Bóvedas de acero

Bóvedas de acero es la primera de las novelas asimovianas  de ciencia ficción que es al mismo tiempo explícitamente policiaca. Cierto que en las anteriores había siempre un componente de misterio y una cierta estructura de thriller, pero es ahora donde todo eso se hace explícito y crea una novela que, sin dejar de ser ciencia ficción en ningún momento, es también un policiaco.

Una parte significativa de lo que Asimov escribe en esa época, los años 50, guarda relación con Horace L. Gold, el problemático director de la revista Galaxy. Bóvedas de acero, su primera novela de robots, no es una excepción.

De hecho, es Gold quien le sugiere el punto de partida, quien le dice que por qué no escribe una novela en la que un policía humano y un robot investiguen juntos un asesinato. A Asimov la idea no termina de convencerlo, no le ve demasiadas posibilidades, así que Gold le sugiere que haga que uno de los ejes temáticos de la historia sea la posibilidad de que, si el humano fracasa, podría verse sustituido por el robot, y que trate su comportamiento frente a esa amenaza y a la consiguiente situación de presión.

Así que se sienta a escribir la novela con esas premisas en mente, pero Bóvedas de acero no tarda en despegar por su cuenta e irse por otros derroteros. La idea de que Elijah Baley, el protagonista, podría acabar siendo sustituido por una máquina de apariencia humana si falla en su trabajo no tarda en quedarse en una mera anécdota.

Lo que Asimov termina escribiendo es un policiaco de corte clásico (lo que se ha dado en llamar un whodoneit) en el que aprovecha para diseccionar una tendencia humana por el siempre eficaz método de llevarla al extremo. Toma la progresiva urbanización del mundo, la exagera y la lleva a sus últimas consecuencias, construyendo de ese modo una sociedad agorafóbica que se arracima en megalópolis como en una suerte de cavernas de acero. Ése es, de hecho, el título original de la novela.

Y al hacer eso, Asimov está en cierto modo jugando con sus propias obsesiones personales. No es agorafóbico, aunque sí claustrofílico, pero la diferencia entre ambas ideas es tan sutil que basta un pequeño empujón para convertir la segunda en la primera. Y, al mismo tiempo, está tomando de modelo la patología de Gold, un verdadero agorafóbico que no soportaba salir de su casa y al que el mero contacto humano le resultaba desagradable, al extremo de no soportar estar en la misma habitación que otra persona.

En cierto modo, «parte en dos» a Gold y toma cada elemento de su peculiar personalidad para definir dos sociedades muy distintas.

Por un lado la sociedad terrestre, incapaz de salir al exterior, hacinada en gigantescos hormigueros y a la que la sola visión del cielo abierto produce vértigo. Y, por el otro, los hombres del espacio, los habitantes de las antiguas colonias terrestres, que no son capaces de acercarse a los humanos de la Tierra sin filtros nasales y guantes en las manos y a los que el contacto físico con esos a los que consideran poco menos que «subhumanos» les resulta insoportable.

Y en medio de todos ellos, dos personajes que no pueden ser más distintos:

Elijah Baley, el tozudo detective terrestre, lleno de prejuicios pero dispuesto a sobreponerse a ellos, incapaz de abandonar una pista una vez que la sigue y, sobre todo, lleno de sentido común y lo bastante honrado consigo mismo para ver el callejón sin salida en que se ha metido la civilización terrestre.

R. Daneel Olivaw, el robot de aspecto humano, siempre amable, siempre imperturbable, eficiente y al mismo tiempo ingenuo, deseoso de aprender y carente de malicia y de dobleces. El complemento perfecto para Baley.

De hecho, ambos funcionan como un buen ejemplo del estereotipo que el cine de Hollywood ha perpetuado hasta la nausea: el policía veterano al que le asignan un compañero «peculiar» que no encaja con el entorno y con el que termina por componer una pareja extraña pero funcional que se las apañará para resolver el misterio y mantener su inverosímil amistad en el proceso. De hecho, no es descabellado pensar que la pareja formada por James Caan y Mandy Patinkin en, la por otro lado mediocre, Alien Nación bebe directamente de Baley y Daneel. Y no son los únicos.

