Como algunos saben, llevo varios años trabajando en la traducción al castellano de los relatos de Robert E. Howard sobre Conan. Es un proyecto articulado en cuatro volúmenes, el primero de los cuales aparecerá en 2018 bajo el título de Nacerá una bruja e incluirá los siguientes relatos:

  • Cimeria (poema)
  • La hija del gigante de hielo
  • La torre del elefante
  • El dios del cuenco
  • Rufianes en casa
  • La Reina de la Costa Negra
  • El valle de las mujeres perdidas
  • Natohk el velado (Coloso Negro)
  • Sombras a la luz de la luna
  • Nacerá una bruja

Tendrá portada de Breogán Álvarez, al que muchos ya conoceréis (es el portadista de mi novela de Conan La canción de Bêlit) y aquellos que no, ya estáis tardando. Y tendrá varias ilustraciones interiores de Juan Alberto Hernández, que también se encargó de ese menester en mi novela.

Lo curioso es que, si me paro a pensarlo, la culpa de que haya llegado a existir este proyecto de publicar el Conan de Howard es de una estación de tren en Algorta, Vizcaya, o más exactamente del quiosco de la estación, donde a principios de los años setenta del pasado siglo el niño que era yo entonces vio la portada de un tebeo con un tío musculoso con espada y rápidamente echó a correr hacia donde estaba su padre para que se lo comprara.

—Además, está basado en el personaje de Robert E. Howard —dije, sin tener la menor idea de quién era aquel señor, pero si lo decía la portada del tebeo por algo sería. Además siempre he sido un niñopera resabido, sí, qué le vamos a hacer.

Mi padre, que seguro que tampoco tenía la menor idea de quién era Howard aunque asintió muy convencido a mi comentario, compró el cómic (y lo leyó una vez hube acabado con él, como solía hacer casi siempre).

Era una de aquellas ediciones que hacía Vértice a principios de los setenta, más o menos a tamaño cuartilla, en blanco y negro y con las viñetas originales remontadas y en ocasiones redibujadas. Una chapuza, sin duda, en la que lo único decente a nivel editorial eran las portadas de López Espi. Yo, con ocho o nueve años, ni sabía lo de la chapuza ni me importaba gran cosa, la verdad.

Estoy casi seguro (y recalco el «casi») de que aquel primer Conan que leí incluía las historias «La hija de Zukala» y «El diablo alado», correspondientes a los números 5 y 6 del original americano. Estaba dibujado por Barry Smith, por supuesto, y eran algunos de sus primeros números.

Me hice fan del personaje enseguida, pero solo a través del cómic. De hecho, desconocía que los relatos de Conan hubieran sido publicados en España por Bruguera en 1973. Mi primer encuentro con el auténtico Conan tuvo que esperar a mediados de los ochenta, cuando cayó en mis manos una antología titulada Héroes bárbaros que incluía, precisamente, «Nacerá una bruja».

Me sorprendió lo bueno que era el relato, lo confieso; no me lo esperaba. Me gustaba Conan en el cómic, pero por algún curioso motivo que hoy se me escapa no esperaba gran cosa del original literario. Bueno, quién no ha sido un poco esnob en algún momento de su vida.

Cuando algún tiempo después Fórum editó en doce volúmenes el Conan de Howard más el de Carter y De Camp me hice con ellos y por fin pude disfrutar de todos aquellos relatos, situados además de acuerdo a la cronología de la saga. Confieso que leía de un modo un tanto diagonal las aportaciones de Carter y De Camp, que por lo general me parecían sosas, carentes de vitalidad y bastante rutinarias, pero las historias originales me atraparon enseguida y para cuando llegué a La hora del dragón, la única novela que Howard escribió de Conan, el texano estaba ya entre mis autores-fetiche.

El paso siguiente era leerlo en inglés y, a ser posible, sin interferencias de otros autores. Para entonces ya sabía que De Camp había retocado, en ocasiones en exceso, los relatos de Howard y quería hincarle el diente al producto original.

