Ayer era viernes. Como hago siempre los viernes, me fui al café Trisquel a eso de las siete, para mi quedada semanal con el resto de los friquis gijoneses. Como es habitual, el primero en aparecer, unos quince o veinte minutos después de que llegara yo, fue José Manuel Uría quien, tras los saludos de rigor, me espetó:

—¿Te has enterado de lo de Domingo Santos?

—No. ¿Qué ha pasado?

Sabía que Pedro (ese era su verdadero nombre, Pedro Domingo Mutiñó, algo que es conocido desde hace tiempo por buena parte de los aficionados a la ciencia ficción) llevaba unos cuantos años bastante mal de salud, así que la pregunta de José Manuel hizo que me temiera lo peor. Y en efecto, así era. Al parecer ocurrió ayer mismo. Veo que el dato ya está recogido en la Wikipedia española en una entrada que no creo que refleje adecuadamente todo lo que Pedro significó para la ciencia ficción española durante muchos años. De todos modos, es de agradecer que al menos tenga presencia en la Wikipedia.

Tenía quince años cuando vi su nombre por primera vez. Que recuerde ese dato no se debe a una memoria excepcional por mi parte, sino a que fue en 1980 cuando adquirí mi primer número de la revista Nueva Dimensión, que él dirigía por aquel entonces. Se trataba del 119 y tenía una extraña portada en la que una criatura con cuerpo humano y cabeza de insecto contemplaba la Gioconda de Da Vinci.

El editorial de aquel número (y de todos los siguientes y de una buena parte de los anteriores que fui consiguiendo con el correr de los años) estaba firmado por Domingo Santos, como también lo estaría la carta que recibiría unos meses después para informarme de que mi suscripción a la revista había finalizado y que procedían a renovármela salvo que yo manifestara algo en contra. Era evidentemente una carta-tipo.

Durante varios años, fue la voz de Domingo Santos la que entraba de forma regular en mi casa, una vez al mes al principio y luego cada dos meses, para compartir conmigo sus reflexiones en los editoriales de la revista. Era una voz familiar, de confianza, que te hacía preguntarte cosas y replantearte algunas cuestiones. Sus editoriales eran siempre lo primero que leía de la revista; y no era raro que los releyese.

Con el tiempo fui leyendo otras cosas suyas, por supuesto. Relatos como «Gira, gira» o «Señor, su cuenta no existe»; novelas como Gabriel o Hacedor de mundos.

Para mí, Domingo Santos era una especie de figura mítica que, para el joven aficionado a la ciencia que era yo entonces, parecía estar por todas partes. No solo dirigía Nueva Dimensión o tenía una obra propia considerable como autor del género, sino que o bien coordinaba o bien asesoraba la mayoría de las colecciones de ciencia ficción que se publicaban en aquel entonces: Ultramar, Etiqueta Futura de Júcar, Cronos de Destino… y por supuesto la Biblioteca Básica de Ciencia Ficción publicada por Orbis: una colección de cien números con distribución a quioscos a precios realmente asequibles. Allí Domingo Santos seleccionó lo más granado de la ciencia ficción mundial clásica y contemporánea. Una colección que, se puede decir sin exagerar un ápice, marcó a varias generaciones de aficionados al género.

Editor, coordinador, articulista, escritor… y también traductor. Autor de las versiones en castellano d novelas como Dune, Visiones peligrosas o Forastero en tierra extraña, por mencionar solo tres titulillos sin importancia.

A veces me preguntaba cómo era posible que aquella persona fuera capaz de todo aquello.

Nos conocimos allá por 1993 o 1994, en una Semana Negra de Gijón. Mi amigo Jesús Parrado, que en aquella época tenía un programa en una televisión local, insistió en hacernos una entrevista conjunta. Por aquel entonces yo era joven un autor en ciernes que había publicado unos cuantos relatos en un puñado de fanzines y Domingo Santos era un titán de la ciencia ficción española. Sentarse en la misma mesa que él a hablar del género que los dos amábamos me parecía de una osadía sin límites. Pese a todo lo hice, tratando de no parecer demasiado impresionado. Pedro fue sumamente amable conmigo, sin el menor asomo de condescendencia o paternalismo.

Solo recuerdo una pregunta de aquella entrevista. Jesús nos preguntó a ambos qué opinábamos del cyberpunk y si se practicaba en España. Yo respondí que me parecía una corriente dentro del género cuyas aportaciones eran puramente cosméticas y que ya había visto sus mejores tiempos. Pedro dijo, entre otras cosas, que no conocía a ningún autor español ciberpunk y que, de haberlo, no tenía el menor interés en conocerlo. Lo dijo en tono evidentemente jocoso y yo me uní a la broma, sin saber que dos años más tarde publicaría mi primera novela, La sonrisa del gato, y que sería un ciberpunk. El destino y sus ironías, ya se sabe.

Creo que no volvimos a coincidir hasta el año 2000, cuando un grupo de friquis locales organizamos una HispaCon (el congreso español de ciencia ficción y fantasía) dentro del entorno de la Semana Negra de Gijón. Domingo Santos y Gabriel Bermúdez fueron dos de los principales invitados españoles junto a autores internacionales como Ian McDonald, Robert Sheckley o Lois McMaster Bujold. Decidimos publicar dos libros, que se repartirían entre los asistentes. Uno fue una reedición de Viaje a un planeta Wu-Wei, de Gabriel Bermúdez. El otro se llamaba Sol 3 y era una recopilación de relatos y artículos de Domingo Santos.

