Lo primero que lei de Sofía Rhei no fue un relato o una novela, sino su poemario bestiario microscópico, que tuvo a bien ofrecerme por si me interesaba para Sportula. Ni decir tiene que me interesó. La increíble capacidad de Sofía para construir un universo poético con un tema tan difícil y, a priori, prosaico, me ganó enseguida.

Luego lei su relato «Calipso», incluido en la antología Más allá de Némesis, coordinada por Juan Miguel Aguilera y descubrí a una narradora excelente, a la que no le importaba transitar por caminos turbios y peligrosos y que salía con bien de ellos como si no le costase trabajo. Desde entonces, cada nuevo relato de Sofía que cae en mis manos se convierte a no tardar en una lectura fascinante y confieso que hasta el momento nada de lo que he leído suyo me ha decepcionado.

Domori no ha sido la excepción. En esta sorprendente novela corta post apocalíptica, Sofía traza el retrato de una serie de sociedades a cual más extraña y dibuja un entramado de relaciones sociales y afectivas nada convencionales.  Aborda, además, el tema de la simbiosis entre la humanidad y otras especies con una maestría que pocas veces he visto, apañándoselas para construir, con pocas palabras y sugiriendo más que contando, un extraño y fascinante universo.

No quiero decir mucho más, a riesgo de destripar las sorpresas que el lector se irá encontrando a lo largo del camino y que harán que cambie varias veces su perspectiva de lo que está leyendo. Tan solo recomendar su lectura.

Además, narices, salen tardígrados, esos bichitos que, desde que Neil deGrasse Tyson me los mostró en Cosmos, me fascinaron al primer golpe de vista.

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