Cuando por fin pude leerlo en el «klingon original» no me pareció tan descabellado que De Camp hubiera metido mano en los relatos originales, pues a Howard no le habría venido mal una corrección de estilo, aunque solo fuera para eliminar la abundancia de «black» y «dark» que encontramos en sus relatos. Pero sí que es cierto que en ocasiones fue más allá de lo que exigía el deber y que el resultado final a veces se alejaba demasiado de las intenciones de su creador. Hay quien afirma que fue tan lejos para poder atribuirse legalmente un porcentaje de la autoría de los relatos y así cobrar royalties por un material que, sin su aportación, sería de dominio público, el menos en Estados Unidos. No sé si eso es verdad o no y, francamente, poco importa a estas alturas.

En cualquier caso, mi idea siempre ha sido usar los relatos originales, tal como surgieron de la máquina de escribir de su autor y tal como pudieron leerlos los lectores de pulp en los años treinta del pasado siglo. La prosa de Howard en inglés es fascinante: a veces ruda y poco elaborada (como el propio Conan) pero siempre llena de nervio y vitalidad (también como el cimerio) y con un sorprendente poder de evocación. Necesitada tal vez de un pulido, pero en realidad de poco más, o corremos el riesgo de que pierda toda su fuerza narrativa y su exuberancia. Mi intención ha sido ofrecer al público en español un Conan lo más parecido posible a las intenciones de su creador.

Como traductor he intentado conseguir en castellano el mismo efecto que la prosa de Howard me provoca en inglés y para ello no he tenido miedo en apartarme del original cuando lo he considerado necesario. Y, desde luego, me alejé mucho del original en los poemas: «Cimeria», con el que se abre el libro y los fragmentos de «La canción de Belit» que hay al inicio de cada capítulo de «La reina de la Costa Negra». En lugar de intentar simplemente traducirlos (ya fuera en prosa, ya intentando respetar el verso y la rima) decidí crear de cero nuevos poemas que trataran los mismos temas y usaran imágenes similares a las de Howard, pero en metros y en versificaciones con los que yo estuviera familiarizado. Sé que mi decisión es discutible y sin duda será discutida, pero preferí crear mis propios poemas basados en los de Howard más que traducir los de este.

Quería serle fiel a al autor, por supuesto, pero para mí eso ha significado contar a veces las cosas de otro modo, buscando, más que la literalidad (maldición de los traductores) la fidelidad en la esencia, en el ritmo de la frase y en la vivacidad de la narración. Si lo he conseguido o no, tendréis que juzgarlo los lectores.

¿En qué momento la idea de traducir esos relatos surgió en mi mente? No lo sé con exactitud. Sospecho que fue creciendo poco a poco y un día cristalizó de repente. Creo que desde que leí aquella edición de «Nacerá una bruja» y me di cuenta de lo buen narrador que era Howard, de algún modo la semilla de la idea se aposentó en mi cabeza y ya no me abandonó jamás. Fue germinando poco a poco con los años hasta que se me hizo evidente que, de un modo u otro, estaba condenado a traducir a Howard al castellano. Una vez tomé la decisión de ofrecer en Sportula nuevas tradiciones de clásicos de la literatura de género, de algún modo supe que antes después me toparía con el autor tejano y que no podría evitar el deseo de pasar sus ficciones a mi idioma.

Así que aquí estamos, más de cuarenta años después (a estas alturas el quiosco de la estación de Algorta ya no existirá; y quizá tampoco la propia estación), traduciendo a Howard y publicándolo en mi propia editorial. ¿El sueño de un fan? Podéis apostar a que sí.

Espero que esta edición satisfaga las expectativas de los lectores, ya sean aficionados de toda la vida a Conan, ya se acerquen por primera vez a sus aventuras. Con esa idea he trabajado y puedo decir que todos los implicados en el proyecto han dado cuanto tenían para que así sea.

Pero, claro, son los lectores quienen tienen que decidir eso en última instancia.

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