante. Así que una tarde nos sentamos (armada ella con una libreta y un bolígrafo) y empezamos a discutir distintos aspectos, no solo de la organización interna de los adeptos empíricos, sino de cómo se estructuraba la burocracia y el funcionariado de Alboné.

Salvado el escollo, la escritura de la novela prosiguió sin mayores problemas. Teníamos muy clara la estructura: habría una trama en presente (es decir, inmediatamente posterior a la segunda novela) que sacaría a la luz distintos momentos del pasado de Yáxtor. Esos momentos serían los cuatro relatos que mencioné antes. Relatos sobre los que volvimos y que modificamos y ampliamos para que tuvieran mayor relación argumental y no fueran cuatro mojones aislados en el pasado del personaje. Así, añadimos nuevas subtramas, nuevos elementos argumentales e incluso nuevos personajes.

Confieso que me siento bastante satisfecho del resultado. Quizá no era la novela que tenía pensado escribir (esa era, evidentemente, La sombra del adepto) pero desde luego, era la que necesitaba escribir. Sin ella, sin ese recorrido por la historia de Yáxtor antes de convertirse en el personaje que conocimos en El adepto de la Reina, algo le faltaba a la saga. Queríamos que la novela funcionase tanto para aquellos que no habían leído los relatos sueltos como para aquellos que sí. Y, a tenor de los comentarios que hemos recibido de los lectores, parece que hemos cumplido nuestro propósito.

Ahora sí, Yáxtor está listo para embarcarse en La sombra del adepto y enfrentarse a su némesis. Los que hayáis leído Los rostros del pasado, ya sabréis de quién se trata. Los que no… bueno, ¿a qué esperáis?

Yáxtor volverá, pero no en «La sombra del adepto»

“Los rostros del pasado”, de Rodolfo Martínez y Felicidad Martínez

Ya lo dice el refrán: «el hombre propone y Dios dispone». Cuando terminé El Jardín de la Memoria, la segunda novela de mi implacable adepto empírico Yáxtor Brandan, siempre al servicio de la Reina de Alboné, tuve la osadía de anunciar cuál iba a ser la siguiente novela del ciclo. En un evidente y nada disimulado homenaje a las películas de James Bond decía algo como

«Aquí termina El Jardín de la Memoria, pero Yáxtor Brandan volverá en La sombra del adepto

Cuando escribí esas palabras no sólo tenía un título, sino una idea bastante clara de por dónde iba a discurrir esa tercera novela de Yáxtor. Durante el pasado año y medio he intentado escribirla varias veces. Los distintos y sucesivos borradores que se acumulan en mi disco duro (y que, en cierta forma, se solapan, porque cada uno de ellos reaprovecha y reutiliza partes de los anteriores) son buena prueba de ello.

Sin embargo, por algún motivo, la historia no conseguía llegar a buen puerto, no era capaz de dirigirla hacia donde quería.

No sabía por qué. Y no lo he sabido hasta hace poco.

Veréis, tengo bastante claro el periplo vital de mi personaje. Sé lo que le va a pasar, con razonable precisión, entre el final de El Jardín de la Memoria y la última de las novelas. También sé quién es el villano de la serie, cómo saldrá a la luz y qué pretende. Y tengo una idea aproximada de qué nuevas partes del escenario, de Érvinder, iré explorando en sucesivas entregas.

Así pues, parecería que todo estaba listo para seguir adelante.

Y sin embargo, no era así. No podía avanzar en la historia de Yáxtor. Y seguía sin saber por qué.

Durante este tiempo he escrito varios relatos contando el pasado del personaje. Otras personas, como Chema Mansilla y Felicidad Martínez también han aportado su granito de arena en la mejor definición del entorno y la peripecia de Yáxtor. Todos esos relatos transcurren antes que la primera novela, son una especie de presentación de lo que Yáxtor era antes de ser Yáxtor.

Y fueron ellos, un poco por casualidad, los que me dieron la clave.

No podía seguir adelante con el futuro de Yáxtor porque aún no había terminado con su pasado.

Con esa idia nació Los rostros del pasado, una historia en la que el presente y el recuerdo de lo que ha sucedido avanzan en paralelo para llevarnos, al final, al punto exacto del futuro en el que arrancará La sombra del adepto. Usando como material de partida los tres relatos que escribí («Amistad», «Embrión» y «Detective») más el que escribió Felicidad («Adepta»), Los rostros del pasado narra, por una parte, acontecimientos inmediatamente posteriores a El Jardín de la Memoria y prepara el terreno para La sombra del adepto; al mismo tiempo, explora el pasado de Yáxtor, se adentra en los misterios de su memoria y enhebra presente, pasado y futuro en una sola historia.

Estará lista muy pronto y será el primer libro de Yáxtor escrito en colaboración con otra persona, un proceso extraño y sorprendente, al menos para mí, pero con resultados enormemente satisfactorios. Y, si nadie lo remedia, se publicará este mismo 2014.

Y ahora, una vez despejado el camino, sí, a por La sombra del adepto, que ya va siendo hora.

«Detective», Premio Ignotus 2014

Durante la pasada HispaCon (Convención Española de Ciencia Ficción y Fantasía), celebrada en Montcada i Reixac los días seis, siete y ocho de diciembre, se hicieron públicos los resultados de los Premios Ignotus 2014, los galardones con los que los aficionados premian el material de ciencia ficción, fantasía y terror publicado el año anterior a la concesión del premio.

Fui el ganador en la categoría de Mejor Novela Corta con «Detective», un relato sobre la adolescencia de Yáxtor Brandan, personaje central de la saga iniciada con El adepto de la Reina y El Jardín de la Memoria. En esa historia, Yáxtor es un joven de diecisiete años que aún está buscando su lugar en el mundo y que acabará ayudando en sus pesquisas al Jefe de Archivos de los Adeptos Empíricos, un personaje de evidentes reminiscencias holmesianas llamado Shércroft (empezando por el mismo nombre, formado por la primera sílaba de «Sherlock» y la última de «Mycroft») que ejercerá de mentor del joven.