Estereotipo o no, Asimov se las apaña muy bien para definir a ambos personajes con eficacia con tan solo media docena de pinceladas y para hacerlos interactuar juntos hasta el extremo de que la novela funciona y se sostiene en buena medida gracias a ellos. Es Baley la personalidad dominante, sin duda, pero tampoco podemos negar que Baley no terminaría de funcionar sin un Daneel que lo secunde.

La novela funciona también en otros aspectos: en la descripción de la vida familiar del detective, en su análisis de la política, los trapicheos y los favores en el puesto de trabajo, en su acertada disección de los miedos y los prejuicios de la gente común y en cómo son aprovechados y manipulados por otros… y, por último, en el análisis de una sociedad disfuncional que está abocada a una agonía interminable de la que no puede salir. La Tierra, termina pensando Baley, se ha encerrado a sí misma en el útero de las cuevas de acero, y si quiere sobrevivir tendrá que salir de ellas, por doloroso que resulte y abandonar la protección (y las muletas) de las paredes que la rodean.

Asimov seguirá explorando esa idea en la siguiente novela del ciclo, El sol desnudo, y volverá de nuevo sobre ella en los años ochenta en Los robots del amanecer. En Bóvedas de acero, se limita a esbozarla y jugar con ella mientras desarrolla su trama de misterio y lleva a sus personajes de un lado a otro tratando de resolver un asesinato.

Como novela de ciencia ficción, Bóvedas de acero funciona a la perfección, y lo hace también como novela policiaca, sin que se pueda decir que un elemento destaque por encima del otro, consiguiendo así un todo equilibrado y armónico.

Es curioso, porque es también durante 1954 cuando aparecen publicados los primeros relatos cortos de Asimov que combinan ciencia ficción y policiaco. Es una tendencia que ya no abandonará y, de hecho, no tardará en pasarse al policiaco puro y duro. Así, cuatro años más tarde publicará Soplo mortal, una novela policiaca ambientada en la Universidad de Boston y donde Asimov codifica, de nuevo, parte de sus circunstancias personales y sus dificultades laborales.

Pero Bóvedas de acero tiene el honor de ser su primera novela policiaca. Y, además, una de las mejores. La combinación de la creación de un entorno, la especulación social, la interacción entre los personajes y el misterio a resolver funciona de una manera impecable. Y de paso, construye una pareja protagonista que está llamada a convertirse en fundamental y recurrente a lo largo de su carrera literaria.

Por todo eso, Bóvedas de acero me parece su primera obra de madurez. Su primera novela como maestro, podríamos decir, una vez dejado atrás el aprendizaje de las tres anteriores. Equilibrada, bien narrada y perfectamente construida, podemos decir sin dudarlo que con ella Asimov deja de ser «uno más» y se convierte con todo merecimiento en uno de los grandes autores del género en su época.

 

El sol desnudo

Si en Bóvedas de acero, Asimov nos mostraba una sociedad agorafóbica, hacinada, enclaustrada en el útero en el que se habían convertido las megalópolis terrestres, cuando escribe El sol desnudo, su continuación, se va al extremo opuesto.

Es posible que la idea de Asimov pasara por ir visitando cada una de las antiguas colonias terrestres (o, cuando menos, las más importantes) e ir trazando una disección de ellas, usando a Elijah Baley y R. Daneel Olivaw como foco alrededor del que amarrar su historia. Y es que la herramienta que ha elegido para darle forma literaria a ese análisis social no puede ser más acertada: la novela policiaca.