Estoy especialmente orgulloso de ese libro. No es que no lo esté del de Gabriel, por supuesto, pero en Sol 3 tuve un grado de implicación mucho mayor. Coordiné completamente el volumen, seleccionando junto a Pedro los relatos y artículos que lo formarían, compilando su bibliografía, pidiéndole a Agustín Jaureguízar una presentación y, finalmente, hablando con numerosos autores de ciencia ficción para que escribieran unas palabras sobre su relación con Pedro.

No contento con eso, decidí maquetar el libro como si fuera un número de Nueva Dimensión. De hecho, los testimonios de los diversos autores aparecerían al final como si fueran la sección de cartas de la revista. En el lomo de libro había un «149». Si digo que el último número que salió a la calle de Nueva Dimensión fue el 148, creo que no hará falta añadir nada más.

Fue el primer libro del que fui, en prácticamente todos los sentidos, el editor. Hasta podríamos decir que en ese libro está el embrión de lo que sería Sportula nueve años más tarde. Así que en cierto modo, Domingo Santos es el responsable de la existencia de mi editorial.

En los siguientes años mantendríamos un contacto esporádico, fundamentalmente por mail, y volveríamos a coincidir dos o tres veces más en eventos friquis. Aunque nuestra relación era siempre cordial, en su presencia me sentía una y otra vez como el novato que empieza y que no acaba de creerse del todo que está hablando con unos de sus ídolos de juventud. Debo decir que la culpa de ese sentimiento era enteramente mía: Pedro en ningún momento se comportaba como un divo que mereciera homenaje ni nada parecido. Al contrario, era difícil imaginar una persona más amigable o asequible que él. No sé si notaba lo que me ocurría, pero era lo bastante inteligente y cortés para no demostrarlo, de ser así.

Cuando trabajaba para ediciones Robel (dirigiendo la versión española de la revista Asimov y coordinando la colección El doble de Robel, donde se publicaban dos novelas cortas de dos autores distintos en cada volumen), me pidió un relato para la revista y luego una novela corta para el Doble. Para mi sorpresa y placer, mi novela corta, «Territorio de pesadumbre», acabó compartiendo páginas con una suya, «La soledad de la máquina». No creo que sea necesario explicar cómo me sentí.

Las tornas se volverían algún tiempo después cuando, ya con Sportula en marcha, Pedro me envió su libro Bajo soles alienígenas para su publicación. Se lo publiqué, y además aproveché para reeditar su novela Gabriel revisitado, una nueva versión de la que quizá es su obra más famosa. En cierto modo el círculo se había cerrado.

A veces me gustaría viajar a 1980, pillar por banda a mi versión adolescente y decirle que algún día compartiría páginas con aquella persona a la que tanto admiraba y que incluso llegaría a ser su editor. Aunque supongo que, como buen adolescente, mi yo de aquella época me miraría con sorna, enarcaría una ceja me diría que estaba loco y que me diera el piro, vampiro.

Como sea, en los siguientes años a la publicación de Bajo soles alienígenas, seguimos manteniendo el contacto, aunque confieso que este cada vez era más esporádico. El estado de salud de Pedro empeoraba y eso hacía que su actividad se resintiera pese a que estoy seguro de que habría querido seguir activo y en primera línea hasta el final.

Me resulta difícil explicar lo que sentí ayer cuando me enteré de su muerte. Y me permitiréis que tampoco ahonde mucho en ello ahora mismo. De un modo u otro, Domingo Santos, Pedro, ha estado presente en mi vida los últimos treinta y ocho años. No me atreveré a decir que éramos amigos; nuestra relación era esporádica y no lo bastante profunda. Pero estaba basada en el respeto por ambas partes y, especialmente, por una honda admiración por la mía.

Supongo que en los siguientes días serán muchos los que recuerden a Pedro. Gente que lo conoció mejor que yo y que puede hablar de él con mayor conocimiento de causa. Y no dudo que glosarán su amplia trayectoria profesional en detalle y dejarán clara la enorme importancia que tuvo su figura para la ciencia ficción española. Como autor y traductor, sin la menor duda. Pero especialmente como director de colecciones. Somos varias las generaciones cuyo gusto en ciencia ficción ha sido formado en buena medida gracias a los libros que Pedro seleccionaba para diversas editoriales. Gracias a él muchos leímos por primera vez a John Varley, a George R. R. Martin, a Orson Scott Card. Gracias a él, Ángel Torres Quesada publicó la que sin duda es su mejor obra, la Trilogía de las Islas. Gracias a él un libro clave para comprender la ciencia ficción como es el Visiones peligrosas de Harlan Ellison dejó de estar inédito en español. Gracias a él en buena medida existe Akasa-Puspa, como no dudo que os contará el propio Juan Miguel Aguilera. Gracias a él Rafael Marín publicó Lágrimas de luz. Gracias a él, Elia Barceló tuvo una de sus primeras oportunidades como autora.

La ciencia ficción española no sería lo que es hoy sin Domingo Santos. Eso merece ser recordado, especialmente en esta época de memoria frágil en la que no existe nada que no haya ocurrido en los últimos diez años.

Creo que es mejor que lo deje aquí. Sospecho que pasaré buena parte de este fin de semana repasando viejos números de Nueva Dimensión.