La culpa de la existencia de ese personaje es de Santiago L. Moreno quien, durante una presentación hace ya unos años, preguntó medio en broma medio en serio si habría algún cruce entre el universo de Yáxtor Brandan y el de mis novelas de Sherlock Holmes. Aunque en aquel momento no me tomé la pregunta del todo en serio, lo cierto es que la idea no se fue de mi cabeza y, con el tiempo, acabé perpetrando esta suerte de homenaje holmesiano que es «Detective».

Si los datos no me fallan, este es el segundo año en que la votación de los Premios Ignotus se abre a todo el mundo, tanto en la etapa de selección de candidatos como en la votación final . Hasta ahora, el cuerpo de votantes se componía los socios de la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror), los inscritos en la HispaCon y los socios de asociaciones afines con las que la AEFCFT hubiera suscrito el correspondiente convenio. Abrir las votaciones a todo aquel que lo desee ha sido una estupenda iniciativa y conseguir un Ignotus en estas circunstancias resulta incluso más gratificante de lo normal.

Aprovecho, por tanto, para agradecer a aquellos a los que mi novela corta les gustó lo suficiente para elegirla sobre el resto de las candidatas y demostrarlo con su voto. La mejor recompensa que puede obtener un escritor es esa, en última instancia: saber que has llegado a los lectores y que lo que has hecho les ha gustado.

Entretanto, puedo anunciar que Los rostros del pasado, tercera novela del ciclo y escrita a cuatro manos con Felicidad Martínez, ya está acabada y en fase de revisión y que, si nadie lo remedia, aparecerá publicada en el 2015. Aquellos que disfrutasteis de la idiosincrasia y las manías del viejo Shércroft, lo encontraréis en este nuevo libro de la saga, donde juega un importante papel. Como lo hará también en La sombra del adepto, cuarta novela del ciclo y que está ahora mismo en proceso de escritura.

Si todavía no conocéis a Shércroft, ahora  es un buen momento para hacerlo. Por poco más de dos euros y medio podéis haceros con la novela corta y disfrutar de una lectura, espero, entretenida y emocionante y asomaros un poco más a lo que es y lo que fue ese letal adepto empírico al servicio de su Majestad: Brandan, Yáxtor Brandan.

“Las astillas de Yavé”, de vuelta en La Ciudad

las astillas de Yave

Los que me conocen, saben que una parte importante de mi obra transcurre en la misma ciudad: una ciudad que nunca nombro pero que se parece sospechosamente a aquélla en la que vivo desde hace casi cuarenta años.

Se trata de un puñado de relatos (casi todos ellos recogidos en mi recopilación Porciones individuales) y tres novelas que, aparte de transcurrir en esa especie de «versión mágica de Gijón» y de compartir ocasionamente algún personaje que otro, son totalmente independientes en cuanto a trama y peripecia. Al contrario que otras sagas que he escrito (como la de Sherlock Holmes o El adepto de la Reina), no hay relación argumental entre cada historia del ciclo de la Ciudad.

Sí que la hay genérica, evidentemente. La Ciudad es mi intento de escribir fantasía urbana contemporánea, de hacer literatura fantástica alejada de los tópicos seudo medievales y, de paso, reciclar para este siglo algunos mitos e iconos de la fantasía y la mitología tradiciones.

Todo empezó con El abismo te devuelve la mirada (Premio Ignotus 2000 a la Mejor Novela) que, con el tiempo, acabó transformándose en El abismo en el espejo. Era la historia de un escritor obsesionado con su pasado en la que un extraño espejo jugaba un curioso papel.

A eso le siguió Los sicarios del cielo (Premio Minotauro 2005), que recientemente he reeditado en Sportula recuperando el título que originalmente le puse: Este incómodo ropaje y donde se narraba la historia de Remiel, una suerte de ángel indeciso que llevaba varios miles de años paseándose por la humanidad (y contemplándola como un mirón) hasta que la carne terminaba por mancharlo de forma permanente.

Fieramente humano (Premio Ignotus 2012 a la Mejor Novela) fue la tercera novela del ciclo y en ella la Ciudad se enfrentaba sin la menor duda a su mayor amenaza a manos de un individuo de rostro angelical y mirada vacía, perpetuamente acompañado por una gata negra. Ésa fue, sin duda, mi novela más coral, en la que intenté que toda la ciudad se involucrara en la historia y donde manejé más personajes. Confieso sentir cierta predilección, sobre todo, por el viejo farsante tuerto que juega un papel secundario, aunque ciertamente importante, en la trama.

Y, desde hoy mismo, las novelas ya no son tres sino cuatro. El último añadido al ciclo de la Ciudad es Las astillas de Yavé, recientemente publicada por el sello Fantascy de Penguin Random House y donde narro la historia de Uve, una detective privada que, a su pesar, se ve envuelta en una trama de tintes ocultistas que la llevará a descubrir unas cuantas cosas sobre el mundo que la rodea que quizá habría preferido no saber.

Uve es uno de mis personajes favoritos y narrar la historia con su voz, contemplar lo ocurrido desde sus ojos, fue un viaje fascinante. Deslenguada, bastante bruta, carente de inhibiciones y dispuesta a llegar donde haga falta para resolver el misterio, acompañarla en su periplo, desentrañar su pasado y comprender su forma de ver el mundo ha sido una de las cosas más condenadamente divertidas que he hecho a lo largo de mi carrera como escritor. La acompaña una galería de personajes sin la cual  no estaría completa, porque son ellos, a través de su relación con ella, los que terminan de definir el mundo de Uve y lo que ella misma es: un ex novio bastante excéntrico y friqui de narices, un sacerdote con peculiares tendencias teológicas, una asistente achuchable y desinhibida, una especie de sabio popular un tanto ido, un anciano párroco, un sorprendente instructor de artes marciales…

En cuanto a la historia, no voy a decir mucho. Como de costumbre, se articula como si fuera un thriller (cosa que és) en el que los elementos sobrenaturales van apareciendo poco a poco hasta que terminan de encajar en el último tercio de la historia. Sí me gustaría comentar que, todas mis novelas de la Ciudad, es la que más satisfactoria me resulta hasta el momento; creo que en ella he conseguido un equilibrio bien ajustado entre acción, transfondo y desarrollo de personajes y que la sorprendente guerra que cuento un poco de soslayo en sus páginas tiene resonancias muy cercanas para todos nosotros.