Es curioso porque Asimov siempre será más partidario del policiaco clásico (lo que se suele llamar novela-problema, y cuyos principales cultivadores son ingleses) que de la vertiente más americana del género, la novela negra. Para Asimov todo es un rompecabezas, un problema lógico que hay que resolver, y sus detectives (humano y robot) lo hacen siguiendo las pistas, deduciendo a partir de los indicios y construyendo en su mente una estructura lógica que resuelva el caso. En ese aspecto, el policiaco asimoviano no puede ser más clásico.

Sin embargo, no deja de haber puntos de contacto con la novela negra americana. Y es precisamente en toda la carga que ésta conlleva de análisis y crítica de la sociedad en la que vive. La novela negra es un espejo deformante (por todo lo que tiene de exageración, de incisión en los puntos más negros y oscuros, de concentración de los acontecimientos en un grupo reducido de personajes durante un periodo de tiempo comprimido) del mundo en el que vive. Y en cierto modo el policiaco de ciencia ficción asimoviano hace otro tanto. Al tomar ciertas tendencias humanas, llevarlas a sus últimas consecuencias e introducir en ese panorama un crimen y un investigador (ajeno y no ajeno al mismo tiempo a lo que investiga, distante y cercano a la vez a los acontecimientos) Asimov está haciendo, seguramente sin pretenderlo, novela negra.

Como decimos, su estructura debe más a Agatha Christie que a Raymond Chandler y, en ese aspecto, El sol desnudo es un policiaco clásico ejemplar. Las pistas se le van dando al lector y el investigador intenta reconstruir lo que ha ocurrido a partir de ellas. Como ya hiciera en Bóvedas de acero, Baley lanza una y otra vez hipótesis al aire y, cada vez que la realidad las echa abajo, las reconstruye y las transforma, en busca de una que, por fin, explique todos los hechos. Todos esos indicios están a la vista, el lector puede verlos igual que los ve el detective y, si es lo bastante listo, puede dar con la solución antes de que éste lo haga. En ese aspecto, una vez más, Asimov es ejemplar en su honradez: las cosas encajan como deben, la solución al enigma es coherente con éste y en ningún momento hay trampas ni conejos sacados de la chistera a última hora. Cuando Baley resuelve el crimen, somos conscientes de que está desentrañando la verdad y que ésta estaba ahí ante nuestros ojos casi desde la primera página.

La sociedad que describe en la novela, por otro lado, lleva al extremo una tendencia al aislamiento de los demás que, en la época en la que Asimov escribió El sol desnudo, apenas estaba en embrión, pero que hoy en día es claramente perceptible en algunas de las sociedades humanas más avanzadas tecnológicamente. Casos como el de Japón, con esos adolescentes que jamás salen de casa y viven sus vidas «virtualmente» sin contacto físico alguno con la realidad, pueden venir a la mente de todos.

Solaria, el planeta donde se desarrolla la acción, es un mundo poblado por poco más de veinte mil humanos que tienen a su servicio varios millones de robots. Un lugar donde cada hombre vive aislado, la interacción social es mínima y las comunicaciones nunca son cara a cara. Una sociedad de misántropos, en cierto modo.

En ese ambiente, las relaciones sexuales son algo desagradablemente necesario y profesiones como la de médico, geneticista o pedagogo son vistas como un castigo. El contacto físico es, por definición, desagradable. Y, lógicamente, cuando una persona descubre que la intimidad le produce placer, que el tacto de otros humanos es placentero, se la ve como una degenerada. Es una sociedad totalmente disfuncional, que desde la infancia intenta arrancar de los seres humanos sus tendencias naturales y, no contenta con reprimirlas, aspira a que algún día desaparezcan.

Un experimento social, en cierto modo.

Que ha alcanzado distintos grados de desarrollo. Hay personas que pueden tolerar la presencia de otros seres humanos, en tanto no se acerquen demasiado. Para otras, en cambio, la sola idea de que alguien esté en la misma habitación, respirando el mismo aire, es insoportable. De hecho, Asimov describe magistralmente una entrevista entre Baley y el único psicólogo que tiene el planeta y donde éste pasa, de una forzada aceptación de la presencia de otro humano, a la huida y el aislamiento completos en poco más de unos minutos.