Pero todo cuanto yo diga es superfluo. Ya lo decía Umberto Eco: «el autor debería morirse después de escribir la novela, para allanarle el camino al texto.» Yo he cumplido mi función escribiéndola. Pero para que el ritual esté completo, vosotros debéis cumplir la vuestra leyéndola. No soy yo quien tiene que explicar la novela, quien debe interpretarla: sois vosotros. No soy yo quien tiene que defender sus virtudes y bondades, sino ella misma a medida que se va desplegando ante vuestros ojos.

Creo (¿optimismo? ¿arrogancia? ¿una mezcla de ambos?) que no os defraudará, que pasaréis un buen rato con ella y que Uve os gustará casi tanto como a mí. Quién sabe, puede que incluso más.

Drímar, un viaje de veinte años

En el ebook Drímar, el ciclo completo incluyo el siguiente texto, en el que hablo del proceso de creación de Drímar, un proceso que se prolongó, con pausas y altibajos durante unos veinte años. Ahora que Sportula edita Bifrost y con eso se cierra la publicación del ciclo de Drímar, me ha parecido conveniente recuperar aquí el texto. Espero que los disfrutéis.

Fue, probablemente, en 1980. Quizá un par de años más tarde, pero no más allá de eso, en todo caso.

Fue en los años ochenta, eso seguro. La época de las hombreras, los cardados, el colorete extremo, la barba de días y las americanas con suéter de pico debajo. Ya sabéis, esa década cuyo máximo exponente de glamur fue Corrupción en Miami. Eso lo dice todo.

En lo personal, no fue una mala época. Problemática, claro. Al fin y al cabo estaba pasando como buenamente podía por la adolescencia y tratando de descubrir qué demonios había al otro lado. Acabé averiguándolo.

Los ochenta, he dicho. Esa fue la época en la que nació Drímar.

Y la forma que tuvo originalmente fue muy distinta a la que terminó por tener. Viendo el embrión de aquello, me parece que nadie habría podido prever cómo acabaría siendo.

Y yo menos que nadie, por cierto.

 1
El país de los sueños

 Ahora sería cuando tocaría dármelas de listo y decir que yo inventé la idea de Sandman y el mundo de los sueños mucho antes que Neil Gaiman.

Vale, venga, bajemos de la higuera y seamos serios, por favor.

La culpa inicial fue, en cierta medida, de Gabriel García Márquez. Descubrí su Macondo cuando era adolescente y me dije que yo quería hacer algo igual. No, no una historia desmesurada ambientada en el Caribe, no el culebrón decimonónico definitivo, que es lo que a la postre hizo Gabo. Pero sí tener un lugar propio, un sitio donde ambientar todas mis historias, donde pudiera dar rienda suelta a mis obsesiones, vengarme de quienes me caían mal, poseer a las mujeres que me esquivaban y quién sabe si salvar al mundo de paso.

Una fantasía masturbatoria, vamos.

¿Acaso no lo son todas?

Así que iba a crear «mi Macondo». Iba a ser un lugar extraño, a medio camino entre el sueño y la vigilia, un sitio donde todo podía ocurrir. ¿Cómo llamarlo?, me dije. Bueno, teníamos la evidente raíz inglesa «Dream». Y había una canción en aquella época que se llamaba Dreamer, de un grupo conocido como Supertramp.

Así nació Drímar. Básicamente usé «dreamer» (soñador) y adapté su grafía a como sonaba, más o menos, en castellano.

Bueno, vale, ya tienes el lugar en el que contar tus historias. Ahora sólo necesitas historias que contar.

No fue fácil.

Por aquel entonces yo estaba embarcado en un ambicioso proyecto de fantasía heroica. Recuerdo que se llamaba El hombre y la diosa e iba a ser la rehostia, la megaleche, la novela definitiva que dejaría superado a Tolkien y su Señor de los Anillos.

No, en serio. Tenía los mapas. Diseñé varios idiomas y alfabetos. Creé nuevas razas. Hasta compuse mi propio Silmarillion contando historias del pasado de la Vieja Tierra, que fue como —en un arranque de impresionante originalidad— llamé a aquel universo ficticio.

Y tenía una historia.

Me pasé unos tres o cuatro años con ella. Cuando decidí dejarlo, allá por los diecinueve, tenía aproximadamente unas trescientas cincuenta páginas manuscritas en A4, la mitad corregido y pasado a máquina, varios apéndices en distinto estado de desarrollo y una idea muy clara de lo que iba a pasar a continuación.

Había escrito poco menos de un tercio de lo que quería contar.

Y estaba harto.

Hasta las narices, en serio. Ya no podía más.

Aparte de que, para entonces lo tenía muy claro, aquello no iba a ser el último clavo en el ataúd de Tolkien, no iba a ser la gran novela de fantasía que lo iba a enterrar para siempre en el olvido. Como mucho, si algún día conseguía acabarlo y publicarlo —y cada vez tenía más dudas al respecto— sería una más de las múltiples imitaciones voluntariosas de la Tierra Media que, por aquel entonces, estaban empezando a poblar el mundo editorial.

Así que lo dejé. Tiré la toalla.

(Si me permitís una digresión: nunca creí que perdiese el tiempo con ello. Esas trescientas cincuenta páginas y todo el trabajo que hubo a su alrededor me enseñaron mucho, aunque entonces yo no fui consciente de ello.)

Bueno, tiré la toalla, decía. Y vosotros diréis: ¿y qué tiene que ver todo esto con Drímar?

Un poco, en realidad.