Esa escena está, curiosamente, inspirada en la realidad. El personaje que Asimov describe en ese momento está basado en Horace L. Gold, del que ya hemos hablado, y la propia anécdota que cuenta es muy similar a una anécdota real con el editor de Galaxy quien, a mitad de una conversación con Asimov, se disculpó, fue a la habitación de al lado y desde allí, incapaz de compartir el espacio con otra persona, llamó a Asimov por teléfono y siguió la conversación como si nada hubiera pasado.

En ese ambiente la presencia de alguien como Gladia Delmarre (una persona con impulsos sexuales «normales» desde nuestro punto de vista) se convierte en una aberración. Baley no tarda en darse cuenta de que Gladia no tiene los impulsos solarianos característicos y que, de hecho, se siente atraída por él. Y lo que sería normal en la Tierra se convierte en un comportamiento vicioso y degenerado en la fría sociedad solariana.

La disección de los distintos personajes que vamos viendo a lo largo de la novela acaba dibujando una sociedad profundamente enferma que, en cierto modo, está tan encerrada en su útero como lo está la terrestre de Bóvedas de acero. Las dos son sociedades extremas y podríamos decir que a través de métodos opuestos han llegado al mismo lugar.

La novela comparte, lógicamente, varias características con Bóvedas de acero. La relación entre Baley y su colaborador robótico, R. Daneel, está donde la dejamos allí y se va perfilando un poco más. Los distintos personajes que van a apareciendo en la trama, por otro lado, tienen su aquel de arquetipos psicológicos, pero el autor los dota de los suficientes tics personales para que parezcan reales.

Aunque sin duda, los personajes dominantes de la novela son Baley y Daneel (en una contravención a una de las normas no escritas de la novela policiaca americana, donde el detective es el conductor de la trama pero no debería ser el protagonista) y, en menor medida, Gladia. Los tres componen una especie de curioso triángulo sentimental que Asimov, varios años más tarde, explorará con más detalle en Los robots del amanecer.

El sol desnudo es una novela perfectamente estructurada e impecablemente medida. Tiene en su contra el utilizar personajes y parte del escenario de otra, lo que hace que, a menudo, no se la vea como la estupenda novela que es. Bóvedas de acero y El fin de la Eternidad tienen la ventaja de presentar escenarios, personajes y situaciones nuevas, pero El sol desnudo no desmerece de ellas para nada.

Y, de hecho, al igual que Un guijarro en el cielo, Polvo de estrellas y Las corrientes del espacio componen una trilogía temática (analizando tres situaciones de opresión de una sociedad por otra) con Bóvedas de acero, El fin de la Eternidad y El sol desnudo hace lo mismo, en esta ocasión diseccionando tres sociedades disfuncionales que llevan a sus últimos extremos ciertas tendencias humanas.

Asimov alcanza aquí, sin duda, su gran momento como narrador. Su ciencia ficción ha ido evolucionando poco a poco, desde los clichés pulp, hasta convertirse en una herramienta eficaz de análisis, reflexión y especulación. Al mismo tiempo que su forma de narrar se va depurando y volviéndose más eficaz, también lo hace el modo en que enfrenta las ideas, los conflictos y su resolución.

Es tentador especular sobre qué habría pasado si Asimov no hubiera abandonado ese camino, si hubiera continuado escribiendo ciencia ficción como actividad principal. A menudo me pregunto cómo habrían sido las novelas que Asimov no llegó a escribir en los años sesenta y hasta qué punto habría podido seguir la estela de la new wave que apareció en esa época.

Por suerte o por desgracia, las cosas fueron por otros derroteros. El periodo que va de 1954 a 1957 es, seguramente, la cumbre en la carrera de Asimov como autor de ciencia ficción. Alcanza su madurez como narrador y nos ofrece sus mejores obras. A partir de ese momento, su producción de género va reduciéndose y, de hecho, no vuelve a escribir una novela de ciencia ficción enteramente propia hasta principios de los setenta.