Cuando estaba con El hombre y la diosa, de pronto llegué a un momento donde mi protagonista se acercaba a un pequeño pueblo costero llamado Drímar y paseaba por sus calles de noche. Allí mantenía una curiosa conversación con su creador, con el tipo que estaba escribiendo la novela de la que él era un personaje.

Original de narices, ¿eh? Bueno, era joven, acababa de leer Niebla de Unamuno y el pasaje donde el personaje central de la «nivola» iba a ver a su autor para pedirle que, por favor, no le «suicidase» me había marcado bastante.

Por aquel entonces, alternando con El hombre y la diosa, había empezado a escribir una cosa a la que llamé Cuatro noches en Drímar (ya volveremos sobre ello) y, por algún extraño motivo me pareció que sería buena idea hacer que, de algún modo, ambas obras estuvieran conectadas. De ahí esa excrecencia que le salió a El hombre y la diosa en la que su principal personaje hablaba con su autor en medio de una ciudad onírica.

Para entonces tenía claro que Drímar iba a ser una mezcla de Candás (mi pueblo de nacimiento) y Gijón (mi lugar de residencia desde hacía ocho años). Iba a ser un escenario en el que la realidad, lo onírico, los miedos y las fantasías, lo que pudo haber sido y lo que fue de verdad iban a convivir sin solución de continuidad. Iba a ser, pensaba con mis dieciocho años a cuestas, mi gran monumento a la nostalgia.

Así que, como he dicho, dejé El hombre y la diosa y dediqué todos mis esfuerzos a mi recién encontrado universo referencial.

El resultado fueron esas Cuatro noches en Drímar que mencionaba antes y donde narraba (y, de paso fantaseaba con ello, con todo lo que no había pasado pero pudo haberlo hecho) el periodo que iba de mis quince años a los dieciocho.

Eran cuatro capítulos. Cada uno abarcaba un año de mi vida (la real y la fantaseada), ocupaba unas cincuenta páginas y era una sola frase en la que, sin solución de continuidad, convivían distintos momentos temporales, diferentes puntos de vista narrativos y la secuencia de los acontecimientos era un carrusel un tanto enloquecido.

Si alguien piensa que hacía poco que había leído El otoño del patriarca de García Márquez, no va muy desencaminado, en efecto.

El resultado fue, digámoslo claro, pura basura autocomplaciente. No en sus intenciones, quizá, pero me temo que sí en sus resultados. No tenía ni la experiencia vital suficiente ni la madurez literaria necesaria para que hubiera sido otra cosa.

Pese a todo, intenté continuarlo, convencido de que aún podía sacar algo bueno de todo aquello. Escribí un relato llamado «Quinta noche en Drímar» donde, un año más tarde, a los diecinueve, intentaba de nuevo codificar literariamente algunos acontecimientos de mi vida. De nuevo el resultado fue… el esperable. Creo que llegué a empezar una «sexta noche», pero sospecho que no llegué a terminarla; y, de hacerlo, fue la última, eso seguro.

Mi intento de crear mi Macondo particular, mi territorio literario personal, no parecía estar yendo muy bien.

Drímar había nacido, se había desarrollado durante dos o tres años y había muerto.

O eso pensaba yo.

2
Bienvenidos al fin del mundo

 Un día, me puse a escribir algo que podríamos definir como un western postapocalíptico: una sociedad en ruinas, un pistolero de mirada fría, un pasado en el que prefería no pensar que le salía al paso, un tiroteo…

Se llamó «Después del pasado», aún hoy no sé muy bien por qué, más allá del hecho de que me gustaba cómo sonaba y las implicaciones que la frase parecía despertar.

Y, por algún motivo que hoy ya no recuerdo, decidí que aquello también se ambientaría en Drímar, pero ya no en el pasado, sino en el futuro. En un futuro donde la sociedad, tal como la conocíamos, había desaparecido, y la pura supervivencia era el único factor relevante. Un escenario fronterizo. También, un escenario de ciencia ficción.

Que, al fin y al cabo, era lo que llevaba escribiendo desde los doce años. Así que, después de haberla abandonado, primero por la fantasía de corte tolkieniano y luego por un patético intento de hacer realismo mágico, volvía a mis raíces. De vuelta en casa, ¿qué hay para cenar?

Pues, como casi siempre, lo que había era un batiburrillo extraño que tenía mucho de western, de relato fronterizo; y era también ciencia ficción en su variante postapocalíptica; y no dejaba de ser una rememoración de un pasado que era como un fantasma molesto que no terminaba de irse jamás. Era, en realidad, una extraña macedonia en la que intentaba meter todo lo que me gustaba y me apetecía contar. Y trataba de hacerlo a la vez y sin preocuparme demasiado por cómo iban a encajar todas las piezas.

Y, de algún modo u otro, lo hacían. Encajaban. Mejor en algunos casos que en otros, pero la mezcla funcionaba.

Y siguió haciéndolo a medida que le fui añadiendo más ingredientes.

Me gustó el personaje que había creado para aquel relato y me pareció que podía dar juego para más historias.

Así fue naciendo la segunda etapa de Drímar, compuesta de, al menos, una media docena de cuentos de longitud variable que se desarrollaban en lo que no tardé en llamar el Interregno: la etapa que iba desde la caída de la civilización tal como la conocíamos (que, en un arranque de humor, decidí situar en 1992, ese año destinado, decían, a ser la cumbre de España a nivel internacional, con las Olimpiadas y la Expo) hasta su reconstrucción, varios cientos de años más tarde.

Había cuentos que hablaban de esos primeros días de caos y destrucción. Cuentos que se situaban poco antes de la caída. Cuentos que tenían lugar algunos cientos de años después, cuando el emplazamiento que el Solitario (el personaje central de aquel primer «western fronterizo postapocalíptico») había establecido en Drímar dominaba casi toda la península ibérica. Cuentos en los que el Solitario, su colaborador más cercano, Robert Álbrez, o alguno de sus descendientes eran los protagonistas. Cuentos en los que no aparecía ninguno de estos personajes y sólo tocaban tangencialmente la historia general.

En fin, un poco de todo. Siempre mezclando, sin ser muy consciente de estar haciéndolo, distintos géneros.

Un día me puse con una novela. Era la historia del Solitario, aunque en realidad, no lo era. Estaba narrada en primera persona por Robert Álbrez, su más cercano colaborador y era más una rememoración de su propia historia (en la que, por supuesto el Solitario era una figura relevante) que otra cosa. La titulé Después del pasado, reutilizando así el título del primer cuento corto que había escrito con El Solitario como protagonista. Curiosamente, aquélla fue la última narración que escribí en la que aparecían El Solitario o Robert Álbrez; así que, sin pretenderlo, acabé usando el mismo título para la primera historia del Interregno y para la última.

De hecho, parecía haber encontrado la culminación natural de Drímar: unos cuantos relatos cortos y, por fin, una novela que funcionase como cima del ciclo, en cierto modo.

Aún conservo una copia impresa de ella. Es la novela de un veinteañero lleno de nostalgia y rencor por una adolescencia en la que no lo había pasado demasiado bien en algunos aspectos y en la que le fue cojonudamente en otros. Estaba narrada por un Robert anciano, al borde de la muerte (eso, a mis veintipico venía a significar que el personaje tenía poco más de sesenta, ja) que rememoraba no sólo el momento de la caída y la lucha posterior por la supervivencia, sino también los tiempos anteriores a ésta.

No era gran cosa. Tenía algún momento interesante y podríamos decir que era un embrión del que, a base de mucho trabajo y bastante más experiencia vital de la que yo tenía, se podría haber sacado una buena novela.

Pese a todo, a alguien le gustó. Juan José Parera que a veces publicaba novelas de mediana extensión en su fanzine Maser, decidió que Después del pasado era mecedora de ese honor. De hecho, empezó a maquetarla con vistas a su publicación en el, creo recordar, número quince del fanzine.

Un número que nunca vio la luz. Juan José decidió dar Maser por finiquitado justo en el 14 y mi novela quedó allí, perdida en el limbo. Me envió una copia impresa de esa maquetación que había preparado: yo encuaderné esa copia y gracias a eso aún conservo la novela. De otro modo se habría perdido en las brumas del tiempo cuando, un par de años más tarde, cambié mi Amstrad CPC 6128 por un IBM PS/2.

3
Investigaciones privadas

Debió ser a los veinte o veintiuno. Pongamos, por poner una fecha, 1985.

Empecé a escribir una novelita corta de ciencia ficción policiaca titulada «En la abadía». Su protagonista se llamaba Roy Córdal y vivía una intriga libresca (con varios asesinatos) en el asteroide donde la orden de los Soyatus tenía su casa mater. Una intriga que, todo hay que decirlo, recordaba bastante la de El nombre de la rosa: todo giraba alrededor de un libro prohibido cuya existencia no estaba del todo clara. Sólo que, en lugar de ser esa supuesta segunda parte de la Poética de Aristóteles, aquí se trataba ni más ni menos que del infame Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred.

Decidí desarrollarla en un momento posterior de la historia de Drímar, cuando gracias a la labor del Solitario y sus sucesores, el mundo se ha recuperado del caos, la sociedad se ha reconstruido y se ha vuelto a un nivel tecnológico similar al del siglo XX… más o menos. Hay partes del mundo que aún siguen envueltas en la barbarie y el nivel alcanzado por las que han recuperado la civilización sobrepasa en algunos aspectos al del siglo pasado mientras en otros no ha llegado del todo a su altura. Eso me permitía hacer historias ambientadas en una especie de «presente alternativo» diseñado a mi gusto y sin tener que preocuparme por asuntos molestos como documentarme y demás zarandajas.

Cuando terminé, aunque la historia no era gran cosa, decidí que me gustaba el personaje central y alguno de los secundarios (especialmente el padre Álbrez y el General de la Orden Ors Veles) y que iba a continuar la historia en una nueva novela corta. Y otra más. De forma que, al juntar las tres obtuviéramos una novela completa.

Lo escribí y se llamó Tres huellas del Poeta Loco y, evidentemente, la trama giraba alrededor del Necronomicon y de una secta que quería usar el libro para desencadenar el infierno sobre el mundo.

¿A alguien le suena eso? ¿Alguien que, quizá, ha leído Las huellas del poeta, mi segunda novela holmesiana? Muy bien, un paso al frente, el primero de la clase.

Tres huellas del poeta loco nunca se publicó, lo que no es raro: la trama no era gran cosa, la «inspiración» en la novela de Umberto Eco resultaba demasiado evidente y el tono en primera persona a lo novela negra chandleriana no estaba demasiado bien conseguido. Sin embargo, la novela no murió: parte de su trama y trasfondo acabó pasando, veinte años después, a mi segunda novela sobre Sherlock Holmes.

Es una lección que no tardé en aprender. Nada de lo que escribes es inútil, aunque no consigas publicarlo. Nada desaparece por completo. Y nada queda sin consecuencia.

Escribí una segunda novela de Roy Córdal. Era menos ciencia ficción e intentaba ser más novela negra pura y dura. Fue otro fracaso: el resultado dejó bastante que desear.

Sin embargo, seguía empeñado en usar el personaje. Me gustaba y me gustaba también su voz, a medida que fui aprendiendo a conocerla. Así que acabé escribiendo un cuento que era un homenaje a los robots asimovianos en el que Córdal resultaba ser una figura central.

Y algo más, una novelita corta llamada «Bailando en la oscuridad» donde, por fin, conseguía hacerme con el personaje y su entorno tal como había intentado en las anteriores novelas y no había sabido.

Así que por fin, sí, ya lo tenía. Córdal sería mi nuevo personaje fetiche…

O no.

Porque «Bailando en la oscuridad» fue su canto de cisne, de hecho fue escrita algunos años después del resto del material de Córdal. Su rostro sonriente, un poco cínico, no volvió a asomar por lo que escribía. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que, simplemente, cumplió su ciclo vital y no tuvo más que contarme. Ésas cosas pasan.