Pasarán más de veinte años hasta que vuelva en serio y de modo principal a la novela. Y cuando lo haga, el tiempo se habrá cobrado sus facturas. Algo se ha perdido entre el Asimov de los cincuenta y el de los ochenta (aunque algo ha ganado también) y ya no se recuperará jamás.

 

Los robots del amanecer

Ya conocemos el escenario: una Tierra atrasada y superpoblada y unas antiguas colonias terrestres más avanzadas tecnológica y socialmente.

Ya conocemos a los personajes: el policía Elijah Baley, de la Tierra, y el robot humanoide R. Daneel Olivaw, de Aurora.

Y ya sabemos, o eso pensamos, lo que va a pasar: Baley visitará un nuevo planeta, desentrañará un nuevo misterio y, de paso, asistiremos a la disección de una nueva sociedad.

Ésa era la pauta establecida en las dos primeras novelas de robots: Bóvedas de acero y El sol desnudo. Y es la pauta que seguirá Los robots del amanecer, tercera entrega de la serie.

Pero algo ha cambiado. Ha pasado un cuarto de siglo desde la publicación de El sol desnudo y ni la ciencia ficción ni el propio Asimov son lo que eran en los años cincuenta. En cuanto al mercado editorial… se ha pasado de querer novelas que, como mucho, lleguen a las trescientas páginas a preferir volúmenes cada vez más largos. Y mejor aún si se trata de una serie.

Así que la nueva novela de robots, aunque en cuanto al tipo de argumento y trama no traicione a las anteriores, diferirá bastante de ellas, no sólo en longitud, sino en ritmo y en riqueza de detalles.

Eso es algo que irá en detrimento de Asimov en el futuro. Sin embargo, en esta novela se las apaña para salir airoso del desafío.

Tener más páginas en las que desarrollar la novela es, en estos momentos, una ventaja. Le permite explorar la relación entre Daneel y Baley de un modo mucho más detallado, y le permite, en general, tomarse su tiempo con cada nuevo personaje y situación que va apareciendo a lo largo de la historia. En especial con Gladia Delmarre (a la que ya conocíamos por El sol desnudo) y los dos antagonistas políticos entre los cuales Baley se verá atrapado: Han Fastolfe (que había aparecido brevemente en Bóvedas de acero) y Kelden Amadiro.

La trama policiaca funciona a la perfección y Asimov mantiene a su detective en un estado de tensión emocional durante toda la trama: está en lucha continua contra su agorafobia, lo han sacado de su ambiente habitual, y es puesto a prueba cada poco tanto por amigos como por enemigos. Baley es, a todos los efectos, un pez fuera del agua. Pero eso no lo detiene en ningún momento y, a lo largo de la novela, se nos revela como el personaje asimoviano por excelencia: tozudo, incapaz de admitir el fracaso, en pugna constante con sus propios prejuicios y aferrado al pensamiento racional sin importar lo caótica que sea la situación. Es gracias a esas características como resuelve el misterio. Y es a causa de ellas por lo que lo han traído a Aurora. No tanto para investigar un crimen (pues eso no es más que una excusa) como para estudiarlo a él.

La sociedad aurorana que se nos va mostrando a lo largo de la novela parece, por otro lado, un auténtico paraíso: funcional y bien integrada con su entorno, todo en ella garantiza una vida larga y ajena a los sobresaltos para sus integrantes. También, y Baley no tarda en darse cuenta, es una vida en general insulsa en la que las emociones fuertes se evitan y donde la constante vigilancia de los robots por el bien de sus amos ha eliminado gran parte de la trepidación y los riesgos que hacen que la vida merezca la pena.