4
La frontera final

 Empecé a escribir un relato corto: un hombre recorría una carretera sin final en un planeta absurdo y sin propósito. Faltaba poco para que los ochenta llegasen a su fin y, con ellos, Drímar dio un nuevo giro.

En las historias de Córdal, la Tierra se había recuperado del colapso y, poco a poco, el hombre exploraba el sistema solar. De hecho, había escrito una novela corta titulada «Un agujero por donde se cuela la lluvia» (fruto, por un lado, de una indigestión masiva de «novela experimental» y, por el otro, de mi pasión por los Beatles) que se desarrollaba poco después de la época de Córdal, en un momento en que había varias estaciones espaciales alrededor de la Tierra y se estaba intentando construir la primera nave que, a velocidades relativistas, iría a Alfa Centauro, nuestro sistema solar vecino.

En «La Carretera», que es como se llamaba el relato que mencionaba antes, había pasado un tiempo desde entonces: el hombre se desparramaba alegremente por la Galaxia, se había descubierto un método de propulsión que permitía superar la barrera de la luz y la Vía Láctea estaba plagada de exploradores a sueldo de las Compañías de Prospección en busca de nuevos lugares que explotar. Uno de ellos era el narrador del relato y trabajaba, cómo no, para la Compañía de Prospecciones Álbrez, a cuyo servicio recorría el extraño planeta Bluyeiuei.

Ese relato marcó, en cierto modo, el nacimiento de la etapa definitiva de Drímar, de su formulación final.

Meses después estaba escribiendo «El alfabeto del carpintero», que compartía ciertos elementos temáticos con «La Carretera» y que expandía el escenario un poco más allá. Por primera vez se mencionaba a los Sáver, una potencia rival de la Confederación de Drímar.

Así, poco a poco, la cosa fue creciendo, ampliándose. Y, a principios de los noventa estaba escribiendo una novela llamada Jormungand que iba a ser la culminación definitiva del ciclo de Drímar.

En realidad no fue exactamente así. Tardé bastante en terminar aquella novela y mucho más en publicarla. Y, entretanto, nuevas historias fueron surgiendo: novelas cortas como «Los celos de Dios», o novelas como La sonrisa del gato.

Fue precisamente ésta la primera novela que conseguí publicar. No fue el primer atisbo que tuvieron los lectores de Drímar, ya que relatos como «El robot» o «La Carretera» habían ido apareciendo en los fanzines de la época. Pero sí fue la primera obra de una cierta extensión en ese escenario que los lectores españoles pudieron leer.

Al año siguiente apareció Jormungand bajo el título de Tierra de Nadie: Jormungand. Y un poco después aparecieron por fin «El alfabeto del carpintero» y «Los celos de Dios». Y también una novelita y un cuento de índole fantástica que se ambientaban, más o menos, en la época de Roy Córdal que fueron publicados bajo el título de Las brujas y el sobrino del cazador.

Y algo más. Un relato titulado «Mensajero de Dios» y una novela corta llamada «Un jinete solitario» que, en cierto modo, volvían sobre La sonrisa del gato. En un caso, para contar qué había pasado después; en el otro, para explorar el pasado de uno de sus personajes secundarios, Vaquero.

De hecho, durante mucho tiempo, «Un jinete solitario» fue mi trabajo favorito de ciencia ficción, aquél con el que me sentía más identificado y que veía más personal. No es extraño: había codificado parte de mi experiencia vital en sus páginas y, en cierta forma, aquella novela corta era un modo de exorcizar los fantasmas de mi pasado. Durante bastante tiempo, como he dicho, fue mi favorita, seguramente hasta que escribí El sueño del Rey Rojo (que no forma parte de Drímar), en la que de nuevo usaba un ambiente ciberpunk para codificar y conjurar mis demonios personales. Cosas de ser informático, supongo.

 5
El crepúsculo de los dioses

 Jormungand terminaba de un modo bastante abierto. De hecho, cuando alguien me preguntaba, siempre decía que sí, que habría una continuación y que se llamaría Ragnarok.

No mentía cuando decía eso. Tenía la intención de escribir esa novela y hasta lo intenté. Pero después de varios comienzos en falso, comprendí que no podía, que algo me fallaba y que era incapaz de contar la historia.

Sabía lo que ocurría en ella, por supuesto, pero de algún modo no lograba contarlo.

Creo que, en cierto modo, había llegado a un punto definitivo en La sonrisa del gato. No porque la historia quedase tan cerrada que negara posibilidades de continuación. Mis historias nunca quedan cerradas del todo y, por otra parte, de haber sido éste el caso no podría haberle arrancado un par de spin offs a la novela.

Pero en cierto modo, llevaba la historia, el trasfondo tan cerca del momento definitivo que lo último que me apetecía era volver atrás unos cuantos cientos de años (la diferencia temporal entre Jormungand y La sonrisa del gato era considerable) y contar algo que, para mí, ya era historia antigua y que tenía interés como parte del trasfondo, pero no como algo que narrar.

Quería ir más adelante, no hacia atrás.

Sin embargo, allá por 1997 me puse con «Este relámpago, esta locura», una novela corta en la que jugaba con varias de mis ideas favoritas: religión, superhombres, responsabilidad, la realidad y la ficción. La situé (aún no sé muy bien por qué) entre Jormungand y La sonrisa del gato.

Y poco después empecé a escribir algo que ya no era Ragnarok, sino más bien Bifrost, jugando con la idea del puente (puente narrativo, en cierto modo, pero también puente entre diferentes especies). Iba a desarrollarse en la Tierra y los protagonistas serían los remotos descendientes de algunos de los personajes de Jormungand.

De este modo, el destino final del planeta Tierra de Nadie se vio entre bastidores. Los personajes tenían leyendas e historias acerca de ello, pero era algo que nunca se llegaba a contemplar en primer plano.

Sin embargo, aquel primer Bifrost no llegó a buen puerto. Y no lo hizo hasta que, unos años más tarde, mi amigo Antonio Rivas (Gorinkai) me sugirió que preparase un libro que incluyera La sonrisa del gato, «Los celos de Dios» y «Un jinete solitario».

No era una mala idea. Pero sabía que, si quería vendérsela a un editor, no bastaba con incluir dos novelas cortas y una de extensión media: el viejo mantra de que los relatos vendían peor que las novelas aún llenaba de terror a los editores españoles del género. Así que me decidí por el modelo del fix-up: crear una historia-puente (con lo que, de nuevo, el título de Bifrost me venía al pelo) que en cierto modo englobase las otras tres narraciones y le diera al conjunto la textura de una novela.

Así lo hice.

El resultado, una novela corta con sentido por sí misma, era también adecuado para presentar, dentro de ella, las otras historias. Y, además, llevaba el escenario de Drímar al lugar al que se apuntaba o se entreveía en La sonrisa del gato.

Y tras eso… ¿qué quedaba?

Bueno, una vez más había terminado el relato con un final abierto. ¿Había posibilidades de continuación? Las había.

¿Me motivaban?

No lo suficiente.

Así, Drímar terminaba de esa manera, con nuestros remotos descendientes acercándose al Cielo para arrebatárselo a Dios… o algo parecido. Con una guerra en ciernes cuyo resultado era, como poco, incierto.

Pero, bueno, ya lo dijo Jormungand en su día: la incertidumbre es la sal de la vida, ¿no?

Aunque…

Bueno, nunca tuve muy claro, al menos en todos sus detalles, qué ocurría en la Galaxia tras el enfrentamiento con Dios. Pero sí que sabía un par de cosas, sí que había dos o tres elementos narrativos que tenía claro que iban a jugar su papel en ese proceso y después.

¿Qué elementos? Bueno, ahí está «Cielo tomado, una coda», que es poco más que un apunte de por dónde podría ir el futuro. Nació como prólogo de una nueva novela que nunca llegué a escribir, pero ha terminado como culminación (y posible anticipación de lo que podría suceder) de un ciclo narrativo que, para mí, empezó hace más de treinta y un años.

 6
Y al final…

 Drímar es, posiblemente, el escenario al que más tiempo le he dedicado como escritor. Su primera aparición, casi anecdótica, en aquella novela de fantasía, fue allá por 1981 (o quizá 1982) y la última aportación al universo, «Cielo tomado» fue escrita en 2007. Veintiséis años, por tanto. Veintiséis años durante los cuales, partiendo de un entorno intimista y onírico, acabó convirtiéndose en un ciclo narrativo que abarcaba varios miles de años y buena parte del espacio conocido.

Una porción considerable del material que escribí ambientado en Drímar se quedó por el camino. Parte de él, antes de morir, dejó semillas que acabaron germinando. Otra parte (como el término «sáver» o la idea de la separación de la Galaxia en dos bandos, la Dispersión y la tercera facción que se aprovecha de ella para hacerse con el poder) procede de historias inacabadas que escribí en mi adolescencia y que ni siquiera se ambientaban en Drímar porque no había Drímar alguna por aquel entonces. Fue un proceso largo, a veces complicado y casi siempre gratificante, de aprendizaje. Con Drímar perdí los «dientes de leche» como escritor y desarrollé y di forma definitiva a mis obsesiones, mis manías y mis hábitos a la hora de encarar la narrativa.

¿Siento como mío todo ese material? Sí y no. En cierto modo no lo escribí yo, sino un Rodolfo de otro universo que se parece mucho a mí, pero al mismo tiempo se diferencia en unas cuantas cosas. Releer todos estos relatos y novelas es, hasta cierto punto, meterse en una máquina del tiempo.

No, no soy yo, pero lo fui. Estos relatos, novelas cortas y novelas son parte del proceso que, para bien o para mal, me hizo ser lo que soy ahora. No me siento identificado del todo con algunas partes, pero considero mi obligación aceptarlas igualmente: se lo debo a mi yo anterior, a todos mis yoes anteriores, en realidad.

“Detective” y “Adepta”, dos nuevas escalas en el viaje de “El adepto de la Reina”

Cuando escribí El adepto de la Reina, allá por 2009, no tenía la menor intención de iniciar una serie nueva. Había encontrado una idea (la confluencia de dos o tres idas dispares, en realidad) con la que me apetecía jugar y el resultado fue esa novela, con la que decidí inaugurar la andadura de Sportula, mi pequeño proyecto editorial.

Sin embargo, a medida que la escribía no tardé en darme cuenta de que el personaje y su entorno iban a ser demasiado grandes para una sola novela. Así, en enero de 2012 veía la luz El Jardín de la Memoria, donde Yáxtor Brandan, el personaje central, se acercaba a lo que podría ser el equivalente a Japón en su universo.

Pero la cosa no quedó ahí. Dos relatos de mediana extensión (“Embrión” y “Amistad“) complementaron la historia de Yáxtor, llevándonos a sus años anteriores a lo ocurrido en la primera novela. En “Embrión” nos asomábamos a los primeros momentos de su adolescencia, mientras que “Amistad” mostraba la primera misión conjunta entre Yáxtor y otro de los personajes principales de la serie, Fléiter Praghem.

Además, para cuando terminé El Jardín de la Memoria, la línea vital de Yáxtor Brandan y el modo en que se “repartiría” narrativamente estaba bastante clara en mi cabeza. Tenía bastante claro lo que iba a ocurrir en las siguientes tres novelas, al menos en sus líneas generales. Más allá de ahí el paisaje estaba poblado de niebla y sombras, pero eso ya no me importaba, tenía suficiente para seguir adelante un buen trecho.

Y, al mismo tiempo, el pasado de Yáxtor siguió reclamándome, siguió pidiéndome que lo contara.