En cierto momento, Baley confronta a un personaje con sus sentimientos hacia otro y éste, sorprendido, reacciona diciendo:

—¡Es cierto! ¡Estoy enamorado! ¡Como en las novelas históricas!

Si en Bóvedas de acero asistíamos a un extremo del espectro social (una civilización agorafóbica, hacinada en megalópolis, permanentemente encerrada en sí misma) y en El sol desnudo contemplábamos el extremo opuesto (una sociedad de individualistas donde la interacción con los demás es algo molesto y llamado a desaparecer) ahora asistimos al término medio.

Y la conclusión parece ser que tampoco éste resulta muy deseable. La vida de los nativos de Aurora es larga y próspera. Pero también parece tender al aburrimiento y la monotonía con bastante facilidad. No hay suicidios, cierto, ¿cómo podría haberlos en un planeta donde los robots no tienen más aspiración que velar por la vida humana? Pero desde otro punto de vista, toda la sociedad aurorana está cometiendo un lentísimo e interminable suicidio.

Baley va viendo eso poco a poco, a medida que conoce a un personaje u otro. Y va viendo, también, que para que el ser humano no desaparezca, necesita nuevas fronteras. Alguien debe colonizar la Galaxia, se dice. Que sean los terrestres o las antiguas colonias, no importa. Pero alguien.

Así, a medida que va surgiendo la solución para el crimen que investiga también parece surgir una solución para el callejón sin salida social en el que están metidos los humanos. La duda que surge es si los enemigos de Baley le permitirán, no sólo desentrañar el misterio, sino aplicar su solución al problema mayor.

Hay un momento en que todo parece perdido, un instante de desesperación donde un Baley desamparado parece a punto de rendirse.

Y luego, en el último momento, el policía tenaz y racional se alza con el triunfo y no sólo resuelve el misterio, sino que elimina cualquier obstáculo para la expansión humana a escala galáctica.

Entretanto, han pasado muchas cosas. Ha vuelto a ver a Gladia y lo que en la anterior novela no había pasado de ser un fugaz momento de tensión sexual, aquí se convierte en una relación que, aunque abocada al fracaso a causa del tiempo y la distancia, es sin duda el momento más intenso en las vidas de ambos implicados: a los dos los marcará para el futuro de un modo que ninguno podrá borrar.

Y algo más. Durante toda la novela, hay una sombra que acompañará a Baley a todas partes sin apenas ser percibida y que será determinante en la conclusión. De hecho, es esa presencia la que, en cierto modo, ha causado todos los acontecimientos y será el modo en que Baley responda al desafío que le ha planteado lo que, a partir de ese momento, impulse lo que ocurra con la humanidad.

Asimov maneja en esta novela numerosos hilos, tal vez más que en ninguna anterior, y los mueve y los enhebra con habilidad, creando una lectura fascinante y encaminando con habilidad hacia donde quiere la trama general que ha creado con vistas a unir la serie de los robots y la de la Fundación.

Es, también, mucho más madura en el tratamiento de los personajes que obras anteriores. No sólo porque, por primera vez, se atreve a introducir el sexo de forma explícita, sino porque es capaz de diseccionar sus pensamientos y motivaciones con verdadera habilidad. Sin duda, el autor se siente cómodo con lo que está narrando, con la historia que ha creado, la peripecia que maneja y los personajes involucrados en ella. Y eso se nota a lo largo de todas sus páginas. Está, en cierto modo, encajando las piezas de un complejo rompecabezas, y el desafío intelectual que eso representa lo estimula y lo lleva a ir un poco más allá.

Es cierto que no estamos ante una narración tan compleja como en El fin de la Eternidad o tan arriesgada como Los propios dioses, pero sí ante una novela sólida, bien construida y, sin la menor duda, con los personajes más redondos que ha creado hasta ese momento.

Los límites de la Fundación había sido un regreso digno al género de la ciencia ficción. Con Los robots del amanecer demuestra que aún tiene cosas que decir y que sabe cómo decirlas.


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