Así nació “Detective“, una novela corta en la que un joven Yáxtor, recién licenciado como adepto empírico, unía sus fuerzas a un anciano mentor de resonancias claramente holmesianas. La historia fluyó con facilidad y escribirla fue, sin duda, uno de los periodos más divertidos de todo el tiempo que le he dedicado al personaje; me lo pasé especialmente bien narrando la interacción entre ese joven Yáxtor y su socarrón maestro. Y, además, tuvo una derivación inesperada. Si algo sabemos por las novelas es que el adepto empírico estuvo casado y que su mujer, Ámber, murió en circunstancias misteriosas (y bastante desagradables). Aproveché “Detective” para contar cómo se conocieron ambos y cómo su relación sentimental dio los primeros pasos. Confieso que la escena, casi al final del relato, en la que Yáxtor abre su corazón a Ámber y se muestra tal como es, fue uno de mis momentos favoritos.

¿Acabó ahí la cosa?

De momento, para mí, sí. La sombra del adepto, futura tercera novela de la serie, está en un impasse mientras reconsidero la mejor forma de narrarla. Pero eso no quiere decir que no haya nuevas historias de Yáxtor Brandan… más o menos.

A principios de 2012, Chema Mansilla me pidió permiso para escribir un relato ambientado en mi escenario. Se lo di y el resultado fue “Occidente“, una historia de tintes entre conradianos y lovecraftianos en la que Yáxtor es apenas una figura vista en la distancia, aunque su intervención resulta fundamental para la resolución de la trama.

Y llegó luego Felicidad Martínez, empeñada en narrar la historia, o al menos parte de ella, de Ámber. Felicidad tenía pocas pistas sobre el personaje: conocía los pormenores de su muerte, sabía que había conocido a Yáxtor y que se había casado con él muy joven, sabía que era una adepta de la curación y sabía algo fundamental: que Ámber aceptaba a Yáxtor tal como era, sin rechazar nada, sin cerrar los ojos ante las sombras y las aristas, ante los lugares más oscuros del hombre al que amaba.

Con esos mimbres escribió “Adepta“, una historia en la que Ámber es la protagonista principal y que, por peripecia y personajes, guarda bastante relación con “Detective”. Una novela corta de excelente ritmo, grandes dosis de atrevimiento y todo el desparpajo narrativo que podía esperar de Felicidad.

“Detective” fue publicada en Sportula a finales de 2013. “Adepta” acaba de serlo ahora. Ambas historias, pese a poder ser leídas de un modo independiente, creo que se complementan a la perfección y son, en cierto modo, un espejo la una de la otra. Sin “Detective” no existiría “Adepta”; sin “Adepta”, a “Detective” le faltaría algo.

Espero que ambas historias os gusten. Y prometo intentar tener lista La sombra del adepto a lo largo de este 2014. Aunque, bueno, ya sabéis lo que pasa con los propósitos de año nuevo…

Drímar, el ciclo completo

Drímar, el ciclo completo

Drímar, el ciclo completo

No sé, realmente, si es una aspiración común a todos los autores o si se trata de algo que sólo nos afecta a quienes escribimos literatura de género y usamos recurrentemente el mismo escenario o si, quién sabe, es algo que sólo me pasa a mí.

Pero lo cierto es que, ya desde que empecé a escribir las primeras historias ambientadas en Drímar allá por los lejanos años ochenta del pasado siglo, la idea de poder reunir algún día el ciclo completo correctamente ordenado se posó en mi mente y ya no me abandonó jamás. La peripecia editorial de Drímar fue, supongo que como la de muchos otros ciclos narrativos, más bien accidentada: relatos dispersos por esta revista o aquel fanzine, novelas publicadas en distintas editoriales… No fue hasta la creación de mi propia editorial, Sportula, que ese viejo sueño empezó a tener atisbos de cumplirse. Así nació la idea de publicar toda la saga en cuatro volúmenes en papel. El tercero, que incluye la novela Jormungand, apareció el año pasado y el último, titulado Bifrost, lo hará este año, si nadie lo remedia.

Debería haberme sentido satisfecho con eso pero en realidad no lo estoy. La necesidad de partir el ciclo en varios volúmenes para su publicación en papel hizo que la ordenación de las distintas historias no fuera estrictamente cronológica. Me decanté en ese momento por una ordenación más bien temática. De ese modo, el primer volumen, El carpintero y la lluvia, recogía dos novelas cortas y un relato que guardaban cierta relación entre sí, por más que atendiendo a un criterio estrictamente cronológico no fueran contiguas. Del mismo modo, Bifrost contendrá (además de la novela corta que le da título al volumen y que funciona también como el pegamento narrativo que aporta unidad al libro) varios relatos (una novela, dos novelas cortas y un cuento) relacionados temática y argumentalmente, aunque de nuevo no siguen una estricta ordenación cronológica.

Así que, aunque esta edición del ciclo de Drímar en cuatro volúmenes me parece la mejor posible en papel teniendo en cuenta mis posibilidades, no termina de dejarme del todo satisfecho.

Siempre hay una solución para todo, dicen. Y ésta no es otra que el ebook recientemente publicado por Sportula y cuyo título no puede ser más explícito: Drímar, el ciclo completo.

Ahí, por fin, he podido hacer lo que deseaba. No sólo incluir todas las historias atendiendo a la cronología interna de la serie, sino incoporar una serie de «extras» que me parecían necesarios. Así, como si de un DVD se tratase, he podido incluir «secuencias eliminadas», comentarios personales a todo el ciclo, glosarios, cronologías, mapas. La tecnología digital me ha permitido agrupar eso en un solo volumen, concebido y diseñado para que sea un experiencia la más satisfactoria posible para el lector interesado en acercarse a Drímar.

¿Estoy del todo satisfecho? Casi. Soy, me temo, un fetichista del papel. No tengo nada contra los ebooks, ni como lector ni como escritor ni como editor, pero mi corazón sigue anclado a los libros en papel. Un fetichismo, como digo. Un atavismo, quizá. Seguramente. Sin embargo, no renuncio a la idea de hacer un día la versión en papel de Drímar, el ciclo completo, Un único tomo de más de mil trescientas páginas, quizá una edición superlimitada para aquellos pocos interesados en un «tocho» semejante.

¿Lo haré? Quién sabe. No me sorprendería demasiado. Entretanto, ahí tenéis el ebook de Drímar, el ciclo completo. Leedlo y, eso espero, disfrutadlo.

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